Sunday, July 27, 2008

El Reino de los Cielos

El Reino de los Cielos

Domingo 17º del tiempo ordinario-A / 27-7-8

Mateo 13: 44 - 52

El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas,y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto? Dícenle: Sí. Y él les dijo: Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.

I Reyes 3: 5, 7 - 12

En Gabaón Yahveh se apareció a Salomón en sueños por la noche. Dijo Dios: Pídeme lo que quieras que te dé. Ahora Yahveh mi Dios, tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un niño pequeño que no sabe salir ni entrar. Tu siervo está en medio del pueblo que has elegido, pueblo numeroso que no se puede contar ni numerar por su muchedumbre. Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal, pues ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo tan grande? Plugo a los ojos del Señor esta súplica de Salomón, y le dijo Dios: Porque has pedido esto y, en vez de pedir para ti larga vida, riquezas, o la muerte de tus enemigos, has pedido discernimiento para saber juzgar, cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio e inteligente como no lo hubo antes de ti ni lo habrá después.

Romanos 8: 28 - 30

Por lo demas, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogenito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.

Sunday, July 20, 2008

TRIGO y CIZAÑA


TRIGO y CIZAÑA


Domingo 16º del tiempo ordinario-A / 20-7-8


Jesús les propuso otra parábola: Aquí tienen una figura del Reino de los Cielos. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras la gente estaba durmiendo, vino su enemigo, sembró malas hierbas en medio del trigo, y se fue. Cuando el trigo creció y empezó a echar espigas, apareció también la maleza. Entonces los trabajadores fueron a decirle al patrón: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, viene esa maleza?» Respondió el patrón: «Eso es obra de un enemigo.» Los obreros le preguntaron: «¿Quieres que arranquemos la maleza?» «No -dijo el patrón-, pues al quitar la maleza, podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la hora de la cosecha. Entonces diré a los segadores: Corten primero las malas hierbas, hagan fardos y arrójenlos al fuego. Después cosechen el trigo y guárdenlo en mis bodegas.» Jesús les dijo: El que siembra la semilla buena es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo. La buena semilla es la gente del Reino. La maleza es la gente del Maligno. El enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Vean cómo se recoge la maleza y se quema: así sucederá al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles; estos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que obraban el mal, y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Quien tenga oídos que entienda. Mateo 13, 24-30.


La parábola de hoy intenta enseñarnos que el reino de Dios sigue caminos diferentes a los caminos de los hombres. Dios no elimina sin más a los enemigos, como suelen hacer los humanos. Deja que vivan juntos hasta la siega. Y entonces hará la selección y se quedará con el trigo de la gran cosecha, de la siega victoriosa.


La humanidad vino a la vida como semilla buena. Todo lo que ha salido y sale de las manos de Dios es semilla buena o finalizada al bien. Sin embargo, si echamos una mirada a la situación del mundo hoy, y de siempre, ¡cuánta cizaña sembrada por el enemigo! El mundo corre riesgo incluso de se aniquilado por una guerra que no dejaría ni vencedores ni vencidos.


Las desigualdades atenazan en el hambre más espantosa, hasta causar la muerte, a millones de hijos de Dios, cuando el costo en armas para matar y de lujos sin sentido, bastaría para alimentar y dar una vida digna a todos los habitantes de la tierra.


Cada año millones de tiernas criaturas humanas inocentes, son fríamente eliminadas antes de ver la luz, sencillamente porque resultan incómodas, sin que nadie o casi nadie salga en su defensa. Y otras tantas son exterminadas por la violencia, la guerra, el hambre…


En el campo de la fe, el porcentaje de verdaderos seguidores de Cristo es más bien bajo. La Iglesia, en parte perseguida y fecunda, pero en parte también aburguesada y estéril, de hecho no atiende a un 90 por ciento de sus hijos bautizados, quienes se quedan a merced de mercenarios que los engañan con “doctrinas llamativas y extrañas”.


Sin embargo Jesús nos asegura que, mezclado con la cizaña, crece abundante también el trigo: el reino de los cielos crece con sus valores: vida, verdad, justicia, paz, solidaridad, libertad, alegría de vivir, amor, esperanza, santidad, salvación…, y avanza seguro hacia la fraternidad universal bajo un único Pastor, Cristo resucitado presente, y hacia una sola Familia, la Trinidad. Pues “donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia”.


No es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo. Mas Jesús nos dice: “Por sus frutos los conocerán”, y por nuestros frutos nos conoceremos. Nadie debe dar por supuesto sin más que ya es buena semilla. Hay que esforzarse con temor y temblor por la propia salvación, por estar unidos a Cristo Resucitado y así ser buena semilla que produzca buenos y abundantes frutos. Él, junto con los suyos, tiene asegurada la victoria sobre los sembradores de cizaña y sobre la misma cizaña. No nos apartemos de él, pues sin él nada podemos hacer.


Pero tampoco podemos condenar a nadie porque nos parezca que es mala semilla, o lo es en realidad, pues para Dios no hay nada imposible: él puede cambiar en buena la mala hierba. Y a nosotros nos toca dar ejemplo, orar y ofrecer para que se dé ese milagro.


Sabiduría 12, 13. 16-19


Fuera de ti, Señor, no hay otro dios que cuide de todos, a quien tengas que probar que tus juicios no son injustos. Porque tu fuerza es el principio de tu justicia, y tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos. Tú muestras tu fuerza cuando alguien no cree en la plenitud de tu poder, y confundes la temeridad de aquellos que la conocen. Pero, como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque con sólo quererlo puedes ejercer tu poder. Al obrar así, tú enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres, y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento.



Los poderosos de este mundo usan el poder de sus riquezas y de su lengua para servirse a sí mismos a costa de los más débiles, a pesar de que ese poder lo recibieron para servir a los mismos que explotan con egoísmo y a menudo con salvaje crueldad.



A este poder temporal perversamente manejado, se opone el poder supremo, absoluto y eterno de Dios, que se funda en el amor, la justicia, la misericordia, la tolerancia...


Dios nunca abusa de su poder en contra de sus criaturas, pues “vio que eran buenas”, salidas de su corazón y de sus manos divinas. Pero sí lo usa para salir a favor de las víctimas del abuso por el poder humano y la ambición; víctimas por cuya debilidad no pueden enfrentarse con los poderosos, que incluso pretenden enfrentarse en vano con el mismo Dios.


