Tuesday, June 29, 2010

Tan distintos y tan unidos!!!

Tan distintos y tan unidos!!!

Santos Pedro y Pablo / 29 de junio de 2010.

Mateo 16: 13 - 19

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas. Díceles él: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

En la historia de la Iglesia ha habido grandes pecadores que terminaron siendo grandes santos y apóstoles. Y entre los primeros fueron San Pedro y San Pablo.

Pedro traicionó cobardemente al Maestro negando haberlo conocido. Pero toda su vida lloró amargamente su pecado, cuyo recuerdo fue un gran estimulo para mantenerse en el amor fiel al Maestro hasta el martirio.

Y Pablo, sin conocer directamente a Cristo, lo persiguió cruelmente en sus seguidores, y él mismo confiesa que había sido un blasfemo, indigno de llamarse apóstol. Pero ambos fueron cautivados por el sublime amor de Cristo.

Pedro hizo tres confesiones de amor a Jesús en reparación de las tres negaciones. Y Pablo llegó a confesar: “Todo lo considero basura comparado con el amor de Cristo”. En los dos se cumplió de modo admirable la palabra de Jesús: “Ha amado mucho porque se le ha perdonado mucho”.

A Jesús no le importa el pasado de pecado si es sepultado por un presente y un futuro de amor. Y los dos sellaron su amor total a Cristo con el martirio, la máxima expresión de amor, como Jesús lo confirma: “No hay amor más grande que el de quien da la vida por quienes ama”.

Si entre las dos columnas de la Igleisa ha habido diferencias y fallos, ¿por qué extrañarse tanto de que siga habiéndolos? El verdadero Jefe y conductor de la Igleisa no fue Pedro ni Pablo ni es Benedicto, sino Cristo resucitado en persona, que va al frente de su Pueblo hacia el reino eterno, guiando a los guías, y ninún jefe ni fuerza de este mundo podrá detener su marcha triunfal.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 27, 2010

Exigencia e intransigencia

Exigencia e intransigencia


Domingo XIII del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 27 de Junio de 2010.


Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma? Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. (Lucas 9,51-62).



Jesús sube hacia Jerusalén decidido a morir por la salvación de todos los hombres, por cada uno de nosotros. Los discípulos no entienden y le siguen temerosos. Pero cuando los samaritanos les niegan hospedaje, se enfurecen y pretenden defender al Maestro eliminando a los samaritanos con una lluvia de fuego.



En realidad están cediendo a la intransigencia y al ancestral desprecio mutuo entre los judíos y los samaritanos. Sus actitudes violentas no tienen nada de cristianas, no tienen nada que ver con Cristo y con su misión redentora.



Jesús ha venido para salvar, no para condenar; para abatir las barreras que separan a los hombres, no para destruir a los hombres; para ser exigente, pero no intransigente; para promover el perdón y la paz, y no la violencia. Ha venido para usar el poder de Dios en favor de los hombres, y no en contra de ellos. Ha venido para ser misericordia universal de Dios en favor de buenos y malos.



También nosotros, cristianos, tenemos que verificar si reflejamos en nuestra vida y relaciones la semejanza con Cristo por la unión real con él.



Jesús es indulgente incluso con sus enemigos, pero es exigente con sus seguidores: “Si alguien quiere ser discípulo mío, tome su cruz cada día y me siga”.



Jesús no es exigente por gusto, sino porque quiere para los suyos lo mejor: el ciento por uno y la vida eterna, que sólo con la exigencia pueden conseguir. Quiere que los suyos pisen sus huellas subiendo al calvario, porque ése es el único camino real de la resurrección, de la vida y de la gloria eterna.



Pero no es cuestión de que el cristiano piense y viva sólo en la cruz, sino sobre todo en una vida pascual, gozosa con Cristo Resucitado, que alivia la cruz y da al calvario el esplendor de la resurrección y de la gloria eterna.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 20, 2010

¿Quién dice la gente que soy yo?

¿Quién dice la gente que soy yo?

Domingo XII del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 20 de Junio de 2010.

