Friday, December 08, 2006

Elegidos para ser santos e inmaculados.

Elegidos para ser santos e inmaculados.

Para que la solemnidad de la Inmaculada Concepción no se quede en mera celebración de los «privilegios» de María, sino que nos toque y nos implique profundamente, debemos comprenderla a la luz de las palabras de Pablo en la segunda lectura: «Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor». Todos, por lo tanto, estamos llamados a ser santos e inmaculados; es nuestro verdadero destino; es el proyecto de Dios sobre nosotros. Poco más adelante, en la misma Carta a los Efesios, Pablo contempla este plan de Dios refiriéndolo no ya a los hombres singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia Universal esposa de Cristo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa en inmaculada» (Ef 5, 25-27).

Una humanidad de santos e inmaculados: he aquí el gran proyecto de Dios al crear la Iglesia. Una humanidad que pueda, por fin, comparecer ante Él, que ya no tenga que huir de su presencia, con el rostro lleno de vergüenza como Adán y Eva tras el pecado. Una humanidad, sobre todo, que Él pueda amar y estrechar en comunión consigo, mediante Su Hijo, en el Espíritu Santo.

¿Que representa, en este proyecto universal de Dios, la Inmaculada Concepción de María que celebramos? La liturgia responde a esta pregunta en el prefacio de la Misa del día, cuando dirigiéndose a Dios canta: En Ella has señalado el «comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura... Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad». He aquí, entonces, lo que celebramos en esta solemnidad en María: el inicio de la Iglesia, la primera realización del proyecto de Dios, en la que existe como la promesa y la garantía de que todo el plan irá hacia su cumplimiento: «¡Nada es imposible para Dios!». María es la prueba de ello. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, se refleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada «madre de la Iglesia ».

María no se presenta, en cambio, sólo como aquella que está detrás de nosotros, al comienzo de la Iglesia, sino también como quien está ante nosotros «como modelo de santidad para el pueblo de Dios». Nosotros no hemos nacido inmaculados como, por singular privilegio de Dios, nació Ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras y en todas las formas. Estamos llenos de «arrugas» que hay que estirar y de «manchas» que hay que lavar. Es en esta labor de purificación y de recuperación de la imagen de Dios en la que María está ante nosotros como poderosa llamada.

La liturgia habla de Ella como de un «modelo de santidad». La imagen es justa, a condición de que superemos las analogías humanas. La Virgen no es como las modelos humanas que posan, inmóviles, para dejarse pintar por el artista. Ella es un modelo que obra con nosotros y dentro de nosotros, que nos lleva la mano al representar las líneas del modelo por excelencia, suyo y nuestro, que es Jesucristo, para hacernos «conformes a su imagen» (Rm 8, 29). Es de hecho «abogada de gracia» antes aún que modelo de santidad. La devoción a María, cuando es iluminada y eclesial, en verdad no desvía a los creyentes del único Mediador, sino que les lleva hacia Él. Quien ha tenido la experiencia auténtica de la presencia de María en la propia vida sabe que ésta se determina por entero en una experiencia de Evangelio y en un conocimiento más profundo de Cristo. Ella está idealmente ante todo el pueblo cristiano repitiendo siempre lo que dijo en Caná: «Haced lo que Él os diga».

Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. - Predicador del Papa.

Sunday, December 03, 2006

ESPERANZADOS, NO ANGUSTIADOS

ESPERANZADOS, NO ANGUSTIADOS

Domingo 1º de Adviento-C/ 3 dic. 2006


Dijo Jesús a sus discípulos: - Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. La gente se morirá de espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las fuerzas del universo serán sacudidas. Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre viniendo en la Nube, con gran poder e infinita gloria. Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación. Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida consumista, las borracheras o los afanes de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre. (Lucas 21,25-28.34-36).


Jesús hoy nos anuncia un aterrador cataclismo cósmico, mas sin fecha. Pero no pretende asustarnos, sino atraer nuestra mirada y nuestro corazón al cuadro grandioso que aparecerá al centro de esa catástrofe: Él en persona, que viene con poder y gloria para librar a los suyos de esa gran tribulación y de la muerte.

Por eso nuestra actitud no puede ser el temor y el terror, sino la esperanza y "el amor a su venida" como único salvador, amigo y glorificador. Jesús quiere que grabemos bien en la memoria su invitación a orar y estar preparados a tal acontecimiento, que para cada cual se anticipa en cierto sentido en la muerte.

Jesús nos pide mantenernos de pie a su lado, compartiendo con gozo su misión liberadora y salvadora en favor del prójimo, construyendo con él la civilización del amor y la cultura de la vida. Y nos apremia a no dejarnos contagiar por el materialismo, consumismo, vicios, corrupción y desórdenes de una sociedad que vive de espaldas a Dios y al prójimo, sumergida en la cultura de la muerte.

Adviento significa tiempo de espera gozosa de Alguien que viene. La Iglesia en el Adviento nos invita a considerar cuatro venidas de Cristo Jesús, que sale a nuestro encuentro en formas y tiempos diferentes.

La primera venida de Jesús sucedió hace más de dos mil años, con su Nacimiento en Belén, que conmemoramos y celebramos cada año en la Navidad. Es la venida primordial, que hace posibles las otras venidas.

La última venida de Cristo será su aparición gloriosa al fin de los tiempos, para hacer un mundo nuevo, su reino definitivo de vida y verdad, de justicia y de paz, de libertad y amor, de alegría y felicidad. Venida que presenciaremos de persona. Y Dios quiera que en condición de resucitados.

Entre la primera y la última venidas de Jesús se da la venida intermedia y permanente a nuestra vida y persona durante la existencia terrena, según sus palabras infalibles: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28, 20). Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él (Juan 6, 36).

Y al fin de nuestra vida terrena se realizará la venida de Jesús que acudirá para librarnos de las garras de la muerte y llevarnos a su gloria eterna, si hemos vivido unidos a él, compartiendo su misión en favor del hombre. Nos dio su palabra: Me voy a prepararles un lugar. Luego vendré para llevarlos conmigo (Juan 14, 2-3).

Esta venida de Jesús será para cada uno la hora del éxito total de su existencia por la resurrección, si hemos acogido a Cristo en su venida durante la vida terrena: en el prójimo, en la Eucaristía, en la oración, en la Palabra de Dios, en la creación, en el sufrimiento, en la alegría, en los acontecimientos... Entonces Él nos acogerá en la muerte para resucitarnos. Y así podremos estar felices a su lado en su venida gloriosa al fin del mundo.

Jeremías 33,14-16

Se acerca ya el momento, dice Yavé, en que cumpliré la promesa que hice a la gente de Israel y a la de Judá: En esos días, haré nacer un nuevo brote de David que ejercerá la justicia y el derecho en el país. Entonces Judá estará a salvo, Jerusalén vivirá segura y llevará el nombre de "Yavé-nuestra-justicia".

Los reyes de Israel no habían correspondido a las esperanzas del pueblo y de Dios: fundar un reino de justicia y de paz. A pesar de todo, Dios promete a su pueblo un descendiente de David que sí fundará un reino de justicia y paz, de amor y libertad, de vida y verdad: Cristo Jesús.

Él librará a los pobres del pueblo oprimidos injustamente por los poderosos y los dirigentes políticos e incluso religiosos. Sin embargo, la acción liberadora y salvadora del Redentor no es acogida por todos, ni alcanza a los que se oponen a Él y a sus exigencias, sino sólo a quienes lo acogen y se comprometen con él en construir un mundo mejor, donde reine la verdad, la justicia, la paz, el amor, la libertad... Bienes que todos deseamos, pero que muchos combaten porque se oponen a sus intereses egoístas, a sus privilegios, a sus vicios.

A pesar de todo, el reino de Cristo sigue creciendo incontenible, de forma misteriosa, oculta para sus opositores y a pesar de ellos.

¿Dónde nos encontramos? ¿En el reino de Cristo o fuera de él? No hay término medio: Quien no está conmigo, está contra mí. Quien conmigo no recoge, desparrama (Mateo 12, 30). ¡No nos engañemos a nosotros mismos!

1 Tesalonicenses 3, 12-13. 4, 1-2

Que el Señor los haga crecer más y más en el amor que se tienen unos a otros y en el amor para con todos, imitando el amor que sentimos por ustedes. Que él los fortalezca interiormente para que sean santos e irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el día que venga Jesús, nuestro Señor, con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, les pedimos y rogamos en nombre del Señor Jesús: aprendieron de nosotros cómo han de portarse para agradar a Dios; ya viven así, pero procuren hacer nuevos progresos. Conocen las tradiciones que les entregamos con la autoridad del Señor Jesús.

