Sunday, August 09, 2009


PAN DE VIDA BAJADO DEL CIELO



Domingo 19°-B T.O. / 9 agosto 2009.



Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo?"» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: "Todos serán instruidos por Dios". Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Juan 6, 41-51.

Los judíos conocían a Jesús como un vecino más, de una familia humilde como las demás. Pero se negaron a reconocer en su persona algo más de lo que ya sabían de él. Dieron por imposible que un simple paisano pudiera tener origen divino, como daba a entender Jesús: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. Y si diera su carne para comer, estaría en contra de la Ley, que prohíbe comer carne humana.

La estrechez del conocimiento sobre Jesús les impide reconocerlo como “pan vivo bajado del cielo”, como el Mesías. Es la actitud de quienes sólo creen lo que está al alcance de la razón. Pero “la fe tiene razones que la razón no conoce”, dice Pascal. A quien cree, le sobran razones; a quien no quiere creer, no le bastan todas las razones del mundo, ni la evidencia, ni los milagros.

Hoy sigue siendo difícil creer y vivir la realidad de la Eucaristía, con todo lo que supone la fe en Cristo Eucaristía, “Pan bajado del cielo para la vida del mundo”, “Cuerpo de Cristo entregado por nosotros”, para librarnos del pecado y salvarnos. Los paisanos de Jesús al menos lo veían a él y sus milagros; nosotros sólo vemos un poco de pan y vino… Pero “más dichosos son quienes creen sin ver”.

Y esa dificultad se debe en parte a la falta de costumbre para escuchar a Dios que habla de continuo a nuestro corazón, pues “todos los hombres son instruidos por Dios”. Quien escucha al Padre, escucha también al Hijo, que habla en su nombre. El mismo Padre nos pidió en el Bautismo de Jesús y en la Transfiguración: “Este es mi Hijo muy amado: escúchenlo”.

También es difícil creer en el “Pan bajado del cielo”, porque implica el esfuerzo de imitar la vida de Quien es el Pan del cielo. Pero de nada vale el rito de comer la hostia sin el deseo y el esfuerzo sincero de vivir en unión con Cristo vivo que se nos da en la hostia.

Comulgar la hostia sin acoger a Cristo en la vida, sin poner en práctica su Palabra, sin amarlo en el prójimo, equivale a “tragarse la propia condenación”, como advierte San Pablo. Es un serio imperativo verificar qué estamos haciendo con el “Pan vivo bajado del cielo”: ¿Acogiéndolo como Pan de Vida o realizando un rito externo sin vida?

Es creyente quien escucha la Palabra de Dios y la cumple, recibe el Pan eucarístico y ama a su prójimo, pues esas tres realidades son presencias privilegiadas de Cristo vivo. El creyente vive la vida de Dios en Cristo; el observante sólo realiza ritos vacíos y obras muertas.

Sólo desde el amor a Dios podemos creer en Jesús como el Pan de vida que elimina la muerte al injertar su vida divina en nuestra vida humana; vida divina que vencerá nuestra muerte con la resurrección. ¡Qué dicha con sólo pensarlo! Vale la pena hacer lo imposible para comulgar bien.

La fe en Cristo -que es acogerlo con amor como enviado del Padre-, es un don de Dios al alcance de todos, como afirma el mismo Jesús: “A quien venga a mí, no lo rechazaré”; “Estoy llamando a la puerta…” Sólo hay que abrirle con fe amante.


1 Reyes 19, 4-8.

El rey Ajab contó a Jezabel todo lo que había hecho Elías y cómo había pasado a todos los profetas al filo de la espada. Jezabel envió entonces un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me castiguen si mañana, a la misma hora, yo no hago con tu vida lo que tú hiciste con la de ellos». Él tuvo miedo, y huyó en seguida para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su sirviente. Luego Elías caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: «¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!» Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» Él miró y vio que había a su cabecera un pan cocido sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Ángel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!» Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.

El profeta Elías da un golpe moral a la idolatría; pero la consecuencia es la persecución política a muerte. Y huye sin rumbo a través del desierto, acosado por el hambre, el miedo, el sentimiento de inutilidad y la desesperación. Se encuentra solo y desea morirse. Pero Dios acude en su ayuda, le proporciona alimento, y Elías se recobra y sigue hacia el monte de la fe, el Horeb o Sinaí.

Buen ejemplo para nosotros cuando nos encontramos en situaciones extremas. Caerse de brazos y desesperarse no es la solución. Lo que procede es volverse a Dios, el único que puede valernos, ponerse en sus manos de Padre y pedirle fuerzas para continuar subiendo por el difícil camino de la fe, que da feliz éxito eterno a una vida de lucha y sufrimiento, por difícil que sea. Cristo es “vida que está presente en toda vida en aflicción”.

Si nos sentimos seguros y orgullosos de nuestras virtudes, de nuestra fe, prácticas, prestigio, cargos, éxitos externos, admiradores…, es fácil que hayamos excluido a Dios de la propia vida, y al fin llega la crisis, la quiebra, y ojalá nos demos cuenta de que están todavía al principio o tal vez fuera del camino hacia el Sinaí: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”. Y reaccionemos.


Efesios 4, 30 - 5, 2.

Hermanos: No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo. Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.


Sí, nosotros somos capaces de entristecer al mismo Dios, pues el daño que nos hacemos y hacemos a los demás, hiere el corazón del Padre, porque nos ama inmensamente. Y sucede cuando cedemos a la ira, al egoísmo, al insulto, a la condena, creando un verdadero infierno en nosotros y a nuestro alrededor.

Mas también somos capaces de ser la alegría de Dios dándole gracias, pidiéndole perdón, y amando al prójimo, sobre todo perdonando. Eso mismo nos hace a la vez alegría del prójimo y creamos el cielo en nuestros ambientes.

Pero el amor más grande a Dios y al prójimo consiste en imitar a Cristo, entregando la vida –como sea tenemos que entregarla- por la santificación y salvación de quienes amamos, haciéndonos así ofrenda agradable a Dios.

Es lo máximo que podemos hacer por nuestro prójimo, por Dios y por nosotros mismos. Y eso está al alcance de todos. “Nadie tiene un amor tan grande como el de quien da la vida por los que ama”.



Jesús Álvarez, ssp.

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