Lucas 9:18-24

Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos respondieron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado. Les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contestó: El Cristo de Dios. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día. Decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Zacarías 12: 10 - 11

Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito. Aquel día será grande la lamentación en Jerusalén, como la lamentación de Hadad Rimmón en la llanura de Meguiddó. Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.

Gálatas 3: 26 - 29

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa.

Sunday, June 13, 2010

A MUCHO PERDÓN, MUCHO AMOR

A MUCHO PERDÓN, MUCHO AMOR


Domingo XI del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 13 de Junio de 2010.


En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se puso a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás Junto a sus pies, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies, se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora». Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió:«Dímelo, maestro». Jesús le dijo:«Un prestamista tenia dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó:«Supongo que aquel a quien le perdonó más». Jesús le dijo; «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:«Simón, ¿ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».Y a ella le dijo:«Tus pecados están perdonados». Los demás invitados empezaron a decir entre si:«¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer:«Tu fe te ha salvado: vete en paz». Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Heredes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. (Lucas 7, 36 - 8, 3).


Jesús asumió una nueva actitud frente a los pecadores, que las autoridades religiosas consideraban indignos de ser amados, considerados, acogidos, y sólo dignos de rechazo y desprecio. Hasta el punto que Jesús debió aclarar: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Los escribas y fariseos se consideraban a si mismos “los justos”.

Aquella mujer, como pecadora pública era despreciada y marginada por los “buenos”, o más bien puritanos, que se escandalizan de que Jesús acepte aquellas atenciones “fuera de lugar” y de tal pecadora, que por el arrepentimiento, la conversión y el gran amor, ya estaba más limpia y era más justa que sus delatores. Era ya una “pecadora buena”. Amó mucho como gratitud por el perdón recibido.

En verdad que no hay motivo más grande para amar a Dios que su perdón por nuestros pecados. Perdón que merece una gratitud eterna, porque nos devuelve el derecho a la vida eternamente feliz en la Casa del Padre.

Pero Dios también se siente feliz perdonando: “Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos”. Y desea que también nosotros gocemos la gran felicidad de perdonar como él nos perdona. El perdón es la obra de amor más genuina, pues no está contagiada de egoísmo.

Pidamos a Dios que nos dé el gozo de perdonar “setenta veces siete”, porque ésa es la garantía para asegurarnos su perdón. Si perdonamos a quien Jesús perdona, él lo toma como si le perdonáramos a él mismo. “Todo lo que hagan a uno de éstos, a mí me lo hacen”. Por tanto, la mejor señal de que amamos a Dios es el perdón que damos a quienes nos ofenden.

Y la mejor señal de que Dios nos ama, es su perdón: “En esto reconozco que me amas: en que mi enemigo no prevalece sobre mí”. Nuestro enemigo es el pecado.
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Pero no caigamos en la ligereza de creer que Dios perdona todo sin condición alguna, y que la salvación la tenemos asegurada por más que pequemos. Él mismo nos lo dice bien claro: “Si ustedes no perdonan, no serán perdonados”. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Danos, Señor, la gracia y el gozo de saber perdonar, para que tú puedas tener el gozo de perdonarnos.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 06, 2010

PAN DEL CIELO PARA TODOS

PAN DEL CIELO PARA TODOS

Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo / 6 de Junio de 2010.

Jesús entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse. Después se recogieron los pedazos que habían sobrado, y llenaron doce canastos. (Lucas 9,11-17).

La multiplicación de los panes es un preanuncio de la Eucaristía, en la que se multiplica y se sirve el Pan de la Palabra y el Pan de la Vida, que, desde la Última Cena, es distribuido para salvación de los hombres en todos los tiempos y en todo el mundo, aunque todavía de forma muy limitada.

La Última Cena fue la primera Misa. Jesús estaba para regresar al Padre y su inmenso amor a los discípulos lo llevó a buscar una forma inaudita de quedarse con ellos y con nosotros para siempre: la Eucaristía, en la que cumple a la letra su promesa: “No teman: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

En la celebración de la Eucaristía todos estamos invitados a ejercer el sacerdocio real que el Espíritu Santo nos confirió en el bautismo, haciéndonos “pueblo sacerdotal”, “ofrenda permanente”, para compartir con Cristo la obra de la propia salvación, la salvación de la humanidad y de la creación entera.