El reino de Jesús se establece en las personas, familias, comunidades grupos... que viven en el amor mutuo fundado en el amor de Dios, en la relación amorosa con la Trinidad, fuente de toda relación de amor y salvación.

En esta relación de amor salvífico con Dios y con el prójimo, se nos comunica la fortaleza que nos hace irreprochables ante Él para el día de la venida de Jesús y nos dispone para acceder a la vida eterna en la casa del Padre.

En la Iglesia tenemos innumerables modelos de auténtica vida cristiana, en especial los santos, que nos indican el camino y demuestran que la vida de amor a Dios y al prójimo no es un imposible, sino la máxima necesidad que el mismo Cristo Resucitado nos la hace posible con su presencia y ayuda permanente: Si alguno me ama, lo amará mi Padre, y vendremos a él y viviremos con él. San Pablo nos confirma esta promesa de Jesús diciendo: Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Pero el modelo supremo es siempre el mismo Jesús, Maestro, Camino, Verdad y Vida, a cuya palabra y guía podemos y debemos acceder de forma permanente en la oración, en la Eucaristía, en la lectura de la Biblia, en la ayuda al prójimo necesitado, en el sufrimiento y en la alegría.

Son esos los medios para mantener y acrecentar la fe verdadera, cuya garantía es el amor a Dios y al prójimo. Sin obras de amor a Dios y al prójimo la fe está muerta y no puede salvar. Carece de valor y de interés.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 26, 2006

REY y TESTIGO DE LA VERDAD

REY y TESTIGO DE LA VERDAD

Cristo Rey – B / 26 nov. 2006


Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el Rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?" Pilato respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" Jesús contestó: "Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá". Pilato le preguntó: "Entonces, ¿tú eres rey?" Jesús respondió: "Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz". Juan 18, 33-37

Para Jesús su reino consiste en ser testigo de la verdad. Dar testimonio de la verdad es dar a conocer el amor de Dios hacia los hombres y reunirlos en el reino temporal y eterno de Dios. Esa es la verdad regia que testimonia Cristo Rey y que deben testimoniar sus verdaderos súbditos y discípulos: los cristianos.

Jesús es el único Rey verdadero, principio, conductor y “fin de la historia..., centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (GS 45). Rey de todo lo creado visible e invisible. Rey de amor, de sufrimiento y de gloria. Rey de la vida y la verdad, de la justicia y la paz, del amor y la libertad, de la dignidad humana y la fraternidad universal... Rey crucificado y resucitado, presente y actuante en la historia de la humanidad y de cada persona humana, confiriéndoles valor y proyección de eternidad.

Los reyes de este mundo se apoyan en los ejércitos, en las armas, en el dinero, en el poder, y a menudo en la mentira, la injusticia, la corrupción, la esclavitud, la violencia, el odio. Y a menudo edifican el bienestar propio y el de su población rica sobre la explotación y muerte de la población y pueblos pobres.

Los poderosos prepotentes (políticos o religiosos) pertenecen a este mundo injusto, no a la verdad. Y no pueden escuchar la palabra de Jesús ni comprender su poder fundado en el amor, en la cruz y en la resurrección.

Jesús, Rey crucificado, ridiculiza la lucha por el poder y las riquezas, sobre todo entre los poderosos que viven a la sombra de la fe. El “I.N.R.I.” sobre la cabeza de Jesús es la mejor vacuna contra la ambición de poder y riqueza; ambición que se filtra también en la Iglesia: laicado, clero, jerarquía.

El reino de Jesús no es monopolio de los católicos ni de los cristianos de otras confesiones. En él tienen cabida quienes buscan y promueven lealmente todo lo bueno, lo noble y lo justo: los valores del reino de Cristo.

Este reino crece incesante e imperceptiblemente en medio de grandes oposiciones, pero no puede ser detenido ni destruido por los poderes de este mundo, por más que se disfracen de religiosos. Solamente los humildes, mansos y sufridos pueden sostenerlo, hacerlo crecer y triunfar en unión con su Rey.

Para seguir de verdad a Cristo Rey necesitamos una apertura acogedora al hombre y a los valores del reino, indispensables para una vida digna en la tierra que nos garantice la vida eterna en el paraíso. El reino de Dios -que es la verdad primera y última del hombre-, se juega en el corazón de cada ser humano.

Daniel 7,13-14

Mientras seguía contemplando esas visiones nocturnas, vi a alguien como un hijo de hombre que venía sobre las nubes del cielo; se dirigió hacia el anciano y lo llevaron a su presencia. Se le dio el poder, la gloria y la realeza, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es el poder eterno que nunca pasará; su reino no será destruido.

Dios está sobre todos los poderes del mal que pretenden adueñarse del mundo, y entrega todo lo creado a su verdadero Dueño y Rey: el Mesías, Hijo de Dios, “por quien y para quien todo fue hecho”.

El Mesías es de origen divino, y por eso su figura humana revela el poder salvador de Dios a favor de la humanidad y de la creación, que están sufriendo “dolores de parto”, en el trance de alumbrar un mundo nuevo con la omnipotencia amorosa del Rey Salvador.

Todos estamos incluidos en la gestación del reino de Cristo, que no tendrá fin. La única condición consiste en acoger la llamada a trabajar con el Rey Resucitado para establecer su reino en la tierra: en nuestro corazón, en la familia, en la sociedad, en el mundo: “El reino de Dios está entre ustedes”.

Hay que prepararse responsablemente para el reino eterno de Cristo Rey, revistiéndonos de buenas obras para el día en que seamos desnudados de nuestro cuerpo mortal.

Apocalipsis 1,5-8

Cristo Jesús es el testigo fiel, el primer nacido de entre los muertos, el rey de los reyes de la tierra. Él nos ama y por su sangre nos ha purificado de nuestros pecados, haciendo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Miren, viene entre nubes; lo verán todos, incluso los que lo hirieron, y llorarán por su muerte todas las naciones de la tierra. Sí, así será. “Yo soy el Alfa y la Omega”, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso.

Jesús, el enviado del Padre, de quien es fiel testigo hasta la muerte de cruz, con la resurrección es constituido, en cuanto Dios-hombre, Rey de todo lo creado.

Pero Jesús es ante todo el Rey cuyo poder máximo es el amor, que él testimonia con su muerte: “Nadie tiene un amor más grande que el de quien da la vida por los que ama”. Y él la dio por nosotros, por mí, por ti, por todos.

Su muerte en la cruz fue el acto culminante de su Sacerdocio supremo, mediante el cual “hizo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre”. Así nos estimula a imitar lo que él hizo: dar la vida por los que amamos; lo cual constituye el acto máximo de nuestro sacerdocio bautismal, la plenitud y el éxito total de nuestra vida humana y cristiana, como imitadores de Cristo.

Dar la vida por los que amamos – que para eso la hemos recibido principalmente: para engendrar en Cristo otras vidas a la eternidad -, nos merecerá poder salir al encuentro de Cristo Rey con la frente alta, cuando venga entre las nubes en su gloria, admirado incluso por quienes lo mataron.

Preparémonos cada día con ilusión, esperanza y decisión inquebrantable a ese acontecimiento ineludible y supremo. Allí estaremos. Y depende de nosotros cómo estaremos: a la derecha o a la izquierda del Rey eterno.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 19, 2006

VIGILANCIA Y ESPERANZA, NO TERROR

VIGILANCIA Y ESPERANZA, NO TERROR

Domingo 33º del tiempo ordinario-B / 19 -11-2006


Dijo Jesús a sus discípulos: - Después de una gran tribulación llegarán otros días; entonces el sol dejará de alumbrar, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y se verá al Hijo del Hombre venir en medio de las nubes con gran poder y gloria. Enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan de este ejemplo de la higuera: cuando sus ramas están tiernas y le brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que todo se acerca, que ya está a las puertas. En verdad les digo que no pasará esta generación sin que ocurra todo eso. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Por lo que se refiere a ese día y cuándo vendrá, no lo sabe nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre. (Marcos 13, 24-32).

Lo que interesa a Jesús al hablar de su venida gloriosa al fin del mundo, es prevenirnos para que estemos vigilantes y preparados, gozosamente esperanzados y no aterrorizados, pues ni un solo cabello se nos caerá sin permiso del Padre, y porque se acerca la hora de ir en sus brazos hacia la resurrección y la vida eterna.

Estamos en buenas manos: las de Quien nos ama más que nadie. Por eso, más que temer aquel momento, hay que prepararse para que la muerte y el fin del mundo sean para nosotros triunfo de resurrección y de gloria con Jesús Resucitado.

Jesús no es profeta de catástrofes, sino un mensajero del amor y la esperanza, de la salvación gloriosa, por encima de las catástrofes y sufrimientos del presente y del fin del mundo. “Los padecimientos de este mundo no tienen comparación con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”, asegura san Pablo.

