Sunday, November 25, 2007

JESUCRISTO - REY DEL UNIVERSO

JESUCRISTO - REY DEL UNIVERSO

Solemnidad de Cristo Rey.

Lucas 23,35-43.

Cuando Jesús estaba ya crucificado, el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima de él una inscripción: "Éste es el rey de los judíos". Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Samuel 5, 1-3.

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a presentarse a David y le dijeron: «Nosotros somos de tu misma sangre; hace ya mucho tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú el que conducía a Israel. Además el Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel"». Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

Colosenses 1,12-20.

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz por su sangre derramada en la cruz.

Sunday, November 18, 2007

Que nadie los engañe

QUE NADIE LOS ENGAÑE

Domingo 33º tiempo ordinario / 18-11-2007

Lucas 21, 5 - 19.

En aquel tiempo, algunos hablaban del templo, admirados de la belleza de sus piedras y de las ofrendas que lo adornaban. Jesús les dijo: «Esto que ustedes contemplan, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Ellos le preguntaron: ¿Cuándo será eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?. Él contestó: «Cuidado con que nadie los engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy" o bien: "El momento está cerca". No vayan tras ellos. Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida». Luego les dijo: «Se alzará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos y, en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también cosas espantosas y gran señales en el cielo. Pero, antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Así tendrán ocasión de dar testimonio de mí. Hagan el propósito de no preocuparse por su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ninguno de sus adversarios. E incluso serán traicionados por sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos. Y a algunos de ustedes los matarán, y todos los odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de su cabeza se perderá. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».

Malaquías 3,19 - 20a.

Miren que llega el día, ardiente colirio un horno: malvados y perversos arderán como paja, y los quemará el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos- , y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en las alas.

Tesalonicenses 3, 7 - 12.

Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre ustedes sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Porque cuando vivimos con ustedes les dimos esta norma: El que no quiera trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, sin hacer nada, y entrometiéndose en todo. Pues a estos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen en paz para ganarse el pan.

Sunday, November 11, 2007

Dios mismo nos resucitará.

Dios mismo nos resucitará

Domingo 32º tiempo ordinario / 11-11-2007

Lucas 20,27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella». Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos».

Macabeos 6,1.7;1-2.9-14

El rey Antíoco envío a un consejero ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las costumbres de sus padres, y a no vivir conforme a las leyes de Dios. Fueron detenidos siete hermanos junto con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios de buey para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres». El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna». Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y extendió las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Tesalonicenses 2,16-3,5

Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, los consuele internamente y les dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Por lo demás, hermanos, recen por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre ustedes, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, por que no todos aceptan la fe. El Señor, que es fiel, les dará fuerzas y los librará del Maligno. Por el Señor, estamos seguros de que ustedes ya cumplen y seguirán cumpliendo todo lo que les hemos enseñado. Que el Señor dirija sus corazones, para que amen a Dios y tengan la constancia de Cristo.

Sunday, November 04, 2007

Jesús, vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Jesús, vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Domingo 31º tiempo ordinario / 04-11-2007

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Jesús le contestó: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Lucas 19,1-10

Sabiduría 11,22-12,2

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Tú amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no la hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

2 Tesalonicenses 1,11-2,2

Hermanos: Pedimos continuamente por ustedes a Dios para que los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe; de esta manera el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. Les rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor fuera inminente.

Thursday, November 01, 2007

LA FELICIDAD QUE BUSCAMOS



LA FELICIDAD QUE BUSCAMOS

Todos los Santos – 1-11-2007

Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al cerro. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes. Mateo 5,1-12


Hoy nos unimos a todos los santos del cielo para dar gracias, bendecir y alabar a Dios por todos los bienes de esta vida y sobre todo por habernos hecho hijos suyos con destino de eternidad. El santo es una persona verdaderamente feliz en el tiempo y en la eternidad.


El santo es una persona de carne y hueso que ha descubierto el sentido esencial de la vida y las fuentes de la felicidad verdadera, que ha encontrado la libertad, la alegría profunda de vivir y el sentido pascual de la muerte. Que ha tomado en serio la propia existencia y la ajena, la vida temporal y la eterna.


La santidad no la hacen los milagros ni los éxtasis ni las penitencias. Estas cosas pueden ser caminos, expresión o fruto de la santidad. La santidad es sencillamente vivir en Cristo amando a Dios y al prójimo. Esa es la verdadera santidad al alcance de todos.


Santos han sido, son y serán quienes han alcanzado la plenitud de la vida y la felicidad allí donde se encuentra, en las fuentes que Cristo mismo señaló: las bienaventuranzas.


Pobres felices son las personas honradas, justas, que saben haberlo recibido todo de Dios, y de él todo lo esperan, y se lo agradecen; y en el sufrimiento se confían al Señor, que los recompensará.


Mansos son quienes aceptan con paz sus limitaciones y las ajenas, con la mirada puesta en Dios que ensalza a los humildes. Gozan ya en la tierra la paz del reino eterno.


Los sufridos felices son quienes viven y ofrecen con paciencia, paz y esperanza el sufrimiento causado por la enfermedad, por el pecado propio y ajeno, por las fuerzas del mal, y por la muerte como paso a la vida eterna. “Felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación”. (S. Francisco de Asís).


Tienen hambre y sed de justicia los que piden a Dios que salga en su defensa frente a la injusticia, y a la vez luchan por promover la justicia donde reina la injusticia.


Los misericordiosos son quienes imitan la conducta de Dios Padre para con el prójimo: su amor, compasión, misericordia, perdón, ayuda...


Los limpios de corazón obran y viven con transparencia, sin intenciones dobles e inconfesables, sin hipocresía y sin pura apariencia.


Trabajan por la paz quienes luchan con Cristo, Príncipe de la Paz, por establecer la paz en el corazón, en el hogar, en la Iglesia, en la sociedad, en el mundo.


Los perseguidos por la justicia son quienes sufren por hacer el bien, como el Maestro.


Ahí está la felicidad que buscamos. Jesús no nos engaña. Creámosle. La santidad es la vida en Cristo, pues sólo en Cristo y con Cristo es posible vivir las bienaventuranzas y el mandamiento del amor. El se pone a nuestro alcance estando con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 28, 2007

LA ORACIÓN EFICAZ

LA ORACIÓN EFICAZ

Domingo 30º tiempo ordinario / 28-10-2007

Jesús, al ver que algunos estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás, dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”. Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.» Yo les digo que este último regresó a su casa en gracia de Dios, pero el fariseo no. Porque el que se enorgullece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. (Lucas. 18,9-14).

