Sunday, January 31, 2010


RECHAZO Y ESCUCHA DEL SALVADOR



Domingo 4º del tiempo ordinario-C/31-1-2010.



Jesús empezó a decir en la sinagoga: Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas palabras proféticas. Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados al escuchar esta proclamación de la gracia de Dios que salía de sus labios. Y decían: ¡Pensar que es el hijo de José! Jesús les dijo: Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaún. Y Jesús añadió: Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambre asoló todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio. Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino. (Lucas 4,21-30).

Desconcertante la reacción de los habitantes de Nazaret ante el anuncio de Jesús que declaraba ser el Mesías que ellos mismos esperaban. ¿Cómo va a ser el Mesías un pueblerino hijo de un carpintero, sin estudios ni renombre?

Si admitían a Jesús como Mesías, sus paisanos tenían que cambiar la forma de pensar y de vivir. Sin embargo, ni siquiera recapacitan ante el poder sobrenatural de Jesús, que los inmoviliza y se libera de ser despeñado, pasando ileso, seguro, tranquilo, por en medio de ellos.

Dios nos ama y pone continuamente profetas en nuestro camino a fin de que despertemos de muy posibles letargos en la fe, y cuestionemos nuestraq forma de vivir la fe, que tal vez consideramos la mejor, pero sin verificarlo. Siempre podemos ser y hacer más y mejor, al fin y al cabo para ventaja y felicidad nuestra. "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto". ¿Cómo podemos considerarnos ya perfectos?

Palabras, lecturas, gestos, conducta y necesidades de personas importantes o insignificantes, niños, jóvenes, adultos, ricos o pobres, familiares o ajenos, sacerdotes o fieles, creyentes e incluso no creyentes, pueden ser nuestros profetas de cada día, a través de los cuales Dios nos habla.

Pero escuchar a un profeta exige aceptar el esfuerzo -sufrido y feliz a la vez- de orientar mejor la vida hacia Dios y hacia el prójimo, como fuentes únicas de la felicidad que solemos buscar donde no puede encontrarse: en el dinero, en el placer, en el poder.

El mayor sufrimiento del profeta, en especial de Cristo, es ver rechazado su mensaje de liberación y salvación llevado a sus oyentes sin otro interés que el amor y el deseo del máximo bien para ellos. El rechazo a Jesús por parte de muchos judíos lo hizo llorar de pena y amargura; pero, ante ese rechazo, decidió enviar a sus mensajeros para llevar la buena noticia de la salvación fuera del pueblo judío, a todo el mundo.

Todo cristiano es mensajero y profeta por vocación, pero puede traicionarla, como dice San Juan: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Sin embargo, el cristiano verdadero acoge a Cristo en su vida real diaria, y es de aquellos de quienes dice el mismo evangelista: “A cuantos lo recibieron, les concedió ser hijos de Dios”.

Estos dejan que Dios intervenga en sus vidas pra dar eficacia salvadora a sus obras. Descubren a Cristo en el rostro y en la vida de sus semejantes, por más que éstos vivan y piensen de otra forma, y en ellos lo escuchan. Además, a su vez, se hacen profetas.

Ante el profeta Jesús, y ante sus profetas, hay sólo dos actitudes: quedar conmovidos en el alma y abrirse a ellos con fe, amor y gratitud, y cambiar de vida; o cerrarse por egoísmo y comocdidad. ¿Cuál es nuestra actitud real y profunda? Nos jugamos el éxito de esta vida y la eternidad.


Jeremias 1, 4-5.

Me llegó una palabra de Yavé: "Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones." Tú, ahora, muévete y anda a decirles todo lo que yo te mande. No temas enfrentarlos, porque yo también podría asustarte delante de ellos. Este día hago de ti una fortaleza, un pilar de hierro y una muralla de bronce frente a la nación entera: frente a los reyes de Judá y a sus ministros, frente a los sacerdotes y a los propietarios. Ellos te declararán la guerra, pero no podrán vencerte, pues yo estoy contigo para ampararte, palabra de Yavé."

Lo que Dios le dice a Jeremías en el Antiguo Testamento, lo realiza en los seguidores de Cristo. En el bautismo todos recibimos la consagración de Dios como profetas, sacerdotes y reyes. Pero es necesario valorar, agradecer, ejercer y vivir estos ministerios, que son un gran privilegio de Dios para con nosotros.

Como profetas, para comprender y ayudar a comprender la realidad, los hechos, las personas, desde la perspectiva de Dios y de la eternidad.

Como sacerdotes, para compartir con Cristo la obra de la salvación nuestra, de los nuestros y de muchos otros, sobre todo mediante la Eucaristía, la oración, el ejemplo, la palabra, el sufrimiento y las obras.

Como reyes, hijos libres del Rey supremo y universal, para vivir y actuar con la libertad de los hijos de Dios frente a los poderes y seducciones del mundo.
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Para eso fuimos formados desde el seno de nuestras madres. ¡Gran privilegio del amor de Dios Padre!


1 Corintios 12, 31. 13, 1-13.

Ustedes aspiren a los carismas más elevados; y yo quisiera mostrarles un camino que los supera a todos. Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor, sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios -el saber más elevado-; aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor, nada es. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas, sin hacerlo por amor, de nada me sirve. El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se envanece. No actúa con bajeza ni busca su propio interés; no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará. Ahora son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor.


Esta extraordinaria página de San Pablo es el necesario espejo que nos ayuda a distinguir hoy, con claridad, si vivimos o no en el verdadero amor o en el egoísmo camuflado de amor. Si estamos en el camino de la salvación o de la perdición.
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El poder, el dinero y el placer luchan sin descanso para sepultar el amor bajo las losas del egoísmo, y sobre ellas escriben en letras de oro la palabra amor, embaucando así a la gran mayoría de la humanidad, que se arrodilla, engañada, ante los altares de esos tres ídolos, dispuestos a destruir a quienes buscan en ellos la felicidad que no dan.

El amor verdadero se diferencia del falso (egoísmo) por la capacidad de renuncia sufriente a todo lo que puede hacer daño a las persona amadas, -o a uno mismo-, y por el esfuerzo costoso de hacerles el mayor bien posible. Por eso no existe amor real sin el sufrimiento real que lo sostenga y acredite.

El amor verdadero está muy lejos de reducirse a la experiencia sexual, como se esfuerzan por hacerlo creer, sobre todo a los jóvenes, quienes adoran los tres ídolos del poder, del poseer y del placer. Si éstos perdieran la lucha del amor falso por la victoria del amor verdadero, sus astronómicos negocios sucumbirían, pero la gente sería de verdad más feliz.

“¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” “Si me falta el amor, nada soy”.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 24, 2010

CRISTO JESÚS NOS HABLA HOY.