En la Comunión se da la máxima unión entre Jesús y nosotros; una fusión como la del alimento: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. "Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él". “Quien me come, vivirá por mí”. Todo el que comulga con fe y amor, puede en verdad decir con san Pablo: “Ya no soy el que vive; es Cristo quien vive en mí”. Y se cumple la consoladora palabra de Jesús: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Creámosle a Jesús presente.

La comunión -unión real con Cristo-, requiere y produce la comunión fraterna, empezando por casa. No recibe a Cristo quien comulga y luego alimenta rencores, desprecios, violencia o indiferencia hacia el prójimo, con el que Cristo mismo se identifica: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”.

"Donde falta la fraternidad, sobra la Eucaristía", porque esa contradicción destruye la Eucaristía, que es fiesta de amor fraterno. Si los ojos de la fe y del corazón perciben a Cristo en la Eucaristía, también lo percibirán presente en el prójimo.

Quien comulga por costumbre, sin amor Cristo y al prójimo, merece la advertencia de san Pablo: “Quien come el Cuerpo de Cristo a la ligera, se come y traga su propia condena”. Decir que se cree en Jesús, y llevar luego una vida contraria a la suya, es estar en su contra: “Quien no está conmigo, está contra mí”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 30, 2010

LA TRINIDAD, NUESTRA FELICÍSIMA FAMILA ETERNA.


LA TRINIDAD, NUESTRA FELICÍSIMA FAMILA ETERNA.


Fiesta de la Santísima Trinidad / 30 de Mayo de 2010.


Dijo Jesús a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad." (Juan 16,12-15).

Como a los discípulos, también a nosotros nos queda mucho por conocer y vivir, en especial acerca del misterio de la Trinidad, que es vida, amor, belleza, saber y felicidad infinita en Familia, constituida por las tres Personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas tan unidas, que son un solo Dios.

Poco importa que no podamos comprender ni explicar el misterio de la Trinidad. Lo que sí importa es que podemos, por gracia de Dios, amar, adorar, gozar y tratar con todas y cada una de las tres divinas Personas de la Trinidad, ya en el tiempo y luego gozarlas por toda la eternidad. Ellas se abajan y se dignan habitar en nosotros como en su templo preferido. Sólo nos queda acogerlas con amor y gratitud.

Por amor Dios nos creó para que compartamos con él su vida, su amor, su belleza y su felicidad infinita en su eterna Familia Trinitaria. La Trinidad es nuestro felicísimo Hogar eterno. Pablo dice que “ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”; y: “Los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con los gozos que nos esperan”.

Jesús nos indicó bien claro cómo nos hacemos miembros de la felicísima Familia Trinitaria: “Éstos son mi madre, mi padre, mis hermanos y hermanas: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

En el paraíso de la Trinidad se gozan siempre nuevos cielos y deleites, alegrías, maravillas y bellezas interminables. El ansia de placer se sacia y se acrecienta sin fin. Mientras que fuera del paraíso, -en el infierno- se prueban siempre nuevos e insoportables sufrimientos, en cuya comparación los de esta vida no son nada.

Irreparable desgracia sería ignorar o infravalorar a nuestro glorioso destino eterno, y quedarnos fuera del Hogar, lo cual equivale al infierno, que es tormento indecible por haber perdido para siempre las personas, bienes y placeres terrenos y los eternos, a sí mismo y al propio Dios, nuestro Padre.

Más vale temer el infierno que caer en él. El infierno no deja de existir por no creer en él, sino que por no creer en él se arriesga caer en él.

Mientras que, a quien ama a Dios, él le dará –no obstante las cruces- el ciento por uno aquí en la tierra en bienes, personas y gozos, y se los multiplicará al infinito para siempre en la Familia Trinitaria.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 23, 2010

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


¡VEN, ESPÍRITU SANTO!

Pentecostés / 23-05-2010.

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos". (Juan. 20,19-23).

El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es quien hizo surgir toda la creación y la conserva en vida. El Espíritu Santo se presentó en forma de paloma en el bautismo de Jesús; el día de Pentecostés se manifestó también en forma de llamas de fuego y viento fuerte.

