Sunday, December 16, 2007

EL ESCÁNDALO ANTE JESÚS

EL ESCÁNDALO ANTE JESÚS

Domingo 3° Adviento-A/ 16-12-2007

Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras de Cristo, por lo que envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?" Jesús les contestó: "Vayan y cuéntenle a Juan lo que ustedes están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y una Buena Nueva llega a los pobres. ¡Y dichoso quien no se escandalice de mí!" Una vez que se fueron los mensajeros, Jesús comenzó a hablar de Juan a la gente: "Cuando ustedes fueron al desierto, ¿qué iban a ver? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué iban ustedes a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Los que visten ropas finas viven en palacios. Entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un profeta? Eso sí y, créanme, más que un profeta. Este es el hombre de quien la escritura dice: Yo voy a enviar mi mensajero delante de ti, para que te preceda abriéndote el camino. Yo se lo digo: de entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más que él”. Mateo 11,2-11.


Juan ya había indicado a sus discípulos que Jesús era el Cordero de Dios, el Salvador. Y ahora, desde la cárcel, quiere confirmarles que Jesús es en verdad el Mesías esperado: “¿Eres tú el que ha de venir?” Jesús le responde que se está verificando en su persona y en el pueblo todo lo anunciado por los profetas sobre el Mesías, y que por tanto no hay que esperar a otro: han llegado los tiempos mesiánicos, los tiempos de Cristo salvador.

Jesús añade: “Dichoso quien no se escandalice de mí”. Es decir: feliz quien, al encontrarme u oír hablar de mí, no se sienta decepcionado, porque esperaba de mí otra cosa: un reino temporal al estilo de los demás reinos: con palacios, ejército, policía, poder económico, que los librara del poder romano.

Del escándalo no se libraron ni siquiera sus discípulos e Jesús, que en la pasión lo abandonaron, creyéndolo fracasado definitivamente. Muchos se escandalizaron de él a través de los siglos y se escandalizan hoy, y buscan “otros salvadores” que propongan un camino más fácil, sin cruz: políticos, cantantes, artistas, dinero, líderes religiosos. Pero sólo Jesús es el único Salvador, el único que puede darnos lo que buscamos: paz, alegría, eternidad.

Se trata del escándalo de la cruz, del que habla san Pablo: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1Co, 1, 23). Pero la cruz es el único el camino “razonable” hacia la resurrección y la gloria, pues lo eligió el mismo Dios para su Hijo. Sería fatal equivocarnos de camino…

Hoy existe otra forma de escándalo ante Jesús: la de quienes no lo creen Dios, y por tanto le niegan el poder de hacer milagros: curar enfermos, dar vista a los ciegos, dar vida a los muertos, perdonar los pecados y resucitar. Socavan por la base la fe cristiana.

Jesús viene a implantar, con la única fuerza del amor, los bienes de su reino en este mundo: la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad, la solidaridad y la alegría de vivir; y a conquistar el reino eterno, para él y para la humanidad, a través de la humillación de la cruz y la gloria de la resurrección.

¿No nos escandalizamos también nosotros, negándonos a acoger y ofrecer nuestras cruces junto con la de Cristo, por la propia salvación y la del mundo? ¿Pretendemos en vano llegar a la resurrección y a la gloria eterna saltándonos la cruz, o maldiciéndola cuando nos pesa?

Jesús presenta a Juan Bautista como un hombre modelo, íntegro e inflexible ante el mal. Lo cual le mereció la cruz de la cárcel y la muerte. También en eso fue precursor de Jesús, crucificado a causa de su integridad y entereza ante el mal.

Isaías 35,1-6. 10

Que se alegren el desierto y la tierra seca, que con flores se alegre la pradera. Que se llene de flores como junquillos, que salte y cante de contenta, pues le han regalado el esplendor del Líbano y el brillo del Carmelo y del Sarón. Ellos a su vez verán el esplendor de Yavé, todo el brillo de nuestro Dios. Robustezcan las manos débiles y afirmen las rodillas que se doblan. Díganles a los que están asustados: "Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios a vengarse, a darles a ellos su merecido; él mismo viene a salvarlos a ustedes." En el desierto brotarán chorros de agua, que correrán como ríos por la superficie. Por ahí regresarán los libertados por Yavé; llegarán a Sión dando gritos de alegría, y con una dicha eterna reflejada en sus rostros; la alegría y la felicidad los acompañarán y ya no tendrán más pena ni tristeza.


El mundo de hoy es un gran desierto donde fieras humanas se ensañan con ferocidad contra la pobre humanidad, sobre todo contra los pequeños, pobres, débiles, y encima muchos le echan la culpa a Dios de los males que ellos causan.

Pero Dios quiere, puede y va a hacer un mundo mejor, y ha empezado a hacerlo con el envío de su Hijo; mas ha decidido contar con nuestra colaboración para acelerar la llegada del paraíso al desierto del mundo y darnos el premio de lo que él realiza a través de nosotros: un mundo donde haya alegría y felicidad, sin pena ni tristeza.

Nuestra colaboración consiste en promover en la tierra los valores de su reino, de su paraíso: la vida, la verdad, la justicia, la paz, el amor, la libertad, la alegría de vivir, el perdón... Nadie está exento de esta tarea; Dios no hará lo que nos corresponde a nosotros.

Nuestra capacidad y medio máximo es Cristo mismo, que se ha puesto entre nosotros y en nosotros para hacer la obra de Dios en y con nosotros. Él ya no viene, sino que está permanentemente. ¡Cuánta alegría y paz de paraíso perdidas porque no creemos lo suficiente en esta presencia infalible de Jesús ni recurrimos de continuo a su Persona presente!

¿Seguimos tal vez viviendo con mentalidad de Antiguo Testamento, como los judíos, esperando a que venga quien ya está, quizás para justificar nuestra indiferencia?

Santiago 5,7-10.

Tengan paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Miren cómo el sembrador cosecha los preciosos productos de la tierra, que ha aguardado desde las primeras lluvias hasta las tardías. Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca. Hermanos: no se peleen unos con otros, y así no serán juzgados; miren que el juez está a la puerta. Consideren, hermanos, lo que han sufrido los profetas que hablaron en nombre del Señor y tómenlos como modelo de paciencia.


En las primeras comunidades se creía que Jesús iba a regresar en seguida para establecer su reino glorioso en la tierra. Pero los mismos apóstoles se preocuparon de eliminar esta creencia, invitando a la paciencia en la espera de la venida definitiva del Señor, y estimulando a evitar peleas y rencores para no ser juzgados.

Pero la venida definitiva y gloriosa de Cristo a cada uno de nosotros sí está cerca y puede verificarse en cualquier momento. Pues la muerte, que nos abordará cuando menos lo pensemos, es el encuentro definitivo con Cristo glorioso, sin tener que esperar al fin del mundo para encontrarnos con él.

