Sunday, March 16, 2008

RAMO BENDITO, TRAICIÓN Y MISERICORDIA


RAMO BENDITO, TRAICIÓN Y MISERICORDIA


Domingo de Ramos – A / 16 marzo 2008


Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Los discípulos trajeron una burra con su cría, colocaron encima sus mantos y Jesús se montó. Gran parte de la gente extendía sus capas en el camino y otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían por el suelo. Y la gente que iba delante y detrás de Jesús gritaba: ¡Hosanna! ¡Viva el hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor! ¡Hosanna! ¡Gloria en lo más alto de los cielos! Cuando Jesús entró en Jerusalén, la ciudad se alborotó, y muchos preguntaban: ¿Quién es éste? Y la gente que venía con él contestaba: Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. (Mateo 21, 1-11)


El Domingo de Ramos, que abre la Semana Santa, nos sugiere una seria y sincera toma de conciencia sobre la calidad cristiana –o pagana- de nuestras vidas en todas sus manifestaciones y dimensiones.


El Domingo de Ramos se concentra mucha gente en las iglesias para llevarse su ramo bendito. Con los ramos los judíos proclamaban a Jesús como Mesías, pero a los pocos días pedían su muerte.


Hay quienes van a buscar el ramo bendito, atribuyéndole un valor mágico, supersticioso, pues ignoran a Cristo, protagonista del Domingo de Ramos y de la Semana Santa.


La historia del Domingo de Ramos se repite: muchos aclaman a Cristo en la Iglesia, en las procesiones, y luego lo crucifican en el prójimo, en el hogar, en la educación, en el trabajo, en la política, en el comercio, en la comunicación social...


Pero también son muchos, gracias a Dios, los que se encuentran con Cristo muerto y resucitado, que hoy sufre en los pobres, enfermos, marginados, encarcelados, aplastados por injusticias, violencia, violación, hambre… y muchos otros cristos vivos y sufrientes, crucificados con Cristo, y que con él se ofrecen por la salvación del prójimo y del mundo.


En este domingo se lee la Pasión de Cristo, que narra el abandono y la traición, incluso por parte de sus preferidos. Y hoy se multiplican las traiciones, abandonos y vejaciones a hijos, madres, padres, abuelos, niños, adolescentes, jóvenes, pobres, enfermos, marginados, necesitados; y los Pilatos siguen lavándose tranquilamente las manos..., y muchos que se tienen por cristianos, también.


La pasión y muerte de Jesús sigue repitiéndose en millones de personas en todo el mundo, y los verdugos y asesinos no saben lo que hacen, o no quieren enterarse; pero todo el mal que hacen al prójimo, recaerá un día sobre ellos, si no cambian de conducta.


¿Y quién de nosotros no es en algo verdugo de su prójimo? E incluso asesino poco a poco, por la indiferencia, el rencor, el desprecio, la difamación,la traición. Pensemos en serio que el daño que hagamos a otros, se volverá á contra nosotros, si no reparamos a tiempo, ya, pues “con la misma medida que midieren, serán medidos”.


La Semana Santa es una oportunidad especial para la misericordia, para mejorar la relación con el prójimo y con Dios, para reparar con la oración, la limosna, el perdón, el sufrimiento ofrecido por quienes hemos ofendido y dañado. Y la misma muerte aceptada y ofrecida ya desde ahora es reparación por nosotros y por muchos otros, si la asociamos a la de Cristo.


Pensemos también en esa inmensa multitud de cristos vejados y crucificados injustamente, que sufren sin volver mal por mal, en paz y esperanza, con la seguridad de que esas penas injustas les merecen acompañar a Cristo, hacia la resurrección y la vida sin fin, por el camino de la cruz y de la misericordia. Así comparten la gloria de la pasión salvadora de Jesús en favor de muchos.


La vida no termina en la cruz, ni la muerte es el final. Cruz y muerte abren la puerta luminosa de la misericordia hacia la resurrección y la vida. No podemos quedarnos en el viernes santo, con un Cristo muerto y fracasado, pues Jesús no ha quedado en el sepulcro, sino que, venciendo a la muerte, alcanzó el éxito total de su vida con la resurrección, que nos ofrece también a nosotros como éxito total de nuestra existencia.


