Sunday, August 20, 2006

COMUNIÓN y VIDA ETERNA

COMUNIÓN y VIDA ETERNA


Domingo 20° T.O.-B / 20-08-2006


Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente». Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm. Jn 6, 51-59

Las palabras de Jesús sobre el Pan de Vida eterna, resultan inauditas e inaceptables para sus oyentes. Por eso lo abandonan. Sólo se quedan sus discípulos. Y Jesús los desafía también a ellos, poniéndolos con firmeza ante la alternativa de creer o de irse.

Mientras Jesús hace curaciones, multiplica y reparte el pan material, todos lo admiran y quieren estar a su lado. Pero aceptar a Jesús que ofrece mucho más: el Pan espiritual de Vida eterna, compromete sus seguridades, sus costumbres y su misma religión de ritos externos sin compromiso de vida. ¿Sigue pasando hoy lo mismo entre nosotros?

Las cosas no han cambiado mucho. ¡Cuántos comulgantes toman la hostia, pero no comulgan con Cristo Resucitado en la vida cotidiana, en el amor al prójimo, en el sufrimiento, en las alegrías, en el trabajo, ni en la misma oración. Y así Él resulta un don nadie ajeno a la vida, excluido de la vida como un estorbo.

La promesa de Jesús: Quien coma de este pan, vivirá para siempre, no se aplica a quien sólo recibe la hostia, sino que, en la hostia que recibe, acoge a Cristo Resucitado, y luego comulga con él en la vida cotidiana, con su Palabra y con el amor al prójimo, con quien él se identifica: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mi me lo hacen”.

La promesa infalible de Jesús: Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí yo en él, nos sitúa dentro de una realidad tan maravillosa, misteriosa y feliz, que nos puede parecer increíble, inaceptable. Y humanamente así es. Mas para el Amor omnipotente de Dios nada hay imposible. La Vida divina, que es Cristo en persona, nos lleva a la victoria sobre la muerte mediante la resurrección.

Frente a esta maravillosa e inaudita obra del amor salvífico de Cristo para con todos los hijos de Dios, cabe preguntarse: ¿Por qué la Eucaristía, fuente de vida para todos los hombres, hijos de Dios, llega a tan pocos? ¡Una situación preocupante que nos cuestiona!

Con todo, en otros pasos del evangelio, Jesús declara como cauces de salvación y de vida eterna también otras realidades: - Quien escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna. - Si ustedes perdonan, también el Padre celestial les perdonará. - Tuve hambre y ustedes me dieron de comer, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron… Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino preparado para ustedes.

Proverbios 9, 1-6

La Sabiduría edificó su casa, talló sus siete columnas, inmoló sus víctimas, mezcló su vino, y también preparó su mesa. Ella envió a sus servidoras a proclamar sobre los sitios más altos de la ciudad: «El que sea incauto, que venga aquí». Y al falto de entendimiento, le dice: «Vengan, coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé. Abandonen la ingenuidad, y vivirán, y sigan derecho por el camino de la inteligencia».

El banquete que prepara la Sabiduría, es prefiguración del Banquete eucarístico, en el cual la Sabiduría en persona, Cristo Jesús resucitado, se ofrece a sí mismo como alimento en el Pan de la Palabra que da la Vida y en el Pan eucarístico bajado del cielo. Cristo es la Sabiduría y el Pan que nos sostiene en el camino hacia el Banquete eterno en la Casa del Padre. Todos estamos invitados a estos dos banquetes. Podemos aceptarlos con amor y gratitud, podemos aceptarlos sólo en apariencia y podemos menospreciarlos.

La experiencia real de Cristo resucitado presente en la Eucaristía y la Comunión, nos libran de la falta de sentido común, de la necedad, de la ingenuidad y del sinsentido de la existencia.

Para que la Eucaristía produzca frutos de vida cristiana y de vida eterna, hay que vivirla como experiencia vital y real de unión con Cristo Resucitado, que nos invita a su mesa eucarística y a su mesa eterna.

Al respecto, es importante volver a la comunión espiritual frecuente, como extensión de la comunión sacramental. Lo cual es factible en cualquier momento o situación. Con ella se continúa acogiendo al mismo Cristo Resucitado en la propia vida, relaciones, trabajo, sufrimientos, alegrías... Comunión asequible también para quienes no pueden comulgar sacramentalmente.

Efesios 5, 15-20

Hermanos: Cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos. No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la volun­tad del Señor. No abusen del vino que lleva al libertinaje; más bien, llénense del Espíritu Santo. Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espiritua­les, cantando y celebrando al Señor de todo corazón. Siempre y por cualquier motivo, den gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

San Pablo nos exhorta a vivir conscientes de los dones inauditos que Dios pone a nuestra disposición, para no desperdiciarlos como unos necios. Los mayores dones los hemos recibido y nos son conservados sin pagar un centavo ni una fatiga: la vida, la inteligencia, el aire que respiramos, la fe, los sacramentos… Vivimos sumergidos en los dones inmensos de Dios, pero podemos vivir en la necedad de la ingratitud, creyéndonos con derecho absoluto a todo e incluso con derecho a desperdiciarlos…, con el riesgo de perderlos para siempre.

Pablo nos invita a darle gracias a Dios por todo y siempre con toda el alma, y sobre todo por la Eucaristía, por su Palabra y por el paraíso que nos ha merecido Jesucristo. Dones para agradecer en el tiempo y en la eternidad. Es justo hacer de nuestra vida, llena de gracias, una acción de gracias permanente.


P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, August 13, 2006

PAN DE VIDA * RITOS SIN VIDA

PAN DE VIDA * RITOS SIN VIDA

Domingo 19°-B T.O. / 13 agosto 2006

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo?"» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: "Todos serán instruidos por Dios". Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Jn 6, 41-51

Los judíos conocían a Jesús como un vecino más. Conocían su familia humilde. Pero se negaron a reconocer en su persona algo más de lo que ya sabían de él. Murmuraban porque no creían que un simple hombre pudiera tener origen divino, como daba a entender: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y si su cuerpo es pan para comer, estaría en contra de la Ley, que prohíbe comer carne humana.

El simple conocimiento humano de Jesús les impide reconocerlo como “pan bajado del cielo”, como el Mesías de Dios. Están en la actitud de quienes creen que la razón lo explica todo. Pero “la fe tiene razones que la razón no conoce”, asegura Pascal. A quien cree, le sobran razones; a quien no quiere creer, no le bastan todas las razones del mundo, ni la evidencia, ni los milagros.

Hoy sigue siendo difícil creer y vivir la realidad de la Eucaristía; o sea: con todo lo que supone la fe en Cristo Eucaristía, “Pan bajado del cielo para la vida del mundo”, Cuerpo de Cristo entregado para el perdón de los pecados”.

Y esa dificultad se debe en parte a que no estamos acostumbrados a escuchar a Dios que habla de continuo a nuestro corazón, pues “todos los hombres son discípulos de Dios”. Quien escucha al Padre, escucha también al Hijo, que habla en su nombre. El mismo Padre nos pidió en el Bautismo de Jesús y en la Transfiguración: “Este es mi Hijo muy amado: escúchenlo”.

También es difícil creer en el “Pan bajado del cielo”, porque implica el esfuerzo de imitar la vida de Quien es el Pan del cielo. Pero de nada vale el rito de comer la hostia si no se vive en unión con Cristo vivo que se nos da en la hostia. Comulgar la hostia sin acoger a Cristo en la vida, sin poner en práctica su Palabra, sin amarlo en el prójimo, equivale a “tragarse la propia condenación”, como afirma san Pablo. Es serio imperativo verificar qué estamos haciendo con el “Pan bajado del cielo”: ¿Acogiéndolo como Pan de Vida o realizando un rito sin vida?

Es creyente quien escucha la Palabra de Dios y la cumple, recibe el Pan eucarístico y ama al prójimo, pues en esas tres realidades se nos presenta Cristo vivo. Quien se contenta sólo con el rito y el cumplimiento de normas, es observante. El creyente vive la vida de Dios en Cristo; el observante sólo realiza ritos y obras muertas.

Solamente desde el cariño hacia Dios podemos comprender a Jesús como Pan de vida que elimina la muerte al injertar su vida divina en nuestra vida humana; vida divina que vencerá nuestra muerte con la resurrección.

