Sunday, November 30, 2008

¡QUE NOS ENCUENTRE DESPIERTOS!

¡QUE NOS ENCUENTRE DESPIERTOS!

Domingo 1º de Adviento - B / 30-11-2008.

Decía Jesús a sus discípulos: Estén preparados y vigilantes, porque no saben cuándo será el momento. Cuando un hombre viaja al extranjero, dejando su casa al cuidado de los sirvientes, cada cual con su tarea, al portero le encarga estar vigilante. Lo mismo ustedes: estén vigilantes, ya que no saben cuándo vendrá el dueño de casa: si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo o de madrugada; no sea que llegue de repente y los encuentre dormidos. Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos: estén despiertos. Marcos 13, 33-37.

El Adviento es tiempo especial de tomar más en serio nuestro destino eterno; tiempo de vigilancia, silencio fecundo, oración con gozosa apertura al Mesías que viene y se queda cada día en nosotros, entre nosotros.

El Adviento es tiempo privilegiado para aprender a vivir en continua conversión, despiertos y abiertos a la presencia del Resucitado, compañero de camino, y así prepararnos para el momento inesperado en que nos llame a entrar por la muerte a la resurrección y al paraíso eterno, a recibir el puesto de gloria que tiene preparado para quienes pasan por la vida haciendo el bien.

Vivir despiertos ante Cristo resucitado implica sobre todo vivir abiertos cada día ante las incontables necesidades del prójimo: en el hogar, en el trabajo, grupo, educación, evangelización, comunidad, hospital, cárcel, Iglesia, sociedad, política, medios de comunicación… El día que nos llame nos juzgará sobre la ayuda que le prestamos o negamos en el prójimo necesitado, con quien él se identifica.

Vivir dormidos, es vivir indiferentes ante el sufrimiento humano, hacer sufrir y, peor aun, vivir gozando a costa del dolor ajeno, del inocente, del indefenso, del pobre, del enfermo, del ignorante, del niño desvalido, del anciano.

Que Dios nos libre de ese fatal letargo y nosotros hagamos lo posible para despertarnos de ese nefasto sueño. Nos examinará sobre lo que hicimos mal, pero sobre todo sobre el bien que no hicimos, habiendo podido hacerlo.

Adviento no significa esperar un nuevo nacimiento de Cristo, que nació una sola vez hace más de dos siglos, y hoy se revive o conmemora. No se puede esperar a quien ya vino y está con nosotros, según su explícita promesa: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. No podemos imitar a los judíos que lo siguen esperando, anclados en el Antiguo Testamento.

El objetivo verdadero del Adviento como preparación a la celebración conmemorativa de Navidad y a la última venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, consiste en acogerlo en su venida real y continua a nuestra vida de cada día, e intensificar la unión viva con él, para que “se forme en nosotros” y en nosotros se transparente en las más diversas situaciones y personas.

Así él nos acogerá en su venida al final de nuestros días terrenos y nos tendrá a su derecha en su última venida gloriosa al fin de los tiempos.

Esa venida permanente de Cristo resucitado a nuestra persona y a nuestra vida, él mismo la confirma con su palabra infalible: “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y comeremos juntos”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él”. “Quien me come, vivirá por mí”.

La Eucaristía es el acontecimiento admirable donde se realiza el “adviento” privilegiado, si la vivimos y acogemos de verdad a Cristo en la comunión.

La apertura diaria del Mesías Salvador y la ayuda al prójimo por amor a él, es la que proporciona eficacia salvadora a nuestra vida y a todo lo que vivimos, gozamos, sufrimos y hacemos en su nombre. Es el camino hacia la dichosa y gloriosa Navidad eterna en la Casa del Padre. ¡Que él no permita que la perdamos!

Isaías 63, 16-17. 19; 64, 2-7.

¡Tú, Señor, eres nuestro Padre, «nuestro Redentor» es tu Nombre desde siempre! ¿Por qué, Señor, permites que nos desviemos de tus caminos y se endurezcan nuestros corazones dejando de temerte? ¡Vuelve, por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia! ¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti! Cuando hiciste portentos inesperados, que nadie había escuchado jamás, ningún oído oyó, ningún ojo vio a otro Dios, fuera de ti, que hiciera tales cosas por los que esperan en Él. Tú vas al encuentro de los que practican la justicia y se acuerdan de tus caminos. Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Pero Tú, Señor, eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla, y Tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!

Los israelitas no saben explicarse cómo ellos han llegado a tales extremos ni cómo Dios lo haya consentido y les oculte su rostro, dejándolos a merced de sus pecados. Sin embargo, en medido de tanto sufrimiento, se abre paso la esperanza y la súplica confiada a Dios: reconocen sus culpas, le piden perdón y lo invocan como Padre, tal y como enseñaría Jesús de Nazaret cinco siglos más tarde.

Un padre no puede desear el mal de sus hijos ni permanecer insensible ante su desgracia, por más culpable que sea. Sin embargo, Dios no obliga al hombre a recibir su perdón. Sólo quien lo pide y acoge, puede ser perdonado por él.

Una lección muy actual, pues la gran mayoría de los humanos expulsan a Dios de su vida individual, familiar, social, ¡e incluso religiosa, negándolo con la vida mientras lo proclaman con la palabra o con ritos! Y no solamente lo expulsan, sino que lo culpan neciamente de sus propios males. Así terminan sufriendo las desastrosas consecuencias de los pecados propios ajenos, como vemos día a día.

Sin embargo, la única solución posible está sólo en volverse a Dios, reconociendo la culpa propia y la ajena; pedir perdón, convertirse a él y apelarse a su entrañable ternura de Padre, a su amor. Y suplicar y esperar la intervención divina, que no puede fallar, pues “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”.

1 Corintios, 1, 3-9.

Hermanos: Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que Él les ha concedido en Cristo Jesús. En efecto, ustedes han sido colmados en Él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes. Por eso, mientras esperan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don de la gracia. Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

El panorama que presenta san Pablo es totalmente opuesto al presentado por Isaías. Pablo augura a la comunidad de Corinto "la gracia y la paz" del Padre y del Hijo. La gracia es el don que el Padre hace al mundo y al hombre, al entregarle a su propio Hijo, el Príncipe de la paz; paz que él transmite a quienes lo acogen.

Jesucristo es el compendio viviente de todos los bienes mesiánicos anunciados por los profetas, y abre para el hombre la experiencia de una nueva relación filial con Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro. El mismo Jesús nos garantiza: “El amor con que el Padre me ama a mí, los amo yo a ustedes”. ¡Infinita dignación que jamás podríamos imaginar ni podremos agradecer lo suficiente!