Lo decisivo es abrirnos a él, presente en nuestra vida cotidiana: en las alegrías, sufrimientos, oración, prójimo, Eucaristía, Palabra..., y entonces la muerte no será una fatal sorpresa, sino la continuidad gloriosa del encuentro deseado con él.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, December 09, 2007

CONVERSIÓN A DIOS Y AL PRÓJIMO

CONVERSIÓN A DIOS Y AL PRÓJIMO


Domingo 2° de Adviento-A/9-12-2007


Por aquel tiempo se presentó Juan Bautista y empezó a predicar en el desierto de Judea. Este era su mensaje: "Conviértanse de su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca". A Juan se refería el profeta Isaías cuando decía: “Una voz grita en el desierto: Preparen un camino al Señor; hagan sus senderos rectos”. Venían a verlo de Jerusalén, de toda la Judea y de la región del Jordán. Y además de confesar sus pecados, se hacían bautizar por Juan en el río Jordán. Juan vio que un grupo de fariseos y de saduceos habían venido donde él bautizaba, y les dijo: "Raza de víboras, ¿cómo van a pensar que escaparán del castigo que se les viene encima? Muestren los frutos de una sincera conversión, pues de nada les sirve decir: "Abrahán es nuestro padre". Yo les aseguro que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán aun de estas piedras. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto, será cortado y arrojado al fuego". Mateo 3,1-12

El mensaje de Juan Bautista coincide con el de Jesús: “Conviértanse”. La exigencia de conversión entraba también en la predicación de los fariseos y saduceos. Pero estos proponían sólo un cambio teórico de pensamiento, mientras la conversión exigida por el Bautista y por Jesús es mucho más: un cambio real de vida, mejorando la relación interior y exterior con Dios y con el prójimo. Es lo mismo que Jesús nos pide hoy a cada cual, y lo que necesitamos de verdad.

La verdadera relación con Dios y con el prójimo debe traducirse en una conducta conforme a la voluntad divina, conducta de hijos de Dios, a fin de producir “frutos de verdadera conversión”. Que si el árbol –imagen de la persona humana- no produce frutos, será cortado y arrojado al fuego, a menos que empiece a producir verdaderos frutos de bien, de conversión real.

Convertirse a Dios y al prójimo, exige dejar esas felicidades engañosas, egoístas, pasajeras, que impiden acceder a las verdaderas y permanentes, que nadie nos puede quitar, ni siquiera la muerte; la cual sólo será puerta de la felicidad eterna, por la resurrección, para quienes pasen por esta vida haciendo el bien a imitación de Jesús.

Convertirse no es sólo alejarse del mal, sino, además, hacer el bien y vivir de fe. Por eso la “vida en Cristo”, la unión con él, es la expresión de la verdadera conversión, la que nos hace cristianos auténticos, y que da paso a la real relación liberadora y salvífica con Dios y con el prójimo.

No nos engañemos, como los fariseos y saduceos - que creían merecer la salvación sólo por ser “hijos de Abrahán”-. No nos creamos cristianos sólo porque estamos bautizados, somos religiosos, sacerdotes, porque vamos a misa, comulgamos, rezamos el rosario, tenemos imágenes en casa, leemos la Biblia, formamos parte de grupos parroquiales… Todo eso, sin conversión auténtica -vuelta amorosa a Dios y al prójimo-, no nos valdría de nada. Esas cosas sólo son medios o consecuencias de la vida cristiana, pero lo esencial es la unión real con Cristo, la que nos hace cristianos.

Mientras los judíos esperaban un futuro reino de Dios, Juan bautista lo anunciaba ya presente en Jesús: en él Dios se ha vuelto, se ha convertido a los hombres, y por eso los hombres podemos y debemos volvernos, convertirnos a Dios y al prójimo, imagen suya.

Volver a Dios como Padre y al prójimo como hermano, hijo del mismo Padre y con el mismo destino eterno en su casa eterna. De lo contrario nos quedaríamos como los judíos: sin Cristo. Que no merezcamos la imprecación de Jesús: “¡Raza de víboras…, muestren frutos de verdadera conversión!” Quien se creyera que no tiene nada de qué convertirse, es justo de los más necesitados de conversión.

El bautismo de verdadera conversión, “el bautismo del Espíritu”, es posible para todos, sin distinción de clases sociales o religiosas, de razas y naciones. El bautismo en el Espíritu se traduce en conversión a la presencia y experiencia personal de Dios y el prójimo como hijo de Dios.

Isaías 11,1-10

Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de prudencia y valentía, espíritu para conocer a Yavé y para respetarlo, y para gobernar según sus preceptos. No juzgará por las apariencias ni se decidirá por lo que se dice, sino que hará justicia a los débiles y defenderá el derecho de los pobres del país. Su palabra derribará al opresor, el soplo de sus labios matará al malvado. Tendrá como cinturón la justicia, y la lealtad será el ceñidor de sus caderas. El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño chiquito los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora, y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano. No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi cerro santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento de Yavé.

El adviento no es sólo espera del Salvador, apertura a él y salida a su encuentro, sino también esperanza comprometida en la construcción de su reino de paz y justicia, de vida y verdad, de libertad y amor..., donde al fin desaparecerán las tiranías, las enemistades y brutalidades de los hombres entre sí, entre los hombres y los animales, entre el hombre y la creación. Porque el hombre adquirirá sabiduría y prudencia, un mayor conocimiento de Dios y del hombre, que es su imagen.

¿Creemos que está en nuestras manos hacer algo para que este mundo cambie, empezando por nuestra persona, por nuestro hogar, nuestro ambiente? Por nosotros es imposible “Sin mí no pueden hacer nada”, nos asegura Cristo mismo.

Creamos a la palabra infalible de Jesús: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, aunque no sepamos cómo, ni dónde, ni cuándo ni para quién. Y creamos con san Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me da fortaleza”.

Una humanidad fraternal donde nadie haga daño a nadie, no es sólo un sueño ilusorio o una utopía, sino una promesa infalible de nuestro Padre, una realidad futura necesaria, cuya realización nosotros podemos adelantar con la vida, la oración, el dolor como eficaz colaboración unidos a Cristo, Rey y Salvador, Centro y Restaurador del mundo.

Romanos 15,4-9

Todas esas escrituras proféticas se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que, perseverando y teniendo el consuelo de las Escrituras, no nos falte la esperanza. Que Dios, de quien procede toda perseverancia y consuelo, les conceda también a todos vivir en buen acuerdo, según el espíritu de Cristo Jesús. Entonces ustedes, con un mismo entusiasmo, alabarán a una sola voz a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Acójanse unos a otros como Cristo los acogió para gloria de Dios. Entiéndanme: Cristo se puso al servicio del pueblo judío para cumplir las promesas hechas a sus padres, porque Dios es fiel. ¿Y los otros pueblos? Esos darán gracias a Dios por su misericordia. Lo dice la Escritura: “Por eso te bendeciré entre las naciones y alabaré tu nombre”.

