Sunday, May 03, 2009

EL BUEN PASTOR Y LOS ASALARIADOS



EL BUEN PASTOR Y LOS ASALARIADOS


Domingo 4º de Pascua-B / El Buen Pastor / 3-5-2009.

En aquel tiempo Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. El asalariado, cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llamaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre.” Juan. 10,11-18.

Jesús se declara como el Buen Pastor, modelo de todos los pastores: el Papa, los obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, agentes de pastoral, misioneros, comunicadores, profesores, padres y madres, superiores y superioras de comunidades, y todo cristiano que de alguna manera tenga influencia sobre otras personas, empezando por el hogar.

El cristiano o discípulo de Cristo, si quiere serlo de verdad, debe colaborar en la misión del Buen Pastor. Cada cual ha de saber quiénes son o pueden ser sus ovejas, por las cuales orar, sufrir, vivir y morir, como el mismo Jesús hace por cada uno de nosotros: “Como Cristo dio la vida por nosotros, así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos" (Juan 3, 16). “Quien entrege su vida, la ganará; quien se la reserve, la perderá”.

Y pueden ser ovejas que incluso que no pertenecen a la Iglesia de Cristo, como Él afirma: “Tengo otras ovejas que no son de este redil”, y quiere atraerlas, también con nuestra colaboración generosa y amorosa, que alcanza su máxima eficacia en la Eucaristía.

Baste pensar en tantísimas personas de otros corrales que el Buen Pastor guía a la salvación a través de los medios de comunicación social, usados para la evangelización y el pastoreo, y para implantar reino de Dios en este mundo. Y muchos otros caminos.

En esta relación salvífica, los frutos de salvación no son resultado directo de ningún cargo, título, proyecto, obra, saber, sino de la unión efectiva y efectiva con el Buen Pastor, Cristo Jesús, como Él mismo declaró: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto; pero sin mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5). Es ésta la condición insustituible, la que más debe preocuparnos y ocuparnos, si queremos ser buenos cristianos y buenos pastores, “pescadores de hombres”, sembradores de vocaciones para pastores. Y así asegurar nuestra salvación.

Puede haber Papas, obispos, sacerdotes, misioneros, catequistas, padres, etc., cuyo objetivo principal de su vida no es la salvación del prójimo, sino lucrarse, ocupar puestos de prestigio, dominar, pasarlo bien a costa de las “ovejas”, como mezquinos mercenarios a los que no les importa el rebaño. Los peores enemigos de la Iglesia están dentro de ella. Dios nos libre de pertenecer a ese grupo de bandidos y salteadores.

Pero son multitud los que entregaron y entregan su tiempo, su trabajo, su salud, su vida por la salvación de los hombres, empezando por su familia, tanto desde altos cargos religiosos o políticos, como desde la vida sencilla de sacerdotes, religiosos-as, obreros, campesinos...

En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, recordemos que la misión de buen pastor es la vocación esencial de todos los cristianos. Conocer a Cristo y vivir unidos a él, nos asegura la eficacia salvadora de la vida, de la oración, del trabajo, del ejemplo, de la palabra, de las alegrías, como colaboración con la obra creadora y salvadora de Dios; ofreciedo, ya desde ahora, la enfermedad, la agonía y la muerte con la misma intención y actitud del Buen Pastor: “Dar la vida por las ovejas”, sabiendo que “no hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”, para recobrarla con plenitud de felicidad eterna, y poder decir con Jesús: “El Padre me ama, porque doy la vida por mis ovejas”.



Presentamos un resumen de textos relevantes del espléndido Mensaje del Papa referido a la Jornada de hoy.



MENSAJE DEL PAPA PARA LA XLVI JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.

3 mayo 2009 – 4º Domingo de Pascua.

Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas.

Me es grato invitar a todo el pueblo de Dios a reflexionar sobre el tema: La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana. Resuena constantemente en la Iglesia la exhortación de Jesús a sus discípulos: «Rueguen al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mateo 9, 38). ¡Rueguen! La apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada. De hecho, la comunidad cristiana, sólo si efectivamente está animada por la oración, puede «tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina» (Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis, 26).

La vocación al sacerdocio y a la vida consagrada constituye un especial don divino, que se sitúa en el amplio proyecto de amor y de salvación que Dios tiene para cada hombre y la humanidad entera.

El divino Maestro llamó personalmente a los Apóstoles «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios» (Marcos 3,14-15); ellos, a su vez, se asociaron con otros discípulos, fieles colaboradores en el ministerio misionero. Y así, respondiendo a la llamada del Señor y dóciles a la acción del Espíritu Santo, una multitud innumerable de presbíteros y de personas consagradas, a lo largo de los siglos, se ha entregado completamente en la Iglesia al servicio del Evangelio.

Nuestro primer deber ha de ser por tanto mantener viva, con oración incesante, esa invocación de la iniciativa divina en las familias y en las parroquias, en los movimientos y en las asociaciones entregadas al apostolado, en las comunidades religiosas y en todas las estructuras de la vida diocesana.