La fe en Cristo -que es acogerlo con amor en la vida como enviado del Padre-, es un don de Dios al alcance de todos, como afirma el mismo Jesús: “A quien venga a mí, no lo rechazaré”; “El que cree en mí, tiene vida eterna”.

1 Reyes 19, 4-8

El rey Ajab contó a Jezabel todo lo que había hecho Elías y cómo había pasado a todos los profetas al filo de la espada. Jezabel envió entonces un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me castiguen si mañana, a la misma hora, yo no hago con tu vida lo que tú hiciste con la de ellos». Él tuvo miedo, y partió en seguida para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su sirviente. Luego Elías caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: «¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!» Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» Él miró y vio que había a su cabecera un pan cocido sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Ángel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!» Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.

El profeta Elías logra un gran triunfo sobre la idolatría; pero la consecuencia es la persecución política a muerte. Y huye sin rumbo a través del desierto, acosado por el hambre, el miedo, el sentimiento de culpa y la desesperación. Se encuentra solo y desea morirse. Pero Dios acude en su ayuda, le proporciona alimento, y Elías se recobra y sigue hacia el monte de la fe, el Horeb o Sinaí.

Buen ejemplo para nosotros cuando nos encontramos en situaciones parecidas. Abandonarse y desesperarse no es la solución. Lo que procede es volverse a Dios, el único que nos queda a mano, ponerse en sus manos de Padre y pedirle fuerzas para continuar subiendo por el camino de la fe, que da feliz sentido eterno a una vida de sufrimiento, por difícil que sea.

Cuando nos creemos seguros y satisfechos de nuestras virtudes, de nuestra fe, prácticas, influencias, cargos, éxitos externos, adhesiones incondicionales…, es fácil que se haya excluido a Dios de la propia vida, y al fin llega la crisis, la quiebra, y vemos que estamos todavía al principio o tal vez fuera del camino que lleva a Sinaí: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”.

Ef 4, 30 - 5, 2

Hermanos: No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo. Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.

Sí, nosotros somos capaces de entristecer al mismo Espíritu Santo de Dios, a pesar de que sabemos que de él recibimos todo lo que somos, tenemos, amamos, gozamos y esperamos. Y eso sucede cuando cedemos a la ira, a la prepotencia, al insulto, a la condena, creando un verdadero infierno en torno a nosotros.

Mas también somos capaces de ser la alegría de Dios dándole gracias, pidiéndole perdón, y amando al prójimo, sobre todo con el perdón de las ofensas. Eso mismo nos hace a la vez alegría del prójimo.

Pero el amor más grande a Dios y al prójimo consiste en imitar a Cristo, entregando nuestra vida –como sea tenemos que entregarla- por la santificación y salvación de quienes amamos, haciéndonos así ofrenda agradable a Dios. Es lo máximo que podemos hacer por nuestro prójimo, por Dios y por nosotros mismos. Y eso que está al alcance de todos.

Jesús Álvarez, ssp

Sunday, August 06, 2006

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Ciclo B - 6-8-2006


Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo». De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron la orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos». Mc 9, 2-10

Jesús trata de hacerles comprender a los discípulos que su mesianismo va mucho más allá de un reino terreno, que es mucho más glorioso y definitivo, y que lo alcanzará a través de la pasión, la muerte y la resurrección. Pero como eso de la resurrección a los discípulos no les dice nada, no pueden aceptar el fracaso de sus ideales a consecuencia de la muerte-fracaso del Maestro.


El mismo Pedro, que poco antes había confesado: “Tú eres el Mesías de Dios”, cuando Jesús les anuncia su pasión, lo toma a parte e intenta disuadirlo de someterse a la muerte. Pero el Maestro no duda en llamarle ‘Satanás’ a la cara, delante de todos, por sus pretensiones contrarias a la voluntad del Padre.

Entonces los discípulos caen en una profunda depresión por el derrumbe inminente de sus sueños. Y Jesús siente en el alma el dolor de los suyos, que se suma al que él sufre por la trágica muerte que le espera. El Padre, compadecido de tanto sufrimiento, dispone la escena del Tabor en presencia de sus discípulos preferidos, para que con él gocen por unos momentos de la verdadera gloria mesiánica que le espera a él y a ellos por la muerte y la resurrección.

Es de admirar la fidelidad inquebrantable de Jesús hacia Pedro, que lo eligió para ver su gloria en el Tabor, cuando poco antes lo había reprochado con el más humillante de los títulos: Satanás. Y Pedro experimentará de nuevo la fidelidad, la compasión y el perdón de Jesús después de haberlo negado tres veces.

Los discípulos se sienten en el cielo al contemplar el rostro glorioso de Jesús resplandeciente como el sol, sus vestidos blancos como la luz y a Elías y Moisés conversando con Jesús. Y le piden al Maestro poder quedarse allí indefinidamente. Pero aquello era un pequeño anticipo de la realidad futura, no esa realidad.

Jesús no vivió ni propuso una vida de sufrimiento, sino de alegría, incluso en medio del sufrimiento, que tiene destino de felicidad. “Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y esa alegría sea total”.

Jesús hizo felices a sus predilectos por unos momentos en el Tabor; pero con el Calvario y la Resurrección les ganó la felicidad para siempre en unión con todos los que se esfuercen por imitarlo pasando por la vida haciendo el bien.

No podemos quedarnos en el Tabor de pasajeras felicidades que nos aparten de la felicidad eterna, ni pretender el cielo en la tierra, y menos a costa de hacerles el infierno a otros, pues eso nos llevaría derechos al fracaso total de nuestra existencia y de nuestro anhelo de felicidad sin fin.

El Padre mismo nos señala el modo de seguir a Jesús para compartir con él su resurrección y su gloria: “Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo”.

Dn 7, 9-10. 13-14

Daniel continuó el relato de sus visiones, diciendo: «Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura era blanca como la nieve y los cabellos de su cabeza como la lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego brotaba y corría delante de Él. Miles de millares lo servían, y centenares de miles estaban de pie en su presencia. El tribunal se sentó y fueron abiertos unos libros. Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; Él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta Él. Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido».

Los reinos de este mundo, fundados sobre, las armas, la violencia, la prepotencia, el orgullo, la egolatría…, no mejoran el mundo, sino todo lo contrario: la infelicidad, el sufrimiento, la destrucción y la muerte se multiplican sin cesar a causa de los ídolos del poder, del placer y del poseer.

Cualquier pueblo o cualquiera de nosotros puede llegar a ser víctima de una ferocidad sin compasión. Pero ante esa posibilidad nada improbable, debemos vivir en vela ante el Hijo del hombre, cuyo reino eterno no podrá ser jamás destruido por ninguna fuerza del mal.

La sociedad secularizada y violenta nos invita a dejar de lado a Dios, la fe y el amor, y a sumarnos a su idolatría del poder, del placer y del dinero, para atraparnos en sus planes de destrucción masiva. Frente a sus voces seductoras, escuchemos y cumplamos la Palabra de Dios, para ser miembros de su Familia Trinitaria y súbditos fieles del Rey eterno, que está con nosotros todos los días, y es el único que puede librarnos de las garras de este mundo violento y de la muerte mediante la resurrección.

2 Ped 1, 16-19

Queridos hermanos: No les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. En efecto, Él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección». Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con Él en la montaña santa. Así hemos visto confirmada la palabra de los profetas, y ustedes hacen bien en prestar atención a ella, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones.

Los hechos narrados en los Evangelio no podría inventarlos jamás la mente más ingeniosa y soñadora. Ninguna otra religión tiene en su origen acontecimientos tan desconcertantes y extraordinarios narrados por tantos testigos oculares, y en especial por los apóstoles, que para nada eran personas experimentadas en literatura de fantasía, pero sí “duros de cerviz” para creer, sobre todo para creer en la resurrección, hasta que “tocaron” a Cristo resucitado en persona.

