Sunday, July 30, 2006

MULTIPLICAR y COMPARTIR

MULTIPLICAR y COMPARTIR

Domingo 17º del tiempo ordinario - B / 30 julio 2006

Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?» Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Jesús dice a los discípulos que den ellos de comer a la multitud, que por sí sola no puede valerse. Pero tampoco los discípulos pueden conseguir comida para tanta gente en un despoblado. En realidad Jesús no pretende que proporcionen la comida, sino que repartan la que él les va a dar multiplicando lo poco que tienen.

El Maestro prepara a los suyos para la revelación sobre el Pan Eucarístico, que ellos multiplicarán y repartirán, junto con el Pan de la Palabra, para la vida y salvación del mundo. Pero ellos no serán dueños de ese Pan que Jesús les dará.

El Maestro quiere enseñarles a la vez que no sólo han de preocuparse de lo espiritual y de la doctrina, sino también de las necesidades materiales y humanas de la gente. Porque él no vino sólo a predicar, sino también para ayudar de forma concreta a los necesitados de pan, salud, amor, sentido, consuelo, paz, alegría.

Cuando socorremos necesidades del prójimo, también compartimos con Jesús su obra evangelizadora y salvadora. Él mismo se identifica con los necesitados: “Lo que hagan con uno de estos, conmigo lo hacen”. Ya se trate de alimento espiritual, cultural, moral, afectivo o físico.

Multiplicar los panes es compartir lo que Dios nos ha dado para vivir y compartir: vida, capacidad de amar, fe, alegría, talentos, profesión, tiempo, salud, alimentos, bienes materiales... E invitar a quienes más han recibido a que compartan más.

Es necesario mentalizar a los grandes de la tierra –hombres y pueblos- para que cambien su corazón de piedra, pues les sobra mucho más de lo que necesitan para vivir, y lo peor es que lo usa para matar. Ellos se apropian los bienes que sobrarían para dar casa, comida y vida digna a todos los humanos.

Pero también hay quiénes reparten o comparten el Pan Eucarístico y el Pan de la Palabra, mas se quedan impasibles ante el hambre física o moral. Entonces no toma cuerpo el Pan divino ni produce vida...

Compartir es la mejor forma de agradecer, conservar y multiplicar lo que se tiene, se es, se sabe y se espera: todo don de Dios. Si ponemos lo que está de nuestra parte, Dios pondrá lo demás. “Den y se les dará... con una medida rebosante”. “Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”.

Dios no se compromete a conservarnos lo que se quita o se niega al necesitado. Sólo nos devolverá el ciento por uno de lo que damos. Seamos sabios calculadores y administradores de lo que recibimos para vivir y compartir. Así podremos escuchar al fin de la vida las palabras consoladoras de Jesús: “¡Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino preparado para ustedes!”

2 Reyes 4, 42-44

En aquellos días: Llegó un hombre de Baal Salisá, trayendo pan de los primeros frutos para el profeta Eliseo, veinte panes de cebada y grano recién cortado, en una alforja. Eliseo dijo: «Dáselo a la gente para que coman». Pero su servidor respondió: «¿Cómo voy a repartir esto a cien personas?» «Dáselo a la gente para que coman -replicó él-, porque así habla el Señor: "Comerán y sobrará"». El servidor se lo sirvió; todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor.

El profeta Eliseo, con la multiplicación de los veinte panes para cien hombres, anticipa los milagros de Jesús que multiplica el pan material para las multitudes, signo de la multiplicación del Pan Eucarístico y del Pan de la Palabra para todo el mundo en todos los tiempos hasta el fin de la historia humana.

Si un hombre de Dios, nueve siglos antes de Cristo, multiplicó los panes, cuánto más el mismo Hijo de Dios multiplicará el pan material, el pan espiritual de la Eucaristía y de la Palabra para la vida y salvación de la humanidad.

Dios no falta a la humanidad; es el hombre quien puede faltar y falta a Dios, a sus hermanos y a sí mismo.

¡Ay de quienes monopolizan el pan material! Y ¡felices quienes hacen lo posible para multiplicar el pan material, y más quienes multiplican el Pan de la Eucaristía y de la Palabra para las multitudes de los hijos de Dios!

Efesios 4, 1-6

Hermanos: Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.

La vocación a la que hemos sido convocados es la unidad y la fraternidad en el amor mutuo. El secreto y la fuente de esta unidad –familiar, comunitaria, social y global- se encuentra en la vida común de la Santísima Trinidad, nuestra comunidad familiar de origen y de destino; fuente fecunda de toda comunidad, de la fraternidad familiar y de la fraternidad en la familia universal.

Para lograr esta unidad es necesario decidirse a vivir la fe en Jesús resucitado presente, que en él nos une a la Trinidad, e imitarlo en su amor, humildad, paciencia, dulzura, misericordia, perdón, ayuda...

Esa es la forma de compartir el amor misericordioso y universal de las tres Personas de la Trinidad: del Padre que nos ama como hijos, del Hijo que nos salva como hermanos, del Espíritu Santo que nos sana en el amor del Padre y del Hijo, y nos integra en la Familia Trinitaria.

Esa es nuestra verdadera vocación, el único camino por donde encontraremos la satisfacción de nuestros deseos y la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad: la esperanza a la que hemos sido llamados. Quien no responde a esta vocación y toma por felicidad lo que es sólo satisfacción superficial y pasajera, camina hacia la infelicidad, hacia el sufrimiento sin sentido y hacia la muerte sin esperanza.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 23, 2006

TRABAJO Y DESCANSO

TRABAJO Y DESCANSO

Domingo 16º durante el año - B / 23-07-2006

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo en­señándoles largo rato.

Los apóstoles, contentos de su misión, le cuentan a Jesús cómo les ha ido, pero están cansados, y Jesús los invita a un lugar retirado para reposar, orar, reflexionar, dialogar. El Maestro quiere evitar que la actividad apostólica los lleve al estrés paralizante o al triunfalismo estéril.

Dios puede hacer siempre más y mejor a través de nosotros si actuamos con humildad y generosidad. O sea, conscientes de que la eficacia salvadora de nuestra vida cristiana y de nuestra actividad evangelizadora y laboral se debe sólo al único Salvador, Cristo. Así lo afirma Él mismo: "Quien permanece unido a mí produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada" (Jn, 15, 5).

Jesús y los discípulos, al llegar al lugar retirado, se encuentran con la multitud de la que escapaban. Entonces él echó mano del único recurso que le quedaba ante el fracaso de su plan de necesario descanso y aente la multitud de “ovejas sin pastor: “Se puso a enseñarles con calma”.

En situaciones semejantes, acojamos la experiencia a la que el Maestro nos invita: “Vengan a mí todos los que andan cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28). Encontrarse con Jesús y estar con él, es el descanso más productivo de paz y salvación. Es lo que siempre han hecho grandes mujeres y hombres sobrecargados de una actividad abrumadora. Dos ejemplos recientes: Madre Teresa de Calcuta y Santiago Alberione.

Es indispensable recurrir a esa experiencia pacificadora de la contemplación del Maestro en nuestra misión de cristianos, la cual consiste en evangelizar a los demás con la vida, con las obras y con la palabra. “Para hablar de Dios a los hombres, hay que hablar y escuchar primero al Dios de los hombres”. Y convencernos de que es más eficaz la palabra de la vida y de las obras que la de los labios o de la pluma, cuya eficacia brota sólo de la vida en unión con el Divino Pastor.

Mas puede haber circunstancias en la vida en no se tenga tiempo ni para comer. Pero si no tuviéramos tiempo para estar con Cristo (dentro o fuera de las actividades absorbentes), correríamos el grave riesgo de estar perdiendo el tiempo en actividades privadas de sentido liberador y salvífico.

A falta de tiempo material, disponemos siempre del tiempo “mental”, “imaginativo” y “cordial”, que nadie nos puede arrebatar. Jesús nos advierte: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21), “Donde estoy yo, allí estará también mi discípulo”.

Nadie nos puede privar de la posibilidad y la alegría de orientar, a diario y en todo momento, nuestra mente, nuestra imaginación, nuestro corazón y nuestra oración hacia el Resucitado presente, que nos asegura su promesa infalible de estar a nuestro lado todos los días de nuestra vida. Pero es decisivo que nosotros nos decidamos a estar de veras con Él.

Jeremías, 23, 1-6.

