Sunday, July 25, 2010

La oración que enseñó Jesús

La oración que enseñó Jesús

Pidan y recibirán

Domingo XVII del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 25 de Julio de 2010.

Uno de los discípulos dijo a Jesús: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Les dijo: Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino. Hágase tu voluntad. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende. Y no nos dejes caer en la tentación. Yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá. Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan! Lucas 11,1-13.

En respuesta a la petición de los discípulos, Jesús les enseña la oración sencilla que tal vez surgió en el hogar de Nazaret: el Padrenuestro.

La primera condición de la oración es que se dé una relación de fe amorosa, personal y filial con Dios, “Padre nuestro”; pues la oración es “un encuentro de amistad con quien sabemos que nos ama”, como dijo Santa Teresa de Ávila. Es creer en el cariño, el poder, la bondad de Dios, que nos ama más que nadie.

La segunda petición es que hagamos lo posible para que Dios sea conocido, reconocido y amado por nosotros y por los otros, pues eso significa “santificado sea tu nombre”: que toda persona entre en relación de amor salvador con la Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, nuestra Familia de origen y destino, y en la que ya “vivimos, nos movemos y existimos”. Dar a conocer a Dios con la vida, la palabra y las obras. La salvación no viene sólo del rezar, sino también del obrar.

“Venga a nosotros tu reino”, quiere decir que nos ayude a trabajar para establecer el reino de Dios con sus bienes: la vida, la paz, la justicia, la verdad, la libertad, el amor- en nuestro corazón, en la familia, la sociedad, en el mundo.

“Hágase tu voluntad”, es la condición para la eficacia de la oración; o sea, que Dios nos dé lo que pedimos si es conforme a su voluntad. Que se haga su voluntad sobre nuestras vidas, pues en ella está lo absolutamente mejor y lo más feliz para nosotros en esta vida y en la eterna. ¿Le preguntamos a Dios qué hacer y cómo? ¿Buscamos su respuesta en su Palabra? ¿En nuestro interior donde él vive?

“Danos hoy nuestro pan”, no sólo para mí y los míos, sino para todo el mundo, y compartir nuestro pan y así Dios no permitirá que nos falte. “Den y se les dará”, dice Jesús. ¿Cómo es posible que el 60 % de los habitantes del mundo no tengan suficiente pan, cuando se gasta mucho más en armas y lujos que en comida? Los que tienen se niegan a compartir lo que han recibido para compartir. Y si no escuchamos el grito silencioso del necesitado, ¿cómo pretender que Dios nos escuche a ellos cuando lo necesitemos?

“Perdónanos nuestras ofensas como nosotros también perdonamos”. Perdonar las ofensas, por graves que sean, es como un sacramento de perdón, pues Dios ha condicionado su perdón al perdón que concedemos a los otros. “Si ustedes perdonan, serán perdonados. Y si no perdonan, no serán perdonados”.

“No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”; líbranos de hacer lo que nos hace daño o hace daño temporal y eterno a otros.

Por fin, cuando nos disponemos a orar, pidamos ayuda al Espíritu Santo, “que ora en nosotros con voces inefables”. Y pidamos a María que ore con nosotros y por nosotros.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, July 18, 2010

ORA Y TRABAJA, TRABAJA Y ORA

ORA Y TRABAJA, TRABAJA Y ORA

Domingo XVI del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 18 de Julio de 2010.

Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta nadaba afanosa con el servicio, hasta que se detuvo y dijo a Jesús: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola en los quehaceres domésticos? Dile que me ayude un poco. Pero el Señor le contestó: Marta, Marta, tú te inquietas y andas nerviosa con muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y nadie se la quitará. (Lucas 10,38-42).

Marta y María son símbolo de las dos expresiones inseparables de la vida cristiana: la oración y la acción. Si se las separa, se mueren ambas. Por eso es necesario ser “contemplativos en la acción y activos en la contemplación”.

Jesús no reprocha a Marta su actividad ni sugiere a María que basta la sola contemplación. A Marta le reprocha que ande más preocupada por la mesa para el Huésped que por el Huésped mismo. Y a María le asegura que está viviendo lo esencial, lo mejor, lo más necesario en la vida, que no pasará y nadie le quitará.