La transfiguración es anticipo de la resurrección y de la gloriosa venida de Cristo al final de los tiempos. Jesús pidió a los tres discípulos que no hablaran de lo que vieron, pues nadie les creería y hasta se burlarían de ellos. Como algunos hicieron luego ante el anuncio de la resurrección hecho por “unas mujeres”.Nuestra fe está bien fundamentada, pero no sólo en hechos históricos y testigos que dieron por ella la vida, sino en la gracia de Cristo presente, que nos la sostiene por su Espíritu, a quien hemos de pedirle que nos la aumente cada día.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 30, 2006

MULTIPLICAR y COMPARTIR

MULTIPLICAR y COMPARTIR

Domingo 17º del tiempo ordinario - B / 30 julio 2006

Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?» Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Jesús dice a los discípulos que den ellos de comer a la multitud, que por sí sola no puede valerse. Pero tampoco los discípulos pueden conseguir comida para tanta gente en un despoblado. En realidad Jesús no pretende que proporcionen la comida, sino que repartan la que él les va a dar multiplicando lo poco que tienen.

El Maestro prepara a los suyos para la revelación sobre el Pan Eucarístico, que ellos multiplicarán y repartirán, junto con el Pan de la Palabra, para la vida y salvación del mundo. Pero ellos no serán dueños de ese Pan que Jesús les dará.

El Maestro quiere enseñarles a la vez que no sólo han de preocuparse de lo espiritual y de la doctrina, sino también de las necesidades materiales y humanas de la gente. Porque él no vino sólo a predicar, sino también para ayudar de forma concreta a los necesitados de pan, salud, amor, sentido, consuelo, paz, alegría.

Cuando socorremos necesidades del prójimo, también compartimos con Jesús su obra evangelizadora y salvadora. Él mismo se identifica con los necesitados: “Lo que hagan con uno de estos, conmigo lo hacen”. Ya se trate de alimento espiritual, cultural, moral, afectivo o físico.

Multiplicar los panes es compartir lo que Dios nos ha dado para vivir y compartir: vida, capacidad de amar, fe, alegría, talentos, profesión, tiempo, salud, alimentos, bienes materiales... E invitar a quienes más han recibido a que compartan más.

Es necesario mentalizar a los grandes de la tierra –hombres y pueblos- para que cambien su corazón de piedra, pues les sobra mucho más de lo que necesitan para vivir, y lo peor es que lo usa para matar. Ellos se apropian los bienes que sobrarían para dar casa, comida y vida digna a todos los humanos.

Pero también hay quiénes reparten o comparten el Pan Eucarístico y el Pan de la Palabra, mas se quedan impasibles ante el hambre física o moral. Entonces no toma cuerpo el Pan divino ni produce vida...

Compartir es la mejor forma de agradecer, conservar y multiplicar lo que se tiene, se es, se sabe y se espera: todo don de Dios. Si ponemos lo que está de nuestra parte, Dios pondrá lo demás. “Den y se les dará... con una medida rebosante”. “Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”.

Dios no se compromete a conservarnos lo que se quita o se niega al necesitado. Sólo nos devolverá el ciento por uno de lo que damos. Seamos sabios calculadores y administradores de lo que recibimos para vivir y compartir. Así podremos escuchar al fin de la vida las palabras consoladoras de Jesús: “¡Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el reino preparado para ustedes!”

2 Reyes 4, 42-44

En aquellos días: Llegó un hombre de Baal Salisá, trayendo pan de los primeros frutos para el profeta Eliseo, veinte panes de cebada y grano recién cortado, en una alforja. Eliseo dijo: «Dáselo a la gente para que coman». Pero su servidor respondió: «¿Cómo voy a repartir esto a cien personas?» «Dáselo a la gente para que coman -replicó él-, porque así habla el Señor: "Comerán y sobrará"». El servidor se lo sirvió; todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor.

El profeta Eliseo, con la multiplicación de los veinte panes para cien hombres, anticipa los milagros de Jesús que multiplica el pan material para las multitudes, signo de la multiplicación del Pan Eucarístico y del Pan de la Palabra para todo el mundo en todos los tiempos hasta el fin de la historia humana.

Si un hombre de Dios, nueve siglos antes de Cristo, multiplicó los panes, cuánto más el mismo Hijo de Dios multiplicará el pan material, el pan espiritual de la Eucaristía y de la Palabra para la vida y salvación de la humanidad.

Dios no falta a la humanidad; es el hombre quien puede faltar y falta a Dios, a sus hermanos y a sí mismo.

¡Ay de quienes monopolizan el pan material! Y ¡felices quienes hacen lo posible para multiplicar el pan material, y más quienes multiplican el Pan de la Eucaristía y de la Palabra para las multitudes de los hijos de Dios!

Efesios 4, 1-6

Hermanos: Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.

La vocación a la que hemos sido convocados es la unidad y la fraternidad en el amor mutuo. El secreto y la fuente de esta unidad –familiar, comunitaria, social y global- se encuentra en la vida común de la Santísima Trinidad, nuestra comunidad familiar de origen y de destino; fuente fecunda de toda comunidad, de la fraternidad familiar y de la fraternidad en la familia universal.

Para lograr esta unidad es necesario decidirse a vivir la fe en Jesús resucitado presente, que en él nos une a la Trinidad, e imitarlo en su amor, humildad, paciencia, dulzura, misericordia, perdón, ayuda...

Esa es la forma de compartir el amor misericordioso y universal de las tres Personas de la Trinidad: del Padre que nos ama como hijos, del Hijo que nos salva como hermanos, del Espíritu Santo que nos sana en el amor del Padre y del Hijo, y nos integra en la Familia Trinitaria.

Esa es nuestra verdadera vocación, el único camino por donde encontraremos la satisfacción de nuestros deseos y la verdadera felicidad en el tiempo y en la eternidad: la esperanza a la que hemos sido llamados. Quien no responde a esta vocación y toma por felicidad lo que es sólo satisfacción superficial y pasajera, camina hacia la infelicidad, hacia el sufrimiento sin sentido y hacia la muerte sin esperanza.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 23, 2006

TRABAJO Y DESCANSO

TRABAJO Y DESCANSO

Domingo 16º durante el año - B / 23-07-2006

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo en­señándoles largo rato.

Los apóstoles, contentos de su misión, le cuentan a Jesús cómo les ha ido, pero están cansados, y Jesús los invita a un lugar retirado para reposar, orar, reflexionar, dialogar. El Maestro quiere evitar que la actividad apostólica los lleve al estrés paralizante o al triunfalismo estéril.

Dios puede hacer siempre más y mejor a través de nosotros si actuamos con humildad y generosidad. O sea, conscientes de que la eficacia salvadora de nuestra vida cristiana y de nuestra actividad evangelizadora y laboral se debe sólo al único Salvador, Cristo. Así lo afirma Él mismo: "Quien permanece unido a mí produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada" (Jn, 15, 5).

Jesús y los discípulos, al llegar al lugar retirado, se encuentran con la multitud de la que escapaban. Entonces él echó mano del único recurso que le quedaba ante el fracaso de su plan de necesario descanso y aente la multitud de “ovejas sin pastor: “Se puso a enseñarles con calma”.

En situaciones semejantes, acojamos la experiencia a la que el Maestro nos invita: “Vengan a mí todos los que andan cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28). Encontrarse con Jesús y estar con él, es el descanso más productivo de paz y salvación. Es lo que siempre han hecho grandes mujeres y hombres sobrecargados de una actividad abrumadora. Dos ejemplos recientes: Madre Teresa de Calcuta y Santiago Alberione.

Es indispensable recurrir a esa experiencia pacificadora de la contemplación del Maestro en nuestra misión de cristianos, la cual consiste en evangelizar a los demás con la vida, con las obras y con la palabra. “Para hablar de Dios a los hombres, hay que hablar y escuchar primero al Dios de los hombres”. Y convencernos de que es más eficaz la palabra de la vida y de las obras que la de los labios o de la pluma, cuya eficacia brota sólo de la vida en unión con el Divino Pastor.

Mas puede haber circunstancias en la vida en no se tenga tiempo ni para comer. Pero si no tuviéramos tiempo para estar con Cristo (dentro o fuera de las actividades absorbentes), correríamos el grave riesgo de estar perdiendo el tiempo en actividades privadas de sentido liberador y salvífico.

A falta de tiempo material, disponemos siempre del tiempo “mental”, “imaginativo” y “cordial”, que nadie nos puede arrebatar. Jesús nos advierte: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21), “Donde estoy yo, allí estará también mi discípulo”.

