Sunday, March 05, 2006

CONVERSIÓN a la LIBERTAD y a la ALEGRÍA

CONVERSIÓN a la LIBERTAD y a la ALEGRÍA

Domingo 1º Cuaresma- B / 05-03-2006

Enseguida el Espíritu lo empujó al desierto. Estuvo cuarenta días en el desierto y fue tentado por Satanás. Vivía entre los animales salvajes y los ángeles le servían.

Después de que tomaron preso a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. Decía: - El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse de sus caminos equivocados y crean al Evangelio. (Mc 1,12-15).

Jesús quiso someterse a las tentaciones a que acosan a toda persona humana, para enseñarnos a mantenernos libres frente a los ídolos que tratan de esclavizarnos y privarnos de la dignidad y libertad de los hijos de Dios. Tenemos que evitar los caminos de perdición.

Hay que huir de la multitud de los que se han vendido a los ídolos, y se han convertido en autómatas programados para la ‘esclavitud de la alienación’: libres para hacer lo que quieran, con tal de que quieran hacer lo que se les sugiere y les agrada. Son esclavos de los ídolos del poder, del placer y del dinero; mecanizados y manipulados como robots sin vida, ni opciones propias, ni valores que no se esfumen con el rápido paso del tiempo.

Jesús nos da ejemplo de libertad en el uso de esos dones de Dios, para que no se conviertan en ídolos al servicio del egoísmo, del mal y de la muerte. La Iglesia nos propone para la cuaresma -camino hacia la Pascua-, tres recursos para reconquistar el amor, la libertad y la alegría de los hijos de Dios: la oración, la limosna y el ayuno.

La oración nos libra de la esclavitud al ídolo-poder. La oración es el máximo poder del hombre, pues en ella tiene a su disposición la omnipotencia de Dios. "Es el poder del hombre y la debilidad de Dios". El Infinito se abaja hasta nosotros. ¡Qué inmensa dignación!

En la oración el ser humano vive su máxima grandeza: ser imagen e hijo de Dios, mediante el trato filial y de amistad con él, de tú a tú. Por la paternidad y la amistad de Dios nos hacemos semejantes a él como hijos y amigos suyos. De él hemos recibido la vida temporal a través de nuestros padres naturales, y directamente la vida espiritual que sostiene la del cuerpo en el camino hacia la vida eterna. - Amor a Dios.

La limosna nos hace libres frente al ídolo-dinero y los bienes materiales. Nos hace capaces de compartir, sobre todo con los necesitados, pues Dios nos ayuda para que ayudemos. No podemos merecer los dones de Dios si luego nos negamos a compartir. Sólo recibiremos de Dios el ciento por uno de lo que compartimos y de lo que gozamos con gratitud y orden. Todo lo demás lo perderemos...

Pero la limosna no es sólo dar dinero y bienes materiales, sino de todo lo que somos, amamos, tenemos, creemos y esperamos. De eso hay que hacer limosna. Eso es amar, aunque no sintamos el amor. Renuncias sin amor, son polvo al viento. - Amor al prójimo.

El ayuno es hacerse libres frente al ídolo-placer, negándonos a todo lo que hace daño o perjudica al prójimo, a la creación, a nosotros mismos y al Creador. Pero además el ayuno ayuda a gozar con orden, intensidad y gratitud el placer de vivir y todos los demás placeres con los cuales Dios nos hace agradable y feliz la existencia física, moral, espiritual, familiar y social –incluso en el sufrimiento-, como anticipo del inmenso y eterno placer en el paraíso que esperamos, que Jesús mismo nos está preparando y nos dará por la resurrección.

El placer hecho ídolo termina envenenando todo placer y corta el camino al placer eterno. Hacernos esclavos del placer, es vender nuestra vida terrena y nuestra herencia eterna por un plato de lentejas. Huyamos de tan fatal fracaso sin remedio.

Los ídolos prometen caminos placenteros, pero minados, que no podemos pisar si queremos vivir. Los ídolos sólo se abaten dando a Cristo el lugar que le pertenece en la vida y en el corazón. Donde está Cristo, no queda espacio para los ídolos. – Amor a sí mismo.

Es necesario aferrarse a Cristo resucitado, presente y operante, el único remedio contra el poder destructor de los ídolos. Sólo su presencia pascual y su Palabra nos pueden librar de la esclavitud del poder, del placer y del dinero. “El reino de Dios está cerca”, dentro de nosotros. “¡Venga a nosotros tu reino!”

Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo establezco mi Alianza con ustedes, con sus descendientes, y con todos los seres vivientes que están con ustedes: con los pájaros, el ganado y las fieras salvajes; con todos los animales que salieron del arca, en una palabra, con todos los seres vivientes que hay en la tierra. Yo estableceré mi Alianza con ustedes: los mortales ya no volverán a ser exterminados por las aguas del Diluvio, ni habrá otro Diluvio para devastar la tierra». Dios añadió: «Éste será el signo de la Alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: Yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi Alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi Alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales».

Los contemporáneos de Noé pasaron improvisamente de su seguridad y depravación a la aniquilación. ¿No sigue sucediendo también hoy lo mismo? Aunque las catástrofes sólo alcancen a una pequeña parte del mundo. Pero el arco iris sigue apareciendo en el cielo y Dios sigue siendo fiel a su Alianza, y no sólo no destruye la humanidad y la creación, sino que tiene que defenderlas contra iniquidad destructora de muchos hombres aliados del mal.

Dios hace Alianza -promete la bendición de su presencia conservadora y salvadora- a favor de todos los hombres y de todos los seres vivos y, por consiguiente, también de toda la creación inanimada –alianza cósmica-, porque Dios ama las obras de sus manos y no las abandona al poder destructor del hombre ni de las “superpotencias” del mal y de la muerte.

Mas hoy la Alianza bendita de Dios es una persona: Cristo crucificado y resucitado, el “Dios-con-nosotros” de cada día, que está conduciendo la historia, la humanidad y la creación por misteriosos caminos hacia la resurrección. Y lo hace principalmente desde la Iglesia, y en especial desde la Eucaristía, mediante la cual llega la salvación a toda la humanidad, incluyendo las víctimas de los desastres naturales, del egoísmo, del odio y de las guerras.

Los paganos y seguidores de otras religiones tampoco están fuera del alcance de la gracia salvadora de Dios en Cristo. Es más: nos pide nuestra colaboración la tarea de la salvación universal, especialmente con la vivencia de la Eucaristía, ofreciéndonos con él.

Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos: Cristo padeció una vez por los pecados -el justo por los injustos- para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios. Y entonces fue a hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros, a los que se resistieron a creer cuando Dios esperaba pacientemente, en los días en que Noé construía el arca. En ella, unos pocos -ocho en total- se salvaron a través del agua. Todo esto es figura del bautismo, por el que ahora ustedes son salvados, el cual no consiste en la supresión de una mancha corporal, sino que es el compromiso con Dios de una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que está a la derecha de Dios, después de subir al cielo y de habérsele sometido los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades.

Cristo murió una sola vez, pues su muerte y su resurrección tienen una eficacia infinita de salvación a favor de la humanidad. Y sin embargo, esa eficacia absoluta sólo realiza la salvación en quienes la acogen libremente con la conversión y asocian la propia cruz a la cruz de Cristo, ya sea de forma consciente o implícita.

Entre su muerte y su resurrección Jesús fue a anunciar la Buena Nueva “a los espíritus que estaban prisioneros” por haberse resistido a creer en Dios. Esta misteriosa alusión de san Pedro trae a la mente la expresión de Jesús: “A los hombres se les perdonarán todos los pecados, menos el pecado contra el Espíritu Santo, que no se perdonará en esta vida ni en la otra”, y la oración de Jesús en la cruz por sus asesinos: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. ¡Oh misericordia infinita!

Las aguas del diluvio -que lavaron la tierra de la corrupción-, son figura del agua del bautismo, que nos libra del pecado y nos hace hijos de Dios, con derechos divinos y deberes de hijos: compromiso de vivir con una conciencia pura y un corazón sumiso, en relación filial con él. Así alcanzaremos un día la plenitud de la filiación, “viéndolo cara a cara, tal cual es”.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 26, 2006

AYUNO Y FIESTA

AYUNO Y FIESTA

Domingo 8º tiempo ordinario -B / 26-02-06

Un día estaban ayunando los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos. Algunas personas vinieron a preguntar a Jesús: - Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan; ¿por qué no lo hacen los tuyos? Jesús les contestó: - ¿Quieren ustedes que los compañeros del novio ayunen mientras el novio está con ellos? Mientras tengan al novio con ellos, claro que no pueden ayunar. Pero llegará el momento en que se les arrebatará el novio, y entonces ayunarán. Nadie remienda un vestido viejo con un pedazo de género nuevo, porque la tela nueva encoge, tira de la tela vieja, y se hace más grande la rotura. Y nadie echa vino nuevo en envases de cuero viejos, porque el vino haría reventar los envases y se echarían a perder el vino y los envases. ¡A vino nuevo, envases nuevos! (Mc 2,18-22).