Viviendo esta relación filial en comunión con Jesús, que nos prometió estar todos los días con nosotros, él nos “mantendrá firmes e irreprochables hasta su venida”. Dice san Pablo en otro texto: “Sé de quién me he fiado”. Que así sea.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 23, 2008

SIN OBRAS DE AMOR, NO HAY SALVACIÓN


SIN OBRAS DE AMOR, NO HAY SALVACIÓN


Fiesta de Cristo Rey – A / 23-11-2008


Dijo Jesús: Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de gloria, que es suyo. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos. Colocará a las ovejas a su derecha y a los chivos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y fueron a verme." Entonces los justos dirán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” El Rey responderá: "En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí." Dirá después a los que estén a la izquierda: "¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron." Estos preguntarán también: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?" El Rey les responderá: "En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con alguno de estos más pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí. Y éstos irán a un suplicio eterno, y los buenos a la vida eterna." (Mateo 25,31-46).


A ningún líder religioso se le ha ocurrido jamás pronunciar un discurso como este de Jesús, cuyo tema es su identificación con el prójimo necesitado y débil. Sólo un Dios Amor hecho hombre puede expresarse así. Bastaría esta página para demostrar la divinidad de Jesús y su investidura como Rey eterno del universo visible e invisible.


El reino de Cristo Rey se construye a base de obras de misericordia corporal, moral, afectiva, psicológica, familiar, eclesial, social, espiritual... Todo lo demás, incluidos los sacramentos, sin el “sacramento del amor al prójimo”, no nos dan derecho a entrar en el reino temporal y eterno de Cristo Rey. No se acoge a Cristo en los sacramentos si no se lo acoge con amor en el prójimo.


Al final de esta vida seremos examinados sobre las obras concretas de amor al prójimo. No podemos vivir en la mediocridad, en el egoísmo, en la indiferencia frente al que está necesitado de mil maneras: sería exponernos a la maldición eterna.


Prepararse para la muerte, mejor dicho: para la resurrección y la vida eterna, es prepararse para el encuentro con Cristo Rey glorioso, que nos juzgará sobre el amor y la fe demostrados en obras concretas de misericordia con los necesitados.


Es significativo que Jesús no haga aquí alusión alguna a las prácticas de culto, pues el culto fundamental a Dios es el amor al prójimo expresado en las obras reales de misericordia, sin las cuales todo otro culto resulta estéril, y hasta escandaloso.


Un teólogo dice que ésta es “la página más laica del Evangelio”, “el evangelio de los que no conocen a Dios”, pero que se dedican al bien del prójimo, empezando por la familia y continuando por el amor al pueblo, a la nación, al mundo.


Y son multitud fuera de la Iglesia institucional, que ni siquiera han oído hablar de Cristo, pero son por él reconocidos, los sostiene y los acoge en su reino, gracias a la práctica del “sacramento del prójimo necesitado”. Pero este sacramento, para el cristiano, no excluye, sino que incluye los otros; como tampoco excluye, sino que incluye, el esfuerzo y la consagración a la salvación de los hombres, que es la máxima obra de misericordia.


Ezequiel 34, 11-12. 15-17


Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él. Como el pastor se ocupa de su rebaño cuando está en medio de sus ovejas dispersas, así me ocuparé de mis ovejas y las libraré de todos los lugares donde se habían dispersado, en un día de nubes y tinieblas. Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a descansar -oráculo del Señor-. Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y sanaré a la enferma, pero exterminaré a la que está gorda y robusta. Yo las apacentaré con justicia. En cuanto a ustedes, ovejas de mi rebaño, así habla el Señor: «Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y chivos».


En la Biblia el pastor evoca a una persona cercana, cariñosa, que ayuda, defiende, cuida, cura, va delante como Rey-Pastor que guía hacia verdades y valores de su reino de vida y verdad, de justicia, de amor y paz. Él nos guía hacia la “tierra prometida”, la vida eterna.


Pero puede haber pastores que se apacientan a sí mismos a costa de las ovejas que les han sido encomendadas. Son más funcionarios que seguidores de Jesús, y más que señalar a Jesús, lo suplantan poniéndose a sí mismos en su lugar. Y son causa de muchos males que sufren las ovejas. Mas la amenaza de Dios contra los malos pastores es terrible: “¡Ay de los pastores que se apacientan a sí mismos!” Pidamos por su conversión.


Sin embargo, no debe embargarnos el desaliento por causa de algún mal pastor, pues Dios mismo en persona se ocupará de su rebaño. Y lo hace directamente por medio de su Hijo, el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él, que las guía hacia buenos pastos y “da la vida por ellas”, por cada uno de nosotros.


Nuestra fe cristiana no se fundamenta en los pastores humanos, buenos o malos, sino en Cristo Rey y Buen Pastor, que nos asegura: “Yo estoy con ustedes todos los días”, y sólo espera que nosotros queramos estar con él para llevarnos a los buenos pastos de su paz, palabra, de su eucaristía, de su alegría, de la vida eterna. Y además nos dará buenos pastores si los pedimos, los merecemos y agradecemos.


1 Corintios 15, 20-26. 28


Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección. En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos; luego, aquellos que estén unidos a Él en el momento de su venida. En seguida vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder. Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies. El último enemigo que será vencido es la muerte. Y cuando el universo entero le sea sometido, el mismo Hijo se someterá también a Aquel que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos.


Cristo es el primer resucitado para tomar posesión, como Rey universal, de toda la creación, sometida al pecado y a la muerte. Por su presencia resucitada se hace conductor y protagonista de la historia, y la va orientando misteriosamente hacia su final glorioso, cuando se manifestará abiertamente su triunfo redentor sobre el pecado y la muerte, los peores enemigos del hombre. A este triunfo asociará a todos los que se unan a él.


No sólo el hombre será resucitado, sino también toda la creación, que “está gimiendo con dolores de parto” para dar a luz “un mundo nuevo y una tierra nueva”, “donde Dios será todo en todos”. La resurrección es lo máximo a que puede aspirar el hombre, y el Resucitado la dará a todo el que lo acoja en su vida y persona: “A quienes lo reciban, les dará el ser hijos de Dios”.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 16, 2008

ADMINISTRAR SABIAMENTE LA VIDA


ADMINISTRAR SABIAMENTE LA VIDA



Domingo 33º del tiempo ordinario-A / 16 Noviembre de 2008


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Escuchen también esto. Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos de oro, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: «Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos». El patrón le contestó: «Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.» Vino después el que recibió dos, y dijo: «Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.» El patrón le dijo: «Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón». Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: «Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.» Pero su patrón le contestó: «¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce, se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.» Mateo 25, 14-30.