Son muchas las víctimas humanas que se han sacrificado en nombre de la patria, del bien común, e incluso de la religión, ¡en nombre del mismo Dios! Pero falsamente.


Dios “ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que ha hecho”, por eso la omnipotencia de Dios se manifiesta principalmente en el perdón de los pecados, para que el mismo pecador reconozca en libertad, humildad y gozo el poder infinito del amor de Dios.


Los grandes y pequeños poderes luchan ridículamente por destronar y desterrar a Dios, y en su lugar ponen ídolos a los cuales esclavizan y sacrifican de mil maneras seres humanos. Pero al fin terminan también ellos esclavizados y sacrificados por sus ídolos.


Mientras que quien se acoge al poder amoroso y misericordioso de Dios, será liberado y salvado definitivamente de las garras de los opresores, que recibirán su paga fatal.


Romanos 8, 26-27


Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina.


Tal vez en las prácticas piadosas y litúrgicas sea donde más y con mayor frecuencia se ofende a Dios es. Y no sólo porque “no sabemos orar como es debido”, sino porque a la oración y celebraciones litúrgicas podemos llevar ídolos que nos impiden el encuentro con Quien desea encontrarse con nosotros y que nos ama más que nadie.


Pensemos en una persona que se dice amiga y que viene a visitarnos, pero nos suelta de memoria un rollo de palabras, mientras mira a todas partes, enreda con objetos que tiene a mano, y no nos presta atención. ¿No es una dura ofensa? ¿No era mejor que no hubiera venido? ¿No nos comportamos lo mismo con Dios en la oración y en la vida?


Para orar bien, tenemos que amar a Aquél a quien oramos. Y el amor a Dios brota en el reconocimiento de sus beneficios inmensos y continuos, y se expresa en una gratitud viva, profunda, permanente, eterna. Sólo el amor agradecido nos hace atentos a Quien amamos.


Si vamos a la oración y a las celebraciones para encontrarnos con Dios en Cristo, y dejarnos encontrar por él, entonces el mismo Espíritu Santo ora con nosotros y en nosotros. Entonces buscaremos con gozo tiempo para la oración y la Eucaristía, porque siempre hay tiempo para quien se ama.


Al empezar cualquier forma de oración, debemos suplicar perdón, pedir al Espíritu Santo que ore en nosotros, pues sin su ayuda no podemos orar bien; y pedirle a la Virgen María que presente a Dios nuestra oración como si fuera suya.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, July 13, 2008

¿QUÉ TERRENO SOMOS?


¿QUÉ TERRENO SOMOS?


Domingo 15º Tiempo Ordinario - A / 13-07-2008


Decía Jesús a la gente: El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino, y se las comieron los pájaros. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde había poca tierra, y brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron por falta de raíz. Otras cayeron entre zarzas, y éstas, al crecer, las sofocaron. Y otras cayeron en buena tierra y dieron fruto: unas cien, otras sesenta y otras treinta por uno. ¡Quien tenga oídos, que oiga! Mateo 13,1-23


A petición de los discípulos, Jesús les explica esta parábola del sembrador. La semilla es la Palabra de Dios y las personas que la reciben de forma diferente son los diversos tipos de terrenos donde es sembrada.


Quien recibe la Palabra sin entenderla, es como el terreno al borde del camino: el maligno se la roba del corazón árido por el egoísmo, la costumbre y la rutina. Esto sucede a gran número de cristianos que viven una religiosidad de cumplimiento, y comparten los criterios mundanos y la vida ligera de los incrédulos. Viven a espaldas de Dios y de su Palabra, sin compromiso serio con Cristo ni con el prójimo en la vida real de cada día.


El terreno de piedras simboliza a quien recibe la Palabra con alegría, pero no la asimila ni la vive; y ante la primera dificultad, la abandona como cosa sin importancia. Puede representar a tantos que se preparan para la primera comunión y la confirmación, pero sin llegar a una experiencia de Cristo ni de solidaridad con el prójimo, por la falta de ejemplos convincentes de fe y amor a Dios y al prójimo en la vida de los catequistas y de los padres.


El terreno con zarzas representa a quienes escuchan la Palabra de Dios con gusto, pero las preocupaciones materiales, los privilegios, el poder, las riquezas, los criterios de clase y los placeres sofocan la Palabra en sus corazones. Son los que tienen mucho que compartir para ser cristianos de verdad, canjeando las riquezas terrenas por las eternas, para no perderlas definitivamente en el momento menos pensado.


Por fin la tierra buena simboliza a quien escucha la Palabra, la entiende, la asimila, la valora y la vive hasta las últimas consecuencias. Solamente la semilla que echa raíces en el corazón nos hace capaces de producir frutos y afrontar las dificultades inevitables de la vida.


La pregunta se impone: ¿Qué terreno soy yo frente a la Palabra de Dios sembrada en mi corazón de continuo y de mil maneras? La Palabra de Dios nos llega por la Biblia, se escucha en directo en la oración, en la conciencia; se refleja en las personas, en la vida, en la creación, en los acontecimientos. Es Palabra que salva para quien la acoge y la vive. Quien sólo la oye y no la vive, vacía su propia vida de sentido eterno.


Tal vez escuchamos la Palabra de Dios en sus múltiples manifestaciones convencidos de que sólo por escucharlas y gustarnos, ya la cumplimos, o la evadimos aplicándola a los otros. O quizás la escuchamos con entusiasmo, porque nos fascina, pero la dejamos de lado cuando exige esfuerzo y constancia, porque no le vemos mayor utilidad... inmediata. Pero lo ganamos todo si la meditamos, amamos, agradecemos y llevamos a la práctica, como nuestro máximo bien, y así produzca abundante fruto de salvación para nosotros y para muchos otros a través de nosotros.


La Palabra escrita en la Biblia, en la vida, en el prójimo, en la naturaleza y en los acontecimientos, produce vida eterna en cuanto nos lleva al encuentro personal con la Palabra de Dios hecha carne: Cristo Jesús, Verbo, Palabra de Dios, Hijo de Dios, el Salvador que nos habla en vivo y en directo por la Biblia, y está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.