El ayuno entre los judíos era un gesto de conversión para adelantar y preparar la venida del Mesías, para hacerle espacio en la vida individual, familiar y social, eliminando todo lo que podría retrasar su llegada.

Los judíos todavía no habían reconocido en Jesús al Mesías esperado, y por eso seguían ayunando para acelerar la venida del Enviado de Dios. Y en esa situación se encuentran todavía hoy. Mientras que los discípulos de Jesús estaban ciertos de que él era el Mesías esperado, y sería un contrasentido ayunar para que venga el que está ya entre ellos. Para los discípulos de Jesús era ya tiempo de fiesta, no de ayuno.

Los fariseos imponían al pueblo una religión ritualista y de ayunos; mientras que Jesús propone la religión de la vida, de la lucha y de la fiesta. Sustituye la práctica del sacrificio por la comida fraternal y festiva, característica de la comunidad mesiánica y pascual de Jesús. Con el novio presente, no puede haber ayuno, sino banquete y fiesta alternados con la lucha diaria por el reino. ¿Qué pasa entonces con tantas eucaristías y rezos tristones?

La imagen del banquete de bodas y del matrimonio, frecuente en la Biblia, es un signo de la relación de amor entre Dios y sus hijos. Sin embargo, debemos esforzarnos para entender y vivir la relación con Dios como una amistad con un Padre que nos ama más que nadie, que se compromete a sernos fiel hasta el final, y que quiere que vivamos gozosamente como hermanos, porque todos somos hijos suyos.

Hoy tenemos al Novio con nosotros, Cristo Resucitado, que nos asegura su presencia "todos los días hasta el fin del mundo". Vivimos en tiempo pascual, aunque cargados con la cruz hacia la resurrección y la gloria con el Señor en el banquete eterno.

Vivimos en tiempo de fiesta y de lucha. Fiesta porque Jesús vive resucitado entre nosotros; y lucha por implantar los bienes del reino por los que él nació, vivió, trabajó, predicó, murió y resucitó: la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad…

Esa lucha constituye el ayuno necesario hoy, empezando por erradicar del mundo el horrible ayuno del hambre, síntesis de todas las injusticias para gran parte de la humanidad.

Los ritos suntuosos y los ayunos ostentosos pueden ser una hipocresía y una evasión frente a las exigencias de la justicia y de la misericordia. Es fácil refugiarse en costumbres, tradiciones, prácticas vacías, seguridades, cumplimientos, legalismos y moralismos, al estilo de los escribas y fariseos (odres viejos). Pero podemos y debemos abrimos a la novedad del Evangelio y de la presencia real de Cristo Resucitado (vino nuevo) entre nosotros.

No es suficiente echar remiendos de Evangelio a una vida cómoda y aburguesada, estudiar la Biblia y hacer rezos para acallar la conciencia y sofocar los gritos de los necesitados cercanos y lejanos a nuestro alcance. Seríamos “cristianos sin Cristo”. Triste paradoja: estaríamos proclamando a Cristo con la boca y negándolo con la vida.

La novedad es vivir en Cristo día a día y luchar con él por la humanización, liberación y salvación del hombre. Y no nos pide lo imposible, pues lo imposible lo hace él... Sólo pide que lo apoyemos con las manos, la palabra, el corazón, el sufrimiento, las cualidades...

Oseas 2, 16. 17. 21-22

Así habla el Señor: Yo la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón. Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto. Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor.

Quien ha estado alguna vez enamorado-a de verdad, puede comprender mejor este lenguaje de Dios, enamorado de su pueblo, enamorado de cada uno de nosotros. Como el enamorado quiere tener la exclusiva del amor y tiende a separar a la amada a lugares retirados, sin testigos que puedan distraerla o atraerla, así Dios quiere verse a solas con su pueblo, con cada uno de nosotros, libres de otros dioses o ídolos que lo puedan suplantar en nuestro corazón y en nuestra vida: cosas, personas, placeres, prestigio.

Y como el verdadero enamorado olvida todo defecto e infidelidad si hay conversión, así a Dios le importa más nuestro amor y nuestro ser mucho más que nuestros fallos, y lo olvida todo, con tal que rechacemos los ídolos y correspondamos a su amor.

Tal vez aleguemos escandalizados: “¡Yo no tengo ídolos!” Pero ¿nos hemos detenido a comprobarlo? Si Dios, su amor y su voluntad es lo que menos nos ocupa y preocupa en la vida, es evidente que “acariciamos” ídolos. Y puede que no queramos darnos cuenta. Pero de la abundancia del corazón habla la boca” y piensa la mente. Por ahí podemos localizar certeramente a nuestros ídolos, y decidirnos a dar a Dios el lugar que le corresponde.

Pero Dios puede usar otro “truco” para que volvamos a él de verdad: permitir que nuestros ídolos se derrumben con una enfermedad, una desgracia, un sufrimiento que nos demuestren su inutilidad a la hora de la verdad. ¡Cuántos vuelven a Dios por este camino!

Sin embargo, la máxima desgracia sería que Dios nos abandonase a merced de nuestros ídolos, que lo más que hacen es ir destruyendo, sin darnos cuenta, nuestra vida temporal y cerrarnos las puertas de la vida eterna. Vale la pena reaccionar y demolerlos.

2 Corintios 3, 1-6

Hermanos: ¿Acaso tenemos que presentarles o recibir de ustedes cartas de recomendación, como hacen algunos? Ustedes mismos son nuestra carta, una carta escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones. Es Cristo el que nos da esta seguridad delante de Dios, no porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.

Pablo no necesita dar ni recibir ninguna carta de recomendación que apoye su obra de evangelización, puesto que no es cosa suya, sino gracia de Dios a través de él. Él es sólo la pluma con que Dios escribió la carta del evangelio en los corazones de Pablo, de sus colaboradores y de los mismos corintios. Es más: los mismos corintios son la carta que Cristo escribió con la fuerza del Espíritu Santo a través de Pablo.

Todo predicador, catequista y cristiano debe tener la actitud, la humildad y la convicción de Pablo: que la evangelización es obra del Espíritu de Cristo a través del hombre; que no es obra del hombre: este sirve sólo de instrumento. Toda la eficacia salvadora de la evangelización viene de Dios, que quiere compartir con el hombre su obra redentora.

La ley de Moisés fue escrita en tablas de piedra; pero la ley de Cristo, ley del amor y de la vida, se escribe en corazones de carne, mas sólo por la fuerza del Espíritu, con la colaboración de los seguidores de Cristo. Nada vale saber, oratoria, dinámicas, si no se evangeliza en nombre de Cristo y confiados en la fuerza del Espíritu Santo. Quien se fía de sí mismo y prescinde del Espíritu, recibirá el reproche final: “No los conozco”. No podemos correr ese riesgo fatal.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 19, 2006

EL HOMBRE Y DIOS CONTRA LA PARÁLISIS

EL HOMBRE Y DIOS CONTRA LA PARÁLISIS

Domingo 7º tiempo ordinario - B / 19-02-2006

Tiempo después, Jesús volvió a Cafarnaún. Apenas corrió la noticia de que estaba en casa, se reunió tanta gente que no quedaba sitio ni siquiera a la puerta. Y mientras Jesús les anunciaba la Palabra, cuatro hombres le trajeron un paralítico que llevaban tendido en una camilla. Como no podían acercarlo a Jesús a causa de la multitud, levantaron el techo donde él estaba y por el boquete bajaron al enfermo en su camilla. Al ver la fe de aquella gente, Jesús dijo al paralítico: - Hijo, se te perdonan tus pecados. Estaban allí algunos maestros de la Ley, y pensaron en su interior: - ¿Cómo puede decir eso? Realmente se burla de Dios. ¿Quién puede perdonar los pecados, fuera de Dios? Pero Jesús supo en su espíritu lo que ellos estaban pensando, y les dijo: - ¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil decir a este paralítico: Se te perdonan tus pecados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda? Pues ahora sabrán que el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder para perdonar pecados. Y dijo al paralítico: - Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El hombre se levantó, y ante los ojos de toda la gente, cargó con su camilla y se fue. La gente quedó asombrada, y todos glorificaban a Dios diciendo: - Nunca hemos visto nada parecido. (Mc 2,1-12.)