Sin la perspectiva de la Resurrección, si no se cree en la Resurrección, la Semana Santa no es santa, sino folklore pagano, que Dios aborrece.


Isaías 50, 4-7


El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.


Las palabras de Isaías preanuncian la pasión de Jesús, quien pasó toda su vida consolando y arrancando cruces, y ahora carga libremente con su cruz inevitable para librar a los hombres de la máxima cruz: la desesperación, la muerte y la ruina eterna, y para merecernos la resurrección y la vida gloriosa con él para siempre.


En el huerto de Getsemaní vio tan claro el horrible sufrimiento que le esperaba, que pidió a gritos y con lágrimas de sangre ser liberado de tal tormento. Pero aceptó decidido y con paz la pasión cuando se centró en el premio inmenso y eterno que le esperaba tras el tormento: la resurrección y la gloria para él y los suyos.


Por eso aceptó la condena en base a calumnias, y no evitó golpes, salivazos, injurias, burlas, corona de espinas, cruz, desnudez, clavos, crucifixión, desafíos...


Sólo podemos arrostrar la cruz sin desesperarnos, con paz y esperanza, si nos centramos, como Jesús, en lo que se está gestando a través de nuestra cruz unida a la suya: la resurrección y la gloria eterna junto a Cristo, con todos los suyos. “No importa el cómo si hay un porqué”. Unámonos a él pidiéndole fortaleza en nuestras cruces.


Filipenses 2, 6-11


Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor». Jesús esconde su condición divina bajo la condición humana para rescatar al hombre de su condición pecadora mediante la fidelidad amorosa al Padre en la humillación, el sufrimiento y la muerte, que le abren el camino de la resurrección y la glorificación.


El Padre no planificó la pasión y la muerte de Jesús, su Hijo. Como tampoco maquinó la muerte de Abel a manos de Caín. Ni siquiera en el peor de los padres humanos es justificable y admisible tanta crueldad contra un hijo.


La muerte de Jesús es voluntad de hombres perversos; la voluntad de Dios es la resurrección de Jesús y la nuestra. Y que nosotros participemos de su muerte redentora y de su resurrección gloriosa para la vida eterna.


Entonces, ¿cómo Jesús mismo habla de voluntad de Dios respecto de su muerte?: “Si no puede pasar de mí este cáliz, hágase tu voluntad”.


Pero la voluntad del Padre sobre Jesús no es la muerte, sino “que todos los hombres se salven” por su fidelidad, obediencia y amor al Padre, a pesar del sufrimiento y la muerte planificados por los agentes del mal y de las tinieblas.


Jesús acoge el dolor y la muerte para hacerlos fuente de felicidad. Entra en el reino de la muerte para convertirla en puerta de vida por la resurrección.


El Padre opone su plan de amor, de resurrección y vida al plan de odio y muerte ideado por los malvados, sirviéndose del mismo plan de estos y de su victoria para derrotarlos mediante la cruz y la resurrección de Cristo, su “Hijo muy amado”, y de quienes lo sigan.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 09, 2008

Yo soy la resurrección y la vida.

Domingo 5° "A" Cuaresma. / 09-03-2008.

Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron a decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte ¿y tu vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta luz”. Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo.” Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con Él”. Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí , no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”: Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja:”Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque Él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!”. Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”. Jesús profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Ezequiel 37, 12-14

Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo haga, oráculo del Señor.

Romanos 8, 8-11

Así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.

Sunday, March 02, 2008

SÓLO SÉ UNA COSA:

QUE ERA CIEGO Y AHORA VEO.

Domingo 4° "A" Cuaresma. / 02-03-2008.

Juan 9: 1 - 41

Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ´Vete a Siloé y lávate.´ Yo fui, me lavé y vi.» Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» El respondió: «No lo sé.» Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.» No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.» Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.» Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» El replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera. Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.» El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ´Vemos´ vuestro pecado permanece.»