¡Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de mi pastizal! -oráculo del Señor-. Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo: Ustedes han dispersado mis ovejas, las han expulsado y no se han ocupado de ellas. Yo, en cambio, voy a ocuparme de ustedes, para castigar sus malas acciones -oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las había expulsado, y las haré volver a sus praderas, donde serán fecundas y se multiplicarán. Yo suscitaré para ellas pastores que las apacentarán; y ya no temerán ni se espantarán, y no se echará de menos a ninguna -oráculo del Señor-. Llegarán los días -oráculo del Señor- en que suscitaré para David un germen justo; Él reinará como rey y será prudente, practicará la justicia y el derecho en el país.


Este paso de Jeremías es de una actualidad sorprendente... Falsos pastores o líderes que en todos los tiempos y en todas las religiones extravían a sus hermanos con falsas doctrinas, o con una vida que contradice la verdadera doctrina que predican, pues hacen de su predicación un negocio.

También en nuestra Iglesia hay falsos pastores a causa de la incoherencia de su vida. Debemos reconocerlos para no imitarlos; para orar, ofrecer por ellos y darles ejemplo. Nosotros no creemos en los pastores, ya sean buenos o malos, sino en el Supremo Pastor resucitado, quien, en una eventual falta de buenos pastores, nos guiará personalmente hacia las verdes praderas de la vida eterna.

Al Buen Pastor tenemos que mirar y seguir, para no dejarnos llevar por el mal ejemplo de los falsos pastores y para no ser merecedores el mismo castigo que vendrá sobre ellos por haberse desviado del Divino Pastor, quien, a la hora de las cuentas, les dirá: “No los conozco; aléjense de mí, obradores de iniquidad”.

Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separa­ba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamien­tos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y Él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu.


Jesús, con su palabra y con su cruz, derriba los muros del nacionalismo religioso judío, que luego los apóstoles abatirán dispersándose por todo el mundo para llevar el mensaje de la paz y la fraternidad universal promovido por el Maestro, Príncipe de la Paz, nuestra paz.

La paz tiene dos direcciones: una vertical, paz con Dios; y otra horizontal, paz con todos los hombres, hermanos de Cristo e hijos del mismo Padre. Sólo si tenemos paz con Dios, la tendremos con los hijos de Dios, y con nosotros mismos. Somos familia de Dios, en la que todos somos amados como hijos y todos iguales.

Dios ama a todos los hombres y quiere su salvación. Es un deber y un gozo compartir ese amor y esa voluntad salvífica de Dios, abriendo el corazón y la oración – sobre todo la Eucaristía – a todos los hombres hermanos nuestros.¿Cuántas veces hemos orado por aquellos hermanos nuestros que los medios de comunicación social nos presentan cada día sufriendo hambre, injusticia, violencia, violaciones, engaños, desgracias, guerra, muerte..., en nuestro país y en todo el mundo?

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 16, 2006

PREDICAR, CURAR Y EXPULSAR DEMONIOS

PREDICAR, CURAR Y EXPULSAR DEMONIOS

Domingo 15º tiempo ordinario - B /16 julio 2006

Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan en la alforja ni dinero en la faja; que llevasen sandalias y un manto solo. Y añadió: - Quédense en la casa donde les den alojamiento, hasta que se vayan de ese sitio. Y si en algún lugar no los reciben ni escuchan, al salir sacudan el polvo de sus pies para dar testimonio contra ellos. Salieron, pues a predicar la conversión; echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. (Mc 6, 7-13)

Jesús envía a los suyos a proclamar el evangelio del reino, y les pide vayan con lo indispensable, para que apoyen sólo en Él la eficacia de su misión salvadora y no sólo en los medios materiales, aunque deban usar todos los que contribuyan a la difusión de la buena noticia, incluidos los costosos medios masivos, imprescindibles hoy en la evangelización, como usaron la escritura en el Antiguo Testamento.

El mensaje del Evangelio es el centro de la vida y acción de los discípulos. Ellos no pueden ocupar su corazón y su tiempo con otras cosas. Pero los destinatarios, agradecidos, deben sostener con sus bienes a los mensajeros que les ofrecen el bien máximo: el evangelio de Cristo, su único Salvador. Es un don absolutamente impagable.

Jesús manda a sus discípulos no sólo a predicar, sino también a obrar como él: curar enfermos, echar demonios, denunciar injusticias de toda clase... Y así lo hacen.

¿En qué consiste hoy ese curar enfermos y echar demonios? A parte que también hoy existen sacerdotes y laicos que hacen curaciones y expulsan demonios, las deficiencias de la salud física se remedian con los adelantos de la medicina y a manos de los médicos, entre los cuales hay también verdaderos discípulos Cristo, declarados o anónimos. Ellos son los nuevos “samaritanos”.

Y los discípulos siguen hoy la lucha contra el maligno oponiéndose a todo lo que amenaza al hombre: egoísmo, injusticia, vicio, violencia, pobreza, hambre, corrupción, explotación, mentira, hipocresía... Donde llega la palabra y la acción del discípulo unido a Cristo, el mal queda al descubierto y retrocede.

Quienes se agarran al poder como autoservicio y no como servicio al pueblo, pretenden que la Iglesia se limite a cosas espirituales y de sacristía, que sólo rece y no se meta en otros asuntos sociales o políticos. O sea, que no se ponga a favor de la vida, la verdad, la justicia, la paz, la fraternidad universal, el progreso; que no se ponga al lado de los pobres y los explotados por los poderes o superpoderes, pues así los poderosos de turno podrían navegar impunemente en riquezas acumuladas a costa de la pobreza de los más, gozar a costa del sufrimiento ajeno, e incluso vivir a costa de la muerte de otros. Actitudes claramente diabólicas, que un día se volverán contra los mismos que las secundan.

Valiente la palabra, la denuncia y la acción de obispos, sacerdotes, religiosos, laicos y personas de bien en todas las confesiones, incluso arriesgando sus vidas, frente a tantas situaciones de hambre, enfermedad, engaño, explotación, injusticia, violencia, muerte, que son acciones “demoníacas” en nuestro mundo de hoy.

El seguimiento de Cristo no es privilegio del clero, sino competencia, derecho y vocación de todo bautizado. Teniendo en cuenta que la palabra más eficaz no es la que sale de los labios, sino la que brota de la vida, de la fe y de la unión con Cristo. Esa forma siempre actual y eficaz de predicar y echar demonios es privilegio de todos, para cada cual según su condición.

Por otra parte, todos corremos el peligro de cerrar los oídos, la mente y el corazón a la Palabra de Dios que nos transmiten sus enviados, mereciendo que nos sacudan en la cara el polvo de sus pies, con grave riesgo de nuestra propia salvación.

No nos busquemos fáciles pretextos para no escuchar esa Palabra y no ponerla en práctica, siendo uno de los más frecuentes alegar que el predicador no nos simpatiza, no es muy ejemplar, no tiene preparación, etc. Con todo, siempre podemos encontrar la Palabra de Dios genuina y directa en la Biblia, y de modo especial en los Evangelios.


Isaías 55, 10-11.

Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

La Palabra de Dios no es como nuestras palabras, sino que hace realidad lo que anuncia: la salvación a quien la busca, la espera y la acoge. Es fuente de vida, y no simple sonido que comunica ideas, sentimientos, información, verdades, o mentiras.

La palabra predicador y del simple cristiano, para que tenga eficacia salvadora, debe inspirarse en la Palabra de Cristo, sintonizar con ella y reflejarla, en especial la palabra más elocuente y que todo el mundo entiende: la palabra de la propia vida y obras, que son como un evangelio abierto, el único que podrán leer muchos de su entorno, empezando por el propio hogar.

Cuando el cristiano lo es de verdad –persona unida a Cristo-, es imposible que su vida no “hable” ni actúe en su ambiente, aunque ni él ni los demás se den cuenta. Pues está de por medio la palabra infalible de Jesús y su misma persona: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Ahí está el secreto de la eficacia de la palabra y de la vida del cristiano.

Romanos 8,18-23.

Hermanos: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

San Pablo había estado en el “tercer cielo”, aunque no sabe si “dentro o fuera del cuerpo”, y recordando esa experiencia, exclamó: “Ni oído oyó, ni ojo vio, ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”. Por eso decía también: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.

