Sunday, June 28, 2009

FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN



FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN



Domingo 13º del tiempo ordinario-B / 28-06-2009.



En aquel tiempo Jesús atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies suplicándole: “Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo”. Jesús se fue con Jairo; caminaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. De pronto llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: “Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro? Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: “No temas, solamente ten fe”. Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. Jesús entró y les dijo: “¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida”. Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. Tomándola de la mano, dijo a la niña: “Talitá, kum”, que quiere decir: “Niña, yo te lo mando, ¡levántate!.” La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. Pero Jesús les pidió insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña. Marcos 5,21-43.

Jesús se conmueve ante la muerte que acaba de segar la vida a una niña de doce años, y la devuelve viva a sus padres, pidiéndoles que le den de comer, para que vean que realmente ha vuelto a la vida.

Pero ¿qué es la resurrección de una sola niña, frente a millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos que mueren o son eliminados cada día sin compasión alguna? Mas Jesús resucita a esa niña para darnos a entender que él tiene poder para resucitar a los muertos, gracias a su dominio absoluto sobre la muerte, y que son multitud inmensa los que él resucita cada día para la vida eterna.

La resurrección de la hija de Jairo, igual que la de Lázaro y del hijo de la viuda de Naín, y sobre todo la resurrección de Jesús, demuestran que la muerte no es el final de vida humana, sino el principio de la vida sin final; que el Resucitado tiene poder sobre la muerte; que Dios nos ha creado inmortales; que la muerte del cuerpo no es la muerte de la persona, sino que, al despojarse ésta del cuerpo corruptible, atraviesa la muerte y Cristo la llama: “¡Levántate!”, para darle un cuerpo glorioso como el suyo. De la semilla que se pudre surge una planta nueva.

San Pablo asegura que Jesús “transformará nuestro pobre cuerpo mortal y lo hará semejante a su cuerpo glorioso” (Filipenses 3, 21), “Lo que es corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de inmortalidad” (1 Corintios 15, 53). La muerte, por lo tanto, no es una desgracia, sino la ardua puerta de la máxima gracia y máxima felicidad: la resurrección y la gloria eterna.

El mismo Apóstol nos legó su convicción de fe: “Para mí es con mucho lo mejor el morirme para estar con Cristo”; “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”; “Pongan su corazón en los bienes del cielo, donde está Cristo”.

No podemos, pues, pensar nunca en la muerte sin pensar a la vez, y sobre todo, en la resurrección; de lo contrario viviremos como esclavos del temor a la muerte, en lugar de vivir en la alegría pascual del esfuerzo por conquistar la resurrección a través de la muerte, decidiéndonos a pasar por la vida haciendo el bien en unión con Cristo.

La fe verdadera no se rinde ante el poder de la muerte. ¿De qué nos valdría la fe si no nos llevara a la vida eternamente feliz, más allá de la muerte? Si no se cree en la resurrección, la fe resulta un engaño y la predicación un fracaso total.

Creámosle a nuestro Salvador: "Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá". Y vivamos en feliz coherencia con esa fe.

Sabiduria 1, 13-15; 2, 23-243

Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él, tienen que padecerla.

El misterio del sufrimiento y de la muerte sólo se nos desvelará en la eternidad. Pero, entretanto, Dios mismo nos confirma con su palabra infalible que él no es autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el autor de la vida y de la felicidad. El misterio de la omnipotencia de su amor consiste en que él cambia el sufrimiento en insuperable deleite eterno y la muerte en resurrección y vida sin fin.

Por tanto, es injusto, si no blasfemo, atribuir a Dios el sufrimiento y la muerte. En contra de las muchas apariencias, la muerte no tiene dominio sobre la creación ni sobre el hombre, sino que el poder absoluto lo tiene Cristo resucitado, Rey del universo y de la historia, quien domina también sobre la muerte.

Pero queda en pie la tremenda posibilidad de la “muerte segunda” para quienes secundan las fuerzas del mal y de la muerte, con lo cual se autoexcluyen de la felicidad y deleites eternos por haber pretendido construir su cielo en la tierra costa de hacerles el infierno a sus hermanos.

Hay que “entrar por la puerta estrecha que conduce a la gloria” y ayudar a otros entrar, porque “muchos toman el camino ancho que lleva a la perdición”.

2 Corintios 8, 7. 9. 13-15

Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad. Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: "El que había recogido mucho, no tuvo de sobra, y el que había recogido poco, no sufrió escasez".

La sabiduría, la fe y el amor deben expresarse en la generosidad concreta con los necesitados. Si por la fe nos sentimos hermanos del pobre, por ser él hijo de Dios como nosotros, no le cerraremos el corazón ni la mano. Además, si somos conscientes de que todo lo hemos recibido de Dios, seremos generosos en compartir con el necesitado, como gratitud a Dios y motivo para que él nos dé, conserve y aumente sus dones. Quien no da de lo recibido, no merece recibir.

La limosna tiene sentido teologal y salvífico: el donante alcanza al mismo Cristo con su limosna: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”, y contribuye a la propia salvación: “La limosna cubre multitud de pecados”. Además suscita en el destinatario la alabanza a Dios, pues intuye que el donante le ayuda por creer en Dios y por considerarlo hermano en el mismo Padre Dios.

Estas motivaciones deben ser el móvil de toda acción solidaria, limosnas y colectas, a fin de promover la generosidad y evitar la mezquindad de “soltar” la moneda más chiquita o dar sólo de lo superfluo, de lo que sobra.

Quien se cree favorecido por Dios, será capaz de dar hasta que le duela, a imitación del Pobre de Nazaret, que siendo rico se entregó a sí mismo hasta la dolorosa pobreza extrema de Belén y del Calvario, y con su pobreza nos ganó las inmensas riquezas eternas.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 21, 2009

LA VICTORIA DE LA FE


LA VICTORIA DE LA FE



Domingo 12º del tiempo ordinario – 21-06-2009.



Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, lo llevaron en la barca en que estaba; otras barcas lo acompañaban. De pronto se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús, entretanto, dormía en la popa sobre un cojín. Y lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó y se puso en pie encarando al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cálmate!” El viento se apaciguó y siguió una gran calma. Después les dijo: “¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe?” Pero ellos estaban muy asustados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4, 35-40).

El texto nos sugiere que tomemos conciencia de nuestra pequeñez e impotencia frente a los desastres naturales: sismos, tormentas, inundaciones, volcanes...; y ante los desastres humanos: odio, guerras, injusticias, corrupción, abuso de poder, hambre, terrorismo, aborto, alcohol, droga, sida, pandemias violencia sexual, pedofilia, mortandad infantil…

Todo un mar oscuro y huracanado, donde parecemos todos destinados a hundirnos sin remedio, y junto con nosotros la pobre barquilla de la Iglesia, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que, a pesar de todo, luchan por un mundo mejor, donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y la solidaridad, la dignidad humana y la alegría de vivir, y con la paradójica alegría de morir para resucitar.

A veces nuestro Salvador parece dormido, ausente, indiferente..., cuando sólo él puede salvarnos en medio de esa horrible tormenta. Jesús parecía dormir indiferente ante la angustia de los discípulos que esperaban lo peor: ser tragados por las olas. Y también el Padre parecía dormido ante los sufrimientos de su Hijo, cuando las fuerzas del mal se ensañaron contra él hasta asesinarlo. El mismo Jesús llegó a quejarse: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Pero la victoria del mal fue, es y será sólo temporal y aparente: el Padre le respondió a Jesús dándole la razón al devolverle la vida mediante la resurrección, que es la victoria total sobre las fuerzas del mal y sobre la muerte. Victoria total de Jesús y sus seguidores, y de todos los que, aunque no lo conozcan, lo imitan pasando por la vida haciendo el bien.