Dejemos de lado a los falsos profetas de desastres, que fijan fechas para el fin del mundo, sin que nunca acierten (gracias a Dios), y que hasta de los acontecimientos calamitosos sacan provecho económico y proselitista, cerrándose al amor, a la esperanza, a la misericordia.

Hoy está generalizada la creencia de que la destrucción del mundo será el fin de todo creado. Sin embargo, lo que sí se dará será el principio del reino glorioso Cristo Resucitado: “He aquí que hago todo nuevo”. Las naciones están en una carrera de autodestrucción y mutua destrucción sin esperanza alguna.

Pero la historia del mundo está en manos del Padre, quien, como hizo con su Hijo a través del Calvario, lo va conduciendo a través de un doloroso alumbramiento hacia el triunfo total de la resurrección en Cristo. Guerras, calamidades, epidemias, desgracias, enfermedades, muerte, constituyen un penoso parto, pero no el fin de nuestro lindo planeta, cuya transformación tiene su fecha sólo en la mente de Dios.

Dios quiere que seamos testigos de su Hijo resucitado en un mundo que vive de espaldas a Él, y que lo acojamos cada día en su presencia infalible, pues prometió estar con nosotros todos los días. La unión con él nos garantiza frutos de salvación; mientras que todo lo que no se fundamente en Él, será destruido.

En medio de la lucha y del sufrimiento sólo al lado de Jesús encontraremos el sentido de la vida, la esperanza gozosa y el triunfo sobre el dolor y la muerte mediante la resurrección. Se requiere vigilancia y optimismo invencible, con el apoyo en la oración, como trato permanente de amistad con Dios, que no puede fallarnos.

Jesús nos pide que no nos dejemos contagiar con ese mundo que, atrapado por la cultura de la muerte, está empeñado en autodestruirse sin esperanza de futuro, y vive de espaldas al Dios de la Vida y del Amor, de la Alegría y de la Felicidad, del tiempo y de la eternidad. Pero nos pide colaboración para salvarlo.

Daniel 12,1-3

En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe, que defiende a los hijos de tu pueblo; porque será un tiempo de calamidades como no lo hubo desde que existen pueblos hasta hoy en día. En ese tiempo se salvará tu pueblo, todos los que estén inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el lugar del polvo despertarán, unos para la vida eterna, otros para vergüenza y horror eternos. Los que tengan el conocimiento, brillarán como un cielo resplandeciente, los que hayan guiado a los demás por la justicia, brillarán como las estrellas por los siglos de los siglos.


Las lecturas nos van marcando el final del año litúrgico, sugiriéndonos que también se acerca día a día el final de nuestra carrera terrena. Daniel nos recuerda que nos esperan días difíciles: calamidades en el mundo y tal vez persecuciones, y la experiencia de la enfermedad, de la agonía y de la muerte.

Sin embargo, todo contribuye para el bien de los que aman a Dios y al prójimo. Y ese bien culmina en la resurrección y en la gloria, pues sus nombres están escritos en el Libro de la Vida. El amor a Dios y al prójimo lo transforma todo en felicidad temporal y eterna, y nos libra de la “vergüenza y del horror eterno”.

Quienes adquieran un conocimiento amoroso de Dios y, con su palabra y ejemplo, enseñen a otros el camino de la vida, brillarán como estrellas por toda la eternidad, pasando de la muerte a la resurrección. Y eso está a nuestro alcance. Sólo se requiere asumir la responsabilidad salvífica sobre la propia vida y la ajena.

Hebreos 10,11-14

Hermanos: los sacerdotes del culto antiguo estaban de servicio diariamente para cumplir su oficio, ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca tienen el poder de quitar los pecados. Cristo, por el contrario, ofreció por los pecados un único y definitivo sacrificio y se sentó a la derecha de Dios, esperando solamente que Dios ponga a sus enemigos debajo de sus pies. Su única ofrenda lleva a la perfección definitiva a los que santifica. Pues bien, si los pecados han sido perdonados, ya no hay sacrificios por el pecado.

En el Antiguo Testamento se creía que los sacrificios de animales borraban automáticamente los pecados, incluso sin una verdadera conversión a Dios y al prójimo. Y muchos católicos siguen creyendo lo mismo respecto a la confesión, la Eucaristía, las procesiones, novenas y otras prácticas externas. De hecho, a pesar de un fiel cumplimiento externo de prácticas piadosas, en nada mejoran su vida en relación con Dios y con el prójimo. No hay conversión del corazón y de la vida. Son católicos del “cumplo-y-miento”, pues mienten a Dios, al prójimo y a sí mismos.

Les sucede lo que al fariseo que oraba cerca del altar contándole a Dios sus méritos y despreciando al publicano que, en el fondo del templo, pedía sinceramente perdón con el propósito firme de enmendar su vida. Este salió perdonado y aquel con un pecado más: el de orgullo.

Es cierto que la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo borran definitivamente nuestros pecados, pero a condición de que creamos en su perdón, lo acojamos con gratitud y demostremos nuestra sinceridad con la conversión real vivida día a día, y en especial perdonando a los que nos ofenden.

Usemos agradecidos el sublime privilegio de compartir con Cristo su Sacerdocio supremo a favor de los que amamos o debiéramos amar, ejerciendo activamente nuestro sacerdocio bautismal con la ofrenda de oraciones, de sacrificios inevitables, y en especial ofreciéndonos en el Sacramento de la reconciliación perfecta: la Eucaristía.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 12, 2006

LOS POBRES DAN MÁS

LOS POBRES DAN MÁS


Domingo 32º del tiempo ordinario- B / 12-11-2006


Jesús se había sentado frente a las alcancías del Templo, y podía ver cómo la gente echaba dinero para el tesoro; pasaban ricos, y daban mucho. Pero también se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Jesús entonces llamó a sus discípulos y les dijo: - Yo les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras ella ha dado desde su pobreza; no tenía más, y dio todos sus recursos. (Mc. 12,38-44).

Este paso evangélico contrapone dos estilos de religiosidad: la religión de la apariencia y la religión del corazón. Jesús desenmascara la vanidad, la hipocresía y la avaricia de los fariseos frente a la humildad y generosidad de una pobre viuda.

Dios lee y sabe lo que hay dentro del corazón humano. No se fija en la lista de obras materiales y gestos llamativos, sino en la transparencia, en el amor y la fe viva, en los sentimientos, las actitudes con que se hacen las obras y se vive la vida.

Jesús veía lo que daban los ricos, y la gente también lo veía y tal vez se admiraba. Pero sólo Jesús miraba y admiraba a la pobre viuda; y nadie se enteró de que había dado todo lo que tenía, aunque era tan poquito. Pero fue la que más dio. Jesús se identificó con ella, ya que no teniendo una piedra donde reposar la cabeza, se entregó por nosotros con todo lo que era y tenía: Dios y hombre. “Por suerte hay pobres para ayudar a los pobres; sólo ellos saben dar”, decía san Vicente de Paúl.

Los hechos se repiten en las misas de los domingos, y en la vida ordinaria, donde muchos pobres dan de lo poco que tienen y algunos ricos dan poco o nada de lo mucho que les sobra, o tal vez dan con el fin de aparecer los primeros en las listas de donantes, mientras que del sacrificio heroico del pobre que da, nadie se entera.

La pobre viuda no se enteró del valor de su gesto ni de que el mismo Hijo de Dios la estaba mirando y admirando. Como no se enteran los verdaderos pobres de que Dios está con ellos, y de que serán los primeros en el reino de los cielos. Porque Dios nunca se deja vencer en generosidad.

Sin embargo los pobres son también a menudo los primeros en la mira de los ricos en dinero, poder, ciencia, tecnología y armas, pero no para hacer la guerra a la pobreza, sino para hacerles pagar la guerra a los pobres con el sudor de su frente y muchas veces con la muerte de miembros de su familia.

La Iglesia, las iglesias, deben convertirse a los pobres, y restituir el protagonismo a los oprimidos, a los explotados, a los que pasan hambre y otras necesidades, haciendo realidad progresiva la “opción preferencial por los pobres”.

Fatal ilusión es dar algunas limosnitas para tranquilizar la conciencia y evadir a quienes necesitan acogida y ternura, tiempo y compañía, sonrisa y alegría, consejo y ejemplo, esperanza y fe, ayuda y pan.

El cristianismo es la religión positiva del sí generoso a Dios y al hombre, y también la religión del dar y sobre todo del darse con gozo. Darse a Dios y a los demás es el verdadero camino de la libertad y la felicidad; el camino del verdadero cristiano; es decir, del discípulo auténtico de Cristo. El camino de la gloria eterna.