San Pablo nos enseña una verdad tal vez a menudo ausente pero necesaria en nuestra vida cristiana: que la Palabra de Dios ha sido escrita no sólo para los primeros destinatarios, sino también para cada uno de nosotros, para nuestra enseñanza, seguridad, consuelo y esperanza.

Y no sólo para los otros. ¿No es frecuente razonar así?: Esta Palabra de Dios le iría bien a mi consorte, a mis hijos, vecinos, amigos, y olvidamos que nos va bien ante todo a nosotros, que fue pronunciada y escrita para nosotros, como carta de Quien nos ama más que nadie.

El compartir la Palabra de Dios nuestro Padre nos pone de acuerdo a todos, como hijos suyos, a quienes está dirigida esa carta, sin distinción de cargos, edad, sexo, cultura, opiniones..., e incluso de religión, pues incluso los paganos tienen derecho a ella, y tenemos que hacérsela llegar por todos los medios posibles.



P. Jesús Álvarez, ssp.

Saturday, December 08, 2007

LA INMACULADA, primicia de la redención

LA INMACULADA,


primicia de la redención


8-12-2007


Llegó el ángel Gabriel hasta María y le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás. María entonces dijo al ángel: ¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen? Contestó el ángel: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. (Lucas. 1,26-38)

La solemnidad de la Inmaculada al principio del adviento no es pura coincidencia, sino que forma parte del misterio del adviento: por la María Inmaculada viene al mundo el Salvador. La Inmaculada es el símbolo y la primicia de la humanidad redimida y el fruto más espléndido de la obra redentora de Cristo.


La concepción inmaculada de María es un dogma; o sea: una verdad firme de nuestra fe católica, que la Iglesia acoge y propone apoyándose en la experiencia de fe vivida durante mucho tiempo por el Pueblo de Dios, como una realidad profunda del amor salvador de Dios que supera la inteligencia y la capacidad expresiva del lenguaje humano. Este admirable don de Dios abre al hombre la esperanza de realizar sus aspiraciones más hondas e imperecederas de felicidad y plenitud, propias del “reinado de Cristo que no terminará jamás”.


¿Quién puede no desear compartir eternamente con nuestra Madre María la transparencia, la alegría, la plenitud, la gracia de ser Inmaculada? Ella es la garantía de que un día seremos como ella, que es el modelo de la humanidad redimida, de todos los que acogen con fe y amor al fruto de su vientre, Cristo Jesús, único Salvador del mundo y de cada uno de nosotros.


María recibe la vocación de engendrar a Cristo para darlo al mundo. Purísima, inmaculada, “llena de gracia” debía ser la Madre del Hijo de Dios.


La verdadera devoción a la Virgen consiste en imitarla en esta vocación y misión: acoger en nuestro corazón y en nuestras vidas a Cristo, por obra del Espíritu Santo, para darlo a los otros con el ejemplo, la oración, las obras, el sufrimiento ofrecido, la palabra, la alegría, el amor, la fe y la esperanza.


En la Comunión eucarística recibimos al mismo Jesús que María acogió en la Anunciación. Y si lo acogemos con fe, amor y pureza de corazón, lo daremos sin duda a los otros, aunque no nos demos cuenta.


Entonces Dios producirá frutos de salvación para los otros y para nosotros, porque “quien está unido a mí, produce mucho fruto”, como asegura el mismo Jesús. María fue la criatura más unida a Cristo, y por eso la que produjo el mayor fruto de salvación para la humanidad: Jesús, que es “el fruto bendito de su vientre”.


María Inmaculada es el signo de la meta a que Dios nos llama: la victoria eterna sobre el pecado, sobre el mal y la muerte, la cual por Cristo se hace puerta de la resurrección y de la gloria eterna que Dios tiene preparada para quienes lo aman.


El mal, el pecado existen en nuestro corazón y a nuestro alrededor, en la familia, en la Iglesia y en la sociedad: la injusticia, la prepotencia, la violencia, las violaciones, la corrupción, el holocausto de inocentes no nacidos y nacidos, la indiferencia, el placer egoísta a costa del sufrimiento ajeno, el divorcio, el odio, la guerra, el dominio despótico sobre los más débiles...


Pero el mal y el pecado, con todas sus consecuencias, se vencen sólo “a golpes” de bien, en unión con Cristo y con María Inmaculada, que tienen en su mano la victoria segura sobre el mal y sobre la misma muerte.


La presencia de Jesús victorioso, formado también en nosotros por el Espíritu Santo, y la presencia maternal de María en nuestras vidas, las tenemos garantizadas por la misma palabra infalible de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Donde está Jesús, allí está María, Madre suya y nuestra.

El mensaje de esta fiesta es el anuncio de que la humanidad va a ser sanada de raíz. Esta es la promesa que esperamos con gozosa esperanza.

Genesis 3, 9-15. 20

Después que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» «Oí tus pasos por el jardín», respondió él, «y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí». Él replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?». El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él». El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí». Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón». El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.

El escritor sagrado hace un relato imaginativo, poético-mítico, para explicar al pueblo la ineludible realidad y misterio del bien y del mal.


El pecado original no fue comer una manzana (que es sólo un símbolo), sino pretender ser como Dios prescindiendo de Dios y haciendo caso al enemigo de Dios. Y ese sigue siendo el pecado del hombre en todos los tiempos, seducido por las serpientes del orgullo, del poder, del dinero y del placer, que perturban las relaciones entre Dios, el hombre y la mujer.


Al sentirse culpable, el hombre culpa a la mujer, y la mujer culpa a la serpiente. Y la escena se repite a diario a través de la historia: echar la culpa al otro para evadir la propia responsabilidad. Pero sólo reconociendo la propia culpa y detestándola ante Dios, podremos recuperar la paz y podremos volver a mirar sin miedo a Dios y vivir en amistad gozosa con él.


Dios maldice a la serpiente, pero no maldice al hombre y a la mujer, aunque deban soportar el dolor y el duro trabajo para sobrevivir a causa de su pecado. El hombre es responsable de pecado de sustituir a Dios por los bienes creados por Dios.


El hombre y la mujer no sólo son pecadores, sino también víctimas del pecado propio y ajeno; pero también son capaces de vencer el pecado y sus consecuencias, volviéndose a Dios y uniéndose a Jesús y a María en la lucha victoriosa contra el mal, el pecado y la muerte.

Efesios 1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En Él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano --según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-- a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.

A partir del pecado original y a pesar de él, Dios traza su proyecto de salvación a favor de la humanidad, para devolver al hombre la categoría sublime de hijo suyo en su Hijo, hecho Hijo de María, para que el hombre sea heredero de todos los bienes de su reino, de la misma vida de Dios y de su gloria.


El destino del hombre es dar gloria y alabanza a Dios, y no porque Dios necesite la gloria y alabanza del hombre, sino porque el hombre encuentra su plena realización y su total felicidad al reconocer, agradecer y alabar a Dios, pues sólo así se hace semejante a Dios en grandeza y felicidad, lo cual es su aspiración más profunda.