La Biblia y la Liturgia nombran muchos otros signos bajo los cuales se manifiesta el Espíritu Santo: vida, fuego, luz, calor, agua, don, consuelo, dulce huésped, descanso, brisa, gozo, aliento, fortaleza, amor, libertad, paz; y su misión es dar vida, crear, enriquecer, alentar, regar, sanar, lavar, guiar, transformar, liberar, repartir dones, salvar, resucitar…

Jesús dice a sus discípulos –y hoy a nosotros-: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. No se trata una consigna en exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compromete a toda la comunidad, a todo cristiano, por el hecho de ser cristiano, nombre que significa “portador de Cristo”, “testigo de Cristo”, “persona unida a Cristo”.

Como el miedo “encerró” a los discípulos de Jesús, así sucede a los pastores y fieles que no creen que Cristo resucitado está presente en medio de ellos con su Espíritu, para darles paz, alegría, fortaleza, y conceder eficacia salvadora a sus vidas y obras. Esa incredulidad los reduce a la inutilidad.

Ser testigos de Jesús no consiste sólo en repetir sus palabras y su doctrina, sino en imitarlo en sus actitudes y obras, acogerlo en la vida, darlo a conocer; lo cual sólo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”. Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.

A pesar de ser débiles, pecadores y deficiente en todo, Jesús nos encomienda su misma misión que antes había confiado a los apóstoles, en un mundo donde imperan las poderosas fuerzas del mal, que nos superan con mucho. Pero si nos encarga su misma misión como a los apóstoles, también pone a nuestra disposición los dones y carismas necesarios para realizarla, como lo hizo con ellos.

Jesús nos envía el Espíritu Santo y viene con él para que produzcamos mucho fruto, asegurado con promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Por eso nuestra primera y principal ocupación y preocupación tiene que ser ante todo la de vivir unidos a Cristo resucitado presente; todo lo demás es relativo, por muy bueno que sea, e incluso inútil sin Cristo: “Sin mí no pueden hacer nada”. Se entiende en orden a la salvación propia y ajena.

San Pablo nos asegura la meta y el premio: “El mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también sus cuerpos mortales por obra de su Espíritu que habita en ustedes”. Ése es nuestro glorioso destino, por el que debemos jugarlo todo.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 16, 2010

EL ÉXITO TOTAL DE JESÚS


EL ÉXITO TOTAL DE JESÚS


Ascensión del Señor / 16 de Mayo de 2010.


Les dijo Jesús a sus discípulos: Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Ahora yo voy a enviar sobre ustedes al que mi Padre prometió. Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. (Lucas 24,46-53).



La Ascensión de Jesús constituye la cumbre de nuestra esperanza cierta: llegar, en unión con él y como él, a la resurrección y la eterna felicidad en la Casa del Padre.



“Subir al cielo” equivale al éxito total y final de la existencia humana; éxito que nos mereció Jesús con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección; éxito que nosotros secundamos mediante las obras de bien y los padecimientos inevitables y la muerte, asociados a la cruz de Cristo; éxito que equivale a un salto inaudito en calidad de vida para mejor.



La misión de Cristo Jesús en esta vida estuvo hecha de amor, alegrías, penas y obras según la voluntad del Padre; y su misión es también nuestra misión, en las mismas condiciones, camino del éxito final de nuestra existencia.



Jesús ascendió al reino de los cielos después de haber echado las bases del reino de Dios en la tierra. Así nos enseña que el acceso al reino de Dios en los cielos sólo es posible a través del esfuerzo serio y eficaz con Jesús por implantar el reino de Dios en el hogar, en la sociedad y en el mundo.



En el testamento de Jesús el día de la Ascensión, nos dejó una consigna inaplazable para todos sus discípulos de ayer, de hoy y de siempre: compartir con Él su misión de evangelizar a todas las gentes, mediante la oración, el sufrimiento ofrecido, el ejemplo, la palabra, la acción y con todos los medios a nuestro alcance. Evangelizar a “todas las gentes” empieza por nosotros mismos, por el hogar, el trabajo, el centro de estudios, la política...