Dios nos confió cúmulo de dones extraordinarios al crearnos: la vida, el cuerpo y el espíritu, la inteligencia, el corazón, la libertad, la salud, el tiempo, la familia, la fe, la Biblia, los sacramentos, María, la Iglesia, la redención, la creación, la técnica... Todos por él conservados e incrementados con muchos otros dones a través de la existencia bendita.


Todos tenemos una capacidad inmensa para agradecer a Dios tanta bondad haciendo producir esos talentos, para así tener acceso al talento-tesoro incomparable de la gloria eterna en el paraíso. No basta sólo con no hacer el mal, hay que hacer todo el bien posible, usando bien y para bien todo lo que hemos recibido, recibimos y recibiremos.


Malgastar tantos dones de una forma egoísta y necia, ajenos al bien del prójimo y al amor de Dios, es exponerse a perderlos para siempre. Nuestro mayor tesoro es el mismo Cristo resucitado presente en nuestra persona, que da valor eterno a nuestra vida, obras, alegrías, sufrimientos, y nos libra del máximo mal, que es muerte, dándonos la resurrección.


Vale la pena preguntarse qué clase de siervos somos, y tomar, en todo caso, la valiente decisión de aprovechar nuestros talentos prestados por Dios, haciéndolos producir para evitarnos el eterno pesar de haberlos desperdiciado y perdido para siempre.


Los servidores que trabajaron con sus talentos, no sólo le dieron ganancias a su patrón, sino sobre todo ganaron para sí mismos. Además se merecieron las alabanzas y la confianza de su señor, éste los invitó al gozo de su banquete y les confió cargos importantes. ¡Así de espléndido es Dios con nosotros! Para agradecérselo toda la vida y toda la eternidad.


Mientras que el siervo perezoso se pasó de listo, se traicionó a sí mismo, fue despedido y se arruinó. La suya es una actitud suicida, la de quien se limitan a conservar con egoísmo lo que tienen: tiempo, dinero, salud, capacidad de amar y decidir, bienestar etc., sin comprometerse a nada serio en la vida. Suelen ser de los que no hacen ni dejan hacer. Tienen de Dios una idea negativa. Su gran pecado es el de omisión: no hacer producir sus talentos, que prefieren sepultar en la tierra del egoísmo.


Muy claro lo dijo Jesús: “Quien pierde la vida por mí, la ganará; quien la reserva sólo para sí, la perderá”. Es gran sabiduría trabajar con los talentos recibidos, como los siervos diligentes. La condición para producir mucho, también nos la indica Jesús: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada”. Quien lo rechaza a él, todo lo que haga y tenga pierde su valor eterno y se le quitará para siempre.


Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31.


Una buena ama de casa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas. El corazón de su marido confía en ella y no le faltará compensación. Ella le hace el bien, y nunca el mal, todos los días de su vida. Se procura la lana y el lino, y trabaja de buena gana con sus manos. Aplica sus manos a la rueca y sus dedos manejan el huso. Abre su mano al desvalido y tiende sus brazos al indigente. Engañoso es el encanto y vana la hermosura: la mujer que teme al Señor merece ser alabada. Entréguenle el fruto de sus manos y que sus obras la alaben públicamente.


El libro de los Proverbios presenta la imagen ideal de la mujer, ama de casa, esposa, madre. No coincide mucho con el ideal de mujer hoy generalizado: hermosa, rica, joven, fácil, que se esclaviza a las apetencias del varón; en fin: sierva o esclava del marido y de los hijos, del dinero, e incluso muchas veces tenida como un “descartable”.


La Biblia, y en especial el Nuevo Testamento, pregonan la igualdad entre el hombre y la mujer. Igualdad en la dignidad humana y en el trato, pero diversidad en funciones, aptitudes, expresiones. No sometimiento, sino complementariedad en la mutua, libre y gozosa dependencia por amor: “Sean esclavos unos de otros por amor”. La esclavitud por amor es libertad, si el amor brota de su fuente: Dios-Amor.


La mujer presentada en esta lectura no es fácil de encontrar hoy, pues se trata de una “perla” no común. Pero no es imposible, como tampoco es imposible que siga habiendo hombres leales que la busquen, la encuentren, la cuiden y amen de verdad.


Así es y debe ser la mujer cristiana auténtica: trabajadora, afable, prudente, ordenada, ardiente y serena; educa a los hijos para la vida y para la paz, para el amor, la libertad y la solidaridad, y además los engendra con su fe y ejemplo para la vida eterna. Tal mujer es corona de su marido, gloria de sus hijos, y digna de toda admiración y aprecio.


Pero el fundamento de todas esas cualidades y virtudes, es el amor y el temor a Dios, que la mueven a ser y obrar de esa forma con los hijos de Dios, y por eso hermanos. Las solas motivaciones humanas se esfuman con facilidad, por estar apoyadas en la arena movediza de intereses caducos, insuficientes, egoístas.


Tesalonicenses 5, 1-6.


Hermanos: En cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente que el día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche. Cuando la gente afirme que hay paz y seguridad, la destrucción caerá sobre ellos repentinamente, como los dolores del parto sobre una mujer embarazada, y nadie podrá escapar. Pero ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas para que ese día los sorprenda como un ladrón: todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios.


La vida terrena sólo se entiende desde su final en este mundo y desde su principio en el mundo eterno. Es absolutamente necesario comprender y emprender la vida desde esa perspectiva anclada en la eternidad, si no se quiere exponerla a un total fracaso final. Como va hacia fracaso seguro el estudiante que no piensa en los exámenes ni en el objetivo existencial de sus estudios.


Pero hay una diferencia profunda: que no sabemos la fecha ni la hora del examen final de nuestra vida. Ese día es tan incierto como la aparición de un ladrón; y por eso es gran sabiduría estar en permanente preparación y vigilancia.


¿Estamos en verdad haciendo producir los talentos recibidos para bien de la familia, la Iglesia, la sociedad, el mundo, según el querer de Dios, que nos los dio? En eso consiste la preparación y la vigilancia. Que la pregunta sea sincera, sin miedo a encontrarnos deficientes, sino con la valentía y el optimismo para dejar de serlo. Nos va en ello la eternidad feliz. Seamos de verdad hijos de la luz, hijos del Dios de la luz.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 09, 2008

EL TEMPLO, CASA DE ORACIÓN


EL TEMPLO, CASA DE ORACIÓN


Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán / 09-11-2008


En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Jesús contestó: “Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré”. Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del templo de su cuerpo. (Juan 2,13-22).


