Sunday, April 09, 2006

CRUCIFICADOS y CRUCIFICADORES

CRUCIFICADOS y CRUCIFICADORES

Domingo de Ramos - B / 9-4-2006

Cuando se aproximaban a Jerusalén, cerca ya de Betfagé y de Betania, al pie del monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos diciéndoles: - Vayan a ese pueblo que ven enfrente; apenas entren encontrarán un burro amarrado, que ningún hombre ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta: ¿Por qué hacen eso?, contesten: El Señor lo necesita, pero se lo devolverá cuanto antes. Se fueron y encontraron en la calle al burro, amarrado delante de una puerta, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les dijeron: - ¿Por qué sueltan ese burro? Ellos les contestaron lo que les había dicho Jesús, y se lo permitieron. Trajeron el burro a Jesús, le pusieron sus capas encima y Jesús montó en él. Muchas personas extendían sus capas a lo largo del camino, mientras otras lo cubrían con ramas cortadas en el campo. Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús gritaban: - ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Ahí viene el bendito reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! Mc 11,1-10

Jesús se había ocultado cuando intentaban proclamarlo rey temporal. Pero ya a las puertas de la muerte y de la resurrección, deja que la multitud lo aclame rey, puesto que lo es. Y sabe que buena parte de esa misma multitud, por las mismas bocas y con mayores gritos, pedirá su muerte, porque él no respondía a las esperanzas de ellos sobre un reino temporal como el de David, para librarlos de la dominación romana.

También muchos que se hacen pasar por creyentes, siguen viviendo hoy un mesianismo fácil, una religión que no compromete a nada y que sirve para disimular intereses, ambiciones, egoísmos, idolatrías, blasfemias y atropellos a los derechos ajenos. Aclaman a Jesús, ponen velas a las imágenes, hacen donativos, integran hermandades y hasta van a misa y reciben la comunión, y luego condenan a Cristo y lo maltratan en el ambiente familiar o laboral, sobre todo en el más débil, en la muchacha de servicio, o en los depedientes, o en la calle, o en el grupo. Y para colmo se jactan de ser intachables ante Dios y ante los hombres.

¡Absurda conducta! Pero… ¿no es así también, al menos en parte, nuestra conducta? Cuando una persona nos favorece y consiente a nuestros fallos y egoísmos, la ensalzamos y la buscamos. Pero si otra persona o la misma nos cuestiona y exige, encontramos cualquier pretexto para deshacernos de ella, marginarla o hacerle la guerra fría.

Hoy empieza la Semana Santa, en la que celebramos el Misterio Pascual; o sea, la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no sólo su pasión y muerte. Él probó todos los sufrimientos físicos, morales, y psicológicos. Pero ya no vuelve a sufrir en su persona, aunque sí sufre, muere y resucita cada día en multitud de sus hermanos, con quienes se identifica: “Todo lo que hagan a uno de estos mis hermanos, a mí me lo hacen”. Consideremos lo que dijo a las mujeres camino del Calvario: “No lloren por mí, sino por ustedes y por sus hijos”.

Por eso el objetivo principal de la Semana Santa no es compadecerse y conmoverse ante los sufrimientos y muerte de Jesús, sino verificar cuál es nuestro papel hoy en la pasión, muerte y resurrección de Cristo presente en nuestro prójimo. Y cómo llevamos nuestras cruces: si les damos sentido de salvación, de resurrección y de vida para nosotros y para los otros, cargándolas tras él; o las hacemos estériles por falta de fe y de amor a Dios y al prójimo, sin el cual resultan mucho más dolorosas.

Es necesario discernir si somos verdugos y crucificadores de nuestro prójimo - en el hogar, en el trabajo, evasión, placer, negocio, política...-, construyendo nuestra felicidad a costa del sufrimiento ajeno; o si tal vez estamos crucificados.

La cruz es el camino, pero la resurrección es el destino. Semana Santa sin Pascua de Resurrección, sería una semana pagana. Y así parece ser para muchos, que celebran la pasión y muerte de Cristo, pero no les interesa Cristo resucitado, ni creen en su amor hacia ellos ni en su presencia permanente, por él asegurada: “Estoy con ustedes todos los días".

Si sufrimos con Cristo y como Cristo, reinaremos con él; si morimos con Cristo viviremos con él. He ahí la verdadera perspectiva del sufrimiento, de la muerte y de la alegría verdadera: la resurrección y el paraíso eterno. Sólo con esta perspectiva es posible y razonable llevar una vida auténticamente cristiana.

Isaías 50, 4-7

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, Él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.

La experiencia de Isaías es un fiel anticipo de la experiencia de Jesús, incluida la experiencia de discípulo, como él mismo dice: “Yo hablo de lo que el Padre me enseñó”, “Yo no hago sino lo que veo hacer a mi Padre”. Y por eso puede reconfortarnos de verdad: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré”. El Maestro nos enseña a ser discípulos verdaderos, atentos, el único camino para ser verdaderos maestros a ejemplo suyo.

En la pasión de Jesús se repiten, casi a la letra, pero aumentados, los sufrimientos del profeta: brutal flagelación atado a la columna, coronación de espinas que herían hondo su cabeza al golpear con la caña sobre la corona, burlas, salivazos, bofetadas, desafío a que adivine, con los ojos vendados, quién le pega, sin dejar entender que no necesita adivinarlo, sino que lo sabe perfectamente; y él se calla, no respira venganza, no se lamenta, no llora…

Endurece su rostro como si fuera de piedra, y se pone camino del calvario y de la muerte porque quiere, nadie lo fuerza, y por eso el Padre lo ama, no lo defrauda, sino que lo acompaña en su dolor para transformar la derrota de la cruz y de la muerte en el triunfo glorioso de la resurrección. Su paz y su resistencia se apoyan en la esperanza del premio.

Ese es también el camino triunfal del verdadero cristiano: luchar por arrancar todas las cruces evitables, -ajenas y propias-, y acoger las cruces inevitables –las propias y las ajenas- para asociarlas a la cruz redentora de Cristo por la salvación del mundo, y así llegar de su mano al triunfo de la resurrección, junto con muchos otros por cuya salvación trabajamos.

Filipenses 2, 6-11

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor».

Adán quiso ser Dios, y fracasó, y con él toda la humanidad. Pero Dios (en Jesús) eligió ser hombre, hasta las últimas consecuencias, incluida la muerte, y triunfó con la resurrección para él y para toda la humanidad, mereciendo el “Nombre sobre todo nombre”, ante el cual se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en los abismos”.

Jesús ocultó su divinidad, y vivió en humildad, como un hombre cualquiera, por amor a Dios y al hombre, a cada uno de nosotros. Por eso exclamaba emocionado san Pablo: “¡Me amó y se entregó por mí!” Pero a veces lo tratamos como un “don nadie”, aprovechando que no se manifiesta con la omnipotencia y gloria de Dios, como quien es, y lo desafiamos: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz -y sube a tu divinidad, haz milagros-, y creeremos”.Con su abajamiento, Jesús quiere restablecer las relaciones filiales del hombre con Dios (vivir como hijos de Dios), y las relaciones fraternales entre los hombres (ser hombre con los hombres), lo cual sólo posible renunciando al orgullo, a creerse más, y viviendo en la humildad y la sencillez, en la verdad. A la humildad en el mundo corresponde, para Jesús y para nosotros, la exaltación en el cielo. Por la resurrección Jesucristo es constituido “Señor” de toda la creación visible e invisible, y desea compartir con nosotros su glorioso señorío eterno.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, April 02, 2006

La MUERTE que engendra VIDA

La MUERTE que engendra VIDA

Domingo 5° de Cuaresma-B / 2-4-06

También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, habían subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, quisiéramos ver a Jesús." Felipe habló con Andrés, y los dos fueron a decírselo a Jesús. Entonces Jesús dijo: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que pretenda salvar su vida, la destruye; y el que entrega su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, da gloria a tu Nombre." Entonces se oyó una voz que venía del cielo: "Lo he glorificado y lo volveré a glorificar." Los que estaban allí y que escucharon la voz, decían que había sido un trueno; otros decían: "Le ha hablado un ángel." Entonces Jesús declaró: "Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí." Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir. Jn 12, 20-33

Los paganos griegos que adoran a Dios, piden ver a Jesús y reconocen en él al enviado de Dios. Representan al mundo pagano que recibirá la salvación de Cristo. La “hora” del Maestro – su muerte y resurrección – abrirá el Evangelio a todos los hombres. Jesús no propone una doctrina o una ideología, sino los valores de su reino: vida, verdad, justicia, paz, libertad, amor, dignidad humana, fraternidad universal, alegría de vivir y vida eterna.