Vivir en medio de este mar tempestuoso exige valentía, fe, amor, esperanza, y optimismo indomable. Exige confiar ciegamente en la palabra infalible de Jesús: “No teman; yo he vencido el mal”. “No teman: yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Sólo unidos a Cristo superamos las cobardías.

Es necesario el trato asiduo con Cristo resucitado presente, pues sólo él da sentido victorioso y pascual al sufrimiento, a las contradicciones y a la misma muerte. Sólo en la unión con él puede experimentarse su presencia amorosa y victoriosa, reconocer y apoyar su acción misteriosa como guía invencible de la Iglesia, de la humanidad y de la creación hacia su destino glorioso a través del calvario de las tormentas, con destino de resurrección y gloria eterna.

El naufragio total y definitivo sucedería si no vivimos la vida desde la fe en Jesús presente; si vamos tras otros salvadores en quienes ponemos más confianza que en él. “Quien se resiste a creer, ya se ha condenado a sí mismo”, nos advierte.

Es inútil, pues, perder el tiempo lamentado las crisis religiosas, las tragedias humanas, morales... Lo que procede es encender la luz de la fe, del amor y de las buenas obras frente a la oscuridad del mal, en lugar de quejarse.

No tenerlo en cuenta a Cristo, el único que puede salvarnos, o considerarlo responsable de la tormenta, sería una fatal necedad.

Job 38, 13-11.

El Señor habló a Job desde la tempestad, diciendo: “¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del vientre materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones? Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, y le dije: Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Job, a sentirse atenazado por una desgracia tan injusta e irremediable, llama a juicio al mismo Dios para demostrarle su inocencia y declarar al Señor responsable de tan indecible sufrimiento. Sus amigos esperan que Dios castigue a Job por tal atrevimiento frente al Omnipotente.

Pero Dios acepta compasivo el desafío de Job y le habla en directo desde la tormenta, y no para darle una lección teórica sobre el sufrimiento, ni para añadir un castigo a su dolor, sino para que asuma la limitación humana condicionada por el misterio del sufrimiento; misterio inalcanzable para el entendimiento humano, pero que Dios aprovecha en su plan amoroso para bien y salvación del hombre.

Como son inabarcables para nuestra inteligencia las fuerzas, los misterios y maravillas de la creación, obra de la sabiduría y poder infinito del Creador, y que están bajo su total control, así es el misterio del sufrimiento, que en los planes de Dios tiene como destino la felicidad y la gloria eternas. Además de servir a la purificación y perfeccionamiento de la imagen de Dios en el hombre, a semejanza de su Hijo, el cual, “por el sufrimiento aprendió lo que significa obedecer” al Padre, quien, en premio del sufrimiento, lo llevó a la resurrección y la gloria.

Así alcanza su misterioso destino el sufrimiento más injusto, pero del cual no es justo culpar a Dios, pues él no es el autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el “transformador” del sufrimiento y de la muerte en felicidad y gloria eterna.

Corintios 5, 14- 17.

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.


Si uno solo, Cristo, ha muerto y resucitado por todos, significa que todos morimos con él a todo lo que nos puede cerrar las puertas de la resurrección y de la vida eterna. Y si él ha muerto por amor nuestro, debemos corresponderle con amor, no viviendo ya para nosotros mismos, sino para él, que murió y resucitó por nosotros, a fin de que nosotros podamos morir como él y resucitar con él.

Gracias a su muerte y resurrección, Cristo comparte nuestro destino: la muerte temporal; y nosotros compartimos el suyo: la vida eterna. La muerte de Jesús es un gran don, porque nos merece la vida; y nuestra muerte es una ofrenda agradable a Dios, que él transformará en el don de un cuerpo glorioso como el de Cristo resucitado.

Debemos vivir gozosamente conscientes de nuestra pertenencia a Cristo, que nos ha ganado para él con su muerte y resurrección. Nuestra persona se integra en el orden divino de la Persona de Cristo: nos hace miembros suyos, criaturas nuevas que ya no podemos pensar ni vivir ni valorar a nadie ni nada sólo de tejas abajo. Y además decidir integrarnos en su obra redentora: “Si Cristo dio la vida por nosotros, también nosotros debemos darla por nuestros hermanos”.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 14, 2009

EUCARISTÍA: OFRENDA, BANQUETE Y COMUNIÓN





EUCARISTÍA: OFRENDA, BANQUETE Y COMUNIÓN




Cuerpo y Sangre de Cristo - B / 14 junio 2009.




El primer día de los ázimos (pan sin levadura que se come en la pascua judía), cuando se sacrificaba el cordero pascual, mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: Tomen; esto es mi cuerpo. Tomó luego una copa y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por todos. En verdad les digo que no volveré a probar el producto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. (Marcos 14, 12-26).

La Última Cena fue la primera Eucaristía o Misa. Jesús estaba para regresar a la Casa del Padre atravesando el umbral de la muerte hacia la resurrección y la ascensión. Pero el inmenso amor a los suyos le llevó a buscar una forma milagrosa de quedarse con ellos para siempre: la Eucaristía, para cumplir su promesa:
“No teman. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré paz y descanso”.

La Eucarística es el centro donde se actualiza y del cual se irradia para la humanidad, de forma continua y universal, la fuerza santificadora y salvadora de la encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo.

En la celebración de la Eucaristía los bautizados ejercen el sacerdocio bautismal que Cristo les confirió en el bautismo; sacerdocio que consiste sobre todo en ofrecerse junto con él como ofrendas agradables al Padre, con lo cual comparten, unidos a él, la salvación de la humanidad y de toda la creación.

En la comunión eucarística se realiza la máxima unión entre la persona de Jesús y nosotros; como el alimento: “Tomen y coman”. “Tomen y beban”. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. "Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él". Quien comulga con fe y amor, puede decir con san Pablo: “Ya no soy el que vive; es Cristo quien vive en mí”.

La comunión, que es unión real con Cristo, requiere y produce la comunión fraterna con el prójimo, empezando por casa. Aunque coma la hostia consagrada, no recibe a Cristo ni comulga con él quien alimenta rencores, desprecios, explotación, violencia o indiferencia hacia el prójimo, con quien Cristo mismo se identifica: “Todo lo que hagan a uno de éstos, a mí me lo hacen”. "Si falta la fraternidad, sobra la Eucaristía". Si los ojos de la fe y del corazón perciben a Cristo en la Eucaristía, también lo percibirán presente en el prójimo.

Quienes van a Misa y reciben el Cuerpo de Cristo sólo por costumbre, por rutina, tengan en cuenta la advertencia de San Pablo: “Quien come el Cuerpo de Cristo a la ligera, se come y traga su propia condenación”. Decir que se cree en Jesús, y luego llevar una vida contraria a la suya, es no creer en él, sino estar en contra de él. “Quien no está conmigo, está contra mí”.

Hay una realidad preocupante: Jesús mandó a los discípulos que dieran de comer a todos. Por eso instituyó la Eucaristía para todos los hijos de Dios, hermanos suyos… "Cuerpo entregado y sangre derramada por ustedes y por todos los hombres". La Iglesia posee el tesoro sublime y único de la Eucaristía, pero sólo tiene acceso a ella un tres por ciento de los bautizados. ¿Puede limitarse a ese minúsculo grupo la voluntad del Salvador presente en la Eucaristía para todos?

¿Por dónde tienen que ir los pasos y la creatividad de la Iglesia para que se distribuya el Pan de la Salvación a sus destinatarios, los hijos de Dios, que en gran número mueren de anemia espiritual y existencial? Es urgente una gran renovación de la catequesis y experiencia eucarística, que produzca una amplia conversión a Cristo Eucarístico, centro de la vida del cristiano, de la Iglesia y del mundo. Todos los hijos de Dios están invitados al banquete y fiesta de la Eucaristía.