La Basílica de San Juan de Letrán es la basílica del Papa y la madre de todas las iglesias o templos católicos del mundo. En el evangelio de hoy Jesús nos invita a purificar nuestra concepción y uso de los templos.


El templo es un lugar privilegiado para el encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios; donde el hombre puede darle culto, y hablar serenamente con él, en cuanto individuo y cocomuidad. En ese diálogo con la Trinidad el hombre encuentra el sentido real de su existencia temporal y su destino eterno, y a la vez el valor de la relación con prójimo y con toda la creación. Por eso todas las culturas han tenido y tienen siempre sus templos.


Los judíos habían pervertido el destino, sentido y uso del templo, convirtiéndolo en un mercado de animales para los sacrificios. Y hoy se repite en muchos templos parecida situación escandalosa: pretexto para negocios de toda clase alrededor y dentro de las iglesias, y también como ámbito donde se da más importancia a la supervivencia del clero que al culto de Dios y a la santificación del hombre.


Los templos y sus fiestas se han convertido muchas veces en pretexto para fiestas paganas y negocios comerciales, incluido el turismo, que atraen a un contingente de personas muy superior a los que acuden al templo para adorar a Dios “en espíritu y en verdad” y abrirse a los caminos de la salvación.


Por otro lado, un alto porcentaje acude al templo para cumplir, por costumbre, y reducen así las celebraciones sagradas a ritos vacíos, por la ausencia de amor a Dios y al prójimo, con lo cual el rito sagrado se queda en ritualismo supersticioso o pietismo, que no influye para nada en la vida, obras y relaciones de cada día.


“¿Para eso van tanto a la iglesia?”, suele oírse. Por ese escándalo muchos no van a la iglesia, pues si gran parte de los que van no son mejores que los demás, e incluso son peores, ¿para que sirve ir?


Ya en el Antiguo Testamento Dios se lamentaba: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Con lo cual Dios declara que el culto sin amor a él y al prójimo, no le agrada en absoluto, sino que le ofende, por ser una perversión de lo sagrado, una indignante hipocresía. ¡Vale la pena verificar sinceramente, ya, si pertenecemos o no al grupo del “cumplo-y-miento”!


El cuerpo de Jesús es el verdadero templo de la Trinidad, y desafía a los judíos a que destruyan su cuerpo, y él lo resucitará glorioso, para hacerse templo universal. Desde su resurrección, ya no se adora a Dios sólo en los templos materiales, sino sobre todo en “espíritu y en verdad”, dentro y fuera de los templos, que sólo son lugares para “encontrarnos con quien nos ama”.


A semejanza del cuerpo de Jesús, también el cuerpo humano, la persona, es “templo de la Trinidad”. Por eso toda persona merece el máximo respeto, empezando por sí mismo. ¡Grandiosa dignidad del hombre, tantas veces conculcada en la propia persona y en la de los demás! ¿Nos valoramos de verdad?


Ezequiel 47,1-2. 8-9. 12.


En aquellos días, el ángel me hizo volver a la puerta del templo; por debajo del umbral del templo manaba agua hacia Levante -el templo miraba a Levante-, el agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me hizo salir por la puerta del Norte y me dirigió por fuera a la puerta exterior que mira a Levante; el agua iba corriendo por el lado derecho. Me dijo: "Estas aguas corren a la comarca de Levante, bajarán hasta el Arabá y desembocarán en el mar, el de las aguas pútridas, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida, y habrá peces en abundancia; al desembocar allí estas aguas quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales".


Esta visión del profeta Ezequiel simboliza la gracia purificadora y vivificadora de Dios que sale de su templo, y hoy la fuerza salvífica brota del sacrificio y banquete eucarístico. Pues desde la Eucaristía Cristo crucificado y resucitado irradia su poder misericordioso y salvador hacia los cuatro puntos cardinales.


Y nosotros estamos invitados a compartir con Él el sacrificio y banquete eucarístico y la salvación de la humanidad, ofreciéndonos junto con Él al Padre por la conversión y salvación nuestra, de los nuestros y de toda la humanidad.


Una vez más: acojamos con gozo la invitación del Resucitado a compartir su Sacerdocio Supremo a favor de la humanidad ejerciendo nuestro sacerdocio bautismal: orar y ofrecer sacrificios, en especial la Eucaristía, por la salvación de los otros, que es la única forma de asegurarnos la nuestra.


1ª Corintios 3, 9-13. 16-17


Hermanos: Ustedes son edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. ¿No saben que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.


Nuestra persona es construcción, templo de Dios, y el fundamento puesto en el bautismo, es Cristo. Sólo él es la piedra angular del templo de nuestra persona.


Cada cual puede edificar sobre ese fundamento, pero también, por desgracia, puede rechazar la piedra angular, Cristo Resucitado, y destruirse sobre el altar de los ídolos del placer, del dinero, del poder, del egoísmo.


Y también podemos construir o destruir los templos que son los otros. Y los otros pueden ayudarnos a construir o hacerse cómplices de la destrucción del templo de nuestra persona. Por eso san Pablo nos da una estremecedora advertencia: Quien destruya el templo de Dios, será por Dios destruido. No dejemos caer en el vacío esta grave y saludable advertencia, pues están en juego nuestra salvación o nuestra destrucción.


Usemos el templo de piedra, el templo persona de Cristo, el templo del hogar, el templo que es nuestra persona y la de los otros para lo que son: lugares del encuentro salvífico con el Resucitado y con los hermanos.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 02, 2008

QUIEN HA MUERTO, ESTÁ VIVO


QUIEN HA MUERTO, ESTÁ VIVO


Conmemoración De los fieles difuntos /2-11-2008


El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que Él les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”». Y las mujeres recordaron sus palabras. Lucas 24, 1-85.


La resurrección de Jesús y la resurrección de los muertos, junto con el amor de Dios para cada uno de nosotros, son las verdades que fundamentan nuestra fe cristiana; de tal modo que quien no cree en esas tres verdades inseparables, no tiene fe cristiana, por más que crea en todas las otras verdades.


San Pablo lo afirma rotundamente: “Si Cristo no hubiera resucitado, si nosotros no vamos a resucitar, vana es nuestra fe, nuestra predicación, y seguiríamos en nuestros pecados”. Nuestra fe sería una simple superstición sin sentido ni valor.