El que se creía bueno, oró mal. Más bien no oró, si no que presentó a Dios la factura de sus méritos. Mientras que el se veía malo, como era, oró bien, reconociendo su condición de pecador y exponiendo su deseo confiado de perdón y conversión. Dios escuchó la oración del publicano y marcó el principio de una vida nueva. Mientras que el fariseo salió del templo más pecador, por su orgullo.

Es imposible que haga oración verdadera quien se considera justo, quien no tiene nada de qué arrepentirse, nada que esperar de Dios ni nada que agradecerle. El fariseísmo es la total negación de la vida cristiana. Es decisivo verificar si estamos afectados por ese mal, pues sólo en quien reconoce su enfermedad, puede desear, pedir y recibir la curación.

La autosuficiencia nos lleva a creer que podemos ser cristianos sin creer en Cristo y sin amarlo; sin verdadera oración amorosa de tú a tú, de presencia mutua con él, de humildad, sinceridad, confianza. La oración es tiempo del corazón, tiempo de amor y de relación personal. Oración que lleva al compromiso de amor al prójimo necesitado. De lo contrario la oración será una exhibición inútil o farisaica ante Dios.

Orar y contemplar nos llevan a interesarnos en la real promoción de los valores del reino de Dios: la vida y la verdad, la justicia y la paz, la libertad y la solidaridad, la alegría y el amor. La oración se convierte en amor social y en actitud de política evangélica: trabajar por la convivencia social y el bien común a favor del pueblo según nuestras posibilidades. Empezando por lo más próximos, como es la familia.

Esa oración nunca es tiempo perdido. Cuando oramos de verdad, Dios trabaja por nosotros, dando eficacia divina, liberadora y salvífica a nuestra vida y a las obras humanas de nuestras pequeñas manos.

El tiempo que pasamos en oración es el más fecundo de nuestra existencia. La oración es la fuerza divina de nuestras obras, que llevan la salvación de Cristo si las realizamos en unión con él: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”.

Debemos tener un tiempo de oración en que nos presentamos ante Dios libres de preocupaciones y trabajos, para que Dios se haga presente en nuestras vidas, preocupaciones y trabajos, y les confiera valor eterno.

Estas disposiciones debemos llevarlas sobre todo a la Eucaristía, la oración máxima de la Iglesia y del cristiano, sacramento de la presencia viva y del amor salvador de Jesús resucitado. En la Misa él mismo ora y se ofrece al Padre por nosotros y con nosotros. Es la oración más eficaz, si la vivimos.

Necesitamos orar continuamente para vivir orientados hacia la fuente de todo cuanto somos, tenemos, amamos, gozamos y esperamos: Dios. Oración, jaculatorias, invocaciones, petición de perdón, acción de gracias, adoración…, en casa, en el trabajo, en los medios de locomoción, en las penas y en las alegrías.

Pidamos al Espíritu Santo que “ore en nosotros con palabras inefables, pues no sabemos pedir como conviene”; y a María que tome nuestras veces y presente a Dios nuestras oraciones como si fueran suyas. Entonces sí haremos oración grata a Dios.


Eclesiástico
35,12-14. 16-18

El Señor es juez y no hace distinción de personas; no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido; no desoye la plegaria del huérfano, ni de la viuda cuando le expone su queja. El que rinde culto que agrada al Señor, es aceptado, y su plegaria llega hasta las nubes. La súplica del humilde atraviesa el cielo, y mientras no llega a su destino, él no se consuela: no desiste mientras el Altísimo no interviene para juzgar a los justos y hacerles justicia.

Dios no hace acepción de personas; pero tiene preferencia por los pobres, los débiles, los oprimidos, los huérfanos, las viudas desamparadas. Y esta actitud es una seria lección que hemos de llevar a la práctica, para no caer en el error de rechazar o marginar a quien Dios prefiere, y favorecer a quien Dios rechaza.

Dios escucha las plegarias de quienes le suplican con sinceridad, sencillez, confianza, humildad. San Pablo nos señala cuál es el culto que le agrada a Dios: “Les exhorto a presentar sus cuerpos (sus personas) como ofrenda agradable a Dios. Este es su culto razonable”: ofrecer a Dios lo que de él recibimos: lo que somos y lo que tenemos, lo que hacemos y sentimos, lo que gozamos y lo que sufrimos.

Esta ofrenda de nuestra persona presentada al Padre junto con Cristo por la salvación del mundo, la nuestra y la de los nuestros, coincide con el cumplimiento expreso de su voluntad: “Dios quiere que todos los hombres se salven”.

Esa ofrenda y súplica atraviesa el cielo hacia el trono de Dios, y es siempre atendida por él, a pesar de que pueda demorarse para que deseemos más intensamente, valoremos y agradezcamos más lo que pedimos. De ahí la necesidad de no desistir nunca de orar, aunque parezca que Dios no nos escucha o se demora.


2 Timoteo 4,6-8. 16-18

Yo, por mi parte, estoy llegando al fin y se acerca el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado lo que depositaron en mis manos. Sólo me queda recibir la corona de toda vida santa con la que me premiará aquel día el Señor, juez justo; y conmigo la recibirán todos los que anhelaron su venida gloriosa. La primera vez que presenté mi defensa, nadie estuvo a mi lado, todos me abandonaron. ¡Que Dios no se lo tenga en cuenta! Pero el Señor estuvo conmigo llenándome de fuerza, para que el mensaje fuera proclamado por medio de mí y llegara a oídos de todas las naciones; y quedé libre de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El cristiano teme la muerte como los demás; pero tiene la esperanza de llegar, por la muerte, a la resurrección y la gloria eterna, gracias a la misericordia de Dios, que tiene en cuenta las obras realizadas con amor en esta vida.

Además el cristiano – persona que vive unida a Cristo - anhela su venida gloriosa al final de la vida temporal, a semejanza de san Pablo: “Para mí es con mucho lo mejor morirme para estar con Cristo”.

Quien vive unido a Cristo sabe que él lo “librará de todo mal y lo salvará llevándolo a su reino celestial”, a la casa eterna de su Padre. Y esta esperanza le da fortaleza en las penas, en los peligros, en el abandono por parte incluso de los más allegados y queridos... Se fía de la palabra de Jesús: “Estoy con ustedes todos los días”.

Pero es necesario vivir la vida cristiana como lo que es: vida unida efectiva y afectivamente a Cristo resucitado presente y operante, como dice san Pablo de sí mismo: “Vivo yo, mas no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí”. Porque sin esta unión, la vida es vida sin Cristo, no cristiana, aunque tenga apariencias de cristiana. Y el que no tiene la vida o “el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”, está fuera de su reino, se autoexcluye de él.

