Sunday, May 11, 2008

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


Pentecostés, 11-05-2008


Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos. (Juan. 20,19-23).


Estamos en la era del Espíritu Santo, y sin embargo es el gran desconocido incluso para la mayoría de los mismos católicos, que lo identifican con una paloma, uno de los símbolos usados para representarlo. En el bautismo de Jesús se apareció bajo forma de paloma, y en día de Pentecostés en forma de lenguas de fuego.


Pero son muchos otros los signos que lo representan y nos dan de él una idea más completa: fuego, luz, calor, don, consuelo, huésped, descanso, brisa, viento, gozo, aliento, amor, libertad, paz; y su acción consiste en penetrar, enriquecer, alentar, regar, sanar, lavar, dar calor, guiar, transformar, repartir dones, dar vida, liberar, salvar…


El Espíritu Santo nos invita a cada uno a colaborar con Cristo en la evangelización, catequesis, celebraciones, agradeciendo, ofreciendo sacrificios y alabanzas, dando testimonio, trabajando por la unión, la paz, la justicia, la fraternidad universal, para que se forme “un solo rebaño bajo un solo Pastor”.


Jesús dice a sus discípulos – los cristianos somos sus discípulos también - “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. No se trata una consigna en exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compromete a toda la comunidad, a todo cristiano, por el mero hecho de ser cristiano, nombre que significa eso: “portador de Cristo”,testigo de Cristo resucitado”.


Como les pasó a los discípulos de Jesús, así el miedo y la cobardía marcarán también la actitud de los pastores y de los fieles que no vivan conscientes de que Jesús resucitado está presente con su Espíritu para llenarlos de paz, alegría,fortaleza y seguridad. Él nos asegura: “Estoy con ustedes todos los días”. ¡Inmensa dignación! Sólo hace falta que correspondamos a esa promesa entrañable con el gozoso esfuerzo cotidiano de “estar con él todos los días”.


Ser testigos de Jesús no consiste en sólo repetir sus palabras y su doctrina, sino en imitarlo en sus actitudes y obras, lo cual sólo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.


A pesar de ser débiles, pecadores y deficientes en todo, Jesús nos encomienda su misma misión confiada a los apóstoles, en un mundo donde imperan las poderosas fuerzas del mal, que nos superan inmensamente. Pero si nos encarga la misma misión que a los apóstoles, también pone a nuestra disposición los mismos dones y carismas que les concedió a ellos. No podemos desperdiciarlos.


Jesús nos envía el Espíritu Santo y viene con él para que produzcamos mucho fruto, asegurado con promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Por eso nuestra primera y principal ocupación y preocupación tiene que ser en absoluto la de vivir unidos a Cristo resucitado presente; todo lo demás es relativo, por muy bueno que sea.


Hechos de los Apóstoles 2, 1-11


Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran. Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración: "Pero estos ¿no son todos galileos? ¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios."


Los discípulos, unidos en torno a la Madre de Jesús, compartían el miedo y el sufrimiento, la oración confiada y la esperanza. Estaban cerrados en el Cenáculo, pero abiertos al Espíritu Santo. Por otra parte, si se hubieran dispersado, no habría sido posible el milagro de Pentecostés.


Y así el milagro se prolonga en las calle y plazas: la gente escucha y se convierte al oírlos hablar con valentía sobre Jesús resucitado. Antes de su pasión el Maestro decía a sus discípulos: “En esto reconocerán son mis discípulos: en que se amen unos a otros”; y oraba por ellos: “Padre, que sean uno, como nosotros somos uno, para que el mundo crea”. Vivían unidos y les creían. ¡Cuánta esterilidad y escándalo por falta de unión en el amor!


La unión en el amor de Cristo es la primera condición –y la primera palabra creíble- de la eficacia salvadora en la evangelización y en la catequesis. La unión con y en Cristo es el lenguaje que todo el mundo entiende.


Grupos, comunidades, catequistas, familias cristianas, clero y laicos, sólo harán creíble el Evangelio si viven esa unión en torno a Cristo resucitado, que sigue enviando su Espíritu a quienes lo desean, lo piden y lo acogen.


El cristiano –clero o laico- unido a Cristo en el Espíritu, “es imposible que no produzca frutos de salvación, como es imposible que el sol no produzca luz y calor” (S. J. Crisóstomo), puesto que lleva en sí al mismo Sol, Cristo resucitado.


1 Corintios 12, 3-7. 12-13


Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.