Alcanzamos a todo el mundo de manera especial en la Eucaristía, que nos hace posible compartir con Cristo su acción salvadora universal: “Cuerpo y Sangre ofrecidos por todos los hombres”. Él nos garantiza: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, aunque no sepamos dónde, ni cómo, ni a quién llega salvación que Cristo realiza con nosotros y a través de nosotros.



Por otra parte, estaba reservada a nuestros tiempos la extraordinaria posibilidad de realizar al pie de la letra el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio", a través de los medios de comunicación social.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Thursday, May 13, 2010

EL PAPA EN FÁTIMA


EL PAPA EN FÁTIMA


Viajando hacia Fátima, el Papa subrayó que las visiones que tuvieron Jacinta, Francisco y Lucía hablaban "de sufrimientos de la Iglesia que se anunciaban". "El Señor ha dicho que la Iglesia sufrirá hasta el fin del mundo. Y esto lo vemos hoy de manera particular".



"Hoy las mayores persecuciones contra la Iglesia no vienen de fuera, sino de los pecados que están dentro de la propia Iglesia", añadió en clara alusión al escándalo de pederastia que sacude a la Iglesia y que el Pontífice no ha dudado en calificar de "realmente aterrador".



Para hacer frente al escándalo de abusos sexuales cometidos por sacerdotes que sufre la Iglesia, Benedicto XVI citó "la penitencia, la ración, la aceptación, el perdón que hay que dar, pero también la necesidad de Justicia, porque el perdón no sustituye la Justicia".




La Virgen de Fátima



(13 de Mayo)


Lucía, Francisco y Jacinta eran pastores, analfabetos, pobres. Lucía, la mayor, tenía 10 años cuando en 1916 un ángel se les apareció varias veces para preparar las apariciones de la Virgen. Les enseñó esta oración: “Dios mío, yo creo en ti, espero en ti y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no esperan y no te aman”.





Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1916 suceden las 6 apariciones de la Virgen, que les pide orar y ofrecer sus sufrimientos por la salvación del mundo. Al poco tiempo Francisco y Jacinta se fueron con la Señora al cielo, mientras que Lucía alcanzó en el paraíso a sus compañeros videntes el 13 de febrero del 2005, a los 97 años, en el convento de las carmelitas de Coimbra (Portugal).



En 1998, dialogando con los cardenales Antony Padiyara, de la India, y Ricardo Vidal, de las Islas Filipinas, quienes le preguntaron si el “tercer secreto” de Fátima tenía que ver con el Concilio Vaticano II, la religiosa se limitó a responder: «No puedo contestar». A la pregunta sobre si dicho secreto está en el Apocalipsis, sor Lucía aclaró: «Nuestra Señora no dijo que estuviera en el Apocalipsis». Al preguntarle si el Papa podría dar a conocer el secreto, Lucía respondió con toda sencillez que “el Papa puede revelarlo si quiere, pero yo le aconsejo que no lo revele. Y si él decide hacerlo, le aconsejo que tenga mucha prudencia». Y cuando le preguntaron si continuaba teniendo apariciones de Nuestra Señora, respondió: «¡Qué curiosos!... No puedo responder».

Sunday, May 09, 2010

El que me ama guardará mi palabra


El que me ama guardará mi palabra.


DOMINGO VI DE PASCUA - Ciclo “C” - 09 - 05 - 2010.


Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que ustedes están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy; no la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto, antes de que suceda, para que cuando suceda, entonces crean».


Apocalipsis 21, 10-14. 22-23

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe cristalino.Tenía una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la ciudad se asentaba sobre doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. No vi ningún templo en la ciudad, porque su templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre; porque la gloria de Dios la ilumina, y su lampa raes el Cordero.

Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29

En aquellos días, algunos que bajaron de Judea a Antioquía se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta: «Los apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de Antioquia, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, los han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, quienes les transmitirán de viva voz lo siguiente: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre de animales estrangulados y de la fornicación. Harán bien en apartarse de todo esto. Que les vaya bien».

Sunday, May 02, 2010

Un Mandamiento Nuevo


Un Mandamiento Nuevo

DOMINGO V DE PASCUA - Ciclo “C” / 02-04-2010.