El Padre nos dice que lo escuchemos, pues nos habla continuamente al corazón y a la conciencia: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”. “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y viviremos juntos”.


El mismo Jesús nos indica cómo ser buena tierra, terreno labrado y abonado, para que no nos resbale su palabra, sino que produzca fruto abundante y seguro: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” .


Isaías 55, 10-11.


Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.


La Palabra de Dios no es como nuestras palabras, sino que crea lo que anuncia, y anuncia la salvación a quien la espera y acoge. Es fuente de vida, y no simple sonido que comunica ideas, sentimientos, información, verdades.


La palabra y las palabras del cristiano deben inspirarse en la Palabra de Cristo, sintonizar con ella y reflejarla, en especial la palabra más elocuente y que todo el mundo entiende: la palabra de la propia vida y obras, que son como un evangelio abierto, el único que podrán leer muchos, empezando por el propio hogar.


Cuando el cristiano lo es de verdad –persona unida a Cristo-, es imposible que su vida no “hable” ni actúe en su ambiente, aunque ni él ni los demás se den cuenta. Pues está de por medio la palabra infalible de Jesús: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Ahí está el secreto de la eficacia de la palabra, obras y vida del cristiano.


Romanos 8,18-23.


Hermanos: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.


San Pablo había estado en el “tercer cielo”, no sabe si “dentro o fuera del cuerpo”, y en base a esa experiencia, exclamó: “Ni ojo vio ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”. Por eso decía también: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.


Él habla con conocimiento de causa cuando afirma que los sufrimientos temporales no son nada en comparación con la inmensa gloria y gozo que Dios un día nos concederá en su casa eterna, si pasamos por el mundo haciendo el bien a nuestro alcance.


Esos dolores de parto, por sí solos inútiles e infecundos, Dios los transforma en fecundos dolores que darán a luz, por la resurrección, a un mundo nuevo presidido por Cristo, Rey del Universo; un mundo donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad.


En esa perspectiva tenemos que valorar y aprovechar, ofreciéndolos, nuestros sufrimientos, los de nuestros familiares, los de todos los hombres y los de la creación entera, asociándolos a los de Cristo crucificado, para así abrirnos el camino de la resurrección y de la gloria. Esa es nuestra esperanza segura, anclada en Jesús resucitado, el único que puede y quiere liberarnos del sufrimiento y de la muerte para glorificarnos con él en su reino eterno.


Cristo ha tomado muy en serio nuestra salvación. Nos la desea de todo corazón. Él hizo, hace y hará lo indecible por salvarnos. Tenemos que pedir con insistencia lo mismo que él desea para nosotros y hacer lo imposible para conseguirlo. Así el éxito estará asegurado. Dice san Agustín: “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios ha dejado a nuestra elección y a nuestro esfuerzo el éxito eterno que nos ofrece.


Preguntémonos cuál es en realidad nuestra actitud de vida ante la oferta gratuita de salvación por parte de Dios. Deseemos y preparemos en serio “la hora de ser hijos de Dios, la resurrección de nuestro cuerpo”. Y creo que es el mismo santo quien dice: “¿Salvaste a otro? ¡Te has salvado a ti mismo!”


Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, July 06, 2008

FELIZ LA GENTE SENCILLA


FELIZ LA GENTE SENCILLA


Domingo 14º durante el año-A / 6 –7- 2008


En aquella ocasión exclamó Jesús: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer. Vengan a mí todos los que andan cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mt 11, 25-30).


Jesús da gracias al Padre porque la gente sencilla comprende y acoge con fe su mensaje de amor, perdón y salvación, sin objeciones; mientras que los sabios y entendidos en las Escrituras, creyéndose los únicos dueños de la verdad y de toda la verdad, no pueden aceptar la novedad de la enseñanza de Jesús, el Hijo de Dios.


En su autosuficiencia y orgullo no soportan que nadie pueda enseñarles algo. Por eso, al rechazar a Jesús, el único que conoce al Padre, y el único que puede darlo a conocer, siguen con su mente ciega y su corazón endurecido.


A Dios no se le puede conocer por la sola ciencia o la teología. A Dios se lo conoce principalmente por la experiencia y el amor filial, por el trato de amistad de persona a persona con Él mediante la oración y la contemplación. Es un conocimiento vivencial y gozoso. Igual que pasa con las personas: sólo podemos conocerlas de verdad si las amamos y tratamos.


En lenguaje bíblico conocer y amar tienen casi el mismo significado. La inteligencia puede ayudar al conocimiento de Dios y del hombre, si va de la mano del amor, de la sencillez, la humildad, y la ayuda del Espíritu Santo; pero aleja de Dios y del prójimo cuando pretende tener la exclusiva del todo el saber sobre Dios y sobre el hombre.


Jesús no excluye a los sabios; son ellos los que pueden excluirse a sí mismos cerrándose en su limitado saber como si fuera absoluto y único. La fe es una sabiduría superior; es un don de Dios, hecho de amor y creencia a la vez. La fe no se gana ni se merece, sino que se pide, se acoge, se vive y se agradece.


Jesús se alegra de que los sencillos, los pobres, los oprimidos y explotados acojan su mensaje de esperanza, alegría y sentido total de sus vidas y de sus sufrimientos; el mensaje de que Dios los ama a pesar de todo, y por eso ha enviado a su Hijo para redimirlos y ofrecerles el perdón, la resurrección y la vida eterna. En su pobreza y sencillez hay espacio para Dios y para el prójimo, del que tienen el único conocimiento verdadero y profundo: lo conocen como hijo de Dios, el título y la realidad más alta del hombre.


El Maestro les dice que acudan a él en el cansancio y en todo sufrimiento, porque Él los aliviará, dando sentido de esperanza y de vida a su difícil situación. El carga la cruz con sus seguidores, como manso y amoroso compañero de camino, de alegrías y penas.


Jesús pide más que los escribas y fariseos o las autoridades religiosas, que cansan al pueblo con sus doctrinas y leyes enrevesadas que ni ellos cumplen. Jesús da fortaleza, consuelo, seguridad, paz y alegría para que podamos hacer lo que nos pide. Y eso constituye un gran alivio y esperanza en la vida llena de dificultades. Jesús reduce los mandamientos a sólo dos, que incluyen todos los demás: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como El lo ama. En esos amores consiste nuestra felicidad en el tiempo y en la eternidad.