CRISTO JESÚS NOS HABLA HOY.



Domingo 3º del tiempo ordinario – C /24-01-2010.



Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido. Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas de ellos y todos lo alababan. Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

El evangelista san Lucas no había visto a Jesús en su vida terrena. Por eso se ha dedicado a investigar de persona acudiendo a quienes “han sido testigos oculares y servidores de la Palabra”: los apóstoles, discípulos, y la misma Madre de Jesús.
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San Lucas es literato, historiador y teólogo, y su Evangelio está escrito en un estilo correcto, y elegante, con gran fuerza comunicativa, que trata de conectar con la vida concreta de cada lector.

El Evangelio no es un libro que sólo trate de contar y explicar lo que pasó en tiempos de Jesús, sino que ilumina, aprueba o denuncia lo que está pasando hoy, aquí y ahora referido a mi persona y a los otros.

El Evangelio no es una lección de moral, de exégesis, de historia o de catequesis, sino que proclama cómo se realiza el designio salvador del Padre en el cristiano y en el pueblo, que han de vivir el momento presente como ocasión privilegiada de la venida del resucitado: “Estoy con ustedes todos los días”. “Hoy se cumple esta palabra que han oído”.

Por tanto, no se puede abordar la Palabra de Dios como una simple narración de lo que hizo y dijo Jesús, sino como un encuentro personal con el mismo Cristo resucitado, que nos habla a través de su Palabra, que toca nuestra vida personal y comunitaria, que él quiere vivificar con su presencia y con su Palabra, y continuar con nosotros su obra liberadora y redentora, en nuestros ambientes y en el mundo entero.

La predicación o la catequesis no pueden referirse sólo a lo que pasó, o a transmitir la doctrina cristiana, sino interpretar lo que está pasando hoy en mi vida, en la vida de la Iglesia, de la comunidad y de la sociedad, a la luz de la Palabra y de la vida de Jesús, en perspectiva de liberación, redención y glorificación eterna.

Jesús nos sugiere la actitud y la vivencia que nos integran en su misión: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”.

La Palabra de Dios está al mismo nivel de la Eucaristía: ambas son presencia viva de Cristo resucitado, que en la Escritura nos habla y en la Eucaristía nos alimenta.

¿Cuánto nos falta para vivir a fondo estas divinas realidades?


Nehemías 8, 2-4. 5-6. 8-10.


El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tarima de madera que habían hecho para esa ocasión. Abrió el libro a la vista de todo el pueblo –porque estaba más alto que todos– y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: “¡Amén! ¡Amén!”. Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura. Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: “Éste es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren”. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley.
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Es de admirar cómo el pueblo hebreo reverencia el Libro de la Ley, o de las Escrituras, y cómo percibe la presencia de Dios que les habla en ese Libro: “Todo el pueblo se puso de pie… Luego se inclinaron y se postraron ante el Señor con el rostro en tierra”.

Era tanta la impresión al oír la Palabra de Dios, que todo el pueblo lloraba al escucharla, tal vez arrepentido por no haber cumplido esa Palabra. Pero Esdras les dijo: “este es un día consagrado al Señor: no estén tristes ni lloren”. Tal vez anticipando lo que luego dijo Jesús: “Ustedes están limpios por la Palabra que les he dicho”.

Gran lección para nosotros, que tal vez vemos en la Biblia un libro más, y lo usamos sin percibir la presencia viva de Quien nos habla a través de él.


I Corintios 12, 12-14. 27


Hermanos: Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres– y todos hemos bebido de un mismo Espíritu. El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.

San Pablo nos hace notar una realidad que quizás valoramos poco: “Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembro de ese Cuerpo”, pues en el Bautismo el Espíritu Santo nos ha injertado en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

Este gran privilegio nos iguala a todos en la dignidad de hijos de Dios y en la dignidad del Pueblo sacerdotal de Dios, la Iglesia.
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Que el mismo Espíritu ilumine nuestra mente para valorar, agradecer y vivir esta realidad misteriosa que nos toca directamente a todos y cada cual en particular.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 17, 2010

Las Bodas de Caná


Hagan lo que él les diga.


Domingo 2° de Tiempo Ordinario "C" / 17-01-2010.


Juan 2, 1-11.

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino. Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes: Hagan lo que él les diga. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: Llenen las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: Saquen ahora un poco y llévenselo al mayordomo. Así lo hicieron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

Isaías 62, 1-5.

Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que su justicia resplandezca como luz, y su salvación brille como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona preciosa en la mano del Señor y anillo real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

Corintios 12, 4-11.

Hermanos: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así, uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar. A éste le ha concedido hacer milagros, a aquél profetizar. A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

Sunday, January 10, 2010

BAUTISMO, VIDA DE DIOS PARA EL HOMBRE


El Bautismo de Jesús


10-1-2010


Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre él y se manifestó en forma corporal, como una paloma, y del cielo vino una voz: Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección. (Lucas 3,15-16.21-22).

Jesús en el bautismo fue “invadido” por el Espíritu Santo para liberar al pueblo de sus esclavitudes: “Dar la vista a los ciegos, oído a los sordos, libertad a los cautivos, resurrección a los muertos, y anunciar la buena noticia a los pobres”.

En el bautismo Jesús fue ungido por el Padre como sacerdote, que une al hombre con Dios; como profeta, que conoce e interpreta la historia y el mundo según Dios y habla en nombre de Dios; y como rey que vive en libertad victoriosa frente a las fuerzas esclavizantes del mal.

El sentido y valor salvífico de nuestro bautismo arranca del bautismo de Jesús, que nos hace miembros de su Cuerpo místico, la Iglesia. Nacemos hijos de Dios, pues de él recibimos la vida natural a través de los padres.

Pero el bautismo injerta en nosotros la misma vida divina y eterna de Dios: somos declarados hijos de Dios, “conformes con la imagen de su Hijo”, hermanos de Cristo, nuevas criaturas predilectas de Dios, sanadas por el fuego del amor infinito de la Trinidad, nuestra Familia de origen y de destino.

“Miren qué amor nos tiene el Padre, para llamarnos hijos suyos, pues lo somos”, exclama San Pablo con inmensa gratitud. El bautismo es eso: la gracia-amor de Dios que nos transforma en hijos suyos, semejantes a Jesús. En el bautismo la gracia de Dios invade toda nuestra persona.

Por el bautismo también nosotros somos constituidos sacerdotes, miembros del Pueblo Sacerdotal, la Iglesia, convertidos en ofrenda agradable a Dios para la salvación de nuestros hermanos. Somos constituidos profetas, capaces de ver y comprender a las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos de Dios. Somos constituidos reyes, porque se nos da la libertad de los hijos de Dios, pues servir a Dios en el prójimo es reinar en el tiempo y en la eternidad.