P. Jesús Álvarez, ssp .

Sunday, October 21, 2007

LA ORACIÓN QUE DIOS SIEMPRE ESCUCHA


Domingo 29° del tiempo ordinario-C /21-10-2007


Jesús propuso este ejemplo sobre la necesidad de orar siempre sin desanimarse: En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba nadie. Y una viuda fue donde él a rogarle: “Hágame justicia contra mi ofensor”. Mas el juez no le hizo caso durante un buen tiempo. Sin embargo al final pensó: “Aunque no temo a Dios ni me importa nadie, esta mujer me importuna tanto, que la voy a complacer, para que no vuelva a molestarme más”. Y continuó Jesús: - ¿Se han fijado en la decisión del juez malo? Pues bien: ¿no terminará Dios haciendo justicia a sus elegidos si claman a él día y noche? Les aseguro que sí les hará justicia, y pronto. Pero cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿hallará esta fe en la tierra? Lucas 18, 1-8.


El evangelio nos presenta a una pobre viuda inocente, víctima de una injusticia y de la indiferencia por parte de la justicia humana.

Muchos suelen preguntarse: “Si Dios existe y es justo, ¿por qué permite tantas injusticias y penas? ¿Por qué son los inocentes los que más sufren?” Y hay quiénes se atreven a culpar a Dios de los males que sufren ellos y la humanidad.

Pero de Dios sólo puede venir el bien. El sufrimiento y el mal vienen de las fuerzas del mal y de sus secuaces, como también de nuestros propios pecados, errores, descuidos, y de los ajenos.

No es raro que expulsemos a Dios de nuestra vida, de nuestras alegrías y sufrimientos, diversiones y trabajo, familia y educación, y luego le echemos la culpa de los males que nos sobrevienen por no tenerlo en cuenta y por despreciarlo. Nosotros mismos elegimos el mal que nos castiga o somos sus cómplices.

Las fuerzas del mal son muy superiores a las fuerzas del hombre; necesitamos de la misma fuerza de Dios tanto para vencer el mal como para hacer el bien. Él tiene poder para transformar el sufrimiento en fuente de salvación y gloria. Y esta fuerza Dios nos la da en la oración perseverante y confiada.

La respuesta más clara al sufrimiento está en Cristo, que pasó a la resurrección y a la vida gloriosa a través del sufrimiento absurdo y de la muerte más injusta en la cruz. Su oración fue escuchada. Sin embargo, el Padre no lo libró del sufrimiento pasajero, pero sí le dio la fortaleza para afrontar el sufrimiento, y luego le dio mucho más de lo que pedía: la resurrección y la gloria para él y para los hombres, sus hermanos, nosotros.

El sufrimiento y la muerte no son absurdos si se viven en la perspectiva de la cruz redentora, de la resurrección y de la gloria eterna.

Es necesario orar con insistencia, como la viuda del Evangelio. Y esta oración Dios no puede menos de escucharla, pues él quiere nuestra resurrección y gloria, lo mismo que nosotros necesitamos y queremos desde lo más profundo de nuestro ser: cambiar el sufrimiento pasajero en felicidad eterna.

Si un juez injusto accede a una petición insistente, ¡cuánto más Dios que nos ama más que nadie! “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”.

En esa oración hemos de incluir también a todos nuestros hermanos que sufren en toda la redondez de la tierra, para que Dios les alivie, les dé fortaleza y esperanza, y transforme sus penas en fuente de salvación, resurrección y felicidad eterna. Quien ofrece los propios sufrimientos por la salvación de los demás, practica el amor más grande, que está en dar la vida por quienes se ama, como hizo Cristo.

La oración verdadera es encuentro, trato personal de fe y de amistad con quien sabemos que nos ama más que nadie. Justamente Jesús se pregunta si a su regreso encontrará gente con esta fe hecha oración confiada y perseverante, que se refleja en las obras y en la vida; y en la amorosa adoración a Dios en espíritu y en verdad.

Éxodo 17,8-13

En Refidim los amalecitas vinieron a atacar a Israel. Moisés dijo a Josué: "Elígete algunos hombres y marcha a pelear contra los amalecitas. Yo, por mi parte, estaré mañana en lo alto de la loma, con el bastón de Dios en mi mano." Josué hizo como se lo ordenaba Moisés, y salió a pelear contra los amalecitas. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre de la loma. Y sucedió que mientras Moisés tenía los brazos levantados, se imponía Israel, pero cuando los bajaba, se imponían los amalecitas. Se le cansaron los brazos a Moisés; entonces tomaron una piedra y sentaron a Moisés sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, Moisés mantuvo sus brazos alzados hasta la puesta del sol y Josué derrotó a la gente de Amalec.

El pueblo de Israel marcha por el desierto hacia la libertad, pero se encuentra con serios peligros: el hambre, la sed y los enemigos. Sin embargo Moisés cree firmemente en la ayuda de Dios que los acompaña para librarlos de esos peligros.

Los amalecitas eran un pueblo vagabundo que asaltaba a las caravanas en el desierto. Moisés, al conocer su presencia y el peligro de ser atacados en cualquier momento, manda a Josué, el jefe de las tropas israelíes, que les haga frente en nombre de Dios, mientras él sube al monte para interceder a favor de su gente.

No se dice que Moisés pronunciara alguna oración, pero su gesto de brazos en alto y rostro hacia el cielo, son por sí mismos oración elocuente, una real y confiada comunicación con Dios que, a través de Moisés y del pueblo, se hace protagonista de la historia.

Este hecho nos invita a considerar como oración, no sólo aquella que se pronuncia con los labios, sino también la que en el silencio se expresa con gestos, actitudes, deseos, llanto, sufrimiento ofrecido, gratitud, adoración, confianza en la presencia activa del Dios como compañero de nuestro caminar hacia la patria celestial. Presencia que Jesús nos promete con su palabra infalible: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

2 Timoteo 3,14-17; 4,1-2

Tú, en cambio, quédate con lo que has aprendido y de lo que estás seguro, sabiendo de quiénes lo recibiste. Además, desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras. Ellas te darán la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno. Te ruego delante de Dios y de Cristo Jesús, juez de vivos y muertos, que ha de venir y reinar, y te digo: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, amenazando o aconsejando, siempre con paciencia y dejando una enseñanza.

San Pablo exhorta a Timoteo a que asimile, viva y predique lo que ha aprendido de él y de las Sagradas Escrituras que conoce desde la infancia.