P. Jesús Álvarez, ssp.









EL SACRAMENTO DEL AMOR

En la Eucaristía, “fuente y plenitud” de la vida cristiana, Cristo realiza, revive y comparte con nosotros la misión redentora llevada a cabo durante su vida terrena a favor de la humanidad y de cada uno de nosotros. La palabra “sacrificio” aplicada a la Eucaristía, no significa sufrimiento, sino ofrenda sagrada, que hace sagrado y salvífico el sufrimiento pasado de Cristo y el nuestro actual.

La Eucaristía es la obra máxima de apostolado salvador, pues en ella Cristo y nosotros extendemos a todos los hombres la obra de la redención: “Cuerpo ofrecido y sangre derramada por ustedes y por todos los hombres”.

En la Eucaristía debemos ofrecer nuestra vida por la salvación de nuestros hermanos y del mundo, como Cristo la ofreció por nosotros. Es la manera de recuperar la vida para la eternidad: “Quien pierda la vida por mí, la salvará”.

Reporto algunos párrafos de la Exhortación apostólica de Benedicto XVI, “El Sacramento del amor”, cuya lectura les recomiendo vivamente.

1. Sacramento del amor, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable sacramento se manifiesta “el amor más grande”, el amor que impulsa a “dar la vida por quienes se ama” (Juan 15, 13). En efecto, Jesús amó a los suyos hasta el extremo… Del mismo modo en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su cuerpo y de su sangre.

2. En el Sacramento del altar el Señor sale al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándolo en su camino. En efecto, en este sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad.

6. La Eucaristía es “misterio de la fe” por excelencia. La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía… Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su participación en la vida eclesial mediante la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos.

52. Los fieles, “instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada juntamente con el sacerdote, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unión con Dios y entre sí” (SC).

70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida, nos asegura que “quien coma de este pan, vivirá para siempre” (Juan 6, 51). Pero esta “vida eterna” se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: “El que me come, vivirá por mí” (Juan 6, 57)… Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, él nos hace partícipes de su vida divina…

La Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios. “Los exhorto… a presentar sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Éste es el culto razonable” (Romanos 12, 1).

97. La Eucaristía nos permite descubrir que Cristo muerto y resucitado se hace contemporáneo nuestro en el misterio de la Iglesia, su Cuerpo… Vayamos llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa Eucaristía, para experimentar y anunciar la promesa de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).

Sunday, June 07, 2009


DIOS ES AMOR,

VIDA, BELLEZA,

FELICIDAD EN FAMILIA.


Santísima Trinidad – B / 7 junio 2009


En aquellos días los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, dudaban. Y Jesús, acercándose, les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a vivir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Mateo 28, 16-20

Todos los santos y ángeles juntos no sabrían decirnos lo que es Dios. Pero hay una descripción que nos abre un resquicio para ver algo de Dios: Dios es vida, amor, belleza y felicidad infinita en Familia, constituida por las tres Personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas totalmente unidas, que se hacen un solo Dios.

Poco importa que no podamos comprender ni explicar el misterio de la Trinidad. Lo que sí importa es que podemos, por gracia de Dios, amar, adorar, gozar y tratar a todas y cada una de las tres divinas Personas de la Trinidad, ya en el tiempo y luego gozarlas por toda la eternidad. Ellas se abajan para habitar en nosotros como en su templo preferido.

Por amor Dios nos creó para que compartamos con él su vida, su amor, su belleza y su felicidad infinita en su y nuestra eterna Familia Trinitaria. Y el Hijo vino al mundo para librarnos del pecado que corta el camino hacia el feliz Hogar eterno.

Para eso da a los apóstoles la misión de evangelizar y guiar a todos los hombres hacia la Casa eterna, y el poder de perdonar los pecados. Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Pablo dice que “ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”; y: “Los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con los gozos que nos esperan”.

En el paraíso se gozan siempre nuevos cielos e interminables deleites, alegrías, maravillas y bellezas; y el ansia de placer se harta y se acrecienta sin fin. Mientras que fuera del paraíso, - en el infierno - se prueban siempre nuevos e insoportables sufrimientos, que tampoco tienen comparación con los de esta vida. ¡Sepamos elegir bien, haciendo lo que Jesús nos manda como condición para acceder al paraíso!

Irreparable desgracia sería ignorar o infravalorar a nuestra gloriosa Familia eterna, quedándonos fuera del Hogar, lo cual equivale al infierno, que es tormento indecible por haber perdido para siempre las personas, bienes y placeres terrenos y los eternos, a uno mismo y al propio Dios. Mientras que, al que ama a Dios, él le dará – no obstante las cruces - el ciento por uno aquí en la tierra en bienes, personas y gozos, y se los multiplicará al infinito para siempre en la Familia Trinitaria.

Más vale temer el infierno que caer en él. El infierno no se elimina por no creer en él, sino que por no creer en él se arriesga caer en él.

Jesús nos indicó bien claro cómo nos hacemos miembros de la felicísima Familia Trinitaria: “Éstos son mi madre, mi padre, mis hermanos y hermanas: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien pierda la vida por mí, la salvará”. Quien entregue la vida por amor a Cristo y al prójimo, la tiene asegurada para toda la eternidad. No hay otra alternativa.

Éxodo 34, 4b-6. 8-9

En aquellos días: Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos. El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el Nombre del Señor. El Señor pasó delante de él y exclamó: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad». Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que éste es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».

En su camino por el desierto hacia la tierra prometida, el pueblo de Israel promete hacer todo lo que manda el Señor. Pero pronto se olvida de su compromiso y vuelve la espalda a Dios, cayendo a la perversión de adorar a un ídolo como su salvador: el becerro de oro, obra de manos humanas, y por tanto muy inferior al mismo hombre.

A pesar de eso, Moisés intercede por el pueblo y Dios decide continuar teniéndolo como su heredad predilecta, y le concede su compasión, clemencia, amor, misericordia, y fidelidad, a pesar de que el pueblo no se lo merece.

Dios no nos rechaza, sino que somos nosotros quienes podemos rechazarlo sin motivo. Él respeta nuestro rechazo, pero sigue siempre ofreciéndonos su presencia fiel, amorosa y gozosa, a pesar de nuestras idolatrías.

Ante esta inaudita dignación del amor de Dios hacia nosotros, lo único correcto y justo es la adoración, el amor y la gratitud, que se transforma en súplica de perdón, sin ceder a la tentación de creer que Dios nos ha abandonado.

La omnipotencia de Dios se manifiesta principalmente en el perdón de los pecados. Su poder es infinito, como infinito es su amor. ¿Cómo no volvernos siempre a él y buscar en su amistad la herencia eterna por la que suspiramos: Dios mismo? ¿Y cómo no suplicar y ofrecer a Dios por la conversión de los pecadores, igual que hacía Moisés?

2 Corintios 13, 11-13

Hermanos: Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes. Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.

La reflexión sobre la Trinidad y la experiencia trinitaria aparecen pronto en la Iglesia. Y no se trata de una teoría, sino de un Ser vivo y esencial para el creyente.

Las tres Personas Divinas, unidas en Trinidad, no son personajes abstractos o lejanos, o un misterio absurdo, sino Personas reales que se experimentan como amor (el Padre), como gracia (el Hijo) y como unión (el Espíritu Santo). Están en relación con nosotros, y nos ayudan a vivir en perspectiva de eternidad.

Lo decisivo es creer en Dios Uno y Trino, sentirse amados por él y vivir unidos a él, en una relación personal cercana, tierna, gratificante con cada una de las tres Divinas Personas. No hay experiencia humana que pueda igualarse con ésta.

