Sunday, March 28, 2010

¡Bendito el que viene en nombre de Dios!


¡Bendito el que viene en nombre de Dios!


Domingo de Ramos – C / 28-3-2010.



Jesús emprendió la subida hacia Jerusalén… Los discípulos trajeron entonces el burrito y le echaron sus capas encima para que Jesús se montara. La gente extendía sus mantos sobre el camino a medida que iba avanzando. Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud comenzó a alabar a Dios a gritos, con gran alegría, por todos los milagros que habían visto. Decían: "¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor! ¡Paz en la tierra y gloria en lo más alto de los cielos!" Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: "Maestro, reprende a tus discípulos." Pero él contestó: "Yo les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras." (Lucas 19, 28-40).

Jesús marcha hacia Jerusalén, y de allí irá a la etapa del Calvario con destino a la meta de la resurrección. El había frustrado varias veces el intento del pueblo de proclamarlo rey. Pero ahora se deja aclamar rey, porque el Padre está a punto de glorificarlo como soberano de cielos y tierra, y él se dispone a glorificar al Padre con su obediencia y fidelidad en el amor a Él y a los hombres hasta la muerte.

Jesús declara que si la gente dejara de vitorearlo, lo aclamarían las mismas piedras. Sin embargo, ¡oh paradoja increíble!: la gran mayoría de esa gente lo condenará al día siguiente y hasta sus mismos discípulos lo abandonarán.

Preguntémonos en serio si nosotros no hacemos lo mismo: si lo aclamamos con la boca, pero lo ignoramos con la indiferencia; si lo aclamamos en el templo y lo crucificamos en el prójimo, en el hogar, en el trabajo... Tengamos en cuenta sus tajantes palabras: “Quien no está conmigo, está contra mí”.

Crucificamos de nuevo a Cristo en todo prójimo que hagamos objeto de injusticia, sufrimiento, difamación, desprecio, rencor, indiferencia… Jesús mismo lo dice: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”. En bien o en mal.

Sin embargo, como somos capaces de crucificar, también somos capaces de colaborar con Cristo crucificado al máximo bien del prójimo: trabajar, orar y sufrir, como Jesús y con él, por la conversión, salvación, resurrección y gloria de quienes amamos y de nuestros enemigos.

Así el trabajo, la oración y el sufrimiento se vuelven pascuales, pues adquieren sentido y fuerza de resurrección para nosotros y para muchos otros, a la vez que, como Jesús, vivimos el máximo amor: “Nadie tiene un amor tan grande como quien da la vida por los que ama”.

Solamente la pasión de Jesús tiene poder para destruir el pecado. Él cargó con nuestros pecados y sufrió en lugar de nosotros. “Me amó y se entregó por mí”, exclama agradecido San Pablo. La gratitud es la expresión más genuina del amor hacia Cristo que nos da la muestra de amor más grande: el perdón.

La Semana Santa no puede reducirse a “compadecer” los dolores que Jesús sufrió hace más de dos mil años, pues “Cristo ya no muere más", ni sufre en su cuerpo glorioso. Más bien consideremos cómo podemos aliviar su pasión actual sufrida en el prójimo. Y dediquémonos a arrancar o compartir las cruces ajenas.

Y cuando nos sintamos "crucificados con Cristo”, “alegrémonos de compartir los sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia”, nos aconseja San Pablo.


Isaías 50,4-7.

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

Las palabras de Isaías se refieren a Jesús, quien pasó toda su vida consolando y arrancando cruces, y ahora carga libremente con su cruz para librar a los hombres de la máxima cruz: la desesperación, la muerte y la ruina eterna, y merecernos la resurrección y la vida gloriosa con él para siempre.

En el huerto de Getsemaní vio tan claro el horrible sufrimiento que le esperaba, que pidió a gritos y con lágrimas de sangre, brotadas de todo su cuerpo, ser liberado de tal tormento. Pero aceptó decidido y con paz la pasión cuando se centró en el premio inmenso y eterno que le esperaba tras el tormento: la resurrección y la gloria para él y para los hombres.

