Sunday, November 12, 2006

LOS POBRES DAN MÁS

LOS POBRES DAN MÁS


Domingo 32º del tiempo ordinario- B / 12-11-2006


Jesús se había sentado frente a las alcancías del Templo, y podía ver cómo la gente echaba dinero para el tesoro; pasaban ricos, y daban mucho. Pero también se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Jesús entonces llamó a sus discípulos y les dijo: - Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza; no tenía más, y dio todos sus recursos. (Mc. 12,38-44).

Este paso evangélico contrapone dos estilos de religiosidad: la religión de la apariencia y la religión del corazón. Jesús desenmascara la vanidad, la hipocresía y la avaricia de los fariseos frente a la humildad y generosidad de una pobre viuda.

Dios lee y sabe lo que hay dentro del corazón humano. No se fija en la lista de obras materiales y gestos llamativos, sino en la transparencia, en el amor y la fe viva, en los sentimientos, las actitudes con que se hacen las obras y se vive la vida.

Jesús veía lo que daban los ricos, y la gente también lo veía y tal vez se admiraba. Pero sólo Jesús miraba y admiraba a la pobre viuda; y nadie se enteró de que había dado todo lo que tenía, aunque era tan poquito. Pero fue la que más dio. Jesús se identificó con ella, ya que no teniendo una piedra donde reposar la cabeza, se entregó por nosotros con todo lo que era y tenía: Dios y hombre. “Por suerte hay pobres para ayudar a los pobres; sólo ellos saben dar”, decía san Vicente de Paúl.

Los hechos se repiten en las misas de los domingos, y en la vida ordinaria, donde muchos pobres dan de lo poco que tienen y algunos ricos dan poco o nada de lo mucho que les sobra, o tal vez dan con el fin de aparecer los primeros en las listas de donantes, mientras que del sacrificio heroico del pobre que da, nadie se entera.

La pobre viuda no se enteró del valor de su gesto ni de que el mismo Hijo de Dios la estaba mirando y admirando. Como no se enteran los verdaderos pobres de que Dios está con ellos, y de que serán los primeros en el reino de los cielos. Porque Dios nunca se deja vencer en generosidad.

Sin embargo los pobres son también a menudo los primeros en la mira de los ricos en dinero, poder, ciencia, tecnología y armas, pero no para hacer la guerra a la pobreza, sino para hacerles pagar la guerra a los pobres con el sudor de su frente y muchas veces con la muerte de miembros de su familia.

La Iglesia, las iglesias, deben convertirse a los pobres, y restituir el protagonismo a los oprimidos, a los explotados, a los que pasan hambre y otras necesidades, haciendo realidad progresiva la “opción preferencial por los pobres”.

Fatal ilusión es dar algunas limosnitas para tranquilizar la conciencia y evadir a quienes necesitan acogida y ternura, tiempo y compañía, sonrisa y alegría, consejo y ejemplo, esperanza y fe, ayuda y pan.

El cristianismo es la religión positiva del sí generoso a Dios y al hombre, y también la religión del dar y sobre todo del darse con gozo. Darse a Dios y a los demás es el verdadero camino de la libertad y la felicidad; el camino del verdadero cristiano; es decir, del discípulo auténtico de Cristo. El camino de la gloria eterna.

Muy pobres son los ricos que sólo tienen dinero, poder y placeres, porque todo eso les será arrebatado en un instante, cuando menos lo piensen.

Rico de verdad es quien da y se da, porque sólo es nuestro lo que damos y sólo ganamos y salvamos la vida, nuestra persona, si la entregamos. Paradojas de la existencia cristiana que hemos de acostumbrarnos a vivir con gozo y realismo.

1 Reyes 17, 8-16

La palabra del Señor llegó al profeta Elías en estos términos: «Ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y establécete allí; ahí Yo he ordenado a una viuda que te provea de alimento». Él partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber». Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: «Tráeme también en la mano un pedazo de pan». Pero ella respondió: «¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos». Elías le dijo: «No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así habla el Señor, el Dios de Israel: El tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo». Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.

Nadie en Israel le daría un trozo de pan a Elías, perseguido político. Y como Israel no responde, Dios se vale de una pagana para salvar la vida de su servidor, a la vez que salva la vida de la viuda y de su hijo. En las ocasiones más difíciles, Dios actúa en la historia valiéndose incluso de los instrumentos más inadecuados.

El hombre no ve en el mundo la huella de Dios, sino sólo la huella del hombre en los éxitos que fascinan. Y cuando llega el fracaso, no acude al Conductor de la historia, sino que redobla, a espaldas de Dios, sus esfuerzos inútiles ante el fracaso seguro de la muerte, de la cual sólo Dios puede librar mediante la resurrección.

Los profetas de Dios son incómodos porque no son corruptibles, tanto por su fidelidad a Dios como por su defensa de los derechos del pueblo. Por eso se les hace la vida imposible con la persecución que suele terminar en muerte. Así fue para Juan Bautista, para Jesús, y para muchos otros a través de la historia.

Es la condición de los cristianos frente a los soberanos prepotentes. Y uno se atreve pensar si no habrá quiénes intenten hacer con Mons. Piña y con otros lo que hicieron con Mons. Romero. ¿O sabrán encajar la sacudida y cambiar de política?

Hebreos 9, 24-28

Cristo no entró en un santuario erigido por manos humanas --simple figura del auténtico Santuario-- sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro. Y no entró para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como lo hace el Sumo Sacerdote que penetra cada año en el Santuario con una sangre que no es la suya. Porque en ese caso, hubiera tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. En cambio, ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio. Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá otra vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.

“Sacrificio” no significa sufrimiento y muerte, sino “hacer sagrado”, consagrar algo a Dios, más allá y a pesar del sufrimiento y de la muerte. ¡Tantos sufrimientos y muertes que no son sacrificio, ofrenda a Dios!

La muerte de Cristo es el momento supremo de su ofrenda a Dios y al hombre, es su “ordenación sacerdotal”, que elimina distancias entre la criatura y el Creador. Dios no tiene nada en contra del hombre, de lo contrario no nos hubiera entregado a su Hijo; sino que es el hombre quien está en contra Dios, que en Cristo tiende la mano a todo el que de veras quiere volverse a él, acercarse a él y compartir con él su misma eterna felicidad pasando por la muerte a la resurrección.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 05, 2006

El MANDAMIENTO del AMOR y la FELICIDAD

El MANDAMIENTO del AMOR y la FELICIDAD

Domingo 31° del tiempo ordinario-B/ 5-11-2006.


Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: - ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: - El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El escriba le dijo: - Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús, al ver que había respondido tan sabiamente, le dijo: - No estás lejos del reino de Dios. Marcos 12,28-34

Era lógico que un escriba preguntase al Maestro cuál era el principal de los mandamientos, pues ellos tenían 613 mandamientos, sin que se distinguiera cuáles eran divinos y cuáles sólo humanos. Aunque la pregunta iba con cierta malicia, era una buena pregunta: se necesitaba saber si había un mandamiento que los sintetizara todos.


Gran parte de aquel cúmulo de mandamientos eran invenciones humanas para evadir el principal mandamiento, justamente el que los resume todos, el mandamiento del amor: "Amarás al Señor tu Dios…; amarás a tu prójimo…”

¿Será equivocado pensar que también hoy la gran mayoría de los cristianos, después de veinte siglos, seguimos sustituyendo el mandamiento del amor a Dios y al prójimo por un buen catálogo de normas y leyes morales, disciplinares, canónicas, eclesiásticas, civiles, familiares, buenos modales, costumbres, ritos, educación…? Y no porque sean malas esas cosas, sino porque se vuelven inhumanas e idolátricas cuando suplantan la ley del amor, cosa tan al orden de cada día y en todo lugar, como una cruel esclavitud.

Jesús, con su nacimiento, vida, muerte y resurrección, tuvo un único objetivo: enseñarnos que Dios nos ama y enseñarnos a corresponderle amándolo a él y amándonos unos a otros. Es más: él superó y nos pide que superemos el mandamiento antiguo de "amar al prójimo como a sí mismo", cambiándolo por el suyo: "Ámense los unos a los otros como yo los amo". Él nos reveló su forma de amar: "Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los que ama".

El amor a Dios y al prójimo es la única fuente de la felicidad y de la libertad en este mundo y en la eternidad. Pero la mayoría pretenden beber el agua de la felicidad sin conectarse a su fuente. Y se buscan todos los charcos contaminados de los placeres: drogas, alcohol, orgías, lujos, poder, incluso a costa del sufrimiento e infelicidad del prójimo. Lo cual sucede también entre gente “muy religiosa”.

Se hace pasar por amor lo que es puro egoísmo, y por felicidad lo que es sólo cosquillas superficiales del sistema nervioso. Son muchas las cosas que gustan, pero que no llenan porque no son justas. Y en el intento desesperado por colmar el vacío, se añaden placeres a placeres cada vez más sofisticados y crueles para los otros y para sí mismos, hasta la reducción a la total infelicidad. Es el pan de cada día de la sociedad de consumo, camino a la autodestrucción.