El evangelista no dice lo que sucedió después; pero seguro que María, y el mismo Jesús, terminado el almuerzo, se levantaron para ayudar a Marta a recoger la mesa y lavar los platos, y luego ambas se quedaron dialogando con Jesús en una prolongada sobremesa.

Contemplación y acción son los dos fundamentos de la vida cristiana, apostólica, misionera, consagrada, catequística, pastoral. Y se cae en la llamada “herejía de las obras” cuando se olvida lo fundamental: la unión real, afectiva con Cristo, el único que puede dar fuerza de salvación a la vida y a las obras.

Sobre las obras buenas, Cristo Pastor dijo muy claro: "Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada" (Juan 15, 5).

A esta herejía aludía Jesús con la parábola de aquellos que, al final de la vida, pretendían entrar el reino de los cielos porque habían predicado, echado demonios y hecho milagros en su nombre, pero recibieron la fatal respuesta: No los conozco; aléjense, obradores de iniquidad. ¡Obras buenas convertidas en iniquidad por el egoísmo y el orgullo!

La “herejía de las obras” se da en la vida sin Cristo, por más que tenga todas las apariencias de vida cristiana. Toda la eficacia salvadora de nuestra vida y y obras viene de Dios, gracias a la unión con Cristo; la cual se logra mediante la oración asidua.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, July 11, 2010

¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?

¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?


Domingo XV del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 11 de Julio de 2010.


Lucas 10, 25-37.

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? El contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?. Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas, después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al encargado, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva". ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?. Él contestó: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Vete, y haz tú lo mismo.

Deuteronomio 30, 10-14

Moisés habló al pueblo, diciendo: Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandamientos, lo que está escrito en el libro de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni inalcanzable; no está en el cielo, para que digas: ¿Quién de nosotros subirá al cielo para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos?; ni está más allá del mar, para que digas: ¿Quién de nosotros cruzará el mar para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos? Pues, la palabra está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Para que la cumplas.

Colosenses 1, 15-20

Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: las del cielo y las de la tierra, visibles e invisibles. Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. El es también la cabeza del cuerpo: es decir, de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz con su sangre derramada en la cruz.

La vida es el máximo bien que hemos recibido, el único que deseamos conservar por encima del cualquier otro y para siempre. Por eso el maestro de la ley pregunta a Jesús cómo puede eternizar la propia vida, salvarse. Y el Maestro le indica lo que debía hacer ratificando su justa respuesta: “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Es de justicia amar a Dios sobre todas las cosas, porque de él las recibimos todas, junto con el valor máximo: la vida. La primera expresión de amor a Dios es agradecerle, con la palabra y con la vida, tan grandes e innumerables beneficios. Constituye una tremenda injusticia y fatal necedad amar los dones de Dios más que al Dios de los dones. Además es idolatría.

La gratitud es expresión del amor a Dios, y además es la condición para que Dios nos conserve y multiplique sus dones. Si quieres recibir, agradece y pide.

Y el amor al prójimo como a sí mismo es inseparable del amor a Dios, porque el prójimo es mi hermano al ser hijo del mismo Padre, que lo ama como a mí. No podemos no amar a quien Dios ama.

Luego Jesús perfeccionará este mandamiento con el “nuevo mandamiento”: “Ámense unos a otros como yo los amo”; es decir, hasta dar la vida, día a día, poco a poco, o de una vez, por quienes se ama, pues “nadie ama tanto como el que da la vida por los que ama”.

Sólo salva la vida quien la entrega por amor. Puesto que de todas maneras tenemos que darla, démosla por amor. Vivir la vida con egoísmo, es perderla para siempre. Ojalá entendamos que debemos dar la vida por amor para ganarla.

El máximo acto de amor al prójimo consiste en ayudarle a conseguir la vida eterna, que es el máximo don de Dios, como Jesús nos da a entender: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo, si al final se pierde a sí mismo?” Pero este acto de amor salvífico, para asegurar su autenticidad, reclama los gestos concretos de amor humano al necesitado.

Sólo así podremos merecer a cambio la vida eterna: “Vengan, benditos de mi Padre a poseer el reino preparado para ustedes, pues tuve hambre, sed, estaba desnudo, enfermo, encarcelado, y ustedes me socorrieron .”