Valores que llevan a la plenitud y felicidad imperecedera a quienes los acogen, los viven y los promueven. Por esos valores Jesús nació, vivió, padeció, murió, resucitó y así conquistó la gloria eterna para él y para cuantos con él colaboran en la implantación de esos valores, y pasan por la vida haciendo el bien, a imitación suya, tal vez hasta sin conocerlo.

Los humanos nada tenemos más importante que la vida. Pero nuestra vida implica dos formas de existencia: la biológica, perecedera, y la espiritual, imperecedera, que es la esencia de la persona humana, con destino de eternidad gloriosa; destino que compartirá también el cuerpo de quienes se acogen a la redención de Cristo.

Teniendo en cuenta estas dos vidas, podemos comprender mejor, aclarándola, esa contundente y decisiva afirmación de Jesús: “Quien pretenda salvar su vida (la biológica a costa de la vida espiritual), la perderá (la biológica y la espiritual); pero quien entregue su vida (biológica) por mí y por el Evangelio (por los valores de mi reino), la ganará (la biológica y la espiritual) para la gloria eterna”. Ambas vidas pasan, por la muerte biológica aceptada y ofrecida, a la resurrección y a la gloria. Este fue el camino de Cristo, y lo tiene abierto para todo el que quiera seguirlo, viviendo como cristiano (persona unida a Cristo).

En esta perspectiva se puede comprender también mejor la afirmación de Jesús: “Si el grano de trigo (la envoltura física de la persona) no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” de salvación y vida eterna para sí y para otros.

Y san Pablo clarifica esta realidad que nos toca en lo más vivo: “La semilla que tú siembras, no es lo que nace, sino la planta”. La planta que brota (la persona nueva con cuerpo glorioso) supera con mucho la semilla biológica o cuerpo que se entierra. El labrador renuncia gustoso a comer o vender la semilla destinada para la siembra, y que brotará para poder continuar viviendo; así es necesario no consumir el cuerpo con necio egoísmo.

La vida verdadera sólo está en el amor. El que ama se siente libre y capaz de dar la vida. Y “no hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”, como dijo e hizo Jesús.

Dar la vida por los que se ama, es compartir con Jesús la lucha por los valores de su reino, asociando a la suya, ya desde ahora, nuestra vida con sus alegrías, penas, y la muerte, para compartir con él su fiesta de la resurrección y de la gloria eterna.

La vida tenemos que darla, tarde o temprano, queramos o no. Démosla por amor a Cristo y por la salvación nuestra, del prójimo y del mundo, desde ya, a imitación suya.

Jeremías 31, 31-34

Llegarán los días --oráculo del Señor-- en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque Yo era su dueño --oráculo del Señor--. Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días --oráculo del Señor--: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande --oráculo del Señor--. Porque Yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado.

Hacer alianza consiste en establecer relaciones de amistad verdadera y duradera. Eso quiso Dios al establecer la alianza con el pueblo israelita, su pueblo escogido, pero que terminó rompiendo esa alianza con la idolatría, la rebelión, el rechazo de su Dios, “Dueño y Amigo”. La rompieron como se rompió la piedra en que estaba escrita.

Pero Dios por su parte no rompe su alianza, sino que promete una nueva alianza escrita, no en piedras, sino en los corazones. Una alianza que no se funda en el cumplimiento de leyes, sino en una relación sincera, leal, dialogante, amorosa entre Dios y el hombre. Y que no se romperá, porque es alianza de perdón y de misericordia, no del castigo.

El centro y garante de la nueva alianza es el mismo Hijo de Dios, que la sella con su propia sangre, no con sangre de animales, como la antigua alianza. Él carga sobre sus hombros el peso de la iniquidad de sus hermanos los hombres, y asume el sufrimiento humano para aliviarlo y hacerlo fuente de salvación y felicidad eterna.

Esta alianza la renueva constantemente con nosotros Cristo resucitado en la Eucaristía.

Hebreos 5, 7-9

Hermanos: Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquél que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

En este pasaje de la carta a los hebreos, se presenta a Jesús fiel al plan del Padre y obediente a su voluntad, que no consiste en que su Hijo sufra y muera, sino en que acepte el sufrimiento y la muerte –planeada por los hombres- para vencerla con la resurrección, a fin de que los hombres, sus hermanos, recorran su mismo camino oscuro de cruz hacia la luz de la resurrección. Jesús es la misericordia de Dios en persona.

Probablemente Jesús, previendo la pasión y muerte que le esperaba, había orado muchas veces al Padre para que lo librara de ese trance. Y esa petición alcanza la máxima intensidad en el Huerto de los Olivos, donde ora con gritos y súplicas, con lágrimas y sudor de sangre. Y dice el texto que “fue escuchado por su humilde sumisión”. Sin embargo, termina muriendo en la cruz… ¿Cómo se explica?

Sí, fue escuchado de dos maneras: recibiendo la fortaleza para ser fiel a Dios y al hombre en el sufrimiento y la muerte (se le apareció un ángel consolándolo), y recuperando una vida inmensamente superior mediante la resurrección. Afrontó el sufrimiento en vista del premio que esperaba para él y para sus hermanos los hombres que le obedecen y lo imitan.La oración de Jesús es modelo y luz para nuestra oración: no dejemos nunca de pedir y agradecer, sobre todo la salvación –que es lo que más necesitamos-, aunque nos parezca que Dios no escucha, pues él no desoye jamás una oración sincera, y concede mucho más de lo que pedimos. Y sobre todo, compartamos su Sacerdocio ofreciendo, junto con él, vida, sufrimientos y muerte por la salvación de los hombres, empezando por los de casa. En la Eucaristía es donde compartimos más directamente su sacerdocio, al ofrecernos con él.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 26, 2006

LA SERPIENTE Y LA CRUZ

LA SERPIENTE Y LA CRUZ

Domingo IV cuaresma-B / 26-3-06

Juan 3,14-21.

En aquel tiempo dijo Jesús: - Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él, tendrá por él vida eterna. ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

Jesús invita a recordar la imagen de la serpiente de bronce que Moisés elevó en el desierto sobre un palo para que, al mirarla, quedaran curados quienes eran mordidos por serpientes venenosas. Es un símbolo de la cruz de Cristo, desde la cual cura del pecado y merece la resurrección y la vida eterna a quienes lo miran con fe, amor y esperanza como único Salvador.

Es impensable que algún hebreo se le haya pasado por la mente que la curación milagrosa fuera obra de la serpiente de bronce, pues era sólo un signo visible mediante el cual Dios los curaba al mirarla. Y a él le atribuían la curación, no a la serpiente. Los dones de Dios no pueden atribuirse a imágenes, ni a santos, y ni siquiera a la Virgen María, sino sólo a Dios, que se puede valer –y se vale- de esos intercesores como mediadores de sus dones.

La serpiente de bronce – como lo ángeles del Arca - justifica la veneración, no la adoración de las imágenes en la Iglesia católica, que las considera como un dedo, un signo que indica el sol (Cristo), un símbolo que ayuda al encuentro con Jesús muerto y resucitado, a ejemplo de las personas representadas por las imágenes, que entregaron sus vidas por amor a Dios y al prójimo. Pero es idólatra quien se queda mirando sólo el dedo o el signo, sin orientarse a Dios, lo cual constituye el gran pecado de idolatría, tal vez muy frecuente.

En el Éxodo (cap. 20, 1-5) Dios no prohíbe hacer imágenes, sino darles el culto de latría sólo a Dios debido. Sí: es idolatría suplantar a Dios por una imagen, un objeto o un ser humano cediéndole el lugar que sólo a Él le corresponde en el corazón y en la vida.

Dios mismo le mandó a Moisés fundir la serpiente de bronce, pero no para que la adoraran, como luego adorarían el becerro de oro (Éx 32, 1-5). Y también le mandó hacer dos imágenes de querubines para el Arca de la Alianza (Éxodo 25, 18-20), y a nadie se le ocurrió adorar a aquellos ángeles de oro, sino a Dios, cuya presencia anunciaban.

Es más: Dios mismo hizo y hace millones de imágenes suyas, pues toda persona humana es imagen de Dios, su obra maestra - aunque a menudo muy deformada – a cuya cabeza está su imagen suprema: Cristo, “imagen de Dios invisible”, como afirma san Pablo.

Es evidente que la cruz sola no salva, sino Quien murió clavado en ella para curar de la mordedura del pecado y de la muerte a quienes lo miren y crean en él como único Salvador, y correspondan al amor inmenso del Padre, que lo “envió al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo” de la muerte eterna mediante la cruz y la resurrección.

Orar o contemplar un crucifijo, no es idolatrar al crucifijo, sino orar y adorar a Quien el crucifijo representa: Cristo muerto y resucitado en persona y presente, que pasó por la cruz a la resurrección y al paraíso, mostrándonos y abriéndonos el camino.