Muy pobres son los ricos que sólo tienen dinero, poder y placeres, porque todo eso les será arrebatado en un instante, cuando menos lo piensen.

Rico de verdad es quien da y se da, porque sólo es nuestro lo que damos y sólo ganamos y salvamos la vida, nuestra persona, si la entregamos. Paradojas de la existencia cristiana que hemos de acostumbrarnos a vivir con gozo y realismo.

1 Reyes 17, 8-16

La palabra del Señor llegó al profeta Elías en estos términos: «Ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y establécete allí; ahí Yo he ordenado a una viuda que te provea de alimento». Él partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber». Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: «Tráeme también en la mano un pedazo de pan». Pero ella respondió: «¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos». Elías le dijo: «No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así habla el Señor, el Dios de Israel: El tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo». Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.

Nadie en Israel le daría un trozo de pan a Elías, perseguido político. Y como Israel no responde, Dios se vale de una pagana para salvar la vida de su servidor, a la vez que salva la vida de la viuda y de su hijo. En las ocasiones más difíciles, Dios actúa en la historia valiéndose incluso de los instrumentos más inadecuados.

El hombre no ve en el mundo la huella de Dios, sino sólo la huella del hombre en los éxitos que fascinan. Y cuando llega el fracaso, no acude al Conductor de la historia, sino que redobla, a espaldas de Dios, sus esfuerzos inútiles ante el fracaso seguro de la muerte, de la cual sólo Dios puede librar mediante la resurrección.

Los profetas de Dios son incómodos porque no son corruptibles, tanto por su fidelidad a Dios como por su defensa de los derechos del pueblo. Por eso se les hace la vida imposible con la persecución que suele terminar en muerte. Así fue para Juan Bautista, para Jesús, y para muchos otros a través de la historia.

Es la condición de los cristianos frente a los soberanos prepotentes. Y uno se atreve pensar si no habrá quiénes intenten hacer con Mons. Piña y con otros lo que hicieron con Mons. Romero. ¿O sabrán encajar la sacudida y cambiar de política?

Hebreos 9, 24-28

Cristo no entró en un santuario erigido por manos humanas --simple figura del auténtico Santuario-- sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro. Y no entró para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como lo hace el Sumo Sacerdote que penetra cada año en el Santuario con una sangre que no es la suya. Porque en ese caso, hubiera tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. En cambio, ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio. Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá otra vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.

“Sacrificio” no significa sufrimiento y muerte, sino “hacer sagrado”, consagrar algo a Dios, más allá y a pesar del sufrimiento y de la muerte. ¡Tantos sufrimientos y muertes que no son sacrificio, ofrenda a Dios!

La muerte de Cristo es el momento supremo de su ofrenda a Dios y al hombre, es su “ordenación sacerdotal”, que elimina distancias entre la criatura y el Creador. Dios no tiene nada en contra del hombre, de lo contrario no nos hubiera entregado a su Hijo; sino que es el hombre quien está en contra Dios, que en Cristo tiende la mano a todo el que de veras quiere volverse a él, acercarse a él y compartir con él su misma eterna felicidad pasando por la muerte a la resurrección.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 05, 2006

El MANDAMIENTO del AMOR y la FELICIDAD

El MANDAMIENTO del AMOR y la FELICIDAD

Domingo 31° del tiempo ordinario-B/ 5-11-2006.


Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: - ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: - El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El escriba le dijo: - Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús, al ver que había respondido tan sabiamente, le dijo: - No estás lejos del reino de Dios. Marcos 12,28-34

Era lógico que un escriba preguntase al Maestro cuál era el principal de los mandamientos, pues ellos tenían 613 mandamientos, sin que se distinguiera cuáles eran divinos y cuáles sólo humanos. Aunque la pregunta iba con cierta malicia, era una buena pregunta: se necesitaba saber si había un mandamiento que los sintetizara todos.


Gran parte de aquel cúmulo de mandamientos eran invenciones humanas para evadir el principal mandamiento, justamente el que los resume todos, el mandamiento del amor: "Amarás al Señor tu Dios…; amarás a tu prójimo…”

¿Será equivocado pensar que también hoy la gran mayoría de los cristianos, después de veinte siglos, seguimos sustituyendo el mandamiento del amor a Dios y al prójimo por un buen catálogo de normas y leyes morales, disciplinares, canónicas, eclesiásticas, civiles, familiares, buenos modales, costumbres, ritos, educación…? Y no porque sean malas esas cosas, sino porque se vuelven inhumanas e idolátricas cuando suplantan la ley del amor, cosa tan al orden de cada día y en todo lugar, como una cruel esclavitud.

Jesús, con su nacimiento, vida, muerte y resurrección, tuvo un único objetivo: enseñarnos que Dios nos ama y enseñarnos a corresponderle amándolo a él y amándonos unos a otros. Es más: él superó y nos pide que superemos el mandamiento antiguo de "amar al prójimo como a sí mismo", cambiándolo por el suyo: "Ámense los unos a los otros como yo los amo". Él nos reveló su forma de amar: "Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los que ama".

El amor a Dios y al prójimo es la única fuente de la felicidad y de la libertad en este mundo y en la eternidad. Pero la mayoría pretenden beber el agua de la felicidad sin conectarse a su fuente. Y se buscan todos los charcos contaminados de los placeres: drogas, alcohol, orgías, lujos, poder, incluso a costa del sufrimiento e infelicidad del prójimo. Lo cual sucede también entre gente “muy religiosa”.

Se hace pasar por amor lo que es puro egoísmo, y por felicidad lo que es sólo cosquillas superficiales del sistema nervioso. Son muchas las cosas que gustan, pero que no llenan porque no son justas. Y en el intento desesperado por colmar el vacío, se añaden placeres a placeres cada vez más sofisticados y crueles para los otros y para sí mismos, hasta la reducción a la total infelicidad. Es el pan de cada día de la sociedad de consumo, camino a la autodestrucción.

Aprender a amar como Cristo Jesús y con él, es nuestra vocación, realización, libertad y felicidad en el tiempo y en la eternidad. El amor a Dios y al prójimo no puede ser algo rígido y moralizador. Es libertad para mejorar las expresiones y experiencias de ternura, de amistad, de dulzura. Es fuego del corazón humano, hecho a imagen del corazón de Dios-Amor-Cariño-Ternura, pero al infinito. "Si me falta el amor, de nada me sirve…"

Deuteronomio 6, 1-6

Moisés habló al pueblo diciendo: Este es el mandamiento, y estos son los preceptos y las leyes que el Señor, su Dios, ordenó que les enseñara a practicar en el país del que van a tomar posesión, a fin de que temas al Señor, tu Dios, observando constantemente todos los preceptos y mandamientos que yo te prescribo, y así tengas una larga vida, lo mismo que tu hijo y tu nieto. Por eso, escucha, Israel, y empéñate en cumplirlos. Así gozarás de bienestar y llegarás a ser muy numeroso en la tierra que mana leche y miel, como el Señor, tu Dios, te lo ha prometido. Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Ya en el Antiguo Testamento Dios presenta sus mandamientos como leyes de vida para todas las épocas y pueblos. Dios condiciona sus bendiciones, también materiales, al cumplimiento de sus mandamientos, que son expresión del amor a Dios y al prójimo. De ellos hará depender la vida, la salud, el bienestar, el progreso y la paz de las naciones como de las familias.

Es evidente que si la humanidad cumpliera los mandamientos de Dios, sería totalmente distinto el panorama mundial: no habría violencias, guerras, violaciones, asesinatos, odios, corrupción, y tal vez ni desastres naturales.

El mundo parece que anda al revés: los que se portan mal, lo pasan bien; y los que se esfuerzan por cumplir los mandamientos, lo pasan mal. Pero eso no es del todo cierto: pensemos en las cárceles, en los enfermos a causa de sus vicios…, y en todos los que lo pasan bien, pues también llegarán a pasarlo mal con la enfermedad y la muerte. Sin referirnos siquiera a la eternidad.

Y quienes lo pasan mal por cumplir los mandamientos y por la maldad de otros, además de recibir las bendiciones de Dios en esta vida, terminarán pasándolo “divino” con la máxima bendición: la resurrección y la felicidad eterna.

Hebreos 7, 23-28

Hermanos: En la antigua Alianza los sacerdotes tuvieron que ser muchos, porque la muerte les impedía permanecer; pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable. De ahí que Él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos. Él es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo. Él no tiene necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados, y después por los del pueblo. Esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

La permanencia del sacerdocio del A. T. exigía la sucesión indefinida de los sacerdotes a causa de la muerte. Pero el sacerdocio de Cristo, muerto y resucitado, permanece para siempre. Los sacerdotes del pueblo judío eran pecadores y no podían salvar a los pecadores; pero Jesús, santo e inocente, “puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por su medio”.