¿En qué medida vivimos el sacerdocio bautismal: en la eucaristía y en la vida, sirviendo y amando a los otros como Jesús los ama y nos ama? ¿Vemos las cosas como Dios las ve, y vivimos como hijos suyos, hijos del Rey universal?

¿Por qué tantos bautizados dejan de vivir como cristianos? Tal vez la catequesis no se fundamentó en lo que hace al cristiano: sacerdote, profeta y rey, unido a Cristo Resucitado presente, con todo lo que eso supone para la vida práctica.

Se necesita una catequesis más bíblica y vivencial en la preparación al bautismo,

- Con la escucha y experiencia viva del Hijo resucitado y presente en la Biblia, en la Eucaristía, en el prójimo y en uno mismo;

- Con la experiencia de ayuda al prójimo necesitado, como ayuda al mismo Cristo;

- Y la experiencia profética de evangelizar ya desde niños, de modo que esas experiencias dejen huellas definitivas en el espíritu, en la vida y la persona del bautizado, más allá de la “fiesta social”.

Así el bautismo se vivirá como lo que es: el inmenso don de la misma vida divina de Dios.

Isaías 40, 1-5. 9-11

¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor. Levanta tu voz sin temor, di a las ciudades de Judá: «¡Aquí está su Dios!» Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. Como un pastor, Él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.

Los individuos y los pueblos somos a menudo víctimas de los propios pecados y de los pecados ajenos: enfermedades, fracasos, muerte, grandes calamidades, guerras, hambre, violencias, asesinatos, holocausto de inocentes… Son como los dolores de parto que están dando a luz un mundo nuevo, con la fuerza invencible de la tierna mano de Dios que se hace presente para liberar y salvar.

La vida y la alegría surgen del fondo de la pena, cuando nos confiamos a Dios Padre:
“En tus manos, Señor, pongo mi vida, confío en ti: tú actuarás”. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”, porque “aquí está tu Dios”: “Estoy con ustedes todos los días”. “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiado y yo los aliviaré”. Él nos lleva en sus brazos como a los corderitos.

Nuestro Dios convierte el fracaso en victoria, la enfermedad en felicidad y la muerte en resurrección y vida:
“Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Hay razones para esperar contra toda experiencia de fracaso, dolor y muerte.

Tito 2, 11-14; 3, 4-7

Querido hijo: La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, El nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo.

La gracia -el amor y la misericordia- de Dios es la que nos salva, no nuestras solas obras de bien que, sin embargo, son indispensables para que la salvación de Dios nos alcance: “Rechazar la impiedad y los deseos mundanos para vivir con sobriedad, justicia y piedad”, en una amorosa relación con Dios y con el prójimo.
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“Nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo… se entregó por nosotros”, para merecernos el perdón, la conversión, santificación y la salvación que no podíamos merecer ni lograr por nosotros solos.
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Nuestra parte consiste en ser “buenos pecadores”, o sea: pecadores arrepentidos y convertidos de verdad, vueltos al Padre; pecadores profundamente agradecidos por el don inmenso del perdón de Dios, que nos anima a no pecar.

La gratitud es una expresión del amor a Dios, y
“a quien ama mucho, se le perdona mucho”. Pero la verdadera gratitud se muestra con una vida conforme a la voluntad de Dios: rechazar el mal y obrar el bien a favor del prójimo. Sólo así nos hacemos “herederos de la vida eterna”, y para agradecer eternamente el perdón misericordioso de Dios.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 03, 2010

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR


Hemos visto salir su estrella

y venimos a adorarlo.


LA EPIFANÍA DEL SEÑOR - Solemnidad.

Mateo 2, 1-12.

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó. y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel". Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: Vayan y averigüen cuidadosamente acerca del niño y, cuando lo encuentren, avísenme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo sido advertidos en sueños, para que no volvieran adonde estaba Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Isaías 60, 1-6.

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos se han reunido, vienen hacia ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Al ver esto, te pondrás radiante de alegría; palpitará y se emocionará tu corazón, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Efesios 3, 2-3a. 5-6.

Hermanos: Seguramente han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor de ustedes. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus apóstoles y profetas: que también los otros pueblos comparten la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por medio del Evangelio.

Los judíos pretendían que el Mesías esperado fuera sólo para los judíos, como también hoy muchos católicos y no católicos pretenden que Jesús, el Salvador del mundo, sea sólo para ellos.

Pero el mismo Jesús, recién nacido, hizo llegar su salvación a los paganos, los magos, y empezó su misión pública predicando en una zona de paganos: Galilea. Y casi todos los apóstoles, después de Pentecostés, predicaron la salvación de Jesús por todo el mundo pagano entonces conocido. San Pablo es el abanderado de la evangelización de los paganos.

La fiesta de la Epifanía - que significa manifestación de Dios - nos recuerda que Jesús vino para todos, para salvar a todos los hijos de Dios en todo el mundo y en todos los tiempos. “A quienes lo acogen, les da el poder ser hijos de Dios”. “Ha aparecido la bondad y misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Al conocimiento de su Padre Dios y de su hermano y Salvador, Cristo Jesús.

Una vez se decía que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Pero Dios realiza su salvación no sólo dentro de los templos, ni con los solos siete sacramentos oficiales (que sí son los máximos medios de salvación), ni sólo en los grupos católicos, catequesis, ni sólo en los límites de la Iglesia oficial o de otras iglesias. ¡Gracias a Dios! Pero lo que sí es cierto que “fuera de Cristo no hay salvación”. En la Iglesia católica tenemos los máximo medios de salvación, pero no la exclusiva de la salvación.

Sigue vigente para millones de hijos de Dios en todo el mundo, fuera de los límites geográficos de la Iglesia oficial, el bautismo de deseo y el bautismo de sangre, con la misma eficacia redentora y salvadora que el bautismo de agua, pues en los tres es el mismo Espíritu quien bautiza.

Sigue vigente la comunión con Cristo de quienes comulgan, como buenos samaritanos, con el prójimo necesitado, con el cual Jesús mismo se identifica: “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer…, vengan benditos de mi Padre a poseer el reino preparado para ustedes desde el principio del mundo”; “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”.

La Palabra de Dios sigue siendo sacramento universal de salvación: “Ustedes están limpios por la palabra que les he dicho”. “Quien escucha mi Palabra y la cumple, tiene vida eterna”. ¡Y la cumplen muchos que ni siquiera la escuchan ni la conocen por oídas, si no por la voz interior del Espíritu, “que sopla donde quiere”! “Mi Palabra no regresa a mí sin producir fruto”."Tengo otras ovejas que no son de este redil, y debo atraerlas hacia mí".