Las Sagradas Escrituras, (la Biblia) han sido inspiradas por Dios que, mediante ellas, quiere llevar a cabo nuestra salvación. La Palabra de Dios está dirigida a cada uno en particular. Pero sólo podrá dar la salvación si se se la pone en práctica. No basta con saberla de memoria ni con enseñarla: no basta conocer la Palabra de Dios, sino que es necesario vivirla para que se haga fuente de salvación.

Y cuando la Palabra de Dios se conoce y vive de verdad, no podemos menos de comunicarla a los demás allí donde vivimos y actuamos. Pero la comunicación más elocuente no es la verbal, que fácilmente se queda en teórica, si no la que se realiza con la vida y la conducta y, en consecuencia, mediante la palabra proclamada “con ocasión o sin ella”.

Todos tenemos el privilegio, la posibilidad y la responsabilidad de comunicar la palabra viva de Dios, lo cual es posible sólo si se vive; y si se vive, resulta espontáneo anunciarla. Nuestra misión es “vivir en Cristo y comunicar a Cristo”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, October 14, 2007

Si somos constantes, reinaremos con él.

SI SOMOS CONSTANTES, REINAREMOS CON ÉL.

Lucas 17,11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Reyes 5,14-17

En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Elíseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor». Elíseo contestó: « ¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!» Y aunque Naamán insistió, Elíseo se negó a aceptar. Naamán dijo: «Entonces, permite que me den un poco de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor».

Timoteo 2,8-13

Querido hermano: Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo soporto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna. Es doctrina segura: Si con él morimos, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a si mismo.

Sunday, October 07, 2007

AUMÉNTANOS LA FE

AUMÉNTANOS LA FE

Domingo 27º tiempo ordinario / 7-10-2007

Los apóstoles dijeron al Señor: - Auméntanos la fe. El Señor respondió: - Si ustedes tienen un poco de fe, no más grande que un granito de mostaza, dirán a ese árbol: Arráncate y plántate en el mar, y el árbol les obedecerá. Si ustedes tienen un servidor que está arando o cuidando el rebaño, cuando él vuelve del campo, ¿le dicen acaso: “Entra y descansa?” ¿No le dirán más bien: “Prepárame la comida y ponte el delantal para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?” ¿Y quién de ustedes se sentirá agradecido con él porque hizo lo que le fue mandado? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les ha sido mandado, digan: Somos servidores inútiles, pues hicimos lo que era nuestro deber. (Lucas. 17,5-10).

Los apóstoles reconocen que tienen fe, pero se ven deficientes en la imitación de la vida, actitudes, sentimientos y obras de Jesús.

Los apóstoles no piden aumento de capacidad mental para aceptar verdades y doctrinas, sino que piden aumento de la fe como experiencia de fidelidad y amor a Cristo. Una fe que los haga gozosamente capaces de transformarse y de transformar, y de recorrer en comunión con el Maestro el camino que lleva a la resurrección y a la vida eterna.

Gran parte de la sociedad corre ansiosa hacia la nada por el camino de la satisfacción inmediata, a costa de quien sea o de lo que sea, incluso a costa de sí mismo. Está como drogada por el materialismo, ciega y sorda frente las consecuencias fatales de su comportamiento.

Por otra parte, muchas personas que se creen “muy” religiosas, llevan una escandalosa incoherencia de vida. Cosa que sucede también a pastores y catequistas, que no viven lo que enseñan, o transmiten sólo conocimientos teóricos, moral y dogmas que no llevan a la experiencia amorosa den Cristo resucitado, vivo y presente. No es difícil encontrar a catequistas de primera comunión que ni siquiera comulgan.

La fe es una opción que arriesga todo por el todo; nos decide por la vida eterna a pesar de estar viendo cómo se apaga la vida temporal; nos pone a favor de la luz, a pesar de estar sumergidos en tinieblas; nos da confianza en la acogida y el amor de Dios, sin estar totalmente seguros de ello; arriesga lo que se tiene como seguro por lo que se espera; nos da la alegría de morir porque esperamos la resurrección y la gloria. La fe nos da la sabiduría de la vida, porque nos ayuda a ver la realidad con los mismos ojos de Dios.

Esta es la fe que trasplanta los árboles de la voluntad humana desviada, y mueve las rocas de los corazones empedernidos por la indiferencia; transforma mentalidades pervertidas o desviadas por la ignorancia y el orgullo.

Pero la fe no es una conquista personal de la que podamos gloriarnos, sino un don para el servicio humilde, liberador y salvador a favor de los otros. Nosotros sólo podemos pedir, acoger y agradecer ese don de Dios, suplicar, como los apóstoles, que nos lo acreciente.

La fe no es sólo creer en doctrinas y dogmas, sino unión de amor y trato personal con Cristo Resucitado para producir mucho fruto de salvación a favor nuestro y de muchos otros. La fe es a la vez amor sincero a Dios y amor efectivo al prójimo.

Mas cuando produzcamos mucho fruto, hemos de considerarnos siervos inútiles, en el sentido que el mismo Jesús nos dice: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin unión conmigo, no pueden hacer nada”. Porque el fruto lo produce él a través de quien a él está unido.

La fe y sus obras de amor son como el pase gratuito y amoroso de Dios Padre y Amigo para que podamos tener el ciento por uno aquí en la tierra, y luego la resurrección y a la vida eterna en su reino.

“¡Señor, auméntanos la fe!”


Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4


¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: «¡Violencia», sin que tú me salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: “Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá; pero el justo vivirá por su fidelidad.

¿Hasta cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo puede Dios soportar el triunfo de la injusticia y tan ingente cúmulo de abusos y crímenes? ¿Sigue Dios dirigiendo la historia humana? Son preguntas que acosan a todo el que tenga un mínimo de fe en Dios. Y muchos, al no hallar respuestas satisfactorias, pierden la fe.

Los poderosos y políticos que prometen cambiar las cosas, no van más allá de palabras, y terminan contradiciendo con la obras lo que prometieron de palabra. Y los grandes perdedores son siempre los pobres y los inocentes, como podemos constatar a diario. ¿Hasta cuándo triunfarán los perversos?

Es necesario subir de órbita, pasar a la órbita de Dios, a su eterno presente, a su sabiduría y poder infinitos para comprender la situación, que de seguro se revertirá y nosotros lo veremos. Pero ya se verifica cada día en millones de inocentes que pasan a la gloria eterna, y en multitud de perversos van al tormento eterno. El paso a la eternidad da vuelta a la tortilla.