Parecería que san Pablo exagera al afirmar que por nuestras solas fuerzas no podemos decir: “Jesús es el Señor”. Pero no se refiere a pronunciar esa frase, sino de creer amorosamente que Jesús es el Hijo de Dios, muerto y resucitado, vivo y presente entre nosotros; y eso no es posible sin la ayuda del Espíritu Santo.


Asimismo, sólo es posible por la acción del Espíritu santo el que cada cual asuma con gozo, convicción y gratitud activa sus talentos para cumplir su misión en el mundo, en la Iglesia, en la familia, en el grupo o comunidad, como valiosa aportación a la obra de la liberación y salvación encabezada por Cristo en el Espíritu. Sin envidia, ni rivalidades, ni privilegios, ni indiferencia.


Supliquemos los dones del Espíritu, como hicieron los apóstoles en intensa oración unidos con María, la Madre de Jesús y nuestra, Madre y Reina de los Apóstoles.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 04, 2008

42ª Jornada Mundial de las


Comunicaciones Sociales

Hoy se celebra en toda la Iglesia la 42ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, y con tal motivo el Papa Benedicto XVI ha enviado el acostumbrado Mensaje, del cual se extraen a continuación algunos pensamientos orienta-dores en este campo tan decisivo.

La Jornada de este año lleva como lema:

“Los medios: en la encrucijada entre el protagonismo y el servicio.
Buscar la verdad para compartirla”.

1. No existe ámbito de la experiencia humana en el que los medios no se hayan convertido en parte constitutiva de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales, económicos, y políticos religiosos. “Los medios de comunicación social, por la potencialidades educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas y derechos, en resaltar su belleza” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, n. 5, 1 de enero 2007).

2. Sin su aportación sería realmente difícil favorecer y mejorar la comprensión entre las naciones,
dar alcance universal a los diálogos de paz, garantizar al hombre el bien primario de la información, asegurando a la vez la libre circulación del pensamiento, en orden sobre todo a los ideales de solidaridad y justicia social… Sin embargo, existe el riesgo de que hagan lo contrario: que se transformen en sistemas dedicados a someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento… Además, para ampliar la audiencia, a veces no se duda en recurrir a la trasgresión, a la vulgaridad y a la violencia… Puede suceder también que a través de los medios se propongan y sostengan modelos de desarrollo que, en vez de disminuir el abismo tecnológico entre los países pobres y los ricos, lo aumentan.

3. La humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada. El progreso ofrece posibilidades inéditas para el bien, pero abre al mismo tiempo enormes posibilidades para el mal, que antes no existían. ¿No se deberían hacer esfuerzos para que los medios permanezcan al servicio de la persona y del bien común, y favorezcan la formación ética del hombre, el crecimiento del hombre interior? Hoy, de manera cada vez más marcada, la comunicación parece tener en ocasiones la pretensión no sólo de representar la realidad…, sino para “crear” los eventos mismos… El impacto de los medios de comunicación en la vida de las personas plantea interrogantes ineludibles y respuestas inaplazables.

4. Cuando la comunicación pierde las raíces éticas y elude el control social, termina por olvidar la centralidad y la dignidad inviolable del ser humano, y corre el riesgo de incidir negativamente sobre su conciencia y sus opciones, condicionando así la libertad y la vida misma de las personas. Precisamente por eso es indispensable que los medios defiendan celosamente a la persona y respeten plenamente su dignidad. Hay quiénes piensan que es necesaria en este ámbito una “info-ética”, así como existe la bio-ética en el campo de la medicina y de la investigación científica sobre la vida.

5. Se ha de evitar que los medios se conviertan en megáfono del materia-lismo económico y del relativismo ético, verdaderas plagas de nuestro tiempo. Por el contrario, pueden y deben contribuir a dar a conocer la verdad sobre el hombre, defendiéndola ante quienes tienden a negarla o destruirla. Se puede decir incluso que la búsqueda y la presentación de la verdad sobre el hombre son la más alta vocación de la comunicación social… Los nuevos medios, en particular la telefonía e Internet, están modificando el rostro mismo de la comunicación, y tal vez ésta es una maravillosa ocasión para rediseñarlo, y “hacer más visibles la líneas esenciales e irrenunciables de la verdad sobre la persona humana”.