La fuente y el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad eterna, es la santidad. Pero se debe entender y experimentar en qué consiste esta santidad: simplemente en la unión con Cristo resucitado presente.


San Pablo lo comprendió y experimentó a la perfección: “Para mí la vida es Cristo”; “No soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí”. Jesús lo expresó así: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, y se entiende: fruto de santidad y salvación. Santidad es sinónimo de felicidad plena, total, en el tiempo y en la eternidad.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, December 02, 2007

LAS VENIDAS DE JESÚS

LAS VENIDAS DE JESÚS

Domingo 1° adviento-A/2 –12- 2007

Dijo Jesús: Cuando venga el Hijo del Hombre, sucederá lo mismo que en los tiempos de Noé: En la inminencia del diluvio, la gente seguía comiendo, bebiendo y casándose, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos se lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos. Por eso, ustedes estén despiertos y en vela, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Comprendan que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón, permanecería en vela para impedir el asalto de su casa. Por eso también ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del Hombre. Mateo 24, 37-44.

Adviento significa “venida”, llegada de alguien esperado. El evangelio de hoy se refiere a la venida gloriosa de Jesús al fin del mundo, que es la última de sus cuatro venidas. La primera fue la venida en Belén, para enseñarnos y hacernos posible el camino hacia la eternidad gloriosa.

Otras dos venidas de Jesús resucitado marcan nuestra existencia: su venida diaria a nuestra vida, si lo acogemos: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”; y su venida final de nuestra vida terrena: “Voy a prepararles un puesto... y vendré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes”.

En realidad, el sentido profundo del adviento hoy consiste en centrar nuestro gozoso esfuerzo en acoger a Cristo resucitado en su real y continua venida a nuestra vida de cada día, para que él nos acoja en su venida al final de nuestros días terrenos, y así nos encontremos a su lado en el último día.

Nosotros invitamos a Jesús para que venga: “¡Ven, Señor Jesús”, y él nos invita a acogerlo: “Estoy a la puerta llamando: quien me abra, me tendrá consigo a la mesa”. “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo lo aliviaré”. Se trata de una venida y encuentro mutuos.

Jesús compara a los hombres de de su tiempo – y los de hoy- a los paisanos de Noé, que pasaron de improviso de la seguridad y del disfrute pervertido a la destrucción.

No sabemos cuándo será el fin del mundo, que puede durar todavía millones de años. Como tampoco conocemos la fecha de nuestra muerte, que en realidad es “nuestro” fin del mundo. Es necesario vivir en vigilancia y en preparación permanente para lograr, con la muerte y la resurrección, el éxito de la vida terrena: alcanzar la vida eterna.

No podemos ilusionarnos con una supuesta conversión o confesión en el último momento. Hay que decidirse en serio a una conducta coherente como hijos de Dios, frente a la superficialidad y perversidad de la sociedad de hoy, que imita a la insensata generación del diluvio.

Hay tomarse fuerte de la mano de Jesús resucitado presente, estar pendiente de su palabra y de su voluntad, vivir en trato amoroso con él y con el prójimo.

Isaías 2,1-5.

Isaías, hijo de Amós, tuvo esta visión acerca de Judá y de Jerusalén. Al fin de los tiempos, el cerro de la Casa de Yavé será puesto sobre los altos montes y dominará los lugares más elevados. Irán a verlo todas las naciones y subirán hacia él muchos pueblos, diciendo: "Vengan, subamos al cerro de Yavé, a la casa del Dios de Jacob, para que nos enseñe sus caminos y caminemos por sus sendas. Porque la enseñanza irradia de Sión, de Jerusalén sale la palabra de Yavé." Hará de árbitro entre las naciones y a los pueblos dará lecciones. Harán arados de sus espadas y sacarán hoces de sus lanzas. Una nación no levantará la espada contra otra y no se adiestrarán para la guerra.

Judá, Jerusalén, el cerro de Yavé, la casa del Dios de Jacob, son figura de la Iglesia, a cuyo frente va el mismo rey y centro de la historia, árbitro de las naciones: Cristo resucitado presente. Él es quien enseña los caminos de Dios, ya que es su Palabra personificada.

La acción liberadora y salvífica de Cristo Jesús alcanza, desde su Cuerpo, que es la Iglesia, a todas las naciones, razas y lenguas. Así lo confirmamos en la consagración de la Eucaristía: “Sangre derramada por ustedes y por todos los hombres”. Y nosotros estamos invitados por Dios a compartir con Cristo en ese plan de salvación universal, ofreciéndonos junto con él en cada misa, y en la vida ordinaria.

Dios mismo nos pide y concede colaborar con Cristo en la construcción de ese mundo nuevo “donde no habrá llanto ni dolor”, donde la energía nuclear se ponga al servicio de la vida y no de la muerte, y donde todos los progresos de la ciencia y de la tecnología se conviertan por doquier en armas para desterrar la guerra, el hambre, la enfermedad, las brutales desigualdades..., y donde todos los hombres se sientan y se amen como hermanos, hijos del mismo Padre.

Romanos 13,11-14.

Comprendan en qué tiempo estamos, y que ya es hora de despertar. Nuestra salvación está ahora más cerca que cuando llegamos a la fe. La noche va muy avanzada y está cerca el día: dejemos, pues, las obras propias de la oscuridad y revistámonos de una coraza de luz. Comportémonos con decencia, como se hace de día: nada de banquetes y borracheras, nada de prostitución y vicios, nada de pleitos y envidias. Más bien revístanse del Señor Jesucristo, y no se dejen arrastrar por la carne para satisfacer sus deseos.

Comprender el tiempo presente, es vivir conscientes de que estamos en la era de Cristo resucitado, era dominada por su presencia viva y gloriosa, a pesar de las muchas apariencias en contra. No podemos perder la máxima y única oportunidad.

Él mismo nos lo confirma con palabra infalible: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La fe vivida en su presencia constituye la única manera de vivir despiertos.

Pero podemos despilfarrar este tiempo, si prescindimos de esa presencia de Cristo y del trato asiduo con él. Sin Cristo, nada podemos hacer para salvarnos, y resbalaríamos hacia las tinieblas, perdiendo la resurrección para la gloria eterna.

Sin esa relación asidua con Cristo presente, nos deslizamos hacia los criterios, actitudes y conductas tenebrosas de los paganos, aunque nos llamemos cristianos, pues prescindiendo de la presencia de Cristo resucitado, de su Palabra, de su ejemplo, de su ayuda, nuestra vida, trabajo, relaciones, diversiones, sufrimientos, prácticas religiosas..., serían experiencias de cristianos sin Cristo, simples paganos, en lugar de ser otros “cristos”.