Samuel 16, 1b, 6-7, 10-13a

Dijo el Señor a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, después que yo le he rechazado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.» Cuando ellos se presentaron vio a Eliab y se dijo: «Sin duda está ante Yahveh su ungido.» Pero Yahveh dijo a Samuel: «No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo le he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón.» Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: «A ninguno de éstos ha elegido el Señor.» Preguntó, pues, Samuel a Jesé: «¿No quedan ya más muchachos?» El respondió: «Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.» Dijo entonces Samuel a Jesé: «Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.» Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo el Señor: «Levántate y úngelo, porque éste es.» Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de el Señor. Samuel se levantó y se fue a Ramá.

Efesios 5,8-14

Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo.

Sunday, February 24, 2008


AGUA VIVA


Domingo 3° "A" Cuaresma. / 24-02-2008


Juan 4,5-42


En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo, ¿de dónde vas a sacar esa agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua: así no tendrá mis sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, de que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén darán ustedes culto al Padre. Ustedes dan culto a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Yo lo soy. Yo que te hablo». En este momento llegaron los discípulos, y quedaron admirados de que hablase con una mujer. Ninguno, sin embargo, le dijo: «¿Qué preguntas?» o «¿Qué hablas con ella?» Entonces la mujer, dejando su cántaro, se fue a la ciudad, y dijo a los hombres: «Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que hice; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No dicen ustedes que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo les digo esto: Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya maduros para la cosecha; el que trabaja en la cosecha ya está recibiendo su salario y almacenando fruto para la vida eterna: de modo que él que siembra y él que cosecha se alegran. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros fueron los que trabajaron y ustedes son los que se han beneficiado del trabajo de ellos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que habla dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que hice». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


Éxodo 17,3-7


En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen». Respondió el Señor a Moisés: «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el bastón con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la roca, en Horeb; golpearás la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá por La rebelión de los hijos de Israel y por¬que habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».


Romanos 5,1-2.5-8


Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso, a esta gracia en la cual nos encontramos: y por él nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y esta esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza para salvarnos, Cristo murió por los pecadores; en el tiempo señalado; en verdad, a duras penas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Sunday, February 17, 2008

LA TRANSFIGURACIÓN

Domingo 2° "A" Cuaresma. / 17-02-2008

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías ». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo». Al oírlo, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no teman». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No cuenten a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Génesis 12,1-4a

En aquellos dias, el Señor dijo a Abraham: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo». Y se puso Abraham en camino, como se lo había ordenado el Señor.

Timoteo 1, 8b-10

Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, antes que hubiera Ley había pecado en el mundo, pues el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, terminó en condenación, mientras la gracia, a partir de muchos delitos, terminó en absolución. Si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la salvación. En resumen: si el delito, de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos recibirán la salvación.

Sunday, February 10, 2008

AL SEÑOR, TU DIOS, ADORARÁS

Y A ÉL SOLO DARÁS CULTO

Domingo 1° "A" Cuaresma. / 10-02-2008

Mateo 4,1-11

En aquel tiempo, Jesús, fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó, diciendo: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras"». Jesús le dijo: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios”». Después el diablo lo llevó a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

Génesis 2, 7-9; 3, 1-73

El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y colocó en él al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos a la vista y buenos para comer; además, en medio del jardín, puso también el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Así que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?». La mujer respondió a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: "No coman de él ni lo toquen, bajo pena de muerte». La serpiente replicó a la mujer: «No morirán. Bien sabe Dios que cuando ustedes coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal». La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se cubrieron con ellas.

Corintios 1,26 31

Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, antes que hubiera Ley había pecado en el mundo, pues el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, terminó en condenación, mientras la gracia, a partir de muchos delitos, terminó en absolución. Si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la salvación. En resumen: si el delito, de uno trajo la condena a todos, también ]a justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos recibirán la salvación.

Sunday, February 03, 2008

EL QUE SE GLORÍE, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR

Domingo 4° T.O.-A / 03-02-2008

Mateo 5,1-12a.

En aquel tiempo, al ver Jesús la muchedumbre, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia,
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, por que su recompensa será grande en el cielo.

Sofonias 2, 3; 3, 12-13.

Busquen al Señor, todos ustedes, humildes de la tierra, los que cumplen sus mandamientos; busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán refugio el día de la ira del Señor. Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiaría en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y reposarán sin sobresaltos.

Corintios 1,26 31.