6. El hombre tiene sed de verdad, y busca la verdad; así lo demuestran también la atención y el éxito que tienen tantos productos editoriales y programas de ficción con calidad, en los que se reconocen y son adecuadamente representadas la verdad, la belleza y la grandeza de la persona humana, incluyendo su dimensión religiosa. Jesús dijo: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. La verdad que nos hace libres es Cristo, porque sólo él puede responder plenamente a la sed de vida y de amor que existe en el corazón humano.

Invoquemos al Espíritu Santo para que no falten comunicadores valerosos y testigos auténticos de la verdad, que sean fieles al mandato de Cristo y apasionados por el mensajes de la fe.

Benedicto XVI

24 enero 2008, fiesta de san Francisco de Sales

Ascensión: éxito total


Ascensión: éxito total


Ascensión del Señor – A / 4 mayo 2008


Los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia. (Mt 28, 16-20).


En este paso evangélico se presentan tres realidades:


- el pleno dominio de Jesús sobre toda la creación visible e invisible;


- la misión salvadora universal de la Iglesia, encomendada a todos sus miembros, clero y laicos;


- y la presencia del Señor resucitado entre los suyos hasta el fin del mundo, como garantía de la victoria final sobre la enfermedad, el mal y la muerte; victoria en la que nos incluye a nosotros.


Jesús, con la Ascensión, vuelve al Padre, accede a una vida inmensamente superior, y entra en posesión de toda la creación visible e invisible, con el anhelo de compartir su reino con quienes lo siguen. “Donde yo estoy, quiero que estén también ustedes”. “Me voy a prepararles un sitio”. Pero, como “Persona universal” resucitada, también permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, según su promesa infalible. ¡Maravillosa presencia que hemos de vivir y agradecer con gozo, sin cansarnos nunca!


Jesús ha querido asimismo compartir con nosotros su misión evangelizadora y salvadora en favor de la humanidad. Pero la evangelización no es sólo transmitir verdades, doctrinas y dogmas, o sólo repetir los que el Maestro dijo, sino ante todo hacer lo que él hizo y vivir como él vivió: ayudando a los hombres a tener una relación de encuentro amoroso personal con Jesús resucitado y con los hermanos, imitando su forma de vivir, de amar, de trabajar, de sufrir y de morir, para resucitar y ascender definitivamente a la vida plena con él y como él.


Para eso ha nacido, vivido y muerto Jesús: para abrirnos y señalarnos su mismo camino de éxito final, compartiendo con él su misión salvadora a favor de la humanidad. Lo cual está al alcance de todos, aunque exija dedicación y esfuerzo optimista permanente, pero seguros de su promesa: “Yo estoy con ustedes”.


La Resurrección y la Ascensión son dos misterios inasequibles e increíbles desde la perspectiva humana. Son tan maravillosos y desconcertantes, que nos cuesta creerlos como realidades que nos tocan personalmente, pues Cristo las ha ganado también para nosotros. No podemos ignorarlas y perderlas, sino hacer que ocupen nuestra mente y nuestro corazón, relativizando todo lo demás como lo que es: cosas relativas, caducas, de segundo orden.


P. Jesús Alvarez, ssp.

Sunday, April 27, 2008

NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS: VOLVERÉ A VOSOTROS.

NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS: VOLVERÉ A VOSOTROS

Domingo 6º de Pascua- A / 27-04-2008

Juan 14,15-21

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.

Hechos de los Apóstoles 8, 5 - 8, 14 - 17

Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. Y hubo una gran alegría en aquella ciudad. Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

1 Pedro 3,15-18

Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo. Pues más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal. Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.

Sunday, April 20, 2008

EN EL CIELO HAY MUCHO ESPACIO


EN EL CIELO HAY MUCHO ESPACIO



Domingo 5º de Pascua- A / 20-04-2008



Dijo Jesús a sus discípulos: No pierdan la calma. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay mucho espacio; y me voy allá a prepararles un lugar; (si no fuera así, se lo habría dicho). Y cuando se lo tenga preparado, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo estoy, estén también ustedes. Para ir a donde yo voy ustedes ya conocen el camino. Tomás le dijo: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús le respondió: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también al Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre... Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Créanlo al menos por las obras. Les aseguro que quien cree en mí, hará también las obras que yo hago, y aun mayores, porque me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi nombre. (Juan 14, 1 - 12)


¿Cuándo perdemos la calma, la paz, la serenidad? Cuando apoyamos nuestra esperanza, nuestras ilusiones, nuestra felicidad y nuestra vida en valores o realidades que al final se nos escaparán de las manos y de la vida, por descuidar los valores eternos de la fe.