Nadie nos puede privar de la posibilidad y la alegría de orientar, a diario y en todo momento, nuestra mente, nuestra imaginación, nuestro corazón y nuestra oración hacia el Resucitado presente, que nos asegura su promesa infalible de estar a nuestro lado todos los días de nuestra vida. Pero es decisivo que nosotros nos decidamos a estar de veras con Él.

Jeremías, 23, 1-6.

¡Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de mi pastizal! -oráculo del Señor-. Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo: Ustedes han dispersado mis ovejas, las han expulsado y no se han ocupado de ellas. Yo, en cambio, voy a ocuparme de ustedes, para castigar sus malas acciones -oráculo del Señor-. Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las había expulsado, y las haré volver a sus praderas, donde serán fecundas y se multiplicarán. Yo suscitaré para ellas pastores que las apacentarán; y ya no temerán ni se espantarán, y no se echará de menos a ninguna -oráculo del Señor-. Llegarán los días -oráculo del Señor- en que suscitaré para David un germen justo; Él reinará como rey y será prudente, practicará la justicia y el derecho en el país.


Este paso de Jeremías es de una actualidad sorprendente... Falsos pastores o líderes que en todos los tiempos y en todas las religiones extravían a sus hermanos con falsas doctrinas, o con una vida que contradice la verdadera doctrina que predican, pues hacen de su predicación un negocio.

También en nuestra Iglesia hay falsos pastores a causa de la incoherencia de su vida. Debemos reconocerlos para no imitarlos; para orar, ofrecer por ellos y darles ejemplo. Nosotros no creemos en los pastores, ya sean buenos o malos, sino en el Supremo Pastor resucitado, quien, en una eventual falta de buenos pastores, nos guiará personalmente hacia las verdes praderas de la vida eterna.

Al Buen Pastor tenemos que mirar y seguir, para no dejarnos llevar por el mal ejemplo de los falsos pastores y para no ser merecedores el mismo castigo que vendrá sobre ellos por haberse desviado del Divino Pastor, quien, a la hora de las cuentas, les dirá: “No los conozco; aléjense de mí, obradores de iniquidad”.

Efesios 2, 13-18

Hermanos: Ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separa­ba, y aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamien­tos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y Él vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban lejos, paz también para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu.


Jesús, con su palabra y con su cruz, derriba los muros del nacionalismo religioso judío, que luego los apóstoles abatirán dispersándose por todo el mundo para llevar el mensaje de la paz y la fraternidad universal promovido por el Maestro, Príncipe de la Paz, nuestra paz.

La paz tiene dos direcciones: una vertical, paz con Dios; y otra horizontal, paz con todos los hombres, hermanos de Cristo e hijos del mismo Padre. Sólo si tenemos paz con Dios, la tendremos con los hijos de Dios, y con nosotros mismos. Somos familia de Dios, en la que todos somos amados como hijos y todos iguales.

Dios ama a todos los hombres y quiere su salvación. Es un deber y un gozo compartir ese amor y esa voluntad salvífica de Dios, abriendo el corazón y la oración – sobre todo la Eucaristía – a todos los hombres hermanos nuestros.¿Cuántas veces hemos orado por aquellos hermanos nuestros que los medios de comunicación social nos presentan cada día sufriendo hambre, injusticia, violencia, violaciones, engaños, desgracias, guerra, muerte..., en nuestro país y en todo el mundo?

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 16, 2006

PREDICAR, CURAR Y EXPULSAR DEMONIOS

PREDICAR, CURAR Y EXPULSAR DEMONIOS

Domingo 15º tiempo ordinario - B /16 julio 2006

Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan en la alforja ni dinero en la faja; que llevasen sandalias y un manto solo. Y añadió: - Quédense en la casa donde les den alojamiento, hasta que se vayan de ese sitio. Y si en algún lugar no los reciben ni escuchan, al salir sacudan el polvo de sus pies para dar testimonio contra ellos. Salieron, pues a predicar la conversión; echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. (Mc 6, 7-13)

Jesús envía a los suyos a proclamar el evangelio del reino, y les pide vayan con lo indispensable, para que apoyen sólo en Él la eficacia de su misión salvadora y no sólo en los medios materiales, aunque deban usar todos los que contribuyan a la difusión de la buena noticia, incluidos los costosos medios masivos, imprescindibles hoy en la evangelización, como usaron la escritura en el Antiguo Testamento.

El mensaje del Evangelio es el centro de la vida y acción de los discípulos. Ellos no pueden ocupar su corazón y su tiempo con otras cosas. Pero los destinatarios, agradecidos, deben sostener con sus bienes a los mensajeros que les ofrecen el bien máximo: el evangelio de Cristo, su único Salvador. Es un don absolutamente impagable.

Jesús manda a sus discípulos no sólo a predicar, sino también a obrar como él: curar enfermos, echar demonios, denunciar injusticias de toda clase... Y así lo hacen.

¿En qué consiste hoy ese curar enfermos y echar demonios? A parte que también hoy existen sacerdotes y laicos que hacen curaciones y expulsan demonios, las deficiencias de la salud física se remedian con los adelantos de la medicina y a manos de los médicos, entre los cuales hay también verdaderos discípulos Cristo, declarados o anónimos. Ellos son los nuevos “samaritanos”.

Y los discípulos siguen hoy la lucha contra el maligno oponiéndose a todo lo que amenaza al hombre: egoísmo, injusticia, vicio, violencia, pobreza, hambre, corrupción, explotación, mentira, hipocresía... Donde llega la palabra y la acción del discípulo unido a Cristo, el mal queda al descubierto y retrocede.

Quienes se agarran al poder como autoservicio y no como servicio al pueblo, pretenden que la Iglesia se limite a cosas espirituales y de sacristía, que sólo rece y no se meta en otros asuntos sociales o políticos. O sea, que no se ponga a favor de la vida, la verdad, la justicia, la paz, la fraternidad universal, el progreso; que no se ponga al lado de los pobres y los explotados por los poderes o superpoderes, pues así los poderosos de turno podrían navegar impunemente en riquezas acumuladas a costa de la pobreza de los más, gozar a costa del sufrimiento ajeno, e incluso vivir a costa de la muerte de otros. Actitudes claramente diabólicas, que un día se volverán contra los mismos que las secundan.

Valiente la palabra, la denuncia y la acción de obispos, sacerdotes, religiosos, laicos y personas de bien en todas las confesiones, incluso arriesgando sus vidas, frente a tantas situaciones de hambre, enfermedad, engaño, explotación, injusticia, violencia, muerte, que son acciones “demoníacas” en nuestro mundo de hoy.

El seguimiento de Cristo no es privilegio del clero, sino competencia, derecho y vocación de todo bautizado. Teniendo en cuenta que la palabra más eficaz no es la que sale de los labios, sino la que brota de la vida, de la fe y de la unión con Cristo. Esa forma siempre actual y eficaz de predicar y echar demonios es privilegio de todos, para cada cual según su condición.

Por otra parte, todos corremos el peligro de cerrar los oídos, la mente y el corazón a la Palabra de Dios que nos transmiten sus enviados, mereciendo que nos sacudan en la cara el polvo de sus pies, con grave riesgo de nuestra propia salvación.

No nos busquemos fáciles pretextos para no escuchar esa Palabra y no ponerla en práctica, siendo uno de los más frecuentes alegar que el predicador no nos simpatiza, no es muy ejemplar, no tiene preparación, etc. Con todo, siempre podemos encontrar la Palabra de Dios genuina y directa en la Biblia, y de modo especial en los Evangelios.


Isaías 55, 10-11.

Esto dice el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

La Palabra de Dios no es como nuestras palabras, sino que hace realidad lo que anuncia: la salvación a quien la busca, la espera y la acoge. Es fuente de vida, y no simple sonido que comunica ideas, sentimientos, información, verdades, o mentiras.

La palabra predicador y del simple cristiano, para que tenga eficacia salvadora, debe inspirarse en la Palabra de Cristo, sintonizar con ella y reflejarla, en especial la palabra más elocuente y que todo el mundo entiende: la palabra de la propia vida y obras, que son como un evangelio abierto, el único que podrán leer muchos de su entorno, empezando por el propio hogar.

Cuando el cristiano lo es de verdad –persona unida a Cristo-, es imposible que su vida no “hable” ni actúe en su ambiente, aunque ni él ni los demás se den cuenta. Pues está de por medio la palabra infalible de Jesús y su misma persona: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Ahí está el secreto de la eficacia de la palabra y de la vida del cristiano.