Aprender a amar como Cristo Jesús y con él, es nuestra vocación, realización, libertad y felicidad en el tiempo y en la eternidad. El amor a Dios y al prójimo no puede ser algo rígido y moralizador. Es libertad para mejorar las expresiones y experiencias de ternura, de amistad, de dulzura. Es fuego del corazón humano, hecho a imagen del corazón de Dios-Amor-Cariño-Ternura, pero al infinito. "Si me falta el amor, de nada me sirve…"

Deuteronomio 6, 1-6

Moisés habló al pueblo diciendo: Este es el mandamiento, y estos son los preceptos y las leyes que el Señor, su Dios, ordenó que les enseñara a practicar en el país del que van a tomar posesión, a fin de que temas al Señor, tu Dios, observando constantemente todos los preceptos y mandamientos que yo te prescribo, y así tengas una larga vida, lo mismo que tu hijo y tu nieto. Por eso, escucha, Israel, y empéñate en cumplirlos. Así gozarás de bienestar y llegarás a ser muy numeroso en la tierra que mana leche y miel, como el Señor, tu Dios, te lo ha prometido. Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Ya en el Antiguo Testamento Dios presenta sus mandamientos como leyes de vida para todas las épocas y pueblos. Dios condiciona sus bendiciones, también materiales, al cumplimiento de sus mandamientos, que son expresión del amor a Dios y al prójimo. De ellos hará depender la vida, la salud, el bienestar, el progreso y la paz de las naciones como de las familias.

Es evidente que si la humanidad cumpliera los mandamientos de Dios, sería totalmente distinto el panorama mundial: no habría violencias, guerras, violaciones, asesinatos, odios, corrupción, y tal vez ni desastres naturales.

El mundo parece que anda al revés: los que se portan mal, lo pasan bien; y los que se esfuerzan por cumplir los mandamientos, lo pasan mal. Pero eso no es del todo cierto: pensemos en las cárceles, en los enfermos a causa de sus vicios…, y en todos los que lo pasan bien, pues también llegarán a pasarlo mal con la enfermedad y la muerte. Sin referirnos siquiera a la eternidad.

Y quienes lo pasan mal por cumplir los mandamientos y por la maldad de otros, además de recibir las bendiciones de Dios en esta vida, terminarán pasándolo “divino” con la máxima bendición: la resurrección y la felicidad eterna.

Hebreos 7, 23-28

Hermanos: En la antigua Alianza los sacerdotes tuvieron que ser muchos, porque la muerte les impedía permanecer; pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable. De ahí que Él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos. Él es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo. Él no tiene necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados, y después por los del pueblo. Esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

La permanencia del sacerdocio del A. T. exigía la sucesión indefinida de los sacerdotes a causa de la muerte. Pero el sacerdocio de Cristo, muerto y resucitado, permanece para siempre. Los sacerdotes del pueblo judío eran pecadores y no podían salvar a los pecadores; pero Jesús, santo e inocente, “puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por su medio”.

Los hombres somos incapaces de abrirnos el camino hacia Dios. Sólo Jesús, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, puede abrirnos al encuentro real y transformador con Dios. El rito, la oración, la celebración, el sacramento que no nos abra a este encuentro vivo con Dios, es inútil, engañoso y fatal.

La Eucaristía, sacramento de amor y de “reconciliación perfecta”, es el ejercicio permanente del sacerdocio de Cristo resucitado en unión con la Iglesia, pueblo sacerdotal, para la salvación de la humanidad. Y el cristiano comparte con Jesús, mediante el sacerdocio bautismal, su Sacerdocio Supremo al ofrecerse, voluntaria y conscientemente, en unión con él como ofrenda agradable al Padre. Sin esta condición, la Eucaristía se queda en rito sin vida, sin eficacia salvadora.Si ves que te queda mucho camino para llegar a esto, no te desalientes: comienza a caminar decidido y él te lo hará posible.

Jesús Alvarez, ssp.

Sunday, October 29, 2006

CIEGOS QUE VEN y CIEGOS QUE SE NIEGAN A VER

CIEGOS QUE VEN y CIEGOS QUE SE NIEGAN A VER

Domingo 30º tiempo ordinario-B / 29-10-2006.

Llegaron a Jericó. Al salir Jesús de allí con sus discípulos y con bastante más gente, un limosnero ciego se encontraba a la orilla del camino. Se llamaba Bartimeo (hijo de Timeo). Al enterarse de que era Jesús de Nazaret el que pasaba, empezó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Varias personas trataban de hacerlo callar. Pero él gritaba con más fuerza: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Llamaron, pues, al ciego diciéndole: Vamos, levántate, que te está llamando. Y él, arrojando su manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego respondió: Maestro, que vea. Entonces Jesús le dijo: Puedes irte; tu fe te ha salvado. Y al instante pudo ver y siguió a Jesús por el camino. Marcos. 10, 46 - 52.

La ceguera en tiempos de Jesús - y también hoy en muchos casos - condena a los pacientes a una vida dura, pobre y marginada. Y en los países pobres no tienen otra salida que mendigar o morir de hambre en la angustia de las tinieblas.

Sin embargo también se dan muchos casos de ciegos que saben aprovechar su limitación física como ocasión para aumentar su visión mental y espiritual, y ganarse la vida con su trabajo. Me decía amigo que perdió la vista y al encanto de sus ojos, su esposa, en un accidente: "Desde que estoy ciego, veo mejor".

Como hay una ceguera física, también hay ceguera mental por falta de formación, cultura, información, comunicación. Hay una ceguera espiritual por desconocimiento del sentido y del destino eterno de la vida: ceguera por ausencia de fe y de esperanza, incapacidad para ver más allá de las preocupaciones e intereses inmediatos materiales. Es la peor ceguera y la miseria total.

La multitud que seguía a Jesús iba buscando luz y sentido eterno para su vida. Sin embargo, entre los que s juntaban con Jesús entonces y entre los que hoy aparentan seguir a Jesús, hay quiénes sólo buscan intereses materiales. El Hijo de Dios y su plan salvación no entran en sus planes egoístas. Asisten a manifestaciones y celebraciones religiosas, y luego ignoran a Cristo vivo presente en la Eucaristía, en la Biblia, en los que sufren. Se cierran al amor de Dios, al amor del prójimo, y por tanto a la salvación. Ponen su vida y esperanza en lo destinado a perecer.

A los que acompañaban a Jesús no les interesaba el sufrimiento del pobre ciego. Sólo Jesús sintió compasión e interés por él. ¿No sucede hoy lo mismo con tantos que se profesan cristianos, católicos y viven indiferentes, cierran los ojos y el corazón ante el sufrimiento de multitud de hermanos? A veces de hermanos con los que se rozan o viven cada día. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

“¡Señor, que yo vea!”, tiene que ser también hoy el grito sincero de cada uno de nosotros. Supliquemos que se nos abran los ojos de la cara para ver y contemplar las maravillas de la creación, transparencia y presencia de Dios. Que se nos abran los ojos del corazón para descubrir las expresiones del amor de Dios para con nosotros y el grito de Cristo suplicándonos un gesto de amor en los que sufren de mil maneras. Que se nos abran los ojos de la mente, para conocer la verdad que nos hace libres e hijos de Dios. Que se nos abran los ojos de la fe, para ver y vivir el sentido profundo de la vida y alcanzar el feliz destino eterno de nuestra existencia.

Sólo quien se reconoce ciego y pobre, puede desear, pedir y recibir la curación. Creer en Jesús no es cuestión sólo de palabras, doctrinas, ideas y rezos, ritos, sino de hechos, de adhesión amorosa a Él allí donde se manifiesta: Eucaristía, Biblia, prójimo, naturaleza... “¡Señor Jesús, que yo vea!” Dame la fe que me cure.

Jeremías 31, 7 – 9

Así dice Yavé: “¡Vitoreen con alegría a Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse escuchar, celébrenlo y publíquenlo: ‘¡Yavé ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!’ Miren cómo los traigo del país del norte, y cómo los junto de los extremos del mundo. Están todos, ciegos y cojos, mujeres encinta y con hijos, y forman una multitud que vuelve para acá. Partieron en medio de lágrimas, pero los hago regresar contentos; los voy a llevar a los arroyos por un camino plano para que nadie se caiga. Pues he llegado a ser un padre para Israel y Efraím es mi primogénito.

La historia del pueblo de Israel refleja nuestra historia individual, familiar, eclesial, nacional, mundial: infidelidad a Dios, pecado, goce desordenado a costa del sufrimiento ajeno, y al final de cuentas, también del propio... No sólo sufrimos a causa de los pecados propios, sino -sobre todo los inocentes-, a causa de los ajenos.

Y Dios calla frente a los que hacen sufrir y ante los que sufren. Como que se oculta. Se demora en intervenir. Pero no se olvida. Él no puede fallar: permanece fiel a su promesa de rescatar a quienes sufren, salvarlos y llevarlos a la Jerusalén celestial, su eterna Casa paterna, nuestro destino. Con tal de que deseemos ser salvados, manifestando este deseo con súplicas confiadas, conversión real, recurso a los medios de salvación: buenas obras, sacramentos, sufrimiento ofrecido, confianza en el omnipotente amor paternal y maternal de Dios.