La esperanza en Dios, en la resurrección y la vida eterna, junto con el esfuerzo sincero y permanente por cultivar esa fe viva en Dios vivo, presente y amoroso, nos devuelve la paz y la serenidad, porque esos valores son infalibles y nadie jamás nos los podrá arrebatar. Sólo nosotros podemos descuidarlos, ignorarlos y perderlos.


En la casa de Dios Padre hay amor infinito, gozo inmenso; hay puesto para todos, no sólo para ciento cuarenta y cuatro mil, sino para “una multitud inmensa que nadie puede contar”, como dice el Apocalipsis en el capítulo 7, versículo 9. Allá está Jesús preparando sitio para todos aquellos que se esfuercen de veras en seguirlo imitando su vida con las actitudes, sentimientos, palabras y obras, y compartiendo con él su misión salvífica a favor de los hombres.


Tomás quiere conocer el camino del paraíso, y Jesús le responde con la expresión que constituye la mejor definición de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.


Cristo nos ha abierto el camino y va delante de nosotros. Él mismo es “el Camino que nos conduce al Padre”, y nos invita a seguirlo pisando sus huellas y tomados de su mano, amando como él amó y lo que él amó y ama. Él es “la Verdad que nos hace libres” frente a los falsos valores y esperanzas caducas que nos ofrecen los ídolos del poder, del placer y del poseer, que tratan de apartarnos de Dios y del camino que lleva a la vida eterna. Y él es la “Vida divina” que se injerta en nuestra vida humana y nos la hace eterna. “Quien cree en mí, posee la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”, nos asegura nuestro Salvador.


Felipe quiere ver al Padre cara a cara, lo cual sólo es posible en la otra vida. Acá tenemos que contentarnos con verle por la fe, abriendo los ojos ante las maravillas que realiza a diario en la creación, en la historia, en la Iglesia, en el prójimo, con su palabra en la Biblia, en la Eucaristía, en nosotros mismos.


Jesús también asegura que quien crea en él y le siga, hará incluso mayores obras que él, porque en realidad es él quien realiza esas obras a través de los suyos. Por ejemplo, él no pudo hablar a millones de personas a la vez, como lo podemos hacer hoy a través de la televisión, de la radio, de internet y otros multiplicadores de su Palabra.


Pero Jesús tal vez nos puede reprochar hoy como a Felipe: “Llevo veinte siglos entre ustedes, y todavía no me conocen”, a pesar de que “estoy todos los días con ustedes”. Hacemos tantas prácticas religiosas, pero quizás no lo conocemos porque no lo tratamos, no nos relacionamos con él como Persona presente y amante, ni lo amamos ni escuchamos como a quien nos ama más que nadie.


Quien cree, espera y ama, hará el bien, tendrá calma, y Jesús le está asegurando un puesto en la Casa del Padre.


Hechos de los Apóstoles 6, 1 - 7


En aquellos días: Como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra». La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.


Situaciones semejantes se presentan en la Iglesia de hoy: sacerdotes, religiosos, misioneros se sobrecargan de múltiples tareas y compromisos materiales, que no les dejan tiempo para orar y evangelizar, y que deberían delegar a laicos comprometidos y competentes, “llenos del Espíritu Santo”, para dedicarse ellos a la evangelización y a la oración.


Los apóstoles tenían como tarea primordial la predicación, cuyo tema fundamental era la resurrección de Cristo, o mejor dicho, Cristo resucitado presente. Y no principalmente la celebración eucarística y los sacramentos, que eran consecuencia y vivencia del evangelio predicado, y les ocupaban mucho menos tiempo. El sacramento sin suficiente evangelización, se queda estéril, pues ni se comprende ni se vive; por eso carece de fuerza transformadora y salvífica.


Pero muchos pastores se dedican principalmente a la administración y a la sacramentalización, y la vida cristiana se desintegra en apariencias y ritos; no progresa.


1 Pedro 2, 4 - 10


Queridos hermanos: Al acercarse al Señor, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Porque dice la Escritura: «Yo pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa: el que deposita su confianza en ella, no será confundido». Por lo tanto, a ustedes, los que creen, les corresponde el honor. En cambio, para los incrédulos, «la piedra que los constructores rechazaron, ha llegado a ser la piedra angular: piedra de tropiezo y roca de escándalo». Ellos tropiezan porque no creen en la Palabra: esa es la suerte que les está reservada. Ustedes, en cambio, son «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido» para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz. Ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios; ustedes, que antes no habían obtenido misericordia, ahora la han alcanzado.


