Sunday, June 22, 2008

QUIEN PIERDA LA VIDA POR MÍ, LA SALVARÁ


QUIEN PIERDA LA VIDA POR MÍ, LA SALVARÁ


Domingo 12º tiempo ordinario – A / 22-06-2008


En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: No les tengan miedo a los hombres. Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo ustedes a la luz, y lo que les digo en privado, proclámenlo desde las azoteas. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto, no tengan miedo. Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. Mateo. 10, 26 - 33.


¿Por qué nos dice Jesús que no tengamos miedo? Porque el mensaje que nos da para vivir y proclamar, denuncia las ambiciones, los egoísmos, el orgullo, la avaricia, los privilegios de los poderosos y la falsedad de los corruptos, que no quieren dejar de gozar a costa del sufrimiento ajeno, y por eso tratarán de intimidarnos, acallarnos.


Quienes viven así, inventan leyes, pretextos y falsedades para justificar sus agresiones y otros múltiples recursos del miedo, e incluso el asesinato. Lo han hecho siempre.


Pero estamos en las manos y en el corazón del Padre, que es más poderoso que todos, y nadie nos puede arrebatar de sus manos cariñosas. Pueden maltratar y hasta asesinar nuestro cuerpo, vestido temporal de nuestra persona, pero no pueden matar nuestra persona y nuestra vida inmortal. “Hasta los pelos de su cabeza están contados”.


Además, todo lo que nos quiten, el Padre nos lo devolverá al infinito, como se lo devolvió a Jesús con la resurrección y la ascensión. Por eso no debemos ceder al temor, porque él nos tiene asegurado el premio de la vida sin fin y la gloria eterna.


Pero sí hemos de temer ante a la posibilidad fatal de vivir de espaldas a Dios y al prójimo, renunciando al amor, a la justicia, a la verdad, al servicio de los necesitados…


Con ese estilo de vida nos sumaríamos al grupo de los poderosos egoístas y a todos los que se creen con derecho a hacer sufrir injustamente al prójimo, en la propia familia o en la sociedad. Ese es el camino de la verdadera muerte para siempre, lejos del amor de Dios, del amor humano y de toda la belleza creada por el amor del Creador, que es la Belleza y Amor infinitos. En eso consiste el verdadero infierno.


Cristo Resucitado, que nos acompaña todos los días de nuestra vida, es el único que nos da razones y fortaleza para vivir, amar y sufrir, y esperanza del morir para resucitar. Todos tenemos la posibilidad de dar la vida por Jesús y por los otros, y así recuperarla .


Quienes sufren con Cristo y por su misma causa, triunfarán infaliblemente con Él. Y quienes hagan sufrir al prójimo por egoísmo, sufrirán en su persona todos los tormentos que han causado a los otros, junto con el fracaso total de su existencia. Jesús nos saca de dudas: El que quiera salvar su vida (por egoísmo), la perderá; quien pierda la vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mateo 10, 39).


Si no negamos a Cristo, sino que nos ponemos de su parte con la vida, las obras y las palabras, Él se pondrá de nuestra parte ante el Padre, y su defensa será inapelable, pues el Padre la ratificará totalmente y para siempre.


Y nos ponemos de su parte cuando nos ponemos de parte del prójimo necesitado (empezando por casa), vivimos su Palabra en la práctica diaria, y lo acogemos en la Eucaristía: los tres lugares privilegiados de su presencia. “Lo que hagan a uno de estos, a mí me lo hacen”, asegura Jesús.


Quienes se pongan de parte de Jesús, serán revestidos de un cuerpo glorioso como el suyo, capaz de inmensa felicidad y placer. Esta fe es la que nos da fuerza contra todo miedo, incluido contra el miedo a la muerte, nuestro peor enemigo.


Pidamos con insistencia la gracia y la fuerza de entregar la vida por él para recuperarla también como él para siempre.


Jeremías 20,10-13.


Dijo Jeremías: Oía el cuchicheo de la gente: “¡Pavor en torno! Delátenlo, vamos a delatarlo”. Mis amigos acechaban mi traspiés. “A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo sorprenderemos y nos vengaremos de él”. Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.


La misión del profeta - "arrancar y arrasar.., destruir y demoler..."- le acarrea conflictos con la gente, que busca su ruina con la calumnia y la persecución. Pero ante el pavor que le causan sus enemigos, se pone en manos de Dios, y recobra la calma, seguro de que Dios mismo asume su causa –que es la causa de Dios- frente a sus adversarios.


Jeremías sabe que lucha al lado del más fuerte, el Dios de los ejércitos. En su oración confiada pide que triunfe la justicia divina y no la revancha humana. E invita a la alabanza y acción de gracias ya antes de la victoria, de la que está seguro.


Ser profeta –y todo cristiano es profeta, sacerdote y rey por el bautismo- supone ir contra la corriente de la mayoría y de los poderosos, además de sentirse a veces como abandonado por el mismo Dios, en nombre del cual se habla, se obra y se vive.


El Señor garantiza su presencia y su ayuda misteriosa, pero no el éxito clamoroso y el triunfo humano. El verdadero éxito y la infalible victoria se producen a pesar y a través del fracaso y la derrota aparentes.


Ahí tenemos al mismo Hijo de Dios en el Huerto de los Olivos, camino del Calvario, crucificado, muerto, sepultado, pero... ¡resucitado! Victoria total a través de la derrota aparentemente total de la muerte.


Debemos acostumbrarnos a pequeñas y grandes derrotas camino del triunfo definitivo con Cristo: “No teman: Yo estoy con ustedes”, “Yo he vencido al mundo”.


Romanos 5,12-15.


Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres porque todos pecaron... Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.


El pecado es la causa de la muerte: lo fue al principio y lo será hasta el fin del mundo. Mas no todos mueren por causa de los propios pecados, sino que son muchísimos más los inocentes que mueren por causa de los pecados ajenos: de los que promueven las guerras, el hambre, los asesinatos, los abortos, la droga, la violencia, el odio; de los que pudiendo, no defienden la vida ni evitan desastres, y de quienes degradan la naturaleza.


Pero si el hombre está sumergido en la historia del mal y de la muerte protagonizada por el mismo hombre, también está inmerso en la historia de la salvación protagonizada por el mismo Hijo de Dios, Cristo Jesús, quien hace que “donde abundó el pecado, sobreabunde la gracia”, que supera con mucho a la situación de pecado, y alcanza por la resurrección sobre todo a los inocentes que sufren y mueren.


Agradezcamos a Dios, de palabra y con la vida, el don de habernos integrado en la historia de la salvación, colaborando con Cristo resucitado mediante los incontables recursos que ha puesto a nuestro alcance.


P. Jesús Álvarez, ssp.

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