Asimismo, rezar ante la imagen de un santo o santa, que siguieron heroicamente a Cristo crucificado y resucitado, no nos aparta de Dios, sino que nos acerca a él y nos estimula en la adoración y amor a Dios a imitación de ellos. Que si ellos pudieron, ¿por qué no podríamos nosotros? Eran personas hechas de nuestra misma pasta.

Crónicas 36, 14-16. 19-23

Todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos, y contaminaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén. El Señor, el Dios de sus padres, les llamó la atención constantemente por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y ponían en ridículo a sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo subió a tal punto, que ya no hubo más remedio. Los caldeos quemaron la Casa de Dios, demolieron las murallas de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Nabucodonosor deportó a Babilonia a los que habían escapado de la espada y estos se convirtieron en esclavos del rey y de sus hijos. En el primer año del reinado de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor pronunciada por Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, el rey de Persia, y este mandó proclamar de viva voz y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y Él me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo, ¡que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba!»

Los jefes, los sacerdotes y el pueblo se habían pervertido imitando las abominaciones de los paganos, y Dios los llama al orden por medio de los profetas. Pero ellos desprecian las palabras de Dios, ridiculizan y hasta persiguen y asesinan a sus mensajeros.

Esta situación se repite a través de la historia del mundo y de la misma Iglesia: líderes políticos y religiosos que se venden por un cargo, un poco poder, de dinero y de placer, ridiculizan o persiguen a quienes los denuncian, y arrastran al pueblo a la corrupción .

Pero el hombre no tiene a su alcance el control de las consecuencias de sus acciones perversas: guerras, desastres, holocaustos de inocentes, hogares convertidos en verdaderos infiernos, comunidades religiosas, eclesiales y civiles que agonizan sin remedio por haber abandonado a Dios y traicionado el amor al prójimo.

Sin embargo Dios quiere salvar al pueblo por encima de todo, y al no encontrar en ese pueblo a quien lo guíe en nombre suyo, se vale incluso de paganos para llevar a cabo su plan de salvación, como hizo con el pagano rey Darío, que se reconoce elegido por Dios para gobernar las naciones, salvar al pueblo de Israel y reconstruir el templo. Abramos los ojos…

Efesios 2, 4-10

Hermanos: Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con Él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe. Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos.

La gran falla de muchos que se dicen creyentes, consiste en no creer en el amor de Cristo, y vivir en la indiferencia e ingratitud ante tan inmenso amor, que lo llevó a dar la vida para librarnos de nuestros pecados y de sus consecuencias, sin merecerlo en absoluto.

El perdón de las ofensas es tal vez la mayor demostración de amor, y Jesús nos demostró su amor realizando con nosotros su lema: “No hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

La mayor prueba de amor a quien nos perdona por amor, es la correspondencia a ese amor con la vida y las obras –y el perdón al prójimo-, con tanta mayor generosidad cuanto más graves y numerosos han sido los pecados perdonados. La mayor ofensa a quien ama y perdona es la ingratitud. ¿Nos vemos de verdad libres del pecado de ingratitud a Dios?

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 19, 2006

ORACIÓN Y COMERCIO

ORACIÓN Y COMERCIO

Domingo 3° cuaresma / 19-03-2006

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: "Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado." Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: "Me devora el celo por tu Casa." Los judíos intervinieron: "¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?" Jesús respondió: "Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días." Ellos contestaron: "Han demorado cuaren-ta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?" En realidad, Jesús hablaba del Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jn 2,13-25

Jesús iba con frecuencia al Templo de Jerusalén, y había visto y comprobado cómo el culto se había convertido en negocio. Hasta que un día, no pudiendo contener por más tiempo su indignación, arremetió contra los responsables de haber instalado el “ídolo dinero” en el templo del Dios vivo, y de haber hecho del culto una liturgia blasfema.

Convertir el templo en un lugar de negocios, es lo mismo que ir a la celebración eucarística o hacer oración para cumplir un rito, no para encontrarse con Dios en amor y gratitud; para tranquilizar la conciencia, no para sanarla. O utilizar los sacramentos – sobre todo bautismos, primeras comuniones y matrimonios - como pretexto para un acto social, un negocio donde la oración, la fe, el amor a Dios y al prójimo brillan por su ausencia.

A los jefes del templo que le pedían a Jesús razón de su proceder, les dijo proféticamente que destruyeran aquel templo y él lo levantaría en tres días. No entendieron que se refería a la muerte y resurrección de su Cuerpo, el verdadero templo de Dios, que sustituye al templo profanado de Jerusalén, y destruido pocos años después.

Este hecho nos invita a cuestionar en serio las actitudes, pensamientos, intenciones, intereses y disposiciones con que vamos al templo -o cuando hacemos oración personal-: darnos cuenta de si vamos con el deseo de celebrar el encuentro salvador con Jesús Resucitado presente, o si vamos para cumplir un simple deber religioso, un rito externo.

Por otra parte, a semejanza de Jesús, nosotros también somos templos de Dios, como nos asegura san Pablo: “¿No saben que ustedes son templo de Dios?”

¿Acogemos, amamos y adoramos a Dios cuando vamos al templo, y en el templo de nuestra persona y de las personas del prójimo, o lo expulsamos suplantándolo por los ídolos del dinero, del poder, del placer, de intereses y preocupaciones? ¿Cómo acogemos y tratamos a Dios en los templos vivos de nuestros prójimos, en especial de los niños y los pobres?

Es pura ilusión y engaño creer que acogemos a Dios porque vamos a misa, comulgamos, rezamos, cuando luego lo rechazamos en el prójimo con ofensas, indiferencia, maltrato, o lo expulsamos de nosotros mismos con vicios, pecados, ingratitud, desinterés por él, y no nos esforzamos por convertirnos a su amor y al amor al prójimo.

Es decisivo acoger a Dios con respeto y amor en sus diversos templos, para que él no se vea obligado a expulsarnos, sino que se sienta feliz de poder acogernos en “el templo de su santa gloria”, el paraíso eterno. Al fin y al cabo, esto es lo que deseamos y necesitamos desde lo más profundo de nuestro ser.

Éxodo 20, 1-4. 7-8. 12-17

Dios pronunció estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No pronunciarás en vano el Nombre del Señor, tu Dios, porque El no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano. Acuérdate del día sábado para santificarlo. Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca».

Estas palabras de Dios a los israelitas son de una actualidad candente. Tampoco hoy muchos cristianos no le agradecen a Dios los inmensos beneficios que de él reciben cada día: su presencia protectora, la existencia, la salud, la creación, la fe…, y al final el cielo prometido. Y, encima, echan la culpa a Dios de los males que sufren ellos y otros, siendo así que él, el mejor Padre, no puede desear ni hacer mal a sus hijos, sino que sufre con ellos.

Dios no puede soportar que pongamos por encima de él a otras personas, o bienes, placeres, prestigio, cultura…, ya que eso es idolatría. Dios prohíbe las imágenes y esculturas idolátricas que lo suplantan; pero no prohíbe las imágenes que llevan a él, que revelan su presencia, como los querubines de oro del Arca de la Alianza y la serpiente de bronce en el desierto que él mismo mandó hacer. Nuestras imágenes no son ídolos, sino símbolos que orientan hacia Dios, aunque haya quiénes las tengan como ídolos, olvidando a Dios.

Dios nos pide dedicarle al menos un día a la semana. Y qué menos, cuando él nos dedica todos los días de la semana. Y nos exhorta a no pronunciar su nombre en vano, con ligereza, pues con Dios no se puede jugar impunemente: merece y tiene derecho al respeto.

Nos pide honrar a los padres, porque son sus colaboradores en la creación de nuestra vida y sus representantes en la familia. A cambio nos promete el premio de una larga vida.

Por otra parte, ¿cuándo como hoy se han quebrantado tanto sus mandamientos: no matar, no robar dinero ni desear bienes ajenos, no cometer adulterio, no calumniar? Y quienes eso hacen, luego culpan a Dios por los males que ellos mismos causan y merecen.

Corintios 1, 22-25

Hermanos: Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.

La salvación es obra exclusiva de Dios. Pero frente a esta necesidad ineludible el hombre exige seguridad y condiciones: los judíos quieren milagros, señales espectaculares que les garanticen la acción salvadora por el poder de Dios; mientras que los griegos buscan la salvación por la filosofía, asequible por el poder de la razón. Hoy siguen los “milagreros”, que buscan una salvación mágica, milagrosa, cómoda; y los “prácticos”, que reducen la salvación a las propias seguridades y conquistas humanas en este mundo.

Tanto para unos como para los otros, la cruz es un puro suplicio, una necedad, un absurdo, un escándalo, y la resurrección una fábula. Mas el creyente verdadero ve en la cruz la sabiduría y la fuerza de Dios para la liberación y salvación que culminan en la resurrección.