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, July 04, 2010

Alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo


Alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 4 de Julio de 2010

Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares adonde debía ir… Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos, diciendo: "Señor, hasta los demonios nos obedecen al invocar tu nombre." Jesús les dijo: "Alégrense, no porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos." (Lucas 10, 17-20).

Los setenta y dos discípulos enviados - 72: símbolo de las naciones paganas - no pertenecían al grupo de los apóstoles; sino que eran como los laicos de hoy.

Todos los seguidores de Jesús, clero y laicos, estamos llamados a anunciar el reino de Jesús y colaborar en la salvación de la humanidad. Cada cual según sus posibilidades reales. “Como el Padre me envió a mi, así los envío yo a ustedes”.

Ningún cristiano está dispensado de evangelizar. Con razón todo cristiano debe exclamar con san Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!” Pues si los que no escuchan a los evangelizadores serán tratados con mayor rigor que Sodoma, ¡cuánto más los evangelizadores que no escuchan a Cristo!

La vida interior de unión con Cristo, la oración intensa, el testimonio, el sufrimiento ofrecido, la palabra, las obras, constituyen la misión evangelizadora que debe ser la preocupación fundamental de toda comunidad cristiana, parroquial o extra-parroquial, y de cada cristiano.

Quien se decide por Cristo (por ser cristiano), no puede menos de anunciarlo, como sea. Quien no lo anuncia, demuestra que no es cristiano, que no es de Cristo, por más que afirme lo contario.

El campo de la evangelización es muy extenso, pero los evangelizadores son escasos, y por eso es urgente que toda comunidad cristiana tome conciencia de su vocación a la misión evangelizadora y la realice; y a la vez promueva por todos los medios las vocaciones consagradas radicalmente a la evangelización. La gran mayoría de los bautizados no han sido evangelizados o están alejados; y ¡qué decir de los no bautizados!

La palabra y la acción evangelizadora tienen que ir acompañadas por la vida de los mensajeros -que es la palabra más elocuente-, para hacer creíble y convincente el mensaje de que son portadores.

A la base de toda evangelización está la intimidad con el Maestro resucitado presente: hay que escucharlo para hablar en su nombre y hacerse creíbles. “No serán ustedes los que hablen, sino que el Espíritu de Dios hablará en ustedes”.

El premio de la evangelización no son las obras ni los éxitos, sino la salvación y la vida eterna: “Alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo”.
P. Jesús Álvarez, ssp.

Tuesday, June 29, 2010

Tan distintos y tan unidos!!!

Tan distintos y tan unidos!!!

Santos Pedro y Pablo / 29 de junio de 2010.

Mateo 16: 13 - 19

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas. Díceles él: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

En la historia de la Iglesia ha habido grandes pecadores que terminaron siendo grandes santos y apóstoles. Y entre los primeros fueron San Pedro y San Pablo.

Pedro traicionó cobardemente al Maestro negando haberlo conocido. Pero toda su vida lloró amargamente su pecado, cuyo recuerdo fue un gran estimulo para mantenerse en el amor fiel al Maestro hasta el martirio.

Y Pablo, sin conocer directamente a Cristo, lo persiguió cruelmente en sus seguidores, y él mismo confiesa que había sido un blasfemo, indigno de llamarse apóstol. Pero ambos fueron cautivados por el sublime amor de Cristo.

Pedro hizo tres confesiones de amor a Jesús en reparación de las tres negaciones. Y Pablo llegó a confesar: “Todo lo considero basura comparado con el amor de Cristo”. En los dos se cumplió de modo admirable la palabra de Jesús: “Ha amado mucho porque se le ha perdonado mucho”.

A Jesús no le importa el pasado de pecado si es sepultado por un presente y un futuro de amor. Y los dos sellaron su amor total a Cristo con el martirio, la máxima expresión de amor, como Jesús lo confirma: “No hay amor más grande que el de quien da la vida por quienes ama”.

Si entre las dos columnas de la Igleisa ha habido diferencias y fallos, ¿por qué extrañarse tanto de que siga habiéndolos? El verdadero Jefe y conductor de la Igleisa no fue Pedro ni Pablo ni es Benedicto, sino Cristo resucitado en persona, que va al frente de su Pueblo hacia el reino eterno, guiando a los guías, y ninún jefe ni fuerza de este mundo podrá detener su marcha triunfal.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 27, 2010

Exigencia e intransigencia

Exigencia e intransigencia


Domingo XIII del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 27 de Junio de 2010.


Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma? Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. (Lucas 9,51-62).



Jesús sube hacia Jerusalén decidido a morir por la salvación de todos los hombres, por cada uno de nosotros. Los discípulos no entienden y le siguen temerosos. Pero cuando los samaritanos les niegan hospedaje, se enfurecen y pretenden defender al Maestro eliminando a los samaritanos con una lluvia de fuego.



En realidad están cediendo a la intransigencia y al ancestral desprecio mutuo entre los judíos y los samaritanos. Sus actitudes violentas no tienen nada de cristianas, no tienen nada que ver con Cristo y con su misión redentora.



Jesús ha venido para salvar, no para condenar; para abatir las barreras que separan a los hombres, no para destruir a los hombres; para ser exigente, pero no intransigente; para promover el perdón y la paz, y no la violencia. Ha venido para usar el poder de Dios en favor de los hombres, y no en contra de ellos. Ha venido para ser misericordia universal de Dios en favor de buenos y malos.



También nosotros, cristianos, tenemos que verificar si reflejamos en nuestra vida y relaciones la semejanza con Cristo por la unión real con él.



Jesús es indulgente incluso con sus enemigos, pero es exigente con sus seguidores: “Si alguien quiere ser discípulo mío, tome su cruz cada día y me siga”.



Jesús no es exigente por gusto, sino porque quiere para los suyos lo mejor: el ciento por uno y la vida eterna, que sólo con la exigencia pueden conseguir. Quiere que los suyos pisen sus huellas subiendo al calvario, porque ése es el único camino real de la resurrección, de la vida y de la gloria eterna.



Pero no es cuestión de que el cristiano piense y viva sólo en la cruz, sino sobre todo en una vida pascual, gozosa con Cristo Resucitado, que alivia la cruz y da al calvario el esplendor de la resurrección y de la gloria eterna.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 20, 2010

¿Quién dice la gente que soy yo?

¿Quién dice la gente que soy yo?

Domingo XII del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 20 de Junio de 2010.

Lucas 9:18-24

Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos respondieron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado. Les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contestó: El Cristo de Dios. Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. Dijo: El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día. Decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Zacarías 12: 10 - 11

Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito. Aquel día será grande la lamentación en Jerusalén, como la lamentación de Hadad Rimmón en la llanura de Meguiddó. Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.

Gálatas 3: 26 - 29

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa.

Sunday, June 13, 2010

A MUCHO PERDÓN, MUCHO AMOR

A MUCHO PERDÓN, MUCHO AMOR


Domingo XI del Tiempo Ordinario - Ciclo “C” / 13 de Junio de 2010.


En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se puso a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás Junto a sus pies, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies, se los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora». Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él respondió:«Dímelo, maestro». Jesús le dijo:«Un prestamista tenia dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó:«Supongo que aquel a quien le perdonó más». Jesús le dijo; «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:«Simón, ¿ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».Y a ella le dijo:«Tus pecados están perdonados». Los demás invitados empezaron a decir entre si:«¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer:«Tu fe te ha salvado: vete en paz». Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Heredes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. (Lucas 7, 36 - 8, 3).


Jesús asumió una nueva actitud frente a los pecadores, que las autoridades religiosas consideraban indignos de ser amados, considerados, acogidos, y sólo dignos de rechazo y desprecio. Hasta el punto que Jesús debió aclarar: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Los escribas y fariseos se consideraban a si mismos “los justos”.

Aquella mujer, como pecadora pública era despreciada y marginada por los “buenos”, o más bien puritanos, que se escandalizan de que Jesús acepte aquellas atenciones “fuera de lugar” y de tal pecadora, que por el arrepentimiento, la conversión y el gran amor, ya estaba más limpia y era más justa que sus delatores. Era ya una “pecadora buena”. Amó mucho como gratitud por el perdón recibido.

En verdad que no hay motivo más grande para amar a Dios que su perdón por nuestros pecados. Perdón que merece una gratitud eterna, porque nos devuelve el derecho a la vida eternamente feliz en la Casa del Padre.