La Carta a los corintios termina con el saludo que suele repetirse al comienzo de la Eucaristía, pidiendo a la Trinidad para la asamblea los dones propios de cada Persona: el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo.

La vida física, don de la Trinidad, se puede perder en cualquier momento. Lo decisivo es ofrecerla con Cristo por la salvación del prójimo y del mundo, ya desde ahora, para que en la muerte física nos dé un cuerpo glorioso como el suyo, capaz de gozar de la Trinidad, nuestra Familia eterna.


Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 31, 2009

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


Pentecostés, 31-05-2009


Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos. (Juan. 20,19-23).

Hoy es el cumpleaños de nuestra Madre la Iglesia, que nació el día de Pentecostés por obra del Espíritu Santo, como Jesús había nacido de María.


El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es quien hizo surgir toda la creación y la conserva en vida. No es una simple paloma, figura bajo la que se apareció en el bautismo de Jesús; el día de Pentecostés se manifestó también en forma de llamas de fuego y viento fuerte.


Son muchos otros los signos que representan al Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, y nos dan una idea más apropiada de él: vida, fuego, luz, calor, agua, don, consuelo, dulce huésped, descanso, brisa, viento, gozo, aliento, fortaleza, amor, libertad, paz; y su misión es dar vida, crear, enriquecer, alentar, regar, sanar, lavar, guiar, transformar, liberar, repartir dones, salvar, resucitar…


Jesús dice a sus discípulos –los cristianos somos sus discípulos también- “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. No se trata una consigna en exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compromete a toda la comunidad, a todo cristiano, por el mero hecho de ser cristiano, nombre que significa “portador de Cristo”, “testigo de Cristo resucitado”.


Como el miedo y la cobardía “encerró” a los discípulos de Jesús, así los pastores y los fieles que no crean que Cristo resucitado está presente en medio de ellos con su Espíritu para llenarlos de paz, alegría, fortaleza y seguridad, caerán en la inutilidad y el escándalo. Jesús nos garantiza: “Estoy con ustedes todos los días”. ¡Inmensa dignación! Sólo hace falta que correspondamos a esa promesa entrañable con el gozoso esfuerzo cotidiano de “estar con él todos los días”.


Ser testigos de Jesús no consiste sólo en repetir sus palabras y su doctrina, sino en imitarlo en sus actitudes y obras, acogerlo en la vida, darlo a conocer; lo cual sólo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”. Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.


A pesar de ser débiles, pecadores y deficientes, Jesús nos encomienda su misma misión que había confiado a los apóstoles, en un mundo donde imperan las poderosas fuerzas del mal, que nos superan con mucho. Pero si nos encarga la misma misión que a los apóstoles, también pone a nuestra disposición los dones y carismas necesarios para realizarla, como lo hizo con ellos.


Jesús nos envía el Espíritu Santo y viene con él para que produzcamos mucho fruto, asegurado con promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Por eso nuestra primera y principal ocupación y preocupación tiene que ser en absoluto la de vivir unidos a Cristo resucitado presente; todo lo demás es relativo, por muy bueno que sea.


San Pablo nos asegura la meta y el premio: “El mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también sus cuerpos mortales por obra de su Espíritu que habita en ustedes”. Ése es nuestro glorioso destino.


Hechos 2, 1-11


Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran. Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración: "Pero estos ¿no son todos galileos? ¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios."

Los discípulos, unidos en torno a la Madre de Jesús, compartían el miedo y el sufrimiento, la oración confiada y la esperanza. Estaban cerrados en el Cenáculo, pero abiertos al Espíritu Santo. Por otra parte, si se hubieran dispersado, no habría sido posible el milagro extraordinario de Pentecostés. Luego el milagro se prolonga en las calles y plazas: la gente escucha y se convierte al oír a los apóstoles hablar con valentía de Cristo resucitado.


Antes de la pasión Jesús decía a sus discípulos: “En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se amen unos a otros”; y oraba por ellos: “Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea”. Vivían unidos y les creían. ¡Cuánta esterilidad y escándalo por falta de unión en el amor!


La unión en el amor de Cristo es la primera condición –y la primera palabra creíble- para la eficacia salvadora en la evangelización y en la catequesis. La unión con y en Cristo es la palabra que todo el mundo entiende.


Grupos, comunidades, catequistas, familias cristianas, clero y laicos, sólo harán creíble el Evangelio si viven esa unión en torno a Cristo resucitado, que sigue enviando su Espíritu a quienes lo desean, lo piden y lo acogen.


El cristiano –clero o laico- unido a Cristo en el Espíritu, “es imposible que no produzca frutos de salvación, como es imposible que el sol no produzca luz y calor” (S. J. Crisóstomo), puesto que lleva en sí al mismo Sol, Cristo resucitado.


1 Corintios 12, 3-7. 12-13


Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.


Parecería que san Pablo exagera al afirmar que por nosotros solos ni siquiera podemos decir: “Jesús es el Señor”. Pero no se refiere a pronunciar la frase, sino a creer amorosamente que Jesús es el Hijo de Dios, muerto y resucitado, vivo y presente entre nosotros. Esa fe no es posible sin la ayuda del Espíritu Santo.


Asimismo, sólo es posible por la acción del Espíritu Santo el que cada cual asuma con gozo, convicción y gratitud activa sus talentos para cumplir su misión en el mundo, en la Iglesia, en la familia, en el grupo o comunidad, como valiosa aportación a la obra de la liberación y salvación encabezada por Cristo en el Espíritu, para “hacer un solo rebaño bajo un solo Pastor”.


Supliquemos los dones del Espíritu, como hicieron los apóstoles en intensa oración unidos con María, la Madre de Jesús y nuestra, Madre y Reina de los Apóstoles.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 24, 2009

TODOS LLAMADOS A EVANGELIZAR


TODOS LLAMADOS A EVANGELIZAR



Ascensión del Señor B / 24 mayo 2009



En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba su mensaje con los milagros que lo acompañaban. (Marcos. 16,15-20).

Las Ascensión nos atestigua que Jesús ha vencido todo lo que amenaza la vida humana: el dolor, el odio, la guerra, la muerte, que no son la palabra definitiva sobre el hombre. Esos males desaparecerán totalmente, con la resurrección, para quien pasa por la vida haciendo el bien, a imitación de Cristo.

“Subir al cielo” equivale al éxito total y final de la existencia; éxito que nos mereció Jesús con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección; éxito que equivale a un salto inaudito en calidad de vida para mejor.

En el testamento de Jesús el día de la Ascensión, nos dejó una consigna inaplazable para todos sus discípulos de ayer, de hoy y de siempre: compartir, en unión con Él, su misión de evangelizar a todas las gentes, mediante la oración, el sufrimiento ofrecido, el ejemplo, la palabra, la acción y con todos los medios a nuestro alcance. Evangelizar a “todas las gentes” empieza por nosotros mismos, por el hogar, el trabajo, el centro de estudios, la política...

Alcanzamos a todo el mundo de manera especial con la celebración eucarística, que hace posible compartir con Cristo su acción salvadora universal: “Sangre ofrecida por todos los hombres”. Él nos garantiza: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, aunque no sepamos dónde, ni cómo, ni cuándo ni a quién llega la acción salvífica que Cristo realiza con nosotros y mediante nosotros.

Por otra parte, estaba reservada a nuestros tiempos, a nosotros, la extraordinaria posibilidad de realizar al pie de la letra el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio", pues a través de los medios de comunicación social (cuya Jornada Mundial celebramos hoy) es posible llevar la Palabra salvadora de Dios a los rincones más remotos y oscuros del mundo.

Esos medios, que la Iglesia llama “admirables”, maravillosos, ofrecen a Cristo y a su mensaje nuevos púlpitos y templos, nuevos areópagos; nuevas y rapidísimas autopistas de luz para la Luz del mundo, para sus pies de luz, que por ellas avanzan a la velocidad de la luz hacia todo el orbe.