La cruz salva porque en ella Jesús realiza la máxima fidelidad al amor del Padre y al amor por el hombre, venciendo el poder de la muerte con el poder de la resurrección.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, March 12, 2006

TRANSFIGÚRANOS, SEÑOR

TRANSFIGÚRANOS, SEÑOR

Domingo 2º de cuaresma – B / 12-3-06

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aturdidos. En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: - Este es mi Hijo, el Amado; escúchenlo. Y de pronto, mirando a su alrededor, no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro, les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué querría decir eso de "resucitar de entre los muertos". (Mc 9,2-10).

Es significativo que ya en el segundo domingo de cuaresma se ponga a nuestra consideración el relato de la transfiguración. Este hecho nos aclara el sentido de la cuaresma con sus penitencias, ayunos, limosnas, oración: conseguir la libertad, la alegría, la resurrección y la vida eterna. Que no vendamos esta inmensa herencia por nada del mundo.

Los discípulos caen en un profundo abatimiento porque el anuncio de la pasión y muerte de Jesús derrumbaba todos sus sueños de un reino temporal con Jesús. Y al no entender qué quería decir Jesús con eso de "resucitar al tercer día", tampoco podían sospechar que a través de la muerte y resurrección Jesús les abriría el camino hacia la gloria del verdadero reino mesiánico eterno, infinitamente superior a la gloria de un reino terreno.

Jesús, al ver sufrir a sus discípulos, quiere mostrarles a sus tres preferidos un anticipo de la gloria que les espera gracias a su muerte y su resurrección. Pero no acaban de creer ni de entender. Pero quizá tampoco nosotros hoy acabamos de creer y entender que el sufrimiento y la muerte no terminan en sí mismos, sino que son camino de felicidad y puerta de la vida gloriosa sin fin si los aceptamos y ofrecemos. Debemos creer en la "transfiguración" del sufrimiento en felicidad y de la muerte en vida. Tenemos que creer y vivir que Jesús resucitado está “con nosotros todos los días” y que está preparándonos un puesto en el cielo. De lo contrario viviremos esclavos del terror al sufrimiento y a la muere física.

San Pablo nos asegura: "Si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él; si morimos con Él, viviremos con Él". "Ni ojo vio, no oído oyó, ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman". "Los sufrimientos de esta vida no son nada en comparación con el peso de gloria que nos espera". "Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo". “Estén alegres cuando comparten los sufrimientos de Cristo”.

Las palabras de Jesús: "Quien desee venirse conmigo, cargue con su cruz de cada día y se venga conmigo", podrían interpretarse así: "Quien desee compartir ya en la tierra mi alegría de vivir, y luego mi gloria en el cielo, renuncie a las felicidades egoístas y perjudiciales, cargue conmigo las cruces de cada día, y al final también la muerte, se venga conmigo a la resurrección y a la gloria de la vida eterna".

Pocos días antes de la Transfiguración, Pedro había confesado: "Tú eres el Mesías de Dios". Y en el Tabor el Padre mismo confirma quién es Jesús: "Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo". Luego Jesús ratificará: "Quien escucha mi palabra y la cumple, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día". Hay que pasar del mero oír hablar de Jesús a escucharlo a él y hablar con él. Lo cual está a nuestro alcance por su infalible presencia continua.

Jesús, "transfigurado" por la resurrección, está todos los días con nosotros, como lo ha prometido con palabra infalible. Por la fe y el amor podemos contemplar su rostro glorioso y quedar radiantes, aun en medio del sufrimiento. Esta presencia de Cristo vivo y operante, nos transforma cada día, nos cristifica. Y así podemos vivir la experiencia de San Pablo: "Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir".

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18

Dios puso a prueba a Abraham. «¡Abraham!», le dijo. Él respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que Yo te indicaré». Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!» «Aquí estoy», respondió él. Y el Ángel le dijo: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único». Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: «Juro por mí mismo --oráculo del Señor--: porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, Yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar».

Cuando Dios pide algo que nos cuesta mucho, es que piensa darnos inmensamente más de lo que nos pide. Él no se deja vencer en generosidad. A Abraham le pidió el único hijo Isaac, mas le devolvió el hijo intacto y le hizo padre de una multitud de descendientes numerosos como la arena del mar. Lo hizo padre de todos los creyentes. Dios no se anda con cálculos mezquinos como nosotros: me das, te doy tanto o menos.

La escena del monte Moria evoca la escena del huerto de los Olivos: Jesús pide al Padre que le salve la vida física; mas muere en el monte Calvario. Pero el Padre le da infinitamente más: la resurrección y el cuerpo glorioso, inmensamente más perfecto y más capaz de deleite que el cuerpo físico, y no sujeto al sufrimiento. En esta perspectiva hay que valorar y vivir todo sufrimiento: como fuente de salvación, resurrección y felicidad eterna.

Los pueblos contemporáneos de Abraham solían inmolar niños primogénitos a los ídolos; pero Dios, al no permitir que el niño Isaac fuese inmolado por su padre, demuestra que Él no quiere sacrificios humanos como ofrenda de honor y obediencia.

Pero hoy, más que nunca, se inmolan millones de niños a los ídolos del placer, del dinero y del poder. Mas no solamente niños. Y nos parece casi normal… Muy pocos luchan contra ese inmenso holocausto de inocentes cuya sangre clama al cielo pidiendo justicia. Esa horrible crueldad, ¿no está causando la autodestrucción de las sociedades opulentas?

Luchemos con todas las fuerzas y recursos por la vida y la defensa de los inocentes.

Romanos 8, 31-34

Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con Él toda clase de favores? ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? «Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos?» ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aun, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?

Muchos cristianos creen que Dios espía nuestros pecados para castigarnos; y otros piensan que Dios se desentiende del hombre, pues no castiga siquiera a los peores.

Pero Dios misericordioso no piensa como nosotros: ojo por ojo y diente por diente, y lo antes posible. Tiene una paciencia infinita, y no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve. Y nos da tiempo para que reaccionemos y nos convirtamos.

Mas no sólo nos da tiempo, sino que nos dio a su propio Hijo para cargar en la cruz con nuestros pecados y sufrimientos, para merecernos la resurrección e interceder por nosotros. ¿Cómo podríamos desconfiar del perdón de Dios? Si Dios nos absuelve, ¿quién podrá condenarnos?

Y por el contrario: ¿Cómo podríamos despreciar tanta misericordia y burlarnos de tanto amor no correspondiendo con amor y conversión?

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, March 05, 2006

CONVERSIÓN a la LIBERTAD y a la ALEGRÍA

CONVERSIÓN a la LIBERTAD y a la ALEGRÍA

Domingo 1º Cuaresma- B / 05-03-2006

Enseguida el Espíritu lo empujó al desierto. Estuvo cuarenta días en el desierto y fue tentado por Satanás. Vivía entre los animales salvajes y los ángeles le servían.

Después de que tomaron preso a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. Decía: - El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse de sus caminos equivocados y crean al Evangelio. (Mc 1,12-15).

Jesús quiso someterse a las tentaciones a que acosan a toda persona humana, para enseñarnos a mantenernos libres frente a los ídolos que tratan de esclavizarnos y privarnos de la dignidad y libertad de los hijos de Dios. Tenemos que evitar los caminos de perdición.

Hay que huir de la multitud de los que se han vendido a los ídolos, y se han convertido en autómatas programados para la ‘esclavitud de la alienación’: libres para hacer lo que quieran, con tal de que quieran hacer lo que se les sugiere y les agrada. Son esclavos de los ídolos del poder, del placer y del dinero; mecanizados y manipulados como robots sin vida, ni opciones propias, ni valores que no se esfumen con el rápido paso del tiempo.

Jesús nos da ejemplo de libertad en el uso de esos dones de Dios, para que no se conviertan en ídolos al servicio del egoísmo, del mal y de la muerte. La Iglesia nos propone para la cuaresma -camino hacia la Pascua-, tres recursos para reconquistar el amor, la libertad y la alegría de los hijos de Dios: la oración, la limosna y el ayuno.

La oración nos libra de la esclavitud al ídolo-poder. La oración es el máximo poder del hombre, pues en ella tiene a su disposición la omnipotencia de Dios. "Es el poder del hombre y la debilidad de Dios". El Infinito se abaja hasta nosotros. ¡Qué inmensa dignación!

En la oración el ser humano vive su máxima grandeza: ser imagen e hijo de Dios, mediante el trato filial y de amistad con él, de tú a tú. Por la paternidad y la amistad de Dios nos hacemos semejantes a él como hijos y amigos suyos. De él hemos recibido la vida temporal a través de nuestros padres naturales, y directamente la vida espiritual que sostiene la del cuerpo en el camino hacia la vida eterna. - Amor a Dios.