Una vez más Jesús demuestra que el objetivo de la evangelización es el hombre total, necesitado de una curación total: del espíritu, de la psique y del cuerpo. Los pastores, evangelizadores, catequistas, misioneros que sólo se interesaran por el espíritu de sus oyentes: que vayan a misa, se confiesen, comulguen, escuchen, lean, vean…, sin preo-cuparles sus problemas, sus angustias y tristezas, su vida, no están evangelizando. Como tampoco evangelizan quienes se quedan sólo en lo material y lo social.

Los "samaritanos" del paralítico deseaban sólo su curación física. Pero Jesús deseaba su curación total, y empezó sanándolo del pecado, parálisis del espíritu, que es la raíz de todo mal, y luego lo curó de su parálisis física. No se contentó con curarlo sólo de su pecado.

Jesús, al curar al paralítico, premia la fe de sus portadores, quienes sin duda recibieron también el perdón gracias al "sacramento del hermano"; o sea, por la ayuda amorosa al necesitado, según lo expresa el mismo Jesús: "Estuve enfermo y ustedes me socorrieron…, vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino que les tengo preparado".

Hoy siguen curándose y salvándose multitudes que no tienen a su alcance la confesión sacramental ni la eucaristía, pues Dios les hace llegar su perdón por los “sacramentos” del prójimo necesitado y socorrido, del perdón mutuo, de la defensa de la vida, de la promoción de la paz, de la justicia, de la solidaridad, de la libertad, de la dignidad humana... Mientras que no es raro encontrarse con quienes confiesan y comulgan, pero no dan espacio ni a Dios ni al prójimo en sus vidas, desviándose así del camino de la salvación.

Nuestra sociedad, nuestros pueblos y el mundo entero están paralizados por un sin fin de males y pecados. Nosotros mismos, los seguidores de Cristo, corremos el riesgo de sentirnos paralizados e impotentes ante tan inmensa parálisis. Sin embargo Jesús vino y está entre nosotros para curarnos y curar al mundo. Pero quiere y acoge nuestra colaboración para curar al mundo, como valoró y aprovechó la colaboración de los amigos del paralítico.

Nos pide nuestra pequeña aportación de poner cada día en su presencia a tantos paralíticos: en la Eucaristía, en la oración, en el sufrimiento reparador, en la acción a nuestro alcance, convencidos de que lo poco que podemos hacer nosotros está en función de lo mucho que no podemos hacer, y que sólo Dios puede hacer. ¿No será la pretensión de prescindir del Resucitado la causa de tanta parálisis y sensación de impotencia?

Si la fe en Cristo Resucitado no vale para transformar y salvar el mundo, la familia y los individuos, ¿para qué vale? Con nuestra pobre aportación facilitémosle a Jesús su acción omnipotente de sanación y salvación universal.

Isaías 43, 18-19. 20-22. 24-25

Así habla el Señor: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo elegido, el Pueblo que Yo me formé para que pregonara mi alabanza. Pero tú no me has invocado, Jacob, porque te cansaste de mí, Israel. ¡Me has abrumado, en cambio, con tus pecados, me has cansado con tus iniquidades! Pero soy Yo, sólo Yo, el que borro tus crímenes por consideración a mí, y ya no me acordaré de tus pecados.

¿Quién puede afirmar que nunca ha abrumado a Dios con sus pecados de palabra, obra y omisión, incluso apoyados tal vez en la injuriosa confianza de que al fin “el buen Dios lo perdona todo”? Pero cuando, tarde o temprano, nos alcanzan las consecuencias del pecado personal y social: la enfermedad, las desgracias, la muerte que nos ronda, etc., nos abruma la convicción de que nuestros pecados son imperdonables. Así se pasa de la ligereza a la desesperación, a cuál más pecaminosa, pues ambas nos alejan de Dios.

Entonces debemos abrir nuestros oídos, mente y corazón a la voz misericordiosa de Dios: “Sólo yo puedo borrar tus crímenes y sepultar tus pecados, en consideración a mí, porque tú eres hijo mío, y me dueles”. Lo único que espera de nosotros, hijo pródigos, es que nos volvamos a él pidiéndole perdón, y que se lo agradezcamos con una vida mejor.

Pero se cierra al perdón quien pretende encubrir o disimular los propios pecados con prácticas religiosas externas, de puro cumplimiento sin corazón ni conversión, pues eso es querer manipular a Dios, y constituye una abominación, una hipocresía que atraerá mayores males, tal vez irremediables por cerrarse a la misericordia.

Por otra parte el perdón de Dios no se debe a méritos propios, sino a su amor misericordioso y gratuito, y actúa en vista de nuestro deseo y petición sincera de perdón, de lo contrario nos merecemos el reproche: “Tú no me has invocado porque te cansaste de mí”. Digámosle más bien con humildad: “No merezco tu perdón, pero lo necesito... Perdóname mis pecados como yo perdono a quienes me ofenden... No me dejes caer en la tentación”.

Y Dios nos responderá: “No importa lo que fuiste, sino lo que decidas ser de ahora en adelante”. ¿Puede haber mayor misericordia, consuelo, paz y alegría?

Corintios 1, 18-22

Hermanos: Les aseguro, por la fidelidad de Dios, que nuestro lenguaje con ustedes no es hoy «sí», y mañana «no». Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes --tanto Silvano y Timoteo, como yo mismo-- no fue «sí» y «no», sino solamente «sí». En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Jesús, de manera que por Él decimos «Amén» a Dios, para gloria suya. Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu.

Pablo había cancelado su visita prometida a los corintios, porque la comunidad no había reaccionado como era debido ante un grave escándalo. Entonces alguien aprovechó maliciosamente para descalificarlo como apóstol y descalificar su predicación, por haber dicho “no” después de haberles prometido ir a visitarlos, faltando así a la palabra dada.

Pero el apóstol reacciona afirmando con fuerza que la fe en Jesucristo, anunciado por la predicación, no está sujeta a un simple cambio humano, sino que está inconmoviblemente fundada en Dios y en sus promesas, que se realizan en Jesús, el “Sí” del Padre al hombre.

¡Cuántos cristianos apoyan su fe en los pastores y evangelizadores, y la pierden abandonando a Cristo y a su Iglesia si algunos de ellos no cumple como es debido o como esperaban! Se podría decir que tales cristianos tienen una fe clerical, no una fe cristiana.

Pero la fe no la dan los ministros ni se funda en ellos, sino que viene de Dios a través de ellos, y se fundamenta en Cristo resucitado, que “es el mismo hoy, ayer y siempre”. Sin embargo, es necesario que los ministros sean fieles en el decir y en el vivir, para facilitar a los fieles la sinceridad en la fe y en la vida.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 12, 2006

MARGINADOS y MISERICORDIA

MARGINADOS y MISERICORDIA

Domingo 6° durante el año – B / 12-02-06

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: - Si quieres, puedes limpiarme. Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: - Quiero, queda limpio. Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: - No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración. Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes. (Mc 1,40-45).

Al tiempo de Cristo había colonias de leprosos, totalmente marginados. Todos pensaban, incluidos los leprosos, que esa enfermedad era castigo por un gran pecado, que los hacía indignos de la mínima compasión, pues por culpa propia vivían el infierno ya en esta vida.

Quien tocara o se dejara tocar por un leproso, era considerado impuro y debía marginarse con los leprosos, y el leproso responsable de haber tocado, debía morir apedreado.

El leproso que se acercó a Jesús, aun consciente del riesgo para él y para el Maestro, se saltó la Ley y se arrodilló con fe suplicante a los pies de Jesús, sin atreverse a tocarlo para no contagiarlo. Y Jesús, movido a compasión, también se saltó la ley y lo tocó con su divina mano, quedando así curado el enfermo y ambos libres del castigo que imponía la Ley. Jesús, en vez de ser contagiado por el enfermo, contagió la salud y el amor al enfermo.

¿No sucede todo lo contrario con nosotros? No nos acercamos a personas marginadas de muchas maneras, porque tenemos miedo de ser contagiados y no nos decidimos a hacer algo por ellas para mejorar su situación. Porque tal vez no tenemos a Cristo para llevárselo y que él las alivie con su presencia en sus penas, les revele el sentido de la vida y del sufrimiento.