¿Pertenecemos al grupo de los sencillos y humildes que acogen a Jesús y su mensaje en la vida diaria, aunque tengamos ciencia y sepamos teología? Pidamos a Jesús que nos dé a conocer al Padre por la fe y el amor. Y que en Él encontremos nuestra esperanza, el alivio y la alegría entre las dificultades y sufrimientos de la vida.


Zacarías 9, 9-10


Así dice el Señor: Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros dé Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones. Dominará de mar a mar, desde el Éufrates hasta los confines de la tierra.


La hija de Sión o de Jerusalén es el pueblo de Israel, al que Zacarías invita a la alegría ante el gozoso y victorioso acontecimiento de salvación protagonizado por el Mesías rey.


Se trata de una victoria lograda, no con tanques, aviones y armas de destrucción masiva, que llevan a la gran derrota de la humanidad, sino con la mansedumbre, la sencillez, el amor, incluso a costa de grandes sufrimientos causados por los poderosos prepotentes.


Con esas armas Jesús resucitado, en unión con sus seguidores, llevarán a cabo un desarme total e implantarán en el mundo el reino global de la paz y la fraternidad universal, presidida por él como rey pastor.


Su poder es insuperable, pero no lo usa para la violencia, la guerra y la destrucción, sino para la vida y la paz. La paz no será nunca fruto del aparato bélico, de la guerra caliente, de la guerra fría, la preventiva, a cual peor.


El establecimiento del reino de paz y fraternidad, será el gran triunfo de Jesús de Nazaret y de sus verdaderos seguidores. Y si queremos gozar de ese triunfo universal, tenemos que ponernos de su parte y con sus mismas armas invencibles: mansedumbre, humildad, sencillez, amor.


¿Las estamos usando ya en el hogar, en el trabajo, en las relaciones? Recordemos que quien quiere hacerse temer, es que teme no saber hacerse amar. Y a quien no ama de verdad, le esperan días muy tristes a consecuencia del egoísmo y la prepotencia. Pero a quien ama de corazón y con las obras, vivirá feliz en el tiempo y en la eternidad.


Romanos 8,9.11-13.


Hermanos: Ustedes no están en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús, vivificará también sus cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en ustedes. Por tanto, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si viven según la carne, van a la muerte; pero si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán.


En cada uno de nosotros se da una oposición natural entre la carne y el espíritu. Y no es que la carne sea de por sí mala, sino que se vuelve mala cuando sofoca al espíritu; o sea, cuando le dejamos imponer su ley instintiva y egoísta sobre la ley de la libertad del espíritu.


El hombre carnal pone su esperanza de vida en el placer, en el poder y en el tener, mientras que el hombre espiritual pone su esperanza en Dios, fuente del verdadero gozo, de todo poder y de toda riqueza en este mundo y en el reino eterno.


Vivir según la carne es fiarse sólo de los propios recursos, que son también dones de Dios. El nombre carnal es injusto e irracional, y no agradece a Dios todo lo que es, tiene, goza, ama y espera. No acepta a Dios ni sus máximos dones: su gracia y su amistad.


La carne tiende a la muerte, pues ignora la oferta de vida y salvación eterna que Dios ofrece a la persona humana. Y no le queda otra alternativa que la muerte.


Mientras que la persona que vive según el espíritu, en conexión amorosa con el Dios de la vida, del amor, la paz y la alegría, camina segura hacia la vida eterna, logrando así también la resurrección para su cuerpo, gracias al Espíritu de Cristo que vive en el hombre espiritual.


Si vivimos según el Espíritu de Cristo, seremos de Cristo, y su Espíritu nos resucitará. Pero si no tenemos su Espíritu, no somos de los suyos. Fuera de él no hay salvación posible. Elijamos conscientemente, con decisión firme, en gozosa esperanza.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 29, 2008

SAN PEDRO Y SAN PABLO


SAN PEDRO Y SAN PABLO


Solemnidad de "San Pedro y San Pablo"

Tiempo Ordinario – A / Domingo 29 junio 2008.


Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre? Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas. Él les dijo: Ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Simón tomó la palabra y dijo: Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo. Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Mateo 16,13-19.


Jesús hace un sondeo de la opinión que sobre Él tenía la gente. Aunque ya la conocía bien. Pero lo que le importaba era la opinión que ellos, los Doce, tenían sobre su Maestro. Quería afianzar la fe de sus discípulos respecto de su propia persona y misión.


Pedro tomó por primero y con decisión la palabra para confesar, ante sus compañeros, la fe en la divinidad y misión salvadora de Jesús. Más tarde, en previsión de las negaciones de Pedro en la noche de la pasión, Jesús le dijo: Y tú, una vez convertido, confirma en la fe a tus hermanos.


La autoridad en la Iglesia no se identifica con el poder, los privilegios, el prestigio, los vestidos, como pasa con las autoridades políticas; y ni siquiera se asocia a la impecabilidad, sino que es servicio de amor y de unidad, de fe y conversión continua, de entrega por la liberación y salvación de los hombres en unión con el Resucitado, sin el cual la autoridad no puede hacer nada en orden a la liberación y salvación de la humanidad.


Por eso los puestos de servicio en la Iglesia deberían estar, no los que tienen más títulos y prestigio, sino los que más se distinguen en el servicio de la fe, de la unidad y del amor salvífico hacia el pueblo de Dios, a imitación del Buen Pastor.


Jesús constituye a Pedro como príncipe y servidor de su Iglesia. Sin báculo, sin mitra, sin vestidos pomposos, sin aplausos, sin más privilegios que el de ser el primero en hacerse el último de todos y servidor de todos, y dar la vida por la salvación de los hombres, como el Maestro, quien le asegura a Pedro y a sus sucesores que las fuerzas del mal no prevalecerán contra su Iglesia.


En esta fiesta es importante aclarar a los cristianos en qué consiste la Iglesia y quiénes constituyen la Iglesia. Sabemos que la opinión pública, manejada por los medios de comunicación social, consideran como Iglesia sólo a la jerarquía y al clero.