Por eso aceptó la condena a base de calumnias, y no evitó golpes, salivazos, injurias, burlas, corona de espinas, cruz, desnudez, clavos, crucifixión, desafíos de sus enemigos...

Ciertas cruces sólo son soportables si nos centramos, como Jesús, en lo que se gesta a través de nuestra cruz unida a la suya: la resurrección y la gloria eterna con Él y todos los suyos. Pidamos fortaleza cada día para que así sea.


Filipenses 2,6-11.

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor».

Jesús esconde su condición divina bajo la condición humana para rescatar al hombre de su condición pecadora mediante la fidelidad amorosa al Padre en la humillación, el sufrimiento y la muerte, que le abren el camino de la resurrección.

El Padre no planificó la muerte de Jesús, su Hijo, como tampoco maquinó la muerte de Abel a manos de Caín. Eso no lo hace ni en el peor de los padres.

La pasión y muerte de Jesús la causaron hombres envidiosos, malvados y prepotentes, aliados con las fuerzas del mal. Entonces, ¿cómo dice Jesús: “Si no puede pasar de mí este cáliz, hágase tu voluntad”?

La voluntad de Dios no es la muerte de Jesús, sino “que todos los hombres se salven” por su fidelidad, obediencia y amor al Padre, a pesar del sufrimiento y de la muerte planificados por los agentes del mal y de las tinieblas.

Dios opone su plan de amor, de resurrección y vida al plan de odio y muerte de los malvados, sirviéndose del mismo plan de éstos y de su victoria para derrotarlos en su campo mediante la resurrección de Cristo y de los hombres, meta definitiva del plan misericordioso de Dios.

“Por eso Dios le lo exaltó y le dio un Nombre sobre todo nombre”.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 21, 2010

TAMPOCO YO TE CONDENO NO VUELVAS A PECAR


TAMPOCO YO TE CONDENO

NO VUELVAS A PECAR



Domingo 5° de Cuaresma- C/21-03-2010



Los maestros de la Ley y los fariseos le presentaron a Jesús una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en medio le dijeron: "Maestro, esta mujer es una adúltera y ha sido sorprendida en el acto. En un caso como este, la Ley de Moisés ordena matar a pedradas a la mujer. Tú, ¿qué dices?" Les dijo: "Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra." Se fueron retirando uno tras otro, hasta que se quedó Jesús solo con la mujer, y le dijo: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor." Y Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar." Juan 8,1-11.


Quienes acusan y condenan, lo hacen porque se consideran mejores que los demás, haciéndose la ilusión que al ensañarse cpn los pecados ajenos se ocultan los propios.

Los acusadores habían planeado bien la trampa, seguros de que no iba a fallar. Pero Jesús, en silencio, se pone a escribir en el suelo con el dedo. Y de repente los encara: “Quien esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Jesús les niega el derecho a erigirse en jueces y a la vez se niega a condenar a la mujer, dándoles así una doble lección de misericordia y de justicia.

Abochornados, se retiran uno tras otro. Empezando tal vez por los adúlteros presentes, que merecían la misma condena que pedían para la pecadora. Los acusadores se ven acosados.

¿Quién de nosotros no ha sido cómplice alguna vez de tanto cinismo hipócrita? Pretendemos pasar por buenos al ensañarnos con los pecados ajenos. ¿Cómo podemos rezar el Padrenuestro y pedir perdón con una conciencia tan mezquina?

Jesús no condena la conducta de la adúltera, pero tampoco la aprueba, sino que le pide conversión y no volver a pecar; que deje de hacerse daño a sí misma y a otros. Con aquella mirada misericordiosa de Jesús se vio curada para siempre. Ya no volvería a tener necesidad de llenar con pecados y pecadores el vacío de su vida.

El perdón y la misericordia son la única medicina contra el pecado ajeno y el nuestro. Es verdadero cristiano –seguidor e imitador de Cristo– quien lucha contra todo pecado con el ejemplo, la oración, la palabra, el perdón, el sufrimiento. Ésa es la mejor manera de contribuir a la conversión del pecador y de sí mismo.