Jesús cura al ciego también de sus pecados, “lepra del espíritu”. Y al sentirse curado de ambas enfermedades, el hombre salta y grita de gratitud y de júbilo, proclamando por doquier lo que ha hecho Jesús por él, a pesar de que el Maestro le había prohibido divulgar el milagro.

El pecado es mucho más peligroso que la lepra corporal. Por eso Jesús ha dado a su Iglesia el poder de perdonar el pecado en su nombre. Y la Iglesia invita presentarse al ministro de la reconciliación para recibir el sacramento del perdón. A ejemplo de leproso al sentirse curado, deberíamos saltar de júbilo y gratitud cada vez que recibimos el perdón, como los ángeles del cielo que hacen fiesta por un pecador que se convierte.

Pero, ¿sólo son perdonados y se salvan quienes acuden a la confesión sacramental? ¿No perdonó Jesús sin que le manifestaran los pecados y antes de presentarse a los sacerdotes? Quienes no tienen la posibilidad de acudir a un sacerdote, ¿se condenan sin remedio? No: Dios tiene muchas maneras de hacer llegar su perdón a quienes se arrepienten de verdad y se deciden a mejorar evitando el mal y haciendo el bien.

Dios perdona sin más a todo el que le pide sinceramente perdón, si a la vez se compromete a esforzarse en serio para evitar el pecado, reparar, perdonar a los otros, hacer obras de misericordia por amor a Dios y al prójimo, hacer oración, ofrecer el sufrimiento...

Pero los católicos, en caso de pecados mortales, tenemos además el sacramento del perdón, necesario para acercarnos a la comunión y fortalecernos contra el pecado. Pero si nos negamos a buscar la absolución, ¿no nos cerramos al perdón? Por otra parte, no se ha de olvidar que los pecados leves se perdonan por la limosna, la oración, la comunión recibida con fe y amor, el sufrimiento ofrecido..., si se da el arrepentimiento y la lucha decidida contra ellos.

Cada noche debemos arrepentirnos ante Dios para no dormir sobre nuestros pecados.

Levítico 13, 1-2. 45-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: Cuando aparezca en la piel de una persona una hinchazón, una erupción o una mancha lustrosa, que hacen previsible un caso de lepra, la persona será llevada al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes. La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: «¡Impuro, impuro!». Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.

En el Antiguo Testamento no se conocía remedio contra la lepra, enfermedad que destruye el cuerpo: la carne se va cayendo a pedazos. Y era causa de un terrible destrozo de la persona: la expulsión de la familia y la total marginación de la sociedad. ¡Insoportable!

Todavía el siglo pasado, en la Isla de Molokai (Hawai), había una colonia de leprosos, a cuyo servicio se puso el P. Damián, marginándose con los marginados, hasta caer víctima de la lepra y hacerse mártir del amor más grande al “dar la vida por quienes amaba”, como Jesús.

Hay lepras siempre actuales que marginan de Dios y a Dios, y las principales son el orgullo y la hipocresía, que suelen ir siempre juntas, y destruyen a la persona desde dentro en sus valores más altos, profundos y perennes: el amor, la paz, la alegría del corazón, la justicia, la vida del espíritu y la salvación. ¿Qué puede quedar de esa persona cuando todo lo material se le desplome de un solo golpe? Se quedará en la automarginación total y eterna.

Y esas son también las principales lepras que marginan del prójimo y al prójimo, pues la hipocresía es la mentira de la vida, mentira que destroza toda relación humana; y por su parte el orgullo pone por pedestal a los demás por o para creerse superior a ellos.

Por fin, la automarginación se da cuando uno se niega a compartir de palabra y de obra lo que es, lo que sabe, lo que posee y ama, debido a la lepra del corazón, que es el egoísmo.

¡Hay tanta lepra que prevenir y curar! Nuevas lepras físicas, morales y espirituales, que la medicina no logra erradicar, y que sólo la omnipotencia del Médico divino puede curar.

Sumémonos con decisión a la acción silenciosa pero triunfante de Cristo resucitado contra el pecado, el sufrimiento y la muerte. Es lo máximo que podemos hacer.

Corintios 10, 31-11,1

Hermanos: Sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios. No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios. Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse. Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.

San Pablo pide a los corintios, y a nosotros, que obremos con recta intención en todo: que lo hagamos todo para agradar a Dios, para su gloria, que consiste en que quienes nos observen y traten, reconozcan que estamos unidos a Dios, que obra en nosotros y por nosotros.

Mientras que seremos motivo de escándalo si nos presentamos o aparecemos como adoradores de Dios y seguidores de Cristo –cristianos-, pero no lo reflejamos en nuestras obras, actitudes y conducta. Tanto si los que nos observan son cristianos como si son no creyentes.

El escándalo –o el buen ejemplo- podemos darlo tanto en la calle, en la familia, en el trabajo, en la universidad..., como en el templo. Y los mayores escándalos suelen tener relación con la asistencia al templo, cuando se acude a él por cumplir, con hipocresía, y en la vida práctica se vive en contradicción vital con la fe y con lo que en el templo se celebra.

El escándalo tiene sus raíces en el egoísmo, en el interés personal, que rehuye todo esfuerzo por hacer el bien a los demás. Mientras que cuando buscamos el bien de la mayoría, en especial el bien máximo de los otros: la salvación, estamos siguiendo el ejemplo de Cristo.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 05, 2006

DIOS NO QUIERE EL SUFRIMIENTO

DIOS NO QUIERE EL SUFRIMIENTO

Domingo 5° durante el año. / 5-2-2006

Al salir de la Sinagoga, Jesús fue a la casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, por lo que enseguida le hablaron de ella. Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a atenderlos. Antes del atardecer, cuando se ponía el sol, empezaron a traer a Jesús todos los enfermos y personas poseídas por espíritus malos. El pueblo entero estaba reunido ante la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos con dolencias de toda clase y expulsó muchos demonios; pero no los dejaba hablar, pues sabían quién era. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario. Allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron a buscarlo, y cuando lo encontraron le dijeron: - Todos te están buscando. Él les contestó: - Vamos a las aldeas vecinas, para predicar también allí, pues para esto he venido. Mc 1, 29-39.

Con Jesús entra en el mundo y en los individuos la novedad de Dios, la Buena Nueva del Mesías, Hijo de Dios, que viene a salvar a la humanidad de los grandes males que la atormentan: el pecado, el sufrimiento y la muerte.

Dios no hizo ni quiere el sufrimiento. Lo demuestran las innumerables curaciones, el perdón de los pecados y las resurrecciones realizadas por Jesús durante su vida terrena. En el evangelio de hoy se narra la curación de la suegra de Pedro, seguida de un gran número de curaciones y expulsión de demonios en un solo día.

Tal vez se nos ocurre preguntarnos por qué Jesús no curó a todos los enfermos, no perdonó a todos los pecadores y no resucitó a todos los muertos. La respuesta es que con esas victorias parciales sobre el pecado, el dolor y la muerte, nos demuestra su poder divino para realizar la victoria total y definitiva sobre esos males en su última venida triunfante.

La comprensión más satisfactoria del sufrimiento y de la muerte como victoria sobre todo mal, se basa en la pasión y muerte de Jesús a consecuencia del pecado de los hombres: Jesús entra con la fuerza de su vida divina en el sufrimiento y en la muerte, y los transforma en fuente de felicidad y de vida con la resurrección. Lo que hizo con el buen ladrón en el Calvario, lo sigue haciendo a través de todos los siglos y de todo el orbe con millones y millones de pecadores y de inocentes liberados del sufrimiento y de todo mal mediante la muerte, por la cual les abre las puertas de la resurrección y de la gloria.

Hay que vencer el terror a la muerte con la esperanza y la preparación para la resurrección. Jesús nos hace espacio en la casa de su Familia Trinitaria; y a nosotros nos corresponde hacerle día a día espacio de fe y de amor en nuestro corazón, en nuestra oración, trabajo y descanso, alegrías y sufrimientos, salud o enfermedad. Y si lo acogemos todos los días de la vida, él nos acogerá en la hora de la muerte, puerta de acceso a la resurrección y a nuestra herencia eterna. La muerte ya es un don, no castigo, aunque duela.

Cuando Jesús nos dice: “Quien desee ser mi discípulo, tome su cruz cada día y se venga conmigo”, no se refiere sólo a seguirlo hasta el Calvario, sino hacia la resurrección y la vida eterna a través de la cruz, que él hace liviana a sus seguidores. La “puerta estrecha” del sufrimiento y de la muerte ofrecidos por amor, nos abren la puerta ancha y esplendorosa de la resurrección, de la vida gloriosa y eterna del mismo Dios.