Juan 13,31-33.34-35.

Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros".

Hechos de los Apóstoles 14,21b-27

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfília. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.

Apocalipsis 21, l-5a

Yo, Juan, ví un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han desaparecido, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios entre los hombres: habitará con ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Él secará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque todo lo antiguo ha pasado». Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

De camino hacia su glorificación por la muerte y la resurrección, Jesús deja a los discípulos su testamento de amor: "Ámense unos a otros como yo los amo”.
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No se trata de un consejo, sino de un mandato, síntesis de todos los mandamientos. Cumplido ese mandato, todos los demás están cumplidos: “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. Sólo puede salvar y salvarnos el amor salvífico al prójimo fundado en el amor de gratitud a Dios.

El amor humano goza con las cualidades de las personas y las cosas; y el amor cristiano goza identificándose con las personas amadas, con sus ideales y necesidades. Este es el amor verdadero que da plenitud a la vida, nos hace adultos, nos salva y da fuerza de salvación a nuestra vida y obras. A este amor se refiere San Pablo cuando dice: “Si no tengo amor, nada soy”. (1 Corintios 13).

El amor cristiano tiene tres grados: amar al prójimo como a nosotros mismos; amarlo como amamos a Jesús, presente en el prójimo; amarlo como Jesús lo ama: “Ámense unos a otros como yo los amo”. Este tercer grado es el amor pleno, imitación del amor de Cristo.

Este amarse como Jesús nos ama, testimonia la presencia de Cristo resucitado en y entre quienes lo aman. “La señal por la que conocerán que ustedes son discípulos míos, será que se amen unos a otros”. Ningún otro signo es convincente si falta éste. Ni siquiera la Eucaristía, que puede hacerse escándalo si no se celebra y vive con amor fraterno y por amor a Cristo.

El amor cristiano es la característica original del creyente ante las demás religiones.

Sólo el amor verdadero a Dios y al prójimo nos puede merecer la felicidad en esta vida, y al final, la vida eterna a través de la resurrección. Nada es tan grave como no vivir en ese amor. Es necesario pedirlo y cultivarlo.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, April 25, 2010

Buen pastor y buenos pastores


Buen pastor y buenos pastores


Domingo 4º de Pascua / 25-4-2010.


47ª Jornada Mundial de Oración por las vocaciones.


En aquel tiempo dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más fuerte que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa. (Juan. 10,27-30).

Las ovejas de Jesús, sus verdaderos seguidores, conocen, escuchan y obedecen la voz de Jesús, Buen Pastor, y lo siguen, como las ovejas escuchan y obedecen a su pastor. Y como las ovejas están seguras de que el pastor las llevará por buenos caminos y a buenos pastos, así el verdadero cristiano sabe que Cristo lo llevará por caminos seguros a los prados eternos.

Jesús aclara qué significa ser sus ovejas: escuchar su voz, ser conocidos y amados por él, conocerlo con un conocimiento amoroso, y seguirlo como pastor y Maestro, Camino, Verdad y Vida. Con el símbolo de las ovejas y del buen pastor, Jesús expresa la intimidad de las relaciones entre él y sus verdaderos discípulos de todos los tiempos.

Seguir a Jesús es mucho más que creer unas verdades, cumplir unas normas, celebrar ritos y hacer prácticas de piedad: es aceptar su forma de vida, sus sentimientos, sus criterios, su manera de ser, de pensar, de hacer y de amar. Es aceptarlo y acogerlo a él como Persona viva, amabilísima, presente y actuante, manteniendo con él una relación íntima, confiada, asidua, gozosa. En eso consiste la vida plena y feliz que Jesús nos da en el tiempo y en la eternidad.

El Buen Pastor ha querido la colaboración de otros “pastores”: el Papa, los obispos, los sacerdotes, misioneros, diáconos, catequistas, comunicadores, escritores, autoridades, profesores, padres de familia, amigos..., para llevar a sus ovejas a buenos pastos. Las ovejas oirán y seguirán a los pastores cuya voz y conducta reflejen al Buen Pastor. Y habrá nuevos pastores que continúen su obra salvífica.