Quienes creen en Cristo resucitado presente, no pueden vivir como los que no creen, adorando los ídolos del poder, del dinero y del placer. Es necesario vivir como “otros cristos”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, November 25, 2007

JESUCRISTO - REY DEL UNIVERSO

JESUCRISTO - REY DEL UNIVERSO

Solemnidad de Cristo Rey.

Lucas 23,35-43.

Cuando Jesús estaba ya crucificado, el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima de él una inscripción: "Éste es el rey de los judíos". Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Samuel 5, 1-3.

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a presentarse a David y le dijeron: «Nosotros somos de tu misma sangre; hace ya mucho tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú el que conducía a Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel"». Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Colosenses 1,12-20.

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz por su sangre derramada en la cruz.

Sunday, November 18, 2007

Que nadie los engañe

QUE NADIE LOS ENGAÑE

Domingo 33º tiempo ordinario / 18-11-2007

Lucas 21, 5 - 19.

En aquel tiempo, algunos hablaban del templo, admirados de la belleza de sus piedras y de las ofrendas que lo adornaban. Jesús les dijo: «Esto que ustedes contemplan, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Ellos le preguntaron: ¿Cuándo será eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?. Él contestó: «Cuidado con que nadie los engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy" o bien: "El momento está cerca". No vayan tras ellos. Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida». Luego les dijo: «Se alzará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos y, en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también cosas espantosas y gran señales en el cielo. Pero, antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Así tendrán ocasión de dar testimonio de mí. Hagan el propósito de no preocuparse por su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ninguno de sus adversarios. E incluso serán traicionados por sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos. Y a algunos de ustedes los matarán, y todos los odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de su cabeza se perderá. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

Malaquías 3,19 - 20a.

Miren que llega el día, ardiente colirio un horno: malvados y perversos arderán como paja, y los quemará el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos- , y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en las alas.

Tesalonicenses 3, 7 - 12.

Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre ustedes sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Porque cuando vivimos con ustedes les dimos esta norma: El que no quiera trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, sin hacer nada, y entrometiéndose en todo. Pues a estos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen en paz para ganarse el pan.

Sunday, November 11, 2007

Dios mismo nos resucitará.

Dios mismo nos resucitará

Domingo 32º tiempo ordinario / 11-11-2007

Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella». Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos».

Macabeos 6,1.7;1-2.9-14

El rey Antíoco envío a un consejero ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las costumbres de sus padres, y a no vivir conforme a las leyes de Dios. Fueron detenidos siete hermanos junto con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios de buey para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres». El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna». Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y extendió las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Tesalonicenses 2,16-3,5

Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, los consuele internamente y les dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, recen por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre ustedes, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, por que no todos aceptan la fe. El Señor, que es fiel, les dará fuerzas y los librará del Maligno. Por el Señor, estamos seguros de que ustedes ya cumplen y seguirán cumpliendo todo lo que les hemos enseñado. Que el Señor dirija sus corazones, para que amen a Dios y tengan la constancia de Cristo.

Sunday, November 04, 2007

Jesús, vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Jesús, vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Domingo 31º tiempo ordinario / 04-11-2007

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Lucas 19,1-10

Sabiduría 11,22-12,2

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Tú amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no la hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

2 Tesalonicenses 1,11-2,2

Hermanos: Pedimos continuamente por ustedes a Dios para que los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe; de esta manera el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. Les rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor fuera inminente.

Thursday, November 01, 2007

LA FELICIDAD QUE BUSCAMOS



LA FELICIDAD QUE BUSCAMOS

Todos los Santos – 1-11-2007

Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al cerro. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes. Mateo 5,1-12


Hoy nos unimos a todos los santos del cielo para dar gracias, bendecir y alabar a Dios por todos los bienes de esta vida y sobre todo por habernos hecho hijos suyos con destino de eternidad. El santo es una persona verdaderamente feliz en el tiempo y en la eternidad.


El santo es una persona de carne y hueso que ha descubierto el sentido esencial de la vida y las fuentes de la felicidad verdadera, que ha encontrado la libertad, la alegría profunda de vivir y el sentido pascual de la muerte. Que ha tomado en serio la propia existencia y la ajena, la vida temporal y la eterna.


La santidad no la hacen los milagros ni los éxtasis ni las penitencias. Estas cosas pueden ser caminos, expresión o fruto de la santidad. La santidad es sencillamente vivir en Cristo amando a Dios y al prójimo. Esa es la verdadera santidad al alcance de todos.


Santos han sido, son y serán quienes han alcanzado la plenitud de la vida y la felicidad allí donde se encuentra, en las fuentes que Cristo mismo señaló: las bienaventuranzas.


Pobres felices son las personas honradas, justas, que saben haberlo recibido todo de Dios, y de él todo lo esperan, y se lo agradecen; y en el sufrimiento se confían al Señor, que los recompensará.


Mansos son quienes aceptan con paz sus limitaciones y las ajenas, con la mirada puesta en Dios que ensalza a los humildes. Gozan ya en la tierra la paz del reino eterno.


Los sufridos felices son quienes viven y ofrecen con paciencia, paz y esperanza el sufrimiento causado por la enfermedad, por el pecado propio y ajeno, por las fuerzas del mal, y por la muerte como paso a la vida eterna. “Felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación”. (S. Francisco de Asís).


Tienen hambre y sed de justicia los que piden a Dios que salga en su defensa frente a la injusticia, y a la vez luchan por promover la justicia donde reina la injusticia.


Los misericordiosos son quienes imitan la conducta de Dios Padre para con el prójimo: su amor, compasión, misericordia, perdón, ayuda...


Los limpios de corazón obran y viven con transparencia, sin intenciones dobles e inconfesables, sin hipocresía y sin pura apariencia.


Trabajan por la paz quienes luchan con Cristo, Príncipe de la Paz, por establecer la paz en el corazón, en el hogar, en la Iglesia, en la sociedad, en el mundo.


Los perseguidos por la justicia son quienes sufren por hacer el bien, como el Maestro.


Ahí está la felicidad que buscamos. Jesús no nos engaña. Creámosle. La santidad es la vida en Cristo, pues sólo en Cristo y con Cristo es posible vivir las bienaventuranzas y el mandamiento del amor. El se pone a nuestro alcance estando con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 28, 2007

LA ORACIÓN EFICAZ

LA ORACIÓN EFICAZ

Domingo 30º tiempo ordinario / 28-10-2007

Jesús, al ver que algunos estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás, dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”. Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.» Yo les digo que este último regresó a su casa en gracia de Dios, pero el fariseo no. Porque el que se enorgullece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Lucas. 18,9-14).

El que se creía bueno, oró mal. Más bien no oró, si no que presentó a Dios la factura de sus méritos. Mientras que el se veía malo, como era, oró bien, reconociendo su condición de pecador y exponiendo su deseo confiado de perdón y conversión. Dios escuchó la oración del publicano y marcó el principio de una vida nueva. Mientras que el fariseo salió del templo más pecador, por su orgullo.