Hay que dejar de pecar y dedicarse a implantar la cultura pascual del amor, de la misericordia y del perdón. Es el mejor servicio al mundo, a la sociedad, a la familia, al que peca, a nosotros mismos y a Dios…

Isaias 43,16-21

Esto dice Yavé, que abrió un camino a través del mar como una calle en medio de las olas; que empujó al combate carros y caballería, un ejército con toda su gente; y quedaron tendidos, para no levantarse más, se apagaron como mecha que se consume. Pero no se acuerden más de otros tiempos, ni sueñen ya más en las cosas del pasado. Pues yo voy a realizar una cosa nueva, que ya aparece. ¿No la notan? Sí, trazaré una ruta en las soledades y pondré praderas en el desierto. Los animales salvajes me felicitarán, ya sean lobos o búhos, porque le daré agua al desierto, y los ríos correrán en las tierras áridas para dar de beber a mi pueblo elegido. Entonces el pueblo que yo me he formado me cantará alabanzas.


Si cada uno de nosotros repasa sin prejuicios la historia de la propia vida, descubrirá sin duda cuántas veces ha intervenido Dios para librarnos de peligros, de la muerte temporal y de la eterna con su perdón incansable. Siempre nos ha dado, nos da y nos cuida mucho más de lo que pensamos y le pedimos.

¡Cuánta ingratitud y falta de correspondencia amorosa y gozosa a ese amor infinito de Dios por nosotros!Sigamos agradeciendo a Dios con la vida y no sólo con la palabra, valorando sus bendiciones, y multiplicándolas para muchos otros; orando, ofreciendo y ayudando para que al fin nos haga el máximo milagro: darnos la resurrección y la vida eterna, nuestra “tierra prometida”. Eso es lo nuevo que Dios nos está preparando.

Filipenses 3,8-14

Todo lo considero al presente como peso muerto en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de él ya nada tiene valor para mí y todo lo considero relativo mientras trato de ganar a Cristo. Y quiero encontrarme en él. Quiero conocerlo, quiero probar el poder de su resurrección y tener parte en sus sufrimientos; y siendo semejante a él en su muerte, alcanzaré, Dios lo quiera, la resurrección de los muertos. No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un "perfecto", sino que prosigo mi carrera hasta conquistarlo, puesto que ya he sido conquistado por Cristo. Olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial; quiero decir, de la llamada de Dios en Cristo Jesús.


San Pablo tenía como máxima felicidad el “superconocimiento” amoroso de Cristo, con el anhelo de encontrarse con él por la resurrección; y a la vez se consideraba dichoso de compartir sus sufrimientos a favor de la salvación de los hombres. Decía: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.

Mas no por eso se consideraba perfecto, sino que era consciente de que debía continuar la carrera para conquistar a Cristo, como Cristo lo había conquistado a él. Sabía que le faltaba mucho, y no podía perder tiempo mirando para atrás, sino que se lanzaba hacia lo que todavía le faltaba por alcanzar en el acercamiento, conocimiento y gozo de su Señor.

Que este ejemplo maravilloso aumente en nosotros el ansia de conocer a Cristo y de compartir su cruz y su resurrección. Y si nos desaniman nuestros pecados, pidamos perdón sincero, y ocupemos nuestra mente con pensamientos de bien y nuestro corazón con sentimientos de amor y servicio a Dios en el prójimo.

Sepultemos lo pasado y lancémonos hacia delante en el conocimiento, en el trato, en la imitación y el amor a Cristo y a quienes Cristo ama.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 14, 2010

MISERICORDIA SIN LÍMITES


MISERICORDIA SIN LÍMITES



Domingo 4° cuaresma-C / 14-03-2010.



Jesús les dijo esta parábola: "Había un hombre que tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: ‘Dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y el padre repartió sus bienes entre los dos. El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Fue a buscar trabajo y se puso al servicio de un habitante del lugar, que lo envió a su campo a cuidar cerdos. Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo. Finalmente recapacitó y se dijo: ‘¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus empleados’. Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó. Entonces el hijo le habló: ‘Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus servidores: ‘¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y comenzaron la fiesta”. Lucas 15,1-3. 11-32.