Sólo el Buen Pastor resucitado y presente, puede dar eficacia de salvación a nuestra vida y muerte, alegrías, sufrimientos, oración, palabras, acciones.

Por eso la primera tarea y compromiso primordial de los pastores consiste en estar unidos a Cristo, vivir en Cristo para engendrar a otros a la vida en Cristo. En eso consiste el éxito de la vida y de la misión de los pastores y fieles.

A cada uno de nosotros Dios nos ha asignado una “parcela de salvación”, para “pastorear”, formada por personas en cuya salvación nos ha encomendado colaborar. Tenemos que localizarlas, empezando por la propia familia, y comprometernos con ellas y por ellas.



P. Jesús Álvarez, ssp.



MENSAJE DE BENEDICTO XVI.



47ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

Tema: El testimonio suscita vocaciones


Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

La 47ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones… me ofrece la oportunidad de proponer a vuestra reflexión un tema en sintonía con el Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones.

La fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la calidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo.

Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que dos de sus discípulos “oyéndole decir esto, siguieron a Jesús” (Juan 1, 37).

También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés: Hemos encontrado al Mesías -que quiere decir Cristo- y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Juan 1, 45).

Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios.

Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de él la comunión y el diálogo incesante con Dios.

Si el sacerdote es el “hombre de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones.

Un aspecto, que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a la persona consagrada, es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Juan 13, 35).

Es importante llevar una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá: "Sí, éste puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir".

Esto vale también para la vida consagrada. La existencia misma de los religiosos y de las religiosas habla del amor de Cristo, cuando le siguen con plena fidelidad al Evangelio y asumen con alegría sus criterios de juicio y conducta. Su fidelidad y la fuerza de su testimonio, porque se dejan conquistar por Dios renunciando a sí mismos, sigue suscitando en el alma de muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, generosa y totalmente.

Imitar a Cristo casto, pobre y obediente, e identificarse con él: he aquí el ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y en la historia de los hombres.

Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la llamada universal a la santidad.


BENEDICTUS PP. XVI.

Sunday, April 18, 2010

ECHAR LAS REDES EN NOMBRE DE JESÚS

ECHAR LAS REDES EN NOMBRE DE JESÚS.



Domingo tercero de Pascua. / 18-4-2010.



Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.» Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca - pues no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla -; arrastraban la red llena de peces. Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y no se rompió la red a pesar de que hubiera tantos peces. (Juan. 21,1-19).



Jesús ha resucitado y de vez en cuando se aparece a los apóstoles en el período de 40 días. Ellos todavía no tienen claro qué deben hacer, y vuelven a su oficio de pescadores, con Pedro, ya reconocido como guía del grupo.



Pero Jesús está ausente. No pescan nada en toda la noche. Cuando el Maestro aparece en la orilla, no lo reconocen. Mas por indicación del desconocido echan las redes y hacen una pesca milagrosa. Entonces el discípulo amado sí reconoce a Jesús, y se lo dice a Pedro, que se echa al agua para llegar donde Jesús.



Jesús aprovecha el fracaso en la faena para darles - y darnos - una grande y decisiva lección, la misma que les había dado ya de palabra: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada”.



No basta estar en sintonía con los superiores religiosos para que nuestras vidas, obras y trabajo produzcan frutos de salvación. La unión entre los miembros de la Iglesia en torno a Pedro es indispensable, pero solamente la presencia del Resucitado y la unión vital con él produce frutos de vida eterna.
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Por falta de esta unión amorosa con Jesús vivo y presente, se dan acciones de catequesis, pastoral, evangelización, que no llevan al encuentro con Cristo, y lo único que suelen conseguir es velar todavía más el verdadero rostro del Maestro divino.



Jesús había llegado a la orilla del lago y ya tiene fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan; pero les pide que aporten a la comida fraterna algo del fruto de su trabajo. La colaboración de los discípulos con el Maestro es necesaria para continuar su obra salvadora. ¡Gran honor y noble responsabilidad!



Es indispensable la presencia actuante y la acogida de Jesús resucitado para que sea fecunda la vida y la misión de los discípulos. Sin unión afectiva y efectiva con él es inevitable el fracaso. Jesús es el único Salvador. Nosotros solos no podemos salvar a nadie; pero él sí puede salvar a través de nosotros.