Romanos 8,18-23.

Hermanos: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación expectante está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

San Pablo había estado en el “tercer cielo”, aunque no sabe si “dentro o fuera del cuerpo”, y recordando esa experiencia, exclamó: “Ni oído oyó, ni ojo vio, ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”. Por eso decía también: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.

Él habla con conocimiento de causa cuando afirma que los sufrimientos temporales son nada en comparación con la inmensa gloria y gozo que Dios un día nos concederá en su casa eterna. Gloria y gozo que compartirá también con nosotros toda la creación una vez liberada de la esclavitud del egoísmo y del afán de dominio por parte de unos pocos hombres pervertidos, que la acaparan para su servicio a costa del sufrimiento de muchos.

Esos dolores de parto, inútiles por sí solos, Dios los transforma en fecundos dolores que darán vida, y por la resurrección darán a luz un mundo nuevo presidido por Cristo, Rey del Universo; un mundo donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, el amor y la libertad.

En esa perspectiva tenemos que valorar y aprovechar nuestros sufrimientos, los de todos los hombres y los de la creación entera, asociándolos a los de Cristo crucificado, con él en camino hacia la resurrección y la gloria. Esa es nuestra esperanza segura, anclada en Jesús crucificado y resucitado, el único que puede y quiere liberarnos del sufrimiento y de la muerte para glorificarnos con él en su reino eterno.

Cristo ha tomado muy en serio nuestra salvación. Él hizo y hace lo indecible por salvarnos. Tenemos que pedir con insistencia lo mismo que él desea para nosotros y hacer lo imposible para conseguirlo. Entonces el éxito estará asegurado.

Dice San Agustín: “Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios ha dejado a nuestra elección libre y condiciona a nuestro esfuerzo el éxito eterno que nos ofrece. Dios nos ofrece el éxito, pero nosotros podemos acogerlo y secundarlo, o bien ignorarlo y despreciarlo. Verifiquemos cuál es nuestra actitud frente la oferta gratuita de salvación por parte de Dios. Deseemos y preparemos en serio “la hora de ser hijos de Dios, la resurrección de nuestro cuerpo”, “que él transformará en cuerpo glorioso como el suyo”.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 09, 2006

ESCUCHAR A LOS PROFETAS Y SER PROFETAS

ESCUCHAR A LOS PROFETAS Y SER PROFETAS

Domingo 14º Tiempo Ordinario-B / 9-7-2006

Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, Nazaret, y sus discípulos se fueron con él. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: “¿De dónde le viene todo esto? ¿De dónde esta sabiduría, y cómo salen esos milagros de sus manos? Si no es más que el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón. Y sus hermanas ¿no están aquí entre nosotros? Se extrañaban y no querían darle crédito. Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre su parentela y en su familia”. (Mc 6, 1-6).

Los vecinos de Nazaret conocían a Jesús desde la infancia: era un carpintero, sin carrera, hijo de una vecina y un vecino como todos. Y también él era uno más. Según ellos, no podía ser profeta, ni enseñarles algo nuevo. Y mucho menos podía ser el Profeta-Mesías, pues este debería aparecer con gran poder y majestad, para asumir portentosamente el poder político y religioso en el pueblo de Israel y librarlos de la opresión de Roma.

Profeta, en el lenguaje bíblico, no es tanto quien predice el futuro, sino quien ve y valora las cosas, los acontecimientos y a las personas con los ojos de Dios, y habla en nombre de Dios. El profeta no es necesariamente un santo. Pero tiene conciencia de que Dios lo elige para hablar y obrar en su nombre y que no puede guardarse para sí el mensaje.

El profeta choca contra quienes se han instalado en formas egoístas de religiosidad y de vida. Y se atreven a toda clase de injusticias, e incluso asesinatos, como lo intentaron con Jesús los vecinos de Nazaret cuando quisieron despeñarlo. Y como lo hicieron luego quienes lo crucificaron; y cuantos, a lo largo de la historia, han realizado persecuciones, torturas, martirios…

Procuremos no sumarnos a quienes se dicen “muy religiosos”, que tienen imágenes, comulgan, rezan el rosario, asisten a procesiones, reuniones, ocupan puestos eclesiales o sociales de privilegio…; pero si se sienten denunciados por el profeta, no tratarán de mejorar, sino que lo descalificarán de mil maneras e intentarán acallarlo por todos los medios: difamación, calumnia, cárcel, muerte... Mas Dios saldrá a favor de su profeta, devolviéndole la vida con la resurrección, como a Cristo Jesús, mientras que a los verdugos les llegará la hora de la ruina.

¿Qué sucedería, por ejemplo, si alguien dijera a ciertos grupos o personajes religiosos: "Ustedes rezan el Padrenuestro con frecuencia...; pero no basta: hay que vivirlo en el hogar, en el trabajo, en las relaciones, en la universidad...?” El Padrenuestro no es sólo una oración para recitar, sino un programa de vida cristiana propuesto por el mismo Hijo de Dios.

La vocación del profeta es riesgo constante, pues debe denunciar a quienes manipulan, utilizan, alienan y engañan a la gente sin los suficientes recursos culturales y de autodefensa. Y animar a ese pueblo a no dejarse engañar, a luchar por una vida y una sociedad mejor, según los valores humanos y cristianos.

Pero también hay falsos profetas. ¿Cómo distinguirlos de los verdaderos? “Por sus obras los conocerán”, nos dice Jesús. No por sus solas palabras, ideas, ritos o apariencias.

Por otra parte, todo cristiano recibe en el bautismo la vocación de profeta, y debe realizarla con la vida, la palabra y las obras. La religiosidad estática, de rutina, de sólo cumplimiento, es un escándalo; y constituye el mayor obstáculo para vivir, transmitir y aceptar la fe, para la relación filial con Dios en comunicación salvífica con los hermanos.

Ezequiel 2, 2-5

Un espíritu entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. Él me dijo: “Hijo de hombre, Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy. Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que Yo te envío, para que les digas: «Así habla el Señor». Y sea que escuchen o se nieguen a hacerlo -porque son un pueblo rebelde- sabrán que hay un pro­feta en medio de ellos”.

Si la Palabra de Dios no nos conmueve ni molesta, si no nos dice nada, es señal de que no la escuchamos, de que somos rebeldes y sordos como los israelitas. Pero si la escuchamos con gusto y avidez, si nos escuece, nos dejamos cuestionar, nos denuncia, nos anima y ayuda a mejorar, es buena señal.

El verdadero profeta, evangelizador o catequista, no va ni habla en nombre propio, sino que es enviado, se siente enviado y habla movido por la fuerza del Espíritu: “No serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu Santo hablará por ustedes”; “Quien a ustedes los escucha, a mí me escucha; y quien me escucha a mí, escucha a mi Padre”, asegura Jesús.

Dios habla e interviene a través de personas y de palabras humanas. Y hemos de estar bien atentos a esas palabras e intervenciones, pues son más frecuentes de lo que pensamos. Y es muy fácil buscar pretextos - las deficiencias del enviado, por ejemplo- para cerrarnos a la palabra exigente de Dios.

Por otra parte, todo cristiano es un enviado a sus hermanos para hablarles de parte de Dios e intervenir en sus vidas con la palabra, el ejemplo, la oración, el sufrimiento ofrecido… Negarse a este envío, equivale a no escuchar la Palabra de Dios ni llevarla a la práctica.

2 Cor 12, 7-10

Hermanos: Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero Él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecucio­nes y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Pablo ha sido descalificado por algunos como evangelizador y como persona, a causa de su pobre apariencia, lo cual podría ser un riesgo para la fe de los corintios. Entonces revela los prodigios que Dios ha realizado en él y por él, a pesar de sus debilidades, enfermedad y lo poco que humanamente es.

Pero en lugar de gloriarse de la grandeza de las revelaciones y de las intervenciones de Dios en su vida, se gloría en sus debilidades y enfermedad, a pesar de las cuales el poder de Cristo se manifiesta en él y en su predicación, revelando así la fuerza de la cruz y de la resurrección.

Quien conoce sus debilidades y reconoce sinceramente sus pecados entonces la humildad (que es verdad) hace lugar al poder salvador de Cristo. Pero quien está pagado de su saber, de su hacer y de su profesionalidad, no deja lugar para la omnipotencia salvadora de Dios, y se atribuye sus obras.