Cristo Jesús es la piedra viva, la piedra angular rechazada por muchos, pero elegida y puesta por Dios; y quienes siguen a Cristo confiando en él, se hacen también piedras vivas del edificio de la Iglesia, que es su templo y su Cuerpo.


Los cristianos somos “una raza elegida”, con el privilegio del sacerdocio real y santo que se nos confiere en el bautismo, y que se actúa ofreciendo sacrificios espirituales, agradables a Dios. Los sacrificios agradables a Dios son la oración, el trabajo honrado y de calidad, la ayuda al necesitado, el sufrimiento ofrecido por la salvación de la humanidad, el testimonio de Cristo resucitado, y sobre todo la Eucaristía, en la cual podemos compartir de manera única el sacerdocio supremo de Jesús, si nos ofrecemos en unión con él y por sus mismas intenciones.


Es urgente y necesario recuperar el sacerdocio bautismal y ejercerlo con fe en unión con el sacerdocio ministerial.



P. Jesús Alvarez, ssp.

Sunday, April 13, 2008

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.


Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.


Domingo 4° pascua - A / 13 abril 2008

Juan 10, 1 - 10

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.


Hechos de los Apóstoles 2,14. 36 - 41

«Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.» Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas.


Pedro 2, 20 - 25

¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados. Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.

Sunday, April 06, 2008

AL PARTIR EL PAN


AL PARTIR EL PAN


Domingo 3° pascua - A / 6 abril 2008


Dos discípulos de Jesús iban camino de Emaús comentando lo que había sucedido en Jerusalén. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos. Pero no se daban cuenta de que era Jesús. El les preguntó: ¿Que vienen comentando por el camino? Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! Jesús les dijo: ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era acaso necesario que el Mesías soportara todos esos sufrimientos para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que a él se refería. Cuando llegaron cerca del pueblo donde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba. El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición. Luego se lo partió y se lo dio. Entonces los discípulos lo reconocieron. Pero Jesús desapareció de su vista. Y se decían: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y regresando al momento a Jerusalén, contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Lucas 24, 13-35.


A los discípulos les costó creer en la resurrección de Jesús, antes y después de que sucediera. A Tomás le costó tanto, que no creyó hasta tocar a Cristo resucitado; y los discípulos de Emaús no lo reconocieron mientras caminaba y hablaba con ellos, hasta que les partió y dio el pan, como lo había hecho en la Última Cena. Pedro y Juan creyeron sólo cuando vieron el sepulcro vacío, y María Magdalena creyó cuando Jesús mismo la llamó por su nombre.


¿Y nosotros? Nos resulta fácil tal vez creer en la resurrección de Jesús como hecho misterioso, histórico y real; creer en la propia resurrección ya nos cuesta más; pero sobre todo nos cuesta creer en el mismo Jesús resucitado, hermano y compañero cotidiano de camino en nuestra vida y en la ajena, en la Iglesia en la historia. ¡Qué duros de entendimiento y de corazón para creer al Evangelio en el que nos habla él mismo!


Sin embargo, Jesús resucitado es el fundamento esencial de nuestra fe cristiana. Sin Cristo resucitado presente, reconocido y amado, la fe no tiene fundamento creíble. Y los sacramentos, tampoco, pues sólo son reales y eficaces por la acción directa de Jesús vivo y presente en ellos.


Creer no es sólo aceptar teóricamente una verdad o un misterio, porque así creen incluso los demonios, y no les sirve de nada. Creer, en el sentido bíblico, evangélico y real, es saber que Jesús vivo nos acompaña, y vivir la relación personal de amistad sincera con él, vivo y presente en nuestra vida, en nuestras tareas y descanso, en nuestro sufrimiento y alegría, en los días de gracia y en los de pecado, para darnos el perdón y la fuerza contra el mal; en la agonía y en la muerte, que él convertirá en puerta de la resurrección.


Por la fe verdadera Cristo entra en nuestros proyectos y decisiones, en nuestros deseos y sentimientos, en nuestras relaciones y aficiones, en nuestras penas y gozos; en nuestras luchas, trabajos, dudas, tentaciones, éxitos, fracasos..., en la vida y en la muerte, de la que nos resucita.