Sigue en pie el perdón de Dios para quienes –creyentes o no creyentes-perdonan de corazón, aunque no tengan sacerdotes confesores a su alcance, que cada vez son menos, y se prestan menos para administrar ese admirable sacramento del perdón y de salvación, gran privilegio de la Iglesia católica.

También las Bienaventuranzas se viven fuera de la Iglesia oficial por tantísimos cristianos anónimos, y que les merecen, por misericordia gratuita de Dios, el acceso a la felicidad del reino de los cielos: Los que trabajan por la paz en todos las naciones, los pobres de espíritu que renuncian a acumular sólo para sí, y viven compartiendo lo lo que tienen; los misericordiosos; los que sufren renunciando a la venganza y al odio; los que luchan por la justicia en el hogar, en el trabajo, en la política, en el comercio...; los limpios de corazón, que sustituyen el amor posesivo por el amor oblativo y salvador.

Es necesario dar a conocer estos sacramentos alternativos, que vienen también del Evangelio y de Cristo Salvador universal.

Muchos pastores limitan la evangelización al sólo 7% de los católicos que van a misa y que tal vez sólo reciben los máximos sacramentos de la salvación en un reducido 3 ó 4 % de ese 7%. Fuera de la Iglesia sí hay salvación, pero no fuera de Cristo, que desde la Iglesia hace llegar la salvación a todo el mundo.

En la Eucaristía Cristo se ofrece por toda la humanidad, y cada participante-celebrante de verdad comparte con él la salvación universal, si con él se ofrece como “ofrenda agradable y permanente” al Padre junto con su Hijo, y hace vida la Eucaristía.

Todos estamos invitados a colaborar con Cristo Salvador en la salvación de toda la humanidad. No puede resultarnos indiferente que se salven o se pierdan los hijos de Dios que él quiere que se salven, también con nuestra oración, sufrimiento, ejemplo, palabra, obras. Y sobre todo con la Eucaristía.

Encontremos a nuestro Salvador resucitado allí donde se manifiesta con una epifanía especial: La Palabra de Dios, la Eucaristía, el prójimo necesitado y la creación.


P. Jesús Alvarez, ssp.

Friday, January 01, 2010

MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA


Santa María, Madre de Dios



1 enero 2010



Los Pastores fueron corriendo a Belén y encon-traron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, fueron a circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción. Lucas 2, 16-21.

San Cirilo de Alejandría aclara qué significa el título Madre de Dios: “El Verbo viviente, subsistente… se hizo carne en el tiempo, y por eso se puede decir que ha nacido de mujer. Jesús, Hijo eterno de Dios, ha nacido de María en el tiempo”.

De esta prerrogativa inigualable derivan todos los títulos demás que damos a María. Sin embargo, Jesús, ante la exclamación de una mujer: “Bendito el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”, afirmó: “Más bien dichosos quienes escuchan la Palabra de Dios y la practican”.
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María es más feliz por escuchar y cumplir la Palabra de Dios que por ser Madre Jesús. Así nosotros: no merecemos la salvación sólo por ser hijos de Dios e hijos de María, sino, a la vez, por escuchar y cumplir la Palabra de Dios. Lo uno no excluye lo otro, sino que lo exige.

Es admirable ver cómo Dios inició la creación del género humano por el hombre sin concurso de la mujer, y cómo inició la redención por la mujer sin concurso del varón, pues el Salvador nació por obra del Espíritu Santo.

Dios ha dado a la mujer un lugar irremplazable en la historia de la salvación, en complementariedad con el hombre. El modelo supremo de esta misión salvífica femenina es María, que se une al único Salvador acogiéndolo en su seno virginal para darlo a la humanidad.

La encíclica Lumen Gentium (n.56): “María, hija de Adán, consintiendo a la palabra divina, se convirtió en madre de Jesús y, abrazando la voluntad salvífica de Dios con toda su alma y sin peso alguno de pecado, se consagró totalmente, como Servidora del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención bajo él y con él, mediante la gracia del omnipotente”.

En María queda superada la multisecular discriminación contra la mujer; discriminación que es contraria al plan creador y salvador de Dios, quien concede a la mujer la misión de compartir con el hombre el origen temporal y el destino eterno de la humanidad.

Hacen falta nuevas Marías que, con su ternura, decisión, fe y valentía continúen con la Madre de Jesús la historia de la salvación, acogiendo y haciendo presente a Cristo, único Salvador, para que libere a hombres y mujeres de las grandes esclavitudes que los están destruyendo como personas y degradando su condición de hijos e hijas de Dios.

Dichosas las mujeres -y los hombres- que creen y aman como María, pues también concebirán y darán a luz al Hijo de Dios, y compartirán su Sacerdocio supremo mediante el sacerdocio bautismal para salvar a la humanidad, empezando por el santuario doméstico, la familia.

Números 6,22-27.

El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘Esta es la fórmula con que ustedes bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré’”.


Esta fórmula de bendición estaba reservada a los sacerdotes, Aarón y sus hijos. Dios se comprometía a conceder al pueblo, por medio de la bendición de los sacerdotes, la bendición de su presencia, de su protección y de la paz.

Mas la bendición de Dios tiene su máxima expresión y eficacia a través del Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, “en quien Dios nos bendice con toda clase de bendiciones” materiales, espirituales, celestiales. La máxima bendición de Dios es Jesús, que en la cruz nos dio como bendición a su propia Madre.

La bendición del Hijo de Dios sigue llegándonos eficazmente por manos de los sacerdotes ministeriales, que nos hacen presente a Cristo Resucitado: en la Eucaristía y demás sacramentos, en la predicación, en sus personas consagradas.

Mas a partir de Cristo, las bendiciones de Dios no pasan sólo a través del sacerdocio ministerial, pues el supremo sacerdocio de Cristo es compartido también por todos los bautizados mediante el sacerdocio bautismal. Por eso los laicos deben recuperar la costumbre de bendecir y bendecirse mutuamente en nombre de Dios, con fe y confianza en él, que corresponderá.

Los sacerdotes bendicen con el Santísimo – Cristo presente en Persona en la Eucaristía-; y los fieles pueden bendecir con la Biblia, que es presencia privilegiada de Cristo, Verbo de Dios. Eucaristía y Biblia son puestos al mismo nivel por Cristo y por la Iglesia. Bendigamos con la Biblia, y bendigámonos por la Biblia, sobre todo leyéndola y haciéndola vida.

Gálatas 4,4-7.

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


San Pablo es el que hace la primera alusión a María en el Nuevo Testamento. De ella nace el Libertador que viene a rescatar a los hombres de la esclavitud a las abusivas leyes humanas y a las poderosas fuerzas del mal.