La seguridad de la salvación consiste en que Dios es nuestro Padre y se porta como tal con todos sus hijos. Lo decisivo es que le creamos, lo aceptemos y amemos como Padre. Él sabe de nuestros llantos y sufrimientos, y conoce las angustias de toda la humanidad. Puede demorarse, pero no olvida. Llega siempre a tiempo y en el momento justo.

Hebreos 5, 1 – 6.

Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado. Es capaz de comprender a los ignorantes y a los extraviados, pues también lleva el peso de su propia debilidad; por esta razón debe ofrecer sacrificios por sus propios pecados al igual que por los del pueblo. Pero nadie se apropia esta dignidad, sino que debe ser llamado por Dios, como lo fue Aarón. Y tampoco Cristo se atribuyó la dignidad de sumo sacerdote, sino que se la otorgó aquel que dice:”Tú eres mi Hijo, te he dado vida hoy mismo”. Y en otro lugar se dijo: “Tú eres sacerdote para siempre a semejanza de Melquisedec”.

El sacerdocio del Antiguo Testamento consistía en representar al pueblo ante Dios y ofrecer sacrificios de expiación por los pecados de ese pueblo y por los propios.

Pero Cristo añadió al sacerdocio una nueva función: ofrecerse a sí mismo por los pecados del pueblo. O sea: realizar a favor del pueblo la obra máxima de amor señalada y vivida por Jesús: Nadie tiene un amor tan grande como el de quien da la vida por los que ama. Sólo ese amor da eficacia salvífica al sacerdocio ministerial y al sacerdocio bautismal. No basta con sólo ofrecer sacrificios, aunque sea el máximo: la Eucaristía, sino que es necesario ofrecerse en unión con Cristo, como ofrenda agradable al Padre a favor de la humanidad y por el prójimo de cada día.

Y todo bautizado tiene la dignidad del sacerdocio bautismal, que es el sacerdocio fundamental, por el que comparte el sumo sacerdocio de Cristo y el sacerdocio ministerial, realizando, a su nivel, las tres funciones del sacerdocio: representar a otros ante Dios mediante la oración, ofrecer sacrificios (sufrimientos, trabajos, penas) y ofrecerse a sí mismo en reparación por los pecados propios y ajenos.

María es modelo de todo sacerdocio. Después del Sacerdocio Supremo de Cristo, ella ejerce el máximo sacerdocio: dar a Cristo al mundo. Su sacerdocio supera en eficacia salvadora al de todos los sacerdotes, obispos y papas juntos.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 22, 2006

EL PRECIO DE LA VIDA ETERNA

EL PRECIO DE LA VIDA ETERNA

Domingo 29º Tiempo Ordinario-B / 22-10-2006


Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: - Maestro, concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu reino. Jesús les dijo: - Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy bebiendo o ser bautizados como yo soy bautizado? Ellos contestaron: - Sí, podemos. Jesús les dijo: - Pues bien, la copa que yo bebo, la beberán también ustedes, y serán bautizados con el mismo bautismo que yo estoy recibiendo; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo; eso ha sido preparado para otros. Los otros diez se enojaron con Santiago y Juan. Jesús los llamó y les dijo: Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes. Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por todos. Mc 10,32-45

Mientras un padre agonizaba entre indecibles dolores, sus cinco hijos se peleaban por la herencia. Algo así sucedía con los discípulos de Jesús: se peleaban por los primeros puestos del ansiado reino temporal de Jesús, mientras él vivía la angustia de la muerte inminente. No podían creer que la victoria total del Maestro por la resurrección sería el resultado de su fracaso parcial en la cruz.

Y también hoy, mientras Cristo sufre y muere en millones de seres humanos, hijos del mismo Padre, una buena parte de los mismos cristianos viven indiferentes, e incluso cómplices, ante el sufrimiento y muerte de sus hermanos, y se enredan en una lucha mezquina por el poder, el dinero y los privilegios.

Jesús pregunta a los ambiciosos discípulos si están dispuestos a pagar el precio de lo que piden: "beber el cáliz”, compartir su pasión y muerte. Ellos responden que sí, sin saber lo que dicen. Pero beberán el cáliz del martirio, a imitación de Cristo, que les dará infinitamente más de lo que pedían: les dará la resurrección, la vida eterna e insospechados puestos de gloria en su reino eterno.


También Iglesia hay quiénes ambicionan mezquinamente puestos, poder, y privilegios. Pero la autoridad en la Iglesia no puede ser sino un servicio ejercido a imitación y en nombre de Cristo muerto y resucitado. O se vive y ejerce en la lógica de la cruz, de la resurrección y del servicio en el amor, o se pervierte en dominio indigno. El máximo honor es para quien más ama, no para quien más poder tiene. La autoridad se hace cruz de servicio en el amor, hasta imitar a Jesús en el máximo servicio: dar la vida por los que ama, para así resucitar con ellos.


Pero dar la vida no significa sólo morir, sino proyectar la vida entera como donación por el bien y la salvación de los hombres, para así recuperarla en total plenitud por la resurrección.

Jesús, pagando el precio de su muerte por nuestra vida, adquirió para sí y para la humanidad la victoria total y definitiva sobre su muerte y la nuestra con su resurrección.

Los guías religiosos no han sido elegidos “para ser servidos, sino para servir y dar la vida por sus hermanos”, como Cristo. A servicio total, premio total.

Jesús nos pide vivir en el amor sin dominio posesivo sobre los demás. Y si tenemos alguna autoridad, usémosla como él: con amor servicial, sin evadir responsabilidades y exigiendo el cumplimiento de responsabilidades a quienes nos han sido encomendados.

Is 53,10-11

Quiso Yavé destrozarlo con padecimientos, y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado. Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida, y el proyecto de Dios prosperará en sus manos. Después de las amarguras que haya padecido su alma, gozará del pleno conocimiento. El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos, después de cargar con sus deudas.

La expresión del profeta: “Quiso Yavé destrozarlo con padecimientos”, hoy la entendemos así: “El Padre lo asistió cuando era destrozado con padecimientos”, pues Dios no es un padre sádico que se ensaña contra el que más ama: su Hijo predilecto. El Dios-Amor no puede querer el mal de sus hijos; pero sí entra en el sufrimiento de sus hijos para convertirlo en bien, felicidad y vida eterna.

El Padre no planeó ni aprobó el sufrimiento de Jesús, sino la fidelidad en el amor a él y a los hombres a pesar del sufrimiento: dio su vida por librarnos del pecado, de la muerte y del infierno, y ganarnos la resurrección y la vida eterna.

Los sufrimientos de Cristo fueron como dolores de parto, pues con ellos engendró a sus hermanos para la vida sin fin en la Familia eterna de la Trinidad, según su plan de salvación a favor de los hombres, nosotros.

También nosotros estamos llamados a realizar lo mismo: a compartir con Cristo nuestros sufrimientos, incluida la misma muerte, para engendrar, en unión él, a muchos hermanos, compartiendo así la paternidad-maternidad universal del Padre en favor de los pecadores, empezando por los más cercanos.

Acojamos con gozo esta vocación casi “corredentora”, asociando nuestros sufrimientos inevitables, y los ajenos, a los de Cristo, presentándonos “como ofrenda agradable al Padre”, especialmente en la celebración de la Eucaristía, donde Cristo realiza de nuevo cada día el misterio de la salvación.

Heb 4,14-16

Tenemos, pues, un Sumo Sacerdote excepcional, que ha entrado en el mismo cielo, Jesús, el Hijo de Dios. Esto es suficiente para que nos mantengamos firmes en la fe que profesamos. Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, a excepción del pecado. Por lo tanto, acerquémonos con plena confianza al Dios de bondad, a fin de obtener misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno.

El Sumo Sacerdote israelita entraba en el Tabernáculo, para expiar ante Dios los propios pecados y los del pueblo. Jesús, el nuevo Sumo Sacerdote, se presenta ante el Padre cargado con nuestros pecados y sufrimientos.

Si Cristo ha hecho tanto por nosotros, es justo que nos acerquemos a él con plena confianza suplicando perdón, conversión, resurrección y vida eterna, puesto que para eso se encarnó, trabajó, predicó, sufrió, murió y resucitó. ¿Qué más podría hacer por nosotros, sus hermanos? Nos declara san Pablo: Ustedes han sido comprados a un gran precio (1Cor 6,20).

Necesitaremos toda la eternidad para agradecer tan inmensos favores. Pero debemos agradecerlos también ya en esta vida, compartiendo el Sacerdocio de Jesús mediante el sacerdocio que nos ha conferido en el bautismo: Él confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo (Prefacio de Jesús Sumo Sacerdote).

Ejercer el sacerdocio bautismal es imitar a Cristo: Él entregó la vida por nosotros; y también nosotros debemos dar ahora la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16). Puesto que de todos modos debemos darla, démosla sacerdotalmente junto con Cristo, para recuperarla resucitada por él.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 15, 2006

¿¡FELICES LOS RICOS!?

¿¡FELICES LOS RICOS!?