Esta página, la más bella de toda la literatura universal, sólo podía salir de la boca de la misma Sabiduría de Dios, Jesús, pues sólo él conoce a fondo el corazón de su Padre y el corazón del hombre. Ningún otro podría hablar de esa forma sobre el tierno e inmenso amor de Dios. Ninguna otra religión habla así de la infinita misericordia divina.

Sólo puede impedir el perdón de Dios el negarse a recibirlo; negativa que evidencia quien no reconoce ni detesta la ofensa hecha a Dios directamente o en el prójimo o en la propia persona; y también se cierra al perdón quien no se esfuerza en serio por salir del pecado y evitarlo.

El padre no perdonó al hijo sólo por lo que dijo, sino porque era hijo suyo muy querido y porque manifestaba su conversión regresando a casa. Dios goza perdonándonos porque somos sus hijos queridos, a quienes el pecado pone en manos de su enemigo, pero que nos recupera con nuestra conversión y con su perdón.

Por eso no podemos en absoluto esperar a poder confesarnos para dar a Dios la gran alegría de perdonarnos y darnos a nosotros el gozo de sentirnos perdonados. Aunque la confesión sea necesaria para comulgar si hemos cometido pecados graves. Pero sí podemos hacer la comunión espiritual, tan venida amenos, y que consiste en abrazarnos a Cristo presente como hizo el hijo pródigo, suplicando: “Ven, Señor, a mi corazón y a mi vida, a mis penas y alegrías”.

Dios concede infaliblemente el perdón a quien se convierte de verdad, y en el momento en que le pide sinceramente perdón. Como también perdona cuando nosotros perdonamos de verdad: “Si ustedes perdonan, también el Padre celestial les perdonará a ustedes”; e igual perdona a quien hace obras de misericordia: “Tuve hambre y sed; estaba desnudo, en la cárcel, enfermo..., y ustedes me socorrieron: vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino preparado para ustedes desde el principio del mundo”.

Si Jesús nos pide que perdonemos setenta veces siete por día, quiere decir que el Padre nos perdona siempre que pedimos perdón con sinceridad. Jesús dijo a Santa Josefina Kowalska: “Cuanto más grande sea el pecador, tanto más derecho tiene a mi misericordia”. Incomprensible, pero es la verdad.


Josué 4, 19; 5, 10-12.

Yavé dijo entonces a Josué: "Hoy he lanzado lejos de ustedes la vergüenza de Egipto". Por eso dieron a ese lugar el nombre que tiene todavía: Guilgal. Los israelitas acamparon en Guilgal y la tarde del décimo cuarto día del mes celebraron la Pascua en las llanuras de Jericó. Al día siguiente de la Pascua, comieron de los frutos del país, panes sin levadura y grano tostado. El maná dejó de caer el día antes, en vista de que ya se alimentaban de los frutos del país. Los israelitas no tuvieron más maná; a partir de ese año se alimentaron de los frutos del país de Canaán.

Los israelitas habían merecido el destierro a causa de sus pecados, y estuvieron cuatrocientos años como esclavos de los egipcios. Pero Dios al fin se compadece, les perdona misericordiosamente y les envía a Moisés para librarlos de tanto sufrimiento, y para conducirlos, con milagros de misericordia, a la tierra prometida. Entre esos milagros destaca el maná.

Esa historia refleja nuestra experiencia actual: por la conversión y el perdón (liberación de la esclavitud del pecado) nos ponemos en marcha hacia celebración de la Pascua en la Iglesia, alimentados por el maná de la Eucaristía, que injerta en nosotros la vida divina y nos merece la promesa de Jesús: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Esta perspectiva pascual de nuestra fe, apoyada en la misericordia de Dios y en la verdad fundamental de la resurrección, supera inmensamente y hace inútil para los cristianos la teoría de la reencarnación, hoy tan extendida, incluso entre muchos bautizados. En esa teoría no hay misericordia ni perdón, sino fatalidad de sufrimiento absurdo e indefinido, sin esperanza cierta, ni para inocentes ni para pecadores.