Los hombres somos incapaces de abrirnos el camino hacia Dios. Sólo Jesús, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, puede abrirnos al encuentro real y transformador con Dios. El rito, la oración, la celebración, el sacramento que no nos abra a este encuentro vivo con Dios, es inútil, engañoso y fatal.

La Eucaristía, sacramento de amor y de “reconciliación perfecta”, es el ejercicio permanente del sacerdocio de Cristo resucitado en unión con la Iglesia, pueblo sacerdotal, para la salvación de la humanidad. Y el cristiano comparte con Jesús, mediante el sacerdocio bautismal, su Sacerdocio Supremo al ofrecerse, voluntaria y conscientemente, en unión con él como ofrenda agradable al Padre. Sin esta condición, la Eucaristía se queda en rito sin vida, sin eficacia salvadora.Si ves que te queda mucho camino para llegar a esto, no te desalientes: comienza a caminar decidido y él te lo hará posible.

Jesús Alvarez, ssp.

Sunday, October 29, 2006

CIEGOS QUE VEN y CIEGOS QUE SE NIEGAN A VER

CIEGOS QUE VEN y CIEGOS QUE SE NIEGAN A VER

Domingo 30º tiempo ordinario-B / 29-10-2006.

Llegaron a Jericó. Al salir Jesús de allí con sus discípulos y con bastante más gente, un limosnero ciego se encontraba a la orilla del camino. Se llamaba Bartimeo (hijo de Timeo). Al enterarse de que era Jesús de Nazaret el que pasaba, empezó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! Varias personas trataban de hacerlo callar. Pero él gritaba con más fuerza: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Llamaron, pues, al ciego diciéndole: Vamos, levántate, que te está llamando. Y él, arrojando su manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego respondió: Maestro, que vea. Entonces Jesús le dijo: Puedes irte; tu fe te ha salvado. Y al instante pudo ver y siguió a Jesús por el camino. Marcos. 10, 46 - 52.

La ceguera en tiempos de Jesús - y también hoy en muchos casos - condena a los pacientes a una vida dura, pobre y marginada. Y en los países pobres no tienen otra salida que mendigar o morir de hambre en la angustia de las tinieblas.

Sin embargo también se dan muchos casos de ciegos que saben aprovechar su limitación física como ocasión para aumentar su visión mental y espiritual, y ganarse la vida con su trabajo. Me decía amigo que perdió la vista y al encanto de sus ojos, su esposa, en un accidente: "Desde que estoy ciego, veo mejor".

Como hay una ceguera física, también hay ceguera mental por falta de formación, cultura, información, comunicación. Hay una ceguera espiritual por desconocimiento del sentido y del destino eterno de la vida: ceguera por ausencia de fe y de esperanza, incapacidad para ver más allá de las preocupaciones e intereses inmediatos materiales. Es la peor ceguera y la miseria total.

La multitud que seguía a Jesús iba buscando luz y sentido eterno para su vida. Sin embargo, entre los que s juntaban con Jesús entonces y entre los que hoy aparentan seguir a Jesús, hay quiénes sólo buscan intereses materiales. El Hijo de Dios y su plan salvación no entran en sus planes egoístas. Asisten a manifestaciones y celebraciones religiosas, y luego ignoran a Cristo vivo presente en la Eucaristía, en la Biblia, en los que sufren. Se cierran al amor de Dios, al amor del prójimo, y por tanto a la salvación. Ponen su vida y esperanza en lo destinado a perecer.

A los que acompañaban a Jesús no les interesaba el sufrimiento del pobre ciego. Sólo Jesús sintió compasión e interés por él. ¿No sucede hoy lo mismo con tantos que se profesan cristianos, católicos y viven indiferentes, cierran los ojos y el corazón ante el sufrimiento de multitud de hermanos? A veces de hermanos con los que se rozan o viven cada día. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

“¡Señor, que yo vea!”, tiene que ser también hoy el grito sincero de cada uno de nosotros. Supliquemos que se nos abran los ojos de la cara para ver y contemplar las maravillas de la creación, transparencia y presencia de Dios. Que se nos abran los ojos del corazón para descubrir las expresiones del amor de Dios para con nosotros y el grito de Cristo suplicándonos un gesto de amor en los que sufren de mil maneras. Que se nos abran los ojos de la mente, para conocer la verdad que nos hace libres e hijos de Dios. Que se nos abran los ojos de la fe, para ver y vivir el sentido profundo de la vida y alcanzar el feliz destino eterno de nuestra existencia.

Sólo quien se reconoce ciego y pobre, puede desear, pedir y recibir la curación. Creer en Jesús no es cuestión sólo de palabras, doctrinas, ideas y rezos, ritos, sino de hechos, de adhesión amorosa a Él allí donde se manifiesta: Eucaristía, Biblia, prójimo, naturaleza... “¡Señor Jesús, que yo vea!” Dame la fe que me cure.

Jeremías 31, 7 – 9

Así dice Yavé: “¡Vitoreen con alegría a Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse escuchar, celébrenlo y publíquenlo: ‘¡Yavé ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!’ Miren cómo los traigo del país del norte, y cómo los junto de los extremos del mundo. Están todos, ciegos y cojos, mujeres encinta y con hijos, y forman una multitud que vuelve para acá. Partieron en medio de lágrimas, pero los hago regresar contentos; los voy a llevar a los arroyos por un camino plano para que nadie se caiga. Pues he llegado a ser un padre para Israel y Efraím es mi primogénito.

La historia del pueblo de Israel refleja nuestra historia individual, familiar, eclesial, nacional, mundial: infidelidad a Dios, pecado, goce desordenado a costa del sufrimiento ajeno, y al final de cuentas, también del propio... No sólo sufrimos a causa de los pecados propios, sino -sobre todo los inocentes-, a causa de los ajenos.

Y Dios calla frente a los que hacen sufrir y ante los que sufren. Como que se oculta. Se demora en intervenir. Pero no se olvida. Él no puede fallar: permanece fiel a su promesa de rescatar a quienes sufren, salvarlos y llevarlos a la Jerusalén celestial, su eterna Casa paterna, nuestro destino. Con tal de que deseemos ser salvados, manifestando este deseo con súplicas confiadas, conversión real, recurso a los medios de salvación: buenas obras, sacramentos, sufrimiento ofrecido, confianza en el omnipotente amor paternal y maternal de Dios.

La seguridad de la salvación consiste en que Dios es nuestro Padre y se porta como tal con todos sus hijos. Lo decisivo es que le creamos, lo aceptemos y amemos como Padre. Él sabe de nuestros llantos y sufrimientos, y conoce las angustias de toda la humanidad. Puede demorarse, pero no olvida. Llega siempre a tiempo y en el momento justo.

Hebreos 5, 1 – 6.

Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado. Es capaz de comprender a los ignorantes y a los extraviados, pues también lleva el peso de su propia debilidad; por esta razón debe ofrecer sacrificios por sus propios pecados al igual que por los del pueblo. Pero nadie se apropia esta dignidad, sino que debe ser llamado por Dios, como lo fue Aarón. Y tampoco Cristo se atribuyó la dignidad de sumo sacerdote, sino que se la otorgó aquel que dice:”Tú eres mi Hijo, te he dado vida hoy mismo”. Y en otro lugar se dijo: “Tú eres sacerdote para siempre a semejanza de Melquisedec”.

El sacerdocio del Antiguo Testamento consistía en representar al pueblo ante Dios y ofrecer sacrificios de expiación por los pecados de ese pueblo y por los propios.

Pero Cristo añadió al sacerdocio una nueva función: ofrecerse a sí mismo por los pecados del pueblo. O sea: realizar a favor del pueblo la obra máxima de amor señalada y vivida por Jesús: Nadie tiene un amor tan grande como el de quien da la vida por los que ama. Sólo ese amor da eficacia salvífica al sacerdocio ministerial y al sacerdocio bautismal. No basta con sólo ofrecer sacrificios, aunque sea el máximo: la Eucaristía, sino que es necesario ofrecerse en unión con Cristo, como ofrenda agradable al Padre a favor de la humanidad y por el prójimo de cada día.

Y todo bautizado tiene la dignidad del sacerdocio bautismal, que es el sacerdocio fundamental, por el que comparte el sumo sacerdocio de Cristo y el sacerdocio ministerial, realizando, a su nivel, las tres funciones del sacerdocio: representar a otros ante Dios mediante la oración, ofrecer sacrificios (sufrimientos, trabajos, penas) y ofrecerse a sí mismo en reparación por los pecados propios y ajenos.