Pero Dios también se siente feliz perdonando: “Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos”. Y desea que también nosotros gocemos la gran felicidad de perdonar como él nos perdona. El perdón es la obra de amor más genuina, pues no está contagiada de egoísmo.

Pidamos a Dios que nos dé el gozo de perdonar “setenta veces siete”, porque ésa es la garantía para asegurarnos su perdón. Si perdonamos a quien Jesús perdona, él lo toma como si le perdonáramos a él mismo. “Todo lo que hagan a uno de éstos, a mí me lo hacen”. Por tanto, la mejor señal de que amamos a Dios es el perdón que damos a quienes nos ofenden.

Y la mejor señal de que Dios nos ama, es su perdón: “En esto reconozco que me amas: en que mi enemigo no prevalece sobre mí”. Nuestro enemigo es el pecado.
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Pero no caigamos en la ligereza de creer que Dios perdona todo sin condición alguna, y que la salvación la tenemos asegurada por más que pequemos. Él mismo nos lo dice bien claro: “Si ustedes no perdonan, no serán perdonados”. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Danos, Señor, la gracia y el gozo de saber perdonar, para que tú puedas tener el gozo de perdonarnos.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, June 06, 2010

PAN DEL CIELO PARA TODOS

PAN DEL CIELO PARA TODOS

Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo / 6 de Junio de 2010.

Jesús entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse. Después se recogieron los pedazos que habían sobrado, y llenaron doce canastos. (Lucas 9,11-17).

La multiplicación de los panes es un preanuncio de la Eucaristía, en la que se multiplica y se sirve el Pan de la Palabra y el Pan de la Vida, que, desde la Última Cena, es distribuido para salvación de los hombres en todos los tiempos y en todo el mundo, aunque todavía de forma muy limitada.

La Última Cena fue la primera Misa. Jesús estaba para regresar al Padre y su inmenso amor a los discípulos lo llevó a buscar una forma inaudita de quedarse con ellos y con nosotros para siempre: la Eucaristía, en la que cumple a la letra su promesa: “No teman: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

En la celebración de la Eucaristía todos estamos invitados a ejercer el sacerdocio real que el Espíritu Santo nos confirió en el bautismo, haciéndonos “pueblo sacerdotal”, “ofrenda permanente”, para compartir con Cristo la obra de la propia salvación, la salvación de la humanidad y de la creación entera.

En la Comunión se da la máxima unión entre Jesús y nosotros; una fusión como la del alimento: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. "Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él". “Quien me come, vivirá por mí”. Todo el que comulga con fe y amor, puede en verdad decir con san Pablo: “Ya no soy el que vive; es Cristo quien vive en mí”. Y se cumple la consoladora palabra de Jesús: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Creámosle a Jesús presente.

La comunión -unión real con Cristo-, requiere y produce la comunión fraterna, empezando por casa. No recibe a Cristo quien comulga y luego alimenta rencores, desprecios, violencia o indiferencia hacia el prójimo, con el que Cristo mismo se identifica: “Todo lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”.

"Donde falta la fraternidad, sobra la Eucaristía", porque esa contradicción destruye la Eucaristía, que es fiesta de amor fraterno. Si los ojos de la fe y del corazón perciben a Cristo en la Eucaristía, también lo percibirán presente en el prójimo.

Quien comulga por costumbre, sin amor Cristo y al prójimo, merece la advertencia de san Pablo: “Quien come el Cuerpo de Cristo a la ligera, se come y traga su propia condena”. Decir que se cree en Jesús, y llevar luego una vida contraria a la suya, es estar en su contra: “Quien no está conmigo, está contra mí”.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 30, 2010

LA TRINIDAD, NUESTRA FELICÍSIMA FAMILA ETERNA.


LA TRINIDAD, NUESTRA FELICÍSIMA FAMILA ETERNA.


Fiesta de la Santísima Trinidad / 30 de Mayo de 2010.


Dijo Jesús a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad." (Juan 16,12-15).

Como a los discípulos, también a nosotros nos queda mucho por conocer y vivir, en especial acerca del misterio de la Trinidad, que es vida, amor, belleza, saber y felicidad infinita en Familia, constituida por las tres Personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas tan unidas, que son un solo Dios.