Es imposible que haga oración verdadera quien se considera justo, quien no tiene nada de qué arrepentirse, nada que esperar de Dios ni nada que agradecerle. El fariseísmo es la total negación de la vida cristiana. Es decisivo verificar si estamos afectados por ese mal, pues sólo en quien reconoce su enfermedad, puede desear, pedir y recibir la curación.

La autosuficiencia nos lleva a creer que podemos ser cristianos sin creer en Cristo y sin amarlo; sin verdadera oración amorosa de tú a tú, de presencia mutua con él, de humildad, sinceridad, confianza. La oración es tiempo del corazón, tiempo de amor y de relación personal. Oración que lleva al compromiso de amor al prójimo necesitado. De lo contrario la oración será una exhibición inútil o farisaica ante Dios.

Orar y contemplar nos llevan a interesarnos en la real promoción de los valores del reino de Dios: la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y la solidaridad, la alegría y el amor. La oración se convierte en amor social y en actitud de política evangélica: trabajar por la convivencia social y el bien común a favor del pueblo según nuestras posibilidades. Empezando por lo más próximos, como es la familia.

Esa oración nunca es tiempo perdido. Cuando oramos de verdad, Dios trabaja por nosotros, dando eficacia divina, liberadora y salvífica a nuestra vida y a las obras humanas de nuestras pequeñas manos.

El tiempo que pasamos en oración es el más fecundo de nuestra existencia. La oración es la fuerza divina de nuestras obras, que llevan la salvación de Cristo si las realizamos en unión con él: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”.

Debemos tener un tiempo de oración en que nos presentamos ante Dios libres de preocupaciones y trabajos, para que Dios se haga presente en nuestras vidas, preocupaciones y trabajos, y les confiera valor eterno.

Estas disposiciones debemos llevarlas sobre todo a la Eucaristía, la oración máxima de la Iglesia y del cristiano, sacramento de la presencia viva y del amor salvador de Jesús resucitado. En la Misa él mismo ora y se ofrece al Padre por nosotros y con nosotros. Es la oración más eficaz, si la vivimos.

Necesitamos orar continuamente para vivir orientados hacia la fuente de todo cuanto somos, tenemos, amamos, gozamos y esperamos: Dios. Oración, jaculatorias, invocaciones, petición de perdón, acción de gracias, adoración…, en casa, en el trabajo, en los medios de locomoción, en las penas y en las alegrías.

Pidamos al Espíritu Santo que “ore en nosotros con palabras inefables, pues no sabemos pedir como conviene”; y a María que tome nuestras veces y presente a Dios nuestras oraciones como si fueran suyas. Entonces sí haremos oración grata a Dios.


Eclesiástico
35,12-14. 16-18

El Señor es juez y no hace distinción de personas; no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido; no desoye la plegaria del huérfano, ni de la viuda cuando le expone su queja. El que rinde culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes. La súplica del humilde atraviesa el cielo, y mientras no llega a su destino, él no se consuela: no desiste mientras el Altísimo no interviene para juzgar a los justos y hacerles justicia.

Dios no hace acepción de personas; pero tiene preferencia por los pobres, los débiles, los oprimidos, los huérfanos, las viudas desamparadas. Y esta actitud es una seria lección que hemos de llevar a la práctica, para no caer en el error de rechazar o marginar a quien Dios prefiere, y favorecer a quien Dios rechaza.

Dios escucha las plegarias de quienes le suplican con sinceridad, sencillez, confianza, humildad. San Pablo nos señala cuál es el culto que le agrada a Dios: “Les exhorto a presentar sus cuerpos (sus personas) como ofrenda agradable a Dios. Este es su culto razonable”: ofrecer a Dios lo que de él recibimos: lo que somos y lo que tenemos, lo que hacemos y sentimos, lo que gozamos y lo que sufrimos.

Esta ofrenda de nuestra persona presentada al Padre junto con Cristo por la salvación del mundo, la nuestra y la de los nuestros, coincide con el cumplimiento expreso de su voluntad: “Dios quiere que todos los hombres se salven”.

Esa ofrenda y súplica atraviesa el cielo hacia el trono de Dios, y es siempre atendida por él, a pesar de que pueda demorarse para que deseemos más intensamente, valoremos y agradezcamos más lo que pedimos. De ahí la necesidad de no desistir nunca de orar, aunque parezca que Dios no nos escucha o se demora.


2 Timoteo 4,6-8. 16-18

Yo, por mi parte, estoy llegando al fin y se acerca el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado lo que depositaron en mis manos. Sólo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, juez justo; y conmigo la recibirán todos los que anhelaron su venida gloriosa. La primera vez que presenté mi defensa, nadie estuvo a mi lado, todos me abandonaron. ¡Que Dios no se lo tenga en cuenta! Pero el Señor estuvo conmigo llenándome de fuerza, para que el mensaje fuera proclamado por medio de mí y llegara a oídos de todas las naciones; y quedé libre de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El cristiano teme la muerte como los demás; pero tiene la esperanza de llegar, por la muerte, a la resurrección y la gloria eterna, gracias a la misericordia de Dios, que tiene en cuenta las obras realizadas con amor en esta vida.

Además el cristiano – persona que vive unida a Cristo - anhela su venida gloriosa al final de la vida temporal, a semejanza de san Pablo: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.

Quien vive unido a Cristo sabe que él lo “librará de todo mal y lo salvará llevándolo a su reino celestial”, a la casa eterna de su Padre. Y esta esperanza le da fortaleza en las penas, en los peligros, en el abandono por parte incluso de los más allegados y queridos... Se fía de la palabra de Jesús: “Estoy con ustedes todos los días”.

Pero es necesario vivir la vida cristiana como lo que es: vida unida efectiva y afectivamente a Cristo resucitado presente y operante, como dice san Pablo de sí mismo: “Vivo yo, mas no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí”. Porque sin esta unión, la vida es vida sin Cristo, no cristiana, aunque tenga apariencias de cristiana. Y el que no tiene la vida o “el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”, está fuera de su reino, se autoexcluye de él.

P. Jesús Álvarez, ssp .

Sunday, October 21, 2007

LA ORACIÓN QUE DIOS SIEMPRE ESCUCHA


Domingo 29° del tiempo ordinario-C /21-10-2007


Jesús propuso este ejemplo sobre la necesidad de orar siempre sin desanimarse: En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba nadie. Y una viuda fue donde él a rogarle: “Hágame justicia contra mi ofensor”. Mas el juez no le hizo caso durante un buen tiempo. Sin embargo al final pensó: “Aunque no temo a Dios ni me importa nadie, esta mujer me importuna tanto, que la voy a complacer, para que no vuelva a molestarme más”. Y continuó Jesús: - ¿Se han fijado en la decisión del juez malo? Pues bien: ¿no terminará Dios haciendo justicia a sus elegidos si claman a él día y noche? Les aseguro que sí les hará justicia, y pronto. Pero cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿hallará esta fe en la tierra? Lucas 18, 1-8.