María es modelo de todo sacerdocio. Después del Sacerdocio Supremo de Cristo, ella ejerce el máximo sacerdocio: dar a Cristo al mundo. Su sacerdocio supera en eficacia salvadora al de todos los sacerdotes, obispos y papas juntos.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 22, 2006

EL PRECIO DE LA VIDA ETERNA

EL PRECIO DE LA VIDA ETERNA

Domingo 29º Tiempo Ordinario-B / 22-10-2006


Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: - Maestro, concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu reino. Jesús les dijo: - Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy bebiendo o ser bautizados como yo soy bautizado? Ellos contestaron: - Sí, podemos. Jesús les dijo: - Pues bien, la copa que yo bebo, la beberán también ustedes, y serán bautizados con el mismo bautismo que yo estoy recibiendo; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo; eso ha sido preparado para otros. Los otros diez se enojaron con Santiago y Juan. Jesús los llamó y les dijo: Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes. Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por todos. Mc 10,32-45

Mientras un padre agonizaba entre indecibles dolores, sus cinco hijos se peleaban por la herencia. Algo así sucedía con los discípulos de Jesús: se peleaban por los primeros puestos del ansiado reino temporal de Jesús, mientras él vivía la angustia de la muerte inminente. No podían creer que la victoria total del Maestro por la resurrección sería el resultado de su fracaso parcial en la cruz.

Y también hoy, mientras Cristo sufre y muere en millones de seres humanos, hijos del mismo Padre, una buena parte de los mismos cristianos viven indiferentes, e incluso cómplices, ante el sufrimiento y muerte de sus hermanos, y se enredan en una lucha mezquina por el poder, el dinero y los privilegios.

Jesús pregunta a los ambiciosos discípulos si están dispuestos a pagar el precio de lo que piden: "beber el cáliz”, compartir su pasión y muerte. Ellos responden que sí, sin saber lo que dicen. Pero beberán el cáliz del martirio, a imitación de Cristo, que les dará infinitamente más de lo que pedían: les dará la resurrección, la vida eterna e insospechados puestos de gloria en su reino eterno.


También Iglesia hay quiénes ambicionan mezquinamente puestos, poder, y privilegios. Pero la autoridad en la Iglesia no puede ser sino un servicio ejercido a imitación y en nombre de Cristo muerto y resucitado. O se vive y ejerce en la lógica de la cruz, de la resurrección y del servicio en el amor, o se pervierte en dominio indigno. El máximo honor es para quien más ama, no para quien más poder tiene. La autoridad se hace cruz de servicio en el amor, hasta imitar a Jesús en el máximo servicio: dar la vida por los que ama, para así resucitar con ellos.


Pero dar la vida no significa sólo morir, sino proyectar la vida entera como donación por el bien y la salvación de los hombres, para así recuperarla en total plenitud por la resurrección.

Jesús, pagando el precio de su muerte por nuestra vida, adquirió para sí y para la humanidad la victoria total y definitiva sobre su muerte y la nuestra con su resurrección.

Los guías religiosos no han sido elegidos “para ser servidos, sino para servir y dar la vida por sus hermanos”, como Cristo. A servicio total, premio total.

Jesús nos pide vivir en el amor sin dominio posesivo sobre los demás. Y si tenemos alguna autoridad, usémosla como él: con amor servicial, sin evadir responsabilidades y exigiendo el cumplimiento de responsabilidades a quienes nos han sido encomendados.

Is 53,10-11

Quiso Yavé destrozarlo con padecimientos, y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado. Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida, y el proyecto de Dios prosperará en sus manos. Después de las amarguras que haya padecido su alma, gozará del pleno conocimiento. El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos, después de cargar con sus deudas.

La expresión del profeta: “Quiso Yavé destrozarlo con padecimientos”, hoy la entendemos así: “El Padre lo asistió cuando era destrozado con padecimientos”, pues Dios no es un padre sádico que se ensaña contra el que más ama: su Hijo predilecto. El Dios-Amor no puede querer el mal de sus hijos; pero sí entra en el sufrimiento de sus hijos para convertirlo en bien, felicidad y vida eterna.

El Padre no planeó ni aprobó el sufrimiento de Jesús, sino la fidelidad en el amor a él y a los hombres a pesar del sufrimiento: dio su vida por librarnos del pecado, de la muerte y del infierno, y ganarnos la resurrección y la vida eterna.

Los sufrimientos de Cristo fueron como dolores de parto, pues con ellos engendró a sus hermanos para la vida sin fin en la Familia eterna de la Trinidad, según su plan de salvación a favor de los hombres, nosotros.

También nosotros estamos llamados a realizar lo mismo: a compartir con Cristo nuestros sufrimientos, incluida la misma muerte, para engendrar, en unión él, a muchos hermanos, compartiendo así la paternidad-maternidad universal del Padre en favor de los pecadores, empezando por los más cercanos.

Acojamos con gozo esta vocación casi “corredentora”, asociando nuestros sufrimientos inevitables, y los ajenos, a los de Cristo, presentándonos “como ofrenda agradable al Padre”, especialmente en la celebración de la Eucaristía, donde Cristo realiza de nuevo cada día el misterio de la salvación.

Heb 4,14-16

Tenemos, pues, un Sumo Sacerdote excepcional, que ha entrado en el mismo cielo, Jesús, el Hijo de Dios. Esto es suficiente para que nos mantengamos firmes en la fe que profesamos. Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, a excepción del pecado. Por lo tanto, acerquémonos con plena confianza al Dios de bondad, a fin de obtener misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno.

El Sumo Sacerdote israelita entraba en el Tabernáculo, para expiar ante Dios los propios pecados y los del pueblo. Jesús, el nuevo Sumo Sacerdote, se presenta ante el Padre cargado con nuestros pecados y sufrimientos.

Si Cristo ha hecho tanto por nosotros, es justo que nos acerquemos a él con plena confianza suplicando perdón, conversión, resurrección y vida eterna, puesto que para eso se encarnó, trabajó, predicó, sufrió, murió y resucitó. ¿Qué más podría hacer por nosotros, sus hermanos? Nos declara san Pablo: Ustedes han sido comprados a un gran precio (1Cor 6,20).

Necesitaremos toda la eternidad para agradecer tan inmensos favores. Pero debemos agradecerlos también ya en esta vida, compartiendo el Sacerdocio de Jesús mediante el sacerdocio que nos ha conferido en el bautismo: Él confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo (Prefacio de Jesús Sumo Sacerdote).

Ejercer el sacerdocio bautismal es imitar a Cristo: Él entregó la vida por nosotros; y también nosotros debemos dar ahora la vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16). Puesto que de todos modos debemos darla, démosla sacerdotalmente junto con Cristo, para recuperarla resucitada por él.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 15, 2006

¿¡FELICES LOS RICOS!?

¿¡FELICES LOS RICOS!?

Domingo 28º tiempo ordinario-B/ 15 oct. 2006


Un hombre salió al encuentro de Jesús, se arrodilló delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”. El hombre le contestó: “Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven”. Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: “Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: “¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!” Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: “Hijos, ¡qué difícil es para los que ponen su confianza en el dinero entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios”. Ellos se sombraron todavía más y comentaban: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” Jesús los miró fijamente y les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible”. (Marcos 10,17-30)

El joven rico estaba dispuesto cumplir la ley, las prácticas religiosas y también a dar algunas limosnas para ganarse el cielo. Pero Jesús le pide todo a cambio de la felicidad temporal y eterna que busca. Mas él se queda triste con sus riquezas, renunciando a la alegría y a la libertad frente a los bienes materiales y poniéndose en peligro de perder la vida eterna.


También hoy existen muchos adinerados dispuestos a hacer algunas obras buenas, pero pocos se deciden a emplear en el bien sus riquezas y a cargar con amor la cruz inevitable que lleva a la suprema riqueza: el reino de Dios, la resurrección y la vida eterna.

Jesús afirma que es muy difícil que se salven quienes ponen su confianza en el dinero, ricos o pobres, y dejan que este ídolo suplante en su corazón y en su vida a Dios y al prójimo necesitado. ¡Infelices los ricos que sólo tienen plata y los pobres que sólo ambicionan dinero!

Viene a la mente la definición que del verdadero hace la beata Teresa de Calcuta: “Rico no es quien más tiene, sino el que menos necesita”. Definición que se puede completar así: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita y da a los pobres lo que no necesita”. Rico es el que da de lo que tiene y de lo que es. No sólo bienes económicos, sino también bienes personales: tiempo, inteligencia, amor, profesionalidad, testimonio, fe. Así lo hizo la Madre Teresa.

El dinero y los bienes materiales son una bendición de Dios para compartir. Mas el hombre puede convertirlos en maldición a causa del egoísmo; pero también en un cúmulo de bendiciones por el amor y las obras de bien, sobre todo promoviendo la evangelización para la salvación de los hombres.