2 Corintios 5,17-21.

Toda persona que está en Cristo es una creación nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha llegado. Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con él en Cristo y que a nosotros nos encomienda el mensaje de la reconciliación. Pues en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo con él; ya no tomaba en cuenta los pecados de los hombres, sino que a nosotros nos entregaba el mensaje de la reconciliación. Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios! Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios.


Ser cristiano es vivir en Cristo, unido a él por el amor, la fe y las obras. El cristiano es una criatura nueva, pues vive en la juventud eterna de Cristo. San Pablo declara su experiencia cristiana: “No soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí”.

Es necesario desterrar totalmente la ilusión de que se puede ser cristiano –o católico- verdadero sin esa unión afectiva y efectiva con Cristo, sin esa vida en Cristo. Es hora de acabar con la pretensión engañosa de poder ser cristianos sin Cristo; o sea: no acogiendo a Cristo resucitado como centro de la vida ordinaria y cotidiana: de alegrías y sufrimientos, fatigas y descanso. “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”, sentencia san Pablo.

Dios anhela que nos dejemos reconciliar con él, puesto que Hijo mismo ha decidido cargar sobre sí nuestros pecados, cuyas consecuencias fatales de ninguna manera podían ser reparadas por nosotros, como pretende la teoría de la reencarnación.

Dios ha confiado a la Iglesia el poder de perdonar merecido por Cristo. La fe católica es la fe del perdón de los pecados, de la fiesta del perdón y de la fiesta pascual: la resurrección de Cristo y la nuestra que él nos mereció.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 07, 2010

CONVERTIRSE O PERECER


CONVERTIRSE O PERECER




Domingo 3° cuaresma - C / 7-03-2010




En ese momento algunos le contaron a Jesús una matanza de galileos. Pilato los había hecho matar en el Templo, mezclando su sangre con la sangre de los sacrificios. Jesús les replicó: ¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque corrieron semejante suerte? Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo. Y aquellas dieciocho personas que quedaron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Yo les aseguro que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo. Jesús continuó con esta comparación: Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. Dijo entonces al viñador: "Mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está consumiendo la tierra inútilmente? El viñador contestó: "Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas". (Lucas 13,1-9).

Jesús niega la relación entre el pecado y las catástrofes naturales o los asesinatos. No son más pecadores los que viven en zonas sísmicas o en tierras costeras sujetas a la furia del mar, que los que viven en zonas no sísmicas.

Y menos aún se puede aplicar esa mentalidad de sufrimiento o muerte igual a castigo de Dios por el pecado personal, en el caso de millones de inocentes sacrificados antes de nacer; o inocentes muertos de hambre, violencia, guerras, enfermedades por falta de medicamentos y asistencia médica.

Esas catástrofes no se deben a los pecados de los hombres, sino la constitución geológica del planeta. Pero Jesús, ante estas calamidades, nos invita a recapacitar y convertirnos para evitar la desgracia suprema de la infelicidad eterna, privados de Dios y de todo bien.

Convertirse significa cambiar para mejor: mejorar la forma de ser, de sufrir, gozar, trabajar, pensar, sentir, hablar, amar, vivir, relacionarse, orar..., para mejorar la vida y la felicidad propia y ajena.

Convertirse es volverse con más intensidad de amor de gratitud hacia Dios y de amor salvífico hacia el prójimo, lo cual es auténtico amor hacia nosotros mismos, pues con eso nos ponemos en el real camino de la felicidad terrena y eterna que buscamos desde lo más profundo de nuestro ser, tal vez sin darnos cuenta.

Convertirse no es buscar el sufrimiento por sí mismo, sino amar de tal manera que tengamos la fuerza y la esperanza gozosa en cualquier sufrimiento. El sufrimiento inevitable, injusto o merecido, tiene destino de felicidad verdadera, temporal y eterna, por paradójico que parezca.

Es necedad aplazar la conversión indefinidamente, porque la muerte nos sorprenderá cuando menos lo pensemos, con riesgo de llevarnos a la muerte segunda, donde el mayor tormento consiste en la incapacidad de amar y de ser amados, por no haber querido amar: ¡eso es el verdadero infierno!