La limosna nos hace libres frente al ídolo-dinero y los bienes materiales. Nos hace capaces de compartir, sobre todo con los necesitados, pues Dios nos ayuda para que ayudemos. No podemos merecer los dones de Dios si luego nos negamos a compartir. Sólo recibiremos de Dios el ciento por uno de lo que compartimos y de lo que gozamos con gratitud y orden. Todo lo demás lo perderemos...

Pero la limosna no es sólo dar dinero y bienes materiales, sino de todo lo que somos, amamos, tenemos, creemos y esperamos. De eso hay que hacer limosna. Eso es amar, aunque no sintamos el amor. Renuncias sin amor, son polvo al viento. - Amor al prójimo.

El ayuno es hacerse libres frente al ídolo-placer, negándonos a todo lo que hace daño o perjudica al prójimo, a la creación, a nosotros mismos y al Creador. Pero además el ayuno ayuda a gozar con orden, intensidad y gratitud el placer de vivir y todos los demás placeres con los cuales Dios nos hace agradable y feliz la existencia física, moral, espiritual, familiar y social –incluso en el sufrimiento-, como anticipo del inmenso y eterno placer en el paraíso que esperamos, que Jesús mismo nos está preparando y nos dará por la resurrección.

El placer hecho ídolo termina envenenando todo placer y corta el camino al placer eterno. Hacernos esclavos del placer, es vender nuestra vida terrena y nuestra herencia eterna por un plato de lentejas. Huyamos de tan fatal fracaso sin remedio.

Los ídolos prometen caminos placenteros, pero minados, que no podemos pisar si queremos vivir. Los ídolos sólo se abaten dando a Cristo el lugar que le pertenece en la vida y en el corazón. Donde está Cristo, no queda espacio para los ídolos. – Amor a sí mismo.

Es necesario aferrarse a Cristo resucitado, presente y operante, el único remedio contra el poder destructor de los ídolos. Sólo su presencia pascual y su Palabra nos pueden librar de la esclavitud del poder, del placer y del dinero. “El reino de Dios está cerca”, dentro de nosotros. “¡Venga a nosotros tu reino!”

Génesis 9, 8-15

Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo establezco mi Alianza con ustedes, con sus descendientes, y con todos los seres vivientes que están con ustedes: con los pájaros, el ganado y las fieras salvajes; con todos los animales que salieron del arca, en una palabra, con todos los seres vivientes que hay en la tierra. Yo estableceré mi Alianza con ustedes: los mortales ya no volverán a ser exterminados por las aguas del Diluvio, ni habrá otro Diluvio para devastar la tierra». Dios añadió: «Éste será el signo de la Alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: Yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi Alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi Alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales».

Los contemporáneos de Noé pasaron improvisamente de su seguridad y depravación a la aniquilación. ¿No sigue sucediendo también hoy lo mismo? Aunque las catástrofes sólo alcancen a una pequeña parte del mundo. Pero el arco iris sigue apareciendo en el cielo y Dios sigue siendo fiel a su Alianza, y no sólo no destruye la humanidad y la creación, sino que tiene que defenderlas contra iniquidad destructora de muchos hombres aliados del mal.

Dios hace Alianza -promete la bendición de su presencia conservadora y salvadora- a favor de todos los hombres y de todos los seres vivos y, por consiguiente, también de toda la creación inanimada –alianza cósmica-, porque Dios ama las obras de sus manos y no las abandona al poder destructor del hombre ni de las “superpotencias” del mal y de la muerte.

Mas hoy la Alianza bendita de Dios es una persona: Cristo crucificado y resucitado, el “Dios-con-nosotros” de cada día, que está conduciendo la historia, la humanidad y la creación por misteriosos caminos hacia la resurrección. Y lo hace principalmente desde la Iglesia, y en especial desde la Eucaristía, mediante la cual llega la salvación a toda la humanidad, incluyendo las víctimas de los desastres naturales, del egoísmo, del odio y de las guerras.

Los paganos y seguidores de otras religiones tampoco están fuera del alcance de la gracia salvadora de Dios en Cristo. Es más: nos pide nuestra colaboración la tarea de la salvación universal, especialmente con la vivencia de la Eucaristía, ofreciéndonos con él.

Pedro 3, 18-22

Queridos hermanos: Cristo padeció una vez por los pecados -el justo por los injustos- para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios. Y entonces fue a hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros, a los que se resistieron a creer cuando Dios esperaba pacientemente, en los días en que Noé construía el arca. En ella, unos pocos -ocho en total- se salvaron a través del agua. Todo esto es figura del bautismo, por el que ahora ustedes son salvados, el cual no consiste en la supresión de una mancha corporal, sino que es el compromiso con Dios de una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que está a la derecha de Dios, después de subir al cielo y de habérsele sometido los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades.

Cristo murió una sola vez, pues su muerte y su resurrección tienen una eficacia infinita de salvación a favor de la humanidad. Y sin embargo, esa eficacia absoluta sólo realiza la salvación en quienes la acogen libremente con la conversión y asocian la propia cruz a la cruz de Cristo, ya sea de forma consciente o implícita.

Entre su muerte y su resurrección Jesús fue a anunciar la Buena Nueva “a los espíritus que estaban prisioneros” por haberse resistido a creer en Dios. Esta misteriosa alusión de san Pedro trae a la mente la expresión de Jesús: “A los hombres se les perdonarán todos los pecados, menos el pecado contra el Espíritu Santo, que no se perdonará en esta vida ni en la otra”, y la oración de Jesús en la cruz por sus asesinos: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. ¡Oh misericordia infinita!

Las aguas del diluvio -que lavaron la tierra de la corrupción-, son figura del agua del bautismo, que nos libra del pecado y nos hace hijos de Dios, con derechos divinos y deberes de hijos: compromiso de vivir con una conciencia pura y un corazón sumiso, en relación filial con él. Así alcanzaremos un día la plenitud de la filiación, “viéndolo cara a cara, tal cual es”.
P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 26, 2006

AYUNO Y FIESTA

AYUNO Y FIESTA

Domingo 8º tiempo ordinario -B / 26-02-06

Un día estaban ayunando los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos. Algunas personas vinieron a preguntar a Jesús: - Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan; ¿por qué no lo hacen los tuyos? Jesús les contestó: - ¿Quieren ustedes que los compañeros del novio ayunen mientras el novio está con ellos? Mientras tengan al novio con ellos, claro que no pueden ayunar. Pero llegará el momento en que se les arrebatará el novio, y entonces ayunarán. Nadie remienda un vestido viejo con un pedazo de género nuevo, porque la tela nueva encoge, tira de la tela vieja, y se hace más grande la rotura. Y nadie echa vino nuevo en envases de cuero viejos, porque el vino haría reventar los envases y se echarían a perder el vino y los envases. ¡A vino nuevo, envases nuevos! (Mc 2,18-22).

El ayuno entre los judíos era un gesto de conversión para adelantar y preparar la venida del Mesías, para hacerle espacio en la vida individual, familiar y social, eliminando todo lo que podría retrasar su llegada.

Los judíos todavía no habían reconocido en Jesús al Mesías esperado, y por eso seguían ayunando para acelerar la venida del Enviado de Dios. Y en esa situación se encuentran todavía hoy. Mientras que los discípulos de Jesús estaban ciertos de que él era el Mesías esperado, y sería un contrasentido ayunar para que venga el que está ya entre ellos. Para los discípulos de Jesús era ya tiempo de fiesta, no de ayuno.

Los fariseos imponían al pueblo una religión ritualista y de ayunos; mientras que Jesús propone la religión de la vida, de la lucha y de la fiesta. Sustituye la práctica del sacrificio por la comida fraternal y festiva, característica de la comunidad mesiánica y pascual de Jesús. Con el novio presente, no puede haber ayuno, sino banquete y fiesta alternados con la lucha diaria por el reino. ¿Qué pasa entonces con tantas eucaristías y rezos tristones?

La imagen del banquete de bodas y del matrimonio, frecuente en la Biblia, es un signo de la relación de amor entre Dios y sus hijos. Sin embargo, debemos esforzarnos para entender y vivir la relación con Dios como una amistad con un Padre que nos ama más que nadie, que se compromete a sernos fiel hasta el final, y que quiere que vivamos gozosamente como hermanos, porque todos somos hijos suyos.

Hoy tenemos al Novio con nosotros, Cristo Resucitado, que nos asegura su presencia "todos los días hasta el fin del mundo". Vivimos en tiempo pascual, aunque cargados con la cruz hacia la resurrección y la gloria con el Señor en el banquete eterno.

Vivimos en tiempo de fiesta y de lucha. Fiesta porque Jesús vive resucitado entre nosotros; y lucha por implantar los bienes del reino por los que él nació, vivió, trabajó, predicó, murió y resucitó: la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad…

Esa lucha constituye el ayuno necesario hoy, empezando por erradicar del mundo el horrible ayuno del hambre, síntesis de todas las injusticias para gran parte de la humanidad.