Los ricos desprendidos son los camellos cargados de tesoros que van repartiendo de lo que son y de lo que tienen para cubrir necesidades ajenas y hacer el bien. Y por eso pueden pasar por el agujero de una aguja hacia la resurrección y la gloria, porque para Dios nada hay imposible. Dios escucha al rico que convierte las riquezas materiales en moneda depositada en el banco del Reino eterno, donde no pueden ser roídas por la polilla ni arrebatadas por los ladrones. Sus nombres están escritos en el Libro de la Vida.

Cuántos reyes, poderosos y ricos, usando sus bienes y su persona como Dios quiere, han llegado a una gran santidad. Pensemos en Moisés, José, virrey de Egipto, san Mateo, san Bernardo, san Francisco de Asís…, a los que han imitado innumerables reyes, poderosos, empresarios a través de la historia.

¡Felices, pues, ricos que se hacen pobres, y con sus riquezas compran el reino de Dios en la tierra y en el cielo! Y ¡felices los pobres que lo esperan todo de Dios, a la vez que luchan por una vida digna y ayudan a otros a salir de la miseria material, moral y espiritual!

Sabiduría 7, 7-11

Oré y me fue dada la inteligencia; supliqué, y el espíritu de sabiduría vino a mí. La preferí a los cetros y a los tronos, y estimé en nada la riqueza al lado de ella. Vi que valía más que las piedras preciosas; el oro es sólo un poco de arena delante de ella, y la plata, menos que el barro. La amé más que a la salud y a la belleza, incluso la preferí a la luz del sol, pues su claridad nunca se oculta. Junto con ella me llegaron todos los bienes: sus manos estaban repletas de riquezas incontables.

La verdadera sabiduría es la capacidad de ver, juzgar y sentir a las personas, las cosas, los acontecimientos con los ojos, la mente y el corazón de Dios. Lo cual se consigue con la oración: “Oré y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría”. La oración verdadera es el espacio del encuentro con el Dios vivo y escuela del conocimiento amoroso de Dios Amor, Dios Trinidad y Familia, fuente de toda sabiduría y de todos los bienes que sólo de ella derivan.

La Sabiduría es el tesoro escondido por el cual vale la pena darlo todo, pues ella nos devuelve al mil por uno todo lo que para adquirirla hayamos dejado, e inmensamente más. Darlo todo para alcanzar la sabiduría es la mejor inversión, el mejor negocio de nuestra vida. Frente a esta inversión, todas las demás inversiones son nada y vacío.

“Si alguno se ve falto de sabiduría, pídala a Dios, que da generosamente y sin poner condiciones, y Él se la dará” (St 1, 5).

Así como la Palabra de Dios va más allá de la palabra sonido y nos comunica con la Palabra Persona, el Verbo Divino, Jesucristo, así también la Sabiduría se identifica con la Sabiduría Persona, que es el mismo Cristo Jesús.

Hebreos 4, 12-13

En efecto, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, los huesos y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y pensamientos más íntimos. No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de aquél al que rendiremos cuentas.


La Palabra de Dios, por su eficacia, no regresa a Él sin comunicar luz: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sl 118), sin producir frutos de salvación. Jesús, la Palabra de Dios personificada, nos asegura: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn 15, 5).

La Palabra de Dios es como una espada tajante que separa la verdad de la mentira, la luz de las tinieblas, el bien del mal, las intenciones buenas de las malas, la vida de la muerte, la justicia de la injusticia, el amor del egoísmo, la transparencia de la hipocresía...

No podemos acercarnos a la Palabra de Dios sin dejarnos iluminar agradecidos y aceptar ser cuestionados amorosamente por ella, a fin de que nuestras vidas vayan por caminos de luz, de verdad y de bien, de resurrección y de vida eterna.

Pero tengamos bien presente que si la Palabra de Dios escrita, pronunciada, memorizada o hecha imagen, no nos llevara al encuentro con la Palabra viva, la Palabra Persona, Cristo, el Verbo de Dios, esa Palabra resultaría estéril, y al final seríamos juzgados por ella misma.

La Palabra de Dios no sólo es la que está escrita en la Biblia; también es Palabra de Dios, - que nos habla de Él -, la creación, la vida, las personas, y la que está escrita en nuestros corazones. No está lejos de nosotros, sino a nuestro alrededor y en nuestra persona, templo del Espíritu Santo, donde resuena la Palabra de Dios. Quien la escucha y la pone en práctica, se hace testigo verdadero de Cristo resucitado.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 08, 2006

PLACER, AMOR, FELICIDAD

PLACER, AMOR, FELICIDAD

Domingo 27° durante el año – B – 8-10-2006

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba) y le preguntaron: "¿Puede un marido despedir a su esposa?" Les respondió: "¿Qué les ha ordenado Moisés?" Contestaron: "Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse". Jesús les dijo: "Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe". Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: "El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también esta comete adulterio". Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: "Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía. (Mc 10, 2-16)

El matrimonio tiene sentido y destino de felicidad, éxito y eternidad, porque el amor, que es su raíz y su vida, tiende por naturaleza a crecer indefinidamente y hacerse eterno. Es evidente que no hablamos del simple disfrute sexual, que puede darse sin amor alguno.

Al amor verdadero van siempre unidas la libertad y la felicidad, incluso en medio del sufrimiento, e incluso a causa del sufrimiento, por paradójico que parezca. Amor, libertad y felicidad son bienes inseparables que la persona humana desea vivir y gozar para siempre.

La indisolubilidad del matrimonio propuesta por Jesús no es cuestión de leyes, sino de vida y de amor; no es una simple prohibición, sino la posibilidad, la oportunidad y responsabilidad para el amor total, para la felicidad en el tiempo y en la eternidad, de la mente, del corazón, del espíritu y del cuerpo.

La indisolubilidad del matrimonio es un programa de vida plena y feliz, a pesar de sufrimientos y dificultades. Jesús ratifica el plan inicial de Dios, sin conceder rebajas. Sabe que cualquier otro camino lleva al fracaso. Y Él no quiere el fracaso de sus hermanos.

El matrimonio indisoluble es una buena noticia, un sí a la familia, a la vida, a la dignidad de la mujer y del hombre, al amor pleno, al derecho del niño a nacer, a tener y amar a un padre y a una madre que se amen y lo amen. Es un sí a la felicidad temporal y eterna. En el cielo ya no se casan, pero allí encuentra su plenitud eterna el matrimonio.

La Iglesia no debe separar lo que Dios ha unido. Ella no puede engañar a los fieles admitiendo el divorcio como salida feliz, ya que es más bien salida hacia la infelicidad.

La sexualidad, para que sea humana, feliz y salvadora, debe ser comunión de amor entre dos personas en su totalidad: cuerpo, espíritu, mente, corazón y voluntad, pero a la vez comunión con Dios, creador de todo lo que se es, se ama, se goza y se espera. Los fracasos matrimoniales son tantos porque son muy pocos los que buscan, encuentran y viven el amor verdadero: el amor-felicidad-libertad, sumergido en el amor de Dios, su fuente. El arroyo del amor humano cortado de su fuente, se seca y siembra desolación.

Una pareja o familia sin amor, es como una planta sin agua y sin luz, como un lugar de fiesta convertido en infierno. La solución no es el divorcio. La solución no está destruir la planta, sino en volver decididos a regarla con amor, fe, esperanza, decisión, perseverancia y optimismo, pues para Dios y para quien cree en él y a él se acoge, nada hay imposible.

Gén 2, 2. 7. 18-24

Dijo Yavé Dios: "No es bueno que el hombre esté solo. Le daré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude". Entonces Yavé Dios formó de la tierra a todos los animales del campo y a todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para que les pusiera nombre. Y el nombre de todo ser viviente había de ser el que el hombre le había dado. El hombre puso nombre a todos los animales, a las aves del cielo y a las fieras salvajes. Pero no se encontró a ninguno que estuviera a su altura y lo ayudara. Entonces Yavé hizo caer en un profundo sueño al hombre y este se durmió. Le sacó una de sus costillas y rellenó el hueco con carne. De la costilla que Yavé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó: "Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona porque del varón ha sido tomada". Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne.

Según el Génesis, Dios creó al hombre y lo puso en un jardín delicioso, e incluso el mismo Dios por las tardes paseaba conversando con él. Pero en ausencia de Dios se sentía sólo y nada lo llenaba, pues nada de lo creado se relacionaba con él a su nivel.

Dios se dio cuenta de que no era bueno para el hombre estar solo. Y por eso le dio a la mujer, sacándola del cuerpo del hombre. Es el primer signo de predilección de Dios hacia la mujer: en vez de formarla de la tierra como al hombre, la formó de la materia más noble existente, la carne del hombre. Era la ayuda y compañía apropiada, su complemento.