En el ámbito humano-temporal no hay explicación. Sólo hay respuesta desde la fe y la paciencia, la confianza y la fidelidad obstinada a Dios, podemos colaborar en el triunfo definitivo de Dios, que librará a los suyos de tanta calamidad y maldad.

Con el poder de Dios que Cristo ejerce en nosotros y a través de nosotros si estamos unidos a él, sin duda podemos ir cambiando el mundo donde nos toca vivir y actuar: familia, trabajo, política, educación, comunidad, grupo, Iglesia; y no siempre el cambio resulta perceptible, como sucede con el crecimiento a partir de una semilla. Pero Jesús nos asegura: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”.


Timoteo 1, 6-8. 13-14


Querido hijo: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad. No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Por medio del Espíritu Santo, que habita en nosotros, Dios nos ha y da dado a cada uno dones que debemos reconocer y poner al servicio del plan liberador y salvador que Cristo está llevando a cabo, también en nuestros ambientes. No podemos hacerlos talentos enterrados e improductivos, de los que tendríamos que dar cuenta. Pero no hemos de obrar por temor, sino por amor, con fortaleza y perseverancia tenaz.

Esos dones se los recibimos sobre todo en el Bautismo, en la Eucaristía, en la confirmación, en el matrimonio, en la ordenación sacerdotal, en la oración, etc. Y nos habilitan para que Cristo resucitado pueda dar testimonio de sí a través de nosotros.

Pero sin olvidar que por lo general tenemos que testimoniar el Evangelio en ambientes hostiles, - y puede serlo incluso nuestra propia familia – tomando conciencia de que toda forma de evangelización supone llevar la cruz junto con Cristo, y de que es él quien obra en nosotros, de lo contrario no podríamos hacer nada en el orden de la salvación. Necesitamos la fortaleza y la ayuda del Espíritu Santo, que debemos pedir, esperar y agradecer continuamente.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, September 30, 2007

RIQUEZA MALDITA y BENDITA POBREZA

RIQUEZA MALDITA y BENDITA POBREZA

Domingo 26° Tiempo Ordinario-C / 30 -09- 2007

Jesús propuso esta parábola: Había un hombre rico que se vestía con ropa finísima y comía regiamente todos los días. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que estaba tendido a la puerta del rico. Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abrahán. También murió el rico, y lo sepultaron. Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas." Abrahán le respondió: "Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos”. El otro replicó: "Entonces te ruego, padre Abrahán, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, a mis cinco hermanos: que vaya a darles su testimonio para que no vengan también ellos a parar a este lugar de tormento." Abrahán le replicó: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán." Lucas 16,19-31

Jesús da un nombre al pobre y no al rico. Al revés de lo que pasa en este mundo: los ricos tienen nombre y renombre; los pobres no tienen nombre ni voz. Pero Lázaro al morir encuentra amigos y felicidad; el rico encuentra tormento y soledad.

Es rico en camino hacia la infelicidad y la soledad todo aquel lo pasa bien, come, bebe y le sobra; tiene amigos, casa, atención médica, diversiones, pero que no quiere enterarse del sufrimiento del pobre y socorrerlo. Como el rico que ignoraba a Lázaro.

Los ricos que viven de espaldas al prójimo necesitado, también viven de espaldas a Dios, idolatrando el dinero, el placer y el poder, hacia el fracaso de su vida.

En el mundo hay mucha pobreza y mucha hambre, pero no sólo de pan, sino de justicia, de verdad, de paz, de cultura, de salud, de ternura, de respeto, de dignidad, de perdón, de compasión, de comprensión, de sonrisa... Y a todos nos es posible remediar alguna forma de pobreza, así como todos podemos ser cómplices de diversas formas de pobreza y hambre. Vale la pena pensar, verificarlo.

Jesús habla a los ricos con la máxima dureza, y no porque quiera condenarlos sin remedio, sino porque quiere que huyan de la ruina eterna, perdiendo en el momento menos pensado todo cuanto tienen, y excluyéndose de la felicidad eterna.

Hoy podemos encontrar a Lázaro donde menos se espera: canillitas, prostitutas, violadas-os, drogadictos, alcohólicos, madres solteras, desocupados, encarcelados…, hasta que una muerte prematura los ponga en las manos de Quien los ama de verdad.

Quienes tienen cuentas faraónicas en bancos nacionales y extranjeros, dejando a millones de Lázaros en la desocupación, en el hambre y en la miseria, suprimirían a quien intentara señalarles su error, aunque les hablara un muerto resucitado.

El dinero acumulado a costa del trabajo, de la pobreza y quizás de la vida de otros, y disfrutado con egoísmo, es una gran maldición, por más que proporcione gratificaciones pasajeras a quienes lo poseen.

Pero el dinero del rico empleado para crear puestos de trabajo, promover la salud y la educación, aliviar a los necesitados..., se vuelve bendición para él y para muchos otros. Este pone sus riquezas en el banco de Dios, que produce intereses eternos incalculables.

Lázaro, en la aceptación esperanzada del sufrimiento y de la muerte, gana la vida eterna, por haber recurrido a Dios, que da al pobre la máxima riqueza: la gloria y el placer eterno. El rico epulón, que endiosó sus riquezas poniéndolas en lugar de Dios, terminó en la máxima pobreza y desgracia.

Que esta parábola nos ayude a ver cómo empleamos todo lo que somos, tenemos y amamos. Y en especial a favor de la salvación ajena, la máxima riqueza.


Amós 6, 1. 4-7


¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo en Israel! Ustedes descansan en su orgullo y se sienten seguros en el cerro de Samaría, tendidos en camas de marfil o recostados sobre sus sofás, comen corderitos del rebaño y terneros sacados del establo, canturrean al son del arpa y, como David, improvisan canciones. Beben vino en grandes copas, con aceite exquisito se perfuman, pero no se afligen por el desastre de mi pueblo. Por eso ustedes serán ahora los primeros en partir al destierro, y así se terminará con tantos ociosos.


¡Cuán actual resulta hoy la denuncia del profeta Amós! Mientras naciones poderosas despojan a las pobres con intereses abusivos sobre deudas eternas, cada día más insoportables, y se apropian sus bienes mediante robos ingentes a guante blanco, practican el soborno, la corrupción, el engaño, la venta de armas; provocan guerras injustas en las que eliminan a multitud de inocentes, sembrando el luto en gran número de familias; mandan a sus jóvenes compatriotas a otras naciones para matar a quienes tienen el mismo derecho a vivir que ellos; miles de cuyos jóvenes pierden la vida o quedan mutilados para siempre.