Es injusto, pues, e injurioso echar la culpa a Dios del sufrimiento y de la muerte, cuando lo cierto es que él acude compasivo para transformar el dolor y la muerte en fuente de felicidad y de vida eterna. Lo hizo con su Hijo Jesús y quiere hacerlo con nosotros, hijos suyos y hermanos de su Hijo. Hagámosle espacio en nuestras alegrías y sufrimientos, y confiémosle nuestra muerte, para que la transforme en vida y gloria eterna.

Job 7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo: ¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus jornadas las de un asalariado? Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme, pienso: «¿Cuándo me levantaré?» Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad.

El Maligno pide a Dios que le permita poner a prueba la fidelidad de Job. Y Dios se lo permite, pero a condición de que respete su vida. Y así el buen Job lo pierde todo: salud, bienes e hijos, y para colmo, sus mismos amigos se le vuelven enemigos, y su propia esposa se burla de él por seguir fiel a Dios, que parece haberlo abandonado completamente.

Tarde o temprano todos pasamos por la experiencia de sufrimiento, que tiene una cruel expresión en el estrés o la depresión, compendio de todos los sufrimientos físicos, morales, psíquicos y espirituales. Que hace ver la vida como un fracaso total, aumentado por la indiferencia real o aparente de familiares, amigos y conocidos. Pero el máximo tormento consiste en creerse abandonados por el mismo Dios, la máxima esperanza de quien cree. Entonces asalta la peor tentación: desearse la muerte e incluso buscársela.

Y sin embargo, en contra de toda apariencia y experiencia, Dios sigue siendo la única esperanza de curación. Y hay que seguir confiando y suplicando, aunque resulte incluso odioso dirigirse a Él por creerlo el causante de esos males y, por tanto, el peor enemigo.

Como Job, podemos creer que nuestros “ojos ya no verán más la felicidad”. Pero si seguimos fieles a Dios y usamos los medios de la ciencia médica a nuestro alcance, podremos recuperarlo todo, como Job; y no sólo eso, sino que nos brillará su misma esperanza: “Con mis propios ojos veré a mi Dios”, por la resurrección, que nos lo devuelve todo casi al infinito. Porque “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”, pues él “está en el fondo de toda pena”.

Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos: Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.

Por creer que evangelizar se reduce a predicar o sermonear de palabra, la mayoría de los cristianos se sienten dispensados de evangelizar.

Mas para Jesús su forma de vivir y de obrar fueron la primera y más eficaz evangelización durante 30 años. Esta es para todo cristiano la forma necesaria, accesible, gratuita y más eficaz de evangelizar. No se trata de una iniciativa propia, sino de un privilegio y una misión que se nos ha confiado, y que nos da derecho a participar de los bienes eternos. Por eso san Pablo exclama: “¡Ay de mí si no evangelizo!”, aplicable a todo cristiano.

La eficacia de la evangelización no depende del saber hablar, sino de la unión con Cristo resucitado, que nos garantiza la eficacia salvífica de la vida: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. He ahí para todos la evidente posibilidad y necesidad de evangelizar.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 29, 2006

JESÚS frente a SATANÁS

JESÚS frente a SATANÁS

Domingo 4° durante el año-B/29-01-2006

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!» Marcos 1, 21-28

Los escribas y fariseos sólo leían y “daban clase” de Sagrada Escritura, pero no les importaba vivir la Palabra de Dios ni ayudaban al pueblo a vivirla. ¿No sucede hoy lo mismo con tantos cursos de Biblia, catequesis, predicación, clases de religión, libros, artículos, con el solo objetivo y resultado de conocer el texto sagrado como cualquier otro texto y saberlo manejar, sin encuentro personal y salvador con Dios que habla en y a través de su Palabra?

¿No estamos ante nuevos fariseos, profesionales de la Palabra de Dios que alejan de Dios a la gente su con vida incoherente? Se convierten en aliados inconscientes del propio Satanás. Jesús mismo llamó “Satanás” a Pedro cuando lo quería apartar de su misión.

Pero Jesús vivía lo que enseñaba, y lo confirmaba con sus obras y milagros a favor de los necesitados, especialmente los enfermos, que la ciencia médica de entonces no alcanzaba a curar. Y por desgracia hoy se multiplican aun más las enfermedades y calamidades físicas, espirituales, psíquicas, morales, sociales, ante las cuales la ciencia se ve del todo impotente.

Jesús no hablaba ni obraba en nombre propio, sino en nombre del Padre, haciendo lo que el Padre le indicaba. Así, todos los que hablan de Dios y profesan estar a servicio de la liberación y salvación de sus hermanos, deben tener la conciencia, la libertad y la decisión de hablar y obrar en nombre del Resucitado, pues sólo así podrán enseñar “con autoridad”. De lo contrario, al final deberán oír al Juez Supremo: “No los conozco. ¡Vayan al tormento eterno!”

De la existencia del Diablo, como de la existencia de Dios, no hay pruebas para quienes no creen. Sólo desde la fe y desde la experiencia se los puede reconocer. Teólogos “modernos” proclaman la existencia de Dios y niegan la del Diablo, como si la presencia del Diablo en la Biblia –como en el evangelio de hoy- se pudiera eliminar sin más.

Como tampoco se pueden eliminar de un carpetazo las experiencias de lucha con el diablo en la vida de tantos santos y no santos, de exorcistas, de cristianos y no cristianos; ni tampoco las experiencias del Diablo en las sectas satánicas y de personas que hacen pacto con el Diablo. (Lean la “Entrevista al Diablo”, del exorcista P. Domenico Mondrone, que les enviaré luego). ¿Puede la sola mente humana llegar a tanta maldad y tan refinada crueldad?

En el evangelio de hoy leemos cómo el Diablo dice saber quién es Jesús. El Diablo profesa su fe en Jesús, pero no le sirve de nada, porque esa fe surge del odio a Dios y al hombre; mientras que la fe salvadora nace del amor a Dios y al hombre.

Pero no veamos al Diablo en todas partes, pues muchas maldades son promovidas por sus colaboradores los hombres, incluso cualificados cristianos y pastores-as, que le “ahorran mucho trabajo”. Incluso tú y yo podemos hacernos sus colaboradores, si no nos vigilamos.

Mas creamos que su fuerza es muy superior a las nuestras, y que sólo podemos vencerlo con el poder de Cristo presente, la ayuda de María y de los ángeles: invoquemos sus nombres y su ayuda; usemos los sacramentos, la Eucaristía, la Biblia, el crucifijo, el rosario, la oración, el agua bendita contra ese poder que nos supera totalmente.

Deuteronomio 18, 15-20

Moisés dijo al pueblo: ”El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a Él a quien escucharán. Esto es precisamente lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: «No quiero seguir escuchando la voz del Señor, mi Dios, ni miraré más este gran fuego, porque de lo contrario moriré». Entonces el Señor me dijo: «Lo que acaban de decir está muy bien. Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que Yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, Yo mismo le pediré cuenta. Y si un profeta se atreve a pronunciar en mi Nombre una palabra que Yo no le he ordenado decir, o si habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá»”.

El profeta es superior al sacerdote, en el sentido de que el sacerdote pone lo sagrado al alcance del pueblo, mientras que el profeta asume lo profano para consagrarlo a Dios y habla en nombre de Dios al pueblo.

Ese profeta que Dios promete al pueblo por medio de Moisés será Jesús de Nazaret, que no era sacerdote oficial, pero en seguida se manifestó como el gran profeta, que hablaba en nombre de Dios. El mismo Padre en persona dirá dos veces de él: “Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo”. Y lo unge como Sacerdote, Profeta y Rey.

En el A. T. Dios hablaba en formas que aterrorizaban al pueblo. Por eso este pidió que le hablase Moisés. Pero Dios les promete un profeta al que no han de temer, pues aparecerá como un niño y luego como adulto “manso y humilde de corazón”, que se pondrá al alcance de todos, hablará con sencillez y se mezclará con los niños, los pobres y los pecadores.

Por eso no tendrá excusa quien no se acerque a él y no escuche sus palabras; como tampoco tendrán excusa los nuevos profetas que no hablen en su nombre ni transmitan con sinceridad y coherencia su mensaje de salvación. Ni los que se nieguen a reconocerlo en la sencillez de la creación, del necesitado, de su Palabra, de la Eucaristía, si está a su alcance...

Corintios 7, 32-35

Hermanos: Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor.

Al tiempo de Pablo el matrimonio era considerado como la única posibilidad. Pero en la perspectiva de la eternidad, resulta relativo también. Vale en cuanto sea lugar donde se vive la presencia salvífica y feliz de Dios en la relación amorosa total: personal y sexual a la vez.