Y Juan Pablo II decía a los obispos de todo el mundo en Río de Janeiro: “Una de vuestras prioridades debe ser incrementar la presencia de la Iglesia y su mensaje en los medios de masas”. Y él ha dado ejemplo de lo que pedía.

Jesús no se encarnó, trabajó, predicó, sufrió, murió y resucitó sólo para transmitirnos una doctrina o una moral, sino ante todo para enseñarnos una forma de vivir, de amar, de obrar y de morir, y para acompañarnos todos los días de nuestra vida en camino a la Casa de nuestro Padre y nuestro Padre.

Esa es nuestra esperanza infalible fundada en la piedra angular y roca firme: Cristo resucitado. Esperanza de una “tierra nueva” donde reine la paz y la justicia, la verdad y la libertad, el amor, el deleite y la alegría siempre nueva y sin fin; y de un “cielo nuevo” donde no habrá más llanto ni dolor.



P. Jesús Álvarez, ssp.



Mensaje del Papa para la XLIII Jornada Mundial de las comunicaciones sociales 2009.



Mensaje para la 43 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales


Nuevas tecnologías digitales, generación digital, ciberespacio, cultura del respeto, del diálogo, de la amistad, de la comunicación interpersonal y mundial, son realidades que nos estimulan y entusiasman a los apóstoles de la comunicación, y a todos los cristianos.



24 de mayo de 2009.



Queridos hermanos y hermanas:

Ante la proximidad de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, me es grato dirigirme a ustedes para exponerles algunas de mis reflexiones sobre el tema elegido este año: Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura de respeto, de diálogo y amistad. En efecto, las nuevas tecnologías digitales están provocando hondas transformaciones en los modelos de comunicación y en las relaciones humanas.

Estos cambios resaltan más aún entre los jóvenes que han crecido en estrecho contacto con estas nuevas técnicas de comunicación y que, por tanto, se sienten a gusto en el mundo digital, que resulta sin embargo menos familiar a muchos de nosotros, adultos, que hemos debido empezar a entenderlo y apreciar las oportunidades que ofrece para la comunicación.

En el mensaje de este año, pienso particularmente en quienes forman parte de la llamada generación digital. Quisiera compartir con ellos algunas ideas sobre el extraordinario potencial de las nuevas tecnologías, cuando se usan para favorecer la comprensión y la solidaridad humana. Estas tecnologías son un verdadero don para la humanidad y por ello debemos hacer que sus ventajas se pongan al servicio de todos los seres humanos y de todas las comunidades, sobre todo de los más necesitados y vulnerables.

El fácil acceso a celulares y computadoras, unido a la dimensión global y a la presencia capilar de Internet, han multiplicado los medios para enviar instantáneamente palabras e imágenes a grandes distancias y hasta los lugares más remotos del mundo. Esta posibilidad era impensable para las precedentes generaciones. Los jóvenes especialmente se han dado cuenta del enorme potencial de los nuevos medios para facilitar la conexión, la comunicación y la comprensión entre las personas y las comunidades, y los utilizan para estar en contacto con sus amigos, para encontrar nuevas amistades, para crear comunidades y redes, para buscar información y noticias, para compartir sus ideas y opiniones.

De esta nueva cultura de comunicación se derivan muchos beneficios: las familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso más fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos, y pueden así trabajar en equipo desde diversos lugares; además, la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso social.

Este anhelo de comunicación y amistad tiene su raíz en nuestra propia naturaleza humana y no puede comprenderse adecuadamente sólo como una respuesta a las innovaciones tecnológicas. A la luz del mensaje bíblico, ha de entenderse como reflejo de nuestra participación en el amor comunicativo y unificador de Dios, que quiere hacer de toda la humanidad una sola familia. Cuando sentimos la necesidad de acercarnos a otras personas, cuando deseamos conocerlas mejor y darnos a conocer, estamos respondiendo a la llamada divina, una llamada que está grabada en nuestra naturaleza de seres creados a imagen y semejanza de Dios, el Dios de la comunicación y de la comunión.

El deseo de estar en contacto y el instinto de comunicación, que parecen darse por descontados en la cultura contemporánea, son en el fondo manifestaciones modernas de la tendencia fundamental y constante del ser humano a ir más allá de sí mismo para entrar en relación con los demás. En realidad, cuando nos abrimos a los demás, realizamos una de nuestras más profundas aspiraciones y nos hacemos más plenamente humanos.

En efecto, amar es aquello para lo que hemos sido concebidos por el Creador. Naturalmente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo del verdadero amor, que es el centro de la enseñanza moral de Jesús:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas", y "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf. Marcos 12, 30-31). Con esta luz, al reflexionar sobre el significado de las nuevas tecnologías, es importante considerar no sólo su indudable capacidad de favorecer el contacto entre las personas, sino también la calidad de los contenidos que se deben poner en circulación. Deseo animar a todas las personas de buena voluntad, y que trabajan en el mundo emergente de la comunicación digital, para que se comprome-tan a promover una cultura de respeto, diálogo y amistad.

Las nuevas tecnologías han abierto también caminos para el diálogo entre personas de diversos países, culturas y religiones. El nuevo espacio digital, llamado ciberespacio, permite encontrarse y conocer los valores y tradiciones de otros. El diálogo debe estar basado en una búsqueda sincera y recíproca de la verdad, para potenciar el desarrollo en la comprensión y la tolerancia. La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias; es más bien la búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. A dichos fines se encaminan nuestras decisiones y el ejercicio de nuestra libertad, y en ellos —la verdad, el bien y la belleza— encontramos felicidad y alegría.

El concepto de amistad ha tenido un nuevo auge en el vocabulario de las redes sociales digitales que han surgido en los últimos años. Este concepto es una de las más nobles conquistas de la cultura humana. En nuestras amistades, y a través de ellas, crecemos y nos desarrollamos como seres humanos. Pero cuando el deseo de conexión virtual se convierte en obsesivo, la consecuencia es que la persona se aísla, interrumpiendo su interacción social real. Esto termina por alterar también los ritmos de reposo, de silencio y de reflexión necesarios para un sano desarrollo humano.

La amistad es un gran bien para las personas, pero se vaciaría de sentido si fuese considerado como un fin en sí mismo. Los amigos deben sostenerse y animarse mutuamente para desarrollar sus capacidades y talentos, y para poner éstos al servicio de la comunidad humana. En este contexto es alentador ver surgir nuevas redes digitales que tratan de promover la solidaridad humana, la paz y la justicia, los derechos humanos, el respeto por la vida y el bien de la creación.

Estas redes pueden facilitar formas de cooperación entre pueblos de diversos contextos geográficos y culturales, permitiéndoles profundizar en la humanidad común y en el sentido de corresponsabilidad para el bien de todos. Pero sería un grave daño para el futuro de la humanidad si los nuevos instrumentos de comunicación, que permiten compartir saber e información de modo más veloz y eficaz, no fueran accesibles a quienes ya están social y económicamente marginados, o si contribuyeran tan sólo a acrecentar la distancia que separa a los pobres de las nuevas redes que se desarrollan al servicio de la información y la socialización humana.

Quisiera concluir este mensaje dirigiéndome de manera especial a los jóvenes católicos, para exhortarlos a llevar al mundo digital el testimonio de su fe. Amigos, siéntanse comprometidos a sembrar en la cultura de este nuevo ambiente comunicativo e informativo los valores sobre los que se apoya vuestra vida. En los primeros tiempos de la Iglesia, los Apóstoles y sus discípulos llevaron la Buena Noticia de Jesús al mundo grecorromano. Así como entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también ahora el anuncio de Cristo en el mundo de las nuevas tecnologías requiere conocer éstas en profundidad para usarlas después de manera adecuada.