El sufrimiento, la calumnia y la persecución no deben ser motivo de desaliento y desesperanza para el cristiano, para el evangelizador o el catequista, sino ocasión para que actúe en ellos la fuerza salvadora de Cristo resucitado.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, July 02, 2006

FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN

FE, COMPASIÓN Y RESURRECCIÓN

Domingo 13º del tiempo ordinario-B / 2-7-2006

En aquel tiempo Jesús atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies suplicándole: “Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo”. Jesús se fue con Jairo; caminaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. De pronto llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: “Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro? Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: “No temas, solamente ten fe”. Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. Jesús entró y les dijo: “¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida”. Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. Tomándola de la mano, dijo a la niña: “Talitá kumi”, que quiere decir: “Niña, yo te lo mando, ¡levántate!.” La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. Pero Jesús les pidió insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña. Mc 5,21-43.

Jesús se conmueve ante la muerte “absurda” de una niña de doce años, y la devuelve viva a sus padres. Pero ¿qué es la resurrección de una sola niña, frente a millones de niños, jóvenes y adultos que mueren o son eliminados cada día sin compasión alguna? Mas Jesús resucita a esa niña para hacernos com-prender que tiene poder para resucitar a los muertos, con su dominio absoluto sobre la muerte, y son multitud los que él resucita cada día a la vida eterna.

Con la resurrección de la hija de Jairo, así como la de Lázaro y del hijo de la viuda de Naín, y sobre todo con su propia resurrección, Jesús nos demuestra que la muerte no es el final de vida humana; que él tiene poder sobre la muerte; que Dios nos ha creado inmortales; que la muerte del cuerpo no es la muerte de la persona, sino que esta, al despojarse del vestido corruptible, el cuerpo, atraviesa el umbral de la muerte hacia la plenitud de la vida eterna.

San Pablo asegura que Jesús “transformará nuestro pobre cuerpo mortal y lo hará semejante a su cuerpo glorioso” (Flp 3, 21), “Lo que es corruptible debe revestirse de incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de inmortalidad” (1 Cor 15, 53). La muerte, por lo tanto, no es de por sí una desgracia, sino la puerta de la máxima gracia y máxima suerte: la resurrección y la vida eterna.

El mismo Apóstol nos legó su convicción de fe: “Para mí es con mucho lo mejor el morirme para estar con Cristo”; “Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”; “Pongan su corazón en los bienes del cielo, donde está Cristo”.

No podemos, pues, pensar nunca en la muerte sin pensar a la vez, y sobre todo, en la resurrección; de lo contrario viviremos como esclavos del temor a la muerte, en lugar de vivir en la alegría del esfuerzo por conquistar la resurrección a través de la muerte, pasando por la vida haciendo el bien en unión con Cristo.

La fe verdadera no se rinde ante el poder de la muerte. ¿De qué nos valdría la fe si no nos llevara a la vida más allá de la muerte? Si no se cree en la resurrección, la fe resulta un engaño y la predicación un fracaso.

Creámosle a nuestro Salvador: "Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá". Y vivamos en coherencia con esa fe.

Sab 1, 13-15; 2, 23-24

Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla.

El misterio del sufrimiento y de la muerte sólo se nos desvelará en la eternidad. Pero, entretanto, Dios mismo nos confirma con su palabra infalible que él no es autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el autor de la vida y de la felicidad. El misterio de la omnipotencia de su amor consiste en que él cambia la muerte en resurrección para la vida sin fin, y el sufrimiento en deleite eterno.

Por tanto, es irrazonable e injusto, si no blasfemo, atribuir a Dios el sufrimiento y la muerte. En contra de las muchas apariencias, la muerte no tiene dominio sobre la creación ni sobre el hombre, sino que el poder absoluto lo tiene Cristo, Rey del universo y de la historia, quien domina también sobre la muerte, destruyéndola al resucitar a todos los que pasan por la vida haciendo el bien.

Pero queda en pie la tremenda posibilidad de la “muerte segunda” para quienes se hacen colaboradores de las fuerzas del mal y de la muerte, pues se autoexcluyen de la felicidad y deleites eternos por haber pretendido construir su cielo terreno a costa de hacerles el infierno en la tierra a sus hermanos.

Hay que “entrar por la puerta estrecha que conduce a la gloria” y ayudar a otros entrar, porque “muchos toman el camino ancho que lleva a la perdición”.

2 Cor 8, 7. 9. 13-15

Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad. Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: "El que había recogido mucho, no tuvo de sobra, y el que había recogido poco, no sufrió escasez".

La sabiduría, la fe, el amor deben expresarse en la generosidad concreta con los necesitados. Si por la fe nos sabemos hermanos del pobre, por ser él hijo de Dios como nosotros, no le cerraremos el corazón ni la mano. Además, si somos conscientes de que todo lo hemos recibido de Dios, seremos generosos en compartir con el necesitado, como gratitud y motivo para que Dios nos conserve y aumente sus dones. Quien no da de lo recibido, no merece recibir.

La limosna tiene sentido teologal y salvífico: el donante alcanza al mismo Cristo con su limosna: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”, y contribuye a la propia salvación: “La limosna cubre multitud de pecados”. Además suscita en el destinatario la alabanza a Dios, pues intuye que el donante le ayuda por creer en Dios y por considerarlo hermano en Dios Padre.

Estas motivaciones deben ser el móvil de toda acción solidaria, limosnas y colectas, a fin de promover la generosidad y evitar la mezquindad de la moneda más chiquita o dar sólo de lo superfluo, de lo que sobra. Quien se cree favorecido por Dios, será capaz de dar hasta que duela, a imitación del Pobre de Nazaret, que siendo rico se donó a sí mismo hasta la dolorosa pobreza de Belén y del Calvario.

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, June 25, 2006

LA VICTORIA DE LA FE

LA VICTORIA DE LA FE

Domingo 12º del tiempo ordinario – 25-06-2006

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, lo llevaron en la barca en que estaba; otras barcas lo acompañaban. De pronto se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús, entretanto, dormía en la popa sobre un cojín. Y lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó y se puso en pie encarando al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cálmate!” El viento se apaciguó y siguió una gran calma. Después les dijo: “¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe?” Pero ellos estaban muy asustados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 35-40).

El texto nos invita a tomar conciencia de nuestra pequeñez e impotencia frente a los desastres naturales: terremotos, tormentas, inundaciones, huaicos, volcanes...; y ante los desastres humanos: odio, guerras, injusticias, corrupción, abuso de poder, hambre, terrorismo, aborto, secuestros, violencia sexual y familiar, prostitución, pornografía, alcohol, droga, sida...

Todo un mar tenebroso y huracanado, donde parece destinada a hundirse sin remedio la pobre barquilla del reino de Jesús, la Iglesia, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que luchan por un mundo mejor, donde reine la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y la solidaridad, la dignidad humana y la alegría de vivir, en la perspectiva de la alegría de morir para resucitar.

Pero a veces Dios parece dormido, ausente, indiferente..., siendo así que sólo él puede socorrernos y salvarnos en la tormenta. Jesús parecía dormir indiferente ante la angustia de los discípulos que esperaban lo peor: ser tragados por las olas. Y también el Padre parecía dormido ante los sufrimientos de su Hijo, cuando las fuerzas del mal se ensañaron contra él hasta asesinarlo. El mismo Jesús llegó a quejarse: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Pero la victoria del mal fue -y es- sólo momentánea y aparente: el Padre le respondió a Jesús y le dio la razón devolviéndole la vida con la resurrección, que es la victoria total sobre las fuerzas del mal y sobre la muerte. Victoria total de Jesús y de todos los que, aunque no lo conozcan, lo imitan haciendo el bien.

Vivir en medio de este mar tempestuoso exige valentía, fe, amor, esperanza, optimismo invencible. Exige confiar ciegamente en la palabra infalible de Jesús: “No teman; yo he vencido el mal”. “No teman: yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Es necesario el trato asiduo con Cristo resucitado presente, pues sólo él da sentido victorioso y pascual al sufrimiento, a las contradicciones y a la misma muerte. Sólo la unión con él puede alimentar la fe en su presencia amorosa, reconocer y apoyar su acción misteriosa en la guía de la Iglesia, de la humanidad y de la creación hacia su destino glorioso a través del calvario de las tormentas.