Domingo 28º tiempo ordinario-B/ 15 oct. 2006


Un hombre salió al encuentro de Jesús, se arrodilló delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”. El hombre le contestó: “Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven”. Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: “Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: “¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!” Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: “Hijos, ¡qué difícil es para los que ponen su confianza en el dinero entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios”. Ellos se sombraron todavía más y comentaban: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” Jesús los miró fijamente y les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible”. (Marcos 10,17-30)

El joven rico estaba dispuesto cumplir la ley, las prácticas religiosas y también a dar algunas limosnas para ganarse el cielo. Pero Jesús le pide todo a cambio de la felicidad temporal y eterna que busca. Mas él se queda triste con sus riquezas, renunciando a la alegría y a la libertad frente a los bienes materiales y poniéndose en peligro de perder la vida eterna.


También hoy existen muchos adinerados dispuestos a hacer algunas obras buenas, pero pocos se deciden a emplear en el bien sus riquezas y a cargar con amor la cruz inevitable que lleva a la suprema riqueza: el reino de Dios, la resurrección y la vida eterna.

Jesús afirma que es muy difícil que se salven quienes ponen su confianza en el dinero, ricos o pobres, y dejan que este ídolo suplante en su corazón y en su vida a Dios y al prójimo necesitado. ¡Infelices los ricos que sólo tienen plata y los pobres que sólo ambicionan dinero!

Viene a la mente la definición que del verdadero hace la beata Teresa de Calcuta: “Rico no es quien más tiene, sino el que menos necesita”. Definición que se puede completar así: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita y da a los pobres lo que no necesita”. Rico es el que da de lo que tiene y de lo que es. No sólo bienes económicos, sino también bienes personales: tiempo, inteligencia, amor, profesionalidad, testimonio, fe. Así lo hizo la Madre Teresa.

El dinero y los bienes materiales son una bendición de Dios para compartir. Mas el hombre puede convertirlos en maldición a causa del egoísmo; pero también en un cúmulo de bendiciones por el amor y las obras de bien, sobre todo promoviendo la evangelización para la salvación de los hombres.

Los ricos desprendidos son los camellos cargados de tesoros que van repartiendo de lo que son y de lo que tienen para cubrir necesidades ajenas y hacer el bien. Y por eso pueden pasar por el agujero de una aguja hacia la resurrección y la gloria, porque para Dios nada hay imposible. Dios escucha al rico que convierte las riquezas materiales en moneda depositada en el banco del Reino eterno, donde no pueden ser roídas por la polilla ni arrebatadas por los ladrones. Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida.

Cuántos reyes, poderosos y ricos, usando sus bienes y su persona como Dios quiere, han llegado a una gran santidad. Pensemos en Moisés, José, virrey de Egipto, san Mateo, san Bernardo, san Francisco de Asís…, a los que han imitado innumerables reyes, poderosos, empresarios a través de la historia.

¡Felices, pues, ricos que se hacen pobres, y con sus riquezas compran el reino de Dios en la tierra y en el cielo! Y ¡felices los pobres que lo esperan todo de Dios, a la vez que luchan por una vida digna y ayudan a otros a salir de la miseria material, moral y espiritual!

Sabiduría 7, 7-11

Oré y me fue dada la inteligencia; supliqué, y el espíritu de sabiduría vino a mí. La preferí a los cetros y a los tronos, y estimé en nada la riqueza al lado de ella. Vi que valía más que las piedras preciosas; el oro es sólo un poco de arena delante de ella, y la plata, menos que el barro. La amé más que a la salud y a la belleza, incluso la preferí a la luz del sol, pues su claridad nunca se oculta. Junto con ella me llegaron todos los bienes: sus manos estaban repletas de riquezas incontables.

La verdadera sabiduría es la capacidad de ver, juzgar y sentir a las personas, las cosas, los acontecimientos con los ojos, la mente y el corazón de Dios. Lo cual se consigue con la oración: “Oré y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría”. La oración verdadera es el espacio del encuentro con el Dios vivo y escuela del conocimiento amoroso de Dios Amor, Dios Trinidad y Familia, fuente de toda sabiduría y de todos los bienes que sólo de ella derivan.

La Sabiduría es el tesoro escondido por el cual vale la pena darlo todo, pues ella nos devuelve al mil por uno todo lo que para adquirirla hayamos dejado, e inmensamente más. Darlo todo para alcanzar la sabiduría es la mejor inversión, el mejor negocio de nuestra vida. Frente a esta inversión, todas las demás inversiones son nada y vacío.

“Si alguno se ve falto de sabiduría, pídala a Dios, que da generosamente y sin poner condiciones, y Él se la dará” (St 1, 5).

Así como la Palabra de Dios va más allá de la palabra sonido y nos comunica con la Palabra Persona, el Verbo Divino, Jesucristo, así también la Sabiduría se identifica con la Sabiduría Persona, que es el mismo Cristo Jesús.

Hebreos 4, 12-13

En efecto, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, los huesos y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y pensamientos más íntimos. No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de aquél al que rendiremos cuentas.


La Palabra de Dios, por su eficacia, no regresa a Él sin comunicar luz: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sl 118), sin producir frutos de salvación. Jesús, la Palabra de Dios personificada, nos asegura: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn 15, 5).

La Palabra de Dios es como una espada tajante que separa la verdad de la mentira, la luz de las tinieblas, el bien del mal, las intenciones buenas de las malas, la vida de la muerte, la justicia de la injusticia, el amor del egoísmo, la transparencia de la hipocresía...

No podemos acercarnos a la Palabra de Dios sin dejarnos iluminar agradecidos y aceptar ser cuestionados amorosamente por ella, a fin de que nuestras vidas vayan por caminos de luz, de verdad y de bien, de resurrección y de vida eterna.

Pero tengamos bien presente que si la Palabra de Dios escrita, pronunciada, memorizada o hecha imagen, no nos llevara al encuentro con la Palabra viva, la Palabra Persona, Cristo, el Verbo de Dios, esa Palabra resultaría estéril, y al final seríamos juzgados por ella misma.

La Palabra de Dios no sólo es la que está escrita en la Biblia; también es Palabra de Dios, - que nos habla de Él -, la creación, la vida, las personas, y la que está escrita en nuestros corazones. No está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor y en nuestra persona, templo del Espíritu Santo, donde resuena la Palabra de Dios. Quien la escucha y la pone en práctica, se hace testigo verdadero de Cristo resucitado.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 08, 2006

PLACER, AMOR, FELICIDAD

PLACER, AMOR, FELICIDAD

Domingo 27° durante el año – B – 8-10-2006

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba) y le preguntaron: "¿Puede un marido despedir a su esposa?" Les respondió: "¿Qué les ha ordenado Moisés?" Contestaron: "Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse". Jesús les dijo: "Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe". Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: "El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también esta comete adulterio". Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: "Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía. (Mc 10, 2-16)

El matrimonio tiene sentido y destino de felicidad, éxito y eternidad, porque el amor, que es su raíz y su vida, tiende por naturaleza a crecer indefinidamente y hacerse eterno. Es evidente que no hablamos del simple disfrute sexual, que puede darse sin amor alguno.

Al amor verdadero van siempre unidas la libertad y la felicidad, incluso en medio del sufrimiento, e incluso a causa del sufrimiento, por paradójico que parezca. Amor, libertad y felicidad son bienes inseparables que la persona humana desea vivir y gozar para siempre.

La indisolubilidad del matrimonio propuesta por Jesús no es cuestión de leyes, sino de vida y de amor; no es una simple prohibición, sino la posibilidad, la oportunidad y responsabilidad para el amor total, para la felicidad en el tiempo y en la eternidad, de la mente, del corazón, del espíritu y del cuerpo.

La indisolubilidad del matrimonio es un programa de vida plena y feliz, a pesar de sufrimientos y dificultades. Jesús ratifica el plan inicial de Dios, sin conceder rebajas. Sabe que cualquier otro camino lleva al fracaso. Y Él no quiere el fracaso de sus hermanos.

El matrimonio indisoluble es una buena noticia, un sí a la familia, a la vida, a la dignidad de la mujer y del hombre, al amor pleno, al derecho del niño a nacer, a tener y amar a un padre y a una madre que se amen y lo amen. Es un sí a la felicidad temporal y eterna. En el cielo ya no se casan, pero allí encuentra su plenitud eterna el matrimonio.

La Iglesia no debe separar lo que Dios ha unido. Ella no puede engañar a los fieles admitiendo el divorcio como salida feliz, ya que es más bien salida hacia la infelicidad.

La sexualidad, para que sea humana, feliz y salvadora, debe ser comunión de amor entre dos personas en su totalidad: cuerpo, espíritu, mente, corazón y voluntad, pero a la vez comunión con Dios, creador de todo lo que se es, se ama, se goza y se espera. Los fracasos matrimoniales son tantos porque son muy pocos los que buscan, encuentran y viven el amor verdadero: el amor-felicidad-libertad, sumergido en el amor de Dios, su fuente. El arroyo del amor humano cortado de su fuente, se seca y siembra desolación.