Lo decisivo es, pues, abrirse a Cristo resucitado presente, acogerlo en la vida diaria, reconocerlo al escuchar su Palabra, al partir y tomar el Pan en la Eucaristía, y en el prójimo necesitado, en su Palabra, lugares privilegiados de su presencia resucitada y salvadora. Y que nos dejemos encontrar por él, que nos busca más que nosotros a él: “Estoy a la puerta llamando; si alguien me abre, entraré y comeremos juntos”. “Estoy con ustedes todos los días”. Ese es el camino real de la resurrección y de la gloria eterna a la que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser.


La tarea primordial y fundamental de la vida cristiana consiste en cultivar constantemente la fe en Cristo Jesús resucitado, que está presente en diversas y variadas formas; también en nuestra propia persona, según su promesa infalible: ”No teman. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Reconozcámoslo sobre todo en la Eucaristía: “Lo reconocieron al partir el pan”.


Presionemos a Jesús para que se quede con nosotros, empezando por lo principal: abrirnos a él, a su presencia, dirigiéndole la palabra, escuchándolo, adorándolo, amándolo.


Hechos de los Apostoles 2, 14. 22-33


El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: «Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. En efecto, refiriéndose a él, dijo David: “Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza, porque tú no entregarás mi alma al abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción”».


Los apóstoles, después de haber visto a Cristo resucitado, especialmente por las experiencias de tenerlo vivo entre ellos durante cuarenta días y haberlo visto “subir” a la gloria del Padre, enfrentan con valentía a los culpables de su muerte.


La prueba máxima de que Jesús es el Hijo de Dios, la constituye el milagro de la resurrección de Cristo después de ajusticiado. Y Pedro trata de demostrarlo incluso por la misma Escritura Sagrada, que sus oyentes conocen bien. Aunque ninguna prueba es suficiente para demostrar la resurrección de Jesús cuando las mentes y los corazones se niegan a creer con la adhesión de la mente y del corazón.


La resurrección, y el consiguiente gozo de la fe pascual, son el núcleo y fundamento de la predicación y catequesis cristiana. La predicación moralizante y dogmatista está muy lejos de la predicación apostólica, que se centraba en el testimonio de Cristo resucitado. Los moralismos y dogmatismos no calan en los corazones ni en la vida. La fe viva tiene por centro a la Persona de Cristo vivo y presente, no la moral y el dogma desligados del Resucitado.


1 Pedro 1, 17-21


Queridos hermanos: Ya que ustedes llaman Padre a aquel que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo. Ustedes saben que «fueron rescatados» de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes. Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.


Cuando invocamos a Dios como Padre, no podemos en absoluto percibirlo como un “padrazo bonachón”, al que todo le da igual y no le importa si cumplimos su santa voluntad o nuestra voluntad egoísta contraria a la suya, y que al fin tratará por igual a mártires y a sus verdugos.


No. En Dios se “casan” misteriosamente los contrarios: es Padre infinitamente bueno, pero también juez justo, insobornable, que tratará a cada cual según sus obras. Ningún padre es bueno si trata al hijo que sufre vejaciones igual que al hijo que atormenta a su hermano.


El temor de Dios no es temor a Dios, sino temor a traicionar su amor y a que se enfríe el nuestro hacia él y hacia el prójimo. Pues si esos amores se enfrían, se va hacia la infelicidad eterna, que es ausencia del amor de Dios y a Dios, y falta del amor del prójimo y al prójimo.


La muerte y resurrección de Jesús son un misterio del amor de Dios hacia nosotros: una ayuda segura en la marcha hacia la Casa del Padre, siempre que secundemos y agradezcamos esa ayuda amorosa, asumiendo también por nuestra parte el compromiso de prestar a nuestros hermanos la ayuda que Dios nos presta a nosotros envistas a alcanzar el paraíso.


Cristo nos mereció, con su sangre, ser liberados del pecado y de la muerte; pero se nos concede esa liberación por la resurrección sólo si colaboramos con él en la salvación propia y ajena, haciendo el bien y evitando el mal, a imitación suya y en unión con él.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 30, 2008


Dichosos los que no han visto y han creído



Domingo II de Pascua de la Divina Misericordia – A / 30 marzo 2008.



Juan 20: 19 - 31


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.» Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Hechos 2: 42 - 47


Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.


I Pedro 1: 3 - 9


Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento. Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas.

Sunday, March 23, 2008


CRISTO HA RESUCITADO




Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor – A / 23 marzo 2008.


Juan 20: 1 - 9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.



Hechos 10: 34, 37 - 43

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados.»