Poco importa que no podamos comprender ni explicar el misterio de la Trinidad. Lo que sí importa es que podemos, por gracia de Dios, amar, adorar, gozar y tratar con todas y cada una de las tres divinas Personas de la Trinidad, ya en el tiempo y luego gozarlas por toda la eternidad. Ellas se abajan y se dignan habitar en nosotros como en su templo preferido. Sólo nos queda acogerlas con amor y gratitud.

Por amor Dios nos creó para que compartamos con él su vida, su amor, su belleza y su felicidad infinita en su eterna Familia Trinitaria. La Trinidad es nuestro felicísimo Hogar eterno. Pablo dice que “ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”; y: “Los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con los gozos que nos esperan”.

Jesús nos indicó bien claro cómo nos hacemos miembros de la felicísima Familia Trinitaria: “Éstos son mi madre, mi padre, mis hermanos y hermanas: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.

En el paraíso de la Trinidad se gozan siempre nuevos cielos y deleites, alegrías, maravillas y bellezas interminables. El ansia de placer se sacia y se acrecienta sin fin. Mientras que fuera del paraíso, -en el infierno- se prueban siempre nuevos e insoportables sufrimientos, en cuya comparación los de esta vida no son nada.

Irreparable desgracia sería ignorar o infravalorar a nuestro glorioso destino eterno, y quedarnos fuera del Hogar, lo cual equivale al infierno, que es tormento indecible por haber perdido para siempre las personas, bienes y placeres terrenos y los eternos, a sí mismo y al propio Dios, nuestro Padre.

Más vale temer el infierno que caer en él. El infierno no deja de existir por no creer en él, sino que por no creer en él se arriesga caer en él.

Mientras que, a quien ama a Dios, él le dará –no obstante las cruces- el ciento por uno aquí en la tierra en bienes, personas y gozos, y se los multiplicará al infinito para siempre en la Familia Trinitaria.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 23, 2010

¡VEN, ESPÍRITU SANTO!


¡VEN, ESPÍRITU SANTO!

Pentecostés / 23-05-2010.

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!" Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos". (Juan. 20,19-23).

El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es quien hizo surgir toda la creación y la conserva en vida. El Espíritu Santo se presentó en forma de paloma en el bautismo de Jesús; el día de Pentecostés se manifestó también en forma de llamas de fuego y viento fuerte.

La Biblia y la Liturgia nombran muchos otros signos bajo los cuales se manifiesta el Espíritu Santo: vida, fuego, luz, calor, agua, don, consuelo, dulce huésped, descanso, brisa, gozo, aliento, fortaleza, amor, libertad, paz; y su misión es dar vida, crear, enriquecer, alentar, regar, sanar, lavar, guiar, transformar, liberar, repartir dones, salvar, resucitar…

Jesús dice a sus discípulos –y hoy a nosotros-: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. No se trata una consigna en exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compromete a toda la comunidad, a todo cristiano, por el hecho de ser cristiano, nombre que significa “portador de Cristo”, “testigo de Cristo”, “persona unida a Cristo”.

Como el miedo “encerró” a los discípulos de Jesús, así sucede a los pastores y fieles que no creen que Cristo resucitado está presente en medio de ellos con su Espíritu, para darles paz, alegría, fortaleza, y conceder eficacia salvadora a sus vidas y obras. Esa incredulidad los reduce a la inutilidad.

Ser testigos de Jesús no consiste sólo en repetir sus palabras y su doctrina, sino en imitarlo en sus actitudes y obras, acogerlo en la vida, darlo a conocer; lo cual sólo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”. Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.

A pesar de ser débiles, pecadores y deficiente en todo, Jesús nos encomienda su misma misión que antes había confiado a los apóstoles, en un mundo donde imperan las poderosas fuerzas del mal, que nos superan con mucho. Pero si nos encarga su misma misión como a los apóstoles, también pone a nuestra disposición los dones y carismas necesarios para realizarla, como lo hizo con ellos.

Jesús nos envía el Espíritu Santo y viene con él para que produzcamos mucho fruto, asegurado con promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”. Por eso nuestra primera y principal ocupación y preocupación tiene que ser ante todo la de vivir unidos a Cristo resucitado presente; todo lo demás es relativo, por muy bueno que sea, e incluso inútil sin Cristo: “Sin mí no pueden hacer nada”. Se entiende en orden a la salvación propia y ajena.