Los ritos suntuosos y los ayunos ostentosos pueden ser una hipocresía y una evasión frente a las exigencias de la justicia y de la misericordia. Es fácil refugiarse en costumbres, tradiciones, prácticas vacías, seguridades, cumplimientos, legalismos y moralismos, al estilo de los escribas y fariseos (odres viejos). Pero podemos y debemos abrimos a la novedad del Evangelio y de la presencia real de Cristo Resucitado (vino nuevo) entre nosotros.

No es suficiente echar remiendos de Evangelio a una vida cómoda y aburguesada, estudiar la Biblia y hacer rezos para acallar la conciencia y sofocar los gritos de los necesitados cercanos y lejanos a nuestro alcance. Seríamos “cristianos sin Cristo”. Triste paradoja: estaríamos proclamando a Cristo con la boca y negándolo con la vida.

La novedad es vivir en Cristo día a día y luchar con él por la humanización, liberación y salvación del hombre. Y no nos pide lo imposible, pues lo imposible lo hace él... Sólo pide que lo apoyemos con las manos, la palabra, el corazón, el sufrimiento, las cualidades...

Oseas 2, 16. 17. 21-22

Así habla el Señor: Yo la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón. Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto. Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor.

Quien ha estado alguna vez enamorado-a de verdad, puede comprender mejor este lenguaje de Dios, enamorado de su pueblo, enamorado de cada uno de nosotros. Como el enamorado quiere tener la exclusiva del amor y tiende a separar a la amada a lugares retirados, sin testigos que puedan distraerla o atraerla, así Dios quiere verse a solas con su pueblo, con cada uno de nosotros, libres de otros dioses o ídolos que lo puedan suplantar en nuestro corazón y en nuestra vida: cosas, personas, placeres, prestigio.

Y como el verdadero enamorado olvida todo defecto e infidelidad si hay conversión, así a Dios le importa más nuestro amor y nuestro ser mucho más que nuestros fallos, y lo olvida todo, con tal que rechacemos los ídolos y correspondamos a su amor.

Tal vez aleguemos escandalizados: “¡Yo no tengo ídolos!” Pero ¿nos hemos detenido a comprobarlo? Si Dios, su amor y su voluntad es lo que menos nos ocupa y preocupa en la vida, es evidente que “acariciamos” ídolos. Y puede que no queramos darnos cuenta. Pero de la abundancia del corazón habla la boca” y piensa la mente. Por ahí podemos localizar certeramente a nuestros ídolos, y decidirnos a dar a Dios el lugar que le corresponde.

Pero Dios puede usar otro “truco” para que volvamos a él de verdad: permitir que nuestros ídolos se derrumben con una enfermedad, una desgracia, un sufrimiento que nos demuestren su inutilidad a la hora de la verdad. ¡Cuántos vuelven a Dios por este camino!

Sin embargo, la máxima desgracia sería que Dios nos abandonase a merced de nuestros ídolos, que lo más que hacen es ir destruyendo, sin darnos cuenta, nuestra vida temporal y cerrarnos las puertas de la vida eterna. Vale la pena reaccionar y demolerlos.

2 Corintios 3, 1-6

Hermanos: ¿Acaso tenemos que presentarles o recibir de ustedes cartas de recomendación, como hacen algunos? Ustedes mismos son nuestra carta, una carta escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones. Es Cristo el que nos da esta seguridad delante de Dios, no porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.

Pablo no necesita dar ni recibir ninguna carta de recomendación que apoye su obra de evangelización, puesto que no es cosa suya, sino gracia de Dios a través de él. Él es sólo la pluma con que Dios escribió la carta del evangelio en los corazones de Pablo, de sus colaboradores y de los mismos corintios. Es más: los mismos corintios son la carta que Cristo escribió con la fuerza del Espíritu Santo a través de Pablo.

Todo predicador, catequista y cristiano debe tener la actitud, la humildad y la convicción de Pablo: que la evangelización es obra del Espíritu de Cristo a través del hombre; que no es obra del hombre: este sirve sólo de instrumento. Toda la eficacia salvadora de la evangelización viene de Dios, que quiere compartir con el hombre su obra redentora.

La ley de Moisés fue escrita en tablas de piedra; pero la ley de Cristo, ley del amor y de la vida, se escribe en corazones de carne, mas sólo por la fuerza del Espíritu, con la colaboración de los seguidores de Cristo. Nada vale saber, oratoria, dinámicas, si no se evangeliza en nombre de Cristo y confiados en la fuerza del Espíritu Santo. Quien se fía de sí mismo y prescinde del Espíritu, recibirá el reproche final: “No los conozco”. No podemos correr ese riesgo fatal.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 19, 2006

EL HOMBRE Y DIOS CONTRA LA PARÁLISIS

EL HOMBRE Y DIOS CONTRA LA PARÁLISIS

Domingo 7º tiempo ordinario - B / 19-02-2006

Tiempo después, Jesús volvió a Cafarnaún. Apenas corrió la noticia de que estaba en casa, se reunió tanta gente que no quedaba sitio ni siquiera a la puerta. Y mientras Jesús les anunciaba la Palabra, cuatro hombres le trajeron un paralítico que llevaban tendido en una camilla. Como no podían acercarlo a Jesús a causa de la multitud, levantaron el techo donde él estaba y por el boquete bajaron al enfermo en su camilla. Al ver la fe de aquella gente, Jesús dijo al paralítico: - Hijo, se te perdonan tus pecados. Estaban allí algunos maestros de la Ley, y pensaron en su interior: - ¿Cómo puede decir eso? Realmente se burla de Dios. ¿Quién puede perdonar los pecados, fuera de Dios? Pero Jesús supo en su espíritu lo que ellos estaban pensando, y les dijo: - ¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil decir a este paralítico: Se te perdonan tus pecados, o decir: Levántate, toma tu camilla y anda? Pues ahora sabrán que el Hijo del Hombre tiene en la tierra poder para perdonar pecados. Y dijo al paralítico: - Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El hombre se levantó, y ante los ojos de toda la gente, cargó con su camilla y se fue. La gente quedó asombrada, y todos glorificaban a Dios diciendo: - Nunca hemos visto nada parecido. (Mc 2,1-12.)

Una vez más Jesús demuestra que el objetivo de la evangelización es el hombre total, necesitado de una curación total: del espíritu, de la psique y del cuerpo. Los pastores, evangelizadores, catequistas, misioneros que sólo se interesaran por el espíritu de sus oyentes: que vayan a misa, se confiesen, comulguen, escuchen, lean, vean…, sin preo-cuparles sus problemas, sus angustias y tristezas, su vida, no están evangelizando. Como tampoco evangelizan quienes se quedan sólo en lo material y lo social.

Los "samaritanos" del paralítico deseaban sólo su curación física. Pero Jesús deseaba su curación total, y empezó sanándolo del pecado, parálisis del espíritu, que es la raíz de todo mal, y luego lo curó de su parálisis física. No se contentó con curarlo sólo de su pecado.

Jesús, al curar al paralítico, premia la fe de sus portadores, quienes sin duda recibieron también el perdón gracias al "sacramento del hermano"; o sea, por la ayuda amorosa al necesitado, según lo expresa el mismo Jesús: "Estuve enfermo y ustedes me socorrieron…, vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino que les tengo preparado".

Hoy siguen curándose y salvándose multitudes que no tienen a su alcance la confesión sacramental ni la eucaristía, pues Dios les hace llegar su perdón por los “sacramentos” del prójimo necesitado y socorrido, del perdón mutuo, de la defensa de la vida, de la promoción de la paz, de la justicia, de la solidaridad, de la libertad, de la dignidad humana... Mientras que no es raro encontrarse con quienes confiesan y comulgan, pero no dan espacio ni a Dios ni al prójimo en sus vidas, desviándose así del camino de la salvación.

Nuestra sociedad, nuestros pueblos y el mundo entero están paralizados por un sin fin de males y pecados. Nosotros mismos, los seguidores de Cristo, corremos el riesgo de sentirnos paralizados e impotentes ante tan inmensa parálisis. Sin embargo Jesús vino y está entre nosotros para curarnos y curar al mundo. Pero quiere y acoge nuestra colaboración para curar al mundo, como valoró y aprovechó la colaboración de los amigos del paralítico.

Nos pide nuestra pequeña aportación de poner cada día en su presencia a tantos paralíticos: en la Eucaristía, en la oración, en el sufrimiento reparador, en la acción a nuestro alcance, convencidos de que lo poco que podemos hacer nosotros está en función de lo mucho que no podemos hacer, y que sólo Dios puede hacer. ¿No será la pretensión de prescindir del Resucitado la causa de tanta parálisis y sensación de impotencia?

Si la fe en Cristo Resucitado no vale para transformar y salvar el mundo, la familia y los individuos, ¿para qué vale? Con nuestra pobre aportación facilitémosle a Jesús su acción omnipotente de sanación y salvación universal.