Entre los cristianos practicantes tal vez prevalece la opinión de que la Iglesia es la jerarquía, el clero y el pueblo, sin ir más allá. Pero la esencia verdadera de la Iglesia fundada por Jesús sobre Pedro, es el pueblo de Dios que con sus pastores camina hacia el reino eterno con Cristo resucitado a la cabeza. Son esas las tres realidades que constituyen la verdadera Iglesia de Cristo. Y si una de ellas se excluye, ya no se trata de la Iglesia de Jesús, la Iglesia católica, si no de otra cosa.


Cristo concede a Pedro, y en él a los demás apóstoles de entonces y de todos los tiempos, la misión de la misericordia: el poder de perdonar los pecados. La Iglesia no es la Iglesia del pecado, sino la Iglesia del perdón de los pecados, de los pecadores arrepentidos, tanto jerarcas como clero y fieles. Incluso Pedro fue un gran pecador arrepentido.


¿Por qué hoy está tan desprestigiado este admirable sacramento del amor misericordioso de Dios? ¿Qué ha hecho o no ha hecho la Iglesia, los confesores, para que se haya casi eclipsado este entrañable sacramento de la reconciliación gozosa y amorosa con Dios, con los hermanos y con la creación entera, por el cual se hace fiesta en el mismo cielo?


¿Por qué sólo un dos o tres por ciento de los bautizados acceden a la dicha de este sacramento del amor del Padre destinado a todos sus hijos? ¿No ha sido suplantada por el rito “justiciero” la esencia divina del sacramento, que es el amor misericordioso e infinito del Padre hacia cada uno de sus hijos?


Hechos de los Apóstoles 12, 1-11.


El rey Herodes hizo arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Mandó ejecutar a Santiago, hermano de Juan, y al ver que esto agradaba a los judíos, también hizo arrestar a Pedro. Eran los días de «los panes Ácimos». Después de arrestarlo, lo hizo encarcelar, poniéndolo bajo la custodia de cuatro relevos de guardia, de cuatro soldados cada uno. Su intención era hacerlo comparecer ante el pueblo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él. La noche anterior al día en que Herodes pensaba hacerlo comparecer, Pedro dormía entre los soldados, atado con dos cadenas, y los otros centinelas vigilaban la puerta de la prisión. De pronto, apareció el Ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El Ángel sacudió a Pedro y lo hizo levantar, diciéndole: «¡Levántate rápido!» Entonces las cadenas se le cayeron de las manos. El Ángel le dijo: «Tienes que ponerte el cinturón y las sandalias», y Pedro lo hizo. Después le dijo: «Cúbrete con el manto y sígueme». Pedro salió y lo seguía; no se daba cuenta de que era cierto lo que estaba sucediendo por intervención del Ángel, sino que creía tener una visión.


Santiago fue el primer apóstol mártir, asesinado por Herodes, quien se propuso acabar también con Pedro simplemente porque eso les agradaba a los judíos. Mas la hora de Pedro no había llegado. El ángel del Señor lo salvó de la cárcel.


Los apóstoles, como continuadores de Jesús, han de recorrer el mismo camino del Maestro, marcado por la persecución, la muerte y la resurrección. Sufrimiento y salvación son las dos experiencias clave de la vida de la Iglesia.


Cristo nos ganó el perdón de los pecados y la salvación mediante su vida, muerte y resurrección, pero no eliminó la experiencia del pecado y de la muerte en la vida de sus seguidores.


La Eucaristía hace presente y actual la salvación de Jesús, y pone a nuestro alcance una liberación permanente en la comunidad de salvación, que es la Iglesia. ¡Feliz quien vive unido a Cristo como miembro vivo de su Iglesia!


2 Timoteo 4, 6-8. 17-18.


Querido hijo: Ya estoy apunto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. El Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas, para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui librado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. ¡A Él sea la gloria por los siglos de los siglos! Amén.


A imitación de Jesús, canjeado por un criminal y ejecutado como criminal, también Pablo lleva cadenas como un criminal, y está a punto de derramar su sangre por Cristo y su Evangelio, pero con la gozosa esperanza de la resurrección, en cumplimiento de su anhelo: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.


Quien se proponga vivir en serio como cristiano –imitador de Cristo-, debe disponerse airoso a ser perseguido de una u otra manera; pero “su tristeza se convertirá en alegría”, porque Cristo hace liviana y gloriosa la cruz llevada tras él y por él. Es la única manera de hacer soportable la cruz, que tarde o temprano deberá cargar toda persona humana.


Dame, Señor, la gracia y la fuerza de cargar la cruz tras de ti, para que puedas convertirla, como la tuya, en puerta de resurrección y de gloria eterna.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 22, 2008

QUIEN PIERDA LA VIDA POR MÍ, LA SALVARÁ


QUIEN PIERDA LA VIDA POR MÍ, LA SALVARÁ


Domingo 12º tiempo ordinario – A / 22-06-2008


En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: No les tengan miedo a los hombres. Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo ustedes a la luz, y lo que les digo en privado, proclámenlo desde las azoteas. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto, no tengan miedo. Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. Mateo. 10, 26 - 33.


¿Por qué nos dice Jesús que no tengamos miedo? Porque el mensaje que nos da para vivir y proclamar, denuncia las ambiciones, los egoísmos, el orgullo, la avaricia, los privilegios de los poderosos y la falsedad de los corruptos, que no quieren dejar de gozar a costa del sufrimiento ajeno, y por eso tratarán de intimidarnos, acallarnos.


Quienes viven así, inventan leyes, pretextos y falsedades para justificar sus agresiones y otros múltiples recursos del miedo, e incluso el asesinato. Lo han hecho siempre.


Pero estamos en las manos y en el corazón del Padre, que es más poderoso que todos, y nadie nos puede arrebatar de sus manos cariñosas. Pueden maltratar y hasta asesinar nuestro cuerpo, vestido temporal de nuestra persona, pero no pueden matar nuestra persona y nuestra vida inmortal. “Hasta los pelos de su cabeza están contados”.


Además, todo lo que nos quiten, el Padre nos lo devolverá al infinito, como se lo devolvió a Jesús con la resurrección y la ascensión. Por eso no debemos ceder al temor, porque él nos tiene asegurado el premio de la vida sin fin y la gloria eterna.