San Pablo nos asegura la meta y el premio: “El mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también sus cuerpos mortales por obra de su Espíritu que habita en ustedes”. Ése es nuestro glorioso destino, por el que debemos jugarlo todo.

P. Jesús Álvarez, ssp.

Sunday, May 16, 2010

EL ÉXITO TOTAL DE JESÚS


EL ÉXITO TOTAL DE JESÚS


Ascensión del Señor / 16 de Mayo de 2010.


Les dijo Jesús a sus discípulos: Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Ahora yo voy a enviar sobre ustedes al que mi Padre prometió. Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. (Lucas 24,46-53).



La Ascensión de Jesús constituye la cumbre de nuestra esperanza cierta: llegar, en unión con él y como él, a la resurrección y la eterna felicidad en la Casa del Padre.



“Subir al cielo” equivale al éxito total y final de la existencia humana; éxito que nos mereció Jesús con su encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección; éxito que nosotros secundamos mediante las obras de bien y los padecimientos inevitables y la muerte, asociados a la cruz de Cristo; éxito que equivale a un salto inaudito en calidad de vida para mejor.



La misión de Cristo Jesús en esta vida estuvo hecha de amor, alegrías, penas y obras según la voluntad del Padre; y su misión es también nuestra misión, en las mismas condiciones, camino del éxito final de nuestra existencia.



Jesús ascendió al reino de los cielos después de haber echado las bases del reino de Dios en la tierra. Así nos enseña que el acceso al reino de Dios en los cielos sólo es posible a través del esfuerzo serio y eficaz con Jesús por implantar el reino de Dios en el hogar, en la sociedad y en el mundo.



En el testamento de Jesús el día de la Ascensión, nos dejó una consigna inaplazable para todos sus discípulos de ayer, de hoy y de siempre: compartir con Él su misión de evangelizar a todas las gentes, mediante la oración, el sufrimiento ofrecido, el ejemplo, la palabra, la acción y con todos los medios a nuestro alcance. Evangelizar a “todas las gentes” empieza por nosotros mismos, por el hogar, el trabajo, el centro de estudios, la política...



Alcanzamos a todo el mundo de manera especial en la Eucaristía, que nos hace posible compartir con Cristo su acción salvadora universal: “Cuerpo y Sangre ofrecidos por todos los hombres”. Él nos garantiza: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto”, aunque no sepamos dónde, ni cómo, ni a quién llega salvación que Cristo realiza con nosotros y a través de nosotros.



Por otra parte, estaba reservada a nuestros tiempos la extraordinaria posibilidad de realizar al pie de la letra el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo a predicar el Evangelio", a través de los medios de comunicación social.


P. Jesús Álvarez, ssp.

Thursday, May 13, 2010

EL PAPA EN FÁTIMA


EL PAPA EN FÁTIMA


Viajando hacia Fátima, el Papa subrayó que las visiones que tuvieron Jacinta, Francisco y Lucía hablaban "de sufrimientos de la Iglesia que se anunciaban". "El Señor ha dicho que la Iglesia sufrirá hasta el fin del mundo. Y esto lo vemos hoy de manera particular".



"Hoy las mayores persecuciones contra la Iglesia no vienen de fuera, sino de los pecados que están dentro de la propia Iglesia", añadió en clara alusión al escándalo de pederastia que sacude a la Iglesia y que el Pontífice no ha dudado en calificar de "realmente aterrador".



Para hacer frente al escándalo de abusos sexuales cometidos por sacerdotes que sufre la Iglesia, Benedicto XVI citó "la penitencia, la ración, la aceptación, el perdón que hay que dar, pero también la necesidad de Justicia, porque el perdón no sustituye la Justicia".




La Virgen de Fátima



(13 de Mayo)


Lucía, Francisco y Jacinta eran pastores, analfabetos, pobres. Lucía, la mayor, tenía 10 años cuando en 1916 un ángel se les apareció varias veces para preparar las apariciones de la Virgen. Les enseñó esta oración: “Dios mío, yo creo en ti, espero en ti y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no esperan y no te aman”.





Entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1916 suceden las 6 apariciones de la Virgen, que les pide orar y ofrecer sus sufrimientos por la salvación del mundo. Al poco tiempo Francisco y Jacinta se fueron con la Señora al cielo, mientras que Lucía alcanzó en el paraíso a sus compañeros videntes el 13 de febrero del 2005, a los 97 años, en el convento de las carmelitas de Coimbra (Portugal).