Otra grande y decisiva lección se la da Jesús a Pedro, que se fía demasiado de sus fuerzas, de su saber y de su lealtad a Cristo: le da a entender que sólo quien ama a Jesús con humildad, puede ser constituido guía de sus hermanos para enseñarles a amar y a ser humildes seguidores de Cristo.



La obra evangelizadora, catequística o misionera sólo puede ser eficaz si es fruto de la unión y del amor verdadero a Jesús y a los hombres, por quienes él se encarnó, trabajó, murió y resucitó en aras de su amor universal.



Hechos 5,27-32.

El sumo sacerdote increpó a los apóstoles diciendo: "Les habíamos advertido y prohibido enseñar en nombre de ese. Pero ahora en Jerusalén no se oye más que su predicación, y quieren echarnos la culpa por la muerte de ese hombre." Pedro y los apóstoles respondieron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de un madero. Dios lo exaltó y lo puso a su derecha como Jefe y Salvador, para dar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de esto y lo es también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que le obedecen." Y mandaron entrar de nuevo a los apóstoles. Los hicieron azotar y les ordenaron severamente que no volviesen a hablar de Jesús Salvador. Después los dejaron ir. Los apóstoles salieron del Consejo muy contentos por haber sido considerados dignos de sufrir por el Nombre de Jesús.



Lo que no había logrado Jesús, lo consiguen los apóstoles por la acción del Espíritu Santo: “Ustedes han llenado Jerusalén con su enseñanza”, dice el sumo sacerdote, que creía que con haber asesinado a Jesús, acabaría todo. Ya él había dicho: “Harán cosas mayores que yo”.



Aquellos hombres, rudos e ignorantes, no sólo testimonian con intrepidez a Jesús resucitado, sino que enfrentan a los sacerdotes y escribas por haberle dado muerte. E intentan acallarlos como hicieron con el Maestro.



Mas los apóstoles, sin miedo alguno, responden sin retóricas: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y habiéndolos apaleado sin motivo – como sin motivo mataron a Jesús -, los sueltan, prohibiéndoles seguir predicando.



Los apóstoles, a imitación del Maestro en la pasión, no protestan por la paliza, sino todo lo contrario: “Salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. Y continuaron predicando en nombre del Resucitado.



Sacerdotes, catequistas, agentes de pastoral, padres y cristianos en general, ¿nos atrevemos a obedecer a Dios antes que a los hombres ante la alternativa?
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¿Y nos sentimos contentos de recibir ultrajes por ser fieles a Cristo? En eso se revela si nuestro ser cristiano es verdadero o simple apariencia.



Apocalipsis 5, 11-14.

Yo seguía mirando, y oí el clamor de una multitud de ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Eran millones, centenares de millones que gritaban a toda voz: Digno es el Cordero degollado de recibir poder y riqueza, sabiduría y fuerza, honor, gloria y alabanza. Y les respondían todas las criaturas del cielo, de la tierra, del mar y del mundo de abajo. Oí que decían: ‘Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos’. Y los cuatro Seres Vivientes decían ‘Amén’, mientras los Ancianos se postraban y adoraban.



El evangelista san Juan intenta una descripción de la infinita y eterna gloria de Jesús resucitado, merecida por haber sido degollado como un manso cordero.
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Toda la creación visible e invisible agradece y alaba incansablemente a su Hacedor por haberle dado la existencia con todo lo que ésta comporta, y por haberla destinado a compartir con él su eterna gloria.



Pero el hombre se atreve a desentonar en este concierto armonioso de la creación, negándose a bendecir y agradecer a Dios por haberle dado la vida, todo lo que es, tiene, ama y disfruta, y lo que le tiene preparado: la vida y gloria eternas.
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El perro obsequia a su dueño porque lo cuida; mas el hombre muchas veces le niega a Dios la gratitud que un simple animal brinda gozoso a su amo. Y luego ese mismo hombre pretende que Dios le conserve y multiplique sus dones.


P. Jesús Álvarez, ssp.