Una pareja o familia sin amor, es como una planta sin agua y sin luz, como un lugar de fiesta convertido en infierno. La solución no es el divorcio. La solución no está destruir la planta, sino en volver decididos a regarla con amor, fe, esperanza, decisión, perseverancia y optimismo, pues para Dios y para quien cree en él y a él se acoge, nada hay imposible.

Gén 2, 2. 7. 18-24

Dijo Yavé Dios: "No es bueno que el hombre esté solo. Le daré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude". Entonces Yavé Dios formó de la tierra a todos los animales del campo y a todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para que les pusiera nombre. Y el nombre de todo ser viviente había de ser el que el hombre le había dado. El hombre puso nombre a todos los animales, a las aves del cielo y a las fieras salvajes. Pero no se encontró a ninguno que estuviera a su altura y lo ayudara. Entonces Yavé hizo caer en un profundo sueño al hombre y este se durmió. Le sacó una de sus costillas y rellenó el hueco con carne. De la costilla que Yavé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: "Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada". Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne.

Según el Génesis, Dios creó al hombre y lo puso en un jardín delicioso, e incluso el mismo Dios por las tardes paseaba conversando con él. Pero en ausencia de Dios se sentía sólo y nada lo llenaba, pues nada de lo creado se relacionaba con él a su nivel.

Dios se dio cuenta de que no era bueno para el hombre estar solo. Y por eso le dio a la mujer, sacándola del cuerpo del hombre. Es el primer signo de predilección de Dios hacia la mujer: en vez de formarla de la tierra como al hombre, la formó de la materia más noble existente, la carne del hombre. Era la ayuda y compañía apropiada, su complemento.

Allí empezó el matrimonio como Dios lo quería: dos en una sola carne, como una sola persona, hechos el uno para el otro en ayuda mutua, esclavos el uno del otro en la gozosa libertad del amor. No en la esclavitud del instinto, que por sí solo degrada al hombre y a la mujer por debajo de los animales. El matrimonio es por sí una gran bendición de Dios.

Hebreos 2,9-11

Al que Dios había hecho por un momento inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor como premio de su muerte dolorosa. Fue una gracia de Dios que experimentara la muerte por todos. Dios, del que viene todo y que actúa en todo, quería introducir en la gloria a un gran número de hijos, y le pareció bien hacer perfecto, por medio del sufrimiento, al que se hacía cargo de la salvación de todos; de este modo, el que comunicaba la santidad, se identificaría con aquellos a los que santificaba. Por eso él no se avergüenza de llamarnos hermanos.

El hombre, hecho poco inferior a los ángeles, se degradó por debajo de su propia condición al pretender ser superior a los ángeles, igual a Dios. Quiso apropiarse la condición de Dios prescindiendo de Dios e incluso contra Dios. Y esa pretensión sigue hoy entre los hombres.

Por eso Dios vuelve a comunicarse directamente con el hombre en la persona de Cristo que, entregado al sufrimiento por amor al hombre y a Dios, brinda de nuevo a la humanidad el verdadero amor, la unión y la comunicación, perdidos por el egoísmo del placer, del poseer y del poder, con que los humanos destruyen y se autodestruyen.

Jesús, Dios hecho hombre, se somete a la humillación del sufrimiento para devolver al hombre su dignidad de hijo de Dios y el gozo de compartir con él la creación de nuevos hijos de Dios y la salvación de los mismos, engendrándolos en Cristo para la vida eterna.

Cristo, el Hijo de Dios, ya no se conforma con ofrecer al hombre conversación en un paraíso terrenal, sino que se compromete a estar con él todos los días hasta el fin del mundo. Como los hombres son también hijos de su mismo Padre, no se avergüenza de llamarlos hermanos y de cargar con sus rebeliones para así llevarlos al Paraíso eterno.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 01, 2006

MONOPOLIO Y ECUMENISMO

MONOPOLIO Y ECUMENISMO

Domingo 26° durante el año-B- 1-10-2006

Juan le dijo a Jesús: "Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros." Jesús contestó: "No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros. Y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa." "El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida, que ir con las dos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies a la gehenna. Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga”. (Mc 9,38-43)

También los discípulos de Jesús querían para su grupo el monopolio de los milagros, de la verdad, del bien, de la fe, de la salvación y del mismo Dios. El móvil solapado era, y sigue siendo, el dominio y los privilegios, no el servicio humano y salvífico.

Gracias a Dios, el Espíritu Santo sopla donde quiere y como quiere, también fuera de los cálculos y límites de los intransigentes y sectarios, y “gene bien” que se creen los únicos poseedores de la verdad y de toda la verdad.

¿Vamos a sentirnos recelosos porque la obra de Dios, de Jesús, no pase en exclusiva por nuestros grupos, por nuestros criterios o por nuestra Iglesia católica? Más bien hemos de admirar, agradecer y alabar a Dios porque así lo hace, y colaborar a su obra de salvación universal con todos los medios a nuestro alcance: oración, palabra, obras, testimonio y sacrificios unidos al que Cristo ofreció “por ustedes y por todos los hombres”.

La obra de salvación más eficaz y universal a nuestro alcance es la Eucaristía, pues en ella se nos ofrece la posibilidad de compartir con Cristo mismo la salvación de la humanidad, al sumarnos al sacrifico eucarístico como ofrendas agradables al Padre.

Por ahí van los caminos del ecumenismo, de un sano pluralismo, que llevará a realizar el anhelo de Jesús: “Padre, que todos sean uno”; “Que haya un solo rebaño bajo un solo Pastor”. Firmes en la fe, hay que admirar, acoger y apoyar todo lo bueno, esté donde esté y venga a través de quien venga, pues sólo proceder del Espíritu Santo.

Jesús nos habla hoy también del escándalo, que es inducir a otros al mal, con malas acciones, palabras, gestos, actitudes u omisiones, destruyendo la fe en el corazón de los sencillos. Jesús considera el escándalo de tan extrema gravedad, que afirma que más valdría ser arrojados al fondo del mar, antes que fracasar la vida en el tormento eterno a causa del escándalo.

¡Cuánto debemos orar, trabajar y ofrecer las cruces – y sobre todo la Eucaristía - por la salvación de los que hemos escandalizado, tal vez de mil maneras, durante nuestra vida!

El Señor se refiere también al escándalo personal al que nos puede llevar el instinto mediante los ojos, los oídos, las manos, los pies, u otro miembro, con riesgo de perderse a sí mismo y perder la herencia eterna que Cristo nos ganó con su vida, pasión, muerte y resurrección. Por eso pedimos una y otra vez en el Padre nuestro: “No nos dejes caer en tentación y líbranos de mal”. Líbranos sobre todo del máximo mal: el tormento eterno.

Números 11,25-29

Entonces Yavé bajó en la nube y habló, luego tomó del espíritu que estaba en Moisés y lo puso en los setenta hombres ancianos. Cuando el espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar, pero después no lo hicieron más. Dos hombres se habían quedado en el campamento, el primero se llamaba Eldad y el otro, Medad; el espíritu se posó sobre ellos. Pertenecían a los inscritos, pero no habían ido a la Tienda, y profetizaron en el campamento. Un muchacho corrió para anunciárselo a Moisés: "Eldad y Medad están profetizando en el campamento". Josué, hijo de Nun, servidor de Moisés desde su juventud, tomó la palabra: "¡Mi señor Moisés, prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Así que te pones celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yavé fuera profeta, que Yavé les diera a todos su espíritu!"

Dios elige de forma especial a personas y grupos para comunicarles su Espíritu con el fin de guiar a su pueblo hacia la salvación. Pero no se ata a nadie como si Él fuera un monopolio. Se reserva la libertad total de comunicar su Espíritu más allá de todo límite.

Esa apertura universal la retoma Jesús y se la comunica a sus apóstoles, frente al pueblo judío que pretendía poseer en exclusiva a Dios y su salvación. También hoy en las distintas iglesias y religiones (incluida la católica) muchos pretenden tener el monopolio de la verdad, de Dios y de la salvación. Esto ha causado las grandes y escandalosas divisiones religiosas, y las sigue causando y manteniendo.

Pero el Espíritu de Dios sopla donde quiere, y dichosos quienes lo secundan con un corazón ecuménico, universal, en todo lo que obra fuera de toda institución religiosa, incluida la fundada por el mismo Jesucristo, quien confirmó sin medias tintas: “Tengo otras ovejas que no son de este corral; también las llamaré y escucharán mi voz” (Jn 10, 16).

Santiago 5,1-6

Ahora les toca a los ricos: lloren y laméntense porque les ha venido encima desgracias. Los gusanos se han metido en sus reservas y la polilla se come sus vestidos, su oro y su plata se han oxidado. El óxido se levanta como acusador contra ustedes y como un fuego les devora las carnes. ¿Cómo han atesorado, si ya eran los últimos tiempos? El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han conocido sólo lujo y placeres en este mundo, y lo pasaron muy bien, mientras otros eran asesinados. Condenaron y mataron al inocente, pues ¿cómo podía defenderse?