Allí empezó el matrimonio como Dios lo quería: dos en una sola carne, como una sola persona, hechos el uno para el otro en ayuda mutua, esclavos el uno del otro en la gozosa libertad del amor. No en la esclavitud del instinto, que por sí solo degrada al hombre y a la mujer por debajo de los animales. El matrimonio es por sí una gran bendición de Dios.

Hebreos 2,9-11

Al que Dios había hecho por un momento inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor como premio de su muerte dolorosa. Fue una gracia de Dios que experimentara la muerte por todos. Dios, del que viene todo y que actúa en todo, quería introducir en la gloria a un gran número de hijos, y le pareció bien hacer perfecto, por medio del sufrimiento, al que se hacía cargo de la salvación de todos; de este modo, el que comunicaba la santidad, se identificaría con aquellos a los que santificaba. Por eso él no se avergüenza de llamarnos hermanos.

El hombre, hecho poco inferior a los ángeles, se degradó por debajo de su propia condición al pretender ser superior a los ángeles, igual a Dios. Quiso apropiarse la condición de Dios prescindiendo de Dios e incluso contra Dios. Y esa pretensión sigue hoy entre los hombres.

Por eso Dios vuelve a comunicarse directamente con el hombre en la persona de Cristo que, entregado al sufrimiento por amor al hombre y a Dios, brinda de nuevo a la humanidad el verdadero amor, la unión y la comunicación, perdidos por el egoísmo del placer, del poseer y del poder, con que los humanos destruyen y se autodestruyen.

Jesús, Dios hecho hombre, se somete a la humillación del sufrimiento para devolver al hombre su dignidad de hijo de Dios y el gozo de compartir con él la creación de nuevos hijos de Dios y la salvación de los mismos, engendrándolos en Cristo para la vida eterna.

Cristo, el Hijo de Dios, ya no se conforma con ofrecer al hombre conversación en un paraíso terrenal, sino que se compromete a estar con él todos los días hasta el fin del mundo. Como los hombres son también hijos de su mismo Padre, no se avergüenza de llamarlos hermanos y de cargar con sus rebeliones para así llevarlos al Paraíso eterno.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, October 01, 2006

MONOPOLIO Y ECUMENISMO

MONOPOLIO Y ECUMENISMO

Domingo 26° durante el año-B- 1-10-2006

Juan le dijo a Jesús: "Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros." Jesús contestó: "No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros. Y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa." "El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida, que ir con las dos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies a la gehenna. Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga”. (Mc 9,38-43)

También los discípulos de Jesús querían para su grupo el monopolio de los milagros, de la verdad, del bien, de la fe, de la salvación y del mismo Dios. El móvil solapado era, y sigue siendo, el dominio y los privilegios, no el servicio humano y salvífico.

Gracias a Dios, el Espíritu Santo sopla donde quiere y como quiere, también fuera de los cálculos y límites de los intransigentes y sectarios, y “gene bien” que se creen los únicos poseedores de la verdad y de toda la verdad.

¿Vamos a sentirnos recelosos porque la obra de Dios, de Jesús, no pase en exclusiva por nuestros grupos, por nuestros criterios o por nuestra Iglesia católica? Más bien hemos de admirar, agradecer y alabar a Dios porque así lo hace, y colaborar a su obra de salvación universal con todos los medios a nuestro alcance: oración, palabra, obras, testimonio y sacrificios unidos al que Cristo ofreció “por ustedes y por todos los hombres”.

La obra de salvación más eficaz y universal a nuestro alcance es la Eucaristía, pues en ella se nos ofrece la posibilidad de compartir con Cristo mismo la salvación de la humanidad, al sumarnos al sacrifico eucarístico como ofrendas agradables al Padre.

Por ahí van los caminos del ecumenismo, de un sano pluralismo, que llevará a realizar el anhelo de Jesús: “Padre, que todos sean uno”; “Que haya un solo rebaño bajo un solo Pastor”. Firmes en la fe, hay que admirar, acoger y apoyar todo lo bueno, esté donde esté y venga a través de quien venga, pues sólo proceder del Espíritu Santo.

Jesús nos habla hoy también del escándalo, que es inducir a otros al mal, con malas acciones, palabras, gestos, actitudes u omisiones, destruyendo la fe en el corazón de los sencillos. Jesús considera el escándalo de tan extrema gravedad, que afirma que más valdría ser arrojados al fondo del mar, antes que fracasar la vida en el tormento eterno a causa del escándalo.

¡Cuánto debemos orar, trabajar y ofrecer las cruces – y sobre todo la Eucaristía - por la salvación de los que hemos escandalizado, tal vez de mil maneras, durante nuestra vida!

El Señor se refiere también al escándalo personal al que nos puede llevar el instinto mediante los ojos, los oídos, las manos, los pies, u otro miembro, con riesgo de perderse a sí mismo y perder la herencia eterna que Cristo nos ganó con su vida, pasión, muerte y resurrección. Por eso pedimos una y otra vez en el Padre nuestro: “No nos dejes caer en tentación y líbranos de mal”. Líbranos sobre todo del máximo mal: el tormento eterno.

Números 11,25-29

Entonces Yavé bajó en la nube y habló, luego tomó del espíritu que estaba en Moisés y lo puso en los setenta hombres ancianos. Cuando el espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar, pero después no lo hicieron más. Dos hombres se habían quedado en el campamento, el primero se llamaba Eldad y el otro, Medad; el espíritu se posó sobre ellos. Pertenecían a los inscritos, pero no habían ido a la Tienda, y profetizaron en el campamento. Un muchacho corrió para anunciárselo a Moisés: "Eldad y Medad están profetizando en el campamento". Josué, hijo de Nun, servidor de Moisés desde su juventud, tomó la palabra: "¡Mi señor Moisés, prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Así que te pones celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yavé fuera profeta, que Yavé les diera a todos su espíritu!"

Dios elige de forma especial a personas y grupos para comunicarles su Espíritu con el fin de guiar a su pueblo hacia la salvación. Pero no se ata a nadie como si Él fuera un monopolio. Se reserva la libertad total de comunicar su Espíritu más allá de todo límite.

Esa apertura universal la retoma Jesús y se la comunica a sus apóstoles, frente al pueblo judío que pretendía poseer en exclusiva a Dios y su salvación. También hoy en las distintas iglesias y religiones (incluida la católica) muchos pretenden tener el monopolio de la verdad, de Dios y de la salvación. Esto ha causado las grandes y escandalosas divisiones religiosas, y las sigue causando y manteniendo.

Pero el Espíritu de Dios sopla donde quiere, y dichosos quienes lo secundan con un corazón ecuménico, universal, en todo lo que obra fuera de toda institución religiosa, incluida la fundada por el mismo Jesucristo, quien confirmó sin medias tintas: “Tengo otras ovejas que no son de este corral; también las llamaré y escucharán mi voz” (Jn 10, 16).

Santiago 5,1-6

Ahora les toca a los ricos: lloren y laméntense porque les ha venido encima desgracias. Los gusanos se han metido en sus reservas y la polilla se come sus vestidos, su oro y su plata se han oxidado. El óxido se levanta como acusador contra ustedes y como un fuego les devora las carnes. ¿Cómo han atesorado, si ya eran los últimos tiempos? El salario de los trabajadores que cosecharon sus campos se ha puesto a gritar, pues ustedes no les pagaron; las quejas de los segadores ya habían llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Han conocido sólo lujo y placeres en este mundo, y lo pasaron muy bien, mientras otros eran asesinados. Condenaron y mataron al inocente, pues ¿cómo podía defenderse?

Santiago se refiere a los ricos que han hecho de las riquezas su dios, su ídolo, cifrando en ellas todas las esperanzas de su vida, sin poner esos bienes al servicio de sus semejantes, pues para eso los recibieron, a menos que sean fruto de corrupción y robos.

Pues muchos se han hecho ricos a costa de la pobreza de sus semejantes, y han construido y construyen su vida incluso sobre la muerte de inocentes. Y esto no se refiere sólo a individuos, sino también a pueblos, naciones y continentes. ¿Qué pueden esperar?

Sus seguridades y esperanzas serán destruidas de improviso, cuando menos lo piensen. Así como sus víctimas no pudieron defenderse de ellos, así ellos no podrán escapar de lo que les vendrá encima. ¡Más nos vale estar lejos de esas condiciones!

Cristianos ricos, instituciones y naciones ricas, vean de dónde les vienen sus riquezas y cómo las invierten, pues pueden convertírseles en la trampa fatal de sus seguridades. ¡Pónganse a salvo a tiempo, sin pensarlo dos veces!

P. Jesús Álvarez, ssp