Él habla con conocimiento de causa cuando afirma que los sufrimientos temporales son nada en comparación con la inmensa gloria y gozo que Dios un día nos concederá en su casa eterna. Gloria y gozo que compartirá también con nosotros toda la creación una vez liberada de la esclavitud del egoísmo y del afán de dominio por parte de unos pocos hombres pervertidos, que la acaparan para su servicio a costa del sufrimiento de muchos.

Esos dolores de parto, inútiles por sí solos, Dios los transforma en fecundos dolores que darán vida, y por la resurrección darán a luz un mundo nuevo presidido por Cristo, Rey del Universo; un mundo donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad.

En esa perspectiva tenemos que valorar y aprovechar nuestros sufrimientos, los de todos los hombres y los de la creación entera, asociándolos a los de Cristo crucificado, con él en camino hacia la resurrección y la gloria. Esa es nuestra esperanza segura, anclada en Jesús crucificado y resucitado, el único que puede y quiere liberarnos del sufrimiento y de la muerte para glorificarnos con él en su reino eterno.

Cristo ha tomado muy en serio nuestra salvación. Él hizo y hace lo indecible por salvarnos. Tenemos que pedir con insistencia lo mismo que él desea para nosotros y hacer lo imposible para conseguirlo. Entonces el éxito estará asegurado.

Dice San Agustín: “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios ha dejado a nuestra elección libre y condiciona a nuestro esfuerzo el éxito eterno que nos ofrece. Dios nos ofrece el éxito, pero nosotros podemos acogerlo y secundarlo, o bien ignorarlo y despreciarlo. Verifiquemos cuál es nuestra actitud frente la oferta gratuita de salvación por parte de Dios. Deseemos y preparemos en serio “la hora de ser hijos de Dios, la resurrección de nuestro cuerpo”, “que él transformará en cuerpo glorioso como el suyo”.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 09, 2006

ESCUCHAR A LOS PROFETAS Y SER PROFETAS

ESCUCHAR A LOS PROFETAS Y SER PROFETAS

Domingo 14º Tiempo Ordinario-B / 9-7-2006

Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, Nazaret, y sus discípulos se fueron con él. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: “¿De dónde le viene todo esto? ¿De dónde esta sabiduría, y cómo salen esos milagros de sus manos? Si no es más que el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón. Y sus hermanas ¿no están aquí entre nosotros? Se extrañaban y no querían darle crédito. Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre su parentela y en su familia”. (Mc 6, 1-6).

Los vecinos de Nazaret conocían a Jesús desde la infancia: era un carpintero, sin carrera, hijo de una vecina y un vecino como todos. Y también él era uno más. Según ellos, no podía ser profeta, ni enseñarles algo nuevo. Y mucho menos podía ser el Profeta-Mesías, pues este debería aparecer con gran poder y majestad, para asumir portentosamente el poder político y religioso en el pueblo de Israel y librarlos de la opresión de Roma.

Profeta, en el lenguaje bíblico, no es tanto quien predice el futuro, sino quien ve y valora las cosas, los acontecimientos y a las personas con los ojos de Dios, y habla en nombre de Dios. El profeta no es necesariamente un santo. Pero tiene conciencia de que Dios lo elige para hablar y obrar en su nombre y que no puede guardarse para sí el mensaje.

El profeta choca contra quienes se han instalado en formas egoístas de religiosidad y de vida. Y se atreven a toda clase de injusticias, e incluso asesinatos, como lo intentaron con Jesús los vecinos de Nazaret cuando quisieron despeñarlo. Y como lo hicieron luego quienes lo crucificaron; y cuantos, a lo largo de la historia, han realizado persecuciones, torturas, martirios…

Procuremos no sumarnos a quienes se dicen “muy religiosos”, que tienen imágenes, comulgan, rezan el rosario, asisten a procesiones, reuniones, ocupan puestos eclesiales o sociales de privilegio…; pero si se sienten denunciados por el profeta, no tratarán de mejorar, sino que lo descalificarán de mil maneras e intentarán acallarlo por todos los medios: difamación, calumnia, cárcel, muerte... Mas Dios saldrá a favor de su profeta, devolviéndole la vida con la resurrección, como a Cristo Jesús, mientras que a los verdugos les llegará la hora de la ruina.

¿Qué sucedería, por ejemplo, si alguien dijera a ciertos grupos o personajes religiosos: "Ustedes rezan el Padrenuestro con frecuencia...; pero no basta: hay que vivirlo en el hogar, en el trabajo, en las relaciones, en la universidad...?” El Padrenuestro no es sólo una oración para recitar, sino un programa de vida cristiana propuesto por el mismo Hijo de Dios.

La vocación del profeta es riesgo constante, pues debe denunciar a quienes manipulan, utilizan, alienan y engañan a la gente sin los suficientes recursos culturales y de autodefensa. Y animar a ese pueblo a no dejarse engañar, a luchar por una vida y una sociedad mejor, según los valores humanos y cristianos.

Pero también hay falsos profetas. ¿Cómo distinguirlos de los verdaderos? “Por sus obras los conocerán”, nos dice Jesús. No por sus solas palabras, ideas, ritos o apariencias.

Por otra parte, todo cristiano recibe en el bautismo la vocación de profeta, y debe realizarla con la vida, la palabra y las obras. La religiosidad estática, de rutina, de sólo cumplimiento, es un escándalo; y constituye el mayor obstáculo para vivir, transmitir y aceptar la fe, para la relación filial con Dios en comunicación salvífica con los hermanos.

Ezequiel 2, 2-5

Un espíritu entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. Él me dijo: “Hijo de hombre, Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy. Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que Yo te envío, para que les digas: «Así habla el Señor». Y sea que escuchen o se nieguen a hacerlo -porque son un pueblo rebelde- sabrán que hay un pro­feta en medio de ellos”.

Si la Palabra de Dios no nos conmueve ni molesta, si no nos dice nada, es señal de que no la escuchamos, de que somos rebeldes y sordos como los israelitas. Pero si la escuchamos con gusto y avidez, si nos escuece, nos dejamos cuestionar, nos denuncia, nos anima y ayuda a mejorar, es buena señal.

El verdadero profeta, evangelizador o catequista, no va ni habla en nombre propio, sino que es enviado, se siente enviado y habla movido por la fuerza del Espíritu: “No serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu Santo hablará por ustedes”; “Quien a ustedes los escucha, a mí me escucha; y quien me escucha a mí, escucha a mi Padre”, asegura Jesús.

Dios habla e interviene a través de personas y de palabras humanas. Y hemos de estar bien atentos a esas palabras e intervenciones, pues son más frecuentes de lo que pensamos. Y es muy fácil buscar pretextos - las deficiencias del enviado, por ejemplo- para cerrarnos a la palabra exigente de Dios.

Por otra parte, todo cristiano es un enviado a sus hermanos para hablarles de parte de Dios e intervenir en sus vidas con la palabra, el ejemplo, la oración, el sufrimiento ofrecido… Negarse a este envío, equivale a no escuchar la Palabra de Dios ni llevarla a la práctica.

2 Cor 12, 7-10

Hermanos: Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero Él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecucio­nes y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Pablo ha sido descalificado por algunos como evangelizador y como persona, a causa de su pobre apariencia, lo cual podría ser un riesgo para la fe de los corintios. Entonces revela los prodigios que Dios ha realizado en él y por él, a pesar de sus debilidades, enfermedad y lo poco que humanamente es.

Pero en lugar de gloriarse de la grandeza de las revelaciones y de las intervenciones de Dios en su vida, se gloría en sus debilidades y enfermedad, a pesar de las cuales el poder de Cristo se manifiesta en él y en su predicación, revelando así la fuerza de la cruz y de la resurrección.

Quien conoce sus debilidades y reconoce sinceramente sus pecados entonces la humildad (que es verdad) hace lugar al poder salvador de Cristo. Pero quien está pagado de su saber, de su hacer y de su profesionalidad, no deja lugar para la omnipotencia salvadora de Dios, y se atribuye sus obras.

El sufrimiento, la calumnia y la persecución no deben ser motivo de desaliento y desesperanza para el cristiano, para el evangelizador o el catequista, sino ocasión para que actúe en ellos la fuerza salvadora de Cristo resucitado.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 02, 2006

FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN

FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN

Domingo 13º del tiempo ordinario-B / 2-7-2006

En aquel tiempo Jesús atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies suplicándole: “Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo”. Jesús se fue con Jairo; caminaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. De pronto llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: “Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro? Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: “No temas, solamente ten fe”. Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. Jesús entró y les dijo: “¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida”. Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. Tomándola de la mano, dijo a la niña: “Talitá kumi”, que quiere decir: “Niña, yo te lo mando, ¡levántate!.” La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. Pero Jesús les pidió insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña. Mc 5,21-43.