En 1998, dialogando con los cardenales Antony Padiyara, de la India, y Ricardo Vidal, de las Islas Filipinas, quienes le preguntaron si el “tercer secreto” de Fátima tenía que ver con el Concilio Vaticano II, la religiosa se limitó a responder: «No puedo contestar». A la pregunta sobre si dicho secreto está en el Apocalipsis, sor Lucía aclaró: «Nuestra Señora no dijo que estuviera en el Apocalipsis». Al preguntarle si el Papa podría dar a conocer el secreto, Lucía respondió con toda sencillez que “el Papa puede revelarlo si quiere, pero yo le aconsejo que no lo revele. Y si él decide hacerlo, le aconsejo que tenga mucha prudencia». Y cuando le preguntaron si continuaba teniendo apariciones de Nuestra Señora, respondió: «¡Qué curiosos!... No puedo responder».

Sunday, May 09, 2010

El que me ama guardará mi palabra


El que me ama guardará mi palabra.


DOMINGO VI DE PASCUA - Ciclo “C” - 09 - 05 - 2010.


Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amara, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que ustedes están oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho. La paz les dejo, mi paz les doy; no la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto, antes de que suceda, para que cuando suceda, entonces crean».


Apocalipsis 21, 10-14. 22-23

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe cristalino.Tenía una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la ciudad se asentaba sobre doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. No vi ningún templo en la ciudad, porque su templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre; porque la gloria de Dios la ilumina, y su lampa raes el Cordero.

Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29

En aquellos días, algunos que bajaron de Judea a Antioquía se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta: «Los apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de Antioquia, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, los han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, quienes les transmitirán de viva voz lo siguiente: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre de animales estrangulados y de la fornicación. Harán bien en apartarse de todo esto. Que les vaya bien».

Sunday, May 02, 2010

Un Mandamiento Nuevo


Un Mandamiento Nuevo

DOMINGO V DE PASCUA - Ciclo “C” / 02-04-2010.



Juan 13,31-33.34-35.

Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros".

Hechos de los Apóstoles 14,21b-27

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfília. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.

Apocalipsis 21, l-5a

Yo, Juan, ví un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han desaparecido, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios entre los hombres: habitará con ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Él secará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque todo lo antiguo ha pasado». Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

De camino hacia su glorificación por la muerte y la resurrección, Jesús deja a los discípulos su testamento de amor: "Ámense unos a otros como yo los amo”.
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No se trata de un consejo, sino de un mandato, síntesis de todos los mandamientos. Cumplido ese mandato, todos los demás están cumplidos: “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. Sólo puede salvar y salvarnos el amor salvífico al prójimo fundado en el amor de gratitud a Dios.

El amor humano goza con las cualidades de las personas y las cosas; y el amor cristiano goza identificándose con las personas amadas, con sus ideales y necesidades. Este es el amor verdadero que da plenitud a la vida, nos hace adultos, nos salva y da fuerza de salvación a nuestra vida y obras. A este amor se refiere San Pablo cuando dice: “Si no tengo amor, nada soy”. (1 Corintios 13).

El amor cristiano tiene tres grados: amar al prójimo como a nosotros mismos; amarlo como amamos a Jesús, presente en el prójimo; amarlo como Jesús lo ama: “Ámense unos a otros como yo los amo”. Este tercer grado es el amor pleno, imitación del amor de Cristo.

Este amarse como Jesús nos ama, testimonia la presencia de Cristo resucitado en y entre quienes lo aman. “La señal por la que conocerán que ustedes son discípulos míos, será que se amen unos a otros”. Ningún otro signo es convincente si falta éste. Ni siquiera la Eucaristía, que puede hacerse escándalo si no se celebra y vive con amor fraterno y por amor a Cristo.

El amor cristiano es la característica original del creyente ante las demás religiones.

Sólo el amor verdadero a Dios y al prójimo nos puede merecer la felicidad en esta vida, y al final, la vida eterna a través de la resurrección. Nada es tan grave como no vivir en ese amor. Es necesario pedirlo y cultivarlo.

P. Jesús Álvarez, ssp.