Isaías 43, 18-19. 20-22. 24-25

Así habla el Señor: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo elegido, el Pueblo que Yo me formé para que pregonara mi alabanza. Pero tú no me has invocado, Jacob, porque te cansaste de mí, Israel. ¡Me has abrumado, en cambio, con tus pecados, me has cansado con tus iniquidades! Pero soy Yo, sólo Yo, el que borro tus crímenes por consideración a mí, y ya no me acordaré de tus pecados.

¿Quién puede afirmar que nunca ha abrumado a Dios con sus pecados de palabra, obra y omisión, incluso apoyados tal vez en la injuriosa confianza de que al fin “el buen Dios lo perdona todo”? Pero cuando, tarde o temprano, nos alcanzan las consecuencias del pecado personal y social: la enfermedad, las desgracias, la muerte que nos ronda, etc., nos abruma la convicción de que nuestros pecados son imperdonables. Así se pasa de la ligereza a la desesperación, a cuál más pecaminosa, pues ambas nos alejan de Dios.

Entonces debemos abrir nuestros oídos, mente y corazón a la voz misericordiosa de Dios: “Sólo yo puedo borrar tus crímenes y sepultar tus pecados, en consideración a mí, porque tú eres hijo mío, y me dueles”. Lo único que espera de nosotros, hijo pródigos, es que nos volvamos a él pidiéndole perdón, y que se lo agradezcamos con una vida mejor.

Pero se cierra al perdón quien pretende encubrir o disimular los propios pecados con prácticas religiosas externas, de puro cumplimiento sin corazón ni conversión, pues eso es querer manipular a Dios, y constituye una abominación, una hipocresía que atraerá mayores males, tal vez irremediables por cerrarse a la misericordia.

Por otra parte el perdón de Dios no se debe a méritos propios, sino a su amor misericordioso y gratuito, y actúa en vista de nuestro deseo y petición sincera de perdón, de lo contrario nos merecemos el reproche: “Tú no me has invocado porque te cansaste de mí”. Digámosle más bien con humildad: “No merezco tu perdón, pero lo necesito... Perdóname mis pecados como yo perdono a quienes me ofenden... No me dejes caer en la tentación”.

Y Dios nos responderá: “No importa lo que fuiste, sino lo que decidas ser de ahora en adelante”. ¿Puede haber mayor misericordia, consuelo, paz y alegría?

Corintios 1, 18-22

Hermanos: Les aseguro, por la fidelidad de Dios, que nuestro lenguaje con ustedes no es hoy «sí», y mañana «no». Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes --tanto Silvano y Timoteo, como yo mismo-- no fue «sí» y «no», sino solamente «sí». En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Jesús, de manera que por Él decimos «Amén» a Dios, para gloria suya. Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu.

Pablo había cancelado su visita prometida a los corintios, porque la comunidad no había reaccionado como era debido ante un grave escándalo. Entonces alguien aprovechó maliciosamente para descalificarlo como apóstol y descalificar su predicación, por haber dicho “no” después de haberles prometido ir a visitarlos, faltando así a la palabra dada.

Pero el apóstol reacciona afirmando con fuerza que la fe en Jesucristo, anunciado por la predicación, no está sujeta a un simple cambio humano, sino que está inconmoviblemente fundada en Dios y en sus promesas, que se realizan en Jesús, el “Sí” del Padre al hombre.

¡Cuántos cristianos apoyan su fe en los pastores y evangelizadores, y la pierden abandonando a Cristo y a su Iglesia si algunos de ellos no cumple como es debido o como esperaban! Se podría decir que tales cristianos tienen una fe clerical, no una fe cristiana.

Pero la fe no la dan los ministros ni se funda en ellos, sino que viene de Dios a través de ellos, y se fundamenta en Cristo resucitado, que “es el mismo hoy, ayer y siempre”. Sin embargo, es necesario que los ministros sean fieles en el decir y en el vivir, para facilitar a los fieles la sinceridad en la fe y en la vida.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 12, 2006

MARGINADOS y MISERICORDIA

MARGINADOS y MISERICORDIA

Domingo 6° durante el año – B / 12-02-06

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: - Si quieres, puedes limpiarme. Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: - Quiero, queda limpio. Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: - No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración. Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes. (Mc 1,40-45).

Al tiempo de Cristo había colonias de leprosos, totalmente marginados. Todos pensaban, incluidos los leprosos, que esa enfermedad era castigo por un gran pecado, que los hacía indignos de la mínima compasión, pues por culpa propia vivían el infierno ya en esta vida.

Quien tocara o se dejara tocar por un leproso, era considerado impuro y debía marginarse con los leprosos, y el leproso responsable de haber tocado, debía morir apedreado.

El leproso que se acercó a Jesús, aun consciente del riesgo para él y para el Maestro, se saltó la Ley y se arrodilló con fe suplicante a los pies de Jesús, sin atreverse a tocarlo para no contagiarlo. Y Jesús, movido a compasión, también se saltó la ley y lo tocó con su divina mano, quedando así curado el enfermo y ambos libres del castigo que imponía la Ley. Jesús, en vez de ser contagiado por el enfermo, contagió la salud y el amor al enfermo.

¿No sucede todo lo contrario con nosotros? No nos acercamos a personas marginadas de muchas maneras, porque tenemos miedo de ser contagiados y no nos decidimos a hacer algo por ellas para mejorar su situación. Porque tal vez no tenemos a Cristo para llevárselo y que él las alivie con su presencia en sus penas, les revele el sentido de la vida y del sufrimiento.

Jesús cura al ciego también de sus pecados, “lepra del espíritu”. Y al sentirse curado de ambas enfermedades, el hombre salta y grita de gratitud y de júbilo, proclamando por doquier lo que ha hecho Jesús por él, a pesar de que el Maestro le había prohibido divulgar el milagro.

El pecado es mucho más peligroso que la lepra corporal. Por eso Jesús ha dado a su Iglesia el poder de perdonar el pecado en su nombre. Y la Iglesia invita presentarse al ministro de la reconciliación para recibir el sacramento del perdón. A ejemplo de leproso al sentirse curado, deberíamos saltar de júbilo y gratitud cada vez que recibimos el perdón, como los ángeles del cielo que hacen fiesta por un pecador que se convierte.

Pero, ¿sólo son perdonados y se salvan quienes acuden a la confesión sacramental? ¿No perdonó Jesús sin que le manifestaran los pecados y antes de presentarse a los sacerdotes? Quienes no tienen la posibilidad de acudir a un sacerdote, ¿se condenan sin remedio? No: Dios tiene muchas maneras de hacer llegar su perdón a quienes se arrepienten de verdad y se deciden a mejorar evitando el mal y haciendo el bien.

Dios perdona sin más a todo el que le pide sinceramente perdón, si a la vez se compromete a esforzarse en serio para evitar el pecado, reparar, perdonar a los otros, hacer obras de misericordia por amor a Dios y al prójimo, hacer oración, ofrecer el sufrimiento...

Pero los católicos, en caso de pecados mortales, tenemos además el sacramento del perdón, necesario para acercarnos a la comunión y fortalecernos contra el pecado. Pero si nos negamos a buscar la absolución, ¿no nos cerramos al perdón? Por otra parte, no se ha de olvidar que los pecados leves se perdonan por la limosna, la oración, la comunión recibida con fe y amor, el sufrimiento ofrecido..., si se da el arrepentimiento y la lucha decidida contra ellos.

Cada noche debemos arrepentirnos ante Dios para no dormir sobre nuestros pecados.

Levítico 13, 1-2. 45-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: Cuando aparezca en la piel de una persona una hinchazón, una erupción o una mancha lustrosa, que hacen previsible un caso de lepra, la persona será llevada al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes. La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: «¡Impuro, impuro!». Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.

En el Antiguo Testamento no se conocía remedio contra la lepra, enfermedad que destruye el cuerpo: la carne se va cayendo a pedazos. Y era causa de un terrible destrozo de la persona: la expulsión de la familia y la total marginación de la sociedad. ¡Insoportable!

Todavía el siglo pasado, en la Isla de Molokai (Hawai), había una colonia de leprosos, a cuyo servicio se puso el P. Damián, marginándose con los marginados, hasta caer víctima de la lepra y hacerse mártir del amor más grande al “dar la vida por quienes amaba”, como Jesús.

Hay lepras siempre actuales que marginan de Dios y a Dios, y las principales son el orgullo y la hipocresía, que suelen ir siempre juntas, y destruyen a la persona desde dentro en sus valores más altos, profundos y perennes: el amor, la paz, la alegría del corazón, la justicia, la vida del espíritu y la salvación. ¿Qué puede quedar de esa persona cuando todo lo material se le desplome de un solo golpe? Se quedará en la automarginación total y eterna.