Jesús se conmueve ante la muerte “absurda” de una niña de doce años, y la devuelve viva a sus padres. Pero ¿qué es la resurrección de una sola niña, frente a millones de niños, jóvenes y adultos que mueren o son eliminados cada día sin compasión alguna? Mas Jesús resucita a esa niña para hacernos com-prender que tiene poder para resucitar a los muertos, con su dominio absoluto sobre la muerte, y son multitud los que él resucita cada día a la vida eterna.

Con la resurrección de la hija de Jairo, así como la de Lázaro y del hijo de la viuda de Naín, y sobre todo con su propia resurrección, Jesús nos demuestra que la muerte no es el final de vida humana; que él tiene poder sobre la muerte; que Dios nos ha creado inmortales; que la muerte del cuerpo no es la muerte de la persona, sino que esta, al despojarse del vestido corruptible, el cuerpo, atraviesa el umbral de la muerte hacia la plenitud de la vida eterna.

San Pablo asegura que Jesús “transformará nuestro pobre cuerpo mortal y lo hará semejante a su cuerpo glorioso” (Flp 3, 21), “Lo que es corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de inmortalidad” (1 Cor 15, 53). La muerte, por lo tanto, no es de por sí una desgracia, sino la puerta de la máxima gracia y máxima suerte: la resurrección y la vida eterna.

El mismo Apóstol nos legó su convicción de fe: “Para mí es con mucho lo mejor el morirme para estar con Cristo”; “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”; “Pongan su corazón en los bienes del cielo, donde está Cristo”.

No podemos, pues, pensar nunca en la muerte sin pensar a la vez, y sobre todo, en la resurrección; de lo contrario viviremos como esclavos del temor a la muerte, en lugar de vivir en la alegría del esfuerzo por conquistar la resurrección a través de la muerte, pasando por la vida haciendo el bien en unión con Cristo.

La fe verdadera no se rinde ante el poder de la muerte. ¿De qué nos valdría la fe si no nos llevara a la vida más allá de la muerte? Si no se cree en la resurrección, la fe resulta un engaño y la predicación un fracaso.

Creámosle a nuestro Salvador: "Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá". Y vivamos en coherencia con esa fe.

Sab 1, 13-15; 2, 23-24

Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla.

El misterio del sufrimiento y de la muerte sólo se nos desvelará en la eternidad. Pero, entretanto, Dios mismo nos confirma con su palabra infalible que él no es autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el autor de la vida y de la felicidad. El misterio de la omnipotencia de su amor consiste en que él cambia la muerte en resurrección para la vida sin fin, y el sufrimiento en deleite eterno.

Por tanto, es irrazonable e injusto, si no blasfemo, atribuir a Dios el sufrimiento y la muerte. En contra de las muchas apariencias, la muerte no tiene dominio sobre la creación ni sobre el hombre, sino que el poder absoluto lo tiene Cristo, Rey del universo y de la historia, quien domina también sobre la muerte, destruyéndola al resucitar a todos los que pasan por la vida haciendo el bien.

Pero queda en pie la tremenda posibilidad de la “muerte segunda” para quienes se hacen colaboradores de las fuerzas del mal y de la muerte, pues se autoexcluyen de la felicidad y deleites eternos por haber pretendido construir su cielo terreno a costa de hacerles el infierno en la tierra a sus hermanos.

Hay que “entrar por la puerta estrecha que conduce a la gloria” y ayudar a otros entrar, porque “muchos toman el camino ancho que lleva a la perdición”.

2 Cor 8, 7. 9. 13-15

Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad. Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: "El que había recogido mucho, no tuvo de sobra, y el que había recogido poco, no sufrió escasez".

La sabiduría, la fe, el amor deben expresarse en la generosidad concreta con los necesitados. Si por la fe nos sabemos hermanos del pobre, por ser él hijo de Dios como nosotros, no le cerraremos el corazón ni la mano. Además, si somos conscientes de que todo lo hemos recibido de Dios, seremos generosos en compartir con el necesitado, como gratitud y motivo para que Dios nos conserve y aumente sus dones. Quien no da de lo recibido, no merece recibir.

La limosna tiene sentido teologal y salvífico: el donante alcanza al mismo Cristo con su limosna: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”, y contribuye a la propia salvación: “La limosna cubre multitud de pecados”. Además suscita en el destinatario la alabanza a Dios, pues intuye que el donante le ayuda por creer en Dios y por considerarlo hermano en Dios Padre.

Estas motivaciones deben ser el móvil de toda acción solidaria, limosnas y colectas, a fin de promover la generosidad y evitar la mezquindad de la moneda más chiquita o dar sólo de lo superfluo, de lo que sobra. Quien se cree favorecido por Dios, será capaz de dar hasta que duela, a imitación del Pobre de Nazaret, que siendo rico se donó a sí mismo hasta la dolorosa pobreza de Belén y del Calvario.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, June 25, 2006

LA VICTORIA DE LA FE

LA VICTORIA DE LA FE

Domingo 12º del tiempo ordinario – 25-06-2006

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, lo llevaron en la barca en que estaba; otras barcas lo acompañaban. De pronto se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús, entretanto, dormía en la popa sobre un cojín. Y lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó y se puso en pie encarando al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cálmate!” El viento se apaciguó y siguió una gran calma. Después les dijo: “¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe?” Pero ellos estaban muy asustados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 35-40).

El texto nos invita a tomar conciencia de nuestra pequeñez e impotencia frente a los desastres naturales: terremotos, tormentas, inundaciones, huaicos, volcanes...; y ante los desastres humanos: odio, guerras, injusticias, corrupción, abuso de poder, hambre, terrorismo, aborto, secuestros, violencia sexual y familiar, prostitución, pornografía, alcohol, droga, sida...

Todo un mar tenebroso y huracanado, donde parece destinada a hundirse sin remedio la pobre barquilla del reino de Jesús, la Iglesia, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que luchan por un mundo mejor, donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y la solidaridad, la dignidad humana y la alegría de vivir, en la perspectiva de la alegría de morir para resucitar.

Pero a veces Dios parece dormido, ausente, indiferente..., siendo así que sólo él puede socorrernos y salvarnos en la tormenta. Jesús parecía dormir indiferente ante la angustia de los discípulos que esperaban lo peor: ser tragados por las olas. Y también el Padre parecía dormido ante los sufrimientos de su Hijo, cuando las fuerzas del mal se ensañaron contra él hasta asesinarlo. El mismo Jesús llegó a quejarse: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Pero la victoria del mal fue -y es- sólo momentánea y aparente: el Padre le respondió a Jesús y le dio la razón devolviéndole la vida con la resurrección, que es la victoria total sobre las fuerzas del mal y sobre la muerte. Victoria total de Jesús y de todos los que, aunque no lo conozcan, lo imitan haciendo el bien.

Vivir en medio de este mar tempestuoso exige valentía, fe, amor, esperanza, optimismo invencible. Exige confiar ciegamente en la palabra infalible de Jesús: “No teman; yo he vencido el mal”. “No teman: yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Es necesario el trato asiduo con Cristo resucitado presente, pues sólo él da sentido victorioso y pascual al sufrimiento, a las contradicciones y a la misma muerte. Sólo la unión con él puede alimentar la fe en su presencia amorosa, reconocer y apoyar su acción misteriosa en la guía de la Iglesia, de la humanidad y de la creación hacia su destino glorioso a través del calvario de las tormentas.

El naufragio total y definitivo vendría si no edificamos y vivimos la vida desde la fe en Jesús presente; si vamos tras otros maestros, creencias y cosas en las cuales pongamos más confianza que en él. “Quien se resiste a creer, ya se ha condenado a sí mismo”, nos advierte.

Por lo demás, no podemos perder el tiempo lamentado las tormentas, las crisis religiosas, las tragedias humanas, morales... Hay que encender la luz de la fe, del amor y de las buenas obras en la oscuridad. Encender una vela en lugar de quejarse de las tinieblas. Y en la tormenta despertar a Jesús con optimismo, fe, confianza, con la alegría de vivir, de sufrir y de morir para resucitar como él.