Tengan en cuenta que entre ustedes, no hay sabios según los criterios humanos, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios, para humillar el poder. Aún más, ha escogido ]a gente baja del mundo, lo despreciable, es decir, los que no son nada, para anular a los que son algo, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él, ustedes están en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y asi -como dice la Escritura- «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Sunday, January 27, 2008


PESCADORES DE HOMBRES


Domingo 3° T.O.-A / 27-01-2008


Cuando Jesús oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. No se quedó en Nazaret, sino que fue a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en la frontera entre Zabulón y Neftalí. Desde entonces Jesús empezó a proclamar este mensaje: "Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está ahora cerca." Mientras Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Eran pescadores y estaban echando la red al mar. Jesús los llamó: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres." Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, hijo de Zebedeo, con su hermano Juan; estaban con su padre en la barca arreglando las redes. Jesús los llamó, y en seguida ellos dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús empezó a recorrer toda la Galilea; enseñaba en las sinagogas de los judíos, proclamaba la Buena Nueva del Reino y curaba en el pueblo todas las dolencias y enfermedades. (Mateo 4,12-23)

Jesús, al ver que Herodes había encarcelado a Juan, se aleja del tirano retirándose a tierras de Galilea. Y allí, en tierra de paganos, empieza su misión y reúne a los primeros discípulos. Las persecuciones serán muchas veces, en el futuro del cristianismo, causa de desplazamiento de los evangelizadores a otras tierras, que así reciben el evangelio de la salvación. Huyen del peligro, pero cumplen su misión en los lugares a donde llegan.


En tiempos de Jesús había maestros de la ley que tenían sus discípulos. Y Jesús también crea en torno a sí un grupo de discípulos.


Pero los discípulos judíos elegían ellos a su maestro, estaban en su escuela por un tiempo, y luego lo dejaban; mientras que los discípulos de Cristo fueron elegidos por el mismo Maestro con llamada directa: “Ven y sígueme”, “Vengan y verán”, “Vénganse conmigo y los haré pescadores de hombres”. Jesús “reunió a los Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3, 14), y con él corren los mismos riesgos y sufrimientos, para compartir también con él su destino: la resurrección y la gloria eterna. Y él estará con ellos “todos los días hasta el fin del mundo”.


Los cristianos verdaderos (discípulos de Cristo), siguen hoy en las mismas condiciones: todos los bautizados somos llamados a ser pescadores de hombres y estar unidos a él todos los días, como él está unido a nosotros. Esta unión es la que nos da la fuerza de “ser pescadores de hombres”. O sea, colaboradores de Cristo en la salvación de los hombres, empezando por casa. Esa es la clara voluntad de Dios, quien “desea que todos los hombres se salven”.


El éxito salvador de nuestra vida y obras en unión con Cristo resucitado, nos lo garantiza él mismo: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. ¡Qué gran consuelo!


No hay mayor contrasentido que un cristiano a quien no le importa la salvación del prójimo y del mundo entero, pues cristiano significa seguidor e imitador de Cristo, cuya misión es la salvación de los hombres. Y quien ignora esta misión a la que está llamado, se convierte en “cristiano sin Cristo”, o sea, un “no cristiano”.


Negar que un cristiano pueda producir frutos de salvación, es como negarle al sol la posibilidad de producir luz y calor, ya que el cristiano es portador de Cristo, Luz del mundo.


Es cierto que no todos son llamados a ser predicadores con la palabra, pero sí “pescadores de hombres”, que engendran hijos de Dios por la unión con Cristo resucitado, con el ejemplo, las obras, la palabra, la oración, las relaciones, el sufrimiento ofrecido por la salvación ajena.


Esto nos hace testigos vivos del Resucitado, nos convierte en palabra viva de Cristo vivo por la unión con él, que nos hace la promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Mayor garantía de la eficacia en la “pesca de hombres” no se nos puede dar.


Isaías 8,23. 9,4


Allí donde reinaba la angustia, desaparecerá la noche. En el pasado casi aniquiló al país de Zabulón y al país de Neftalí, pero en el futuro se llenará de gloria la ruta del mar, más allá del Jordán, en la Galilea de los paganos. El calzado que hacía retumbar la tierra y los mantos manchados de sangre, van a ser quemados: el fuego los devorará. El pueblo que caminaba en las tinieblas, ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad, ha brillado una luz. Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se gozan en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín. Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián.