Pero sí hemos de temer ante a la posibilidad fatal de vivir de espaldas a Dios y al prójimo, renunciando al amor, a la justicia, a la verdad, al servicio de los necesitados…


Con ese estilo de vida nos sumaríamos al grupo de los poderosos egoístas y a todos los que se creen con derecho a hacer sufrir injustamente al prójimo, en la propia familia o en la sociedad. Ese es el camino de la verdadera muerte para siempre, lejos del amor de Dios, del amor humano y de toda la belleza creada por el amor del Creador, que es la Belleza y Amor infinitos. En eso consiste el verdadero infierno.


Cristo Resucitado, que nos acompaña todos los días de nuestra vida, es el único que nos da razones y fortaleza para vivir, amar y sufrir, y esperanza del morir para resucitar. Todos tenemos la posibilidad de dar la vida por Jesús y por los otros, y así recuperarla .


Quienes sufren con Cristo y por su misma causa, triunfarán infaliblemente con Él. Y quienes hagan sufrir al prójimo por egoísmo, sufrirán en su persona todos los tormentos que han causado a los otros, junto con el fracaso total de su existencia. Jesús nos saca de dudas: El que quiera salvar su vida (por egoísmo), la perderá; quien pierda la vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mateo 10, 39).


Si no negamos a Cristo, sino que nos ponemos de su parte con la vida, las obras y las palabras, Él se pondrá de nuestra parte ante el Padre, y su defensa será inapelable, pues el Padre la ratificará totalmente y para siempre.


Y nos ponemos de su parte cuando nos ponemos de parte del prójimo necesitado (empezando por casa), vivimos su Palabra en la práctica diaria, y lo acogemos en la Eucaristía: los tres lugares privilegiados de su presencia. “Lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”, asegura Jesús.


Quienes se pongan de parte de Jesús, serán revestidos de un cuerpo glorioso como el suyo, capaz de inmensa felicidad y placer. Esta fe es la que nos da fuerza contra todo miedo, incluido contra el miedo a la muerte, nuestro peor enemigo.


Pidamos con insistencia la gracia y la fuerza de entregar la vida por él para recuperarla también como él para siempre.


Jeremías 20,10-13.


Dijo Jeremías: Oía el cuchicheo de la gente: “¡Pavor en torno! Delátenlo, vamos a delatarlo”. Mis amigos acechaban mi traspiés. “A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo sorprenderemos y nos vengaremos de él”. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


La misión del profeta - "arrancar y arrasar.., destruir y demoler..."- le acarrea conflictos con la gente, que busca su ruina con la calumnia y la persecución. Pero ante el pavor que le causan sus enemigos, se pone en manos de Dios, y recobra la calma, seguro de que Dios mismo asume su causa –que es la causa de Dios- frente a sus adversarios.


Jeremías sabe que lucha al lado del más fuerte, el Dios de los ejércitos. En su oración confiada pide que triunfe la justicia divina y no la revancha humana. E invita a la alabanza y acción de gracias ya antes de la victoria, de la que está seguro.


Ser profeta –y todo cristiano es profeta, sacerdote y rey por el bautismo- supone ir contra la corriente de la mayoría y de los poderosos, además de sentirse a veces como abandonado por el mismo Dios, en nombre del cual se habla, se obra y se vive.


El Señor garantiza su presencia y su ayuda misteriosa, pero no el éxito clamoroso y el triunfo humano. El verdadero éxito y la infalible victoria se producen a pesar y a través del fracaso y la derrota aparentes.


Ahí tenemos al mismo Hijo de Dios en el Huerto de los Olivos, camino del Calvario, crucificado, muerto, sepultado, pero... ¡resucitado! Victoria total a través de la derrota aparentemente total de la muerte.


Debemos acostumbrarnos a pequeñas y grandes derrotas camino del triunfo definitivo con Cristo: “No teman: Yo estoy con ustedes”, “Yo he vencido al mundo”.


Romanos 5,12-15.


Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron... Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.


El pecado es la causa de la muerte: lo fue al principio y lo será hasta el fin del mundo. Mas no todos mueren por causa de los propios pecados, sino que son muchísimos más los inocentes que mueren por causa de los pecados ajenos: de los que promueven las guerras, el hambre, los asesinatos, los abortos, la droga, la violencia, el odio; de los que pudiendo, no defienden la vida ni evitan desastres, y de quienes degradan la naturaleza.


Pero si el hombre está sumergido en la historia del mal y de la muerte protagonizada por el mismo hombre, también está inmerso en la historia de la salvación protagonizada por el mismo Hijo de Dios, Cristo Jesús, quien hace que “donde abundó el pecado, sobreabunde la gracia”, que supera con mucho a la situación de pecado, y alcanza por la resurrección sobre todo a los inocentes que sufren y mueren.


Agradezcamos a Dios, de palabra y con la vida, el don de habernos integrado en la historia de la salvación, colaborando con Cristo resucitado mediante los incontables recursos que ha puesto a nuestro alcance.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 15, 2008

FALTAN TRABAJADORES Y SOBRA TRABAJO

FALTAN TRABAJADORES Y SOBRA TRABAJO

Domingo 11º del tiempo ordinario – A / 15 junio 2008

Al contemplar el gran gentío que lo seguía, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y extenuados, como ovejas sin pastor. Y dijo a sus discípulos: La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha. Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder sobre los malos espíritus para expulsarlos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias. Los envió a misionar, diciéndoles: No vayan a tierras de paganos, ni entren en pueblos de samaritanos. Diríjanse más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. A lo largo del camino proclamen: “¡El Reino de los Cielos está ahora cerca!” Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. Mateo, 9, 36 - 10,8

El pueblo que sigue a Jesús está cansado, no sólo del camino o por no haberse alimentado, sino sobre todo a causa de las doctrinas y leyes inhumanas que le imponen los dirigentes religiosos y políticos, incapaces de orientarlo hacia Dios, facilitándole una vida humana y religiosa digna. Es el cansancio de sentirse piezas, números u objetos a merced del egoísmo, de la explotación o del placer ajeno, sin amar ni sentirse amados. Como ovejas sin pastor.