Job 38, 13-11

El Señor habló a Job desde la tempestad, diciendo: ¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del vientre materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones? Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, y le dije: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Job, a verse atenazado por una desgracia tan injusta e irremediable a toda vista, llama a juicio al mismo Dios para demostrarle su inocencia y declarar al Señor responsable de tan indecible sufrimiento. Los amigos de Job esperan que Dios castigue a Job por tal atrevimiento frente a Dios.

Pero Dios acepta compasivo el desafío de Job y le habla en directo desde la tormenta, y no para darle una lección teórica sobre el sufrimiento, ni para añadir un castigo a su dolor, sino para que asuma la finitud humana condicionada por el misterio del sufrimiento, misterio inalcanzable para el entendimiento humano, pero que Dios aprovecha al servicio de su plan amoroso para el bien del hombre.

Como son inabarcables para nuestra inteligencia las fuerzas, los misterios y maravillas de la creación, obra de la sabiduría y poder infinito del Creador, y que están bajo su total control, así es el misterio del sufrimiento, que en los planes de Dios tiene como destino la felicidad y la gloria eterna. Además de servir a la purificación y perfeccionamiento de la imagen de Dios en el hombre, a semejanza de su Hijo, el cual, “por el sufrimiento aprendió lo que significa obedecer” al Padre, quien por el sufrimiento lo llevó a la resurrección y la gloria.

Ahí se justifica el sufrimiento más injusto, pero del cual no es justo culpar a Dios, pues él no es el autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el “transformador” de esas realidades en felicidad y en gloria eterna.

Corintios 5, 14- 17

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.

Si uno solo, Cristo, ha muerto y resucitado por todos, significa que todos morimos con él a todo lo que nos puede cerrar las puertas de la resurrección y de la vida eterna. Y si él ha muerto por amor nuestro, debemos corresponderle con amor, no viviendo ya para nosotros mismos, sino para él, que murió y resucitó por nosotros, a fin de que nosotros podamos morir como él y resucitar con él.

Gracias a su muerte y resurrección, Cristo comparte nuestro destino: la muerte; y nosotros compartimos el suyo: la vida. La muerte de Jesús es un don porque nos merece la vida; y nuestra muerte es una ofrenda agradable a Dios, que él transforma en don para nosotros mediante la resurrección.

Debemos vivir gozosamente conscientes de nuestra pertenencia a Cristo, que nos ha ganado para él con su muerte y resurrección. Nuestra persona se integra en el orden divino de la Persona de Cristo: nos hace miembros suyos, criaturas nuevas que ya no podemos pensar ni vivir ni valorar a nadie ni nada sólo de tejas abajo. Y decidir integrarnos en su obra redentora: “Si Cristo dio la vida por nosotros, también nosotros debemos darla por nuestros hermanos”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 18, 2006

FIESTA y BANQUETE

FIESTA y BANQUETE

Corpus Christi A / 18-06-2006

Dijo Jesús a los judíos: - Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo. Los judíos discutían entre sí: - ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: - Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre. Jn 6, 51-59.

Jesús, una vez vuelto al Padre en la ascensión, vive una presencia universal, como él mismo lo asegura: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Su presencia y su caminar con nosotros todos los días tiene la expresión máxima en la Eucaristía, ofrenda y banquete de vida eterna, donde él se nos da como Pan de la Palabra y Pan eucarístico.

Sin embargo, la Eucaristía, “Pan vivo bajado del cielo”, sólo produce en nosotros frutos de transformación, vida y resurrección, si a la vez nosotros nos abrimos y nos hacemos presentes a él con la fe, la acogida gozosa, la imitación. Nuestra ausencia ante esta presencia personal y amorosa de Cristo vivo, es la que hace infructuosas tantas misas, comuniones, visitas eucarísticas, oraciones, procesiones..., que no logran causar ningún efecto transformador de la persona en su relación con el prójimo y con Dios, porque de hecho ni Dios ni el prójimo están en la base y en la cima de sus intereses.

San Pablo advierte a los fieles de Corintio - y a nosotros -: “Que cada uno, antes de comer este pan y beber esta copa, tome conciencia de lo que hace, porque si come o bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación” (1Cor 11, 27-29).

La prueba de una verdadera comunión con Cristo en la Eucaristía, es la comunión efectiva y afectiva con él en otras realidades donde también está presente: la Palabra de Dios, el prójimo necesitado, la creación... Estas realidades son signos eficaces de la presencia y de la acción salvífica de Jesús, y la comunión amorosa con ellas nos merecen también su promesa: “Yo lo resucitaré el último día”.

Que la Eucaristía sea siempre para nosotros lo que debe ser: un encuentro real de amistad con quien más nos ama y con nuestros hermanos en la fe; una acción de gracias a Dios en unión con Cristo. Y que la comunión sea una acogida de amor que salva, de gozo festivo compartido, de adhesión amorosa a Jesús que entra a vivir en nuestra persona. “Quien me come, vivirá por mí”. Que podamos decir con san Pablo: “Mi vida es Cristo”.

Estos efectos salvíficos de la comunión eucarística se dan también en la comunión espiritual de deseo, cuando la comunión sacramental no es posible. El verdadero deseo y súplica a Cristo resucitado para que entre a nuestra vida, hogar, trabajo, alegrías, sufrimientos..., produce los mismos efectos que la comunión sacramental, simplemente porque es la misma Persona, Cristo vivo, la que se hace presente en nosotros mediante ambas formas de comunión. Y la comunión espiritual no tiene límites de leyes morales, canónicas o religiosas.

Es necesario promover la comunión espiritual, que también llevará a muchos a la comunión sacramental, pues ambas son la respuesta acogedora y vital a la promesa de Jesús: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”; “Venga a mí todos los que están casados y agobiados, y yo los aliviaré”. “Al que venga a mí, no lo rechazaré”. La comunión eucarística es la que une realmente a los católicos auténticos. Y será la causa de la unión con y entre los cristianos de otras confesiones, que ya están unidos entre ellos y con nosotros por la misma fe en Cristo, por el mismo bautismo y por la misma Palabra de Dios. Y la comunión espiritual ¿no podría ser el punto de partida para esa unión?

PROTAGONISTAS NO ESPECTADORES

Asistir a la Eucaristía como espectadores, o hacer de la misa y de la comunión un asunto personal, equivale a deformar la misa y la comunión. Atengámonos a la palabra del mismo Jesús: “Yo soy el pan bajado del cielo para la vida del mundo” (Jn 6, 33), y: “El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 52). Y en la consagración se ofrece el cuerpo y la sangre de Cristo “por ustedes y por todos los hombres”, no sólo por los que asisten o por los católicos.


La Eucaristía es el portentoso acontecimiento de alcance universal en el que compartimos con Cristo resucitado la salvación del mundo y nos hacemos “cuerpo vivo y real de Cristo”, la Iglesia universal, celebrando y ofreciéndose junto con Cristo por la redención de la humanidad: es la obra máxima de apostolado salvífico y de la vida de la Iglesia.


La Eucaristía actualiza verdaderamente la presencia real de Cristo resucitado en persona, y se nos brinda la ocasión privilegiada para compartir -como “pueblo sacerdotal”, “nación santa, pueblo elegido, linaje escogido, sacerdocio real”-, el supremo Sacerdocio de Jesús, ejerciendo el sacerdocio bautismal junto con el sacerdocio ministerial, ambos indispensables y complementarios para que la celebración eucarística no sea un simple espectáculo ritual.


En la celebración activa de la Eucaristía, al ofrecernos junto con Jesús por la salvación del mundo, nos hacemos protagonistas y sacerdotes unidos a Cristo, cada cual según su condición.


La Eucaristía es la máxima obra sacerdotal de Cristo resucitado y de su Cuerpo, la Iglesia. En ella Cristo en persona se hace presente como celebrante principal, y comparte con la Iglesia su misión sagrada. Así la Iglesia realiza, en unión con Cristo, cuanto él realizó en su vida terrena: la santificación-salvación de los hombres y la glorificación de Dios.


La obra sacerdotal de Cristo es la obra de la Encarnación que él llevó a cabo en toda su vida como sacerdote-mediador entre Dios y los hombres. Esta obra culminó en el misterio pascual, en el que el Padre cumplió sus promesas: la resurrección y la gloria eterna para su Hijo, y que Jesús desea compartir con los hombres: “Padre, quiero que donde yo estoy, estén también los que me diste”.