Mientras los que orquestan toda esa ingente injusticia criminal se dan a la gran vida, que sostienen con astronómicas cuentas bancarias, e incluso se regodean en el sufrimiento de sus víctimas, supuestos enemigos “inventados” por su imaginación al servicio de sus intereses comerciales, armamentistas y consumistas..., sin pensar siquiera que “con la misma medida que miden, serán medidos”.

Así alimentan la amenaza global cada vez más cruel del terrorismo, que multiplica esa misma injusticia y crueldad contra multitud de inocentes.

¿Qué parte tenemos cada uno, cada nación, en tan cruel carrera de injusticia y muerte? ¿Nos pasa algo parecido en el hogar, en el trabajo, en los grupos?


I Timoteo 6,11-16


Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y por la que hiciste tu hermosa declaración de fe en presencia de numerosos testigos. Ahora te doy una orden en presencia del Dios que da vida al universo entero, y de Cristo Jesús, que dio su magnífico testimonio ante Poncio Pilato: guarda el mandato, presérvalo de todo lo que pueda mancharlo o adulterarlo hasta la venida gloriosa de Cristo Jesús, nuestro Señor. A su debido tiempo Dios lo manifestará, el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver, a él honor y poder por siempre jamás.


San Pablo exhorta a Timoteo a huir del orgullo, de la ambición, de la corrupción, de la mentira, de la avaricia, raíz de todos los males. Y le sugiere los medios para lograrlo: Ser religioso y justo; vivir con fe, amor, constancia y bondad; combatir por la fe y así conquistar la vida eterna.

Ser religioso y vivir con fe equivale a vivir de cara a Dios, pendientes de su voluntad y conscientes de su presencia amorosa y generosa.

Combatir por la fe para conquistar la vida eterna consiste en luchar con Cristo resucitado por los valores de su reino, por los cuales se encarnó, nació, vivió, trabajó, luchó, sufrió, murió y resucitó: la vida y la verdad, el amor y la libertad, la justicia y la paz, el sentido de la vida y la alegría de vivir y de morir para resucitar como él para la gloria eterna. Lucha que empieza por casa, o se reduce a una farsa.

Nadie es incapaz de vivir la fe y de luchar por esos bienes, en la seguridad de la victoria junto con el Resucitado. Pero esa fe hay que pedirla y cultivarla día a día.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, September 23, 2007

BUENOS ADMINISTRADORES DE LO NUESTRO

BUENOS ADMINISTRADORES DE LO NUESTRO

Domingo 25º tiempo ordinario - C / 23-9-2007

Dijo Jesús a sus discípulos: El que es digno de confianza en cosas de poca importancia, será digno de confianza también en las importantes; y el que no es honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas grandes. Por lo tanto, si ustedes no son dignos de confianza en manejar el sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? Y si no se han mostrado dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son realmente suyos? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque necesariamente rechazará a uno y amará al otro, o bien será fiel a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. (Lucas 16,10-13).

Los bienes materiales: dinero, posesiones, carrera, puesto de trabajo, cualidades y capacidades, son bienes mínimos frente a los bienes eternos. Pero la buena administración de eso poco nos hace dignos de gozar lo máximo en la eternidad. Los bienes temporales valen cuanto vale el amor con que se administran y se comparten.

Se dice que con dinero se puede comprar todo. ¿Todo? Con dinero se puede comprar una casa, pero no el calor de un hogar; un placer, pero no el amor; una compañía, pero no una amistad; un libro, pero no la sabiduría; una medicina, pero no la salud; una droga, pero no la paz; la comida, pero no la vida; un reloj, pero no el tiempo; una golosina, pero no el aire que respiramos; una luz, pero no el sol; un crucifijo, pero no la fe; una tumba en el cementerio, pero no un puesto en el cielo; un amuleto o un ídolo, pero no al Dios verdadero.

Los más grandes bienes y la verdadera felicidad no se compran con dinero. Pero Dios nos regala cada día eso que no podemos comprar, y que tal vez no se lo agradecemos ni de palabra y menos con la vida y el compartir con los necesitados, olvidando que agradecer y compartir es la mejor manera de que Dios nos los multiplique y conserve, nos dé el ciento por uno en esta vida y luego la vida eterna.

Los bienes materiales también están entre los dones que Dios ha creado para todos, con el fin de que todos puedan llevar una vida humana digna, colaborar en la salvación de los demás, y así vivir felices en este mundo y merecer nuestra salvación.

Pero el dinero se convierte en ídolo sucio y destructor cuando se busca por sí mismo y para sí mismo, excluyendo a otros -personas y pueblos- en la pobreza y el hambre. La cantidad de pobres es la medida del fracaso de los sistemas económicos y militares, de la falsa solidaridad y de la globalización egoísta de la riqueza.

San Juan Bosco decía: “Quien nada en la abundancia, pronto se olvida de Dios”. Es un hipócrita el rico que nada en abundancia y se cree religioso porque dobla la rodilla ante Dios, pero no se inclina ni abre el corazón ante el sufrimiento de los hijos de Dios.

“Quien tiene mucho, es rico; quien necesita poco, es más rico; quien comparte todo, es el más rico”. Nacimos para compartir, para ser felices haciendo felices a los demás, compartiendo con los ellos incluso sus sufrimientos y los nuestros.

Vale la vida usar la sabiduría, la sagacidad y la inteligencia previsora en la administración de lo poco que somos, tenemos y amamos. La felicidad que se pretende encontrar en el lujo y en la abundancia, sólo se consigue en el compartir. Se perderá todo lo que se haya disfrutado con egoísmo excluyente, pues “¿qué le importa al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?”

Quien comparte sus riquezas materiales, humanas y espirituales, es acreedor a la bienaventuranza de Jesús: “Felices los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”. No es posible casar el amor y adoración a Dios con el disfrute egoísta, idolátrico de las riquezas.

Que Dios nos conceda la bendición de saber si estamos sirviéndolo a El o al dinero, y nos conceda la valentía de servirle a él, poniendo el dinero al servicio del bien, de la vida y de la felicidad ajena, para así conquistar la felicidad temporal y eterna.

No es de cristianos gastar más en cuidar un perro o en juegos de azar que en ayudas a los necesitados.