A ustedes, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este "continente digital". Háganse cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a sus coetáneos. Ustedes conocen sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que les pueden ofrecer es compartir con ellos la "buena noticia"
de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad.

El corazón humano anhela un mundo en el que reine el amor, donde los bienes sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la libertad encuentre su propio sentido en la verdad y donde la identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa. La fe puede dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sean sus mensajeros! El Papa está junto a ustedes con su oración y con su bendición.



Vaticano, 24 de enero 2009, Fiesta de San Francisco de Sales.


Sunday, May 17, 2009

LA FELICIDAD DE SABERSE AMADOS, AMADOS POR DIOS


LA FELICIDAD DE SABERSE AMADOS,


AMADOS POR DIOS


Domingo 6º de Pascua - B / 17-5-2009.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, así también los amo yo a ustedes: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos, si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando. Juan. 15, 9-17.


Quien tiene una idea de Dios como un ser indiferente, frío, anciano hosco, lejano allá arriba, amenazador, vengativo, no tiene la menor idea de lo que Dios es. Quien nos ha presentado al Dios verdadero es Jesús, el mismo Hijo de Dios: Dios Padre, cercano, lleno de ternura y misericordia infinita.


En Dios-Amor tienen su fuente todas las verdaderas alegrías y placeres de que es capaz la persona humana y los mismos ángeles. “Les he dicho estas cosas, para que mi alegría esté con ustedes y esa alegría sea completa”.


Esta alegría desbordante e inmensa del Dios-Amor-Alegría-Libertad-Gozo, la disfrutan quienes creen en Él como Padre amoroso y le corresponden con amor.


El mundo del lujo, del placer y del poder hacen pasar por amor cualquier cosa, incluido el egoísmo más mezquino. No sospechan lo que es amar y ser amados con el amor verdadero que sólo brota de su fuente: Dios-Padre-Amor.


El amor cristiano es el mismo amor con que el Padre ama a Cristo y con el que Cristo ama al Padre; con ese amor somos amados: “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes… Ámense unos a otros como yo los amo”.


El amor que Jesús nos tiene a nosotros y al Padre, lo llevó a realizar a la letra su enseñanza: “Nadie tiene un amor tan grande como el que da la vida por los que ama”. Ejemplos de este amor se dan día a día, pero no son tema de publicidad rentable como los gestos de amor sin amor, las palabras de amor sin amor, las relaciones de amor sin amor...


A nosotros también el Padre nos eligió para compartir con Cristo ese “amor más grande”, que se hace realidad ofreciendo cada día al Padre, con Jesús y como Jesús, el trabajo, las alegrías, los sufrimientos, la agonía y la muerte por la salvación de los hombres, y en primer lugar por nuestros familiares y personas queridas. Entregar así la vida por amor es la única manera de salvar la vida para siempre: “Quien entrega la vida por mí y por el Evangelio, la salvará; quien quiera salvar la vida (por egoísmo), la perderá”.


Este amor cristiano –imitación del amor de Cristo- nos lleva al éxito pleno de nuestra existencia terrena y es el único “pase” válido para acceder por la muerte a la resurrección y a la gloria eterna.


Amor, libertad, felicidad y sufrimiento son compañeros inseparables en esta vida terrena; pero en la eterna sólo quedarán el amor hecho libertad, felicidad y placer inmenso sin fin. Es el fruto más grande de nuestra vida, fruto eterno.


La gracia más grande después de la vida, es la de entregar la vida por amor a Dios y al prójimo, la mejor manera de salvarla para siempre. Pidamos a diario esa gracia sublime. ¡Felices quienes así lo creen, viven, piden y esperan, pues así les sucederá!


Hechos 10, 25-26. 34-36. 43-48.

Cuando Pedro entró a la casa del centurión Cornelio, éste fue a su encuentro y se postró a sus pies. Pero Pedro lo hizo levantar, diciéndole: «Levántate, porque yo no soy más que un hombre». Después Pedro agregó: «Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Todos los profetas dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre». Mientras Pedro estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra. Los fieles de origen judío que habían venido con Pedro quedaron maravillados al ver que el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. En efecto, los oían hablar diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios. Pedro dijo: «¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a los que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?» Y ordenó que fueran bautizados en el nombre del Señor Jesucristo.


La mayoría de los judíos creían que Dios era sólo para ellos. Y los apóstoles seguían con esa mentalidad cerrada, a pesar de que conocían a paganos que acogieron la salvación de Jesús: Los reyes magos, Jairo, cuya hija resucitó Jesús, los samaritanos…


Y ahora Pedro constata cómo el Espíritu Santo desciende sobre la familia del pagano Cornelio antes de ser bautizados, y cómo todos acogen la salvación de Jesús.


Dios no se limita a la Iglesia ni a los sacramentos para salvar a los hombres. Pero la Iglesia y sus sacramentos son la plenitud de la salvación, que, una vez conocidos, serán deseados por quienes crean en Cristo, como sucedió con la familia de Cornelio.


No da lo mismo una religión que otra, sino que todos los hijos de Dios son iguales ante la salvación ofrecida por Cristo, pero que muchos no conocen y no la pueden desear. Por eso él mismo ordena: “Vayan y evangelicen a todos los pueblos”, lo que equivale a: “llévenles la plenitud de la salvación”. Él mismo afirmó: “Tengo otras ovejas que no son de este corral”.


Son multitud los paganos y miembros de otras religiones que creen en Dios y “lo adoran en espíritu y en verdad”. Dios ha escrito su Palabra en sus corazones, y ellos la cumplen haciendo el bien, obrando la verdad, la justicia, la paz, la libertad, defendiendo la dignidad de la persona... Y están abiertos a la plenitud de la salvación de Cristo, si hay quiénes se la lleven por la evangelización.


1 Juan 4, 7-10.

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.


“Dios es amor”. Esa es la mejor y más breve definición de Dios. El amor es comunicación, experiencia de entrega mutua. El amor es el valor esencial de la fe cristiana. Pero nadie sabe lo que es el amor hasta que ama; y nadie puede conocer a Dios sin experiencia de amor, porque “Dios es Amor” y fuente de todo amor.


Sólo se conoce Dios mediante el “conocimiento amoroso, agradecido”, el trato filial, confiado. Este conocimiento es un don que no pueden dar los libros: hay que pedirlo y acogerlo. Los libros, la catequesis, la predicación, sólo pueden favorecer el amor, pero no darlo.


El amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo, puesto que si amamos a Dios amaremos lo que él ama. El Padre nos ama como hijos, con el mismo amor con que ama a su Hijo Jesús, al que nos entregó por amor para darnos la vida eterna. El gesto más genuino de amor es la gratitud permanente por sus inmensos beneficios. Por la gratitud amamos a Dios.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 10, 2009

LA VID Y LOS SARMIENTOS - (Publicación 200)


LA VID Y LOS SARMIENTOS


Domingo 5º Pascua - B / 10 mayo 2009


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama mía que no da fruto, la corta. Y toda rama que da fruto, la limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado; pero permanezcan en mí como yo en ustedes. Una rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece unida a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; pero sin mí, no pueden hacer nada. El que no permanece en mí, cae al suelo y se seca; como a las ramas, que las amontonan, se echan al fuego y se queman. Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán”. Juan. 15,1-8

No podemos dejar de repetir y repetirnos: cristiano es sólo quien vive unido a Cristo Resucitado presente en su vida. Sólo de él puede recibir la savia de la vida eterna, tano para sí como para otros. La rama sólo vive en la vid y de la vid.