Así, lo que Jesús hizo se nos atribuye también a nosotros como hecho por nosotros. Lo que fue hecho por Cristo mediante la naturaleza humana de todos, en la cual se encarnó, ahora se ejerce por cada una de las personas reunidas en la unidad de su Cuerpo, la Iglesia.


Jesús obró la glorificación de Dios mediante la santificación y salvación del hombre; es decir, dio culto a Dios reconduciendo hacia él a los hombres purificados, reconciliados y santificados. Así en la Eucaristía es santificado el hombre al unirse con Cristo para que pueda dar gloria al Padre (reconocerlo, amarlo y agradarle). La santidad es vida en Cristo, como lo testimonia san Pablo: “Mi vida es Cristo”.Ojalá asimilemos y vivamos este maravilloso y portentoso acontecimiento de la Eucaristía, y nos hagamos auténticos adoradores de Dios en espíritu y en verdad, porque en nosotros, mediante la Eucaristía, obra y adora Cristo mismo en el Espíritu.

Estas líneas están inspiradas en la constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia. La imagen ha sido tomada de www.mercaba.org .

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, June 11, 2006

SANTÍSIMA TRINIDAD

SANTÍSIMA TRINIDAD

Ciclo B - 11-06-2006

En aquellos días los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, dudaban. Y Jesús, acercándose, les dijo: - Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a vivir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Mt 28, 16-20

La Trinidad es la Familia Divina, origen y destino de toda familia humana y de todo cuanto existe en el mundo visible e invisible. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en continua y eterna actividad animada por el amor: la creación en continua evolución y renovación, la conservación y salvación de la humanidad y de todo lo creado.

El Misterio de la Trinidad, misterio de amor infinito, se refleja y transparenta en muchas “trinidades” presentes en la creación, obra de su sabiduría, de su amor y de su omnipotencia. Por ejemplo: el mundo material es uno, pero son tres sus constituyentes: aire, agua y tierra. El árbol es uno, pero copa, tronco y raíz.

El hombre es la imagen viva de la Trinidad, con sus tres facultades constitutivas: mente, voluntad y corazón, fuentes del conocimiento, de la libertad y del amor. El hombre es parecido a Dios trino, porque “lo hizo a su imagen y semejanza”, es su obra maestra en la creación visible. Y lo ama tanto, que lo hace su propio templo, como dice san Pablo: “¿No saben que son templos de la Santísima Trinidad?” Y Jesús afirma: “A quien me ame, lo amará mi Padre, vendremos a él y moraremos en él”.

La familia humana unida en el amor y constituida por el padre, la madre y los hijos, es otra imagen de la Familia Divina, en la que tiene su origen y modelo. De hecho, cuando padre, madre e hijos se aman de verdad, decimos que son una sola cosa, pero ninguno solo hace familia. La familia humana, lo mismo que la Familia Trinitaria, se constituye por la vida, el amor, y la felicidad.

En base a estas imágenes “trinitarias” creadas podemos vislumbrar que la Trinidad no es un frío absurdo, sino un entrañable misterio de amor infinito, de vida, de felicidad, paz y belleza, que nuestra pequeña inteligencia no puede comprender, pero sí puede adorar, contemplar, amar, desear y gozar para siempre.

Jesús no está ni obra nunca solo. Jesús obra y vive en la Familia Trinitaria, con el Padre y el Espíritu Santo. Jesús les manda también a sus discípulos que obren, evangelicen y bauticen, no en nombre propio, sino “en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, continuando por todo el mundo su misión salvadora a favor de los hijos de Dios, con destino a la Familia Trinitaria.

Pero es necesario vivir agradecidos esta pertenencia gratuita y privilegiada a la Familia Trinitaria, para no perderla. Jesús nos indica cómo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”.

Todos podemos y debemos evangelizar escuchando y practicando la Palabra de Dios allí donde vivimos, trabajamos, sufrimos, amamos y gozamos, enseñando con la vida, con la palabra y la acción a vivir lo que Jesús ha mandado.

Creer en la Trinidad para llegar a su Hogar eterno, es vivir en relación de amor y gratitud con las tres divinas Personas: con el Padre que nos ama, con el Hijo que nos salva y con el Espíritu Santo que nos sana. Los tres viven y actúan de continuo en nosotros, que somos templos vivos de la Trinidad.

Abramos las puertas a nuestra Familia Trinitaria, a su amor, a su vida, a su felicidad en el tiempo para alcanzarla en su casa eterna, el paraíso.


Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo diciendo: Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ti en Egipto, ante tus mismos ojos? Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios --allá arriba, en el cielo, y aquí abajo, en la tierra-- y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

Moisés invita al pueblo a reflexionar sobre la presencia amorosa de Dios en su historia; presencia de privilegio manifestada con prodigios y hazañas que no realizó con ningún otro pueblo, demostrando así que él es el único y verdadero Dios del cielo y de la tierra. Todos los demás pretendidos dioses, no son nada.

Mas lo que Moisés dijo al pueblo es sólo figura de lo que dijo e hizo Jesús, lo que sigue diciendo y haciendo al nuevo pueblo predilecto de Dios, y al mundo. Jesús mismo es el milagro y hazaña suprema de Dios a favor del hombre: su encarnación, nacimiento, vida, predicación, muerte, resurrección y ascensión.

Y su permanencia infalible entre nosotros en la Eucaristía y en los demás sacramentos, en su Palabra, en la alegría y en el sufrimiento, en el mundo, está confirmada con incontables milagros a través de la historia, en la vida de los santos y no tan santos, en sus apariciones y en las apariciones de la Virgen María.

La fe es un don, pero hay que pedirlo y abrir los ojos de la mente y del corazón a tantas maravillas de Dios presente, maravillas en nuestra propias vida. Para quien cree, sobran las pruebas; para quien no cree, no le basta ninguna.

Romanos 8, 14-17

Hermanos: Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios «iAbbá!», es decir, «iPadre!» El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con Él para ser glorificados con Él.

Todas las otras religiones, incluida la judía, tratan de hacerse propicio a Dios y alcanzar la salvación con ritos y con esfuerzos en el cumplimiento de normas y leyes. Pero los seguidores de Cristo –cristianos- saben que han recibido la filiación divina por obra del Espíritu Santo en el bautismo, quien los hizo hijos de Dios en su propio Hijo Jesús, nuestro hermano. Y nos aseguramos su benevolencia con sólo llamarle “Padre”, pero de corazón y con fe, y viviendo como hijos suyos.

Sólo el Hijo de Dios, podía asegurarnos que Dios es también nuestro Padre: “Padre mío y Padre de ustedes”, “Padre nuestro, que estás en el cielo”. Y que no sólo podemos, sino que debemos llamarle Padre, viviendo todo lo que ese nombre implica: confianza filial, ternura, cariño, misericordia, ayuda, cercanía amorosa… Y la consiguiente salvación: coherederos de la gloria eterna con el Hijo de Dios: “Padre, donde yo esté, quiero que estén también ellos conmigo”.

Pero esta eterna herencia gloriosa está condicionada al sufrimiento ofrecido en unión con Cristo. Sufrimiento exigido por la renuncia a todo lo que pone en peligro esa herencia; y por la lucha para vivir de modo que seamos “glorificados con él porque sufrimos con él”.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, June 04, 2006

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!

Pentecostés, 4-6-2006

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos. (Jn. 20,19-23).

El miedo y la cobardía marcan la actitud de los pastores y de los fieles cristianos mientras no vivamos conscientes de que Jesús resucitado está en medio de nosotros, con nosotros, en nosotros, y eso nos llene de paz, alegría y seguridad. Él no nos engaña cuando nos dice: “Estoy con ustedes todos los días”. ¡Inmensa dignación! Sólo hace falta que nosotros correspondamos a esa promesa entrañable con el esfuerzo cotidiano y la voluntad optimista de “estar con él todos los días”.

Por otra parte, debemos tener presente que, como el Padre lo envió a él, así él nos envía a nosotros para ser testigos de su palabra y de su presencia resucitada allí donde estemos o donde alcancemos según nuestras posibilidades potenciadas por la fuerza omnipotente del Espíritu Santo. “Así los envío yo a ustedes” no es una consigna en exclusiva para la jerarquía o el clero, sino para toda la comunidad, para todo cristiano, por el hecho de ser cristiano, nombre que significa eso: “portador de Cristo”, “testigo de Cristo resucitado”.