Amós 8, 4-7

Escuchen esto, ustedes, los que pisotean al indigente para hacer desaparecer a los pobres del país. Ustedes dicen: «¿Cuándo pasará el novilunio para que podamos vender el grano, y el sábado, para dar salida al trigo? Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio, falsearemos las balanzas para defraudar; compraremos a los débiles con dinero y al indigente por un par de sandalias, y venderemos hasta los desechos del trigo». El Señor lo ha jurado por el orgullo de Jacob: Jamás olvidaré ninguna de sus acciones.

Esta profecía de Amós es totalmente actual, pues la explotación de los débiles y pobres de hoy es mucho más amplia, refinada y corrupta que en aquellos tiempos. Quien tiene dinero, impone sus leyes en el comercio, en la política, en el gobierno, en la comunicación, en el trabajo, en la medicina, en la diversión... y hasta en la religión.

Pero Dios jura también hoy: “Jamás olvidaré ninguna de sus acciones” perversas. El daño hecho a los pobres y débiles, se volverá multiplicado contra los causantes de ese daño. Terrible voz de alerta para no formar parte del inmenso grupo de explotadores y corruptos, a la vez que les tenemos compasión y pedimos por su conversión.

No es nada fácil librarse de fascinación por el dinero. Se necesita un gran esfuerzo, pero es absolutamente necesario, pues si no dominamos el dinero, seremos dominados por él; pervertirá nuestra vida cristiana con la hipocresía, y seremos cómplices de un mundo injusto y corrupto, cuyos únicos valores son los que rentan dinero, y sin otra alternativa que la lucha encarnizada con incontables vencidos y muertos…

¡Dios nos libre de tan fatal complicidad! Y nosotros luchemos en serio por librarnos.

Timoteo 2, 1 - 8

Querido hijo: Ante todo, te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los soberanos y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad, y llevar una vida piadosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre Él también, que se entregó a sí mismo para rescatar a todos. Éste es el testimonio que Él dio a su debido tiempo, y del cual fui constituido heraldo y Apóstol para enseñar a los paganos la verdadera fe. Digo la verdad, y no miento. Por lo tanto, quiero que los hombres oren constantemente, levantando las manos al cielo con recta intención, sin arrebatos ni discusiones.

La recomendación de san Pablo a orar por todos los hombres, y en particular por las autoridades, responde a los dichos bíblicos: “Dios quiere que todos los hombres se salven”; “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Si ni siquiera los malos gobernantes, los corruptos, asesinos, violadores… están fuera de la voluntad salvadora de Dios, tampoco pueden caer fuera de nuestra oración.

Todos somos responsables, junto con Cristo, de la salvación de todos los hombres, ofreciendo, unidos a él, nuestras oraciones, acciones de gracias y cruces.

La oración y el sufrimiento ofrecido son medios a nuestro alcance para mover la omnipotencia de Dios a fin de que ilumine a los hacen tanto mal, reconozcan sus errores e injusticias, comprendan que sus caminos de perversión los llevan hacia una fatal infelicidad, a lo contrario de lo que buscan, y así se conviertan, mejoren su actuar.

Esa es nuestra mejor aportación para disminuir tanta maldad e injusticia y propiciar que podamos disfrutar de paz, progreso y bienestar, y llevar una vida religiosa y humanamente digna. Es la aportación que agrada a Dios, como dice san Pablo.

Siempre será más útil orar y ofrecer por quienes hacen el mal, que condenarlos, dejando a Dios el juicio condenatorio contra ellos o la misericordia para ellos. Al fin y al cabo, todos somos pecadores y necesitamos misericordia. Jesús nos dice: “No condenen y no serán condenados; sean misericordiosos y obtendrán misericordia ”.

Y no nos dejemos contagiar por tanta maldad como hay a nuestro alrededor.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, September 16, 2007

Reconciliación

Reconciliación

Domingo 24º tiempo ordinario- C / 16-9-2007

Lucas 15,1-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Éste acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y vatras la descarriada, hasta que la encuentra? y, cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y va a los vecinos para decirles: "¡Alégrense conmigo; He encontrado la oveja que se me había perdido". Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a tas vecinas para decirles: "¡Alégrense conmigo! He encontrado la moneda que se me había perdido", Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. También les dijo: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". El padre les repartió los bienes. Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer. Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino, e iré a la casa de mi padre, y le diré; Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores". Se puso en camino hacia donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus criados:" Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vueltoa la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo". Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba convencerlo. Y él replicó a su padre: "Mira; en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar para él el ternero más gordo". El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado".

Éxodo 32,7-11.13-14

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal fundido, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: "Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto". Y el Señor añadió a Moisés: Veo que este pueblo es un pueblo terco. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo. Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: ¿Por qué. Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo; el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: "Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a sus descendientes para que la posean por siempre". Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Timoteo 1,12-17

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me ha fortalecido y me consideró digno de confianza al encomendarme este ministerio. A pesar de que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Pueden fiarse y aceptar sin reserva lo que les digo; que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por siempre. Amén.

Sunday, September 09, 2007

CALCULAR EN SERIO

CALCULAR EN SERIO

Domingo 23º tiempo ordinario- C / 9-9-2007

Caminaba con Jesús un gran gentío. Se volvió hacia ellos y les dijo: "Si alguno quiere venir a mí y no se desprende de su padre y madre, de su mujer e hijos, de sus hermanos y hermanas, e incluso de su propia persona, no puede ser discípulo mío. El que no carga con su propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío. Cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿no comienza por sentarse y hacer las cuentas, para calcular si tiene para terminarla? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él, diciendo: ¡Ese hombre comenzó a edificar y no fue capaz de terminar! (Lucas 14, 25 - 33).

Mucha gente va con Jesús, pero no todos lo siguen; no todos asumen su forma de vivir, de pensar, de amar y actuar, aunque la aprueben teóricamente. Muchos admiran sus milagros, su forma de vivir y de hablar…, pero no aceptan sus exigencias, porque prefieren una vida cómoda y una religión de apariencias.

Jesús no quiere que nos equivoquemos con la ilusión de conseguir la felicidad por un camino que lleva a la desdicha final. Cristo es el creador de nuestra vida, y el autor de todo lo que somos, tenemos, amamos y esperamos, la fuente de nuestra plenitud y felicidad en el tiempo y en la eternidad. Es el único que puede salvarnos del sufrimiento y de la muerte para darnos la felicidad sin fin que tanto ansiamos.

No hay esperanzas por encima de él, y no podemos suplantarlo en la vida por bienes o personas que él mismo nos ha dado, pero que son infinitamente inferiores a él. Nos lo da todo para alcanzarlo, no para oponernos a él y perderlo.