La unión con Jesús Vida se realiza mediante el amor a él y al prójimo; y se expresa en la gratitud sincera por sus beneficios, de los cuales los máximos son la vida, la fe, el perdón, la Eucaristía, la Palabra de Dios, la resurrección y la gloria eterna, por los cuales merece todo nuestro amor eterno.

Quien vive al margen del amor, de espaldas a Dios-Amor-Vida y al prójimo, -que es imagen e hijo de Dios-, vive cortado de la Vid viva, Cristo. Y no puede menos de secarse en el suelo de la muerte, ya en este mundo, como la rama cortada de la vid, o como el arroyo cortado de su fuente. “Sin mí no pueden hacer nada”.

Vivir en Cristo, ser cristiano, es mucho más que cumplir todas las prácticas de piedad, dar o recibir catequesis, asistir a reuniones bíblicas... Todo eso es bueno si nos lleva a lo esencial: la unión efectiva y afectiva con el Resucitado y con el prójimo necesitado. Sólo unidos a Cristo Vida, podemos tener vida abundante que traduzca nuestra fe en obras y frutos de amor que vivifica y salva. Pero “si no tengo amor, nada soy”, dice san Pablo (1 Corintios 13,3)

“El Padre corta toda rama mía que no da fruto”. Seria advertencia de Jesús a sus seguidores y pastores –ramas suyas- que no produzcan frutos de salvación por falta de unión con él: dicen y no hacen, escuchan la Palabra de Dios y no la viven, comen el “Pan eucarístico” y no "comulgan" con Cristo en el prójimo necesitado. Sarmientos cortados y secos, destinados al fuego. ¡Dios nos libre de tal desgracia!

Es también una seria y amorosa advertencia para la misma institución eclesial: parroquias, comunidades, seminarios, colegios, hogares cristianos, que tal vez dedican lo mejor de sus esfuerzos y recursos a “otras cosas”, y sólo una pequeña parte a la evangelización, que es su razón de ser en la Iglesia y en el mundo. ¿Urge tal vez una poda dolorosa, un replanteamiento?

"Pero a quien produce fruto, el Padre lo limpia para que produzca más fruto". Es una respuesta al misterio del sufrimiento: El Padre acude para convertir la limpieza dolorosa en frutos abundantes de salvación y de vida eterna para nosotros y para muchos otros, unidos a la Vid, Cristo. “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. "Quien desee ser mi discípulo, tome su cruz cada día y me siga", camino de la resurrección y de la vida eterna. “Quien me come, vivirá por mí”, es la otra grande y consoladora promesa de Jesús para quienes lo reciben con fe y amor.

La vida en Cristo –vida cristiana verdadera- se fundamenta su Palabra, en la Eucaristía y en el amor al prójimo, con quien él se identifica. Y la poda del Padre da eficacia salvadora a nuestras obras, a nuestros sufrimientos, a nuestra vida, a nuestra oración: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y lo conseguirán”.


Hechos 9, 26-31.

En aquellos días, cuando Saulo llegó a Jerusalén, trató de unirse a los discípulos, pero todos le tenían desconfianza, porque no creían que también él fuera un verdadero discípulo. Entonces Bernabé, haciéndose cargo de él, lo llevó hasta donde se encontraban los Apóstoles, y les contó en qué forma Saulo había visto al Señor en el camino, cómo le había hablado, y con cuánta valentía había predicado en Damasco en el nombre de Jesús. Desde ese momento, empezó a convivir con los discípulos en Jerusalén y predicaba decididamente en el nombre del Señor. Hablaba también con los judíos de lengua griega y discutía con ellos, pero estos tramaban su muerte. Sus hermanos, al enterarse, lo condujeron a Cesarea y de allí lo enviaron a Tarso. La Iglesia, entre tanto, gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba consolidando, vivía en el temor del Señor y crecía en número, asistida por el Espíritu Santo.

Pablo llega a Jerusalén para confrontar su Evangelio con el de los Apóstoles. Pero su fama de perseguidor de la Iglesia le cierra las puertas, hasta que Bernabé les narra la conversión de Pablo y su valentía en anunciar el Evangelio.

Pablo estaba seguro de haber recibido su Evangelio de Jesús resucitado en persona; pero quiso que los mismos testigos de Jesús lo verificaran, mas ellos no le añadieron ni quitaron nada. Y se sumó sin más a los predicadores de Jerusalén.

Sorprendente: Pablo es acogido por sus antiguos enemigos –los cristianos-, pero sus antiguos amigos –los judíos– deciden matarlo, como a Esteban, cuya muerte Pablo había aprobado. Mas ahora él toma las veces de Esteban, y habría corrido la misma suerte si sus antiguos enemigos no le hubieran salvado la vida.

Suele haber pastores que ejercen un estricto control sobre las iniciativas evangelizadoras, como si hubiera que ajustarse más a sus criterios que a los del Evangelio. Es justo informar a la jerarquía sobre las iniciativas apostólicas, pero es necesario obedecer al Espíritu antes que a los jerarcas, si estos se cierran abiertamente al Espíritu cuando éste actúa con autonomía renovadora.

Los verdaderos evangelizadores no encuentran sólo la oposición de los poderes políticos, sino también, a veces, de ciertos “poderes” eclesiásticos.


Juan 3, 18-24.

Hijitos míos, no amemos con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios, aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas. Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza, y Él nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Su mandamiento es éste: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó. El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

¡Cuántas personas se atormentan rumiando sus pecados, incapaces de perdonarse y de creer en el perdón de Dios, de pedírselo y acogerlo con gratitud y voluntad de conversión!

Esa es una gran tentación, que se ha de vencer procurando la paz y la alegría, la oración y el perdón a los demás: “Perdonen y serán perdonados”; pidiendo perdón sinceramente: “Pidan y recibirán”; amando al prójimo con obras concretas: “El amor cubre multitud de pecados”; recurriendo al sacramento del perdón: “A quienes les perdonen, serán perdonados”; proponiéndose una lucha leal por salir de pecado y volverse a Dios: “Si ustedes se vuelven a mí, yo me volveré a ustedes”. “Cuanto mayor es el pecador, más derecho tiene a mi misericordia” (Señor de la Misericordia)


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 03, 2009

EL BUEN PASTOR Y LOS ASALARIADOS



EL BUEN PASTOR Y LOS ASALARIADOS


Domingo 4º de Pascua-B / El Buen Pastor / 3-5-2009.

En aquel tiempo Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. El asalariado, cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llamaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.” Juan. 10,11-18.

Jesús se declara como el Buen Pastor, modelo de todos los pastores: el Papa, los obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, agentes de pastoral, misioneros, comunicadores, profesores, padres y madres, superiores y superioras de comunidades, y todo cristiano que de alguna manera tenga influencia sobre otras personas, empezando por el hogar.

El cristiano o discípulo de Cristo, si quiere serlo de verdad, debe colaborar en la misión del Buen Pastor. Cada cual ha de saber quiénes son o pueden ser sus ovejas, por las cuales orar, sufrir, vivir y morir, como el mismo Jesús hace por cada uno de nosotros: “Como Cristo dio la vida por nosotros, así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" (Juan 3, 16). “Quien entrege su vida, la ganará; quien se la reserve, la perderá”.

Y pueden ser ovejas que incluso que no pertenecen a la Iglesia de Cristo, como Él afirma: “Tengo otras ovejas que no son de este redil”, y quiere atraerlas, también con nuestra colaboración generosa y amorosa, que alcanza su máxima eficacia en la Eucaristía.

Baste pensar en tantísimas personas de otros corrales que el Buen Pastor guía a la salvación a través de los medios de comunicación social, usados para la evangelización y el pastoreo, y para implantar reino de Dios en este mundo. Y muchos otros caminos.