Quien no siente la necesidad de convertirse, es señal segura de que no lleva buen camino, y de que se necesita urgente conversión.

Jesús pone el ejemplo de la higuera de buena apariencia que no da frutos, y por eso merece ser arrancada. La higuera es figura de nuestra vida, destinada por Dios para dar frutos abundantes y duraderos. Pero si no los producimos, ¿qué podemos esperar en recompensa?

La condición para producir frutos nos la indica Jesús mismo: “Quien está unido a mi, produce mucho fruto”.

Éxodo 3,1-8. 13-15

Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente: "¡Moisés, Moisés!", y él respondió: "Aquí estoy." Yavé le dijo: "No te acerques más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada." Luego le dijo: "Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob." Al instante Moisés se tapó la cara, porque tuvo miedo de que su mirada se fijara sobre Dios. Yavé dijo: "He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus gritos cuando lo maltrataban sus mayordomos. Yo conozco sus sufrimientos, y por esta razón estoy bajando, para librarlo del poder de los egipcios y para hacerlo subir de aquí a un país grande y fértil. Moisés contestó a Dios: "Si voy a los hijos de Israel y les digo que el Dios de sus padres me envía a ellos, si me preguntan: ¿Cuál es su nombre?, yo ¿qué les voy a responder?" Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy." "Así hablarás al pueblo de Israel: ´YO-SOY me ha enviado a ustedes’. Y también les dirás: ‘YAVE, el Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado’”.

Dios revela a Moisés el nombre con que quiere ser llamado e invocado: “Yavé”, “Yo soy”, “Yo soy el que soy”, el que existe por sí mismo. “Yavé”, es el Dios de todos los que lo reconocen y lo adoran en espíritu y en verdad. El Dios de la compasión y de la paciencia infinita ante nuestras debilidades y pecados.

Él es el Dios misericordioso que se hace presente en la vida de quienes sufren y lo invocan: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”.

Ante las masacres, las desgracias, las enfermedades y la muerte, no podemos limitarnos a lamentos y condenas, y menos aún, culpar a Dios; sino imitar a Dios llevando socorro, y suplicándole que convierta el dolor y la muerte en fuente de justicia y de paz, de resurrección y salvación.

Ésa es la actitud y la misión de Dios ante el sufrimiento de sus hijos.

1 Corintios 10,1-6. 10-12

Les recordaré, hermanos, lo que ocurrió a nuestros antepasados. Todos estuvieron bajo la nube y todos atravesaron el mar. Todos recibieron ese bautismo de la nube y del mar, para que así fueran el pueblo de Moisés; y todos comieron del mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Sin embargo, la mayoría de ellos no agradaron a Dios y sus cuerpos quedaron en el desierto. Todo esto sucedió para ejemplo nuestro, pues debemos guardarnos de los malos deseos que ellos tuvieron. Tampoco se quejen contra Dios, como se quejaron muchos de ellos y fueron eliminados por el ángel exterminador.

San Pablo nos invita a proyectar el pasado de los israelitas en nuestro presente: todos estamos bajo la misericordia de Dios; todos hemos recibido el bautismo que nos hizo miembros de la Iglesia; todos estamos invitados a la conversión para recibir el perdón y la salvación; todos creemos en Cristo como único Salvador.

Sin embargo, no todos agradan a Dios, porque no basta con creer y cumplir externamente, y a la vez obrar por vanagloria o egoísmo, desconectados de Cristo: “No todo el que me dice: ´¡Señor, Señor!’ entrará en el reino de los cielos, sino el que escucha la palabra de Dios y la cumple”.

A quienes alegaban haber predicado, haber comido con él, hecho milagros y expulsado demonios en su nombre, el Señor les dice: “No los conozco, obradores de iniquidad”.

Y san Pablo afirma que por más fe que tengamos y por más obras buenas que realicemos, si no lo hacemos por amor y en unión con Cristo, de nada nos sirve, ni siquiera el evangelizar y recibir los sacramentos.



P. Jesús Álvarez, ssp.