Cuidémonos en serio de no vender a Cristo y a nosotros mismos por unas monedas o por un poco de placer pasajero. Jesús nos dice: “Quien no está conmigo, está contra mí”. “Quien no me confiesa delante de los hombres, tampoco yo lo reconoceré delante de mi Padre”. Él pone las condiciones, no nosotros.

Preferirlo a todas las cosas y a la misma familia, es la máxima sabiduría y conquista. Porque es la única manera de amar de verdad a la familia, a nosotros mismos y las cosas. Así podremos disfrutar de todo eso con libertad y gozo en el tiempo y por toda la eternidad. De lo contrario, tarde o temprano, lo perderemos todo.

Sólo prefiriendo a Jesús, gozaremos en esta vida con profundidad y al ciento por uno lo que tenemos, somos y amamos, y él nos lo devolverá todo “al indefinido por uno” en la fiesta eterna, donde nos está preparando un sitio, que no podemos perdernos por ser pésimos calculadores. Esa pérdida constituiría el verdadero infierno.

Cargar la cruz tras él consiste en asociar a la suya las cruces inevitables que exige la vida honrada y cristiana, como condición esencial para colaborar con él en la salvación de los demás, y así lograr la resurrección y la felicidad eterna.

Por otra parte, cargar las cruces unidos a él es la única forma de que nos resulten más livianas y soportables, como él mismo nos dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Pues él mismo nos ayuda a llevarla con esperanza de vida y felicidad.

“El reino de Dios sólo se gana con la violencia”, dice Jesús. Se entiende: con la violencia que exige renunciar a todo lo que impide vivir y crecer como personas libres, honradas y como hijos de Dios, que tienen un destino eterno con él.

El Evangelio es siempre una buena noticia, y como buena no puede amargar la vida a nadie, sino todo lo contrario: da paz, alegría y felicidad, incluso en el dolor. Y nos enseña a vivir con gratitud y orden los gozos que Dios nos da a través de las cosas y en las personas.

No es difícil amar a Jesús por encima de todo y de todos, si consideramos lo que representa en el tiempo y en la eternidad para nosotros y para quienes amamos.

Sabiduría 9,13 - 18

¿Quién, en realidad, podría conocer la voluntad del Señor? ¿Quién se apasionará por lo que quiere el Señor? La razón humana avanza tímidamente, nuestras reflexiones no son seguras, porque un cuerpo perecible pesa enormemente sobre el alma, y nuestra cáscara de arcilla paraliza al espíritu que está siempre en vela. Si nos cuesta conocer las cosas terrestres, y descubrir lo que está al alcance de la mano, ¿quién podrá comprender lo que está en los cielos? ¿Y quién podrá conocer tus intenciones, si tú no les has dado primero la Sabiduría, o no les has enviado de lo alto tu Espíritu Santo? Así fue como los habitantes de la tierra pudieron corregir su conducta: al saber lo que te agrada, fueron salvados por la Sabiduría.

La voluntad de Dios para cada uno de nosotros consiste en que logremos el éxito total y final de nuestra existencia terrena: la vida eternamente feliz con él a través de la resurrección. Y, por consiguiente, que echemos mano de los medios para alcanzarla: amarlo a él sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

En eso consiste la sabiduría de la vida que Jesús vino a enseñarnos y sigue enseñándonos por medio de su Espíritu Santo, que Dios da a quien se lo pide y se abre a él. De él nos viene la fuerza y la luz para corregir continuamente nuestra conducta de fáciles desvíos en el camino de la salvación.

Filemón 9b - 10, 12 - 17

Yo Pablo, ya anciano, y ahora preso por Cristo Jesús, te recomiendo a mi hijo Onésimo, a quien transmití la vida mientras estaba preso. Te lo devuelvo; recibe en su persona mi propio corazón. Hubiera deseado retenerlo a mi lado para que me sirviera en tu lugar mientras estoy preso por el Evangelio. Pero no quise hacer nada sin tu acuerdo, ni imponerte una obra buena, sino dejar que la hagas libremente. A lo mejor Onésimo te fue quitado por un momento para que lo ganes para la eternidad. Ya no será esclavo, sino algo mucho mejor, pues ha pasado a ser para mí un hermano muy querido, y lo será mucho más todavía para ti. Por eso, en vista de la comunión que existe entre tú y yo, recíbelo como si fuera yo mismo.

Filemón era un convertido por Pablo, y Onésimo era un esclavo de Filemón. A causa de algún problema serio con su amo, Onésimo huye a Roma, donde encuentra a Pablo, encarcelado, quien lo acoge como hijo y lo bautiza.

La huida de Onésimo, según la ley romana, le daba derecho a Filemón incluso de matarlo. Pero Pablo, apelándose a la fe de Filemón, - fe que a la vez es amor, o no es nada -, se lo devuelve convertido y bautizado, como hermano, condición que supera la de esclavo, aunque legalmente lo siga siendo. Pero el amor de Pablo por ambos logra el milagro de la fraternidad entre amo y esclavo.

Algo parecido podemos constatar en familias que tienen jóvenes o mujeres de servicio, y las sientan a comer en su misma mesa, les dan ejemplo de vida cristiana, las tratan con respeto y amor, conscientes de la igualdad como hijos del mismo Dios.

Pablo no condena la esclavitud, pero pone los fundamentos para eliminarla de raíz: la fe y el amor cristiano.

Fe y amor ausentes en familias o empresas que tratan a la servidumbre y a los empleados como seres inferiores, e incluso cometen abusos incalificables contra ellos, con sueldos de hambre, acosos y sometimiento incondicional; pero luego tal vez no faltan un domingo a misa, comulgan y se tienen por muy católicos.

Les vendrá muy bien considerar este ejemplo de Pablo y Filemón, y obrar en consecuencia, convirtiéndose a la verdadera fe y amor cristiano, de lo contrario esa fe aparente continuaría siendo una farsa fatal.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, September 02, 2007

Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

Domingo 22º tiempo ordinario-C / 2-9-2007

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer; y ellos lo observaban atentamente. Notando que los invitados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan invitado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que los invitó a tí y al otro y te dirá: «Cédele a éste tu sitio». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, para que,cuando venga quien te invitó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos». (Lucas 14,1. 7-14)

Eclesiástico 3,17-18. 20. 28-29

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porquees grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del orgulloso, pues la maldad echó raíz en él. El hombre inteligente medita los proverbios y el sabio anhela tener oídos atentos.

Hebreos 12,18-19. 22-24a

Ustedes no se han acercado a un monte que se puede tocar, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. En cambio ustedes se han acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial; a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos que han llegado ya a su perfección, y a Jesús, mediador de la nueva alianza.