Santiago se refiere a los ricos que han hecho de las riquezas su dios, su ídolo, cifrando en ellas todas las esperanzas de su vida, sin poner esos bienes al servicio de sus semejantes, pues para eso los recibieron, a menos que sean fruto de corrupción y robos.

Pues muchos se han hecho ricos a costa de la pobreza de sus semejantes, y han construido y construyen su vida incluso sobre la muerte de inocentes. Y esto no se refiere sólo a individuos, sino también a pueblos, naciones y continentes. ¿Qué pueden esperar?

Sus seguridades y esperanzas serán destruidas de improviso, cuando menos lo piensen. Así como sus víctimas no pudieron defenderse de ellos, así ellos no podrán escapar de lo que les vendrá encima. ¡Más nos vale estar lejos de esas condiciones!

Cristianos ricos, instituciones y naciones ricas, vean de dónde les vienen sus riquezas y cómo las invierten, pues pueden convertírseles en la trampa fatal de sus seguridades. ¡Pónganse a salvo a tiempo, sin pensarlo dos veces!

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, September 24, 2006

AMBICIÓN Y SERVICIO

AMBICIÓN Y SERVICIO


Domingo 25º durante el año -B / 24- 9- 2006


Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquél que me ha enviado». Mc. 9,30-37

Ante la incomprensión de los discípulos, Jesús les repite el anuncio de su pasión y de su resurrección. Mas para ellos Jesús no puede ni debe ser sino el Mesías victorioso que les asigne los nombre ministros en su reino temporal.

Y mientras Jesús anuncia sufrimientos –que han de ser coronados por la resurrección-, surge entre ellos una vergonzosa contienda por los primeros puestos en el soñado reino terreno de Jesús.

Hoy sigue siendo tan difícil seguir el camino de Cristo: por la cruz a la resurrección y a la gloria eterna, porque la voluntad de poder, de ambición y de placer está muy arraigada en el hombre, y al resultar costosa la renuncia, se camuflan esos vicios bajo apariencias de religiosidad superficial y culto hipócrita.

El fracaso de la cruz –enfermedad, dolor, agonía, muerte ofrecidos en unión con Cristo- sigue siendo para nosotros el único camino a la resurrección y a la gloria, como lo fue para él, la única manera de triunfar sobre el dolor y la muerte.

El fracaso de la cruz es obligado para evitar el fracaso final de la vida y lograr la felicidad y gloria por las que suspira nuestro ser desde sus más profundas raíces. Es necesario asumir la realidad de la cruz para acceder a la resurrección.

También a los discípulos o cristianos de hoy Jesús nos dirige el mismo anuncio que a los de entonces: "Si alguno quiere ser mi discípulo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo".

La cruz del servicio a Dios y al prójimo es ya una cruz pascual, porque Cristo resucitado nos la alivia al cargarla con nosotros, no ya camino del Calvario, sino camino de la resurrección y de la gloria. “Los sufrimientos de este mundo no tienen comparación con el peso de gloria que nos espera”, dice san Pablo.

Sin embargo, tal vez nos resistimos una y mil veces al servicio generoso y a la renuncia a lo que nos hace "enemigos de la cruz de Cristo", como si la cruz fuera causa de infelicidad, y no causa de resurrección y felicidad, como lo fue para Cristo.

Pero es admirable cómo Jesús, ante las ambiciones y ceguera de los discípulos, no se pone a reprenderlos con enojo, sino que se sienta y los instruye de nuevo con infinita paciencia. ¡Buen ejemplo para los catequistas, padres y pastores!

A los discípulos de entonces y de hoy Jesús les propone como modelo a un niño. Los niños no cuentan, no tienen pretensiones de dominio y grandeza. Están abiertos a todos, sin malicia ni ambición posesiva; son sencillos, pacíficos, felices. Y ante la cruz, no se revelan ni protestan.

Sufren al estilo de Cristo: como corderitos. Pero ¡ay de quienes hacen sufrir a los niños! Dios saldrá en defensa de ellos en contra de sus verdugos, a quienes devolverá con creces los sufrimientos causados.

Lo que hace grandes y nos merece los primeros puestos en el reino de Jesús, no es dominar y ser ricos, sino servir a los más pequeños, pobres y despreciados. Porque todo lo que se hace con ellos, con Cristo mismo se hace. “Estuve necesitado y ustedes me socorrieron: vengan, benditos de mi Padre a poseer el reino”.

Sabiduría 2, 12. 17-20

Dicen los impíos: Tendamos trampas al justo, porque nos molesta y se opone a nuestra manera de obrar; nos echa en cara las transgresiones a la Ley y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida. Veamos si sus palabras son verdaderas y comprobemos lo que le pasará al final. Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá y lo librará de las manos de sus enemigos. Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos, para conocer su temple y probar su paciencia. Condenémoslo a una muerte infame, ya que él asegura que Dios lo visitará.


Los impíos, que son multitud en todos los tiempos y lugares, viven con la esperanza puesta únicamente en las realidades materiales, sobre las que se creen con dominio absoluto; y demás creen tener incluso derecho de vida o muerte sobre sus hermanos. Muerte en sus múltiples formas: desde la indiferencia, el desprecio y la marginación, hasta el asesinato, hoy tan extendido, y tantas veces impune.

El impío no aguanta a una persona honrada, porque el bueno con su conducta denuncia la mala conducta del impío, que hará la guerra de mil maneras al bueno. El sufrimiento y la muerte de los buenos e inocentes, junto con la impunidad temporal de los verdugos, constituyen para muchos la prueba de que Dios no existe, o no es bueno y despreocupa de sus hijos que sufren y mueren.

Quienes hacen el mal porque no creen en Dios al ver que no actúa de inmediato contra ellos a favor de los inocentes; y quienes piden cuentas a Dios o lo acusan porque permite las fechorías de los impíos contra los buenos, pero se quedan de brazos cruzados e indiferentes ante el mal, no creen en la otra vida y, por no creer, la perderán a causa de su fatal autoengaño, que lamentarán eternamente .

El bueno, el inocente que sufre será liberado de sus verdugos a través del sufrimiento y de la misma muerte que le causan, como sucedió con el Bueno y Justo por excelencia: Cristo, liberado y liberador por la resurrección.

Santiago 3, 16 - 4, 3

Hermanos: Donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz. ¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que preten­den, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.

He aquí una radiografía de tantas familias cristianas, comunidades religiosas, grupos parroquiales donde impera la discordia, la rivalidad, las envidias…; y la indicación de las causas vergonzosas de esa situación: pasiones, ambición de poder, e incluso la oración mal hecha, porque con ella se intenta encubrir esas situaciones, en lugar de vivir y promover la unión con Dios y con el prójimo. Juntos para hacer cosas, en lugar de unidos a Cristo para vivir y ayudarse en el camino de la fe y de la salvación.


Un cristiano sólo se puede sentir cristiano, puede estar unido a Cristo por la oración, la Eucaristía ni por la misma comunión, si ama a quien Cristo ama, si perdona a quien Cristo perdona, si pide y sufre por la salvación de quienes Cristo ha venido a salvar y cuya salvación quiere que compartamos con él.


Pero Santiago también indica el remedio a tanto desconcierto escandaloso: la sabiduría de la fe, que es pura, pacificadora, conciliadora, imparcial, sincera, llena de misericordia… “Los que trabajan por la paz, serán llamados hijos de Dios”.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, September 17, 2006

Cristianos con CRISTO, cristianos sin Cristo

Cristianos con CRISTO, cristianos sin Cristo


Domingo 24º tiempo ordinario-B / 17 sept. 2006


Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas.» Entonces Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Pero Jesús les dijo con firmeza que no conversaran sobre él. Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los notables, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que sería condenado a muerte y resucitaría a los tres días. Jesús hablaba de esto con mucha seguridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo por lo que había dicho. Pero Jesús, dándose la vuelta de cara a los discípulos, reprochó a Pedro diciéndole: «¡Pasa detrás de mí, Satanás! Tus intenciones no son las de Dios, sino de los hombres.» Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que dé su vida (por mí y) por el Evangelio, la salvará”. Marcos 8,27-35.

Por la confesión de Pedro, los discípulos reconocen a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y Jesús se apoya en esa fe para revelarles su camino: por la muerte de cruz a la resurrección y a la vida.


La referencia a la resurrección no la comprendían para nada. La muerte en la cruz, sí. Y ésta desbarataba sus ilusiones de un reino temporal presidido Jesús. Por eso Pedro se lleva al Maestro a parte y protesta diciéndole que no puede someterse a la muerte. Y Jesús, delante de todos, le llama satanás a Pedro, pues se opone al plan de Dios que consiste en la resurrección y la gloria a través de la muerte.

La respuesta -expresada con la vida- a la pregunta de Jesús: “Ustedes ¿quién dicen que soy yo?”, divide a los cristianos en dos grandes categorías:

- Bautizados que creen en Cristo y se esfuerzan por vivir con él y como él, y
- bautizados que dicen creer en Cristo, pero en realidad lo excluyen de su vida práctica, del hogar, de las relaciones humanas y laborales, de sus penas y alegrías; e incluso lo excluyen de sus prácticas de piedad, al realizarlas por cumplir, no para encontrarse y comprometerse con él. Son cristianos sin Cristo.