Tenemos que rezar para que en todo el pueblo cristiano crezca la confianza en Dios, convencido de que el «dueño de la mies» no deja de pedir a algunos que entreguen libremente su existencia para colaborar más estrechamente con Él en la obra de la salvación. Y por parte de cuantos están llamados, se requiere escucha atenta y prudente discernimiento, adhesión generosa y dócil al designio divino, profundización seria en lo que es propio de la vocación sacerdotal y religiosa para corresponder a ella de manera responsable y convencida.

Contemplando el misterio eucarístico, que expresa de manera sublime el don que libremente ha hecho el Padre en la Persona del Hijo Unigénito para la salvación de los hombres, y la plena y dócil disponibilidad de Cristo hasta beber plenamente el «cáliz» de la voluntad de Dios (cf. Mateo 26, 39), comprendemos mejor cómo «la confianza en la iniciativa de Dios» modela y da valor a la «respuesta humana». En la Eucaristía, don perfecto que realiza el proyecto de amor para la redención del mundo, Jesús se inmola libremente para la salvación de la humanidad.

Los presbíteros, que precisamente en Cristo eucarístico pueden contemplar el modelo eximio de un «diálogo vocacional» entre la libre iniciativa del Padre y la respuesta confiada de Cristo, están destinados a perpetuar ese misterio salvífico a lo largo de los siglos, hasta el retorno glorioso del Señor.

En la celebración eucarística es el mismo Cristo el que actúa en quienes Él ha escogido como ministros suyos; los sostiene para que su respuesta se desarrolle en una dimensión de confianza y de gratitud que despeje todos los temores, incluso cuando aparece más fuerte la experiencia de la propia flaqueza (cf. Romanos 8, 26-30), o se hace más duro el contexto de incomprensión o incluso de persecución (cf. Romanos 8, 35-39).

El convencimiento de estar salvados por el amor de Cristo, que cada Santa Misa alimenta a los creyentes y especialmente a los sacerdotes, no puede dejar de suscitar en ellos un confiado abandono en Cristo que ha dado la vida por nosotros. Por tanto, creer en el Señor y aceptar su don, comporta fiarse de Él con agradecimiento, adhiriéndose a su proyecto salvífico. Si esto sucede, «la persona llamada» lo abandona todo gustosamente y acude a la escuela del divino Maestro; comienza entonces un fecundo diálogo entre Dios y el hombre, un misterioso encuentro entre el amor del Señor que llama y la libertad del hombre que le responde en el amor.

Ese engarce de amor entre la iniciativa divina y la respuesta humana se presenta también, de manera admirable, en la vocación a la vida consagrada. El Concilio Vaticano II recuerda: «Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, pobreza y obediencia tienen su fundamento en las palabras y el ejemplo del Señor. Recomendados por los Apóstoles, por los Padres de la Iglesia, los doctores y pastores, son un don de Dios, que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre» (Lumen gentium, 43). Una vez más, Jesús es el modelo ejemplar de adhesión total y confiada a la voluntad del Padre, al que toda persona consagrada ha de mirar. Atraídos por Él, desde los primeros siglos del cristianismo, muchos hombres y mujeres han abandonado familia, posesiones, riquezas materiales y todo lo que es humanamente deseable, para seguir generosamente a Cristo y vivir sin ataduras su Evangelio, que se ha convertido para ellos en escuela de santidad radical.

Sin abdicar en ningún momento de la responsabilidad personal, la respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en «corresponsabilidad», en responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espíritu Santo; se convierte en comunión con quien nos hace capaces de dar fruto abundante (cf. Juan 15, 5).

Emblemática respuesta humana, llena de confianza en la iniciativa de Dios, es el «Amén» generoso y total de la Virgen de Nazaret, pronunciado con humilde y decidida adhesión a los designios del Altísimo, que le fueron comunicados por un mensajero celestial (cf. Lucas 1, 38). Su «sí» inmediato le permitió convertirse en la Madre de Dios, la Madre de nuestro Salvador. María, después de aquel primer «fiat», que tantas otras veces tuvo que repetir, hasta el momento culminante de la crucifixión de Jesús, cuando «estaba junto a la cruz», como señala el evangelista Juan, siendo copartícipe del dolor atroz de su Hijo inocente. Y precisamente desde la cruz, Jesús moribundo nos la dio como Madre y a Ella fuimos confiados como hijos (cf. Juan 19, 26-27), Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas. Quisiera encomendar a Ella a cuantos descubren la llamada de Dios para encaminarse por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada.

Queridos amigos, no se desanimen ante las dificultades y las dudas; confíen en Dios y sigan fielmente a Jesús, y serán los testigos de la alegría que brota de la unión íntima con Él. A imitación de la Virgen María, a la que llaman dichosa todas las generaciones porque ha creído (cf. Lucas 1, 48), esfuércense con toda energía espiritual en llevar a cabo el proyecto salvífico del Padre celestial, cultivando en su corazón, como Ella, la capacidad de asombro y de adoración a quien tiene el poder de hacer «grandes cosas» porque su Nombre es santo (Cf. Lucas 1, 49).

Vaticano, 20 de enero de 2009.

S.S. BENEDICTO XVI.

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