Si Dios permite el sufrimiento y la desgracia que no vienen de él, no es para “ajustar las cuentas” a los pecadores, sino para terminar transformando el sufrimiento en alegría y la desgracia en salvación y felicidad.


El pueblo que estaba aplastado por la opresión de los invasores, “ve una gran luz”, signo de la presencia amorosa y liberadora de Dios, y entona un canto de gratitud a su Libertador. En la Galilea una vez ocupada y oprimida por los asirios, va brillar una “gran luz”, que es Cristo, Luz del mundo, que justo en Galilea empieza a difundir la luz del Evangelio.


Hoy también existen personas, grupos, clases sociales, regiones, naciones bajo la opresión de los prepotentes que los esclavizan en función de sus intereses y ambiciones. Pero Dios no aparta sus ojos misericordiosos de los que sufren, y no permitirá que el sufrimiento y la muerte sean la última palabra sobre el hombre y sobre el mundo.


Jesús resucitado, Conductor de la historia y de los pueblos, sigue preparando misteriosamente un mundo nuevo donde brillará la luz de la justicia y la paz, donde habrá un solo rebaño bajo un solo pastor: Cristo Jesús, Príncipe de la Paz, que nos pide colaborar con él en esa gran tarea.


1 Corintios 1,10. 31,17


Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios. Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: "Yo soy de Pablo", y otro: "Yo soy de Apolo", o "Yo soy de Cefas", o "Yo soy de Cristo". ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo? De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido.

En la joven iglesia de Corinto hay ya divisiones y desacuerdos, en parte debidas a los diversos estilos de predicar el Evangelio por parte de los varios anunciadores: Pablo, Pedro, Apolo.


Pero la causa profunda es que la fe de los corintios no está fundamentada sólidamente sobre la piedra angular, Jesús resucitado, sino en personas o motivos humanos. Ahí está el verdadero origen de los cismas, separaciones, rivalidades y falta de credibilidad.


Sólo la fe y la experiencia de Cristo crucificado y resucitado por nosotros, y la unión con él y en él, pueden crear y mantener la unidad entre las iglesias, grupos parroquiales, comunidades, familias. Las divisiones suceden cuando se suplanta a Cristo por los líderes, y el Evangelio por intereses grupales, materiales, ideológicos.


Por eso sigue siendo muy actual la oración de Jesús: “Padre, que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17, 21). Cuando la fe se apoya en “los curas” o líderes de grupos, o intereses, se da escándalo, sucede la irrelevancia, la división y la desintegración.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 20, 2008

El Cordero que quita el pecado del mundo

Domingo 2º del tiempo ordinario-A / 20 enero 2008

Juan 1,29-34

En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería yo cuando dije: "Detrás de mí viene uno que es superior a mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero él que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espiritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que él es el Hijo de Dios».

Isaías 49,3.5-6

El Señor me dijo:«Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriarié». Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago tuz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».

Corintios 1, 1-3

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Sunday, January 13, 2008

BAUTIZADOS: SACERDOTES, PROFETAS Y REYES


BAUTIZADOS: SACERDOTES, PROFETAS Y REYES


Bautismo del Señor – A / 13 enero 2008


Por entonces vino Jesús de Galilea al Jordán, para encontrar a Juan y para que este lo bautizara. Juan quiso disuadirlo y le dijo: - ¿Tú vienes a mí? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti. Jesús le respondió: - Deja que hagamos así por ahora. De este modo se cumplirá lo que Dios quiere. Entonces Juan aceptó. Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Al mismo tiempo se oyó una voz del cielo que decía: - Este es mi Hijo, el Amado; este es mi Elegido (Mateo. 3,13-17).


Jesús tenía clara conciencia de ser el Hijo unigénito del Padre, el Mesías esperado, el Salvador del mundo. Y en el bautismo es “invadido” por el Espíritu Santo para y establecer el reino de Dios, para liberar al pueblo de sus esclavitudes: “Dar la vista a los ciegos, oído a los sordos, libertad a los cautivos, resurrección a los muertos, la buena noticia a los pobres”.