Y esas son también las principales lepras que marginan del prójimo y al prójimo, pues la hipocresía es la mentira de la vida, mentira que destroza toda relación humana; y por su parte el orgullo pone por pedestal a los demás por o para creerse superior a ellos.

Por fin, la automarginación se da cuando uno se niega a compartir de palabra y de obra lo que es, lo que sabe, lo que posee y ama, debido a la lepra del corazón, que es el egoísmo.

¡Hay tanta lepra que prevenir y curar! Nuevas lepras físicas, morales y espirituales, que la medicina no logra erradicar, y que sólo la omnipotencia del Médico divino puede curar.

Sumémonos con decisión a la acción silenciosa pero triunfante de Cristo resucitado contra el pecado, el sufrimiento y la muerte. Es lo máximo que podemos hacer.

Corintios 10, 31-11,1

Hermanos: Sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios. No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios. Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse. Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.

San Pablo pide a los corintios, y a nosotros, que obremos con recta intención en todo: que lo hagamos todo para agradar a Dios, para su gloria, que consiste en que quienes nos observen y traten, reconozcan que estamos unidos a Dios, que obra en nosotros y por nosotros.

Mientras que seremos motivo de escándalo si nos presentamos o aparecemos como adoradores de Dios y seguidores de Cristo –cristianos-, pero no lo reflejamos en nuestras obras, actitudes y conducta. Tanto si los que nos observan son cristianos como si son no creyentes.

El escándalo –o el buen ejemplo- podemos darlo tanto en la calle, en la familia, en el trabajo, en la universidad..., como en el templo. Y los mayores escándalos suelen tener relación con la asistencia al templo, cuando se acude a él por cumplir, con hipocresía, y en la vida práctica se vive en contradicción vital con la fe y con lo que en el templo se celebra.

El escándalo tiene sus raíces en el egoísmo, en el interés personal, que rehuye todo esfuerzo por hacer el bien a los demás. Mientras que cuando buscamos el bien de la mayoría, en especial el bien máximo de los otros: la salvación, estamos siguiendo el ejemplo de Cristo.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, February 05, 2006

DIOS NO QUIERE EL SUFRIMIENTO

DIOS NO QUIERE EL SUFRIMIENTO

Domingo 5° durante el año. / 5-2-2006

Al salir de la Sinagoga, Jesús fue a la casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, por lo que enseguida le hablaron de ella. Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso a atenderlos. Antes del atardecer, cuando se ponía el sol, empezaron a traer a Jesús todos los enfermos y personas poseídas por espíritus malos. El pueblo entero estaba reunido ante la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos con dolencias de toda clase y expulsó muchos demonios; pero no los dejaba hablar, pues sabían quién era. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario. Allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron a buscarlo, y cuando lo encontraron le dijeron: - Todos te están buscando. Él les contestó: - Vamos a las aldeas vecinas, para predicar también allí, pues para esto he venido. Mc 1, 29-39.

Con Jesús entra en el mundo y en los individuos la novedad de Dios, la Buena Nueva del Mesías, Hijo de Dios, que viene a salvar a la humanidad de los grandes males que la atormentan: el pecado, el sufrimiento y la muerte.

Dios no hizo ni quiere el sufrimiento. Lo demuestran las innumerables curaciones, el perdón de los pecados y las resurrecciones realizadas por Jesús durante su vida terrena. En el evangelio de hoy se narra la curación de la suegra de Pedro, seguida de un gran número de curaciones y expulsión de demonios en un solo día.

Tal vez se nos ocurre preguntarnos por qué Jesús no curó a todos los enfermos, no perdonó a todos los pecadores y no resucitó a todos los muertos. La respuesta es que con esas victorias parciales sobre el pecado, el dolor y la muerte, nos demuestra su poder divino para realizar la victoria total y definitiva sobre esos males en su última venida triunfante.

La comprensión más satisfactoria del sufrimiento y de la muerte como victoria sobre todo mal, se basa en la pasión y muerte de Jesús a consecuencia del pecado de los hombres: Jesús entra con la fuerza de su vida divina en el sufrimiento y en la muerte, y los transforma en fuente de felicidad y de vida con la resurrección. Lo que hizo con el buen ladrón en el Calvario, lo sigue haciendo a través de todos los siglos y de todo el orbe con millones y millones de pecadores y de inocentes liberados del sufrimiento y de todo mal mediante la muerte, por la cual les abre las puertas de la resurrección y de la gloria.

Hay que vencer el terror a la muerte con la esperanza y la preparación para la resurrección. Jesús nos hace espacio en la casa de su Familia Trinitaria; y a nosotros nos corresponde hacerle día a día espacio de fe y de amor en nuestro corazón, en nuestra oración, trabajo y descanso, alegrías y sufrimientos, salud o enfermedad. Y si lo acogemos todos los días de la vida, él nos acogerá en la hora de la muerte, puerta de acceso a la resurrección y a nuestra herencia eterna. La muerte ya es un don, no castigo, aunque duela.

Cuando Jesús nos dice: “Quien desee ser mi discípulo, tome su cruz cada día y se venga conmigo”, no se refiere sólo a seguirlo hasta el Calvario, sino hacia la resurrección y la vida eterna a través de la cruz, que él hace liviana a sus seguidores. La “puerta estrecha” del sufrimiento y de la muerte ofrecidos por amor, nos abren la puerta ancha y esplendorosa de la resurrección, de la vida gloriosa y eterna del mismo Dios.

Es injusto, pues, e injurioso echar la culpa a Dios del sufrimiento y de la muerte, cuando lo cierto es que él acude compasivo para transformar el dolor y la muerte en fuente de felicidad y de vida eterna. Lo hizo con su Hijo Jesús y quiere hacerlo con nosotros, hijos suyos y hermanos de su Hijo. Hagámosle espacio en nuestras alegrías y sufrimientos, y confiémosle nuestra muerte, para que la transforme en vida y gloria eterna.

Job 7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo: ¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? ¿No son sus jornadas las de un asalariado? Como un esclavo que suspira por la sombra, como un asalariado que espera su jornal, así me han tocado en herencia meses vacíos, me han sido asignadas noches de dolor. Al acostarme, pienso: «¿Cuándo me levantaré?» Pero la noche se hace muy larga y soy presa de la inquietud hasta la aurora. Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminarse el hilo, llegaron a su fin. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad.

El Maligno pide a Dios que le permita poner a prueba la fidelidad de Job. Y Dios se lo permite, pero a condición de que respete su vida. Y así el buen Job lo pierde todo: salud, bienes e hijos, y para colmo, sus mismos amigos se le vuelven enemigos, y su propia esposa se burla de él por seguir fiel a Dios, que parece haberlo abandonado completamente.

Tarde o temprano todos pasamos por la experiencia de sufrimiento, que tiene una cruel expresión en el estrés o la depresión, compendio de todos los sufrimientos físicos, morales, psíquicos y espirituales. Que hace ver la vida como un fracaso total, aumentado por la indiferencia real o aparente de familiares, amigos y conocidos. Pero el máximo tormento consiste en creerse abandonados por el mismo Dios, la máxima esperanza de quien cree. Entonces asalta la peor tentación: desearse la muerte e incluso buscársela.

Y sin embargo, en contra de toda apariencia y experiencia, Dios sigue siendo la única esperanza de curación. Y hay que seguir confiando y suplicando, aunque resulte incluso odioso dirigirse a Él por creerlo el causante de esos males y, por tanto, el peor enemigo.

Como Job, podemos creer que nuestros “ojos ya no verán más la felicidad”. Pero si seguimos fieles a Dios y usamos los medios de la ciencia médica a nuestro alcance, podremos recuperarlo todo, como Job; y no sólo eso, sino que nos brillará su misma esperanza: “Con mis propios ojos veré a mi Dios”, por la resurrección, que nos lo devuelve todo casi al infinito. Porque “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”, pues él “está en el fondo de toda pena”.

Corintios 9, 16-19. 22-23

Hermanos: Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.

Por creer que evangelizar se reduce a predicar o sermonear de palabra, la mayoría de los cristianos se sienten dispensados de evangelizar.

Mas para Jesús su forma de vivir y de obrar fueron la primera y más eficaz evangelización durante 30 años. Esta es para todo cristiano la forma necesaria, accesible, gratuita y más eficaz de evangelizar. No se trata de una iniciativa propia, sino de un privilegio y una misión que se nos ha confiado, y que nos da derecho a participar de los bienes eternos. Por eso san Pablo exclama: “¡Ay de mí si no evangelizo!”, aplicable a todo cristiano.

La eficacia de la evangelización no depende del saber hablar, sino de la unión con Cristo resucitado, que nos garantiza la eficacia salvífica de la vida: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. He ahí para todos la evidente posibilidad y necesidad de evangelizar.

P. Jesús Álvarez, ssp