El Hijo de Dios se hace esclavo con todas esas esclavitudes del hombre –menos el pecado-, para que el hombre alcance por él la libertad de los hijos de Dios, porque el Hijo no viene sólo a liberarnos de esclavitudes, sino a hacernos hijos de Dios y coherederos de su misma gloria eterna. Nos da un nuevo ser, y así podemos llamarle “Padre”, como lo hace su propio Hijo.

Ante tan inaudita bendición, san Juan exclama: “¡Miren qué amor nos tiene el Padre, que nos llama hijos suyos, pues lo somos!” (1 Juan 3, 1). Somos hijos de Dios, y nuestra vocación es la libertad de los hijos de Dios en esta vida y la e la libertad eterna a través de la resurrección, que dempostrará lo que realmente somos como hijos de Dios.
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Jesús "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros lo que él es": hijos de Dios. Valoremos nuestra sublime dignidad.

Tenemos que ser conscientes y vivir con inmensa gratitud esta maravillosa realidad para liberarnos de las esclavitudes indignas de los hijos de Dios. ¡Qué grandeza la nuestra!: Tenemos por Padre y Madre al mismo Padre y la misma Madre del Hijo de Dios.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, December 27, 2009

FAMILIA: SANTUARIO DE CIELO EN LA TIERRA


FAMILIA: SANTUARIO DE CIELO EN LA TIERRA



LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ - C / 27-12-2009.



Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser. Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos. Como no lo encontraran, volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos." El les contestó: "¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre quiere?" Pero ellos no compren-dieron esta respuesta. Jesús entonces regresó con ellos, llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. Lucas 2,41-52

La fiesta de la Sagrada Familia es la fiesta de todas las familias, pues toda familia es sagrada, por ser templo donde Dios Amor comunica la vida a través del amor de los padres. Amor que no se reduce al placer y los bienes materiales, que son también dones de Dios para gozar y compartir con orden y gratitud.

La familia está al servicio de la persona y de su misión en la vida, y no al revés. Los hijos son un don de Dios y le pertenecen. Sólo Dios es el origen de la vida y dueño de los hijos. Los padres son sólo cauces de la vida de sus hijos. Por eso Jesús, a los doce años, sin contar con sus padres, se quedó en el templo para cumplir la voluntad de su Padre. Y también la Virgen María, a los trece, había dado ya su SÍ al ángel, y sin consultar a sus padres ni a los sacerdotes.

Jesús, el Hijo de Dios, quiso nacer en una familia, pues la familia unida en el amor es el ambiente insustituible para el crecimiento sano y feliz de los hijos y de los padres. Para la persona humana no existe bien más gratificante que un hogar donde los padres se aman, aman a sus hijos y éstos corresponden.

La gran mayoría de las enfermedades psíquicas, morales, espirituales y físicas tienen a menudo su origen en la disolución de la familia o en la falta de amor en el hogar. El verdadero amor y la unión familiar son la mejor medicina preventiva contra las enfermedades físicas, morales, psíquicas y espirituales.

En la Sagrada Familia no fue todo milagro; hubo incluso miedo, persecución, destierro, pérdida de Jesús en la peregrinación a Jerusalén, falta de trabajo y de pan. Hubo agonía y muerte. Pero el amor verdadero los conservó unidos a Dios Padre y entre sí, con lazos cada vez más fuertes. Ese fue el gran secreto de su felicidad en el tiempo y en la eternidad.

No hay amor verdadero sin sufrimiento; y el sufrimiento sin amor, es infierno en la tierra, así como el amor hace de la tierra cielo, aun en medio del sufrimiento. La familia es templo de Dios con destino de cielo ya en la tierra, a la espera de reintegrarse en la Familia Trinitaria, que es su origen y destino.

Donde hay amor, allí está Dios Amor, que sostiene a sus hijos en el sufrimiento y se lo convierte en fuente de felicidad, de vida y de salvación. Y de la misma muerte hace surgir la vida por la resurrección. Pues “cuando el afligido invoca al Señor, él lo escucha”.


1 Samuel 1, 20-22. 24-28.

Ana concibió, y dio a luz un hijo, al que puso el nombre de Samuel, diciendo: «Se lo he pedido al Señor». El marido, Elcaná, subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto. Pero Ana no subió, porque dijo a su marido: «No iré hasta que el niño deje de mamar. Entonces lo llevaré y él se presentará delante el Señor y se quedará allí para siempre». Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella y lo condujo a la Casa del Señor en Silo. El niño era aún muy pequeño. Y después de inmolar el novillo, se lo llevaron a Elí. Ella dijo: «Perdón, señor mío, ¡por tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor. Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y Él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a Él: para toda su vida queda cedido al Señor». Después se postraron delante del Señor.

Antes de la venida de Cristo, en el pueblo hebreo la esterilidad matrimonial era considerada como una gran desgracia, pues los estériles se consideraban excluidos por Dios de la genealogía del Salvador. Era el caso de Ana y Elcaná.

Pero Ana no se rindió ante tan gran desgracia, sino que se propuso pedir a Dios, con insistencia y fe, ser liberada de esa deshonra. Y Dios le concedió el niño que pedía, y estaba feliz. Mas no quiso quedarse para sí tan gran don de Dios, sino que se lo devolvió y consagró para estuviera toda la vida sirviendo al Señor en el templo. Heroico, generoso y agradecido desprendimiento.

Ejemplo siempre actual para los padres y familias cristianas que deberían pedir a Dios que al menos un hijo o una hija se consagren totalmente a Dios en el sacerdocio o la vida religiosa, como el don más grande que Dios puede conceder a una familia. Pero muchos pareciera que prefieren verlos drogadictos y fracasados en el matrimonio que consagrados a Dios en la vida religiosa y en el sacerdocio.


1 Juan 3, 1-2. 21-24.

Queridos hermanos: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza, y Él nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Su mandamiento es éste: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó. El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

¡Admirable página del “discípulo amado”! Todo un programa de vida cristiana auténtica. No sólo nos llamamos hijos de Dios, ni somos adoptivos, sino que somos verdaderos hijos suyos muy amados y por doble partida: nos ha dado la vida natural por medio de nuestros padres, y nos ha regenerado a la vida sobrenatural y eterna por la vida, pasión, muerte y resurrección de su Hijo divino, destinándonos a ser semejantes a él y a verlo tal cual es en el paraíso.

Y como somos hijos, somos también coherederos de la vida eterna con el Hijo. ¿Cómo podemos creer que Dios no nos ama y no corresponder a tanto amor y deseo de estar con nosotros? Correspondemos a su amor cuando cumplimos sus mandamientos: creer en Cristo, amarnos mutuamente, orar confiadamente, y hacerle espacio a Jesús en el corazón y en la vida.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Friday, December 25, 2009

A QUIENES LO ACOGIERON, LES CONCEDIÓ SER HJOS DE DIOS


A QUIENES LO ACOGIERON,


LES CONCEDIÓ SER HJOS DE DIOS.

