Sunday, March 19, 2006

ORACIÓN Y COMERCIO

ORACIÓN Y COMERCIO

Domingo 3° cuaresma / 19-03-2006

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: "Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado." Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: "Me devora el celo por tu Casa." Los judíos intervinieron: "¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?" Jesús respondió: "Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días." Ellos contestaron: "Han demorado cuaren-ta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?" En realidad, Jesús hablaba del Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jn 2,13-25

Jesús iba con frecuencia al Templo de Jerusalén, y había visto y comprobado cómo el culto se había convertido en negocio. Hasta que un día, no pudiendo contener por más tiempo su indignación, arremetió contra los responsables de haber instalado el “ídolo dinero” en el templo del Dios vivo, y de haber hecho del culto una liturgia blasfema.

Convertir el templo en un lugar de negocios, es lo mismo que ir a la celebración eucarística o hacer oración para cumplir un rito, no para encontrarse con Dios en amor y gratitud; para tranquilizar la conciencia, no para sanarla. O utilizar los sacramentos – sobre todo bautismos, primeras comuniones y matrimonios - como pretexto para un acto social, un negocio donde la oración, la fe, el amor a Dios y al prójimo brillan por su ausencia.

A los jefes del templo que le pedían a Jesús razón de su proceder, les dijo proféticamente que destruyeran aquel templo y él lo levantaría en tres días. No entendieron que se refería a la muerte y resurrección de su Cuerpo, el verdadero templo de Dios, que sustituye al templo profanado de Jerusalén, y destruido pocos años después.

Este hecho nos invita a cuestionar en serio las actitudes, pensamientos, intenciones, intereses y disposiciones con que vamos al templo -o cuando hacemos oración personal-: darnos cuenta de si vamos con el deseo de celebrar el encuentro salvador con Jesús Resucitado presente, o si vamos para cumplir un simple deber religioso, un rito externo.

Por otra parte, a semejanza de Jesús, nosotros también somos templos de Dios, como nos asegura san Pablo: “¿No saben que ustedes son templo de Dios?”

¿Acogemos, amamos y adoramos a Dios cuando vamos al templo, y en el templo de nuestra persona y de las personas del prójimo, o lo expulsamos suplantándolo por los ídolos del dinero, del poder, del placer, de intereses y preocupaciones? ¿Cómo acogemos y tratamos a Dios en los templos vivos de nuestros prójimos, en especial de los niños y los pobres?

Es pura ilusión y engaño creer que acogemos a Dios porque vamos a misa, comulgamos, rezamos, cuando luego lo rechazamos en el prójimo con ofensas, indiferencia, maltrato, o lo expulsamos de nosotros mismos con vicios, pecados, ingratitud, desinterés por él, y no nos esforzamos por convertirnos a su amor y al amor al prójimo.

Es decisivo acoger a Dios con respeto y amor en sus diversos templos, para que él no se vea obligado a expulsarnos, sino que se sienta feliz de poder acogernos en “el templo de su santa gloria”, el paraíso eterno. Al fin y al cabo, esto es lo que deseamos y necesitamos desde lo más profundo de nuestro ser.

Éxodo 20, 1-4. 7-8. 12-17

Dios pronunció estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No pronunciarás en vano el Nombre del Señor, tu Dios, porque El no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano. Acuérdate del día sábado para santificarlo. Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca».

Estas palabras de Dios a los israelitas son de una actualidad candente. Tampoco hoy muchos cristianos no le agradecen a Dios los inmensos beneficios que de él reciben cada día: su presencia protectora, la existencia, la salud, la creación, la fe…, y al final el cielo prometido. Y, encima, echan la culpa a Dios de los males que sufren ellos y otros, siendo así que él, el mejor Padre, no puede desear ni hacer mal a sus hijos, sino que sufre con ellos.

Dios no puede soportar que pongamos por encima de él a otras personas, o bienes, placeres, prestigio, cultura…, ya que eso es idolatría. Dios prohíbe las imágenes y esculturas idolátricas que lo suplantan; pero no prohíbe las imágenes que llevan a él, que revelan su presencia, como los querubines de oro del Arca de la Alianza y la serpiente de bronce en el desierto que él mismo mandó hacer. Nuestras imágenes no son ídolos, sino símbolos que orientan hacia Dios, aunque haya quiénes las tengan como ídolos, olvidando a Dios.

Dios nos pide dedicarle al menos un día a la semana. Y qué menos, cuando él nos dedica todos los días de la semana. Y nos exhorta a no pronunciar su nombre en vano, con ligereza, pues con Dios no se puede jugar impunemente: merece y tiene derecho al respeto.

Nos pide honrar a los padres, porque son sus colaboradores en la creación de nuestra vida y sus representantes en la familia. A cambio nos promete el premio de una larga vida.

Por otra parte, ¿cuándo como hoy se han quebrantado tanto sus mandamientos: no matar, no robar dinero ni desear bienes ajenos, no cometer adulterio, no calumniar? Y quienes eso hacen, luego culpan a Dios por los males que ellos mismos causan y merecen.

Corintios 1, 22-25

Hermanos: Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.

La salvación es obra exclusiva de Dios. Pero frente a esta necesidad ineludible el hombre exige seguridad y condiciones: los judíos quieren milagros, señales espectaculares que les garanticen la acción salvadora por el poder de Dios; mientras que los griegos buscan la salvación por la filosofía, asequible por el poder de la razón. Hoy siguen los “milagreros”, que buscan una salvación mágica, milagrosa, cómoda; y los “prácticos”, que reducen la salvación a las propias seguridades y conquistas humanas en este mundo.

Tanto para unos como para los otros, la cruz es un puro suplicio, una necedad, un absurdo, un escándalo, y la resurrección una fábula. Mas el creyente verdadero ve en la cruz la sabiduría y la fuerza de Dios para la liberación y salvación que culminan en la resurrección.

La cruz salva porque en ella Jesús realiza la máxima fidelidad al amor del Padre y al amor por el hombre, venciendo el poder de la muerte con el poder de la resurrección.

P. Jesús Álvarez, ssp

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