Pero en la misma perspectiva la virginidad recobra gran valor, ya que desde ella se hace más asequible la vida eterna, si se vive y se vuelve fecunda en el amor a Dios y al prójimo, al no tener la necesidad de dividir el corazón entre Dios y la pareja, con el peligro real de que la pareja desplace a Dios del matrimonio, y este acabe en fracaso eterno.

Sin embargo también existe el peligro de que la virgen y el célibe se casen con cualquier cosa, menos con lo que vale la pena: una pareja. La virginidad tiene sólo valor si se hace fecunda con la misma fecundad de Dios: compartir con Cristo la tarea de engendrar hombres y mujeres para la vida eterna. Sin esta fecundidad la virginidad es un contrasentido.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 22, 2006

PESCADORES DE HOMBRES

PESCADORES DE HOMBRES

Domingo 3° T.O. – B / 22-01-2006

Después de que tomaron preso a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. Decía: - El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva. Mientras Jesús pasaba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: - Síganme y yo los haré pescadores de hombres. Y de inmediato dejaron sus redes y le siguieron. Un poco más allá Jesús vio a Santiago, hijo de Zebedeo, con su hermano Juan, que estaban en su barca arreglando las redes. Jesús también los llamó, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los ayudantes, lo siguieron. (Mc 1,14-20).

La exhortación de Jesús: “Conviértanse y crean la Buena Noticia”, es una consigna salvífica para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, razas y confesiones. La conversión tiene un doble proceso: “convertirse de y “convertirse a.

“Convertirse de es detestar lo que hemos hecho mal y las omisiones de tanto bien que hemos dejado de hacer, con daño para nosotros, los otros, la sociedad y la Iglesia.

Es necesario cuestionarnos, dando un vistazo sincero y valiente a nuestros pensamientos, deseos, sentimientos, actitudes, acciones, relaciones, vida cristiana y humana, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios y pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, sin el cual nada hay bueno en el hombre. Y no dar por supuesto que ya estamos suficientemente convertidos.

Quienes creen no tener necesidad de conversión ni nada de qué arrepentirse, es señal de que tienen mucho de qué arrepentirse, mucho que corregir y cambiar en sus relaciones con el prójimo, con la creación, con Dios y consigo mismos. Les ronda el fariseísmo y la autosuficiencia, que son los mayores pecados, pues equivalen a prescindir de Dios en la vida.

“Convertirse a, es volverse al amor a Dios y al prójimo. Puede parecernos costoso vivir en continua conversión. Pero “no importa el cómo cuando hay un porqué”. Hay que afrontar el costo de la conversión, y fijarse con gozo en el valor de todo lo que se gana con la misma: paz, alegría, eficacia salvadora del sufrimiento y de la vida, resurrección y gloria eterna. ¡Espléndida inversión!

Y una vez convertidos, nuestro único Salvador nos pide que seamos “pescadores de hombres”, compartiendo con Él su plan de salvación a favor nuestro, de los nuestros y de la humanidad. Es la mejor forma de asegurarnos nuestra salvación y resurrección.

Ayudar a otros en el camino de la salvación es la mayor obra de caridad o amor al prójimo; es compartir el amor que el mismo Salvador practicó: “No hay amor más grande que el de quien da la vida por quienes se ama”. Él la dio también por quienes se la arrebataban. “Si él dio la vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos”, dice san Juan.

La conversión no es el resultado de un esfuerzo voluntarista para eliminar el mal, sino fruto espontáneo de vivir unidos a Cristo, pues si vivimos en Cristo y Él vive en nosotros, el mal desaparece sin más con su presencia, como nos da a entender su palabra infalible: “Quién está unido a mí, produce mucho fruto”.

Si vivimos en Cristo, Él hace de nuestra vida una “historia de salvación”, pues así compartimos su Sacerdocio Supremo mediante el sacerdocio real que el Espíritu Santo nos confirió en el Bautismo. Nos hacemos en verdad “pescadores de hombres”.

Jonás 3,1-5. 10.

En aquellos días, vino de nuevo la Palabra del Señor a Jonás: -“Levántate y vete a Nínive, la gran capital, y pregona allí el pregón que te diré”. Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme; tres días hacían falta para atravesarla.) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: “- Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada”. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, y se vistieron de sayal, grandes y pequeños. Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo el Señor, Dios nuestro.

Nínive era una ciudad pagana totalmente corrompida, enemiga del pueblo hebreo, y por tanto merecedora del castigo de Dios, según el pensar de los judíos. Por eso Jonás desobedece a Dios, pues no quiere nada con los ninivitas. Y cuando transmite el mensaje de Dios: “Dentro de 40 días, Nívine será arrasada”, se retira esperando ver la destrucción de la ciudad. Pero ve la conversión de los ninivitas.

Dios había perdonado muchas veces a Israel, pero los israelitas no podían admitir que Dios perdonara a paganos corruptos. El autor del libro de Jonás intenta recriminar a los judíos su lentitud o negativa a convertirse, a pesar de las insistencias de Dios, mientras un pueblo pagano se convierte a la primera advertencia.

Muchos cristianos y católicos siguen pensando y deseando como Jonás: que quienes no pertenecen a su iglesia, no merecen el perdón de Dios, sino su castigo temporal y eterno. Pero Dios piensa y desea totalmente diverso: Quiere que todos nosotros seamos mensajeros y misioneros de su perdón y su misericordia para todo el mundo, sin distinción de razas ni religiones ni ideologías, pues Cristo murió por salvar a todos los hombres, no sólo a los católicos, apostólicos y romanos, muchas veces tan resistentes a la verdadera conversión. ¿No dijo Jesús: “Vayan y evangelicen a todas las gentes” ? Pero los católicos no somos “todas las gentes”.

1 Corintios, 7, 29-31

Hermanos: Les digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la presentación de este mundo se termina.

Este mundo es como una representación teatral, donde cada cual tiene un papel en función de las realidades eternas, mediante el uso de las realidades terrenas, relativas y caducas, que desaparecen con el final de nuestra vida terrena.

Incluido el matrimonio, instituido y querido por Dios mismo para multiplicar y perpetuar la raza humana, que tiene de su parte el encargo de cuidar y contribuir al desarrollo de la creación.

El matrimonio es sólo el cauce humano por el que Dios transmite la vida temporal, que de poco valdría al hombre si no se injertara en ella la vida eterna, la cual no es fruto de la relación sexual, sino de la relación amorosa y vital con el Autor de toda vida, “que hasta de las mismas piedras puede sacar hijos de Abrahán”.

La virginidad tiene un valor más alto que el matrimonio, en cuanto que el fin específico de la virginidad consiste en compartir de forma especial la paternidad-maternidad de Dios para engendrar la vida eterna, respecto de la cual Jesús dijo: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?”
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 15, 2006

JESÚS, ¿DÓNDE VIVES?

JESÚS, ¿DÓNDE VIVES?

Domingo 2° durante el año – B / 15-01-06

Juan el Bautista se encontraba de nuevo en el mismo lugar con dos de sus discípulos. Mientras Jesús pasaba, se fijó en él y dijo: "Ese es el Cordero de Dios." Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó: - ¿Qué buscan? Le contestaron: - Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Jesús les dijo: - Vengan y lo verán. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron a Jesús por la palabra de Juan. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: - Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: - Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas (que quiere decir Piedra). Jn 1, 35-42.

Este texto evangélico sugiere el modelo más eficaz de pastoral vocacional, tarea y preocupación primordial de la Iglesia, de las congregaciones religiosas, del clero y del laicado comprometido: “¡Hemos encontrado a Cristo!” “Vengan y vean”.

Más del 90 % de los bautizados en la Iglesia viven descolgados de ella, y son la presa más fácil y cuantiosa del proselitismo de las sectas. Cada día se pasan a las sectas decenas de miles de bautizados católicos, -que nunca han vivido a fondo su bautismo ni conocido a su Iglesia, su Cabeza, Cristo resucitado- los cuales se convierten en eficaces agentes de proselitismo, alegando con entusiasmo la motivación más eficaz: “¡Por fin hemos encontrado a Cristo!” “Vengan y vean”. Aunque luego no corresponda a la verdad ni a la realidad.

Los católicos “fieles” desean que haya buenos y abundantes sacerdotes, pues los necesitan para vivir y para morir bien. Pero pocos se interesan en serio de que siga habiendo sacerdotes entregados. E ignoran el mandato apremiante de Jesús: “Rueguen al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.