Navidad 2009.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. (Juan 1,1-18)

La Navidad es el cumpleaños de Jesús, nuestro Salvador resucitado. Es la fiesta entrañable del misterio de la salvación puesto a nuestro alcance gracias a la fidelidad inquebrantable de Dios, que en Cristo resucitado comparte día a día nuestra vida para eternizarla en la felicidad eterna.

El nacimiento del Hijo de Dios en carne mortal cobra su pleno sentido en la perspectiva de la Resurrección, la cual fue el “nacimiento” definitivo de Cristo para la gloria eterna. Nacimiento que anhela compartir con nosotros.

La Navidad es la fiesta para celebrar y agradecer el inmenso beneficio que Dios nos hace al darnos a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo” para hacernos hijos suyos y herederos con él de la vida eterna.

Es la fiesta en la que tomamos mayor conciencia de que Dios comparte nuestra historia. Él “puso su tienda entre nosotros” y se compromete a vivir con nosotros todos los días, como la Luz verdadera que “ilumina a todo hombre”.

Sin embargo el hombre, engañado por las fuerzas del mal y en complicidad con ellas, siembra las tinieblas de la injusticia, del hambre, del odio, de la guerra, de la pobreza, del orgullo, del abuso de poder, del pecado, de la impiedad. A pesar de todo eso, el Salvador se compromete a “iluminar a todo hombre que viene a este mundo”, y llevarlo a compartir la dicha de la Familia Trinitaria.

La acogida de Cristo en el corazón, en la vida, en la familia..., hace que la Navidad sea verdadera, y nos merezca la Navidad sin fin a través de la resurrección, nacimiento a la vida eterna. He ahí el pleno sentido y el fruto de la Navidad.
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La Navidad hoy se revive sobre todo en el acto sencillo y a la vez sublime de la Eucaristía y de la comunión, donde se realiza de forma especial lo dicho por Juan evangelista: “A quienes lo acogieron, les dio la capacidad de ser hijos de Dios”.
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Pero la Navidad se paganiza para quienes se cierran a la presencia real del Redentor resucitado, Dios-con-nosotros: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. No hay Navidad verdadera sin acogida real a Cristo vivo y presente. La alegría bullanguera de lo externola vacía de sentido.

La Navidad es real, auténtica, cuando con fe y amor se acoge a Cristo Resucitado en el corazón, en la vida, en la familia, pues sólo así se celebra de verdad el acontecimiento de su primera Navidad en la humildad; y sólo así nos preparamos a la Navidad eterna que Jesús quiere darnos por la resurrección.

“Dichosos ustedes porque han oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios”, nos dice San Ambrosio.

Isaias 52, 7-10.

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es Rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Rompan a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén: el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Isaías se refiere al final del destierro y al regreso a Jerusalén, su ciudad reducida a ruinas. Destierro y destrucción son consecuencia de haber suplan-tado a Dios por ídolos: armas, aliados, soberbia, poder, dinero, placer...

¿Quién no ha probado la ausencia de Dios por haberlo rechazado? Se lo excluye de la familia, de la enseñanza, de la política, del trabajo, de las relaciones, del sufrimiento, del placer y de la alegría..., y a menudo le cerramos la puerta incluso en la oración y el culto por falta de amor a él y al prójimo. Dios mismo se lamenta: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Y luego llegamos hasta el descaro de echarle la culpa del mal cuya responsabilidad es de los humanos, tal vez nuestra.

Pero Dios mismo toma la iniciativa de saltar la distancia que hemos puesto entre nosotros y él. Si la tristeza es el resultado del pecado, la alegría es la consecuencia del perdón y cercanía de Dios, y del perdón y la unión entre nosotros.

El nacimiento de Jesús es el acercamiento libre de Dios hacia nosotros, y él sólo espera ser acogido como Amor misericordioso para llenarnos de luz, alegría, paz, de sentido de la vida, y para llevarnos a la eterna Navidad.

Hebreos 1,1-6.

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado»? O: ¿«Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios».

El autor alude a la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento, pronunciada por los profetas, pero ahora hecha carne en Cristo, Palabra viva y personificada del Padre.
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El Hijo ha sido nombrado heredero de toda la inmensa creación visible e invisible, que él gobierna y sostiene con su brazo poderoso, a la vez que con su Palabra omnipotente guía a la humanidad hacia las moradas eternas.

El Salvador ejerce su omnipotencia sobre todo arrancando al hombre del poder del mal, mediante el perdón y la purificación de los pecados. Él ahora está encumbrado sobre todos los ángeles, a la derecha del Padre, donde intercede por nosotros y nos está preparando un puesto en su banquete eterno.

Es para saltar de gratitud y alegría ante la infinita misericordia que Dios nos muestra en su Hijo encarnado, crucificado y resucitado, el Dios-con-nosotros de cada día, que anhela llevarnos con él a la fiesta eterna, que se inaugura ya aquí abajo: “A quien me ama, lo amará mi Padre, y vendremos a él y haremos morada en él”. Donde está Dios está el paraíso, a pesar de los sufrimientos.

Somos cuna y templo del Salvador, y en nosotros lo adoran los ángeles como en Belén. Dichosa realidad para vivir con amorosa y eterna gratitud.

“Les he dicho estas cosas para que su alegría sea completa”.


¡¡FELIZ NAVIDAD!!!


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, December 20, 2009

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!




¡Bendita tú entre las mujeres,

y bendito el fruto de tu vientre!

Domingo 4° de adviento-C / 20-12-2009

Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y file aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y exclamó con voz fuerte: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído; porque lo que te ha dicho el Señor se cumplírá».

Miqueas 5, 1-4a

Así dice el Señor: «Y tú, Belén de Efrata, aunque eres la más pequeña de todos los pueblos de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen se remonta a los tiempos antíguos, a los días pasados. Por eso, el Señor los abandonará hasta el momento en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos le Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y Él mismo será nuestra paz».

Hebreos 10, 5-10

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: "Aquí estoy yo para hacer tu voluntad". Primero dice: "No quieres ni aceptas sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias", que se ofrecen según la Ley. Después añade: "Aquí estoy yo para hacer tu voluntad". Con esto, Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.


Frente al vaciamiento que suele hacerse de la Navidad, hasta su profanación, rescatamos unos párrafos de la Constitución Lumen Gentium, del Vaticano II, que nos revelan el misterio salvífico de la Navidad, y presentan a la Virgen María como modelo de toda evangelización, que consiste en acoger a Cristo para darlo como Salvador a los hombres.

Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4, 4-5). “El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María”.

Este misterio divino de la salvación nos es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como cuerpo suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión con todos sus santos, deben venerar también la memoria “en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo”. (Lumen Gentium n. 52).

Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo, y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios Hijo Redentor, redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo.

Con el don de una gracia tan extraordinaria, (María) aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, “sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza” (San Agustín).

Por ese motivo, (la Virgen María) es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia, y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como a madre amantísima, con afecto de piedad filial. (Lumen Gentium n. 53).

El Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida… Lo cual se cumple, en modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas, y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de una misión tan grande.

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento del pecado alguno, la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como servidora del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con él y bajo él, con la gracia de Dios omnipotente. (Lumen Gentium n. 56).

Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación, se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para asistir a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (Lucas 1, 41-45); y en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal. (Lumen Gentium n. 57).

Sunday, December 13, 2009

CONVIÉRTETE A LA FELICIDAD


CONVIÉRTETE A LA FELICIDAD

Domingo 3° de adviento-C/13-12-2009


La gente le preguntaba a Juan Bautista: "¿Qué debemos hacer?" Él les contestaba: "El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer, haga lo mismo." Vinieron también cobradores de impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: "Maestro, ¿qué tenemos que hacer?" Respondió Juan: "No cobren más de lo establecido." A su vez, unos soldados le preguntaron: "Y nosotros, ¿qué debemos hacer?" Juan les contestó: "No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su sueldo." El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, por lo que Juan hizo a todos esta declaración: "Yo los bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego”. Lucas 3,10-18.

La misma pregunta de los diversos personajes: “¿Qué debemos hacer?”, apunta al mismo objetivo: “…para alcanzar la felicidad en el tiempo y en la eternidad?”

¿Cómo convertirse a la verdadera felicidad? La infelicidad tiene siempre su raíz en el pecado propio o ajeno: cosas mal hechas, mal pensadas, mal sentidas, mal dichas…; con la omisión del bien que podíamos haber hecho, dicho, pensado, sentido; con las relaciones humanas frías, egoístas, abusivas, perjudiciales o pervertidas. Pero la infelicidad se debe sobre todo a nuestras relaciones deficientes, nulas o negativas con la Fuente misma de toda felicidad: Dios.

¿Qué hacer entonces? Para ser felices en lo posible en esta vida y plenamente en la eterna, ante todo hay que abandonar las falsas o aparentes felicidades que nos hunden en la infelicidad, y volverse a la Fuente de toda felicidad: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón anda inquieto mientras no descansa en ti” (San Agustín).

Juan anuncia la Buena Noticia, que identifica con la persona del Salvador. Y ese mismo Jesús se pone a sí mismo cada día a nuestra disposición como fuente de la felicidad que ansiamos: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Sobre él tenemos que modelar nuestra vida humana y cristiana de cada día para que sea de verdad feliz con la felicidad pascual de Jesús resucitado y presente, que nos está preparando un puesto de felicidad eterna.

A espaldas de él se pueden lograr satisfacciones, pero no la felicidad que ansiamos desde lo más profundo de nuestro ser, y que buscamos neciamente una y mil veces allí donde no se encuentra.

Se vuelve con obstinación a las charcas resecas y contaminadas de muerte, como si nos faltara el sentido común y la razón, pero sobre todo por falta de fe. Jesús nos dice: “Les he comunicado estas cosas para que mi felicidad esté en ustedes”. Él desea transformar nuestros sufrimientos en felicidad. ¿Le creemos?

Jesús, por ser el Hijo de Dios, nos posibilita la liberación del pecado y de sus consecuencias, y nos da la alegría de vivir en el tiempo, y la esperanza de la felicidad eterna.

Jesús no vino para condenarnos, sino que murió y resucitó a fin de que nosotros resucitemos con él para la felicidad total que nos está preparando. No podemos arriesgarla por caramelos que se disuelven o pompitas de jabón que esfuman en el aire.

Sofonías 3, 14-18

¡Grita de gozo, oh hija de Sión, y que se oigan tus aclamaciones, oh gente de Israel! ¡Regocíjate y que tu corazón esté de fiesta, hija de Jerusalén! Pues Yavé ha cambiado tu suerte, ha alejado de ti a tus enemigos. No tendrás que temer desgracia alguna, pues en medio de ti está Yavé, rey de Israel. Ese día le dirán a Jerusalén: "¡No tengas ningún miedo, ni tiemblen tus manos! ¡Yavé, tu Dios, está en medio de ti, el héroe que te salva! Él saltará de gozo al verte a ti, y te renovará su amor. Por ti danzará y lanzará gritos de alegría como lo haces tú en el día de la Fiesta”. Apartaré de ti ese mal con el que te amenacé, y ya no serás humillada.

A este domingo se le llama “laetare”, alégrense: domingo de la alegría. La verdadera alegría -la que nadie nos puede quitar- se encuentra en Dios, que “está cerca”, “en medio de nosotros”, “en nosotros”, en la profundidad íntima de nuestro ser. Sólo es cuestión de abrirnos a él, acogerlo y tratarlo con amor.

De ahí la alegría de sabernos hijos de Dios muy queridos por él, arrullados entre sus brazos divinos y cubiertos de sus caricias. Dios salta de gozo al mirarnos y ver en nosotros su imagen divina, y nos mantiene su amor y fidelidad por encima de todo. Sólo espera correspondencia: “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón”.

Por eso hay que desterrar el miedo y sustituirlo por la oración confiada, seguros de la presencia tierna y omnipotente de nuestro Padre “materno”, viviendo una esperanza indestructible apoyada en la promesa infalible de su esa presencia amorosa, que solicita de continuo nuestro amor y fidelidad hacia él y hacia el prójimo, con el cual él se identifica por ser su imagen.

Pero esta verdadera alegría no nos libra del sufrimiento y del dolor; no hace de nuestra vida una serie ininterrumpida de comodidades y gratificaciones. Sino que la alegría de Dios es nuestra fortaleza y paz en el combate contra las penas, las tensiones, el pecado y los temores que nos pueden asaltar en cualquier momento, y que él quiere transformar en victoria, felicidad y gloria eterna.

Filipenses 4, 4-7

Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres y den a todos muestras de un espíritu muy abierto. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; antes bien, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios y junten la acción de gracias a la súplica. Y la paz de Dios, que es mayor de lo que se puede imaginar, les guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

San Pablo escribe desde la cárcel, y tiene motivos más que suficientes para estar triste y afligido. Sin embargo, rebosa de alegría por la presencia del Resucitado en su vida, en sus acciones y sufrimientos, y por la victoria triunfal que espera de su mano poderosa y amorosa al final de la carrera terrena. Desde esa situación contagia a los filipenses su alegría por la presencia salvadora de Cristo vivo.