Ser testigos de Jesús no consiste en sólo repetir sus palabras y su doctrina, sino también vivirlas e imitarlo en sus actitudes y obras, lo cual sólo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “No podemos decir ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”; y el himno al Espíritu Santo: “Sin tu ayuda nada bueno hay en el hombre”.

A pesar de ser débiles, pecadores y deficientes en todo, Jesús nos encomienda la misma misión de los apóstoles en un mundo donde imperan las poderosas fuerzas del mal, que nos superan inmensamente. Pero si nos encomienda la misma misión que a los apóstoles, también pone a nuestra disposición los mismos dones y carismas que concedió a los apóstoles; también a nosotros nos envía el Espíritu Santo con su fuerza omnipotente.

No bastan los proyectos pastorales, la profesionalidad, los medios, las estructuras, la oratoria, los estudios teológicos y pedagógicos, etc.; todo eso es bueno, pero sin la acción del Espíritu Santo resulta inútil para la evangelización y salvación del mundo. Y puede resultar incluso fatal, como sugieren las palabras de Jesús: “No los conozco, obradores de iniquidad”, por haber prescindido de Dios al realizar las obras de Dios y apropiárselas.

La fuerza santificadora y salvadora de la evangelización no es obra nuestra, sino del Espíritu Santo a través de nuestra vida y obras, si nos abrimos a él y nos dejamos guiar por él. Jesús nos envía el Espíritu Santo y viene con él para que produzcamos mucho fruto, asegurado por su palabra infalible con una condición: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Por eso la primera y principal preocupación -diría obsesión- tiene que ser en absoluto la de vivir unidos a Cristo resucitado presente; lo demás es relativo por muy bueno que sea.

Pidamos con María, a diario, los dones del Espíritu Santo, y reconozcamos su obra en nosotros, en los demás, en la Iglesia, en el mundo, como María lo hizo con el Magníficat. Aunque los resultados no siempre sean visibles e inmediatos, el cristiano –clero o laico- unido a Cristo en el Espíritu, es imposible que no produzca frutos de salvación, como es imposible que el sol no produzca luz y calor. (S. J. Crisóstomo).


He 2, 1-11

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran. Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. Todos quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración: "Pero estos ¿no son todos galileos? ¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios."

Los discípulos, unidos en torno a la Madre de Jesús, compartían el miedo y el sufrimiento, la oración confiada y la esperanza. Estaban encerrados en el Cenáculo, pero no en sí mismos. Por otra parte, si se hubieran dispersado, buscando cada uno su propia casa y seguridad, no habría sido posible el milagro de Pentecostés.

Y así el milagro se da: la gente escucha y se convierte al oírlos hablar con valentía sobre Jesús resucitado. Antes de su pasión el Maestro decía a sus discípulos: “En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: si se aman unos a otros”; y oraba así por ellos: “Padre, que sean uno, como nosotros somos uno, para que el mundo crea”.

La unión en el amor de Cristo es la primera condición –y la primera palabra creíble- de la eficacia salvadora en la evangelización. La unión en Cristo es el lenguaje que todo el mundo entiende. Pero la falta de unión hace incomprensible el mensaje de Jesús, e incluso llega a escandalizar en vez de edificar.

Grupos, comunidades, catequistas, familias cristianas, sacerdotes y religiosos sólo serán creíbles y harán creíble el Evangelio si viven esa unión en torno a Cristo Resucitado, que sigue enviando su Espíritu a quienes lo desean, lo piden y lo acogen.

1Cor 12, 3-7. 12-13

Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Parecería que san Pablo exagera al afirmar que por nuestras solas fuerzas no podemos decir ni siquiera “Jesús es el Señor”. Pero una cosa es pronunciar una frase y otra profesar con fe y de corazón lo que la frase significa: “Jesús es el Hijo de Dios, muerto y resucitado, vivo y presente entre nosotros”; y otra cosa más es vivir esa realidad, lo cual es imposible sin la ayuda del Espíritu Santo, “que habla en nosotros con palabras inefables”, si lo acogemos.

Sólo es posible por la acción del Espíritu santo el que cada cual asuma con gozo, convicción y gratitud activa sus talentos y su misión en el mundo, en la Iglesia, en la familia, en el grupo o comunidad, como valiosa aportación a la obra de la liberación y salvación encabezada por Cristo en el Espíritu. Sin envidia, ni rivalidades, ni prepotencia, ni indiferencia. Estamos en la “era” del Espíritu Santo: supliquemos sus dones como los apóstoles en intensa oración unidos con María, la Madre de Jesús y Reina de los Apóstoles.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, May 28, 2006

TODOS LLAMADOS A EVANGELIZAR

TODOS LLAMADOS A EVANGELIZAR


Ascensión del Señor B / 1 junio 2003


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba su mensaje con los milagros que lo acompañaban. (Mc. 16,15-20).

Las Ascensión nos atestigua que Jesús ha vencido todo lo que amenaza la vida humana: el dolor, el odio, la guerra, la muerte, que no son la palabra definitiva sobre la suerte del hombre. Esos males, mediante la resurrección y la consiguiente felicidad eterna, desaparecerán totalmente para quienes pasan la vida haciendo el bien, a imitación de Cristo.

Jesús abrió el camino de la resurrección para quienes lo reconocen y lo aman como único Salvador. Al final de la carrera terrena vendrá en persona a buscarlos para llevarlos a la Casa del Padre suyo y Padre nuestro.

En el testamento de Jesús el día de la Ascensión, nos dejó una consigna decisiva para todos sus discípulos de ayer, de hoy y de siempre: compartir, en unión con Él, su misión de evangelizar a todas las gentes, mediante la oración, el sufrimiento ofrecido, el ejemplo, la palabra, la acción y con todos los medios a nuestro alcance. Ese “todas las gentes” empieza en nosotros mismos, en el hogar, en el trabajo, en el centro de estudios, en la política...

Alcanzamos a todo el mundo de manera especial con la celebración eucarística, que nos ofrece la posibilidad de compartir con Cristo, su acción salvadora universal, especialmente desde la Eucaristía, “ofrecida por todos los hombres”. Él nos garantiza: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, aunque no sepamos dónde, ni cómo, ni cuándo ni favor de quién llega la acción salvífica que Cristo realiza con nosotros.

Ejemplo admirable de esta acción salvífcia universal es santa Teresita del Niño Jesús que, sin salir de su convento, se hizo instrumento de salvación para multitudes con su vida, su oración, sus sufrimientos, y por eso fue proclamada Patrona de las Misiones.

Por otra parte, estaba reservada a nuestros tiempos, a nosotros, la posibilidad de realizar al pie de la letra el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio", pues a través de los medios de comunicación social (cuya Jornada Mundial celebramos hoy) es posible llevar la Palabra salvadora de Dios a los rincones más remotos y oscuros del mundo.

Esos medios, que la Iglesia llama “admirables”, maravillosos, ofrecen a Cristo y a su mensaje nuevos púlpitos, nuevos areópagos, nuevos y rapidísimos caminos por donde llega la presencia salvadora de Jesús. Nuevas autopistas de luz para el Salvador, Luz del mundo, para sus pies de luz con la velocidad de la luz.

Ya Pablo VI decía que la Iglesia –clero y laicado- debería sentirse culpable ante Dios y ante los hombres si no aprovechara las enormes posibilidades de evangelización y misión que estos medios ofrecen. Pero pocos lo sienten así.

Y Juan Pablo II decía a los obispos de todo el mundo, reunidos en Río de Janeiro: “Una de vuestras prioridades debe ser incrementar la presencia de la Iglesia” y su mensaje en los medios de masas. Y él ha dado ejemplo de lo que pedía a los obispos.

P. Jesús Álvarez, ssp

A continuación una selección de párrafos del

Los medios: red de comunicación, comunión y cooperación

1. La necesidad de herramientas que ayuden al bien de la humanidad me ha impulsado a reflexionar, en mi primer mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, sobre la idea de los medios como una red que facilita la comunicación, la comunión y la cooperación.

2. Los avances tecnológicos en los medios han conquistado en cierta medida tiempo y espacio, haciendo la comunicación entre las personas tanto instantánea como directa, aun cuando están separadas por enormes distancias... Sin embargo, como todos sabemos, nuestro mundo está lejos de ser perfecto. Diariamente se nos recuerda que la inmediatez de la comunicación no necesariamente se traduce en la construcción de la cooperación y la comunión en la sociedad…

La comunicación auténtica demanda valor y decisión radicales. Requiere la determinación de aquellos que trabajan en los medios para no debilitarse bajo el peso de tanta información ni para conformarse con verdades parciales o provisionales. Por el contrario, requiere tanto la búsqueda como la transmisión de lo que es el sentido y el fundamento último de la existencia humana, personal y social.