“Si el amor infinito de Dios por nosotros fuera sólo para la vida terrena, seríamos los más desgraciados de los hombres”, pues todo el contenido de nuestra fe y de nuestra esperanza sería una fatal mentira.


Es cierto que la resurrección es una verdad nada fácil de creer, y a los mismos apóstoles les costó mucho aceptarla, porque cae fuera de la experiencia y de nuestras categorías. Pero la fe es un don de Dios que hay que pedir y cultivar, sobre todo en la oración, en la que nos encontramos con el mismo Jesús resucitado en persona, con la Virgen María resucitada, con los santos resucitados, con los ángeles, con nuestros difuntos resucitados…


Decía san Agustín: “Aquellos que nos han dejado, no están ausentes, sino invisibles. Tienen sus ojos llenos de gloria, fijos en los nuestros, llenos de lágrimas”. Nacemos, vivimos y fallecemos para la vida, no para la muerte.


Los difuntos no están muertos, sino vivos. Jesús afirma: “Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. La muerte no es el final de la vida, sino el principio de la vida sin final. No busquemos a nuestros muertos en el cementerio: allí sólo están sus restos mortales, que terminan siendo polvo de la tierra.


Avanzamos hacia el mismo triunfo pascual y glorioso de Jesús muerto y resucitado. A la hora de la muerte, el mismo Jesús “nos dará un cuerpo glorioso como el suyo”, como afirma san Pablo. Y como le dijo Jesús al ladrón crucificado con él, y que le suplicaba se acordara de él en su reino: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. No hay que esperar al fin del mundo para resucitar.


Como era necesario que Cristo pasara por el sufrimiento y la muerte para resucitar, así nosotros pasaremos por la enfermedad, la agonía y la muerte para resucitar como él.


Por tanto, no es cristiano pensar en la muerte sin pensar en la resurrección. El pensamiento de la resurrección nos dará fortaleza en el sufrimiento y en la misma muerte, como fue para nuestro Salvador.


Pero hemos de pedir cada día, con insistencia incansable, que Dios nos dé fortaleza, fe, amor y esperanza, como se la dio a Jesús en el Huerto de los Olivos, en el camino del Calvario y en la crucifixión, justo porque tenía presente la resurrección que le esperaba a él y a nosotros. Que le digamos con fe, como Jesús: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”. Y lo mismo hemos de suplicar para los nuestros.


Apocalipsis 21, 1-7


Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó». Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, Yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la Vida. El vencedor heredará estas cosas, y Yo seré su Dios y él será mi hijo».


En el último día de nuestra existencia terrena, el firmamento, la tierra, el mar y todo lo material desaparecerá de nuestros ojos como por encanto, y nos encontraremos con una nueva y maravillosa realidad eterna.


Entonces, en la nueva Jerusalén celestial, Dios morará con nosotros y nosotros con Dios, quien “secará todas las lágrimas, y no habrá ya más muerte, ni llanto, ni dolor, ni lamento, porque todo lo de antes pasó”.


Y a los que tienen sed de justicia, de paz, de bien, de amor y felicidad, Cristo les “dará de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida”. Al que venza con él por estar unido a él, heredará y gozará todas las maravillas del universo visible e invisible, y será de verdad hijo de Dios, quien lo envolverá en la infinita ternura y felicidad de la Trinidad. Para siempre.


Por tanto, no hemos de lamentarnos por la muerte de nuestros seres queridos, ni reclamarle a Dios por habérselos llevado –eran y son hijos suyos-, sino agradecerle porque nos los ha dado y porque los llama a la vida feliz con él, la que soñaron toda su vida, sin conseguirla aquí abajo.


Lo que procede es la oración y el sufrimiento reparador a favor de ellos, y a la vez esforzarnos por mantener el camino que lleva a donde ellos están ya gozando.


1 Corintios 15, 20-23


Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección. En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquéllos que estén unidos a Él en el momento de su Venida.


La muerte vino al mundo por culpa del hombre, mientras que la resurrección nos ha venido por el Hijo de Dios hecho hombre.


Muchos, incluso cristianos, viven en el pesimismo con el presentimiento de que todo y todos caminamos hacia la muerte, mientras que la fe verdadera nos asegura que caminamos hacia la vida. Porque la muerte y resurrección de Jesús nos han hecho más fuertes que la muerte: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino que se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal , adquirimos una mansión eterna”.


La muerte, el último y peor enemigo del hombre, ha sido destruida por la resurrección de Cristo. La última palabra sobre nosotros es la resurrección, no la muerte. Nuestro Salvador nos está preparando un puesto en el banquete eterno. Vivamos y obremos de tal manera que no lo perdamos por negligencia.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 26, 2008

EL AMOR Y LA LEY

EL AMOR Y LA LEY

Domingo 30º del tiempo ordinario / 26 –10-08

Cuando los fariseos supieron que Jesús había hecho callar a los saduceos, se juntaron en torno a él. Uno de ellos, que era maestro de la Ley, trató de ponerlo a prueba con esta pregunta: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos. Mateo 22,34-40

Los escribas y fariseos habían inventado 613 mandamientos, pero Dios había dado sólo 10, que Jesús resumió en 2: amar a Dios y al prójimo, que al fin los dos se hacen uno solo.

Pero ellos sustituían con sus mandamientos el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Es la tentación de todos los tiempos: aferrarse a normas, leyes, prohibiciones, costumbres, para dispensarse de la ley del amor, el único que justifica toda otra ley que merezca ese nombre. "Quien ama, cumple toda la ley".

Decía san Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Pero sólo si amo a Dios, puedo amar al prójimo de verdad; o sea: querer y procurar en serio el bien de los otros, pues los consideraré dignos de amor gratuito sólo por tenerlos como hermanos míos, porque son hijos del mismo Dios Padre, y porque Dios los ama igual que a mí.

El amor a Dios no debe tener medida: hay que amarlo “sobre todas las cosas y personas, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente”, mientras que el amor al prójimo tiene la medida del amor a sí mismo: Y al prójimo como a sí mismo”; aunque Jesús más allá: “Ámense unos a otros como yo los amo”.

El amor al prójimo por encima del amor a Dios, o sin amor a Dios, o en contra de Dios, es egoísmo e idolatría, que termina en traición ante la menor dificultad.

Quien no ama a Dios y al prójimo, se hace el máximo daño a sí mismo, pues prescindiendo de esos amores, se cierra a la eternidad del amor y de la felicidad.