El pueblo sigue hoy en gran parte desorientado, manipulado y explotado, sin la necesaria compasión y compromiso creativo de quienes han sido designados para liberarlo de la esclavitud implantada por los implacables y crueles ídolos del dinero, del poder y del placer.

El pueblo necesita más y mejores pastores, maestros, testigos y servidores públicos que lo orienten y sirvan, con amor desinteresado, frente a los mercenarios, corruptos y explotadores inhumanos, que acumulan en sus cuentas y engordan a costa del sudor ajeno.

Por eso Jesús pide a sus discípulos que oren para que se multipliquen los trabajadores al servicio del pueblo, desde sacerdotes hasta políticos, que ayuden a los hombres a liberarse del pecado y de la dependencia, y así logren una vida digna en comunión gozosa con el prójimo, con Dios, con la naturaleza y consigo mismo, camino necesario para llegar a la casa del Padre, al gozo eterno. Ante el desempleo generalizado, sobra trabajo en la viña del Señor.

Se necesita más y mejor oración, testimonio, trabajo vocacional para que el llamado del Padre sea acogido, y así surjan suficientes obreros que escuchen el grito del pueblo que sufre hambre de pan y hambre de Dios.

Sobre todos pesa la responsabilidad y el honor de colaborar al aumento de buenos pastores y servidores del pueblo: con la oración persistente, con los inevitables sufrimientos ofrecidos como plegaria, con el ejemplo, apoyo moral, capacitación y ayuda generosa, que nunca será proporcionada al bien que a cambio se recibe.

De esa manera se comparte la misión sacerdotal y pastoral de Cristo y de sus discípulos. Tú mismo serás un obrero de la mies en tu ambiente. La evangelización no es exclusiva de nadie. Es un honor y compromiso para todos los cristianos, seguidores, discípulos de Cristo.

En este paso del Evangelio Jesús pide a los suyos que no cobren el servicio; mientras que en otro lugar dice que el obrero es digno de su salario. ¿Cómo se entiende? En realidad la evangelización y la salvación son dones tan altos, que resultan absolutamente impagables e incobrables. Pero los beneficiarios, desde sus posibilidades y generosidad, deben sostener a los enviados de Cristo, y así recibirán el premio de apóstoles, como él promete a quien ayuda a sus enviados.

Jesús les dice a los apóstoles que no vayan a los paganos ni a los samaritanos, sino a los judíos extraviados, que eran los primeros destinatarios de la salvación. Pero él mismo predicó entre los samaritanos, y luego envió a los discípulos a predicar a los paganos de todo el mundo: “Vayan y evangelicen a todos los pueblos”.

Todavía hoy existen muchos evangelizadores y catequistas católicos que se dirigen sólo a los católicos practicantes que van a las iglesias, ignorando el mandato expreso de Jesús de ir a todas las gentes, a todo el pueblo. Es necesario buscar nuevas formas y medios para llegar a todos, en especial a los bautizados alejados.

Éxodo 19,2-6

En aquellos días, los israelitas, al llegar al desierto de Sinaí, acamparon allí, frente al monte. Moisés subió hacia Dios. El Señor le llamó desde el monte diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los israelitas: “Ya han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Dios escogió de modo especial a Israel como propiedad suya entre todos los pueblos. “Ser pueblo de Dios” -hoy “Iglesia de Cristo”- no es sólo un privilegio, sino que exige también la respuesta del pueblo con la escucha y obediencia a su voz.

Pero esta respuesta implica el compromiso de vivir en la intimidad con Dios: ser “nación santa”, y testimoniar entre todos los pueblos su salvación: ser “un reino de sacerdotes”, mediadores de esa salvación para todos los pueblos, pues Dios quiere que todos se salven, y su voluntad no cambia como la nuestra.

La plenitud de esa santidad –intimidad con Dios- y de ese sacerdocio –misión salvífica para todos los pueblos- la realiza Cristo Jesús con su vida, muerte y resurrección, quien comparte su santidad y sacerdocio con la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, nosotros.

Los cristianos no podemos contentarnos sólo con ser destinatarios de la salvación, sino también mediadores (sacerdotes) de la salvación de Dios para todo el mundo. Así de claro e irrenunciable: debemos escuchar la voz de Dios y ponerla en práctica, si queremos ser destinatarios de esa salvación que Dios nos ofrece en Crsito. “¡Ay de mí si no evangelizo!”, exclamaba san Pablo.

Jesús nos indica la forma: “Quien está unido a mí (intimidad), produce mucho fruto (misión); pero separados de mí, no pueden hacer nada”. En esos consiste la plenitud de la intimidad con Dios y del sacerdocio mediador, que alcanza su máxima eficacia en la Eucaristía.

Romanos 5, 6-11.

Hermanos: Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Se puede llegar a dar la vida por una persona amada o por una causa justa. Pero es difícil que alguien dé la vida por un enemigo o por algo que no vale la pena. Sin embargo, Jesús dio la vida por la humanidad pecadora -por nosotros-, que le había vuelto la espalda y hasta se había puesto contra él, como si fuera un enemigo, y por eso mismo no valía la pena.

Este gratuito, heroico, inaudito y casi absurdo amor de Cristo por la humanidad y por nosotros, es la máxima garantía de nuestra esperanza: la reconciliación con Dios y la salvación por la resurrección. Cristo dio la vida para que nosotros superemos la muerte, nuestro mayor enemigo, al que solos somos radicalmente incapaces de vencer.

Sin embargo, la seguridad de la oferta salvífica por parte de Dios sólo se concreta si el hombre la acoge con gratitud y aprecio, y se compromete a colaborar con Cristo en la salvación del prójimo. “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”, asegura san Agustín.

Y san Pablo exhorta: “Trabajen por su salvación con temor y temblor” (Filipenses 2, 12); o sea, con responsabilidad y seriedad, pues se trata del máximo bien de nuestra persona y de la existencia humana, como lo expresa rotundamente Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” (Mateo 16, 26).

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 08, 2008

MÁS QUIERO MISERICORDIA QUE OFRENDAS


MÁS QUIERO MISERICORDIA QUE OFRENDAS


Domingo 10° tiempo ordinario-A /08-06-08


Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: Sígueme. Mateo se levantó y lo siguió. Como Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora vinieron a sentarse a la mesa con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, decían a los discípulos: ¿Cómo es que su Maestro come con cobradores de impuestos y pecadores? Jesús los oyó y dijo: No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa esta palabra de Dios: “Me gusta la misericordia más que las ofrendas”. Pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Mateo 9,9-13.


