Saturday, January 13, 2007

DIOS EN LAS ALEGRÍAS Y PENAS HUMANAS

DIOS EN LAS ALEGRÍAS Y PENAS HUMANAS

Domingo 2° durante el año - C / 14 - 01 - 07


Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: "No tienen vino." Jesús le respondió: "Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora." Pero su madre dijo a los sirvientes: "Hagan lo que él les diga." Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: "Llenen de agua esos recipientes." Y los llenaron hasta el borde. Les dijo: ”Saquen ahora y llévenle al mayordomo." Y ellos se lo llevaron. Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: "Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final." Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Juan 2, 1 - 12

Jesús santifica con su presencia las bodas de Caná. Confirma como sagrado el matrimonio instituido por Dios. Sagrado porque da furza de salvación a la unión conyugal, a la familia, a la música, a la alegría, a la danza, a la comida... Todo lo verdaderamente humano está abierto a lo divino y a ser eternizado.

La Iglesia de Jesús ha hecho del matrimonio un sacramento; o sea, un medio para conseguir la salvación: la unión en el amor, incluida la mutua ternura física , es un camino hacia la felicidad eterna.

La finalidad del sacramento del matrimonio consiste en acoger a Cristo como miembro de la familia, a fin de que él sea garantía de la perseverancia en el amor fiel -más fuerte que la muerte-, como camino de salvación, a pesar de las penas, que él convierte en felicidad en el tiempo y en la eternidad.

¿Por qué extrañarse que sobrevengan tempestades fatales cuando la pareja, la familia se olvida de Cristo, lo arrincona, lo excluye de su vida y del hogar, su santuario doméstico? Cuando los apóstoles se fueron a pescar sin Jesús, no pescaron nada; y cuando se lanzaron al mar sin él, estuvieron a punto de hundirse. Pero al aparecer Jesús y reconocerlo, todo cambió.

En realidad Jesús nos garantiza su la presencia infalible: “Yo estoy con ustedes todos los días”. Aunque a veces parece dormido, como cuando se desencadenó una tempestad: los discípulos lo despertaron y se calmó la tempestad. Lo decisivo es que nosotros lo acojamos entre nosotros, lo llamemos como los apóstoles: “¡Sálvanos, Señor, que perecemos!”

Dios está en nuestras alegrías para hacerlas eternas, y está en nuestras penas para transformarlas en fuentes de vida eterna. La condición es que lo tengamos presente, que lo acojamos de corazón en el gozo y en el dolor.

Con Cristo presente será feliz la fecundidad y la vida engendrada. Y será realidad la fecundidad salvífica, que consiste en engendrar a los hijos también para la vida eterna, con la fe, la oración, la palabra, el amor a Dios y a ellos, el sufrimiento ofrecido, el ejemplo. Familia unida en Cristo, permanecerá unida por toda la eternidad en el amor y la felicidad sin fin. Ese es su destino.

Isaías 62, 1 - 5

Por amor a Sión no me callaré, por Jerusalén no quedaré tranquilo hasta que su justicia se haga claridad y su salvación brille como antorcha. Verán tu justicia las naciones, y los reyes contemplarán tu gloria y te llamarán con un nombre nuevo, el que Yavé te habrá dado. Y serás una corona preciosa en manos de Yavé, un anillo real en el dedo de tu Dios. No te llamarán más "Abandonada", ni a tu tierra "Desolada", sino que te llamarán "Mi preferida" y a tu tierra "Desposada". Porque Yavé se complacerá en ti y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una joven virgen, así el que te reconstruyó se casará contigo, y como el esposo goza con su esposa, así tú harás las delicias de tu Dios.

La relación de Dios con su pueblo, es una relación de amor, como la relación entre marido y esposa. Pero el pueblo rompe a menudo esa alianza de amor y adora a ídolos paganos, que lo llevan al desastre. Sin embargo Dios, por su amor eterno, arranca a su pueblo de la desolación, lo llama preferido y pone en él sus delicias, como el joven que se casa con una joven virgen.

Mas esto no es sólo una figura del pueblo de Israel, sino que refleja la historia de cada uno de nosotros, que tan a menudo traicionamos el amor infinito de Dios hacia nosotros y menospreciamos su presencia. Sin embargo, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, que son la prueba máxima del amor de Dios hacia nosotros, el perdón está siempre a nuestro alcance.

A menudo nosotros pretendemos conseguir la felicidad por nuestra cuenta, al aire de nuestro egoísmo, y a espaldas de Dios. Tarea imposible, pues así nos alejamos de la única fuente de la felicidad auténtica, y sólo encontramos cosquillas engañosas que al fin nos desgarran y dejan vacíos.

Sin embargo, seguimos siendo hijos preferidos de Dios. Basta con volver a él nuestros ojos y nuestro corazón y quedaremos radiantes. No huyamos de él, tampoco cuando pecamos, pues sólo él puede librarnos de las garras del pecado. Démosle a Dios el gozo de sentirse acogido en nuestra pobre vida.

1 Corintios 12, 4 - 11

Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de obras, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común. A uno se le da, por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, el don de la fe, por el Espíritu; a otro, el don de hacer curaciones, por el único Espíritu; a otro, poder de hacer milagros; a otro, profecía; a otro, reconocimiento de lo que viene del bueno o del mal espíritu; a otro, hablar en lenguas; a otro, interpretar lo que se dijo en lenguas. Y todo esto es obra del mismo y único Espíritu, que da a cada uno como quiere.

Dios nos ha dado a cada uno dotes, dones, cualidades y medios para una misión especial en la vida. Es una gran necedad envidiar los dones que el Espíritu ha dado a los demás, sean cuales sea, e infravalorar los nuestros.

La sabiduría, la realización y el éxito final de nuestra vida consiste en reconocer, apreciar, cultivar nuestras posibilidades y cumplir nuestra misión, unidos a Cristo. Misión que nadie más podrá cumplir por nosotros.

La felicidad no está en ser y tener más que los demás, sino en desarrollar al máximo nuestros talentos en nuestra propia misión para alcanzar el máximo premio: la felicidad, la plenitud, la grandeza y la gloria eternas.


P. Jesús Álvarez, ssp.