Colosenses 3: 1 - 4

Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.

Sunday, March 16, 2008

RAMO BENDITO, TRAICIÓN Y MISERICORDIA


RAMO BENDITO, TRAICIÓN Y MISERICORDIA


Domingo de Ramos – A / 16 marzo 2008


Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Los discípulos trajeron una burra con su cría, colocaron encima sus mantos y Jesús se montó. Gran parte de la gente extendía sus capas en el camino y otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían por el suelo. Y la gente que iba delante y detrás de Jesús gritaba: ¡Hosanna! ¡Viva el hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor! ¡Hosanna! ¡Gloria en lo más alto de los cielos! Cuando Jesús entró en Jerusalén, la ciudad se alborotó, y muchos preguntaban: ¿Quién es éste? Y la gente que venía con él contestaba: Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. (Mateo 21, 1-11)


El Domingo de Ramos, que abre la Semana Santa, nos sugiere una seria y sincera toma de conciencia sobre la calidad cristiana –o pagana- de nuestras vidas en todas sus manifestaciones y dimensiones.


El Domingo de Ramos se concentra mucha gente en las iglesias para llevarse su ramo bendito. Con los ramos los judíos proclamaban a Jesús como Mesías, pero a los pocos días pedían su muerte.


Hay quienes van a buscar el ramo bendito, atribuyéndole un valor mágico, supersticioso, pues ignoran a Cristo, protagonista del Domingo de Ramos y de la Semana Santa.


La historia del Domingo de Ramos se repite: muchos aclaman a Cristo en la Iglesia, en las procesiones, y luego lo crucifican en el prójimo, en el hogar, en la educación, en el trabajo, en la política, en el comercio, en la comunicación social...


Pero también son muchos, gracias a Dios, los que se encuentran con Cristo muerto y resucitado, que hoy sufre en los pobres, enfermos, marginados, encarcelados, aplastados por injusticias, violencia, violación, hambre… y muchos otros cristos vivos y sufrientes, crucificados con Cristo, y que con él se ofrecen por la salvación del prójimo y del mundo.


En este domingo se lee la Pasión de Cristo, que narra el abandono y la traición, incluso por parte de sus preferidos. Y hoy se multiplican las traiciones, abandonos y vejaciones a hijos, madres, padres, abuelos, niños, adolescentes, jóvenes, pobres, enfermos, marginados, necesitados; y los Pilatos siguen lavándose tranquilamente las manos..., y muchos que se tienen por cristianos, también.


La pasión y muerte de Jesús sigue repitiéndose en millones de personas en todo el mundo, y los verdugos y asesinos no saben lo que hacen, o no quieren enterarse; pero todo el mal que hacen al prójimo, recaerá un día sobre ellos, si no cambian de conducta.


¿Y quién de nosotros no es en algo verdugo de su prójimo? E incluso asesino poco a poco, por la indiferencia, el rencor, el desprecio, la difamación,la traición. Pensemos en serio que el daño que hagamos a otros, se volverá á contra nosotros, si no reparamos a tiempo, ya, pues “con la misma medida que midieren, serán medidos”.


La Semana Santa es una oportunidad especial para la misericordia, para mejorar la relación con el prójimo y con Dios, para reparar con la oración, la limosna, el perdón, el sufrimiento ofrecido por quienes hemos ofendido y dañado. Y la misma muerte aceptada y ofrecida ya desde ahora es reparación por nosotros y por muchos otros, si la asociamos a la de Cristo.


Pensemos también en esa inmensa multitud de cristos vejados y crucificados injustamente, que sufren sin volver mal por mal, en paz y esperanza, con la seguridad de que esas penas injustas les merecen acompañar a Cristo, hacia la resurrección y la vida sin fin, por el camino de la cruz y de la misericordia. Así comparten la gloria de la pasión salvadora de Jesús en favor de muchos.


La vida no termina en la cruz, ni la muerte es el final. Cruz y muerte abren la puerta luminosa de la misericordia hacia la resurrección y la vida. No podemos quedarnos en el viernes santo, con un Cristo muerto y fracasado, pues Jesús no ha quedado en el sepulcro, sino que, venciendo a la muerte, alcanzó el éxito total de su vida con la resurrección, que nos ofrece también a nosotros como éxito total de nuestra existencia.


Sin la perspectiva de la Resurrección, si no se cree en la Resurrección, la Semana Santa no es santa, sino folklore pagano, que Dios aborrece.