Mateo era un pecador despreciado, mal visto y odiado. Según los escribas y fariseos, había traicionado a su patria y su religión vendiéndose a los romanos como cobrador de impuestos, cargo que solía aprovecharse para enriquecerse a costa del pueblo.


Pero cuando su mirada se cruza con la mirada profunda y amigable de Jesús (nadie lo había mirado así), se le estremece el corazón, y al escuchar aquel firme y amistoso “sígueme”, siente que toda su persona se librera, y acoge decidido la invitación.


Para agradecer a Jesús el gesto de amistad, lo invita a una comida con sus discípulos y con un buen número de amigos pecadores. Los fariseos, que controlan los movimientos de Jesús, se escandalizan al ver que se mezcla con los pecadores, contaminándose así con sus pecados y aprobándolos, según ellos.


Jesús, oyendo lo que creían y decían los fariseos, que nunca trataban y ni siquiera saludaban a esa clase de pecadores, les recuerda que son los enfermos quienes necesitan al médico, y que ha venido a llamar a los pecadores, no a los justos, ni a los que se creen justos como ellos, siendo en realidad pecadores incorregibles; y que Dios aprecia más la compasión que el culto externo que no lleva a la misericordia y al perdón. Jesús vino para salvar, no para condenar, y nosotros tenemos la misma misión: colaborar con él en la salvación del prójimo y del mundo.


Los fariseos consideran una virtud no tratar con los pecadores, mientras que Jesús considera una necesidad mezclarse con ellos para salvarlos del pecado. Él ve las profundidades del corazón y del alma de cada persona, imagen de Dios.


El Maestro sabe quiénes buscan la verdad y la salvación entre los que lo siguen: los pecadores y marginados; y quiénes le siguen para espiarlo, atacarlo y para acabar con él en la cruz: los que se tienen por piadosos y justos porque cumplen externamente la Ley, pero sus corazones y obras están lejos de la voluntad misericordiosa de Dios.


Hoy sigue sucediendo lo mismo. Y es bueno reconocer a quienes, bajo capa de religiosidad, esconden injusticias, robos, corrupción...; y a quienes buscan al Salvador y al prójimo dentro y fuera del templo. “Por sus obras los conocerán”. Nos conoceremos.


No es difícil encontrar hipócritas también entre los católicos, que desprecian a los pecadores, en especial a ciertos pecadores, en lugar de darles buen ejemplo, orar y ofrecer por su conversión y salvación.


No es ocioso hacernos la pregunta: nosotros, ¿estamos entre los pecadores arrepentidos, amigos verdaderos de Jesús, o entre los pecadores empedernidos, para quienes Jesús no cuenta y el prójimo tampoco?


Empecemos por tener misericordia con nosotros mismos, esforzándonos por vivir de corazón unidos a nuestro único Salvador, que “está con nosotros todos los días”, a pesar de ser pecadores, justo para librarnos cada día de nuestros pecados, si vivimos en conversión continua.


Oseas 6, 3-6.


Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana; como lluvia tardía que empapa la tierra. «¿Qué haré de ti, Éfraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de profetas, os condené con las palabras de mi boca. Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.»


¿En qué consiste el esfuerzo por conocer al Señor? En reconocer, recordar, apreciar y agradecer sus inmensos favores: vida, salud, familia, cuerpo, inteligencia, voluntad, corazón; tiempo, naturaleza, aire, tierra, agua, sol, lluvia...; la Biblia, la Eucaristía, el perdón de los pecados, la gracia, la redención, la salvación, la resurrección, la vida eterna...


Sólo el trato asiduo con él mediante la oración, la lectura de su Palabra, la Eucaristía, nos hace capaces de conocerlo y de ser misericordiosos como él.


De este conocimiento y amor de Dios, surge espontáneo el amor al prójimo, hecho de misericordia, perdón, compasión, ayuda, acogida, ejemplo, paciencia, cercanía, diálogo. Esta manera de amar al prójimo es la única prueba evidente de que amamos a Dios.


Pues quien “no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. El prójimo es sacramento de la presencia de Dios, hijo suyo como nosotros. Y quien ama a su hermano, demuestra su amor también al Padre de ambos.


En el amor al prójimo consiste el primer y principal culto a Dios. Y sólo ese amor al prójimo hace válido el culto y nos merece la vida eterna, como asegura Jesús. El culto vacío de amor y misericordia, es una tapadera de la falta de fe, de justicia y de amor; es una verdadera idolatría que no puede salvarnos y resulta abominable para Dios.


¿Hemos pensado alguna vez que podemos pervertir la misma Eucaristía? Eso sucede cuando simulamos acoger a Cristo comulgando y luego lo rechazamos en el prójimo.


Romanos, 4, 18-25


Hermanos: Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.» No vaciló en la fe, aun dándose cuenta de que su cuerpo estaba medio muerto -tenía unos cien años- y que era estéril el seno de Sara. Ante la promesa no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe por la gloria dada a Dios al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le fue computado como justicia. Y no sólo por él está escrito: «Le fue computado», sino también por nosotros, a quienes se computará si creemos en el que resucitó de entre los muertos, nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.


Abrahán cree contra toda esperanza – la muerte de la capacidad generativa en él y en Sara- cree en la promesa de Dios, que le asegura una inmensa descendencia. Cree que Dios hace lo que promete: sacar vida de donde la naturaleza no puede hacerla surgir. Con esa fe da gloria a Dios, y Dios le concede el perdón y la gracia de su amistad: lo justifica.


San Pablo relaciona la fe de Abrahán con nuestra fe en la nueva promesa de Dios: la resurrección de Cristo y la nuestra a través de la muerte. Jesús murió para restituirnos la vida de Dios mereciéndonos el perdón, y resucitó para darnos la resurrección.


Creer en Jesús resucitado presente, y esperar que nos resucitará, es dar gloria a Dios y merecer lo imposible: la resurrección, por la muerte y a pesar de la muerte. Solamente a fe en la resurrección nos garantiza la autenticidad de nuestra fe.


P. Jesús Álvarez, ssp.