El evangelio nos presenta a una pobre viuda inocente, víctima de una injusticia y de la indiferencia por parte de la justicia humana.

Muchos suelen preguntarse: “Si Dios existe y es justo, ¿por qué permite tantas injusticias y penas? ¿Por qué son los inocentes los que más sufren?” Y hay quiénes se atreven a culpar a Dios de los males que sufren ellos y la humanidad.

Pero de Dios sólo puede venir el bien. El sufrimiento y el mal vienen de las fuerzas del mal y de sus secuaces, como también de nuestros propios pecados, errores, descuidos, y de los ajenos.

No es raro que expulsemos a Dios de nuestra vida, de nuestras alegrías y sufrimientos, diversiones y trabajo, familia y educación, y luego le echemos la culpa de los males que nos sobrevienen por no tenerlo en cuenta y por despreciarlo. Nosotros mismos elegimos el mal que nos castiga o somos sus cómplices.

Las fuerzas del mal son muy superiores a las fuerzas del hombre; necesitamos de la misma fuerza de Dios tanto para vencer el mal como para hacer el bien. Él tiene poder para transformar el sufrimiento en fuente de salvación y gloria. Y esta fuerza Dios nos la da en la oración perseverante y confiada.

La respuesta más clara al sufrimiento está en Cristo, que pasó a la resurrección y a la vida gloriosa a través del sufrimiento absurdo y de la muerte más injusta en la cruz. Su oración fue escuchada. Sin embargo, el Padre no lo libró del sufrimiento pasajero, pero sí le dio la fortaleza para afrontar el sufrimiento, y luego le dio mucho más de lo que pedía: la resurrección y la gloria para él y para los hombres, sus hermanos, nosotros.

El sufrimiento y la muerte no son absurdos si se viven en la perspectiva de la cruz redentora, de la resurrección y de la gloria eterna.

Es necesario orar con insistencia, como la viuda del Evangelio. Y esta oración Dios no puede menos de escucharla, pues él quiere nuestra resurrección y gloria, lo mismo que nosotros necesitamos y queremos desde lo más profundo de nuestro ser: cambiar el sufrimiento pasajero en felicidad eterna.

Si un juez injusto accede a una petición insistente, ¡cuánto más Dios que nos ama más que nadie! “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”.

En esa oración hemos de incluir también a todos nuestros hermanos que sufren en toda la redondez de la tierra, para que Dios les alivie, les dé fortaleza y esperanza, y transforme sus penas en fuente de salvación, resurrección y felicidad eterna. Quien ofrece los propios sufrimientos por la salvación de los demás, practica el amor más grande, que está en dar la vida por quienes se ama, como hizo Cristo.

La oración verdadera es encuentro, trato personal de fe y de amistad con quien sabemos que nos ama más que nadie. Justamente Jesús se pregunta si a su regreso encontrará gente con esta fe hecha oración confiada y perseverante, que se refleja en las obras y en la vida; y en la amorosa adoración a Dios en espíritu y en verdad.

Éxodo 17,8-13

En Refidim los amalecitas vinieron a atacar a Israel. Moisés dijo a Josué: "Elígete algunos hombres y marcha a pelear contra los amalecitas. Yo, por mi parte, estaré mañana en lo alto de la loma, con el bastón de Dios en mi mano." Josué hizo como se lo ordenaba Moisés, y salió a pelear contra los amalecitas. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre de la loma. Y sucedió que mientras Moisés tenía los brazos levantados, se imponía Israel, pero cuando los bajaba, se imponían los amalecitas. Se le cansaron los brazos a Moisés; entonces tomaron una piedra y sentaron a Moisés sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, Moisés mantuvo sus brazos alzados hasta la puesta del sol y Josué derrotó a la gente de Amalec.

El pueblo de Israel marcha por el desierto hacia la libertad, pero se encuentra con serios peligros: el hambre, la sed y los enemigos. Sin embargo Moisés cree firmemente en la ayuda de Dios que los acompaña para librarlos de esos peligros.

Los amalecitas eran un pueblo vagabundo que asaltaba a las caravanas en el desierto. Moisés, al conocer su presencia y el peligro de ser atacados en cualquier momento, manda a Josué, el jefe de las tropas israelíes, que les haga frente en nombre de Dios, mientras él sube al monte para interceder a favor de su gente.

No se dice que Moisés pronunciara alguna oración, pero su gesto de brazos en alto y rostro hacia el cielo, son por sí mismos oración elocuente, una real y confiada comunicación con Dios que, a través de Moisés y del pueblo, se hace protagonista de la historia.

Este hecho nos invita a considerar como oración, no sólo aquella que se pronuncia con los labios, sino también la que en el silencio se expresa con gestos, actitudes, deseos, llanto, sufrimiento ofrecido, gratitud, adoración, confianza en la presencia activa del Dios como compañero de nuestro caminar hacia la patria celestial. Presencia que Jesús nos promete con su palabra infalible: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

2 Timoteo 3,14-17; 4,1-2

Tú, en cambio, quédate con lo que has aprendido y de lo que estás seguro, sabiendo de quiénes lo recibiste. Además, desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras. Ellas te darán la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno. Te ruego delante de Dios y de Cristo Jesús, juez de vivos y muertos, que ha de venir y reinar, y te digo: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, amenazando o aconsejando, siempre con paciencia y dejando una enseñanza.

San Pablo exhorta a Timoteo a que asimile, viva y predique lo que ha aprendido de él y de las Sagradas Escrituras que conoce desde la infancia.

Las Sagradas Escrituras, (la Biblia) han sido inspiradas por Dios que, mediante ellas, quiere llevar a cabo nuestra salvación. La Palabra de Dios está dirigida a cada uno en particular. Pero sólo podrá dar la salvación si se se la pone en práctica. No basta con saberla de memoria ni con enseñarla: no basta conocer la Palabra de Dios, sino que es necesario vivirla para que se haga fuente de salvación.

Y cuando la Palabra de Dios se conoce y vive de verdad, no podemos menos de comunicarla a los demás allí donde vivimos y actuamos. Pero la comunicación más elocuente no es la verbal, que fácilmente se queda en teórica, si no la que se realiza con la vida y la conducta y, en consecuencia, mediante la palabra proclamada “con ocasión o sin ella”.

Todos tenemos el privilegio, la posibilidad y la responsabilidad de comunicar la palabra viva de Dios, lo cual es posible sólo si se vive; y si se vive, resulta espontáneo anunciarla. Nuestra misión es “vivir en Cristo y comunicar a Cristo”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 14, 2007

Si somos constantes, reinaremos con él.

SI SOMOS CONSTANTES, REINAREMOS CON ÉL.

Lucas 17,11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Reyes 5,14-17

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Elíseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor». Elíseo contestó: « ¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!» Y aunque Naamán insistió, Elíseo se negó a aceptar. Naamán dijo: «Entonces, permite que me den un poco de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor».