En el momento de ser bautizado por Juan, Jesús recibe la llamado del Padre que lo invita a dar comienzo a su ministerio público de salvación a favor de los hombres. En el bautismo Jesús es ungido por el Padre como sacerdote que vive en comunión con Dios, como profeta, que conoce e interpreta la historia según Dios y habla en nombre de Dios, y como rey que, en cuanto Hijo de Dios, vive en libertad frente a las fuerzas esclavizantes del mal.


El sentido y valor salvífico de nuestro bautismo viene del bautismo de Jesús. Todos nacemos hijos de Dios, pues de él recibimos la vida natural a través de los padres. Pero el bautismo injerta en nosotros la misma vida divina y eterna de Dios: por el bautismo somos declarados hijos de Dios, “conformes con la imagen de su Hijo”, hermanos de Cristo, nuevas criaturas predilectas de Dios, “bautizados en el Espíritu Santo y en fuego”, el fuego del amor de Dios Padre.


“Miren qué amor nos tiene el Padre, para llamarnos hijos suyos, pues lo somos”, exclama san Pablo con inmensa gratitud. El bautismo es eso: la gracia-amor de Dios que nos invade para hacernos sus hijos, semejantes a Jesús. La sangre misma de Dios, su gracia, corre por las venas de toda nuestra persona.


Por el bautismo también nosotros somos constituidos sacerdotes, miembros del Pueblo Sacerdotal, la Iglesia, con vocación de ofrenda agradable a Dios por la salvación de nuestros hermanos. Somos constituidos profetas, capaces de ver y comprender a las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos y la mente de Dios. Somos constituidos reyes, porque se nos da la libertad de los hijos de Dios, pues servir a Dios en el prójimo es reinar.



¿Sentimos los cristianos el bautismo como una vocación, un llamado de Dios a vivir como sacerdotes, profetas y reyes? ¿En qué medida vivimos el sacerdocio bautismal, en la eucaristía y en la vida, sirviendo y amando a los otros como Jesús nos ama? ¿Vemos las cosas como Dios las ve, y vivimos como hijos suyos, hijos del Rey universal?



¿Por qué tantos bautizados no viven como cristianos? Tal vez porque la catequesis no se fundamentó en lo que hace al cristiano: sacerdote, profeta y rey, unido al Resucitado, con todo lo que esos títulos implican de vida práctica.



Sin duda se necesita una catequesis más bíblica y vivencial en la preparación al bautismo, con la escucha y experiencia del Hijo resucitado, amado del Padre, con la experiencia del prójimo necesitado, y la experiencia profética de evangelizar desde niños, de modo que eso deje huellas definitivas en el espíritu, en la vida y la persona del bautizado, más allá de la “fiesta social” del bautizo. Así el bautismo será lo que debe ser: el inmenso don de la misma vida de Dios que se ha de acoger y agradecer en el tiempo y en la eternidad.


Isaías 42,1-4. 42,6-7


He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido, al que escogí con gusto. He puesto mi Espíritu sobre él, y hará que la justicia llegue a las naciones. No clama, no grita, no se escuchan proclamaciones en las plazas. No rompe la caña doblada ni sofoca la mecha que está por apagarse, sino que hace florecer la justicia en la verdad. No se dejará quebrar ni aplastar, hasta que establezca el derecho en la tierra. Las tierras de ultramar esperan su ley. Yo, Yavé, te he llamado para cumplir mi justicia, te he formado y tomado de la mano, te he destinado para que unas a mi pueblo y seas luz para todas las naciones. Para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, y del calabozo a los que yacen en la oscuridad.


El nombre de “siervo” corresponde al pueblo de Israel, pero apunta al Siervo por excelencia: Cristo Jesús, en quien se realiza a plenitud lo que anuncia Isaías.


El Espíritu de Dios consagra a Jesús para la misión liberadora y salvadora, y de siervo lo ensalza a rey de la humanidad y del universo visible e invisible. Tal misión consiste ante todo en implantar la justicia en la tierra, que está envuelta en las tinieblas del odio, la guerra, la violencia, las cárceles, el hambre, la ceguera, la muerte...



Pero el siervo no gritará ni hará explotar bombas y misiles, ni capitaneará ejércitos. No hará ruido, porque “el ruido no hace bien y el bien no hace ruido”.


Alcanzado por el sufrimiento, no vacilará ni se quebrará, porque la fuerza de Dios estará con él, y le dará la victoria total por la resurrección. Hoy el Resucitado es el Siervo-Rey glorificado, centro, sostén y conductor de la historia hacia el reino eterno del Padre, al frente de todos los que, como él, “pasan la vida haciendo el bien”.



Nosotros, los bautizados, estamos llamados a ser siervos con el “Siervo”, Jesús, a colaborar con él silenciosamente en su misión liberadora y salvadora, oculta para los sabios y charlatanes de este mundo, incluidos predicadores religiosos...


Hechos 10,34-38


Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas. En toda nación mira con benevolencia al que teme a Dios y practica la justicia. Ahora bien, Dios ha enviado su Palabra a los israelitas dándoles un mensaje de paz por medio de Jesús, el Mesías, que también es el Señor de todos. Ustedes ya saben lo que ha sucedido en todo el país judío, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Jesús de Nazaret fue consagrado por Dios, que le dio Espíritu Santo y poder. Y como Dios estaba con él, pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo".


En los comienzos de la Iglesia, el primer Papa san Pedro constata y proclama que la salvación de Cristo no es monopolio de ningún pueblo, país o religión. Pero sigue habiendo muchos católicos, y cristianos de otras confesiones, que se creen los únicos con derecho a la salvación eterna, y esperan que los demás no la alcancen. ¿Señal de que se están excluyendo a sí mismos de la salvación?


Dios mira con benevolencia y salva a todos los que lo temen, aman y adoran bajo distintos nombres, o que tal vez ni siquiera lo conocen, pero defienden la vida, practican la justicia, promueven la paz y hacen el bien. Jesús tiene “otras ovejas que no son de este redil”, la Iglesia católica. Y también a ellos los tiene que salvar atrayéndolos hacia él.



Jesús nos enseñó la oración más ecuménica: el Padrenuestro, en el que oramos por todos los hijos de Dios. Y en la Última Cena dijo: “Sangre derramada por ustedes y por todos los hombres”. El quiere compartir esa misión con todo cristiano, sacerdote o laico: atraer hacia él a quienes no lo conocen, lo cual es posible con la oración, el sufrimiento ofrecido, el testimonio de vida en Cristo resucitado, las actitudes, la palabra y las obras de bien.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 06, 2008


La Epifanía del Señor


Mateo 2: 1 - 12


Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.» En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.


Isaías 60: 1 - 6


¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.


Efesios 3: 2 - 3, 5 - 6


Si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio, tal como brevemente acabo de exponeros. Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio.

Tuesday, January 01, 2008

FELIZ LA MUJER IMAGEN DE DIOS


FELIZ LA MUJER IMAGEN DE DIOS


Santa María, Madre de Dios / 1 enero 2008


Los Pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, fueron a circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción. Lucas 2, 16-21


Dios desdobló su única naturaleza divina en su imagen humana: el hombre y la mujer, y los asoció, amorosamente y por igual, a su obra de la creación y a su plan de salvación universal.


Pero es de maravillarse cómo Dios estampó y personificó, de forma especial en la mujer, la imagen de su amor, de su ternura y de su fecundidad.


Asombra asimismo cómo Dios inició la creación del género humano por el hombre sin el concurso de la mujer, y la re-creación o redención la inició por la mujer, la Virgen María, sin el concurso del hombre, ya que el Salvador nació por obra del Espíritu Santo.


Lo mismo que la mujer ocupa un lugar único en la vida de las personas como madre, esposa, hermana, hija, enamorada, compañera, colaboradora, amiga, consagrada, así Dios ha querido que la mujer tuviera un lugar irremplazable en la historia de la salvación, unida al hombre. El modelo supremo de esta misión salvífica femenina es María, que se une al Dios hecho hombre, acogiéndolo en su seno virginal cuando acepta ser Madre del Salvador.


Al integrarse en la historia de la salvación – que Dios inicia por María - la mujer supera la multisecular discriminación ajena al plan creador y salvador de Dios, que pone en las manos de la mujer la riendas del destino de la humanidad, en diálogo con el hombre, como interlocutor de igual a igual ante Dios.