El amor es lo que más necesitamos los humanos: amar y ser amados. Más que dinero y salud, placer o poder, necesitamos amor recíproco. Porque sólo en el amor verdadero se halla la felicidad, la libertad y la paz que ansiamos, tanto en el tiempo como en la eternidad. “Se haría detestable quien quisiera comprar el amor con dinero”.

Son muy pocos los que descubren y viven el verdadero amor. La gran mayoría se deja engañar por apariencias o sustitutos del amor, productos del egoísmo, que se disfraza bajo el sagrado nombre del amor. Gran engaño para la persona, la familia, la juventud, la sociedad.

El mandamiento del amor es el más quebrantado de todos, incluso por gran parte de los cristianos, al olvidar que la esencia de la vida cristiana es el amor auténtico a Dios y al prójimo. Por eso es decisivo cuestionarnos si de veras amamos a Dios sobre todas las cosas y personas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios, y no darlo por supuesto.

El amor a Dios y al prójimo equivale al verdadero amor hacia uno mismo, pues esos dos amores son los únicos que nos hacen felices en el tiempo y en la eternidad. Decía el Cura de Ars: “No hay felicidad más grande en este mundo que la de amar a Dios y sentirse amados por él”.

El amor a Dios se cultiva considerando sus maravillas y sus inmensos beneficios gratuitos, que nos demuestran su infinito amor hacia cada uno de nosotros. El amor es nuestra vocación y misión, nuestra felicidad en el tiempo y en la eternidad.

Éxodo 22, 20-26

Éstas son las normas que el Señor dio a Moisés: “No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No harás daño a la viuda ni al huérfano. Si les haces daño y ellos me piden auxilio, Yo escucharé su clamor. Entonces arderá mi ira, y Yo los mataré a ustedes con la espada; sus mujeres quedarán viudas, y sus hijos huérfanos. Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol, porque ese es su único abrigo y el vestido de su cuerpo. De lo contrario, ¿con qué dormirá? Y si él me invoca, Yo lo escucharé, porque soy compasivo”.

Ya en el Antiguo testamento Dios manda no maltratar al extraño, al extranjero, porque también es hijo de Dios, y como tal merece respeto y amor. Y también prescribe no aprovecharse de la debilidad y necesidad de las viudas, niños y pobres, pues, si lo invocan, él mismo Dios saldrá en su favor y devolverá a los explotadores los sufrimientos que infligen a los débiles e indefensos.

Mas para que Dios salga a favor de los débiles y explotados, y en contra de los explotadores y corruptos, es necesario que los afligidos invoquen al Señor, en lugar de maldecir a quienes les hacen daño, y menos maldecir al mismo Dios porque no castiga o impide el mal, pues lo cierto es que Dios sufre con los que sufren, y transformará en felicidad el sufrimiento de quienes lo invocan.

Jesús ratificará: “Todo lo que hagan a uno de estos mis pequeños, a mí me lo hacen”; “tuve hambre y sed, estuve desnudo, encarcelado, enfermo... y ustedes me socorrieron... Vengan, benditos de mi Padre”. Mientras los que hacen sufrir serán rechazados por Dios: “Vayan, malditos, al tormento eterno”.

El Pan de la Palabra y el Pan eucarístico tienen eficacia salvífica si a la vez se vive la comunión con el necesitado, que es el sacramento del prójimo.

Tesalonicenses, 1, 5-10

Hermanos: Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes. Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo. Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya. En efecto, de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto. Ellos mismos cuentan cómo ustedes me han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien Él resucitó de entre los muertos y que nos libra de la ira venidera.

El mayor servicio que se puede hacer al hombre, es comunicarle la Palabra salvadora de Dios. San Pablo consideraba la evangelización como un verdadero culto, pues constituye el servicio al hombre en su máxima necesidad: la salvación eterna, sin la cual de nada le vale haber nacido y gozado de la vida temporal.

La Palabra de Dios es el sacramento universal de salvación que todo el mundo puede recibir y que todos podemos administrar con la vida, el ejemplo y la palabra. Todos podemos decir con verdad como san Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!”

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 19, 2008

AMOR A DIOS y AMOR SOCIAL

AMOR A DIOS y AMOR SOCIAL

Domingo 29º del tiempo ordinario-A / 19-10-08

Los fariseos se reunieron para ver juntos el modo de atrapar a Jesús en sus propias palabras. Le enviaron, pues, discípulos suyos junto con algunos partidarios de Herodes a decirle: Maestro, sabemos que eres honrado, y que enseñas con sinceridad el camino de Dios. No te preocupas por quién te escucha, ni te dejas influenciar por nadie. Danos, pues, tu parecer: ¿Está contra la Ley pagar el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no? Jesús se dio cuenta de sus malas intenciones y les contestó: ¡Hipócritas! ¿Por qué me provocan? Muéstrenme la moneda que se les cobra. Y ellos le mostraron un denario. Entonces Jesús preguntó: ¿De quién es esta cara y el nombre que lleva escrito? Contestaron: Del César. Jesús les replicó: Paguen, pues, al César lo que es del César, y den a Dios lo que es de Dios. Mateo 22, 15-22.

Los judíos le tienden a Jesús en una trampa política para hacerlo caer y así tener un pretexto para condenarlo, como ya lo tenían decidido. Pero Jesús los sorprende con una respuesta que no se esperaban: a cada cual lo suyo.

Los cristianos pertenecemos a la Iglesia y a nuestro país, a Dios y a la sociedad. Trabajamos por establecer el reino de Dios en un ambiente humano concreto. Tenemos que responder positivamente a Dios y a las autoridades humanas legítimas.

En el Catecismo de la Iglesia se dice que es un deber del cristiano pagar impuestos; como es también un deber exigir al gobierno que utilice los impuestos en favor del pueblo, del bien común, con justicia, y no vayan a engrosar las cuentas individuales.

El cristiano tiene que dar al Estado lo que es del Estado y a Dios lo que es de Dios. Aunque Dios no pide, fuera del amor, pues todo es suyo. Pide que gocemos con gratitud y orden sus dones y apoyemos al prójimo, no sólo con bienes materiales, sino con valores indispensables, como son la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y el amor, la solidaridad y el progreso, la fe y la salvación . Lo que hacemos por el prójimo, Dios lo considera hecho a Él.

El cristiano no puede ser insensible frente a las injusticias, atropellos, violaciones, mentiras, manipulaciones, corrupción, guerras…, que sufren sus hermanos. No puede cruzarse de brazos esperando a que actúen los otros allí donde él puede y debe actuar.

Un ciudadano cristiano que educa y cuida bien a sus hijos, y un político que se interesa de verdad por el bien del pueblo, por la paz y la justicia, hacen buena política, que es a la vez testimonio de su fe y expresión de su amor social anclado en el amor a Dios. Así comparten el proyecto del Reino de Dios, encarnándolo en el proyecto de la sociedad familiar y civil.

El reino de Dios y el servicio al prójimo empiezan por casa y se extienden a todo nuestro ámbito de acción e influencia, mediante la fe demostrada con las obras.

La fidelidad total a esta doble relación de amor a Dios y a la sociedad puso a Jesús en el camino de la cruz, que es camino hacia la resurrección. Lo mismo les sucedió, sucede y sucederá a muchos otros a través de los siglos, en especial a los mártires, que compartieron y comparten hoy heroicamente la cruz de Cristo, para compartir gloriosamente su resurrección.

Ése es también nuestro camino, si queremos vivir el sentido total y feliz de nuestra existencia en la tierra y alcanzar el éxito final a través de la cruz ofrecida cada día, rumbo a la resurrección y a la gloria eterna. No es cristiano temer la muerte sin la esperanza de la resurrección. Es inútil buscar otros caminos, pues no existen.

La coherencia cristiana consiste en preocuparse, como Cristo, por el reino de Dios y el bien social, el bien de los hermanos, que son hijos de Dios. El amor social es amor cristiano al por mayor. Es compartir ampliamente el amor universal de Dios Padre, que es Amor.

Sin embargo, el máximo bien que podemos hacer al prójimo es ayudarle a conseguir la salvación eterna, pues “¿de qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” El bien temporal y la salvación eterna van unidos, y se separan, se pierden ambos.

Isaías 45, 1. 4-6

Así habla el Señor a su ungido, a Ciro, a quien tomé de la mano derecha, para someter ante él a las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas de las ciudades, de manera que no puedan cerrarse. Por amor a Jacob, mi servidor, y a Israel, mi elegido, yo te llamé por tu nombre, te di un título insigne, sin que tú me conocieras. Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí. Yo te hice empuñar las armas, sin que tú me conocieras, para que se conozca, desde el Oriente y el Occidente, que no hay nada fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.

Ciro era un rey pagano que no conocía a Dios, y sin embargo Dios lo tenía de su mano sin que Ciro se diera cuenta, para que realizara los planes divinos a favor del pueblo elegido. Un pagano entra en el plan salvador de Dios, como muchas otras veces ha sucedido y sigue sucediendo en la historia de la salvación a favor de la humanidad.

Los creyentes en Cristo resucitado, presente y operante en la Iglesia y en el mundo, conductor de la historia, tenemos que saber descubrir su obra incluso allí donde menos se puede esperar humanamente, e incluso donde se le niega; y secundarlo según nuestras posibilidades.

Millones de personas son instrumentos elegidos por Cristo, sin que lo conozcan, para implantar en el mundo los valores de su reino de verdad y justicia, de paz y libertad, de solidaridad y progreso; y contribuyen también a la salvación eterna de la humanidad.

Pensemos tan sólo en los maravillosos medios de comunicación social, -en gran parte obra de no creyentes- que pueden multiplicar casi al infinito para la humanidad la Palabra salvadora de Dios, y por tanto la salvación, además posibilitar muchos otros inmensos bienes.

Pero los creyentes no podemos conocer al único Dios sólo por lo que hemos oído y leído, sino por la experiencia amorosa de su acción entre nosotros, en la historia de cada día, en la oración. El conocimiento real de Dios sólo puede realizarse en el amor, la gratitud y el gozo.

Tesalonicenses 1, 1-5

Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesalónica, que está unida a Dios Padre y al Señor Jesucristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz. Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes, cuando los recordamos en nuestras oraciones, y sin cesar tenemos presente delante de Dios, nuestro Padre, cómo ustedes han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia. Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones.

Sólo hay verdadera Iglesia si está unida en Cristo resucitado presente, como hay verdadero cristiano sólo si está unido a Cristo. No basta la unión amistosa en las actividades pastorales y litúrgicas externas, pues resultan fidedignas y salvíficas solamente cuando brotan de esa unión interior en Cristo: “Padre que sean uno para que el mundo crea”. “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada”.

La fe viva se manifiesta con obras; el amor, con el esfuerzo valiente por el bien y la salvación de los otros; y la esperanza pascual en Cristo resucitado, con una firme constancia.

Sabemos que somos elegidos de Dios si hemos acogido el Evangelio, no sólo como palabras, teorías y ritos, sino como verdadera Palabra de Dios dirigida con amor a cada uno, acogida y puesta en práctica gracias a la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Pero la unión en Cristo –a pesar de que es un don misterioso de Dios- también necesita cauces humanos para sostenerse y crecer: la oración, la información, la comunicación, el diálogo en clima fraternal, la fe pascual en el Resucitado presente y operante.

La Iglesia es la asamblea de los convocados por Cristo a través de los pastores, no sólo por los pastores. Sin fe viva en esta verdad, la Iglesia sería una simple asociación.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 12, 2008

Muchos son llamados, mas pocos escogidos.

Muchos son llamados, mas pocos escogidos

28º domingo tiempo ordinario - A / 12-10-2008

Mateo 22: 1 - 14

Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: "Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda." Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: "La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda." Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

Isaías 25: 6 - 10

Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados; consumirá en este monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todos los gentes; consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado. Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación.» Porque la mano de Yahveh reposará en este monte, Moab será aplastado en su sitio como se aplasta la paja en el muladar.

Filipenses 4: 12 - 14, 19 - 20

Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. Y mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús. Y a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Sunday, October 05, 2008

ELEGIDOS y RECHAZADOS

ELEGIDOS y RECHAZADOS

27º domingo tiempo ordinario - A / 5-10-2008

En aquel tiempo dijo Jesús a los sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchen este otro ejemplo: Había un propietario que plantó una viña. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló a unos labradores y se marchó a un país lejano. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, el dueño mandó a sus sirvientes que fueran donde aquellos labradores y cobraran su parte de la cosecha. Pero los labradores tomaron a los enviados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores más numerosos que la primera vez, pero los trataron de la misma manera. Por último envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los trabajadores, al ver al hijo, se dijeron: “Ese es el heredero. Lo matamos y así nos quedamos con su herencia”. Lo tomaron, pues, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Ahora bien, cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con esos labradores? Le contestaron: Hará morir sin compasión a esa gente malvada, y arrendará la viña a otros labradores que le paguen a su debido tiempo. Jesús agregó: ¿No han leído cierta Escritura? Dice así: “La piedra que los constructores desecharon, llegó a ser la piedra angular del edificio; esa fue la obra del Señor y nos dejó maravillados”. Ahora, yo les digo a ustedes: Se les quitará el Reino de los Cielos, y será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos. Mateo 21, 33-43

La parábola, dicha a un grupo de sacerdotes, escribas y fariseos, es un serio toque de atención para cada uno de nosotros, llamados a trabajar con ilusión y seriedad por la salvación de los demás y la propia. Y no se trata sólo de una simple invitación, sino de un gran privilegio: compartir con Cristo el misterio de la redención en el tiempo y lugar donde nos ha tocado vivir, trabajar, amar, gozar y sufrir, y así acceder a la vida eterna.