“Las vocaciones son un don del Dios providente a una comunidad orante”, y a él hay que pedírselas y en su nombre acogerlas, y cuidarlas, conscientes de la afirmación de Jesús: “Soy yo quien los ha elegido”. Por tanto, la primera e indispensable tarea es ayudar al vocacionable a encontrarse con Cristo, el único que puede llamar.

Las sectas comprometen desde el principio a sus laicos en la tarea de conquistar nuevos adeptos, en el pago de los diezmos y preparan abundancia de pastores. En eso nos dan ejemplo. En nuestra Iglesia católica, al menos en algunas parroquias y congregaciones, están surgiendo grupos de laicos comprometidos en la evangelización, pero son todavía muy pocos. Jóvenes de esos grupos se abrirán al sacerdocio y a la consagración para el Reino.

La Iglesia –jerarquía, clero y laicado– tiene ante sí la tarea más urgente e impostergable: salir en busca del 90% de las ovejas perdidas - católicos sólo de bautismo y nombre - dándoles a conocer todo lo que Jesús ha entregado a su Iglesia para ellos: su presencia viva, la redención, el sacerdocio, el Bautismo, la Eucaristía, y los demás sacramentos, la Biblia, el amor y el perdón de Dios Padre y a Jesús mismo...

Así realizarán el mandato de Jesús: “Vayan y evangelicen a todos los hombres”, mandato que hoy el Maestro completaría con la indicación semejante a la que dio a sus discípulos: “Empiecen por los hijos descarriados de la Iglesia”, que son la gran mayoría de los bautizados, y dejar de cuidarse tanto de la reducida minoría que sigue en el redil...

“Las obras de Dios las hacen los hombres y mujeres de Dios”, que vivan en Cristo –eso es la santidad - y repitan convencidos la invitación de Jesús: “¡Vengan y vean!”, en especial a través de los medios más rápidos, más eficaces y de mayor alcance: los maravillosos medios de masas. Pero siendo a la vez testigos de Cristo resucitado para los cercanos y los lejanos: “¡Hemos encontrado al Salvador!”

1 Samuel 3,3-10. 19

Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una vez más. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: «Habla, porque tu servidor escucha». Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras.

La vocación de Samuel es modelo de toda vocación cristiana, sacerdotal y consagrada. El primer paso o condición es reconocer la voz de Dios, escucharla y seguirla. El solo bautismo no capacita para reconocer la voz de Dios, sino que se necesita alguien que ayude a reconocer esa voz y a seguirla, y que confiese como Elí: “No soy yo quien te ha llamado, sino Dios, al que debes escuchar y seguir”. La vocación es don de Dios, no propiedad personal.

Hay que partir de la convicción de que todo cristiano recibe la vocación a ser profeta (hablar en nombre de Dios); sacerdote (dar una mano a Dios en la salvación de los hombres) y rey (vivir y contagiar la libertad de los hijos de Dios). La vocación sacerdotal, misionera, consagrada son sólo la radicalización de esa vocación en una unión más intensa con Cristo.

Se necesita silencio, que es el ambiente donde se encuentra Dios que habla y llama, y donde él da la capacidad para hablar eficazmente en su nombre. “Hablen de los hombres a Dios para hablar de Dios a los hombres”, decía santo Domingo de Guzmán.

Hay tanta palabrería y sermón inútiles porque no se escucha la Palabra de Dios, porque se habla en nombre propio, se habla de lo que se sabe, y no se vive lo que se habla.

1 Corintios 6, 13-15. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben acaso que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un solo espíritu con Él. Eviten la fornicación. Cualquier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos.

Dios es el autor del placer inherente a la comida, a la bebida, al sexo, al oído, al tacto, al olfato, a la buena salud, etc. Pero el cuerpo no se nos ha dado sólo para el placer físico y temporal, sino principalmente para el placer inmensamente superior de la vida eterna.

El desorden del placer en contra del sentido y del valor que Dios le ha asignado, -lo cual es idolatría por el rechazo a Dios-, no sólo privará del placer temporal para siempre, sino que se perderá el placer inmensamente mayor y eterno del cuerpo resucitado. Quienes se creen dueños de su cuerpo para abusar de él, lo perderán para siempre. Nuestro cuerpo ha sido comprado por Cristo con su sangre para que hacérnoslo totalmente nuestro por la resurrección y la vida eterna. La dignidad de nuestro cuerpo es incomparable, pues Dios lo ha hecho templo suyo y miembro de Cristo.
P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, January 08, 2006

BAUTISMO Y CONVERSIÓN

BAUTISMO Y CONVERSIÓN

Bautismo del Señor - B / 8-1-2006

En aquel tiempo Juan proclamaba este mensaje: Detrás de mí viene uno con mayor poder que yo, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias arrodillado ante Él. Yo les he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo. En aquellos días llegó Jesús de Nazaret, pueblo de Galilea, y se hizo bautizar por Juan en el río Jordán. Al momento de salir del agua, Jesús vio los cielos abiertos: el Espíritu bajaba sobre Él como lo hace la paloma, mientras se escuchaban estas palabras del cielo: “Tú eres mi Hijo, el Amado, mi Elegido”. (Mc 1, 7 -11).

Jesús, el Hijo de Dios, no recela pasar por pecador poniéndose a la cola con los pecadores para ser bautizado por Juan, y conferir al agua fuerza salvadora en su nuevo bautismo. Y Jesús sigue hoy mezclándose entre los pecadores, entre nosotros para arrancarnos del pecado; pero no renuncia a su condición divina, pues sólo desde su divinidad puede quitar el pecado y resucitarnos.

Con el bautismo, Cristo inicia su misión mesiánica de liberar al pueblo de sus esclavitudes, sufrimientos y pecados, y así abrirle las puertas de la salvación eterna. El mismo Dios Padre, por medio del Espíritu Santo, lo presenta a la humanidad: “Este es mi Hijo el Amado, mi Elegido. Escúchenlo”.

Más tarde el Padre lo acogerá en la cruz por nuestra salvación, lo resucitará en la Pascua y lo sentará a su derecha el día de la Ascensión. En su gloria espera y acoge a la humanidad redimida por su vida, muerte y resurrección. Allí nos espera para cumpliendo su promesa: "Me voy a prepararles un puesto y luego vendré a buscarlos".

La Iglesia, pecadora en sus miembros (nosotros), pero santa en su Cabeza (Jesús), continúa la misión liberadora, santificadora y salvífica de Cristo. La Iglesia tiene que encarnarse en la realidad y humanizarse, pero sin olvidar su condición divina, pues su Cabeza es el Hijo de Dios, el único que puede salvar, aunque se sirva de la Iglesia para la obra de la salvación. Si olvidara esta su condición divina, haría traición a su misión, al pueblo de Dios y a Dios mismo, pues cerraría las puertas de la salvación. Los ministros y miembros de la Iglesia no son los que libran del pecado y salvan, sino que es Cristo Resucitado quien nos libra y salva por su medio.

Nuestro bautismo nos integra en el bautismo de Jesús, nos hace miembros de su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y nos asocia a su misión sacerdotal para salvación de la humanidad. El bautismo purifica y salva a condición de que se abrace una vida de amor y de servicio, de justicia y verdad, de paz y alegría. Exige un compromiso de libertad frente a las seducciones del poder, del placer y del dinero.

Los bautizados en la infancia logramos la madurez del bautismo asumiéndolo con una fe consciente, adulta, que es amor a Dios y amor-servicio al prójimo. Fe que es acogida al Hijo, gratitud al Padre y apertura al Espíritu Santo, que nos bautiza con el fuego de su amor.

Sólo puede considerarse cristiano quien escucha a Jesús y sigue su camino cumpliendo su Palabra. En el Bautismo Jesús se consagró como un hombre para los demás; y el bautismo nos hace también a nosotros personas para los demás, amándolos como Cristo los ama. Una vida egoísta, centrada en uno mismo, es negación del bautismo, negación de Cristo y del prójimo, negación de la fe y renuncia a la salvación.

Amar a Cristo, ser cristiano, vivir el bautismo, es escuchar su palabra y llevarla a la práctica: “Quien me ama, cumple mis palabras”. Es vivir el mandato de Dios Padre: "Este es mi Hijo amado; escúchenlo".

Isaías 55, 1-11

Así habla el Señor: ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y Él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-.

Todo el mundo está sediento de felicidad, pero la gran mayoría busca la felicidad en donde no se encuentra, y acude a beber en charcas envenenadas, que ofrecen felicidad, pero al fin terminan en tumbas de la felicidad.