3.
Aunque los diversos instrumentos de comunicación social… facilitan "una gran mesa redonda" para el diálogo, algunas tendencias dentro de los medios engendran una forma de monocultura que oscurece el genio creador, reduce la sutileza del pensamiento complejo y desestima la especificidad de prácticas culturales y la particularidad de la creencia religiosa. Estas son distorsiones que ocurren cuando la industria de los medios se reduce al servicio de sí misma o funciona solamente guiada por el lucro, perdiendo el sentido de responsabilidad hacia el bien común.

Así pues, deben fomentarse siempre el reporte preciso de los eventos, la explicación completa de los hechos de interés público y la presentación justa de diversos puntos de vista. La necesidad de sostener y apoyar la vida matrimonial y familiar es de particular importancia, precisamente porque se relaciona con el fundamento de cada cultura y sociedad… ¿No lloran nuestros corazones, muy especialmente, cuando los jóvenes son sujetos de expresiones degradantes o falsas de amor que ridiculizan la dignidad otorgada por Dios de cada persona humana y socavan el bien de la familia?

4.
La formación en el uso responsable y crítico de los medios ayuda a las personas a utilizarlos de manera inteligente y apropiada… La participación en los medios surge de su naturaleza: son un bien destinado a toda persona. Como servicio público, la comunicación social requiere de un espíritu de cooperación y co-responsabilidad con escrupulosa atención en el uso de los recursos públicos y en el desempeño de los cargos públicos.

Finalmente, los medios de comunicación deben aprovechar y ejercer las grandes oportunidades que les brindan la promoción del diálogo, el intercambio de conocimientos, la expresión de solidaridad y los vínculos de paz. De esta manera ellos se transforman en recursos incisivos y apreciados para la construcción de la civilización del amor que toda persona anhela.

Estoy seguro de que unos serios esfuerzos para promover estos pasos, ayudarán a los medios a desarrollarse sólidamente como una red de comunicación, comunión y cooperación, ayudando a los hombres, mujeres y niños, a prestar más atención a la dignidad de la persona humana, a ser más responsables y abiertos a los otros, especialmente a los miembros más necesitados y débiles de la sociedad…

¡Rompamos juntos los muros divisorios de la hostilidad y construyamos la comunión de amor según los designios que el Creador nos dio a conocer por medio de su Hijo!

Sunday, May 21, 2006

EL AMOR MÁS GRANDE

EL AMOR MÁS GRANDE

Domingo 6º de Pascua - B / 21-5-2006

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: - Como el Padre me amó, así también los amo yo a ustedes: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos, si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando. Jn. 15, 9-17

Quien cree que Dios es un ser indiferente, frío, tristón, lejano, amenazador, vengativo, no tiene la menor idea de lo que es Dios. Quien nos ha presentado al Dios verdadero es Jesús de Nazaret, el mismo Hijo de Dios: Dios Padre, lleno de ternura y de misericordia infinita.

En Dios-Amor tienen su fuente todas las verdaderas alegrías de que es capaz la persona humana y los mismos ángeles. “Les he dicho estas cosas, para que mi alegría esté con ustedes y esa alegría sea completa”.

Esta alegría desbordante e inmensa del Dios-Amor-Alegría-Libertad, la gozan quienes creen en Él como Padre amoroso y le corresponden con amor.

El mundo del lujo, del placer y del poder considera amor cualquier cosa, incluido el egoísmo más mezquino y cruel. Y ni siquiera sospechan lo que es amar y ser amados de verdad con el amor verdadero que sólo puede brotar de su única fuente: Dios-Amor.

El amor cristiano es el mismo amor con que el Padre ama a Cristo y el mismo amor con que Él ama al Padre y nos ama a nosotros: “Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes… Ámense unos a otros como yo los amo”.

El amor que Jesús nos tiene a nosotros y al Padre, lo llevó a realizar a la letra su enseñanza: “Nadie tiene un amor tan grande como el que da la vida por los que ama”. Ejemplos de este amor se dan día a día, pero no son tema de publicidad rentable como los gestos de amor sin amor, las palabras de amor sin amor, las relaciones de amor sin amor...

A nosotros también el Padre nos eligió para compartir con Cristo ese “amor más grande”, que se hace realidad ofreciendo cada día al Padre, con Jesús y como Jesús, el trabajo, las alegrías, los sufrimientos, la agonía y la muerte por la salvación de los hombres, y en primer lugar por nuestros familiares y personas queridas. Entregar así la vida por amor es la única manera de salvar la vida para siempre: “Quien entrega la vida por mí y por el Evangelio, la salvará; quien quiera salvar la vida (por egoísmo), la perderá”.

Este amor cristiano –imitación del amor de Cristo- constituye el éxito pleno de nuestra existencia terrena y es el único “pase” válido para acceder por la muerte a la resurrección y a la gloria eterna.

Amor, libertad, felicidad y sufrimiento son compañeros inseparables en esta vida terrena; pero en la eterna sólo quedarán el amor hecho libertad y felicidad. ¡Felices quienes así lo creen, viven y esperan, pues así les sucederá!


Hechos 10, 25-26. 34-36. 43-48

Cuando Pedro entró a la casa del centurión Cornelio, éste fue a su encuentro y se postró a sus pies. Pero Pedro lo hizo levantar, diciéndole: «Levántate, porque yo no soy más que un hombre». Después Pedro agregó: «Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Todos los profetas dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre». Mientras Pedro estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra. Los fieles de origen judío que habían venido con Pedro quedaron maravillados al ver que el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. En efecto, los oían hablar diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios. Pedro dijo: «¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a los que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?» Y ordenó que fueran bautizados en el nombre del Señor Jesucristo.

La mayoría de los judíos creían que Dios era sólo para ellos. Y los apóstoles seguían con esa mentalidad cerrada, a pesar de que conocía a paganos que acogieron la salvación de Jesús: Los reyes magos, el eunuco de la reina de Candace, Jairo, cuya hija resucitó Jesús, etc.

Y ahora Pedro ve cómo el Espíritu Santo desciende sobre la familia del pagano Cornelio antes de recibir el bautismo, y cómo se abren todos a la salvación de Jesús.

Dios no se limita a los sacramentos para salvar a los hombres. Pero los sacramentos son la plenitud de la salvación, que, una vez conocidos, serán deseados por quienes creen en Cristo, como sucedió con la familia de Cornelio.

No da lo mismo una religión que otra, sino que todos los hijos de Dios son iguales ante la salvación ofrecida por Cristo, pero que muchos no conocen y no la pueden desear. Por eso él mismo ordena: “Vayan y evangelicen a todos los pueblos”, lo que equivale a: “llévenles la plenitud de la salvación” con la palabra, el testimonio, y con todos los medios posibles.

Son multitud los paganos y miembros de otras religiones que creen en Dios y “lo adoran en espíritu y en verdad”. Dios ha escrito su Palabra en sus corazones, y ellos la cumplen haciendo el bien, obrando la verdad, la justicia, la paz, la libertad, defendiendo la dignidad de la persona... Y están abiertos a la plenitud de la salvación de Cristo, si hay quiénes se la lleven por la evangelización.

1Juan 4, 7-10

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.

“Dios es amor”. Esa es la mejor y más breve definición de Dios. El amor es comunicación, experiencia de entrega. El amor es el valor esencial de la fe cristiana. Pero nadie sabe lo que es el amor hasta que ama; y nadie puede conocer a Dios sin experiencia de amor, porque “Dios es Amor” y fuente de todo amor. Sólo se sabe de Dios mediante el “conocimiento amoroso, agradecido”. Este conocimiento es un don que no pueden dar los libros: hay que pedirlo y acogerlo. Los libros sólo pueden favorecer el amor, pero no darlo.

El amor a Dios se manifiesta en el amor al prójimo, puesto que si amamos a Dios amaremos lo que él ama. El Padre nos ama como hijos, con el mismo amor con que ama a su Hijo Jesús, al que nos entregó por amor para darnos la vida eterna. Correspondámosle.

P. Jesús Álvarez, ssp.