Es decisivo hacerse sinceramente la pregunta: “Jesús, ¿quién eres tú en realidad para mí en la vida de cada día?” Y responderse con la misma sinceridad, sin escudarse bajo las apariencias de una religiosidad superficial del cumplimiento.

Jesús no se anda con medias tintas: “Quien no está conmigo, está contra mí. Quien conmigo no recoge, desparrama”. “Quien trate de reservarse la vida, la perderá; y quien pierda la vida por mí, la salvará”. “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y se venga conmigo”.

Muchos creyentes y no creyentes reconocen a Jesús como un personaje extraordinario, un líder, un super-estrella, un rey. Y admiran sus enseñanzas por su sencillez, profundidad y realismo. Y no van más allá.

Pero el cristiano de verdad –persona que cree y ama a Cristo, y vive unida a él-, se siente acompañado por él: “Yo estoy con ustedes todos los días”; lo escucha, lo reconoce en Eucaristía, en la Biblia, en el prójimo, en la oración como trato personal con él, en la vida, en la creación, en las alegrías, en el dolor…

Jesús es el Compañero resucitado de nuestro caminar hacia la eternidad. Sólo él puede dar sentido de eternidad y de gloria a nuestra vida con todo lo que supone. Sólo él hace eternas nuestras alegrías, alivia nuestras cruces y elimina la muerte con la resurrección, la cual nos sitúa en su misma felicidad eterna.

La fe viva en Cristo resucitado presente y en la propia resurrección, es el distintivo del verdadero cristiano. Quien no vive esa fe pascual, no es cristiano.

Isaías 50, 5-9

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor vino en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

Es fácil olvidar que la vida temporal es sólo un anticipo de la eterna, y en consecuencia volcarse sobre los bienes temporales como si fueran definitivos, con riesgo de perderlos para siempre. Jesús nos alerta: “¿Qué le importa al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?”

El sufrimiento no es enemigo de la felicidad temporal y eterna. El renunciar al abuso de los bienes y goces materiales supone sufrimiento y cruz, pero es la condición de que los bienes y deleites terrenos se hagan eternos, y la cruz se convierta en felicidad sin fin.

El sufrimiento no viene Dios, sino que Dios viene al sufrimiento y a la muerte del hombre para convertirlos en fuente de felicidad y vida eterna, como hizo con el sufrimiento y la muerte de su Hijo, devolviéndole la vida mediante la resurrección.

Nuestra condición de seres finitos supone el sufrimiento y la muerte, pero con sentido y destino de felicidad y vida eterna. Sólo esta perspectiva da valor para aceptar y ofrecer el sufrimiento y la muerte por nuestra salvación y la salvación de los nuestros, en unión con Cristo, accediendo así al amor más grande que consiste en “dar la vida por los que se ama”. Dios viene en ayuda de quien sufre amando.

Debemos ofrecer a Dios, en unión con sufrimientos de Cristo, los sufrimientos del prójimo y los del mundo entero, para que contribuyan a la salvación universal.

Santiago 2, 14-18

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: «Vayan en paz, caliéntense y coman», y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta. Sin embargo, alguien puede objetar: «Uno tiene la fe y otro, las obras». A éste habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe».

Cuando hablamos de fe, hay que entender bien en qué consiste la fe verdadera, la fe bíblica, que no se limita a creer verdades, a creer lo que no vimos ni vemos, sino que exige amar a Dios en quien creemos y amar al prójimo a quien Dios ama.

Ni las buenas obras solas ni la fe sola pueden salvarnos. Las obras sin fe-amor están muertas, sin fuerza para producir vida eterna; y la fe sin obras-amor no da señales de vida, no existe.

No basta decir que se cree, que se reza, que no se hace daño a nadie, sino que es necesario demostrarlo a los demás y a sí mismo con obras de amor que brotan de la fe y de la oración verdaderas.

Jesús nos lo dice claramente: “No todo el que me dice: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos”.

Y la voluntad de Dios es que lo amemos a él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos; amores que existen sólo si se concretan en la voluntad efectiva de hacer el bien. No podemos engañarnos a nosotros mismos.


P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, September 10, 2006

TODO LO HA HECHO BIEN

TODO LO HA HECHO BIEN


Domingo 23º tiempo ordinario –B / 10 –9-2006


Saliendo de las tierras de Tiro, Jesús pasó por Sidón y, dando la vuelta al lago de Galilea, llegó al territorio de la Decápolis. Allí le presentaron un sordo que hablaba con dificultad, y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. En seguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: - “Effetá” (que quiere decir: ábrete). Al instante se le abrieron los oídos, le desapareció el defecto de la lengua y comenzó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, tanto más ellos lo publicaban. Estaban fuera de sí y decían muy asombrados: - “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Mc. 7,31-37.

Jesús hacía curaciones milagrosas para demostrar la cercanía de Dios al hombre y su interés por remediar el sufrimiento humano. Pero sobre todo para hacernos entender cuál es el proyecto definitivo de Dios para nosotros: la vida eterna, donde no haya llanto ni dolor, ni odio ni muerte; donde el hombre pueda conseguir la realización total, la plena comunicación en el amor, la paz y la felicidad sin fin en la Familia eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Hoy sigue habiendo curaciones que se deben a la intervención de Dios en atención a la fe y a la oración, y otras mediante poderes parapsicológicos o de energía vital de muchas personas. Igualmente existen curaciones portentosas realizadas por la ciencia médica que está en continuo progreso. Todo esto es obra del amor de Dios hacia el hombre a través del hombre. Pero hay que guardarse de curanderos, hechiceros y brujos, que utilizan sus poderes y la ciencia para explotar al enfermo y hacer daño.

Jesús y sus discípulos curan sin otro interés que el de indicarnos que Dios nos quiere sanos y puede, desea darnos otra vida inmensamente feliz, incluso a través de la enfermedad y de la muerte, que en esa vida estarán excluidas para siempre.

A San Pablo le fue dado ver por un momento la felicidad del paraíso y dijo como fuera de sí: “Ni ojo vio ni oído oyó ni mente humana puede imaginar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”. “Los padecimientos de la vida presente no tienen comparación con el inmenso peso de gloria que nos espera”.

La enfermedad sumerge al sordomudo del evangelio en el gran sufrimiento de la incomunicación con sus semejantes. Esta enfermedad simboliza la gran enfermedad de hoy: la incomunicación en la era de las comunicaciones, donde los medios de comunicación ocasionan a menudo incomunicación en el hogar, en la sociedad, con la naturaleza, con Dios, con el misterio de la propia persona. Y simboliza sobre todo la ceguera espiritual, la falta de fe, que es incomunicación de los hijos con su Padre Dios, la más triste de todas las incomunicaciones.

Tienen que dolernos los sordos que no escuchan nunca una palabra de amistad y aprecio, ni de consejo o corrección. Asimismo quienes no saben salir de sí mismos para abrirse, recibir y dar algo a los demás. Las personas que se alienan con lo que ven y oyen o leen en los medios de comunicación, que así terminan haciéndose “medios de manipulación”.

Jesús sigue hoy entre nosotros para curarnos con su presencia viva en la oración, en su Palabra, en la Eucaristía, en la ayuda al prójimo. Y nos llama a curar las sorderas que se dan a nuestro alrededor, en nuestro mismo hogar.

Las palabras y gestos que curan a fondo surgen del silencio en la adoración, comunicación y escucha amorosa de Dios, de los demás, de nuestro interior y de la creación, donde se transparenta el Dios-Amor-Comunicación.

Isaías 35,4-7

Díganles a los que están asustados: "Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios a vengarse, a darles a ellos su merecido; Él mismo viene a salvarlos a ustedes”. Entonces los ojos de los ciegos se despegarán, y los oídos de los sordos se abrirán, los cojos saltarán como cabritos y la lengua de los mudos gritará de alegría. Porque en el desierto brotarán chorros de agua, que correrán como ríos por la superficie. La tierra ardiente se convertirá en una laguna, y el suelo sediento se llenará de vertientes. Las cuevas donde dormían los lobos, se taparán con cañas y juncos...

Ante los acontecimientos capaces de tambalear a los más fuertes: la inseguridad, la corrupción generalizada, las injusticias, los accidentes, la delincuencia, la pobreza, la enfermedad…, podemos perder la fe y la esperanza en Dios presente en este mundo, entre nosotros, en cada uno de nosotros.

Lo peor que nos puede suceder es asustarnos y desalentarnos, quedarnos mudos ante Dios y sordos ante el grito de los que sufren, o ante nuestro sufrimiento. Pues, en lugar de mejorar el mundo, lo haríamos sumándonos a la fila de quienes andan de manos caídas y con el alma en los pies...

El mundo empieza a mejorar si cada uno de nosotros mejora con la ayuda de Dios, que no se hace el sordo ante quien le suplica: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”. Y quien lo invoca a favor del afligido, también será escuchado. Dios quiere repartir su felicidad y alegría, pero “bajo pedido”.

Y Jesús sigue con su promesa infalible: “No teman: yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. “Al que venga a mí, no lo rechazaré”.