El naufragio total y definitivo vendría si no edificamos y vivimos la vida desde la fe en Jesús presente; si vamos tras otros maestros, creencias y cosas en las cuales pongamos más confianza que en él. “Quien se resiste a creer, ya se ha condenado a sí mismo”, nos advierte.

Por lo demás, no podemos perder el tiempo lamentado las tormentas, las crisis religiosas, las tragedias humanas, morales... Hay que encender la luz de la fe, del amor y de las buenas obras en la oscuridad. Encender una vela en lugar de quejarse de las tinieblas. Y en la tormenta despertar a Jesús con optimismo, fe, confianza, con la alegría de vivir, de sufrir y de morir para resucitar como él.

Job 38, 13-11

El Señor habló a Job desde la tempestad, diciendo: ¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del vientre materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones? Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, y le dije: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Job, a verse atenazado por una desgracia tan injusta e irremediable a toda vista, llama a juicio al mismo Dios para demostrarle su inocencia y declarar al Señor responsable de tan indecible sufrimiento. Los amigos de Job esperan que Dios castigue a Job por tal atrevimiento frente a Dios.

Pero Dios acepta compasivo el desafío de Job y le habla en directo desde la tormenta, y no para darle una lección teórica sobre el sufrimiento, ni para añadir un castigo a su dolor, sino para que asuma la finitud humana condicionada por el misterio del sufrimiento, misterio inalcanzable para el entendimiento humano, pero que Dios aprovecha al servicio de su plan amoroso para el bien del hombre.

Como son inabarcables para nuestra inteligencia las fuerzas, los misterios y maravillas de la creación, obra de la sabiduría y poder infinito del Creador, y que están bajo su total control, así es el misterio del sufrimiento, que en los planes de Dios tiene como destino la felicidad y la gloria eterna. Además de servir a la purificación y perfeccionamiento de la imagen de Dios en el hombre, a semejanza de su Hijo, el cual, “por el sufrimiento aprendió lo que significa obedecer” al Padre, quien por el sufrimiento lo llevó a la resurrección y la gloria.

Ahí se justifica el sufrimiento más injusto, pero del cual no es justo culpar a Dios, pues él no es el autor del sufrimiento ni de la muerte, sino el “transformador” de esas realidades en felicidad y en gloria eterna.

Corintios 5, 14- 17

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.

Si uno solo, Cristo, ha muerto y resucitado por todos, significa que todos morimos con él a todo lo que nos puede cerrar las puertas de la resurrección y de la vida eterna. Y si él ha muerto por amor nuestro, debemos corresponderle con amor, no viviendo ya para nosotros mismos, sino para él, que murió y resucitó por nosotros, a fin de que nosotros podamos morir como él y resucitar con él.

Gracias a su muerte y resurrección, Cristo comparte nuestro destino: la muerte; y nosotros compartimos el suyo: la vida. La muerte de Jesús es un don porque nos merece la vida; y nuestra muerte es una ofrenda agradable a Dios, que él transforma en don para nosotros mediante la resurrección.

Debemos vivir gozosamente conscientes de nuestra pertenencia a Cristo, que nos ha ganado para él con su muerte y resurrección. Nuestra persona se integra en el orden divino de la Persona de Cristo: nos hace miembros suyos, criaturas nuevas que ya no podemos pensar ni vivir ni valorar a nadie ni nada sólo de tejas abajo. Y decidir integrarnos en su obra redentora: “Si Cristo dio la vida por nosotros, también nosotros debemos darla por nuestros hermanos”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 18, 2006

FIESTA y BANQUETE

FIESTA y BANQUETE

Corpus Christi A / 18-06-2006

Dijo Jesús a los judíos: - Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo. Los judíos discutían entre sí: - ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: - Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre. Jn 6, 51-59.

Jesús, una vez vuelto al Padre en la ascensión, vive una presencia universal, como él mismo lo asegura: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Su presencia y su caminar con nosotros todos los días tiene la expresión máxima en la Eucaristía, ofrenda y banquete de vida eterna, donde él se nos da como Pan de la Palabra y Pan eucarístico.

Sin embargo, la Eucaristía, “Pan vivo bajado del cielo”, sólo produce en nosotros frutos de transformación, vida y resurrección, si a la vez nosotros nos abrimos y nos hacemos presentes a él con la fe, la acogida gozosa, la imitación. Nuestra ausencia ante esta presencia personal y amorosa de Cristo vivo, es la que hace infructuosas tantas misas, comuniones, visitas eucarísticas, oraciones, procesiones..., que no logran causar ningún efecto transformador de la persona en su relación con el prójimo y con Dios, porque de hecho ni Dios ni el prójimo están en la base y en la cima de sus intereses.

San Pablo advierte a los fieles de Corintio - y a nosotros -: “Que cada uno, antes de comer este pan y beber esta copa, tome conciencia de lo que hace, porque si come o bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación” (1Cor 11, 27-29).

La prueba de una verdadera comunión con Cristo en la Eucaristía, es la comunión efectiva y afectiva con él en otras realidades donde también está presente: la Palabra de Dios, el prójimo necesitado, la creación... Estas realidades son signos eficaces de la presencia y de la acción salvífica de Jesús, y la comunión amorosa con ellas nos merecen también su promesa: “Yo lo resucitaré el último día”.

Que la Eucaristía sea siempre para nosotros lo que debe ser: un encuentro real de amistad con quien más nos ama y con nuestros hermanos en la fe; una acción de gracias a Dios en unión con Cristo. Y que la comunión sea una acogida de amor que salva, de gozo festivo compartido, de adhesión amorosa a Jesús que entra a vivir en nuestra persona. “Quien me come, vivirá por mí”. Que podamos decir con san Pablo: “Mi vida es Cristo”.

Estos efectos salvíficos de la comunión eucarística se dan también en la comunión espiritual de deseo, cuando la comunión sacramental no es posible. El verdadero deseo y súplica a Cristo resucitado para que entre a nuestra vida, hogar, trabajo, alegrías, sufrimientos..., produce los mismos efectos que la comunión sacramental, simplemente porque es la misma Persona, Cristo vivo, la que se hace presente en nosotros mediante ambas formas de comunión. Y la comunión espiritual no tiene límites de leyes morales, canónicas o religiosas.

Es necesario promover la comunión espiritual, que también llevará a muchos a la comunión sacramental, pues ambas son la respuesta acogedora y vital a la promesa de Jesús: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”; “Venga a mí todos los que están casados y agobiados, y yo los aliviaré”. “Al que venga a mí, no lo rechazaré”. La comunión eucarística es la que une realmente a los católicos auténticos. Y será la causa de la unión con y entre los cristianos de otras confesiones, que ya están unidos entre ellos y con nosotros por la misma fe en Cristo, por el mismo bautismo y por la misma Palabra de Dios. Y la comunión espiritual ¿no podría ser el punto de partida para esa unión?

PROTAGONISTAS NO ESPECTADORES

Asistir a la Eucaristía como espectadores, o hacer de la misa y de la comunión un asunto personal, equivale a deformar la misa y la comunión. Atengámonos a la palabra del mismo Jesús: “Yo soy el pan bajado del cielo para la vida del mundo” (Jn 6, 33), y: “El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 52). Y en la consagración se ofrece el cuerpo y la sangre de Cristo “por ustedes y por todos los hombres”, no sólo por los que asisten o por los católicos.


La Eucaristía es el portentoso acontecimiento de alcance universal en el que compartimos con Cristo resucitado la salvación del mundo y nos hacemos “cuerpo vivo y real de Cristo”, la Iglesia universal, celebrando y ofreciéndose junto con Cristo por la redención de la humanidad: es la obra máxima de apostolado salvífico y de la vida de la Iglesia.


La Eucaristía actualiza verdaderamente la presencia real de Cristo resucitado en persona, y se nos brinda la ocasión privilegiada para compartir -como “pueblo sacerdotal”, “nación santa, pueblo elegido, linaje escogido, sacerdocio real”-, el supremo Sacerdocio de Jesús, ejerciendo el sacerdocio bautismal junto con el sacerdocio ministerial, ambos indispensables y complementarios para que la celebración eucarística no sea un simple espectáculo ritual.