Isaías 50, 4-7


El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.


Las palabras de Isaías preanuncian la pasión de Jesús, quien pasó toda su vida consolando y arrancando cruces, y ahora carga libremente con su cruz inevitable para librar a los hombres de la máxima cruz: la desesperación, la muerte y la ruina eterna, y para merecernos la resurrección y la vida gloriosa con él para siempre.


En el huerto de Getsemaní vio tan claro el horrible sufrimiento que le esperaba, que pidió a gritos y con lágrimas de sangre ser liberado de tal tormento. Pero aceptó decidido y con paz la pasión cuando se centró en el premio inmenso y eterno que le esperaba tras el tormento: la resurrección y la gloria para él y los suyos.


Por eso aceptó la condena en base a calumnias, y no evitó golpes, salivazos, injurias, burlas, corona de espinas, cruz, desnudez, clavos, crucifixión, desafíos...


Sólo podemos arrostrar la cruz sin desesperarnos, con paz y esperanza, si nos centramos, como Jesús, en lo que se está gestando a través de nuestra cruz unida a la suya: la resurrección y la gloria eterna junto a Cristo, con todos los suyos. “No importa el cómo si hay un porqué”. Unámonos a él pidiéndole fortaleza en nuestras cruces.


Filipenses 2, 6-11


Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor». Jesús esconde su condición divina bajo la condición humana para rescatar al hombre de su condición pecadora mediante la fidelidad amorosa al Padre en la humillación, el sufrimiento y la muerte, que le abren el camino de la resurrección y la glorificación.


El Padre no planificó la pasión y la muerte de Jesús, su Hijo. Como tampoco maquinó la muerte de Abel a manos de Caín. Ni siquiera en el peor de los padres humanos es justificable y admisible tanta crueldad contra un hijo.


La muerte de Jesús es voluntad de hombres perversos; la voluntad de Dios es la resurrección de Jesús y la nuestra. Y que nosotros participemos de su muerte redentora y de su resurrección gloriosa para la vida eterna.


Entonces, ¿cómo Jesús mismo habla de voluntad de Dios respecto de su muerte?: “Si no puede pasar de mí este cáliz, hágase tu voluntad”.


Pero la voluntad del Padre sobre Jesús no es la muerte, sino “que todos los hombres se salven” por su fidelidad, obediencia y amor al Padre, a pesar del sufrimiento y la muerte planificados por los agentes del mal y de las tinieblas.


Jesús acoge el dolor y la muerte para hacerlos fuente de felicidad. Entra en el reino de la muerte para convertirla en puerta de vida por la resurrección.


El Padre opone su plan de amor, de resurrección y vida al plan de odio y muerte ideado por los malvados, sirviéndose del mismo plan de estos y de su victoria para derrotarlos mediante la cruz y la resurrección de Cristo, su “Hijo muy amado”, y de quienes lo sigan.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 09, 2008

Yo soy la resurrección y la vida.

Domingo 5° "A" Cuaresma. / 09-03-2008.

Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron a decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte ¿y tu vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta luz”. Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo.” Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con Él”. Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí , no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”: Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja:”Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque Él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!”. Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”. Jesús profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Ezequiel 37, 12-14

Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo haga, oráculo del Señor.

Romanos 8, 8-11

Así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.

Sunday, March 02, 2008

SÓLO SÉ UNA COSA:

QUE ERA CIEGO Y AHORA VEO.

Domingo 4° "A" Cuaresma. / 02-03-2008.

Juan 9: 1 - 41

Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ´Vete a Siloé y lávate.´ Yo fui, me lavé y vi.» Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» El respondió: «No lo sé.» Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.» No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.» Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.» Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» El replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera. Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.» El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ´Vemos´ vuestro pecado permanece.»

Samuel 16, 1b, 6-7, 10-13a

Dijo el Señor a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, después que yo le he rechazado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí.» Cuando ellos se presentaron vio a Eliab y se dijo: «Sin duda está ante Yahveh su ungido.» Pero Yahveh dijo a Samuel: «No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo le he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón.» Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: «A ninguno de éstos ha elegido el Señor.» Preguntó, pues, Samuel a Jesé: «¿No quedan ya más muchachos?» El respondió: «Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.» Dijo entonces Samuel a Jesé: «Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.» Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo el Señor: «Levántate y úngelo, porque éste es.» Tomó Samuel el cuerno de aceite y le ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de el Señor. Samuel se levantó y se fue a Ramá.

Efesios 5,8-14

Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo.