Sunday, January 29, 2006

JESÚS frente a SATANÁS

JESÚS frente a SATANÁS

Domingo 4° durante el año-B/29-01-2006

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!» Marcos 1, 21-28

Los escribas y fariseos sólo leían y “daban clase” de Sagrada Escritura, pero no les importaba vivir la Palabra de Dios ni ayudaban al pueblo a vivirla. ¿No sucede hoy lo mismo con tantos cursos de Biblia, catequesis, predicación, clases de religión, libros, artículos, con el solo objetivo y resultado de conocer el texto sagrado como cualquier otro texto y saberlo manejar, sin encuentro personal y salvador con Dios que habla en y a través de su Palabra?

¿No estamos ante nuevos fariseos, profesionales de la Palabra de Dios que alejan de Dios a la gente su con vida incoherente? Se convierten en aliados inconscientes del propio Satanás. Jesús mismo llamó “Satanás” a Pedro cuando lo quería apartar de su misión.

Pero Jesús vivía lo que enseñaba, y lo confirmaba con sus obras y milagros a favor de los necesitados, especialmente los enfermos, que la ciencia médica de entonces no alcanzaba a curar. Y por desgracia hoy se multiplican aun más las enfermedades y calamidades físicas, espirituales, psíquicas, morales, sociales, ante las cuales la ciencia se ve del todo impotente.

Jesús no hablaba ni obraba en nombre propio, sino en nombre del Padre, haciendo lo que el Padre le indicaba. Así, todos los que hablan de Dios y profesan estar a servicio de la liberación y salvación de sus hermanos, deben tener la conciencia, la libertad y la decisión de hablar y obrar en nombre del Resucitado, pues sólo así podrán enseñar “con autoridad”. De lo contrario, al final deberán oír al Juez Supremo: “No los conozco. ¡Vayan al tormento eterno!”

De la existencia del Diablo, como de la existencia de Dios, no hay pruebas para quienes no creen. Sólo desde la fe y desde la experiencia se los puede reconocer. Teólogos “modernos” proclaman la existencia de Dios y niegan la del Diablo, como si la presencia del Diablo en la Biblia –como en el evangelio de hoy- se pudiera eliminar sin más.

Como tampoco se pueden eliminar de un carpetazo las experiencias de lucha con el diablo en la vida de tantos santos y no santos, de exorcistas, de cristianos y no cristianos; ni tampoco las experiencias del Diablo en las sectas satánicas y de personas que hacen pacto con el Diablo. (Lean la “Entrevista al Diablo”, del exorcista P. Domenico Mondrone, que les enviaré luego). ¿Puede la sola mente humana llegar a tanta maldad y tan refinada crueldad?

En el evangelio de hoy leemos cómo el Diablo dice saber quién es Jesús. El Diablo profesa su fe en Jesús, pero no le sirve de nada, porque esa fe surge del odio a Dios y al hombre; mientras que la fe salvadora nace del amor a Dios y al hombre.

Pero no veamos al Diablo en todas partes, pues muchas maldades son promovidas por sus colaboradores los hombres, incluso cualificados cristianos y pastores-as, que le “ahorran mucho trabajo”. Incluso tú y yo podemos hacernos sus colaboradores, si no nos vigilamos.

Mas creamos que su fuerza es muy superior a las nuestras, y que sólo podemos vencerlo con el poder de Cristo presente, la ayuda de María y de los ángeles: invoquemos sus nombres y su ayuda; usemos los sacramentos, la Eucaristía, la Biblia, el crucifijo, el rosario, la oración, el agua bendita contra ese poder que nos supera totalmente.

Deuteronomio 18, 15-20

Moisés dijo al pueblo: ”El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a Él a quien escucharán. Esto es precisamente lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: «No quiero seguir escuchando la voz del Señor, mi Dios, ni miraré más este gran fuego, porque de lo contrario moriré». Entonces el Señor me dijo: «Lo que acaban de decir está muy bien. Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que Yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, Yo mismo le pediré cuenta. Y si un profeta se atreve a pronunciar en mi Nombre una palabra que Yo no le he ordenado decir, o si habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá»”.

El profeta es superior al sacerdote, en el sentido de que el sacerdote pone lo sagrado al alcance del pueblo, mientras que el profeta asume lo profano para consagrarlo a Dios y habla en nombre de Dios al pueblo.

Ese profeta que Dios promete al pueblo por medio de Moisés será Jesús de Nazaret, que no era sacerdote oficial, pero en seguida se manifestó como el gran profeta, que hablaba en nombre de Dios. El mismo Padre en persona dirá dos veces de él: “Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo”. Y lo unge como Sacerdote, Profeta y Rey.

En el A. T. Dios hablaba en formas que aterrorizaban al pueblo. Por eso este pidió que le hablase Moisés. Pero Dios les promete un profeta al que no han de temer, pues aparecerá como un niño y luego como adulto “manso y humilde de corazón”, que se pondrá al alcance de todos, hablará con sencillez y se mezclará con los niños, los pobres y los pecadores.

Por eso no tendrá excusa quien no se acerque a él y no escuche sus palabras; como tampoco tendrán excusa los nuevos profetas que no hablen en su nombre ni transmitan con sinceridad y coherencia su mensaje de salvación. Ni los que se nieguen a reconocerlo en la sencillez de la creación, del necesitado, de su Palabra, de la Eucaristía, si está a su alcance...

Corintios 7, 32-35

Hermanos: Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor.

Al tiempo de Pablo el matrimonio era considerado como la única posibilidad. Pero en la perspectiva de la eternidad, resulta relativo también. Vale en cuanto sea lugar donde se vive la presencia salvífica y feliz de Dios en la relación amorosa total: personal y sexual a la vez.

Pero en la misma perspectiva la virginidad recobra gran valor, ya que desde ella se hace más asequible la vida eterna, si se vive y se vuelve fecunda en el amor a Dios y al prójimo, al no tener la necesidad de dividir el corazón entre Dios y la pareja, con el peligro real de que la pareja desplace a Dios del matrimonio, y este acabe en fracaso eterno.

Sin embargo también existe el peligro de que la virgen y el célibe se casen con cualquier cosa, menos con lo que vale la pena: una pareja. La virginidad tiene sólo valor si se hace fecunda con la misma fecundad de Dios: compartir con Cristo la tarea de engendrar hombres y mujeres para la vida eterna. Sin esta fecundidad la virginidad es un contrasentido.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 22, 2006

PESCADORES DE HOMBRES

PESCADORES DE HOMBRES

Domingo 3° T.O. – B / 22-01-2006

Después de que tomaron preso a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. Decía: - El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva. Mientras Jesús pasaba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: - Síganme y yo los haré pescadores de hombres. Y de inmediato dejaron sus redes y le siguieron. Un poco más allá Jesús vio a Santiago, hijo de Zebedeo, con su hermano Juan, que estaban en su barca arreglando las redes. Jesús también los llamó, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los ayudantes, lo siguieron. (Mc 1,14-20).

La exhortación de Jesús: “Conviértanse y crean la Buena Noticia”, es una consigna salvífica para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, razas y confesiones. La conversión tiene un doble proceso: “convertirse de y “convertirse a.

“Convertirse de es detestar lo que hemos hecho mal y las omisiones de tanto bien que hemos dejado de hacer, con daño para nosotros, los otros, la sociedad y la Iglesia.

Es necesario cuestionarnos, dando un vistazo sincero y valiente a nuestros pensamientos, deseos, sentimientos, actitudes, acciones, relaciones, vida cristiana y humana, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios y pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, sin el cual nada hay bueno en el hombre. Y no dar por supuesto que ya estamos suficientemente convertidos.

Quienes creen no tener necesidad de conversión ni nada de qué arrepentirse, es señal de que tienen mucho de qué arrepentirse, mucho que corregir y cambiar en sus relaciones con el prójimo, con la creación, con Dios y consigo mismos. Les ronda el fariseísmo y la autosuficiencia, que son los mayores pecados, pues equivalen a prescindir de Dios en la vida.

“Convertirse a, es volverse al amor a Dios y al prójimo. Puede parecernos costoso vivir en continua conversión. Pero “no importa el cómo cuando hay un porqué”. Hay que afrontar el costo de la conversión, y fijarse con gozo en el valor de todo lo que se gana con la misma: paz, alegría, eficacia salvadora del sufrimiento y de la vida, resurrección y gloria eterna. ¡Espléndida inversión!

Y una vez convertidos, nuestro único Salvador nos pide que seamos “pescadores de hombres”, compartiendo con Él su plan de salvación a favor nuestro, de los nuestros y de la humanidad. Es la mejor forma de asegurarnos nuestra salvación y resurrección.

Ayudar a otros en el camino de la salvación es la mayor obra de caridad o amor al prójimo; es compartir el amor que el mismo Salvador practicó: “No hay amor más grande que el de quien da la vida por quienes se ama”. Él la dio también por quienes se la arrebataban. “Si él dio la vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos”, dice san Juan.

La conversión no es el resultado de un esfuerzo voluntarista para eliminar el mal, sino fruto espontáneo de vivir unidos a Cristo, pues si vivimos en Cristo y Él vive en nosotros, el mal desaparece sin más con su presencia, como nos da a entender su palabra infalible: “Quién está unido a mí, produce mucho fruto”.

Si vivimos en Cristo, Él hace de nuestra vida una “historia de salvación”, pues así compartimos su Sacerdocio Supremo mediante el sacerdocio real que el Espíritu Santo nos confirió en el Bautismo. Nos hacemos en verdad “pescadores de hombres”.

Jonás 3,1-5. 10.

En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: -“Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré”. Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacían falta para atravesarla.) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: “- Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada”. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.

Nínive era una ciudad pagana totalmente corrompida, enemiga del pueblo hebreo, y por tanto merecedora del castigo de Dios, según el pensar de los judíos. Por eso Jonás desobedece a Dios, pues no quiere nada con los ninivitas. Y cuando transmite el mensaje de Dios: “Dentro de 40 días, Nívine será arrasada”, se retira esperando ver la destrucción de la ciudad. Pero ve la conversión de los ninivitas.

Dios había perdonado muchas veces a Israel, pero los israelitas no podían admitir que Dios perdonara a paganos corruptos. El autor del libro de Jonás intenta recriminar a los judíos su lentitud o negativa a convertirse, a pesar de las insistencias de Dios, mientras un pueblo pagano se convierte a la primera advertencia.

Muchos cristianos y católicos siguen pensando y deseando como Jonás: que quienes no pertenecen a su iglesia, no merecen el perdón de Dios, sino su castigo temporal y eterno. Pero Dios piensa y desea totalmente diverso: Quiere que todos nosotros seamos mensajeros y misioneros de su perdón y su misericordia para todo el mundo, sin distinción de razas ni religiones ni ideologías, pues Cristo murió por salvar a todos los hombres, no sólo a los católicos, apostólicos y romanos, muchas veces tan resistentes a la verdadera conversión. ¿No dijo Jesús: “Vayan y evangelicen a todas las gentes” ? Pero los católicos no somos “todas las gentes”.

1 Corintios, 7, 29-31

Hermanos: Les digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.

Este mundo es como una representación teatral, donde cada cual tiene un papel en función de las realidades eternas, mediante el uso de las realidades terrenas, relativas y caducas, que desaparecen con el final de nuestra vida terrena.

Incluido el matrimonio, instituido y querido por Dios mismo para multiplicar y perpetuar la raza humana, que tiene de su parte el encargo de cuidar y contribuir al desarrollo de la creación.

El matrimonio es sólo el cauce humano por el que Dios transmite la vida temporal, que de poco valdría al hombre si no se injertara en ella la vida eterna, la cual no es fruto de la relación sexual, sino de la relación amorosa y vital con el Autor de toda vida, “que hasta de las mismas piedras puede sacar hijos de Abrahán”.

La virginidad tiene un valor más alto que el matrimonio, en cuanto que el fin específico de la virginidad consiste en compartir de forma especial la paternidad-maternidad de Dios para engendrar la vida eterna, respecto de la cual Jesús dijo: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?”
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 15, 2006

JESÚS, ¿DÓNDE VIVES?

JESÚS, ¿DÓNDE VIVES?

Domingo 2° durante el año – B / 15-01-06

Juan el Bautista se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: "Ese es el Cordero de Dios." Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: - ¿Qué buscan? Le contestaron: - Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Jesús les dijo: - Vengan y lo verán. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron a Jesús por la palabra de Juan. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: - Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: - Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas (que quiere decir Piedra). Jn 1, 35-42.

Este texto evangélico sugiere el modelo más eficaz de pastoral vocacional, tarea y preocupación primordial de la Iglesia, de las congregaciones religiosas, del clero y del laicado comprometido: “¡Hemos encontrado a Cristo!” “Vengan y vean”.

Más del 90 % de los bautizados en la Iglesia viven descolgados de ella, y son la presa más fácil y cuantiosa del proselitismo de las sectas. Cada día se pasan a las sectas decenas de miles de bautizados católicos, -que nunca han vivido a fondo su bautismo ni conocido a su Iglesia, su Cabeza, Cristo resucitado- los cuales se convierten en eficaces agentes de proselitismo, alegando con entusiasmo la motivación más eficaz: “¡Por fin hemos encontrado a Cristo!” “Vengan y vean”. Aunque luego no corresponda a la verdad ni a la realidad.

Los católicos “fieles” desean que haya buenos y abundantes sacerdotes, pues los necesitan para vivir y para morir bien. Pero pocos se interesan en serio de que siga habiendo sacerdotes entregados. E ignoran el mandato apremiante de Jesús: “Rueguen al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.

“Las vocaciones son un don del Dios providente a una comunidad orante”, y a él hay que pedírselas y en su nombre acogerlas, y cuidarlas, conscientes de la afirmación de Jesús: “Soy yo quien los ha elegido”. Por tanto, la primera e indispensable tarea es ayudar al vocacionable a encontrarse con Cristo, el único que puede llamar.

Las sectas comprometen desde el principio a sus laicos en la tarea de conquistar nuevos adeptos, en el pago de los diezmos y preparan abundancia de pastores. En eso nos dan ejemplo. En nuestra Iglesia católica, al menos en algunas parroquias y congregaciones, están surgiendo grupos de laicos comprometidos en la evangelización, pero son todavía muy pocos. Jóvenes de esos grupos se abrirán al sacerdocio y a la consagración para el Reino.

La Iglesia –jerarquía, clero y laicado– tiene ante sí la tarea más urgente e impostergable: salir en busca del 90% de las ovejas perdidas - católicos sólo de bautismo y nombre - dándoles a conocer todo lo que Jesús ha entregado a su Iglesia para ellos: su presencia viva, la redención, el sacerdocio, el Bautismo, la Eucaristía, y los demás sacramentos, la Biblia, el amor y el perdón de Dios Padre y a Jesús mismo...

Así realizarán el mandato de Jesús: “Vayan y evangelicen a todos los hombres”, mandato que hoy el Maestro completaría con la indicación semejante a la que dio a sus discípulos: “Empiecen por los hijos descarriados de la Iglesia”, que son la gran mayoría de los bautizados, y dejar de cuidarse tanto de la reducida minoría que sigue en el redil...

“Las obras de Dios las hacen los hombres y mujeres de Dios”, que vivan en Cristo –eso es la santidad - y repitan convencidos la invitación de Jesús: “¡Vengan y vean!”, en especial a través de los medios más rápidos, más eficaces y de mayor alcance: los maravillosos medios de masas. Pero siendo a la vez testigos de Cristo resucitado para los cercanos y los lejanos: “¡Hemos encontrado al Salvador!”

1 Samuel 3,3-10. 19

Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una vez más. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: «Habla, porque tu servidor escucha». Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras.

La vocación de Samuel es modelo de toda vocación cristiana, sacerdotal y consagrada. El primer paso o condición es reconocer la voz de Dios, escucharla y seguirla. El solo bautismo no capacita para reconocer la voz de Dios, sino que se necesita alguien que ayude a reconocer esa voz y a seguirla, y que confiese como Elí: “No soy yo quien te ha llamado, sino Dios, al que debes escuchar y seguir”. La vocación es don de Dios, no propiedad personal.

Hay que partir de la convicción de que todo cristiano recibe la vocación a ser profeta (hablar en nombre de Dios); sacerdote (dar una mano a Dios en la salvación de los hombres) y rey (vivir y contagiar la libertad de los hijos de Dios). La vocación sacerdotal, misionera, consagrada son sólo la radicalización de esa vocación en una unión más intensa con Cristo.

Se necesita silencio, que es el ambiente donde se encuentra Dios que habla y llama, y donde él da la capacidad para hablar eficazmente en su nombre. “Hablen de los hombres a Dios para hablar de Dios a los hombres”, decía santo Domingo de Guzmán.

Hay tanta palabrería y sermón inútiles porque no se escucha la Palabra de Dios, porque se habla en nombre propio, se habla de lo que se sabe, y no se vive lo que se habla.

1 Corintios 6, 13-15. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben acaso que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un solo espíritu con Él. Eviten la fornicación. Cualquier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos.

Dios es el autor del placer inherente a la comida, a la bebida, al sexo, al oído, al tacto, al olfato, a la buena salud, etc. Pero el cuerpo no se nos ha dado sólo para el placer físico y temporal, sino principalmente para el placer inmensamente superior de la vida eterna.

El desorden del placer en contra del sentido y del valor que Dios le ha asignado, -lo cual es idolatría por el rechazo a Dios-, no sólo privará del placer temporal para siempre, sino que se perderá el placer inmensamente mayor y eterno del cuerpo resucitado. Quienes se creen dueños de su cuerpo para abusar de él, lo perderán para siempre. Nuestro cuerpo ha sido comprado por Cristo con su sangre para que hacérnoslo totalmente nuestro por la resurrección y la vida eterna. La dignidad de nuestro cuerpo es incomparable, pues Dios lo ha hecho templo suyo y miembro de Cristo.
P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 08, 2006

BAUTISMO Y CONVERSIÓN

BAUTISMO Y CONVERSIÓN

Bautismo del Señor - B / 8-1-2006

En aquel tiempo Juan proclamaba este mensaje: Detrás de mí viene uno con mayor poder que yo, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias arrodillado ante Él. Yo les he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo. En aquellos días llegó Jesús de Nazaret, pueblo de Galilea, y se hizo bautizar por Juan en el río Jordán. Al momento de salir del agua, Jesús vio los cielos abiertos: el Espíritu bajaba sobre Él como lo hace la paloma, mientras se escuchaban estas palabras del cielo: “Tú eres mi Hijo, el Amado, mi Elegido”. (Mc 1, 7 -11).

Jesús, el Hijo de Dios, no recela pasar por pecador poniéndose a la cola con los pecadores para ser bautizado por Juan, y conferir al agua fuerza salvadora en su nuevo bautismo. Y Jesús sigue hoy mezclándose entre los pecadores, entre nosotros para arrancarnos del pecado; pero no renuncia a su condición divina, pues sólo desde su divinidad puede quitar el pecado y resucitarnos.

Con el bautismo, Cristo inicia su misión mesiánica de liberar al pueblo de sus esclavitudes, sufrimientos y pecados, y así abrirle las puertas de la salvación eterna. El mismo Dios Padre, por medio del Espíritu Santo, lo presenta a la humanidad: “Este es mi Hijo el Amado, mi Elegido. Escúchenlo”.

Más tarde el Padre lo acogerá en la cruz por nuestra salvación, lo resucitará en la Pascua y lo sentará a su derecha el día de la Ascensión. En su gloria espera y acoge a la humanidad redimida por su vida, muerte y resurrección. Allí nos espera para cumpliendo su promesa: "Me voy a prepararles un puesto y luego vendré a buscarlos".

La Iglesia, pecadora en sus miembros (nosotros), pero santa en su Cabeza (Jesús), continúa la misión liberadora, santificadora y salvífica de Cristo. La Iglesia tiene que encarnarse en la realidad y humanizarse, pero sin olvidar su condición divina, pues su Cabeza es el Hijo de Dios, el único que puede salvar, aunque se sirva de la Iglesia para la obra de la salvación. Si olvidara esta su condición divina, haría traición a su misión, al pueblo de Dios y a Dios mismo, pues cerraría las puertas de la salvación. Los ministros y miembros de la Iglesia no son los que libran del pecado y salvan, sino que es Cristo Resucitado quien nos libra y salva por su medio.

Nuestro bautismo nos integra en el bautismo de Jesús, nos hace miembros de su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y nos asocia a su misión sacerdotal para salvación de la humanidad. El bautismo purifica y salva a condición de que se abrace una vida de amor y de servicio, de justicia y verdad, de paz y alegría. Exige un compromiso de libertad frente a las seducciones del poder, del placer y del dinero.

Los bautizados en la infancia logramos la madurez del bautismo asumiéndolo con una fe consciente, adulta, que es amor a Dios y amor-servicio al prójimo. Fe que es acogida al Hijo, gratitud al Padre y apertura al Espíritu Santo, que nos bautiza con el fuego de su amor.

Sólo puede considerarse cristiano quien escucha a Jesús y sigue su camino cumpliendo su Palabra. En el Bautismo Jesús se consagró como un hombre para los demás; y el bautismo nos hace también a nosotros personas para los demás, amándolos como Cristo los ama. Una vida egoísta, centrada en uno mismo, es negación del bautismo, negación de Cristo y del prójimo, negación de la fe y renuncia a la salvación.

Amar a Cristo, ser cristiano, vivir el bautismo, es escuchar su palabra y llevarla a la práctica: “Quien me ama, cumple mis palabras”. Es vivir el mandato de Dios Padre: "Este es mi Hijo amado; escúchenlo".

Isaías 55, 1-11

Así habla el Señor: ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y Él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-.

Todo el mundo está sediento de felicidad, pero la gran mayoría busca la felicidad en donde no se encuentra, y acude a beber en charcas envenenadas, que ofrecen felicidad, pero al fin terminan en tumbas de la felicidad.

Se gastan energías, dinero, salud y la misma vida en procurar placeres y satisfacciones que siempre dejan insatisfechos, creando una adicción que exige cada vez más, por lo general a costa del sufrimiento e incluso la muerte del prójimo. Lo cual no sucede sólo con la droga, el alcohol, el sexo, sino también con otros placeres y gratificaciones que suplantan a Dios en nosotros, y que tarde o temprano dejan las manos vacías y privan de la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad. “No hay nada tan infeliz como la felicidad del pecador”.

Ante esta situación, Dios invita a tomar gratuitamente agua pura y manjares exquisitos en la misma fuente de toda felicidad, que es él. Si las cosas caducas que salen de sus manos pueden dar tanta felicidad pasajera, ¿cuán grande, pura y perenne felicidad no nos dará él en persona? Dios nos cambia en fuente de felicidad el mismo sufrimiento y la muerte, y hace que toda felicidad o satisfacción temporal gozada conforme a su voluntad y con gratitud, sea mayor felicidad y nos la multiplique al infinito en el paraíso.

Abramos los ojos, la mente y el corazón para no dejarnos seducir por las charcas envenenadas, y para ver y volvernos a la fuente de toda felicidad temporal y eterna: Dios, la felicidad en persona siempre a nuestro alcance, y que nos busca; dejémonos encontrar por él.

1 Juan 5, 1-9

Queridos hermanos: El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga, porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad. Son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres están de acuerdo. Si damos fe al testimonio de los hombres, con mayor razón tenemos que aceptar el testimonio de Dios. Y Dios ha dado testimonio de su Hijo.

La fe en Cristo Jesús como único Salvador nuestro y del mundo, es un don de Dios, pues nosotros no podemos ni siquiera pronunciar con amor y convicción el nombre de Jesús, sin la ayuda del Espíritu Santo. Sólo él nos da la luz para comprender quién es Cristo.

No se puede olvidar en la práctica que la fe en sentido bíblico-evangélico, es adhesión amorosa a Dios, en sus tres divinas Personas. La fe sin amor no es verdadera fe, es sólo fe teórica que no salva. La fe sin amor la tienen los mismos demonios, y no les sirve de nada.

El amor a Dios y a los hijos de Dios –dos amores inseparables- se demuestra y se vive cuando se cumplen sus mandamientos, pues los mandamientos son la expresión concreta del amor a Dios y del amor al prójimo.El amor hace posible que los mandamientos no sean una carga pesada, porque el mismo Dios nos da la fuerza para cumplirlos con gozo en la seguridad del premio eterno.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 01, 2006

FELIZ LA MUJER


FELIZ LA MUJER

Santa María, Madre de Dios / 1 enero 2006

Los Pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, fueron a circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción. Lc 2, 16-21

Dios desdobló su única naturaleza divina en su imagen humana: el hombre y la mujer, y los asoció, amorosamente y por igual, a su obra de la creación y a su plan de salvación universal. A cada cual según su naturaleza como imagen del Creador.

Pero es de maravillarse cómo Dios estampó y personificó, de forma especial en la mujer, la imagen de su amor, de su ternura y fecundidad divina. Si la creación del género humano Dios la inició por el hombre sin el concurso físico de la mujer, la re-creación o redención la inició por la mujer y en la mujer María, sin el concurso físico del hombre, ya que el Salvador nace por obra del Espíritu Santo.

Lo mismo que la mujer ocupa un lugar único en la existencia de las personas como madre, esposa, hermana, enamorada, amiga, compañera, colaboradora, consagrada, así Dios ha querido que la mujer tuviera un lugar irremplazable en la historia de la salvación, unida al hombre. El modelo supremo de esta misión salvífica femenina es María, que se une al Dios hecho hombre, acogiéndolo en su seno virginal con su consentimiento a ser Madre del Salvador.

Al integrarse en la historia de la salvación – que Dios inicia por María - la mujer supera la multisecular discriminación ajena al plan creador y salvador de Dios, que pone en las manos de la mujer la riendas de su destino, y del destino de la humanidad, en diálogo con el hombre, como interlocutor de igual a igual ante Dios.

En la sociedad de hoy se da una gran resistencia a vivir como seres humanos e hijos de Dios y hermanos entre sí, con el mismo destino eterno en Dios. Por eso la persona humana llega a condiciones de degradación que ni los animales alcanzan. Multitud de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, son reducidos o se reducen a objetos de consumo y de disfrute egoísta, como piezas de engranajes manipulados por la ignorancia, la ambición, el egoísmo, el poder, el dinero y el placer, camino de la autodestrucción.

Hace falta que surjan nuevas Marías que, con su poderosa ternura y decisión, con su fe y valentía, e incluso desde su marginación, continúen, como María, la historia de la salvación, acogiendo y haciendo presente en todas partes a Cristo, único Salvador, para que libere a hombres y mujeres de las grandes esclavitudes que se han creado y que los están destruyendo como personas y degradando su condición de hijos e hijas de Dios.

María, por su fe y amor, acogió y dio a luz al Salvador del mundo, y su participación en la obra de la salvación de su Hijo, desde Belén hasta el Calvario, supera en eficacia y alcance a la obra de todos los apóstoles, papas, obispos, sacerdotes, evangelizadores de todos los tiempos. Cristo es el Sacerdote supremo, y María la sacerdotisa suprema asociada a él.

Dichosas las mujeres y los hombres que creen y aman como María, pues ellos también concebirán y darán a luz al Hijo de Dios, y compartirán su Sacerdocio supremo, mediante el sacerdocio bautismal, a favor de la salvación de la humanidad, empezando por el santuario doméstico, la familia.

Nm. 6,22-27.

El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘Esta es la fórmula con que ustedes bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré’”.

Esta fórmula de bendición estaba reservada en exclusiva a los sacerdotes, Aarón y sus hijos, también sacerdotes por herencia. Dios se comprometía a conceder al pueblo, por medio de la bendición de los sacerdotes, la bendición de su presencia, de su protección y de la paz.

Mas la bendición de Dios tiene su máxima expresión y eficacia a través del Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, “en quien Dios nos bendice con toda clase de bendiciones” materiales, espirituales, celestiales.

Y esta bendición máxima, el Hijo de Dios, sigue llegando eficazmente por manos de los sacerdotes ministeriales, que nos hacen presente a Cristo Resucitado: en la Eucaristía y demás sacramentos, en la Biblia, en sus personas consagradas al servicio sacerdotal.

Mas a partir de Cristo, las bendiciones de Dios no pasan sólo a través del sacerdocio ministerial –con excepción de algunos sacramentos-, pues el supremo sacerdocio de Cristo es compartido también por todos los bautizados mediante el sacerdocio bautismal. Por eso los laicos deben recuperar la costumbre de bendecir y bendecirse mutuamente en nombre de Dios, quien responderá, tal vez sin que nos demos cuenta, a toda bendición que se haga con fe en él y amor al prójimo.

Los sacerdotes bendicen con el Santísimo – Cristo presente en Persona-; pero los fieles pueden bendecir con la Biblia - Cristo Palabra de Dios en Persona presente que nos habla-. Eucaristía y Biblia son puestos al mismo nivel por Cristo y por la Iglesia. ¡No dejemos de bendecir con la Biblia, y bendecirse por la Biblia leyéndola y haciéndola vida.

Gálatas 4,4-7

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

San Pablo es el que hace la primera alusión a María en el Nuevo Testamento. De ella nace el Libertador que viene a rescatar a los hombres de la esclavitud a las abusivas leyes humanas y religiosas, y de las poderosas fuerzas del mal.

El Hijo de Dios se hace esclavo con todas esas esclavitudes del hombre para que el hombre alcance la libertad de los hijos de Dios, porque el Hijo no viene sólo a liberarnos de las esclavitudes, sino a hacernos hijos de Dios y coherederos de su misma vida eterna. Nos da un nuevo ser, de modo que podemos llamarle “Padre”, igual que su propio Hijo.

Ante tan inaudita bendición, san Juan exclama: “¡Miren qué amor nos tiene el Padre, que nos llama hijos suyos, pues lo somos!” (1Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y nuestra vocación es la libertad en esta vida y la plenitud de la libertad en el paraíso a través de la resurrección, por la que se comprobará lo que realmente somos como hijos de Dios. Jesús "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros ser lo que él es": hijos en el mismo Hijo de Dios.

Tenemos que ser conscientes y vivir con inmensa gratitud esta maravillosa realidad para no someternos a esclavitudes indignas de los hijos de Dios.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, December 25, 2005

VINO A LOS SUYOS...


VINO A LOS SUYOS...

Misa del día / Ciclo B / 25-12-2005

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí, me ha precedido, porque existía antes que yo». De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre. (Jn 1,1-18)

La Navidad es la fiesta conmemorativa del nacimiento de Jesús. Es la ocasión para tomar una mayor conciencia de la alianza que Dios hace con nosotros por medio de la encarnación. Es la fiesta del misterio de la salvación puesto a nuestro alcance por la fidelidad inquebrantable de Dios que viene y está ya compartiendo nuestra vida en Cristo vivo.

La Navidad es la fiesta para celebrar y agradecer el inmenso beneficio que Dios nos hace dándonos a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo”. Es la fiesta en la que tomamos mayor conciencia de que Dios, como Padre y Pastor, comparte nuestra historia sin abandonarnos nunca. El “puso su tienda entre nosotros” y se compromete a vivir con nosotros todos los días, y aunque “nosotros le seamos infieles, él permanece fiel”.

Sin embargo el hombre, engañado por las fuerzas del mal y en complicidad con ellas, siembra las tinieblas de la injusticia, del hambre, del odio, de la guerra, de la pobreza, del orgullo, del pecado, de la impiedad. Pero el Salvador se compromete a “iluminar a todo hombre que viene a este mundo”, a “los que han nacido por voluntad de Dios” a una vida sobrenatural y eternamente feliz.

El nacimiento del Hijo de Dios en carne mortal cobra su pleno sentido en la perspectiva de la Resurrección, la cual fue el “nacimiento” de Cristo para la eternidad. La acogida real de Cristo en el corazón, en la vida, en la familia..., es lo que hace que la Navidad sea verdadera, y nos prepara a la Navidad eterna a través la muerte, que es la puerta de la resurrección, nacimiento a la vida eterna. He ahí el pleno sentido y el fruto de la Navidad.

La Navidad hoy se vive sobre todo en el acto sencillo y a la vez supremo de la comunión eucarística, donde se realiza de forma especial lo dicho por Juan evangelista: “A quienes lo acogieron, les dio la capacidad de ser hijos de Dios”.

Pero la Navidad se paganiza si nos cerramos a la presencia real del Redentor resucitado, Dios-con-nosotros, pues se realizaría lo que dice el Evangelio de hoy: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. No hay Navidad sin Cristo.

La Navidad es real, auténtica cuando con fe y amor se acoge a Cristo Resucitado en el corazón, en la vida, en la familia, pues sólo así se celebra de verdad el acontecimiento de su primera Navidad en la humildad y nos preparamos a la Navidad eterna por la resurrección.

“Dichosos ustedes porque han oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios”, dice san Ambrosio.

Is 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es Rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Rompan a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén: el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Isaías se refiere al final del destierro y al regreso a Jerusalén, su ciudad reducida a ruinas. Destierro y destrucción son consecuencia de haber abandonado a Dios suplantándolo por otros valores idolatrados: armas, aliados, soberbia, autosuficiencia, vida corrupta...

¿Quién no ha probado en su vida la ausencia de Dios a causa del rechazo a Dios? Se lo excluye de la familia, de la sociedad, de la enseñanza, de la política, del trabajo, de las relaciones, del sufrimiento y de la alegría..., y a menudo lo echamos incluso de la Iglesia, del culto vacío de amor a él y al prójimo; amor que es el corazón del culto, que sin amor está muerto. Dios mismo se lamenta: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Y luego llegamos incluso al descaro de echarle la culpa a él.

Pero Dios mismo toma la iniciativa de saltar la distancia que hemos puesto entre nosotros y él. Si la tristeza es el resultado del pecado, la alegría es la consecuencia del perdón de Dios y del perdón entre nosotros. El nacimiento de Jesús es el inicio de este acercamiento libre de Dios hacia nosotros, que sólo espera ser acogido como Amor misericordioso para llenarnos de luz, alegría, paz, sentido de la vida, y para llevarnos a la eterna Navidad.

Hebreos 1,1-6.

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado»? O: ¿«Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios».

El autor alude a la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento, pronunciada por los profetas, pero ahora hecha carne en Cristo glorioso, Palabra viva y personificada del Padre. El Hijo ha sido nombrado heredero de toda la inmensa creación visible a invisible, que él gobierna y sostiene con su brazo poderoso, y guía hoy a la humanidad con su Palabra viva.

Pero Cristo ha ejercido y ejerce su omnipotencia sobre todo arrancando al hombre del poder del mal, mediante el perdón y la purificación de los pecados de los hijos de Dios extraviados, alejados de él. Y ahora está encumbrado sobre todos los ángeles, a la derecha del Padre, donde intercede por nosotros y nos prepara un puesto en su banquete eterno.

Es para saltar de gratitud y alegría ante el infinito amor misericordioso que Dios nos ha mostrado y muestra en su Hijo encarnado, crucificado y resucitado, el Dios-con-nosotros de cada día, que quiere vivir con nosotros y en nosotros una perenne navidad: “Llamo a la puerta; y quien me abra, me tendrá consigo a la mesa”.

Somos cuna y templo del Resucitado. Y en nuestra persona lo adoran los ángeles de Dios, como en Belén. Dichosa realidad para creer y vivir con amorosa gratitud.

¡FELIZ NAVIDAD! Y que toda tu vida sea Navidad por la acogida perenne del Resucitado, Dios-con-nosotros de cada día, hasta la Navidad eterna.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, December 18, 2005

JESÚS SIGUE NACIENDO


JESÚS SIGUE NACIENDO

Domingo 4° Adviento – b / 18-dic. 2005

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás." María entonces dijo al ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?" Contestó el ángel: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible." Dijo María: "Yo soy la servidora del Señor: hágase en mí tal como has dicho." Después la dejó el ángel. Lc 1, 26-38

En un rincón ignorado por el mundo de entonces, en el seno de una jovencita insignificante, el Mesías asumía la vida mortal para hacer eterna nuestra vida temporal. Este hecho desconocido iba a cambiar para siempre la historia de la humanidad.

La jovencita María estudiaba y vivía cuanto en las Escrituras se refería a la venida del Mesías prometido. Anhelaba e imploraba su pronta llegada, pero nunca habría soñado ser ella la madre del Salvador. Y en esto el Ángel le anunció que Dios se había fijado en ella para hacerla madre del Mesías Salvador que pedía y esperaba.

María se quedó perpleja, pues la propuesta no cuadraba con su proyecto de vida virginal, totalmente consagrada a Dios para entregarse como servidora a plena disposición del Mesías, cuya venida ella esperada como inminente, igual que todo el pueblo sometido a la dura dominación romana.

Pero María, valiente y humilde, pidió explicaciones al Ángel, quien le había dicho que se alegrara. Ahora la tranquilizaba respecto a su virginidad, aclarando que el Dios del amor omnipotente la había elegido para ser la madre virgen del Mesías.

María aceptó y se llenó de júbilo, porque Dios añadía a su virginidad el incomparable privilegio de la virginal maternidad del Dios-con-nosotros.

Así la virginidad y la maternidad virginal ponían en marcha el proyecto de salvación a favor de su pueblo y de todos los pueblos. Ese día se concretó el amor salvífico de María por nosotros, y luego, al pie de la cruz, nos engendró con Cristo para la vida eterna.

En un mundo que ha elegido el odio y la muerte, estamos llamados a vivir en el amor y dar un sí a la vida, a imitación de María, hasta cuando nos toque entregar la existencia temporal en la espera de recibir a cambio la resurrección y la vida eterna, que es eterna fiesta navideña.

Cada cristiano, para serlo de verdad, tiene que acoger con alegría en su vida al Salvador, Cristo resucitado, para ofrecerlo a los demás, como María. Nos salvaremos ayudando a otros a conocer al único Salvador y a gozar de su salvación.

2 Samuel 7, 1-5. 8-12. 14. 16

Cuando David se estableció en su casa y el Señor le dio paz, librándolo de todos sus enemigos de alrededor, el rey dijo al profeta Natán: «Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios está en una tienda de campaña». Natán respondió al rey: «Ve a hacer todo lo que tienes pensado, porque el Señor está contigo». Pero aquella misma noche, la palabra del Señor llegó a Natán en estos términos: «Ve a decirle a mi servidor David: Así habla el Señor: ¿Eres tú el que me va a edificar una casa para que Yo la habite? Yo te saqué del campo de pastoreo, de detrás del rebaño, para que fueras el jefe de mi pueblo Israel. Estuve contigo dondequiera que fuiste y exterminé a todos tus enemigos delante de ti. Yo haré que tu nombre sea tan grande como el de los grandes de la tierra. Fijaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que tenga allí su morada. Ya no será perturbado, ni los malhechores seguirán oprimiéndolo como lo hacían antes, desde el día en que establecí Jueces sobre mi pueblo Israel. Yo te he dado paz, librándote de todos tus enemigos. Y el Señor te ha anunciado que El mismo te hará una casa. Sí, cuando hayas llegado al término de tus días y vayas a descansar con tus padres, Yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y afianzaré su realeza. Seré un padre para él, y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre».

Dios nunca se deja vencer en generosidad. David quiere “hacer un favor” a Dios, pero Dios corresponde a ese deseo de David con un inmenso favor: dar a su casa una duración eterna al nacer de su descendencia el Mesías, aunque no sea David quien edifique el templo a Dios, sino su hijo Salomón.

Por lo demás, Dios prefiere la tienda movible y no ser encerrado en un templo inamovible: quiere estar con el hombre allí donde este se encuentre, para hacerse él mismo patria del hombre.

La casa que Dios le construirá a David será al fin el templo preferido de Dios en todo el mundo: Jesús, quien se califica a sí mismo como templo: “Destruyan este templo, y en tres días yo lo reedificaré”. Jesús es la Luz del mundo y va al frente de su pueblo guiando su caminar hacia la luz eterna, plenitud de la promesa de Dios.

Jesús es el Dios-con-nosotros, templo, víctima y altar. Pero él, a su vez, tiene un templo preferido por encima de todo templo-construcción: el templo-hombre. “Si alguien me ama, lo amará mi Padre, y vendremos a morar en él”. ¡Inmensa dignidad del hombre e inaudita dignación de Dios!

Romanos 16, 25-27

Hermanos: Gloria a Dios, que tiene el poder de afianzarlos, según la Buena Noticia que yo anuncio, proclamando a Jesucristo, y revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha manifestado! Este es el misterio que, por medio de los escritos proféticos y según el designio del Dios eterno, fue dado a conocer a todas las naciones para llevarlas a la obediencia de la fe. ¡A Dios, el único sabio, por Jesucristo, sea la gloria eternamente! Amén.

Deberíamos alegrarnos y agradecer a Dios sin descanso el que nos haya concedido vivir en la época de Jesús, en quien se ha revelado y se realiza la plenitud del misterio de la salvación de Dios. Misterio oculto antes de la venida de Jesús.

A esta realidad sólo podemos y debemos corresponder con una fe viva en la presencia del Resucitado en nuestras vidas y en el mundo: “Estoy con ustedes todos los días”, y vivir en permanente alabanza, con una gratitud hecha obediencia, a imitación de la obediencia de Jesús, entregado a la liberación y salvación del hombre.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, December 11, 2005

EL PROFETA Y LOS PROFETAS


EL PROFETA Y LOS PROFETAS

Domingo 3° Adviento-B / 11-12-2005

Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él. Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz. Este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén para preguntarle: "¿Quién eres tú?" Juan lo declaró y no ocultó la verdad: "Yo no soy el Mesías." Le preguntaron: "¿Quién eres, entonces? ¿Elías?" Contestó: "No lo soy." Le dijeron: "¿Eres el Profeta?" Contestó: "No." Le preguntaron de nuevo: "¿Quién eres, entonces? Pues tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?" Juan contestó: "Yo soy, como dijo el profeta Isaías, la voz que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor." Los enviados eran del grupo de los fariseos, y le hicieron otra pregunta: "¿Por qué bautizas entonces, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?" Les contestó Juan: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia." (Jn 1,6-8. 19-28).

En tiempo de Juan Bautista estaba muy viva la esperanza de la inminente venida del Mesías Salvador. Y al aparecer Juan proclamando que el reino de Dios estaba cerca, y que era necesario convertirse para acogerlo dignamente, muchos empezaron a preguntarse si no sería Juan el Mesías esperado.

Por eso los jefes religiosos le envían una comisión para que se identifique: si es o no es el Mesías esperado. La ocasión era inmejorable para que Juan se hiciera pasar por el Mesías Rey esperado. Le bastaba decir un sí. Pero dijo un rotundo no.

Juan había asimilado muy bien su misión, según la profecía de su padre Zacarías: “Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”, y por eso ratificó con firmeza que él no era el Mesías, sino un simple mensajero encargado de prepararle el camino al Salvador. Ejemplo admirable para todo predicador, catequista, evangelizador, pastor, maestros y padres cristianos...

Juan no perdía ocasión para declarar que ya estaba en medio de ellos el verdadero Mesías que esperaban, y cuyo bautismo sería muy superior al suyo. Así se lo señaló con el dedo a sus mismos discípulos, que empezaron a irse con Jesús. El Bautista, en su gran humildad declaró: “Conviene que él crezca y yo desaparezca”. Y así sucedió: fueron disminuyendo sus discípulos, hasta quedar solo, terminando encarcelado y degollado, confirmando su fe con el martirio, que le abrió las puertas de la vida eterna, en premio de su misión cumplida.

La vocación del Bautista es la de todo cristiano: ser profetas, testigos de Cristo e indicarlo presente en el mundo, con un testimonio coherente, con la vida, palabras, actitudes y obras reflejen a Cristo por la unión viva con él, pues en eso consiste el ser cristiano.

Lo más importante en la vida de una persona no es lo que hace, sino lo que es, lo que vive y, en consecuencia, las obras que surgen de sus convicciones y motivaciones profundas, continuamente alimentas por el trato personal con Cristo resucitado y presente.

Una práctica religiosa sin convicciones sólidas y sin experiencia personal de Cristo Resucitado, es un edificio sin fundamentos que se derrumba ante el viento de la primera crisis o dificultad. Y esto puede constatarse en las comuniones, confirmaciones y celebraciones en masa, que una vez realizadas, también en masa se abandonan, sin escrúpulo alguno, los sacramentos, la oración, la Eucaristía, la formación permanente, cuyo objetivo ineludible no puede ser otro que el encuentro vivo con el Resucitado presente y con el prójimo necesitado.

Sólo estos dos protagonistas acogidos en persona pueden hacer que la vida cristiana sea cristiana de verdad.

Isaías 61, 1-2. 10-11

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor. Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios. Porque Él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas. Porque así como la tierra da sus brotes y un jardín hace germinar lo sembrado, así el Señor hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.

El pueblo sufre las consecuencias de su idolatría, pues al expulsar a Dios de la vida familiar, social y hasta de la fe religiosa, ya no hay motivos para respetar al prójimo, su dignidad y sus bienes. El hombre sin Dios, no es de fiar, pues es capaz de toda crueldad y destrucción. Y las primeras víctimas son siempre los más pobres e indefensos. Mas los agentes de la destrucción serán víctimas fatales de su propia maldad y de sus trampas.

Sin embargo, en el corazón de este panorama desolador siempre suscita Dios profetas de su misericordia, de su perdón, liberación y salvación; profetas que preparan el camino al Salvador universal, el Ungido de Dios, y lo señalan presente en el mundo.

Pero el Salvador se ha querido rodear profetas y ungidos que colaboren directamente con él en la liberación y salvación de la humanidad esclavizada por los ídolos del poder, del tener y del placer. Son los ungidos con una consagración especial y también todos los cristianos ungidos en el bautismo como profetas, sacerdotes y reyes.

La primera y máxima ungida por su propio Hijo, el Ungido de Dios, es María, que reconoce y agradece su excelsa vocación con el Magníficat, calcado sobre el cántico de Isaías: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, desbordo de alegría en el Señor, porque se ha fijado en la insignificancia de su esclava”. Todo cristiano está llamado a imitar a María, acogiendo a Cristo en su persona para darlo al mundo. Y así vivir su misma alegría y gratitud.

Tesalonicenses 5, 16-24

Hermanos: Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús. No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas. Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser --espíritu, alma y cuerpo-- hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará.

Alegría, oración y gratitud marcan la vida del verdadero cristiano, justo porque esa es la voluntad de Dios, y porque sabemos que el Salvador esperado ya ha venido, está presente y actúa la liberación y salvación de quienes a él se acogen.

La alegría, la oración y la gratitud que no aflojan en las horas difíciles y de sufrimiento, ya que esas tres expresiones de la vida cristiana no se tambalean porque no están a merced de las dificultades y sufrimientos, sino que se apoyan en la roca firme e inamovible, que es Cristo resucitado en persona, unido a la vida y persona de sus discípulos.

Alegría porque él está presente y guía hacia la victoria segura a quienes se le unen; oración, para mantener e intensificar la unión amorosa con él; y gratitud gozosa por su presencia y por sus dones, para librarnos de las idolatrías que tratan de seducirnos a cada momento y por doquier. Alegría, oración y gratitud: las tres expresiones de la santidad real.

Pablo pide cuidarnos del mal en todas sus formas, porque a veces es fácil sentirnos muy satisfechos de cosas que hacemos bien, y creernos con derecho a hacer otras cosas mal.

P. Jesús Álvarez, ssp

Thursday, December 08, 2005

LA INMACULADA, primicia de la redención


LA INMACULADA, primicia de la redención

8-12-2005

Llegó el ángel Gabriel hasta María y le dijo: - Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: - No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás. María entonces dijo al ángel: - ¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen? Contestó el ángel: - El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. (Lc. 1,28-35)

La solemnidad de la Inmaculada al principio del adviento no es pura coincidencia, sino que forma parte del misterio del adviento: por la María Inmaculada viene al mundo el Salvador. La Inmaculada es el símbolo y la primicia de la humanidad redimida y el fruto más espléndido de la venida de Cristo a nuestra tierra y de su obra redentora. María acoge y engendra a Cristo para darlo al mundo. Purísima, inmaculada, “llena de gracia” debía ser la madre del Hijo de Dios.

La Inmaculada es un dogma. La Iglesia define un dogma apoyándose en la experiencia de fe vivida durante mucho tiempo por el pueblo de Dios y lo propone como un acontecimiento profundo del amor salvador de Dios que supera la inteligencia y la capacidad expresiva del lenguaje humano. Es un sendero esplendoroso abierto a la vida, al infinito y a la eternidad gloriosa. Un don de Dios que alcanza al hombre en su ser y en sus aspiraciones más profundas e imperecederas, que sólo se podrán realizar en el “reinado de Cristo que no terminará jamás”.

¿Quién puede no desear compartir con María la transparencia, la alegría, la plenitud, la gracia de ser Inmaculada? Ella es la garantía de que un día seremos como ella, que es el modelo de la humanidad redimida, de todos los que acogen con fe y amor al fruto de su vientre, Cristo Jesús, único Salvador del mundo y de cada uno de nosotros.

María recibió la vocación y la misión de acoger en su seno al mismo Hijo de Dios y de entregarlo a los hombres para su salvación. Y la verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla en esta vocación y misión: acoger en nuestro corazón y en nuestras vidas a Cristo, por obra del Espíritu Santo, para darlo a los otros con el ejemplo, la oración, las obras, el sufrimiento ofrecido, la palabra, la alegría, el amor, la fe y la esperanza.

En la Comunión eucarística recibimos al mismo Jesús que María acogió en la Anunciación. Y si lo acogemos con fe, amor y pureza de corazón, lo daremos sin duda a los otros, aunque no nos demos cuenta. Y Dios producirá frutos de salvación para los otros y para nosotros, porque “quien está unido a mí, produce mucho fruto”, nos asegura el mismo Jesús. María fue la criatura más unida a Cristo, y por eso la que más fruto de salvación produjo para la humanidad: Jesús es “el fruto bendito de su vientre”.

María Inmaculada es el signo de la meta a que Dios nos llama: vencer el pecado, el mal y la muerte, que por Cristo se hace puerta de la resurrección y de la gloria. El mal, el pecado existen en nuestro corazón y a nuestro alrededor, en la familia, en la Iglesia y en la sociedad: la injusticia, la violencia, las violaciones, la corrupción, el holocausto de inocentes no nacidos y nacidos, la indiferencia, el placer egoísta a costa del sufrimiento ajeno, el divorcio, el odio, la guerra, el dominio despótico sobre los más débiles...

Pero el mal y el pecado se vencen sólo “a golpes” de bien, en unión con Cristo y con María Inmaculada, que tienen en su mano la victoria sobre el pecado, sobre el mal y sobre la misma muerte. La presencia de Jesús victorioso, formado también en nosotros por el Espíritu Santo, y la presencia maternal de María en nuestras vidas, las tenemos garantizadas por la misma palabra infalible de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

El mensaje de esta fiesta es el anuncio de que la humanidad va a ser sanada de raíz. Esta es la promesa que esperamos.


Gn 3, 9-15. 20

Después que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» «Oí tus pasos por el jardín», respondió él, «y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí». Él replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?». El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí». Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón». El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.

El escritor sagrado hace un relato imaginativo, poético-mítico, para explicar al pueblo la ineludible realidad y misterio del bien y del mal. Pero no por ser imaginativo y poético es falso o mentiroso dicho relato, como no son mentiras las parábolas del Evangelio.

El pecado original no fue comer una manzana (esta es sólo un símbolo), sino pretender ser como Dios prescindiendo de Dios y haciendo caso al enemigo de Dios. Y ese sigue siendo el pecado del hombre en todos los tiempos, seducido por las serpientes del orgullo, del poder, del dinero y del placer, que perturban las relaciones entre Dios, el hombre y la mujer

Al verse culpable, el hombre echa la culpa a la mujer, y la mujer culpa a la serpiente. Y la escena se repite a diario a través de la historia: echar la culpa al otro para evadir la propia responsabilidad. Pero sólo reconociendo la propia culpa y detestándola ante Dios, podremos recuperar la paz y podremos volver a mirar sin miedo a Dios y vivir en amistad con él.

Dios maldice a la serpiente, pero no maldice al hombre y a la mujer, aunque deban soportar el dolor y el duro trabajo para sobrevivir. El hombre es responsable del pecado por idolatrar los bienes de Dios y rechazar al Creador de esos bienes.

Pero el pecador es capaz de luchar contra el pecado y sus consecuencias, volviendo a Dios y uniéndose a Jesús y a María en la lucha victoriosa contra el mal, el pecado y la muerte.

Ef 1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En Él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano --según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-- a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.

A partir del pecado original, Dios traza su proyecto de salvación para la humanidad, para hacer al hombre hijo suyo en su Hijo, que se hace Hijo de María, para que el hombre sea heredero de todos los bienes de su reino, de la misma vida de Dios y de su gloria.

El destino del hombre es dar gloria y alabanza a Dios, y no porque Dios necesite la gloria y alabanza del hombre, sino que el hombre encuentra su plena realización y su total felicidad al reconocer, agradecer y alabar a Dios, como al ignorar a Dios o rechazarlo termina hundiéndose en su propia infelicidad, alejado de Dios Padre y de los hombres sus hermanos.

La fuente y el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad eterna, es la santidad. Pero se debe entender y experimentar en qué consiste esta santidad: simplemente en vivir unidos a Cristo resucitado presente. San Pablo lo comprendió y experimentó a la perfección: “Para mí la vida es Cristo”; “No soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí”. Jesús lo expresó así: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, y se entiende: fruto de santidad y salvación. Podríamos decir que santidad es sinónimo de felicidad plena.Por eso sólo en Cristo y por María podemos cifrar nuestra esperanza de santidad, felicidad, liberación y salvación. Que no busquemos otros salvadores engañadores.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, December 04, 2005

CAMINO de CONVERSIÓN

CAMINO de CONVERSIÓN

Domingo 2º adviento - b / 4-12-2005

Este es el comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías estaba escrito: “Mira, te voy a enviar a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Escuchen ese grito en el desierto: ¡Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos!” Así empezó Juan Bautista a bautizar en el desierto. Allí predicaba el bautismo e invitaba a la conversión para alcanzar el perdón de los pecados. Toda la provincia de la Judea y el pueblo de Jerusalén acudían a Juan para confesar sus pecados y ser bautizados por él en el río Jordán. Juan llevaba un manto de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Proclamaba este mensaje: - Detrás de mí viene uno con mayor poder que yo, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias arrodillado a sus pies. (Mc 1, 1-8).

La Buena Noticia de la venida de Jesús no es fruto de la historia o de la ciencia humana, sino don directo, espléndido y sorprendente de Dios. La buena y alegre noticia es la venida y la presencia real del mismo Hijo de Dios en el mundo, a quien Juan Bautista anunciaba como mayor que él, y ante quien no se sentía digno siquiera de desatarle las correas de sus sandalias.

El hecho de que Jesús, el Hijo de Dios, haya venido al mundo y sea Dios-con-nosotros, es evangelio; o sea, buena noticia, porque tomó nuestra carne para salvarnos desde nuestra carne y hacernos con él hijos de Dios, con derecho a su misma vida y gloria eterna.

Hoy la Buena Noticia para nosotros no es sólo la venida y nacimiento histórico de Cristo hace más de dos mil años, sino su presencia salvadora, real, gozosa y eficaz entre nosotros y en el mundo, como conductor, centro y rey de la historia, Cabeza de la Iglesia, que él va guiando de manera misteriosa, pero real y segura, hasta que haya un solo rebaño y un solo Pastor. A él hay prepararle los caminos de la vida enderezando conductas extraviadas, de espaldas a Dios y al prójimo, y ayudando a otros, con el ejemplo, a hacer los mismo.

Preparar el camino al Señor exige dejar todo lo que margina a Dios y al prójimo en nuestra vida diaria: la mentira, la indiferencia, la envidia, el rencor, la venganza, la cobardía, la incomprensión, la hipocresía, la ira, la idolatría…

Y enderezar sus caminos es echar mano de todo lo que nos vuelve a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos: el amor, la conversión, el perdón, el diálogo, la ayuda, la paz, el respeto, la alegría de vivir, la gratitud a Dios y a los demás, la oración sincera, la honradez, el trabajo con calidad y optimismo, el sufrimiento ofrecido…, y echar mano de Cristo mismo, a quien el Padre nos lo da como el máximo don, y se hace realmente nuestro, de modo especial en la Biblia, en la Eucaristía y en el prójimo.

Juan predicaba el bautismo y la conversión a la vez; y no sólo el bautismo como rito externo. Los sacramentos sólo tienen valor de salvación cuando en ellos y desde ellos - que son acontecimientos de salvación - mejoramos continuamente la relación de amor con Dios y con el prójimo. Los sacramentos bien recibidos nos abren para que el Espíritu Santo nos bautice por dentro con el fuego del amor, que se experimenta y cultiva con obras concretas.

Es necesario romper con las esclavitudes propias y ajenas que se hacen pasar por libertad: cambiar los gestos de amor fingido, por amor verdadero; dejar las falsas alegrías y las diversiones frívolas prefabricadas, a fin de alcanzar la alegría del corazón y de la vida, para contagiarla a los demás, que tanto la necesitan. Abandonar los ídolos que nos devoran y cambiar las falsas imágenes de Dios por el Dios Persona presente, Dios Amor, Dios Misericordia, Dios Vida, Dios Paz y Dios Alegría.

La fuente de la verdadera alegría brota allí donde la persona se encuentra con Dios y con el prójimo en el amor.

Isaías 40, 1-5. 9-11

¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo! -dice su Dios-. Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados. Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras, los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor. Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: «¡Aquí está tu Dios!» Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.

El pueblo de Israel está desterrado y humillado, al borde de la desesperación, dejado de la mano de Dios porque él mismo ha rehusado tender la mano a Dios y asirse a ella.

Pero el Señor colma el abismo que el pueblo ha cavado frente a él con sus pecados: le prepara el retorno a la tierra prometida, lo consuela con ternura infinita, lo toma de la mano ya sin fuerzas para alzarse, y se pone en marcha con él hacia la libertad.

La misericordia y ternura de Dios están inseparablemente unidas a su omnipotencia. Él levanta su brazo poderoso contra los opresores y toma en brazos a su pueblo herido, como el Buen Pastor lleva en brazos la oveja herida.

En el N. T. la misericordia y la ternura de Dios se han personificado en Cristo Jesús, que se ha hecho Dios-con-nosotros de todos los días, y se nos da realmente en la Eucaristía, en su Palabra, en la Iglesia, en el prójimo, en el sufrimiento y en la alegría. Creámosle y vivamos correspondiendo a su promesa infalible: “Yo estoy con ustedes todos los días”.

Jesús es el máximo don permanente del Padre: ¿qué hacemos con él? Está en persona con nosotros, para librarnos del pecado, del sufrimiento y de la muerte. Nos tiende ambas manos: no rehusemos tomarlas, creyendo que otras manos pueden hacer más por nosotros.

Pedro 3, 8-14

Queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. Sin embargo, el Día del Señor llegará como un ladrón, y ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente; los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida. Ya que todas las cosas se desintegrarán de esa manera, ¡qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes, esperando y acelerando la venida del Día del Señor! Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán fundidos por el fuego. Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia. Por eso, queridos hermanos, mientras esperan esto, procuren vivir de tal manera que Él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche.

Los ancianos suelen decir: ¡Qué rápido pasó el tiempo! Mas para Dios el tiempo se hace eterno y la eternidad entra en el tiempo. Por eso tiene con nosotros una paciencia infinita, y en su ternura espera siempre que nos volvamos a él para poder salvarnos. Pero no olvidemos que nuestro tiempo no es eterno: decidámonos ya de una vez y de todo corazón por Dios.

Porque todo lo que nos fascina y nos distrae de él, será desintegrado y consumido por el fuego para dar lugar a una tierra nueva y a un cielo nuevo, lo cual sucederá ya de alguna manera el día en que de improviso Dios nos llame.

Lo decisivo es que apoyemos nuestra vida y pongamos nuestro corazón en bienes que no serán desintegrados ni consumidos: las obras buenas, el amor a Dios y al prójimo.
P. Jesús Álvarez, ssp