En la celebración activa de la Eucaristía, al ofrecernos junto con Jesús por la salvación del mundo, nos hacemos protagonistas y sacerdotes unidos a Cristo, cada cual según su condición.


La Eucaristía es la máxima obra sacerdotal de Cristo resucitado y de su Cuerpo, la Iglesia. En ella Cristo en persona se hace presente como celebrante principal, y comparte con la Iglesia su misión sagrada. Así la Iglesia realiza, en unión con Cristo, cuanto él realizó en su vida terrena: la santificación-salvación de los hombres y la glorificación de Dios.


La obra sacerdotal de Cristo es la obra de la Encarnación que él llevó a cabo en toda su vida como sacerdote-mediador entre Dios y los hombres. Esta obra culminó en el misterio pascual, en el que el Padre cumplió sus promesas: la resurrección y la gloria eterna para su Hijo, y que Jesús desea compartir con los hombres: “Padre, quiero que donde yo estoy, estén también los que me diste”.


Así, lo que Jesús hizo se nos atribuye también a nosotros como hecho por nosotros. Lo que fue hecho por Cristo mediante la naturaleza humana de todos, en la cual se encarnó, ahora se ejerce por cada una de las personas reunidas en la unidad de su Cuerpo, la Iglesia.


Jesús obró la glorificación de Dios mediante la santificación y salvación del hombre; es decir, dio culto a Dios reconduciendo hacia él a los hombres purificados, reconciliados y santificados. Así en la Eucaristía es santificado el hombre al unirse con Cristo para que pueda dar gloria al Padre (reconocerlo, amarlo y agradarle). La santidad es vida en Cristo, como lo testimonia san Pablo: “Mi vida es Cristo”.Ojalá asimilemos y vivamos este maravilloso y portentoso acontecimiento de la Eucaristía, y nos hagamos auténticos adoradores de Dios en espíritu y en verdad, porque en nosotros, mediante la Eucaristía, obra y adora Cristo mismo en el Espíritu.

Estas líneas están inspiradas en la constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia. La imagen ha sido tomada de www.mercaba.org .

P. Jesús Álvarez, ssp

Sunday, June 11, 2006

SANTÍSIMA TRINIDAD

SANTÍSIMA TRINIDAD

Ciclo B - 11-06-2006

En aquellos días los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, dudaban. Y Jesús, acercándose, les dijo: - Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a vivir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Mt 28, 16-20

La Trinidad es la Familia Divina, origen y destino de toda familia humana y de todo cuanto existe en el mundo visible e invisible. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en continua y eterna actividad animada por el amor: la creación en continua evolución y renovación, la conservación y salvación de la humanidad y de todo lo creado.

El Misterio de la Trinidad, misterio de amor infinito, se refleja y transparenta en muchas “trinidades” presentes en la creación, obra de su sabiduría, de su amor y de su omnipotencia. Por ejemplo: el mundo material es uno, pero son tres sus constituyentes: aire, agua y tierra. El árbol es uno, pero copa, tronco y raíz.

El hombre es la imagen viva de la Trinidad, con sus tres facultades constitutivas: mente, voluntad y corazón, fuentes del conocimiento, de la libertad y del amor. El hombre es parecido a Dios trino, porque “lo hizo a su imagen y semejanza”, es su obra maestra en la creación visible. Y lo ama tanto, que lo hace su propio templo, como dice san Pablo: “¿No saben que son templos de la Santísima Trinidad?” Y Jesús afirma: “A quien me ame, lo amará mi Padre, vendremos a él y moraremos en él”.

La familia humana unida en el amor y constituida por el padre, la madre y los hijos, es otra imagen de la Familia Divina, en la que tiene su origen y modelo. De hecho, cuando padre, madre e hijos se aman de verdad, decimos que son una sola cosa, pero ninguno solo hace familia. La familia humana, lo mismo que la Familia Trinitaria, se constituye por la vida, el amor, y la felicidad.

En base a estas imágenes “trinitarias” creadas podemos vislumbrar que la Trinidad no es un frío absurdo, sino un entrañable misterio de amor infinito, de vida, de felicidad, paz y belleza, que nuestra pequeña inteligencia no puede comprender, pero sí puede adorar, contemplar, amar, desear y gozar para siempre.

Jesús no está ni obra nunca solo. Jesús obra y vive en la Familia Trinitaria, con el Padre y el Espíritu Santo. Jesús les manda también a sus discípulos que obren, evangelicen y bauticen, no en nombre propio, sino “en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, continuando por todo el mundo su misión salvadora a favor de los hijos de Dios, con destino a la Familia Trinitaria.

Pero es necesario vivir agradecidos esta pertenencia gratuita y privilegiada a la Familia Trinitaria, para no perderla. Jesús nos indica cómo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”.

Todos podemos y debemos evangelizar escuchando y practicando la Palabra de Dios allí donde vivimos, trabajamos, sufrimos, amamos y gozamos, enseñando con la vida, con la palabra y la acción a vivir lo que Jesús ha mandado.

Creer en la Trinidad para llegar a su Hogar eterno, es vivir en relación de amor y gratitud con las tres divinas Personas: con el Padre que nos ama, con el Hijo que nos salva y con el Espíritu Santo que nos sana. Los tres viven y actúan de continuo en nosotros, que somos templos vivos de la Trinidad.

Abramos las puertas a nuestra Familia Trinitaria, a su amor, a su vida, a su felicidad en el tiempo para alcanzarla en su casa eterna, el paraíso.


Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo diciendo: Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ti en Egipto, ante tus mismos ojos? Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios --allá arriba, en el cielo, y aquí abajo, en la tierra-- y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.

Moisés invita al pueblo a reflexionar sobre la presencia amorosa de Dios en su historia; presencia de privilegio manifestada con prodigios y hazañas que no realizó con ningún otro pueblo, demostrando así que él es el único y verdadero Dios del cielo y de la tierra. Todos los demás pretendidos dioses, no son nada.

Mas lo que Moisés dijo al pueblo es sólo figura de lo que dijo e hizo Jesús, lo que sigue diciendo y haciendo al nuevo pueblo predilecto de Dios, y al mundo. Jesús mismo es el milagro y hazaña suprema de Dios a favor del hombre: su encarnación, nacimiento, vida, predicación, muerte, resurrección y ascensión.

Y su permanencia infalible entre nosotros en la Eucaristía y en los demás sacramentos, en su Palabra, en la alegría y en el sufrimiento, en el mundo, está confirmada con incontables milagros a través de la historia, en la vida de los santos y no tan santos, en sus apariciones y en las apariciones de la Virgen María.

La fe es un don, pero hay que pedirlo y abrir los ojos de la mente y del corazón a tantas maravillas de Dios presente, maravillas en nuestra propias vida. Para quien cree, sobran las pruebas; para quien no cree, no le basta ninguna.

Romanos 8, 14-17

Hermanos: Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios «iAbbá!», es decir, «iPadre!» El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con Él para ser glorificados con Él.

Todas las otras religiones, incluida la judía, tratan de hacerse propicio a Dios y alcanzar la salvación con ritos y con esfuerzos en el cumplimiento de normas y leyes. Pero los seguidores de Cristo –cristianos- saben que han recibido la filiación divina por obra del Espíritu Santo en el bautismo, quien los hizo hijos de Dios en su propio Hijo Jesús, nuestro hermano. Y nos aseguramos su benevolencia con sólo llamarle “Padre”, pero de corazón y con fe, y viviendo como hijos suyos.

Sólo el Hijo de Dios, podía asegurarnos que Dios es también nuestro Padre: “Padre mío y Padre de ustedes”, “Padre nuestro, que estás en el cielo”. Y que no sólo podemos, sino que debemos llamarle Padre, viviendo todo lo que ese nombre implica: confianza filial, ternura, cariño, misericordia, ayuda, cercanía amorosa… Y la consiguiente salvación: coherederos de la gloria eterna con el Hijo de Dios: “Padre, donde yo esté, quiero que estén también ellos conmigo”.

Pero esta eterna herencia gloriosa está condicionada al sufrimiento ofrecido en unión con Cristo. Sufrimiento exigido por la renuncia a todo lo que pone en peligro esa herencia; y por la lucha para vivir de modo que seamos “glorificados con él porque sufrimos con él”.

P. Jesús Álvarez, ssp