Así, cuando sucede lo peor, estará surgiendo algo mejor. Dios multiplicará nuestra pequeña aportación sincera, si pasamos por la vida haciendo el bien.

Santiago 2,1-5.

Hermanos, si realmente creen en Jesús, nuestro Señor, el Cristo glorioso, no hagan diferencias entre personas. Supongamos que entra en su asamblea un hombre muy bien vestido y con un anillo de oro y entra también un pobre con ropas sucias, y ustedes se deshacen en atenciones con el hombre bien vestido y le dicen: "Tome este asiento, que es muy bueno", mientras que al pobre le dicen: "Quédate de pie", o bien: "Siéntate en el suelo a mis pies". Díganme, ¿no sería hacer diferencias y hacerlas con criterios pésimos? Miren, hermanos, ¿acaso no ha escogido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe? ¿No les dará el reino que prometió a quienes lo aman?

Las calamidades que sufre el pueblo y la humanidad son causadas en gran parte por quienes pretenden conciliar la riqueza injusta y egoísta con la religión y el culto, con Dios, ya se trate de clero, laicos, políticos, gobernantes...

La religión y el culto que no producen una vida social y eclesial justa, está fallando por la base. Valorar a los hombres por lo que tienen y no por lo que son, es negarles su condición de hijos de Dios y la paternidad del mismo Dios.

El contenido de Eucaristía es la misericordia y la bondad, que dan valor a todo acto de culto. No se puede acoger a Cristo en la Eucaristía y luego ignorarlo en prójimo. No se puede agradar a Dios despreciando a los que él ama. Si Dios tiene predilección por los pobres, el creyente deberá tener la misma predilección.

Si los pobres son herederos del reino de Dios, ellos son los verdaderos ricos en la fe y herederos del reino eterno. Sin embargo, la pobreza material no tiene la exclusividad de la salvación, pues los ricos que remedian la pobreza, hacen de su riqueza un medio de salvación. “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios”.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, September 03, 2006

¿CULTO o HIPOCRESÍA?

¿CULTO o HIPOCRESÍA?

Domingo 22° T.O.-B / 3-09-06

Los fariseos y algunos maestros de la ley de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos se ponían a comer con manos impuras; es decir, sin habérselas lavado. Porque los fariseos y todos los judíos, siguiendo la tradición de sus mayores, no se ponen a comer sin haberse lavado cuidadosamente las manos; y si vienen de la plaza, no comen sin haberse lavado. Y tienen otras muchas prácticas que observan por tradición, tales como lavar copas, jarros y bandejas. Así que los fariseos y los maestros de la ley preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no observan la tradición de los mayores, sino que comen con las manos impuras?» Él les contestó: «Hipócritas, Isaías profetizó muy bien acerca de ustedes, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto enseñando doctrinas que son preceptos humanos’. Ustedes dejan el mandamiento de Dios y se aferran a la tradición de los hombres». Llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Óiganme todos y entiendan bien: Nada que entra de fuera puede manchar al hombre; lo que sale de dentro es lo que puede manchar al hombre, porque del corazón proceden los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricia, maldad, engaño, desenfreno, envidia, blasfemia, soberbia y necedad. Todas esas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre». Marcos 7, 1-23

Jesús no les reprocha a los fariseos y maestros de la Ley que se laven las manos, sino que con leyes y tradiciones humanas sustituyan la Ley divina del amor a Dios y al prójimo, hasta el punto de sentirse con derecho a abandonar a sus padres enfermos si daban al templo el dinero necesario para sostenerlos.

La habilidad para sustituir las exigencias del amor a Dios y al prójimo por ritos externos, normas y leyes fáciles, costumbres cómodas, etc., es también hoy el virus fatal de la religión y de las relaciones familiares, humanas y sociales. Muchos pretenden casar la religión con el dogmatismo, el legalismo, el culto al placer, al consumismo, a la moda, al dinero, a las apariencias, a la violencia, a la guerra, al poder, al racismo, al nacionalismo... Fatal hipocresía y perversión de la religión, equivalente a la idolatría, ya que suplanta a Dios por intereses humanos.
El mero cumplimiento del culto externo merece la temible descalificación de Isaías repetida por Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. El culto es cuestión de corazón o se reduce a hipocresía.

A Dios sólo le agrada el culto vivido en el amor efectivo a él y al prójimo, pues en eso consiste la verdadera religión, que es la fuente de la verdadera felicidad, de la santidad y la salvación: “Les ruego, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como sacrificio vivo y santo, capaz de agradarle; este es el culto verdadero” (Romanos 12, 1); “La religión verdadera consiste en socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Carta del apóstol Santiago 1, 27).

La intención profunda, que brota del corazón, es la que hace grandes o pervierte nuestras obras, palabras, culto, alegrías, penas y la vida. Todo que Dios ha creado es bueno. Nuestro corazón, con sus intenciones, puede consagrar la bondad de las cosas en función del amor a Dios y al prójimo; o pervertirlas con el egoísmo, la hipocresía y la idolatría, sustituyendo a Dios por las apariencias, los ritos, las conveniencias, las costumbres, las ideologías...

Jesús nos invita hoy a una revisión profunda y sincera de nuestro modo de celebrar y vivir el culto en el templo y de proyectarlo a la existencia cuotidiana, desde lo profundo de nuestro corazón, donde acogemos o rechazamos a Dios y al prójimo, donde consagramos o profanamos las cosas, las obras y la vida. La hipocresía y la idolatría nos tientan de continuo, quizás sin darnos cuenta.

Deutoronomio 4, 1-2. 6-8

Y ahora, Israel, escucha las leyes y prescripciones que te voy a enseñar y ponlas en práctica, para que tengan vida y entren a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, el Dios de sus padres. No añadirán ni suprimirán nada de las prescripciones que les doy, sino que guardarán los mandamientos del Señor, su Dios, tal como yo os los prescribo hoy. Guárdenlos y pónganlos por obra, pues ellos los harán sabios y sensatos ante los pueblos. Cuando estos tengan conocimiento de todas estas leyes, exclamarán: ”No hay más que un pueblo sabio y sensato, que es esta gran nación”. En efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está de nosotros el Señor, nuestro Dios, siempre que le invocamos? ¿Qué nación hay tan grande que tenga leyes y mandamientos tan justos como esta ley que yo les propongo hoy?

Los mandamientos dados por Dios a los israelitas superaban con mucho en sabiduría y equidad a las leyes de los demás pueblos, porque eran obra del Dios verdadero, el único que está real y amorosamente cercano a su pueblo, en medio de él, para escucharlo y socorrerlo siempre que lo invoquen.

Los ídolos eran y son expresión de lejanía y tiranía que comienza con halagos, pero termina en destrucción sin piedad, por haber abandonado a Dios.

Pero Dios llega al máximo de su cercanía y presencia en su nuevo Pueblo, la Iglesia, con la encarnación de Cristo, Dios-hombre; cercanía que se hace identificación inefable con quienes lo acogen, especialmente en el sacramento de la Eucaristía y en el “sacramento del prójimo” necesitado, realidades privilegiadas de la presencia salvadora de Dios uno y trino.

Carta del Apóstol Santiago 1,17-18. 1,21-22. 27

Todo don excelente y todo don perfecto viene de lo alto, del Padre de las luces, en el que no hay cambio ni sombra de variación. Él nos ha engendrado según su voluntad por la palabra de la verdad, para que seamos como las primicias de sus criaturas. Por eso, alejen de ustedes todo vicio y toda manifestación de malicia, y reciban con docilidad la palabra que ha sido plantada en ustedes y que puede salvarlos. Cumplan la palabra y no se contenten sólo con escucharla, engañándose a ustedes mismos. La práctica religiosa pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y en guardarse de los vicios del mundo.

Todo lo bueno: lo que somos, lo que tenemos, lo que amamos, lo que esperamos, todo nos viene del corazón amoroso de la Trinidad. Y el don natural más grande es la vida inteligente, con la que nos sitúa por encima de toda otra criatura de este mundo. Don para agradecer con amor fiel toda la vida y toda la eternidad.

Pero por sobre esa vida está la vida divina que Dios mismo injerta en nuestra vida humana mediante su Palabra viva, Cristo Jesús, que vino para hacernos capaces de su vida y felicidad eternas a través de la resurrección. Si no nos esforzamos en asegurar las condiciones para acceder a esta vida divina a nuestro alcance sin merecerla, más nos valiera no haber nacido.

El infierno consiste en el tormento de haber perdido la gloria eterna que Cristo nos mereció con su vida, muerte y resurrección. No puede haber mayor suplicio que el remordimiento de haber perdido el puesto que Cristo Jesús, por puro amor, nos tenía preparado en el paraíso: “Voy a prepararles un puesto”.

Para no perderlo, tenemos que vivir una “religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre”, que consiste ante todo en ayudar a los necesitados, sin dejarse contaminar por los vicios de este mundo, ni dejarse llevar por un culto de puro cumplimiento y apariencia, sin amor verdadero a Dios y al prójimo.

P. Jesús Álvarez, ssp