Timoteo 2,8-13

Querido hermano: Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo soporto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna. Es doctrina segura: Si con él morimos, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a si mismo.

Sunday, October 07, 2007

AUMÉNTANOS LA FE

AUMÉNTANOS LA FE

Domingo 27º tiempo ordinario / 7-10-2007

Los apóstoles dijeron al Señor: - Auméntanos la fe. El Señor respondió: - Si ustedes tienen un poco de fe, no más grande que un granito de mostaza, dirán a ese árbol: Arráncate y plántate en el mar, y el árbol les obedecerá. Si ustedes tienen un servidor que está arando o cuidando el rebaño, cuando él vuelve del campo, ¿le dicen acaso: “Entra y descansa?” ¿No le dirán más bien: “Prepárame la comida y ponte el delantal para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?” ¿Y quién de ustedes se sentirá agradecido con él porque hizo lo que le fue mandado? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les ha sido mandado, digan: Somos servidores inútiles, pues hicimos lo que era nuestro deber. (Lucas. 17,5-10).

Los apóstoles reconocen que tienen fe, pero se ven deficientes en la imitación de la vida, actitudes, sentimientos y obras de Jesús.

Los apóstoles no piden aumento de capacidad mental para aceptar verdades y doctrinas, sino que piden aumento de la fe como experiencia de fidelidad y amor a Cristo. Una fe que los haga gozosamente capaces de transformarse y de transformar, y de recorrer en comunión con el Maestro el camino que lleva a la resurrección y a la vida eterna.

Gran parte de la sociedad corre ansiosa hacia la nada por el camino de la satisfacción inmediata, a costa de quien sea o de lo que sea, incluso a costa de sí mismo. Está como drogada por el materialismo, ciega y sorda frente las consecuencias fatales de su comportamiento.

Por otra parte, muchas personas que se creen “muy” religiosas, llevan una escandalosa incoherencia de vida. Cosa que sucede también a pastores y catequistas, que no viven lo que enseñan, o transmiten sólo conocimientos teóricos, moral y dogmas que no llevan a la experiencia amorosa den Cristo resucitado, vivo y presente. No es difícil encontrar a catequistas de primera comunión que ni siquiera comulgan.

La fe es una opción que arriesga todo por el todo; nos decide por la vida eterna a pesar de estar viendo cómo se apaga la vida temporal; nos pone a favor de la luz, a pesar de estar sumergidos en tinieblas; nos da confianza en la acogida y el amor de Dios, sin estar totalmente seguros de ello; arriesga lo que se tiene como seguro por lo que se espera; nos da la alegría de morir porque esperamos la resurrección y la gloria. La fe nos da la sabiduría de la vida, porque nos ayuda a ver la realidad con los mismos ojos de Dios.

Esta es la fe que trasplanta los árboles de la voluntad humana desviada, y mueve las rocas de los corazones empedernidos por la indiferencia; transforma mentalidades pervertidas o desviadas por la ignorancia y el orgullo.

Pero la fe no es una conquista personal de la que podamos gloriarnos, sino un don para el servicio humilde, liberador y salvador a favor de los otros. Nosotros sólo podemos pedir, acoger y agradecer ese don de Dios, suplicar, como los apóstoles, que nos lo acreciente.

La fe no es sólo creer en doctrinas y dogmas, sino unión de amor y trato personal con Cristo Resucitado para producir mucho fruto de salvación a favor nuestro y de muchos otros. La fe es a la vez amor sincero a Dios y amor efectivo al prójimo.

Mas cuando produzcamos mucho fruto, hemos de considerarnos siervos inútiles, en el sentido que el mismo Jesús nos dice: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin unión conmigo, no pueden hacer nada”. Porque el fruto lo produce él a través de quien a él está unido.

La fe y sus obras de amor son como el pase gratuito y amoroso de Dios Padre y Amigo para que podamos tener el ciento por uno aquí en la tierra, y luego la resurrección y a la vida eterna en su reino.

“¡Señor, auméntanos la fe!”


Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4


¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: «¡Violencia», sin que tú me salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: “Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá; pero el justo vivirá por su fidelidad.

¿Hasta cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo puede Dios soportar el triunfo de la injusticia y tan ingente cúmulo de abusos y crímenes? ¿Sigue Dios dirigiendo la historia humana? Son preguntas que acosan a todo el que tenga un mínimo de fe en Dios. Y muchos, al no hallar respuestas satisfactorias, pierden la fe.

Los poderosos y políticos que prometen cambiar las cosas, no van más allá de palabras, y terminan contradiciendo con la obras lo que prometieron de palabra. Y los grandes perdedores son siempre los pobres y los inocentes, como podemos constatar a diario. ¿Hasta cuándo triunfarán los perversos?

Es necesario subir de órbita, pasar a la órbita de Dios, a su eterno presente, a su sabiduría y poder infinitos para comprender la situación, que de seguro se revertirá y nosotros lo veremos. Pero ya se verifica cada día en millones de inocentes que pasan a la gloria eterna, y en multitud de perversos van al tormento eterno. El paso a la eternidad da vuelta a la tortilla.

En el ámbito humano-temporal no hay explicación. Sólo hay respuesta desde la fe y la paciencia, la confianza y la fidelidad obstinada a Dios, podemos colaborar en el triunfo definitivo de Dios, que librará a los suyos de tanta calamidad y maldad.

Con el poder de Dios que Cristo ejerce en nosotros y a través de nosotros si estamos unidos a él, sin duda podemos ir cambiando el mundo donde nos toca vivir y actuar: familia, trabajo, política, educación, comunidad, grupo, Iglesia; y no siempre el cambio resulta perceptible, como sucede con el crecimiento a partir de una semilla. Pero Jesús nos asegura: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”.


Timoteo 1, 6-8. 13-14


Querido hijo: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad. No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Por medio del Espíritu Santo, que habita en nosotros, Dios nos ha y da dado a cada uno dones que debemos reconocer y poner al servicio del plan liberador y salvador que Cristo está llevando a cabo, también en nuestros ambientes. No podemos hacerlos talentos enterrados e improductivos, de los que tendríamos que dar cuenta. Pero no hemos de obrar por temor, sino por amor, con fortaleza y perseverancia tenaz.

Esos dones se los recibimos sobre todo en el Bautismo, en la Eucaristía, en la confirmación, en el matrimonio, en la ordenación sacerdotal, en la oración, etc. Y nos habilitan para que Cristo resucitado pueda dar testimonio de sí a través de nosotros.

Pero sin olvidar que por lo general tenemos que testimoniar el Evangelio en ambientes hostiles, - y puede serlo incluso nuestra propia familia – tomando conciencia de que toda forma de evangelización supone llevar la cruz junto con Cristo, y de que es él quien obra en nosotros, de lo contrario no podríamos hacer nada en el orden de la salvación. Necesitamos la fortaleza y la ayuda del Espíritu Santo, que debemos pedir, esperar y agradecer continuamente.


P. Jesús Álvarez, ssp.