La presencia del Resucitado testimoniada con la vida, la adoración, la súplica y la acción de gracias, hacen que la paz y la alegría de Dios reine en los corazones y en los hogares. Se destierra el terror ante el mal y el miedo infundado a Dios, a la vez que son el más eficaz antídoto para curar las heridas del pecado y evitarlo.

La alegría cristiana, alegría pascual que brota de la presencia viva del Resucitado, es una condición esencial de la evangelización: nos hace testigos de Cristo presente. La alegría pascual hace convincente y eficaz la evangelización.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Tuesday, December 08, 2009

ALÉGRATE, ALÉGRANOS, LLENA DE GRACIA


ALÉGRATE, ALÉGRANOS, LLENA DE GRACIA

LA INMACULADA, esperanza y garantía de redención



8-12-2009



Llegó el ángel Gabriel hasta María y le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás. María entonces dijo al ángel: ¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? Contestó el ángel: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. (Lucas 1,26-38)

La solemnidad de la Inmaculada al principio del adviento no es pura coincidencia, sino que forma parte del misterio del adviento: por María Inmaculada viene al mundo el Salvador. La Inmaculada es el símbolo y la primicia de la humanidad redimida y el fruto más espléndido de la obra redentora de Cristo.

La concepción inmaculada de María es una verdad firme de nuestra fe católica, que la Iglesia acoge y propone apoyándose en la experiencia de fe vivida durante siglos por el Pueblo de Dios. Es una grandiosa iniciativa del amor salvador de Dios que supera la inteligencia y la capacidad expresiva del lenguaje humano.
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Este admirable don de Dios abre al hombre la esperanza de poder realizar sus aspiraciones más hondas e imperecederas de felicidad, propias del “reinado de Cristo que no terminará jamás”.

¿Quién puede no desear compartir eternamente con nuestra Madre María la transparencia, la alegría, la belleza, la plenitud, la gracia de ser Inmaculada? Ella es la garantía de que un día seremos como ella, si acogemos con fe y amor al fruto de su vientre, Cristo Jesús, único Salvador.

La verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla en esta vocación y misión: acoger en nuestro corazón y en nuestras vidas a Cristo, vivir la experiencia de su presencia en nosotros, para darlo a los otros con el ejemplo, la oración, las obras, el sufrimiento ofrecido, la palabra, la alegría, el amor, la fe y la esperanza.
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En la Comunión eucarística recibimos al mismo Jesús que María acogió en la Anunciación. Y si lo acogemos con fe, amor y pureza de corazón, lo daremos sin duda a los otros, aunque no nos demos cuenta.

Entonces produciremos frutos de salvación para los otros y para nosotros, porque “quien está unido a mí, produce mucho fruto”, como asegura el mismo Jesús. María fue la criatura más unida a Cristo, y por eso la que produjo el máximo fruto de salvación para la humanidad: Jesús, que es “el fruto bendito de su vientre”.

María Inmaculada es el signo de la meta a la que Dios nos llama: la victoria eterna sobre el pecado, sobre el mal y la muerte, la cual por Cristo se hace puerta de la resurrección y de la gloria eterna que Dios tiene preparada para quienes lo aman.

El mal, el pecado existen en nuestro corazón y a nuestro alrededor, en la familia, en la Iglesia y en la sociedad: la injusticia, la prepotencia, la violencia, las violaciones, la corrupción, el holocausto de inocentes no nacidos y nacidos, la indiferencia, el placer egoísta a costa del sufrimiento ajeno, el divorcio, el odio, la guerra, el dominio despótico sobre los más débiles...

Pero el mal y el pecado, con todas sus consecuencias, se vencen sólo “a golpes” de bien, en unión con Cristo y con María Inmaculada, que tienen en su mano la victoria segura sobre todo mal y sobre la misma muerte.

La presencia de Jesús victorioso, formado también en nosotros por el Espíritu Santo, y la presencia maternal de María en nuestras vidas, las tenemos garantizadas por la misma palabra infalible de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Donde está Jesús, allí está María, Madre suya y madre nuestra.

Génesis 3, 9-15. 20

Después que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» «Oí tus pasos por el jardín», respondió él, «y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí». Él replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?». El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí». Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón». El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.

El pecado original no consistió en comer una manzana (la cual es sólo un símbolo), sino pretender ser como Dios prescindiendo de Dios y haciendo caso al enemigo de Dios. Y ése sigue siendo el pecado del hombre en todos los tiempos, seducido por las serpientes del orgullo, del poder, del dinero y del placer, que perturban las relaciones entre Dios, el hombre y la mujer.

Al sentirse culpable, el hombre culpa a la mujer, y la mujer culpa a la serpiente. Y la escena se repite a diario a través de la historia: echar la culpa al otro para evadir la propia responsabilidad. Pero sólo reconociendo la propia culpa y detestándola ante Dios, podremos recuperar la paz y podremos volver a mirar sin miedo a Dios y vivir en amistad gozosa con él.

Dios maldice a la serpiente, pero no maldice al hombre y a la mujer, aunque deban soportar el dolor y el duro trabajo para sobrevivir a causa de su pecado. El hombre es responsable del pecado de poner los bienes creados por Dios en el lugar que le corresponde a Dios en el corazón y en la vda.

Pero el hombre y la mujer no sólo son pecadores, sino también víctimas del pecado propio y ajeno; mas también son capaces de vencer el pecado y sus consecuencias, volviéndose a Dios y uniéndose a Jesús y a María en la lucha victoriosa contra el mal, el pecado y la muerte.

Efesios 1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En Él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano --según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-- a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.

A partir del pecado original y a pesar de él, Dios traza su proyecto de salvación a favor de la humanidad, para devolver al hombre la categoría sublime de hijo suyo en su Hijo, hecho Hijo de María, para que el hombre sea heredero de todos los bienes de su reino, de la misma vida de Dios y de su gloria.

El destino del hombre es dar gloria a Dios, y no porque Dios necesite la gloria y alabanza del hombre, sino porque el hombre encuentra su plena realización y su total felicidad al reconocer, agradecer y alabar a Dios, pues sólo así se hace semejante a Dios en grandeza y felicidad.

La fuente y el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad eterna, es la santidad. Pero se debe entender y experimentar en qué consiste esta santidad: simplemente en la unión real con Cristo resucitado presente.

San Pablo lo experimentó a la perfección: “Para mí la vida es Cristo”; “No soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí”. Jesús lo expresó así: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, y se entiende: fruto de santidad y salvación. Santidad es sinónimo de felicidad plena, total, en el tiempo y en la eternidad.


P. Jesús Álvarez, ssp.