En la sociedad de hoy se da una gran resistencia a vivir como seres humanos e hijos de Dios y hermanos entre sí, que tienen el mismo destino eterno en Dios. Por eso la persona humana llega a tal degradación que ni los animales alcanzan. Multitud de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, están reducidos a objetos de consumo y de disfrute egoísta, como piezas de engranajes manipulados por la ignorancia, la ambición, el egoísmo, el poder, el dinero y el placer, camino de la autodestrucción.


Hacen falta nuevas Marías que, con su poderosa ternura y decisión, con su fe y valentía, e incluso desde su marginación, continúen, como María, la historia de la salvación, acogiendo y haciendo presente en todas partes a Cristo, único Salvador, para que libere a hombres y mujeres de las grandes esclavitudes que se han creado y que los están destruyendo como personas y degradando su condición de hijos e hijas de Dios.


Dichosas las mujeres -y los hombres- que creen y aman como María, pues también concebirán y darán a luz al Hijo de Dios, y compartirán su Sacerdocio supremo, mediante el sacerdocio bautismal, a favor de la salvación de la humanidad, empezando por el santuario doméstico, la familia.


Números. 6,22-27.


El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘Esta es la fórmula con que ustedes bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré’”.


Esta fórmula de bendición estaba reservada en exclusiva a los sacerdotes, Aarón y sus hijos, también sacerdotes por herencia. Dios se comprometía a conceder al pueblo, por medio de la bendición de los sacerdotes, la bendición de su presencia, de su protección y de la paz.


Mas la bendición de Dios tiene su máxima expresión y eficacia a través del Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, “en quien Dios nos bendice con toda clase de bendiciones” materiales, espirituales, celestiales.



Y esta bendición máxima, el Hijo de Dios, sigue llegando eficazmente por manos de los sacerdotes ministeriales, que nos hacen presente a Cristo Resucitado: en la Eucaristía y demás sacramentos, en la predicación, en sus personas consagradas al servicio sacerdotal.



Mas a partir de Cristo, las bendiciones de Dios no pasan sólo a través del sacerdocio ministerial –con excepción de algunos sacramentos-, pues el supremo sacerdocio de Cristo es compartido también por todos los bautizados mediante el sacerdocio bautismal. Por eso los laicos deben recuperar la costumbre de bendecir y bendecirse mutuamente en nombre de Dios, quien responderá, tal vez sin que nos demos cuenta, a toda bendición que se haga con fe en él y amor al prójimo.



Los sacerdotes bendicen con el Santísimo – Cristo presente en Persona-; pero los fieles pueden bendecir con la Biblia - Cristo Palabra de Dios en Persona presente que nos habla-. Eucaristía y Biblia son puestos al mismo nivel por Cristo y por la Iglesia. ¡No dejemos de bendecir con la Biblia, y bendecirnos por la Biblia leyéndola y haciéndola vida.


Gálatas 4,4-7


Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


San Pablo es el que hace la primera alusión a María en el Nuevo Testamento. De ella nace el Libertador que viene a rescatar a los hombres de la esclavitud a las abusivas leyes humanas y religiosas, y de las poderosas fuerzas del mal.



El Hijo de Dios se hace esclavo con todas esas esclavitudes del hombre –menos el pecado- para que el hombre alcance la libertad de los hijos de Dios, porque el Hijo no viene sólo a liberarnos de las esclavitudes, sino a hacernos hijos de Dios y coherederos de su misma gloria eterna. Nos da un nuevo ser, de modo que podemos llamarle “Padre”, al igual que su propio Hijo.




Ante tan inaudita bendición, san Juan exclama: “¡Miren qué amor nos tiene el Padre, que nos llama hijos suyos, pues lo somos!” (1 Juan 3, 1). Somos hijos de Dios, y nuestra vocación es la libertad en esta vida y la plenitud de la libertad en el paraíso a través de la resurrección, por la que se comprobará lo que realmente somos como hijos de Dios. Jesús "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros ser lo que él es": hijos de Dios.



Tenemos que ser conscientes y vivir con inmensa gratitud esta maravillosa realidad para liberarnos de las esclavitudes indignas de los hijos de Dios.



P. Jesús Álvarez, ssp.