Se gastan energías, dinero, salud y la misma vida en procurar placeres y satisfacciones que siempre dejan insatisfechos, creando una adicción que exige cada vez más, por lo general a costa del sufrimiento e incluso la muerte del prójimo. Lo cual no sucede sólo con la droga, el alcohol, el sexo, sino también con otros placeres y gratificaciones que suplantan a Dios en nosotros, y que tarde o temprano dejan las manos vacías y privan de la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad. “No hay nada tan infeliz como la felicidad del pecador”.

Ante esta situación, Dios invita a tomar gratuitamente agua pura y manjares exquisitos en la misma fuente de toda felicidad, que es él. Si las cosas caducas que salen de sus manos pueden dar tanta felicidad pasajera, ¿cuán grande, pura y perenne felicidad no nos dará él en persona? Dios nos cambia en fuente de felicidad el mismo sufrimiento y la muerte, y hace que toda felicidad o satisfacción temporal gozada conforme a su voluntad y con gratitud, sea mayor felicidad y nos la multiplique al infinito en el paraíso.

Abramos los ojos, la mente y el corazón para no dejarnos seducir por las charcas envenenadas, y para ver y volvernos a la fuente de toda felicidad temporal y eterna: Dios, la felicidad en persona siempre a nuestro alcance, y que nos busca; dejémonos encontrar por él.

1 Juan 5, 1-9

Queridos hermanos: El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga, porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad. Son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres están de acuerdo. Si damos fe al testimonio de los hombres, con mayor razón tenemos que aceptar el testimonio de Dios. Y Dios ha dado testimonio de su Hijo.

La fe en Cristo Jesús como único Salvador nuestro y del mundo, es un don de Dios, pues nosotros no podemos ni siquiera pronunciar con amor y convicción el nombre de Jesús, sin la ayuda del Espíritu Santo. Sólo él nos da la luz para comprender quién es Cristo.

No se puede olvidar en la práctica que la fe en sentido bíblico-evangélico, es adhesión amorosa a Dios, en sus tres divinas Personas. La fe sin amor no es verdadera fe, es sólo fe teórica que no salva. La fe sin amor la tienen los mismos demonios, y no les sirve de nada.

El amor a Dios y a los hijos de Dios –dos amores inseparables- se demuestra y se vive cuando se cumplen sus mandamientos, pues los mandamientos son la expresión concreta del amor a Dios y del amor al prójimo.El amor hace posible que los mandamientos no sean una carga pesada, porque el mismo Dios nos da la fuerza para cumplirlos con gozo en la seguridad del premio eterno.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, January 01, 2006

FELIZ LA MUJER


FELIZ LA MUJER

Santa María, Madre de Dios / 1 enero 2006

Los Pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, fueron a circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción. Lc 2, 16-21

Dios desdobló su única naturaleza divina en su imagen humana: el hombre y la mujer, y los asoció, amorosamente y por igual, a su obra de la creación y a su plan de salvación universal. A cada cual según su naturaleza como imagen del Creador.

Pero es de maravillarse cómo Dios estampó y personificó, de forma especial en la mujer, la imagen de su amor, de su ternura y fecundidad divina. Si la creación del género humano Dios la inició por el hombre sin el concurso físico de la mujer, la re-creación o redención la inició por la mujer y en la mujer María, sin el concurso físico del hombre, ya que el Salvador nace por obra del Espíritu Santo.

Lo mismo que la mujer ocupa un lugar único en la existencia de las personas como madre, esposa, hermana, enamorada, amiga, compañera, colaboradora, consagrada, así Dios ha querido que la mujer tuviera un lugar irremplazable en la historia de la salvación, unida al hombre. El modelo supremo de esta misión salvífica femenina es María, que se une al Dios hecho hombre, acogiéndolo en su seno virginal con su consentimiento a ser Madre del Salvador.

Al integrarse en la historia de la salvación – que Dios inicia por María - la mujer supera la multisecular discriminación ajena al plan creador y salvador de Dios, que pone en las manos de la mujer la riendas de su destino, y del destino de la humanidad, en diálogo con el hombre, como interlocutor de igual a igual ante Dios.

En la sociedad de hoy se da una gran resistencia a vivir como seres humanos e hijos de Dios y hermanos entre sí, con el mismo destino eterno en Dios. Por eso la persona humana llega a condiciones de degradación que ni los animales alcanzan. Multitud de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, son reducidos o se reducen a objetos de consumo y de disfrute egoísta, como piezas de engranajes manipulados por la ignorancia, la ambición, el egoísmo, el poder, el dinero y el placer, camino de la autodestrucción.

Hace falta que surjan nuevas Marías que, con su poderosa ternura y decisión, con su fe y valentía, e incluso desde su marginación, continúen, como María, la historia de la salvación, acogiendo y haciendo presente en todas partes a Cristo, único Salvador, para que libere a hombres y mujeres de las grandes esclavitudes que se han creado y que los están destruyendo como personas y degradando su condición de hijos e hijas de Dios.

María, por su fe y amor, acogió y dio a luz al Salvador del mundo, y su participación en la obra de la salvación de su Hijo, desde Belén hasta el Calvario, supera en eficacia y alcance a la obra de todos los apóstoles, papas, obispos, sacerdotes, evangelizadores de todos los tiempos. Cristo es el Sacerdote supremo, y María la sacerdotisa suprema asociada a él.

Dichosas las mujeres y los hombres que creen y aman como María, pues ellos también concebirán y darán a luz al Hijo de Dios, y compartirán su Sacerdocio supremo, mediante el sacerdocio bautismal, a favor de la salvación de la humanidad, empezando por el santuario doméstico, la familia.

Nm. 6,22-27.

El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘Esta es la fórmula con que ustedes bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré’”.

Esta fórmula de bendición estaba reservada en exclusiva a los sacerdotes, Aarón y sus hijos, también sacerdotes por herencia. Dios se comprometía a conceder al pueblo, por medio de la bendición de los sacerdotes, la bendición de su presencia, de su protección y de la paz.

Mas la bendición de Dios tiene su máxima expresión y eficacia a través del Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, “en quien Dios nos bendice con toda clase de bendiciones” materiales, espirituales, celestiales.

Y esta bendición máxima, el Hijo de Dios, sigue llegando eficazmente por manos de los sacerdotes ministeriales, que nos hacen presente a Cristo Resucitado: en la Eucaristía y demás sacramentos, en la Biblia, en sus personas consagradas al servicio sacerdotal.

Mas a partir de Cristo, las bendiciones de Dios no pasan sólo a través del sacerdocio ministerial –con excepción de algunos sacramentos-, pues el supremo sacerdocio de Cristo es compartido también por todos los bautizados mediante el sacerdocio bautismal. Por eso los laicos deben recuperar la costumbre de bendecir y bendecirse mutuamente en nombre de Dios, quien responderá, tal vez sin que nos demos cuenta, a toda bendición que se haga con fe en él y amor al prójimo.

Los sacerdotes bendicen con el Santísimo – Cristo presente en Persona-; pero los fieles pueden bendecir con la Biblia - Cristo Palabra de Dios en Persona presente que nos habla-. Eucaristía y Biblia son puestos al mismo nivel por Cristo y por la Iglesia. ¡No dejemos de bendecir con la Biblia, y bendecirse por la Biblia leyéndola y haciéndola vida.

Gálatas 4,4-7

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

San Pablo es el que hace la primera alusión a María en el Nuevo Testamento. De ella nace el Libertador que viene a rescatar a los hombres de la esclavitud a las abusivas leyes humanas y religiosas, y de las poderosas fuerzas del mal.

El Hijo de Dios se hace esclavo con todas esas esclavitudes del hombre para que el hombre alcance la libertad de los hijos de Dios, porque el Hijo no viene sólo a liberarnos de las esclavitudes, sino a hacernos hijos de Dios y coherederos de su misma vida eterna. Nos da un nuevo ser, de modo que podemos llamarle “Padre”, igual que su propio Hijo.

Ante tan inaudita bendición, san Juan exclama: “¡Miren qué amor nos tiene el Padre, que nos llama hijos suyos, pues lo somos!” (1Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y nuestra vocación es la libertad en esta vida y la plenitud de la libertad en el paraíso a través de la resurrección, por la que se comprobará lo que realmente somos como hijos de Dios. Jesús "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros ser lo que él es": hijos en el mismo Hijo de Dios.

Tenemos que ser conscientes y vivir con inmensa gratitud esta maravillosa realidad para no someternos a esclavitudes indignas de los hijos de Dios.

P. Jesús Álvarez, ssp