En esta relación salvífica, los frutos de salvación no son resultado directo de ningún cargo, título, proyecto, obra, saber, sino de la unión efectiva y efectiva con el Buen Pastor, Cristo Jesús, como Él mismo declaró: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5). Es ésta la condición insustituible, la que más debe preocuparnos y ocuparnos, si queremos ser buenos cristianos y buenos pastores, “pescadores de hombres”, sembradores de vocaciones para pastores. Y así asegurar nuestra salvación.

Puede haber Papas, obispos, sacerdotes, misioneros, catequistas, padres, etc., cuyo objetivo principal de su vida no es la salvación del prójimo, sino lucrarse, ocupar puestos de prestigio, dominar, pasarlo bien a costa de las “ovejas”, como mezquinos mercenarios a los que no les importa el rebaño. Los peores enemigos de la Iglesia están dentro de ella. Dios nos libre de pertenecer a ese grupo de bandidos y salteadores.

Pero son multitud los que entregaron y entregan su tiempo, su trabajo, su salud, su vida por la salvación de los hombres, empezando por su familia, tanto desde altos cargos religiosos o políticos, como desde la vida sencilla de sacerdotes, religiosos-as, obreros, campesinos...

En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, recordemos que la misión de buen pastor es la vocación esencial de todos los cristianos. Conocer a Cristo y vivir unidos a él, nos asegura la eficacia salvadora de la vida, de la oración, del trabajo, del ejemplo, de la palabra, de las alegrías, como colaboración con la obra creadora y salvadora de Dios; ofreciedo, ya desde ahora, la enfermedad, la agonía y la muerte con la misma intención y actitud del Buen Pastor: “Dar la vida por las ovejas”, sabiendo que “no hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”, para recobrarla con plenitud de felicidad eterna, y poder decir con Jesús: “El Padre me ama, porque doy la vida por mis ovejas”.



Presentamos un resumen de textos relevantes del espléndido Mensaje del Papa referido a la Jornada de hoy.



MENSAJE DEL PAPA PARA LA XLVI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.

3 mayo 2009 – 4º Domingo de Pascua.

Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas.

Me es grato invitar a todo el pueblo de Dios a reflexionar sobre el tema: La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana. Resuena constantemente en la Iglesia la exhortación de Jesús a sus discípulos: «Rueguen al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mateo 9, 38). ¡Rueguen! La apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada. De hecho, la comunidad cristiana, sólo si efectivamente está animada por la oración, puede «tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina» (Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis, 26).

La vocación al sacerdocio y a la vida consagrada constituye un especial don divino, que se sitúa en el amplio proyecto de amor y de salvación que Dios tiene para cada hombre y la humanidad entera.

El divino Maestro llamó personalmente a los Apóstoles «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios» (Marcos 3,14-15); ellos, a su vez, se asociaron con otros discípulos, fieles colaboradores en el ministerio misionero. Y así, respondiendo a la llamada del Señor y dóciles a la acción del Espíritu Santo, una multitud innumerable de presbíteros y de personas consagradas, a lo largo de los siglos, se ha entregado completamente en la Iglesia al servicio del Evangelio.

Nuestro primer deber ha de ser por tanto mantener viva, con oración incesante, esa invocación de la iniciativa divina en las familias y en las parroquias, en los movimientos y en las asociaciones entregadas al apostolado, en las comunidades religiosas y en todas las estructuras de la vida diocesana.

Tenemos que rezar para que en todo el pueblo cristiano crezca la confianza en Dios, convencido de que el «dueño de la mies» no deja de pedir a algunos que entreguen libremente su existencia para colaborar más estrechamente con Él en la obra de la salvación. Y por parte de cuantos están llamados, se requiere escucha atenta y prudente discernimiento, adhesión generosa y dócil al designio divino, profundización seria en lo que es propio de la vocación sacerdotal y religiosa para corresponder a ella de manera responsable y convencida.

Contemplando el misterio eucarístico, que expresa de manera sublime el don que libremente ha hecho el Padre en la Persona del Hijo Unigénito para la salvación de los hombres, y la plena y dócil disponibilidad de Cristo hasta beber plenamente el «cáliz» de la voluntad de Dios (cf. Mateo 26, 39), comprendemos mejor cómo «la confianza en la iniciativa de Dios» modela y da valor a la «respuesta humana». En la Eucaristía, don perfecto que realiza el proyecto de amor para la redención del mundo, Jesús se inmola libremente para la salvación de la humanidad.

Los presbíteros, que precisamente en Cristo eucarístico pueden contemplar el modelo eximio de un «diálogo vocacional» entre la libre iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, están destinados a perpetuar ese misterio salvífico a lo largo de los siglos, hasta el retorno glorioso del Señor.

En la celebración eucarística es el mismo Cristo el que actúa en quienes Él ha escogido como ministros suyos; los sostiene para que su respuesta se desarrolle en una dimensión de confianza y de gratitud que despeje todos los temores, incluso cuando aparece más fuerte la experiencia de la propia flaqueza (cf. Romanos 8, 26-30), o se hace más duro el contexto de incomprensión o incluso de persecución (cf. Romanos 8, 35-39).

El convencimiento de estar salvados por el amor de Cristo, que cada Santa Misa alimenta a los creyentes y especialmente a los sacerdotes, no puede dejar de suscitar en ellos un confiado abandono en Cristo que ha dado la vida por nosotros. Por tanto, creer en el Señor y aceptar su don, comporta fiarse de Él con agradecimiento, adhiriéndose a su proyecto salvífico. Si esto sucede, «la persona llamada» lo abandona todo gustosamente y acude a la escuela del divino Maestro; comienza entonces un fecundo diálogo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre el amor del Señor que llama y la libertad del hombre que le responde en el amor.

Ese engarce de amor entre la iniciativa divina y la respuesta humana se presenta también, de manera admirable, en la vocación a la vida consagrada. El Concilio Vaticano II recuerda: «Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, pobreza y obediencia tienen su fundamento en las palabras y el ejemplo del Señor. Recomendados por los Apóstoles, por los Padres de la Iglesia, los doctores y pastores, son un don de Dios, que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre» (Lumen gentium, 43). Una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona consagrada ha de mirar. Atraídos por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical.

Sin abdicar en ningún momento de la responsabilidad personal, la respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en «corresponsabilidad», en responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espíritu Santo; se convierte en comunión con quien nos hace capaces de dar fruto abundante (cf. Juan 15, 5).

Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de Dios, es el «Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret, pronunciado con humilde y decidida adhesión a los designios del Altísimo, que le fueron comunicados por un mensajero celestial (cf. Lucas 1, 38). Su «sí» inmediato le permitió convertirse en la Madre de Dios, la Madre de nuestro Salvador. María, después de aquel primer «fiat», que tantas otras veces tuvo que repetir, hasta el momento culminante de la crucifixión de Jesús, cuando «estaba junto a la cruz», como señala el evangelista Juan, siendo copartícipe del dolor atroz de su Hijo inocente. Y precisamente desde la cruz, Jesús moribundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos confiados como hijos (cf. Juan 19, 26-27), Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada.

Queridos amigos, no se desanimen ante las dificultades y las dudas; confíen en Dios y sigan fielmente a Jesús, y serán los testigos de la alegría que brota de la unión íntima con Él. A imitación de la Virgen María, a la que llaman dichosa todas las generaciones porque ha creído (cf. Lucas 1, 48), esfuércense con toda energía espiritual en llevar a cabo el proyecto salvífico del Padre celestial, cultivando en su corazón, como Ella, la capacidad de asombro y de adoración a quien tiene el poder de hacer «grandes cosas» porque su Nombre es santo (Cf. Lucas 1, 49).

Vaticano, 20 de enero de 2009.

S.S. BENEDICTO XVI.