Es una llamada de atención a cada uno de nosotros, pues podemos rechazar con la indiferencia o el desprecio a los mensajeros que Dios nos envía, y en ellos a su propio Hijo, Jesús, creyéndonos los únicos propietarios de nuestra vida, de la verdad, de la religión, proclamando a Dios con la boca y en los ritos, pero rechazándolo en la vida.

El mensaje positivo de la parábola es que Dios cuida con gran cariño a su pueblo, a cada uno de nosotros, dándonos grandes dones y posibilidades, el mayor de los cuales es su Hijo, que entregó por nuestra salvación y glorificación eterna.

No estamos en el mundo por casualidad, sino por deseo y amor expreso de Dios Padre, para que seamos testigos de su amor. Nuestra existencia está inscrita en el proyecto salvador de Dios: venimos de su amor infinito y nos llama al destino feliz que él nos ofrece con amor paterno en su casa eterna. Sólo nos pide que lo amemos como Padre y amemos los demás como hermanos - pues todos son hijos suyos-, ayudándoles a conseguir el máximo bien que pueden desear: la vida eterna.

Esta fe, hecha amor concreto, proyecta hacia la eternidad todo lo que hacemos, lo que somos, tenemos, amamos, sufrimos y gozamos. Y hace entrar la eternidad en el tiempo de nuestra vida para eternizarla.

Formar una familia, educar a los hijos, trabajar por el progreso, hacer política de paz, enseñar, socorrer, evangelizar: formas diversas de colaborar al plan salvífico de Dios, unidos a Jesús resucitado presente, la piedra angular rechazada por sus adversarios.

Sin embargo también podemos hacer fracasar el plan de Dios para nosotros y para otros, rechazando a Dios en la vida, en la familia, en trabajo, en la vida sacerdotal o consagrada, e incluso en las prácticas de piedad, aunque aparentemos lo contrario.

Pero Dios no nos impone la salvación, sino que desea la aceptemos y colaboremos libremente con su Hijo en la salvación de los otros; y si no respondemos a su invitación, confiará nuestra misión a otros que produzcan mejores frutos. Nos conviene pensarlo en serio, pues nos jugamos la vida temporal, volviéndola inútil, y la eterna.

Nuestra felicidad, gloria y salvación consisten en reconocer, agradecer, valorar y hacer producir los dones que Dios nos dio, que son otras tantas grandes posibilidades para el bien. Entre ellos: la oración, el ejemplo, el sufrimiento ofrecido, la palabra, las buenas obras, en unión con Cristo resucitado presente, nuestra Piedra angular.

Isaías 5, 1-7

Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas; edificó una torre en medio de ella y también excavó un lagar. Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios? Y ahora les haré conocer lo que haré con mi viña: quitaré su valla, y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada. La convertiré en una ruina, y no será podada ni escardada. Crecerán los abrojos y los cardos, y mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella. Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. ¡Él esperó de ellos equidad, y hay derramiento de sangre; esperó justicia, y hay gritos de angustia!

Toda la Biblia ha sido escrita para instrucción de cada uno de nosotros, a fin de que llevemos una vida que agrade a Dios y nos disponga a recibir el premio de la gloria eterna con él.

Este pasaje de Isaías nos declara con cuánto amor y cuántos cuidados nos trata Dios, para que produzcamos frutos de vida eterna, y no para él, sino para nosotros y los demás, pues su voluntad es que nos salvemos y ayudemos a otros a salvarse.

Pero nosotros podemos hacer fracasar el amor, los cuidados y las esperanzas de Dios sobre nosotros y para nosotros, y llevar nuestras vidas al fracaso eterno, si no reconocemos ni agradecemos ni hacemos producir esos dones y cuidados que Dios nos dispensa, y si los utilizamos y disfrutamos a sus espaldas y en contra de su voluntad.

Dios tiene paciencia infinita, pero si nosotros no reaccionamos para rectificar una eventual conducta desviada, con rechazo al amor de Dios, nuestro bien supremo, y con desinterés por nuestro destino eterno, él también tiene derecho a volvernos la espalda abandonándonos a nuestros egoísmos y disfrutes abusivos de los dones que nos dio.

Démonos cuenta de que una fe sin amor ni gratitud y obediencia a Dios, y sin amor real al prójimo, es una fe engañosa y escandalosa, que no puede salvar, sino que condena. Correspondamos al gran cariño y generosidad de Dios: vivamos según su querer.

Filipenses 4, 6-9

Hermanos: No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús. En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con ustedes.

“Nuestro corazón anda inquieto mientras no descansa en Dios”, decía san Agustín. Sólo la confianza en Dios nos asegura la serenidad, la paz y la esperanza en medio de las luchas, las dudas, las desgracias, las alegrías, pues esa confianza nos da la seguridad de que “todo concurre al bien de los que aman a Dios”. La confianza es fruto del amor.

Con la confianza en Dios y la perspectiva de la eternidad feliz, todo se hace relativo, pues los bienes más grandes de este mundo terminan esfumándose, y los sufrimientos más penosos se convierten en fuentes de felicidad eterna, e incluso temporal.

Por tanto, no debemos preocuparnos, sino sólo ocuparnos en vivir unidos a Cristo y en realizar todo lo que es bueno, justo, verdadero, laudable, virtuoso..., y así nos dispongamos para recibir el premio eterno. Nada de angustias, que resultan totalmente inútiles.

Es necesario recurrir a la oración como verdadero encuentro de amistad filial con Dios, que nos toma a su cuidado paternal, y no permitirá que se nos caiga ni un cabello sin que él lo disponga. Pero toda oración debe ir precedida por la acción de gracias, que es la oración que más le agrada a Dios y que más bendiciones nos asegura.

P. Jesús Álvarez, ssp.